lunes, 28 de marzo de 2016

Colombianadas [CI]

Adrianka Arvelo


Una vez resuelto el dilema de si fue primero el huevo
o la gallina, falta saber qué fue primero: paisa o paisano



         “No puedes estar dando boleta con ese teléfono en la calle”. Eso fue lo que le dije a mi hermana esta mañana antes de salir de la casa. Resulta que uso con bastante frecuencia formas verbales, estructuras, frases y refranes procedentes de Colombia. Esto para mí no es ni nunca ha sido un problema, pero parece que a mis amigos les causa cierto “picor” oírme decir cosas como dar boleta, tenaz, parce y tantas más.
         “No soy buena para esto, pero tocó hacerlo” es otra de las frases que uso con regularidad aunque, en realidad, más que la frase, lo que uso es esa estructura; es decir, ese uso del verbo tocar que en el español de Venezuela implica la primera acepción que se da en el diccionario de la RAE: “Ejercitar el sentido del tacto”, pero que en el español de Colombia se utiliza en la lejana acepción número 22: “Ser de la obligación o cargo de alguien”.
         La verdad es que, también, al decir cualquiera de estas expresiones colombianas, estas “colombianadas”, la reacción de quienes me escuchan pareciera ser, en algunos casos, como burlista y hasta de desprecio. Por ejemplo: “Uuuuiissshhh, se le salió el colombiano, ¡vea!”. Acto seguido viene la risa. Es decir, pareciera haber un pleno conocimiento sobre la procedencia de estas expresiones que da pie a la burla y el torrente de ejemplos en forma de chiste sobre el lugar y su gentilicio. Habría que preguntarse también cuánto de lo que decimos es meramente venezolano (véase Ritos X, de Aurelena Ruiz) y hasta qué punto hemos puesto en nuestro contexto frases o estructuras que provienen de países vecinos.
         Podría pensar en la palabra paisa. En Colombia un paisa es una persona proveniente de la ciudad de Medellín, es decir, de Antioquia. En Venezuela, por su parte, existe, si se quiere, una variante de ésta y es paisano. Para nosotros, un paisano es alguien relativo a nosotros, de nuestro mismo lugar; dice la RAE: “Dicho de una persona: que es del mismo país, provincia o lugar que otra”. Qué fue primero entre paisano y paisa quizá sea como si fue primero el huevo o la gallina. Tal vez sea una exageración, pero es que debido o gracias a la cercanía actual entre estos países y, más aún, al hecho de haber sido en algún momento ¡hace menos de 200 años!una misma república, podría haber sucedido que para la época de la Gran Colombia se utilizaran ambas palabras, o quizá ninguna sino otra parecida y de la cual se derivaron éstas.
         Lo raro en todo esto es que a pesar del desagrado, el “picor” (insisto en esta imagen) o, incluso, la sorpresa por parte de quienes me escuchan decirlo, no hay desconocimiento en los oyentes y logran, ciertamente, entender lo que les estoy diciendo. No sé si sea exactamente porque dejan pasar por alto esa estructura o esa información, que es complementaria, y  entienden el mensaje o si, dada la influencia (por decir lo menos) de las telenovelas colombianas en Venezuela, ya ha calado en nuestro vocabulario un gran número de estructuras sintácticas, gramaticales y hasta fonéticas del vecino país.
         Venga a ver cómo me le explico... Vea, mijo, ¿esto sí tendrá que ver con una cuestión de etimología?, ¿con la historia de las naciones?, ¿o es que acá, simplemente, así como hemos adoptado personas de todas partes también aceptamos tan tenazmente las formas verbales que traen consigo? ¿Cierto que sí me entendieron todo lo que les dije? ¿Sí ve que no es tan difícil, ni tan ajeno, y pues mucho menos sorpresivo ese lenguaje colombiano al que (aunque no lo creamos, parce) ya estamos acostumbrados?
         Tal vez al alejarnos de la mera forma y quitarles el acento propio a estas oraciones seamos capaces de ver que se puede, sin mayor problema, entender todo lo que se nos dice, sin necesidad de poner una barrera imaginaria a cualquier venezolano que usa expresiones propias de Colombia o de cualquier otro país. Queda abierta, entonces, la posibilidad y ¿necesidad? de ponerse a escudriñar los orígenes de ciertas expresiones.


aarvelo22@gmail.com




Año IV / Nº CI / 28 de marzo del 2016

lunes, 21 de marzo de 2016

Ilación (II) [C]

Edgardo Malaver Lárez


Aristóteles no sólo creó el término silogismo, también
estructuró 
el primer sistema lógico que se conoce



Y se estuvieron mirando
por el cristal de las lágrimas.
Y el amor, entre sus ojos,
hilaba.

“La hilandera”, Andrés Eloy Blanco


         En febrero del 2013, publicamos como primer número de Ritos simplemente la definición de la palabra ilación del diccionario de la Academia: “Trabazón razonable y ordenada de las partes de un discurso”, dice en segunda acepción. Para el que sabe mucho de eso, muy bien, pero a uno lo desorienta esa palabra trabazón, ¿no es cierto? ¿Qué es lo que se traba?
         Vamos a buscarla también en el diccionario. Primero dice: “Juntura o enlace de dos o más cosas que se unen entre sí”. Aunque digamos que no, esta imagen no dista mucho de la enredadera organizada de hilos que produce una tejedora. Dos acepciones más tarde, dice: “Conexión de una cosa con otra o dependencia que entre sí tienen”. Pues ya no parece tan difícil de comprender.
         Sin embargo, es la tercera acepción de ilación (pero también, bastante, la primera) la que pone por fin las cosas en terreno más bien indiscutible. Las circunscribe a la filosofía, pero es sencillo relacionarlas con la lógica. ¿A usted no le suena “Enlace o nexo del consiguiente con sus premisas” a lo que Aristóteles llamaría silogismo? Si un silogismo es un razonamiento en el cual se llega a una conclusión a partir de dos afirmaciones (premisas), entonces la ilación ha de tener con él alguna relación, cuando menos alguna semejanza, algún hilito que los mediovincule.
         Ciertamente, un texto entero (una enciclopedia o un artículo de El Nacional) o incluso un solo párrafo (como los de Víctor Hugo o como los de Ednodio Quintero), aunque no tenga pretensiones extraordinarias, deberían exhibir esos elementos, esos mecanismos de pensamiento, por medio de los cuales el lector u oyente llega con el autor a las mismas deducciones, a las mismas convicciones, a las mismas conclusiones, más allá de que no esté de acuerdo con él. Es a partir de este “diseño”, y gracias a él, que el texto puede producir ideas nuevas.
         Si las partes de una cosa se traban, si se enredan, si cooperan unas con otras, el conjunto va a ser un todo cohesionado y firme. De repente, se me conecta todo con la idea de cohesión, esa propiedad de todos los textos (sin la cual, según los teóricos, no deberíamos llamarlos así) que, internamente, muestran relaciones entre sus partes: la concordancia, las referencias anafóricas y catafóricas, elipsis, etc., hilos que van amarrando unos elementos a otros, unas ideas a las demás, para hacer un solo ovillo sin cabos sueltos.
         En resumen, todo texto, a riesgo de dejar de serlo, tiene que tener cohesión, es decir, tiene que ser una especie de silogismo dentro de sí... tener ilación.


emalaver@gmail.com



Año IV / N° C / 21 de marzo del 2016

lunes, 14 de marzo de 2016

Trivia [XCIX]

Edgardo Malaver


Ilustración de las siete artes liberales
de Herrad von
Landsberg (siglo XII)



         Lo más atractivo de los juegos de trivialidades eran las preguntas sobre ciencias. Era fascinante poder responder (e incluso no poder responder), por ejemplo: “¿Por qué los rayos X se llama rayos X?”; “¿Quién fue la primera persona ganó el Premio Nóbel en diferentes ciencias?”; “¿Quién inventó el cero?”. Y entre más humanista es uno, más se sorprenden los competidores, porque creen que a uno sólo le interesan la literatura, la historia, el cine y la música.
         Aunque lo sabio es que ciencias y humanidades convivan en paz y se enriquezcan las unas a las otras, los juegos de trivialidades parecen confundir la gimnasia con la magnesia. Afortunadamente, las confunden en el buen sentido, porque si todo lo que se pregunta en el juego es trivial, lo es en ambas orillas del río. Es decir, en ambos se detiene en lo que importa menos, en lo que impresiona a primera vista pero que en realidad no es ciencia ni es arte. Como dice el diccionario, son datos que “carecen de toda importancia y novedad”.
         El detalle, sin embargo, no hay que buscarlo en el juego sino en la Edad Media. En las universidades de entonces, las materias que estudiaban los que estudiaban se dividían en dos grupos: por un lado, las artes de la elocuencia y, por el otro, las artes matemáticas. El primer grupo, formado por la gramática, la dialéctica y la retórica, era llamado trivium (tres vías, tres senderos, tres calles), mientras que el segundo, compuesto por la aritmética, la música, la geometría y la astronomía, era llamado quadrivium (cuatro caminos, cuatro avenidas, cuatro sendas, cuatro rutas). Juntas, eran las artes liberales, es decir, de los hombres libres, porque se diferenciaban de los viles oficios de los esclavos. Queda claro que, con el paso del tiempo, el trivio se convirtió en las disciplinas humanísticas y el cuadrivio ahora abarca las científicas. Lo que nos falta comprender en el presente es que en la Edad Media la educación universitaria no se completaba mientras el estudiante no se zambullera en aquellas siete ramas del conocimiento.
         Lo triste es que en algún momento de la historia comenzó a pensarse que las disciplinas reunidas en el trivium eran superficiales y poco importantes con respecto a las otras y desde entonces las humanidades son menospreciadas, subestimadas e incluso ignoradas en la imaginación de la población en general. Lo trivial, inicialmente tan profundo y tan amplio, se asimiló a lo superfluo e insignificante. Y una señal clara de esto es que no existe un adjetivo proveniente de quadrivium que signifique nada como ‘cargado de mucha importancia y novedad’. Se sobreentiende que lo que tiene esos rasgos son las “ciencias serias”... que lo son, ciertamente, pero no más que las humanistas. Y como probablemente diría C.P. Snow si viviera aún, preferir uno de estos universos, sin mirar de reojo siquiera hacia el otro, es, meramente, ignorancia.
         Para decirlo en menos palabras, ¿qué tienen de trivial, en la actualidad, la historia, la lingüística, la antropología? ¿Son superficiales los estudios literarios, los filosóficos, los artísticos? Aceptar que lo son equivaldría a aceptar que el hombre es sólo carne y hueso, que no hay nada más que sangre y hormonas dentro de él.
         Por cierto, ¿qué filósofo ganó competencias de atletismo en las Olimpíadas?


emalaver@gmail.com




Año IV / XCIX / 14 de marzo del 2016

lunes, 7 de marzo de 2016

Antepretérito, antepresente, antefuturo [XCVIII]

Edgardo Malaver



La imagen de Andrés Bello en el billete de 50 bolívares
fue sustituida por la de Simón Rodríguez en el siglo XXI


Profe, su trabajo no es complicarme la vida.
Una estudiante de Lengua Española I (2016) 

         A todo el mundo le confunden los tiempos verbales. Todos los usamos con bastante acierto, con mucha destreza, con más facilidad de lo que pareciera indicar la poca atención que les ponemos en la escuela, pero apenas llega un profesor y menciona un tiempo, a todos se nos borra todo lo que sabemos y lo que estamos por saber.
         ¿No deberían los gramáticos —me han preguntado cientos de personas dentro y fuera de la universidad— reunirse y ponerse de acuerdo para simplificar eso, para que la gente no se confunda tanto? Siempre me parece gracioso, en primer lugar porque simplificar el sistema verbal requeriría que la lengua se simplificara, lo cual requeriría que los mismos que preguntan hablaran de manera más simple; y en segundo lugar, porque eso ya existe y lo hemos tenido en casa toda la vida.
         El sistema de nomenclatura verbal ideado por Andrés Bello (1781-1865) tiene la inmejorable virtud de dar a cada tiempo un solo nombre, que se construye a partir de las solas nociones de pretérito, de presente y de futuro y su combinación únicamente con los prefijos ante-, co- y post-. No parece posible una mayor sencillez. Todo el sistema funciona basado en que las acciones suceden en un tiempo anterior, simultáneo o posterior al momento de la emisión del habla y en que el anterior y el posterior (el pretérito y el futuro) pueden ser, a su vez, anteriores, simultáneos o posteriores a otra acción. El nombre que aparece de esas combinaciones es tan significativo y a la vez tan fácil de interpretar, que por sí solo insinúa, o más bien sugiere, o más bien señala directamente en qué punto de la llamada “línea del tiempo” se ubica el tiempo verbal con respecto al presente del hablante y a otras acciones.
         En este instante, en presente, puedo decir: “Hoy escribo esta oración”. Puedo decir también: “Ayer en la mañana escribí una oración”. Pretérito. Y puedo decir: “Mañana en la tarde escribiré otra oración”. Futuro. Una vez establecidos estos puntos en la línea, puede hablarse también de tiempos anteriores al presente: “Hoy he escrito esta oración” (antepresente); al pretérito: “Ayer en la mañana, cuando hube escrito una oración...” (antepretérito), y al futuro: “Mañana en la tarde habré escrito otra oración” (antefuturo).
         Para decirlo en pocas palabras, antepresente significa lo que está justamente antes del presente, lo que ha ocurrido hace poco tiempo (lo más frecuente en España): “El viernes he conocido a tu hermano”. Pasa lo mismo con el antepretérito y el antefuturo, es cuestión de poner el verbo haber en pretérito y en futuro, respectivamente. También indica lo que ha sucedido antes al menos una vez pero puede volver a suceder en el presente o en el futuro, que es el uso más frecuente en Venezuela. Uno dice: “Esta semana he ido al Jardín Botánico tres veces” cuando aún no se ha acabado la semana, porque siempre es posible que vuelva a ir; pero se siente de todas maneras que esa repetición de acciones forma parte de un tiempo aún cercano, que no ha concluido.
         De modo que si a usted le resulta difícil, compleja, incomprensible la nomenclatura verbal de la Academia (que, además, fijó una en 1931 y otra en 1973): pretérito perfecto compuesto, potencial compuesto o perfecto, futuro perfecto, etc., quizá convenga echarle un vistazo a la clarísima clasificación de Bello, que, por si fuera poco, ha sido pensada para los hablantes de América.


emalaver@gmail.com


Año IV / N° XCVIII / 7 de marzo del 2016




lunes, 29 de febrero de 2016

Cumple cumple happy happy [XCVII]

Luisa Teresa Arenas Salas



Parque del Este de Caracas, 23 de febrero del año 2013,
día en que fue concebido
Ritos de Ilación



         El cumpleañero del mes. La pasión y el orgullo de Edgardo Malaver. La fiesta de la palabra. Nuestro benjamín en los proyectos de la Unidad de Extensión. Ritos de Ilación nació hace tres años “sin querer queriendo”, como dice el Chavo. La necesidad de compartir más allá de los muros universitarios y el cumpleaños de Leonardo Laverde nos reunió en el Parque del Este. ¡Ah! ¡Perdón! El parque Generalísimo Francisco de Miranda. En medio de cantos, velitas, soplidos, bromas, alharacas, por un error no cometido conversacionalmente, en un porsiacaso, Edgardo Malaver disparó una corrección imperecedera: “Ilación sin h”; y vino la tángana de qués, cómos, por qués: ¡Cómo que sin h! ¿No viene de hilo? Y, como dice Edgardo Malaver al contar la historia del nacimiento de Ritos de Ilación, palabras más, palabras menos: de ese intercambio, ese día, la semilla de este, su hijo predilecto, comenzó a gestarse.
         Hoy, ritos van y ritos vienen, creciendo la participación de autores y, ¡claro!, de lectores. Radio Bemba ayuda. Si hablando decimos: “Me encanta curucutear en Facebook”, Edgardo interviene: “Luisa, buena palabra para un rito”. Un día me escuchó exclamar: “¡Coñastre, en la galera el pavo!”; “¡Caramba! retrucó él—. Anota esa expresión para Ritos de Ilación”.
         Y así va Edgardo de encuentro en encuentro, de evento en evento, de presentación en presentación invitándonos a todos a escribir para Ritos. Por eso lo hago hoy, porque la ocasión la pintan calva, para felicitarlo por sus tres años de productividad como progenitor de la criatura, motivador, escritor casi en un 90 por ciento de temas para ritos, por su propio deseo de explicar asuntos que siempre lo han preocupado o porque no haya un lunes vacío de ritos, si ningún ritolector o ritoescritor ha salido a la palestra con su colaboración de la semana.
         ¡Sépanlo! Ha habido muy pocos lunes sin ritos desde el 25 de febrero de 2013; así la publicación se haga un martes o un miércoles, Ritos de Ilación sale a la luz semanalmente. El asueto agostino, decembrino, carnestolendo, sacro, no detiene la máquina de producir ritos. La ilación se mantiene y debe mantenerse, para lo que Edgardo Malaver aprovecha sus noches y madrugadas escriturales para producir y publicar este significativo y simpático semanario. La ilación en estas ocasiones de asueto es con la efemérides del momento: “El primero que cayó por inocente” [LXXXVIII], por el Día de los Inocentes; “La sílaba que se le perdió a la Navidad” [XXXVI], obviamente, festejo navideño; “Dioses y mamarrachos” [XCIV], carnaval; “¡Ay, qué noche tan preciosa!” [XCVI], esta efemérides eimista: el cumpleaños de Ritos de Ilación, por mencionar algunos.
         Así que, amigos lectores, riteros, ritenses, ritoproductores, ritomaníacos, ritoamantes, ritoseguidores (voces estas que no son, o no han sido, pero allí están, por un simple ejercicio de creación lingüística): ¡corran la voz!, para que Ritos de Ilación, el blog (ritosdeilacion.blogspot.com), sea cada día más visitado, más leído, más recomendado (ya ha sido citado en trabajos de investigación) y más gente como ustedes que me están leyendo se motiven, pluma en ristre (¿un lugar común?, así produzco yo, por placer) a escribir su rito para Ritos (¿un pleonasmo? intencional).
         Y, como Ritos estudia palabras, expresiones lingüísticas, unidades léxicas, designaciones, significaciones (¡Oh! ¡Lingüística!); explica sus orígenes, sus usos, su valor semántico-pragmático, concluyo, después de este discurso panegírico, con un breve glosario de algunas expresiones curiosas definidas por su sentido en el texto:

BENJAMÍN: hijo menor // Miembro más joven de un grupo. Y otras voces sinónimas: bordón, maraco, toñeco.
ALHARACA: extraordinaria demostración o expresión para manifestar la vehemencia de algún afecto, en este caso, la alegría del encuentro.
TÁNGANA: alboroto, escándalo, discusión sobre la escritura de ilación sin h.
BEMBA: boca de labios anchos y gruesos // En el texto, una metonimia cuyo sentido es la promoción de Ritos de Ilación de boca en boca.
LA OCASIÓN LA PINTAN CALVA: un refrán que manifiesta que las oportunidades se deben de aprovechar cuando se presentan.
CURUCUTEAR: venezolanismo. Registrar, rebuscar algo generalmente dentro de algún mueble, revolviéndolo todo.
¡COÑASTRE EN LA GALERA EL PAVO!: un eufemismo usado por mi padre para evitar ese ¡coño! catártico, liberador, suscitado por una experiencia vital profunda.
EFEMÉRIDES: acontecimiento notable que se recuerda en cualquier aniversario de él: nacimiento de Ritos de Ilación.
LUGAR COMÚN: palabra, frase o idea considerada como un vicio del lenguaje por ser demasiado sabido o por su uso excesivo o gastado. La escritura a mano como vicio.
PLEONASMO: redundancia (premeditada y alevosa de la voz ritos) para enfatizar lo expresado.
DISCURSO PANEGÍRICO: mi elogio escrito a este proyecto de la Unidad de Extensión creado por Edgardo Malaver.
RITOLECTOR, RITOESCRITOR, RITEROS, RITENSES, RITOPRODUCTORES, RITOMANÍACOS, RITOAMANTES, RITOSEGUIDORES: neologismos que nos definen a quienes hoy, con mucho orgullo, felicitamos a Ritos de Ilación, sintiéndonos parte de él.

25 de febrero de 2016

 ue.eim.ucv@gmail.com



Año IV / Nº XCVII / 29 de febrero del 2016




jueves, 25 de febrero de 2016

Se acaba el cumpleaños

Es hora de cantar. Se van a ir los invitados sin comer torta, ya casi es medianoche. Quien esté cerca, que apague la luz y que alguien traiga los fósforos para encender la vela.
Mientras cantamos, Ritos desea agradecer a todos sus buenos deseos, sus contribuciones al crecimiento de la publicación y los augurios de larga vida.
El año que viene... El año que viene, si Dios quiere, será mejor.

Edgardo Malaver
(Ah, ¿yo?, ¿apago yo la vela?)

lunes, 22 de febrero de 2016

¡Ay, qué noche tan preciosa! [XCVI]

Edgardo Malaver Lárez



Marilyn Monroe le canta Happy birthday
a John Kennedy en 1962



         En la película Vivir (1952) de Akira Kurosawa, el protagonista, Watanabe, descubre que está a punto de morir y abandona a su familia, su trabajo, todo lo que ha sido significativo para él durante los 30 años anteriores para deambular, deprimido, por el mundo. En una de estas andanzas se tropieza con Toyo, una muchacha que trabaja con él y que es la personificación de la alegría. En cierta escena, en que Watanabe y la muchacha comen helados en un restaurant, detrás de ellos, un grupo de jóvenes tienen una torta en la mesa y cantan: “Happy birthday to you! Happy birthday to you!”.
         Varios amigos que vimos la película juntos en 1990 volteamos inmediatamente hacia Emiko Hasuike, la única japonesa que conocíamos en la universidad y que estaba con nosotros en el cine. Ella, que aunque no necesitaba leer los subtítulos estaba demasiado concentrada como para percatarse de nuestra sorpresa, nos dijo al salir de la sala que la celebración del cumpleaños, y con ella la torta y la cancioncilla, habían sido introducidas en Japón por los americanos que llegaron al final de la II Guerra Mundial.
         La canción de cumpleaños en inglés es francamente el summum de la simpleza, como lo es en francés, alemán, italiano, catalán, chino, árabe y casi todos los idiomas más conocidos: la escueta repetición del equivalente de la expresión cumpleaños feliz. En español resalta que el tercer verso no dice lo mismo que en los otros tres, aunque parece que en todas las lenguas en ese verso se agrega el nombre del cumpleañero. Sin embargo, la versión del cumpleaños en portugués merecería nuestros aplausos por su originalidad y variedad lexical, por su generosidad en deseos agradablemente expresados.
         La estrofilla que se canta en Venezuela, por el contrario, parece un poema de Gustavo Adolfo Bécquer. Acabo de enterarme de que la canción, escrita por el venezolano Luis Cruz (1930-2012) en 1953 —es decir, que, en 1962, Marilyn Monroe hubiera podido cantársela a John Kennedy— se hizo notoria poco después, cuando Emilio Arvelo (1935-), para llenar un vacío que tenía en un nuevo disco, grabó la versión que todos conocemos. También se la canta de mil maneras: despacio, rapidísimo (porque a muchos les molesta, pero nadie deja de hacerlo), a capella casi siempre, acompañado con cuatro muchas veces, repitiendo fastidiosamente versos que no se repiten, o, en tiempos recientes, alterando jocosamente la letra para reírse del homenajeado. Y todo esto pasa en todos los rincones de Venezuela, en las más humildes condiciones de vida, en los más lujosos salones de fiesta.
         En la noche del jueves 25 tendríamos que reunirnos los “más íntimos amigos” de Ritos de Ilación para cantarle, alrededor de una torta de tres velitas: “¡Ay, qué noche tan preciosa esta noche de tu día...”. Nos comeríamos la torta entre los 19 autores que hemos puesto nuestras palabras en estas páginas y tomaríamos fotos para que nuestros 292 seguidores sonrieran por nuestra alegría al vernos en Facebook.
         Como pasa en la película de Kurosawa, lo importante no es la dificultad de llevar adelante la vida, sino la alegría de vivir. Desde este rinconcito lleno de papeles, como la oficina de Watanabe, que al final se sobrepone al dolor para volver al trabajo y construir una obra para su pueblo, brindamos con tantos amigos por los años por venir. ¡Salud!

emalaver@gmail.com



Año III / Nº XCVI / 22 de febrero del 2016
EDICIÓN DEL TERCER ANIVERSARIO

lunes, 15 de febrero de 2016

De cómo las flores aprendieron a leer y escribir [XCV]

Edgardo Malaver Lárez


Ilustración de las primeras páginas del libro El lenguaje de las flores
y el de las frutas (Nueva York, 1857), de Florencio Jazmín


         ¿Usted ha recibido flores alguna vez? Seguramente venían con una tarjeta que tenía escrito algún mensaje. De ser así, recibió usted flores analfabetas. Las flores, desde la antigüedad, han sabido leer y escribir, o por lo menos han permitido leerse y escribirse a hombres y mujeres, por lo menos a los enamorados, por lo menos a los que compartían amores secretos.
         La mayoría de las fuentes afirman que el llamado lenguaje de las flores apareció en Constantinopla al principio del siglo XVII y que su época de mayor esplendor fue el romanticismo. Cualquiera diría que se trata de que cada flor evoca un sentimiento, una imagen o, entre los más osados, una propuesta. Una rosa roja simboliza una pasión encendida; una margarita, un pensamiento; un clavel, la amistad. Son como lugares comunes que aparecen en mil películas; los personajes de García Márquez, sin confesarlo, son especialistas en estos mensajes. Sin embargo, el lenguaje de las flores pertenece a un campo que se extiende al significado de plantas y frutas, e incluso de piedras y colores. E incluso va más allá: tiene todo un conjunto de reglas que, con toda propiedad, pueden llamarse sintaxis.
         En 1857, se publicó en Nueva York un libro titulado El lenguaje de las flores y el de las frutas con algunos emblemas de las piedras y los colores, firmado por un Florencio Jazmín (probablemente el seudónimo de un grupo de autores). Existe una edición barcelonesa de 1864 ¡y una caraqueña de 1879! La sintaxis floral, según Jazmín, se divide en cuatro categorías gramaticales: sustantivo, adjetivo, pronombre y verbo, y éste en presente, pasado, futuro, infinitivo, imperativo y condicional.
         El sustantivo “convendrá expresarlo siempre por medio de una flor con su rama y sus hojas, es decir, en el estado en que la naturaleza presenta con más frecuencia el ejemplo: una rosa amarilla guarnecida de hojas quiere decir infidelidad” (p. 93). Para expresar un adjetivo, “se emplearán las flores en su estado natural, esto es, con sus hojas, pero cuidando duplicarlas: dos rosas amarillas con sus hojas quieren decir infiel” (p. 93). El pronombre se expresa en el libro de Jazmín, así: yo me: una hoja sola; tú me: dos; él le: tres; nosotros nos: cuatro; ellos les: cinco. Es frecuente que se supriman los pronombres de segunda persona en singular porque está implícito que los mensajes siempre van dirigidos de un yo a un tú. El verbo “se expresará en todas sus modificaciones por la flor con su pedúnculo desprovisto de hojas, es decir, sola y desnuda” (p. 93). El presente se construye con una flor abierta; el pasado, mediante la flor con semilla; el futuro, por la flor y su botón; el infinitivo, con dos flores semejantes sin hojas; el imperativo, con tres flores en el mismo estado, y el condicional, finalmente, mediante la flor acompañada de un ramo de la planta sin florecer.
         Jazmín pone varios ejemplos, el más sencillo de los cuales es “¿Me amarás constantemente?”, y explica que el verbo se representará por medio de “una hoja de mirto con un botón y una flor de la misma planta” (p. 97), mientras que el adverbio será una rama de manzanilla. Agrega que todo esto irá atado por una cinta verde para indicar el verdadero sentido de la interrogación, que es la esperanza.
         Veamos cómo se construiría la frase “Tu amistad hace mi dicha y tus virtudes son el lazo que me une a ti para toda la vida”, la más compleja que pone el libro. Es evidente en primer lugar que en realidad hay aquí dos oraciones, unidas por la conjunción y. La primera se podría “armar” juntando dos hojas y una rama de hiedra, una hoja y una rama de artemisa. La segunda estaría compuesta por dos hojas y una rama de hierbabuena, una rama de madreselva y una rama de alfalfa Una cinta blanca, signo de pureza, sujetará el primer conjunto de flores y luego abarcará los dos ramos mediante un nudo para completar la oración.
         Hay indicios de que en la Edad Media ya existía esta forma de comunicación. Sería harto atractivo, hoy, lo que podría descubrirse detrás de textos construidos totalmente con estas reglas. Los analistas del discurso encontrarían todo un universo nuevo en que regodearse y descubrir relaciones de poder e intenciones ocultas entre el clavel y la rosa, que, dentro de un contexto bien concreto, han aprendido a leer y escribir.


emalaver@gmail.com




Año III / Nº XCV / 15 de febrero del 2016

lunes, 8 de febrero de 2016

Dioses y mamarrachos [XCIV]

Edgardo Malaver


La asamblea de los dioses alrededor del trono 
de Zeus (1532), de Giulio Romano



         Hay muchas formas de vivir el Carnaval. La más sencilla puede ser mirar los toros desde la baranda. Usted se para en la acera frente a su casa y se llena los ojos de colores y movimiento. Otra es disfrazarse de algo y unirse a un desfile. Otra, más costosa, sería viajar a un país en que el Carnaval sea el centro de la vida de la gente y trabajar todo el año para ganar algún premio por su traje, su forma de bailar o el tamaño de su carroza.
         La mía es más bien aburrida. Abro el Sol de Margarita y me encuentro el título “Eligen a la soberana de los mamarrachos”. Es fácil imaginarse que éstos llevarán disfraces disparatados, extravagantes o incluso feos y mal hechos. ¿Cómo habrá llegado esta palabra al Carnaval? ¿O será naturalmente carnavalesca y luego saltó al habla coloquial? Pues resulta que sí. Un mamarracho es una persona cuyo comportamiento hace reír a los demás, y se comporta así intencionalmente. Según la Academia Española, un mamarracho es un bufón. La palabra proviene del árabe.
         Me tropiezo a dos parientes que se preparan para los desfiles del Carnaval, y me recuerdan la mojiganga que hace unos años se organizaba en Juan Griego. Qué palabra. ¿Mojiganga no era un bromear constante de los niños que los adultos consideraban fastidioso? Pues sí, pero en segunda acepción. El diccionario, en primera, dice: “Obra teatral muy breve, de carácter cómico, en la que participan figuras ridículas y extravagantes, y que antiguamente se representaban en los entreactos o al finalizar el tercer acto de las comedias”. La tercera acepción dice: “Fiesta popular en la que se utilizan disfraces estrafalarios, especialmente de diablos y animales”. Eso es un carnaval.
         Durante el Carnaval del Renacimiento, especialmente en las noches, como todo valía, los excesos de la carne no se limitaban a la ingesta, y por eso, según la tradición, debían usarse máscaras: pasados esos tres días, la vida seguía y no era cuestión de avergonzarse. La idea de aliarse para salir en comparsas (otra palabra bien particular) debe haber nacido de la necesidad de apoyarse entre parientes, entre amigos, entre colegas.
         Sin embargo, la que se lleva el premio a la palabra más enrevesada en el vocabulario del Carnaval es carnestolendas. Casi nadie la usa, pero todo el mundo la entiende cuando la oyen la televisión o la radio. Las fiestas carnestolendas son los tres días anteriores a la Cuaresma. Es un pluralia tantum que se forma a partir de caro, es decir, ‘carne’, y de tollendus, del verbo tollere, equivalente a ‘suprimir’. El Carnaval, en los primeros tiempos del cristianismo, tenía el fin de “eliminar toda la carne” existente en el entorno, y para ello se permitía el desenfreno alimenticio, pues el Miércoles de Ceniza debía comenzar el ayuno y la abstinencia que preparaba para la Semana Santa.
         Y esta práctica de concentrar en tres días del año el fandango y el bullicio, el exceso y la desinhibición, cubriéndose los rostros para desentenderse de las consecuencias, no podía carecer de un conductor. Y así, quién sabe si el pueblo, quién sabe si los poetas escogieron a un personaje mitológico de la Grecia antigua para que desempeñara esta función: Momo, el dios de la burla, de la ironía, de la crítica ridiculizante. Hijo de Nicte (la Noche) sin intervención masculina, Momo se ganó la enemistad de muchos de los dioses del Olimpo a causa de sus ingeniosas críticas y crueles burlas. Un día fue expulsado del panteón por esa razón y había estado desempleado desde entonces hasta que se le encargó ir al frente del jolgorio del Carnaval.
         No deja de ser una forma de vivir el Carnaval, aunque sea sólo como metáfora del imperio de la morisqueta.


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Año III / Nº XCIV / 8 de febrero del 2016

lunes, 1 de febrero de 2016

Baño de María [XCIII]

Edgardo Malaver


María la Judía (o la Hebrea) en un grabado de Michael Maier (1617)


         Uno oye, a los siete u ocho años, a su abuela darle una receta de cocina a alguna vecina y decirle: “Lo pones en baño de María y después lo cuelas”, e inmediatamente se pregunta quién será esa María. Más tarde, como la expresión se le instala en la frente, por el lado de adentro, con una campana que tañe tres veces diarias, uno se imagina que esa María bien puede ser la madre de Cristo. Y por largo tiempo esa hipótesis aminora el tintín de la campanita. Y luego va uno al catecismo y oye tantas cosas bellas sobre la Virgen María, que se dice, sin preguntarle a nadie, que no hace falta pensar más: esa María que se baña es la Virgen, ¿quién más puede ser? La campanita casi se queda en silencio. Casi adulto ya, enamorado ciego y extraviado para siempre en la fascinación de los libros, tropieza uno en el Antiguo Testamento con las detalladas reglas que debían seguir las mujeres para asearse, y descubre así que la campana, sin llamar la atención de nadie, había estado tañendo más fuerte. Algún baño habrá tomado la pobre María que se hizo famoso. ¿Habrá sido el bautismo?
         Qué lástima que no lo pregunte uno todo. Sin embargo, de haber preguntado y haber entendido antes, le habría parecido a uno menos placentero el placer de encontrar la respuesta, por infinito azar, en una revista de ciencia e historia que hace dos meses le aterriza a uno en las manos.
         El balneum Mariae es, como bien lo sabe todo el que ha oído a su abuela comentar una receta de cocina con una vecina, un procedimiento de calentamiento prolongado en que un recipiente es hundido en el líquido contenido en otro recipiente más grande. No fue el único procedimiento, artefacto o composición química ideada por María la Judía, de quien obviamente recibe su nombre. Todo el mundo ahora lo utiliza en la cocina, pero María la Judía, que puede haber nacido en el siglo I (o en el II) en Alejandría, Egipto, lo utilizaba en su laboratorio de alquimia para sublimar compuestos químicos. Casi todo es confuso en las notas biográficas que se encuentran sobre la sabia María, pero la existencia de los complicadísimos inventos que se le atribuyen, que coinciden con los descritos en los textos que firmó como autora, además de la seriedad de los autores posteriores que la citan y la alaban por su trabajo, contribuyen a que uno se convenza de que fue una persona real.
         Entonces se dice uno que va a imperar, por fin, el silencio, pero... mentira, es apenas una la campana que se detiene. En su lugar resuenan ahora mil campanarios... pero no puede uno evitarlo: le agrada el sonido de las campanas.

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Año III / N° XCIII / 1° de febrero del 2016

lunes, 25 de enero de 2016

Mala mía [XCII]

Edgardo Malaver


Primera página del Discurso 
de Angostura (1819)



         Este número de Ritos es una mera anotación en mi memoria. Es un registro del nacimiento de una nueva expresión, o, más precisamente, de la inserción de su partida de nacimiento en mi archivo principal propio e individual, el único al cual tengo acceso. Y así, es también la mera comprobación de que la lengua materna de uno es infinita. El acta, transcrita fiel y textualmente del libro del año 2016, dice así:

21 de enero. Salgo de mi clase de la mañana a las nueve horas y treinta minutos y me siento a esperar a la estudiante Andreína Aranguren, tesista con la que he acordado encontrarme para decidir cómo reducir a límites controlables el inmenso corpus de su investigación sobre el Discurso de Angostura. Me llega un mensaje suyo al celular en que me pregunta si nos vamos a encontrar. Comprendo que mi mensaje de las siete de la mañana no le ha llegado. Le escribo que la estoy esperando y ella corre a la universidad. Llega cuando yo estoy saliendo, tarde ya, para ir a casa. Me dice: “Mala mía, profe, porque yo no lo llamé ayer”. Me llama la atención la forma de decir que se adjudica la causa del desencuentro, pero sigo hablando con ella sobre una próxima entrevista. De camino a mi casa, no deja de resonar la expresión en mi mente. Me pregunto: “¿Querrá decir algo así como mala jugada mía, mala acción mía, en contra mía?”. El asombro ya se ha apoderado de mí.

         Apenas han pasado cuatro días, y esta voz que nació el jueves no se apaga. Varias personas me han dicho cuando les pregunto: “Se dice hace mucho tiempo, todo el tiempo, ¿no la habías oído?, no te creo”. No, no la había oído. Escribo “mala mía” en Google y éste me lanza 52.904 resultados. (Uhm, ¿no tendrían que ser millones?) Sin abrir nada, porque esta vez no quiero leer nada que me contamine estos primeros comentarios, entiendo que ciertamente la expresión ha existido desde hace años. Veo una tienda de ropa en Buenos Aires, una canción del 2010, traducciones al inglés del 2006. Hoy, por esa causa, al ver que no tengo listo el artículo de esta semana, me decido a darle mi primer saludo... y a asentar aquí su partida de nacimiento.

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Año III / Nº XCII / 25 de enero del 2016



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lunes, 18 de enero de 2016

Niños de pecho [XCI]

Edgardo Malaver Lárez



El célebre don Miguel de Unamuno en algún pasillo
de la Universidad de Salamanca en 1936



Para Miriam Lárez,
literalmente mi primer alma mater, por el Día del Maestro


         Primero les pareció que coger era siempre y en todas partes vulgar y les dio por decir agarrar en todo lugar y momento; después no quisieron decir más hacer porque era informal y comenzaron a decir realizar para parecer educados; más tarde les dio la fiebre de que poner no debía usarse porque eso era lo que hacían las gallinas, y desde entonces dicen colocar hasta cuando se ponen a llorar. Hay un zancudo que sobrevuela una pobladísima nube de hablantes, los marea y les inocula una gripe a causa de la cual, de la noche a la mañana —o más bien de un canto de gallo a otro—, dejan de decir lo que es lógico, habitual y congruente para hundirse en el desbarajuste y el sinsentido. Todo esto, sin embargo, puede llegar a entenderse, porque, al fin y al cabo, así evolucionan las lenguas. A mí lo que me molesta es el bendito zancudo.
         Un día ese zancudo le picó a un representante estudiantil, y éste, sin tener memoria de los siglos de existencia de la lengua que hablaba, comenzó a evangelizar a los demás diciéndoles que la palabra alumno era, nada menos, un insulto para los estudiantes.  Su idea principal era —aún es, porque la prédica no cesa— que alumno se componía del prefijo a- (negación) y la raíz lumen (‘luz’); o sea, que un alumno es al final alguien que carece de luz. Una de las ideas secundarias era que, vistos así, los alumnos habían sido sometidos desde tiempos antiguos a la voluntad de los iluminados profesores, que se creen dueños de todo el saber humano, al cual les dan acceso sólo a cuentagotas y mediante reprochables prácticas y actitudes autoritarias.
         ¿Los sin luz? Ciertamente parece un insulto. Sin embargo, ese pretendido desmontaje morfológico de la palabra y su desafortunado resultado revelan un enorme desconocimiento de su dignísimo significado, su etimología y, también, del español, del latín y de la historia y el funcionamiento de todos ellos. No hace falta consultar el diccionario de cabecera de Cicerón para descubrir que alumnus era en Roma un participio del verbo alo (‘alimentar’), es decir, era lo que ahora se llama una palabra primitiva, no derivada. Un alumnus era ‘aquel que es alimentado por otro’, y más originariamente, un ‘niño de pecho’.
         Más tarde debe haberse empezado a llamar alumnos a los niños que aprendían de un maestro, porque intelectual y espiritualmente también estaban alimentándose de él. Por una buena razón, más tarde todavía, se llamó alma mater a las universidades, porque en el terreno de los conocimientos, la universidad es la madre que nos nutre y nos forma altos ideales humanos. (Ah, alma y alto también provienen del verbo alo.)
         Ser alumno, entonces, tendría que ser, por lo menos para nosotros los universitarios, tener ante nosotros todos los caminos abiertos, los caminos que han recorrido todos los hombres, pero que para cada hombre es un camino nuevo. Y la tarea de enseñarnos a elegir está en manos de nuestros maestros, que con propiedad pueden hablarnos de su paso por esos caminos. En vez de una época en que carecemos de luz, es una época en que descubrimos la luz que nos habita. Me acuerdo de Miguel de Unamuno, que una vez en una conferencia en Salamanca, ante una pregunta ingenua de un estudiante sobre Cervantes, le respondió, aproximadamente: Adivino por su pregunta que usted no ha leído Don Quijote. Qué afortunado es usted, que puede leerlo por primera vez e iluminarlo con los ojos de un niño.

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Año III / Nº XCI / 18 de enero del 2016



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