Ariadna Voulgaris
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| En calles
como esta debe haber gestado “La i latina” de Pocaterra. Valencia, 1900 |
Si uno
la escribe como mayúscula, las normas se dan el tupé de decirle a uno que no le
ponga el punto, pero en minúscula, el punto es infaltable. En la antigua máquina
de escribir de mi mamá parecía una ele pequeña —con su punto, no cabe duda—,
pero ahora en la computadora que se compró el mes pasado, parece un uno —también
con el punto—. Es una letra graciosa, ya lo diría Cantinflas. Pues, sí, damas y
caballeros, sííííí... ¡es la i!
La i es
tan versátil que los romanos la usaban también para representar la unidad y por
esa razón aparecía en multitud de los números. Y su sola apariencia ya semejaba
y recordaba las bellas columnas tan frecuentes, tan infaltables en toda la
arquitectura de Roma y de Grecia. Y al mismo tiempo la i es tan popular que, a
pesar del analfabetismo reinante en la antigüedad y en siglos recientes,
nuestra incólume letra logró permear la lengua cotidiana, la de la gente más
sencilla. A nadie hay que explicarle lo que le están queriendo decir cuando se
le grita a la cara: “Aquí vamos a poner los puntos sobre las íes”.
Y fue el
punto, no el acento, el que terminó definiendo su presente figura, la imagen que
muestra a los medios y sin el cual no todos la reconocen del todo.
Versatilidad
es lo que le sobra a la i. Imagínense cuánta que en química, la i mayúscula es
símbolo del yodo, en matemática representa la unidad imaginaria y los números irracionales
(según se escriba con mayúscula o minúscula, respectivamente), en física
simboliza la inercia, y en electricidad, la intensidad de corriente.
En
literatura no es diferente. La i, por lo menos la que “diseñaron” los latinos a
partir de la iota griega, tiene título de propiedad sobre un bello
terrenito de la literatura venezolana que todos los de mi generación tuvimos
que visitar en la adolescencia: el tierno cuento “La i latina”, publicado en
1922 por José Rafael Pocaterra (¡viva Valencia!). (Quiera la Virgen que sigan
exponiendo a los muchachos de hoy a esas bellezas, y otras, de la literatura.)
Según la
Enciclopedia Británica, en sus primeros tiempos su forma imitaba la de un brazo.
Siglos después, llegada ya a Roma, fue un solo trazo que se parecía también a
la iota griega, es decir, a esta: I. También en esa época se le ponía el
punto en forma de guion. Cuando la i era la que comenzaba el párrafo, los
copistas de la Edad Media le hacían graciosas extensiones, que desbordaban la línea
por arriba y por abajo. Yéndose por ese camino, terminaron creando la jota que
hoy conocemos, con puntito y todo, que adoptaron para representar la faceta
consonántica de la i. Pero eso se afianzó después del siglo XVII, porque, antes,
casi no había diferenciación entre ellas.
Nuestra
heroína la i es hoy la novena letra del alfabeto español. Es la vecina de voz
aguda de la hache, que sabemos todos que no gusta de las estridencias, y la tía
de edad avanzada de la jota, que vota por el partido mayoritario, el de las
consonantes aspiradas. Y es así como puede ser una voz clara entre sus correligionarias
y una barrera negadora que, bajo la forma de simple prefijo, echa por tierra a cualquier
irresponsable o amago ilícito que se presente. Qué poderosa es
esta rayita con ese puntito de sombrero.
20 de junio del 2026
ariadnavoulgaris@gmail.com
Año XIV / N° DXLVIII /
7 de septiembre del 2026
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