jueves, 10 de septiembre de 2026

La i, brazo del alfabeto [DXLVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

En calles como esta debe haber gestado
“La i latina” de Pocaterra. Valencia, 1900

 

 

         Si uno la escribe como mayúscula, las normas se dan el tupé de decirle a uno que no le ponga el punto, pero en minúscula, el punto es infaltable. En la antigua máquina de escribir de mi mamá parecía una ele pequeña —con su punto, no cabe duda—, pero ahora en la computadora que se compró el mes pasado, parece un uno —también con el punto—. Es una letra graciosa, ya lo diría Cantinflas. Pues, sí, damas y caballeros, sííííí... ¡es la i!

         La i es tan versátil que los romanos la usaban también para representar la unidad y por esa razón aparecía en multitud de los números. Y su sola apariencia ya semejaba y recordaba las bellas columnas tan frecuentes, tan infaltables en toda la arquitectura de Roma y de Grecia. Y al mismo tiempo la i es tan popular que, a pesar del analfabetismo reinante en la antigüedad y en siglos recientes, nuestra incólume letra logró permear la lengua cotidiana, la de la gente más sencilla. A nadie hay que explicarle lo que le están queriendo decir cuando se le grita a la cara: “Aquí vamos a poner los puntos sobre las íes”.

         Y fue el punto, no el acento, el que terminó definiendo su presente figura, la imagen que muestra a los medios y sin el cual no todos la reconocen del todo.

         Versatilidad es lo que le sobra a la i. Imagínense cuánta que en química, la i mayúscula es símbolo del yodo, en matemática representa la unidad imaginaria y los números irracionales (según se escriba con mayúscula o minúscula, respectivamente), en física simboliza la inercia, y en electricidad, la intensidad de corriente.

         En literatura no es diferente. La i, por lo menos la que “diseñaron” los latinos a partir de la iota griega, tiene título de propiedad sobre un bello terrenito de la literatura venezolana que todos los de mi generación tuvimos que visitar en la adolescencia: el tierno cuento “La i latina”, publicado en 1922 por José Rafael Pocaterra (¡viva Valencia!). (Quiera la Virgen que sigan exponiendo a los muchachos de hoy a esas bellezas, y otras, de la literatura.)

         Según la Enciclopedia Británica, en sus primeros tiempos su forma imitaba la de un brazo. Siglos después, llegada ya a Roma, fue un solo trazo que se parecía también a la iota griega, es decir, a esta: I. También en esa época se le ponía el punto en forma de guion. Cuando la i era la que comenzaba el párrafo, los copistas de la Edad Media le hacían graciosas extensiones, que desbordaban la línea por arriba y por abajo. Yéndose por ese camino, terminaron creando la jota que hoy conocemos, con puntito y todo, que adoptaron para representar la faceta consonántica de la i. Pero eso se afianzó después del siglo XVII, porque, antes, casi no había diferenciación entre ellas.

         Nuestra heroína la i es hoy la novena letra del alfabeto español. Es la vecina de voz aguda de la hache, que sabemos todos que no gusta de las estridencias, y la tía de edad avanzada de la jota, que vota por el partido mayoritario, el de las consonantes aspiradas. Y es así como puede ser una voz clara entre sus correligionarias y una barrera negadora que, bajo la forma de simple prefijo, echa por tierra a cualquier irresponsable o amago ilícito que se presente. Qué poderosa es esta rayita con ese puntito de sombrero.


20 de junio del 2026

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLVIII / 7 de septiembre del 2026

 

 

 

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