Edgardo Malaver
Al niño don Simón, en su patio de granados
que siempre estaban en flor.
¿Cuándo
se habrá puesto de moda la expresión un tiro
para el gobierno y otro para la revolución? ¿Y dónde la habrán pensado por primera
vez? Tendría que haber aparecido en una situación en que un gobierno estaba a punto
de caer porque un grupo sedicioso se había levantado contra él y hubo un enfrentamiento
armado, en que, aun así, había algunos indecisos... o más humano todavía, algunos
que deseaban aprovechar lo mejor, o lo peor, de los dos mundos.
Si se
me hubiera ocurrido escribir esto hace cinco años, habría pensado en los enemigos
de Bonaparte, en los de Bolívar, en los de Betancourt. Hoy, por más que la fuerce,
mi mente no puede pensar en otro gobierno ni en otra “revolución” que los que componen
la paradoja que vive en este instante Venezuela. ¿Quién es el gobierno y quién
es la revolución? ¿Cómo se reconoce dónde está cada quién? ¿Nos ofrece la lengua
alguna señal?
¿Qué pone
el diccionario sobre estas palabras? La segunda de las 11 acepciones de gobierno dice: “Órgano superior del poder
ejecutivo de un Estado o de una comunidad política, constituido por el presidente
y los ministros o consejeros”. La segunda de las siete acepciones de revolución es: “Cambio profundo, generalmente
violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”.
Es
difícil imaginarse que un gobierno desee, permita o promueva alteraciones, alborotos
o desórdenes. Son conceptos opuestos, adversos, antónimos. Es decir, la
oposición que existe entre gobierno y
revolución es la misma que hay entre autoridad y rebeldía, entre poder y desobediencia, entre paz y violencia. Lo curioso de nuestra circunstancia es que el gobierno
se llama a sí mismo ‘revolución’. Cuando una revolución llega al poder, ¿no deja
de ser revolución y se convierte en gobierno? He ahí la paradoja que desvirtúa la
expresión popular.
La
vida, la realidad, las situaciones políticas no pueden ser nada más ni ir más
allá ni tener mayor corporeidad que las metáforas bélicas. Ni siquiera la
lógica puede dejar de quebrantarse ante las imágenes visuales del habla popular;
pero algo intrincadamente extraño tiene que estar pasando para que tranquilidad y zozobra se hayan mudado al mismo campo semántico. Alguna anomalía
tiene que estar ocurriendo para que los antónimos, siempre en inevitable disputa,
se hayan ido convirtiendo en sinónimos, que antes eran tan cordialmente similares
entre sí. Alguien tiene que estar lanzando una piedra a los aqueos y otra a los
troyanos.
Lo
que no podemos dudar es que, al final de este laberinto —el político y el
lingüístico—, la lengua de Venezuela también se verá un nuevo rostro, sentirá una
nueva palpitación. Quizá sea menester para ello suprimir la vibrante múltiple
del sustantivo revolución. O que revolución vuelva a ser, como insinúa el
diccionario, un sustantivo que se opone a gobierno,
particularmente durante alguna confrontación con él. O que el gobierno no le
dispare a nadie para que nadie sienta el justo instinto de dispararle al
gobierno, ni siquiera por los labios.
Verdaderamente,
está en plena revolución un enredo lingüístico. Algo tendrá que pasar para que
no nos salga a todos el tiro por la culata.
emalaver@gmail.com
Año V / N° CLXII
/ 24 de julio del 2017
No hay comentarios.:
Publicar un comentario