lunes, 27 de octubre de 2014

El zoológico de la lengua [XXVIII]

Jaramillo Laura


         No es que ahora me metí a veterinaria. No. Resulta y acontece que un día enchinchorrá, me percaté de que tenemos una extraordinaria capacidad para emular ciertas características o actitudes de los animales, lo cual, no faltaba más, se refleja en nuestro hablar cotidiano.
         Muchas veces estamos hablando de alguien (chismeando, pues) y no encontramos esa palabra exacta que necesitamos para describirla (como el caso de vaina). Entonces, inmediatamente, en la mayoría de las veces, asociamos las características de un animal con ese alguien, es decir, metaforizamos el lenguaje.
         Por esta razón, a continuación les presento algunos animalillos que tienen actitudes semejantes a las humanas, o al revés:

Sapo: persona a la que le encanta croar (cantar) de más; contar los secretos de otras personas. Existe un libro que se titula El cartel de los sapos, escrito por un colombiano que estuvo asociado al narcotráfico de ese país.
Rata: persona maliciosa. También se le puede decir ratón, ratica o ratuno, todo depende de la intensidad de la malicia.
Conejo: puede significar dos cosas. Generalmente, hace referencia a una persona inocente, también se le puede decir blanca paloma, pero en los bajos fondos, se le dice conejo a la persona que compra o consume droga.
Cuaima piña: persona lista, ágil, peligrosa. Es un adjetivo común para describir a las mujeres. En Colombia, el equivalente es tatacoa, una serpiente del desierto que lleva el mismo nombre, la tatacoa. Hasta las telenovelas se les conoce como teleculebrones, por tener la capacidad de enrollar la historia.
Urraca: persona que habla hasta por los codos. Incluso, para ser más enfático en el adjetivo dirigido a la persona, es común usar el pleonasmo urraca parlanchina.
Cacatúa: persona que intenta como que esconder la pila de años que lleva encima, por medio de maquillajes recargados y ropaje extravagante.
(En estas dos últimas especies, estoy segura de que todos, al igual que yo, tienen una vecina híbrida, o sea, cacaturraca.)
Buitre: persona a la que le encanta regocijarse en las desgracias de otros (no en vano se habla de fondos buitres). También puede ser una persona capaz de aprovechar las oportunidades que se le presentan (como el antiguo manager de los Navegantes del Magallanes, Phil Regan, conocido como El Buitre).
Abeja: persona que está pilas, que sabe cómo actuar ante las dificultades. También persona que trabaja mucho.

         No solo asemejamos el modo de ser, sino también, el aspecto físico. ¿Cuántas veces no hemos visto un perro igualitico al dueño? Yo lo certifico.
         En fin, el zoológico de la lengua es tan extenso, al igual que nuestra creatividad, así que aprovechemos esta oportunidad para asemejar a las personas que conocemos, amigos, parejas, familiares, conocidos, etc., con cualquier animal, y enriquecer el maravilloso mundo del lenguaje metafórico.

laurajaramilloreal@yahoo.com





Año II / Nº XXVIII / 27 de octubre del 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

Yo sandungueo, tú sandungueas, él sandunguea [XXVII]

Isabel Matos



            De manera irremediable y con una velocidad impresionante entran en las conversaciones del día a día términos tomados de esas canciones pegajosas que oímos en la radio del autobús camino a casa. Daddy Yankee y Don Omar, Hector (el Father) y Tito (el Bambino) hacen su gran “contribución” a la lengua española, al habla de Caracas con sus canciones. Yo sandungueo, tú sandungueas, él y ella sandunguean juntos y al final todos sandungueamos.
            Wikipedia nos dice que el sandungueo nace en Puerto Rico por el año 2000 y que se caracteriza por ser un baile sensual y lascivo que se realiza con las rodillas ligeramente flexionadas y agitando vigorosamente las caderas. ¿Y sandunguera? Según el diccionario Vox, se refiere a aquel que tiene gracia, que tiene sandunga, o salero. Salero además incluye un poco de elegancia. Aunque sandungueando no nos veamos muy elegantes que digamos.
            En México parece ser muy común que te vayas de sandunga toda la noche, aunque en Venezuela utilizamos otro ritmo para eso, la rumba. Resulta que sandunga o zandunga es además una canción mexicana, significa: música honda y profunda en zapoteca. Luego de escuchar La zandunga en YouTube no deja de sorprenderme la distancia que hay entre esa música que oigo y la que canta Don Omar ¿Y la cumbia sandungótica? Esa la dejamos para otro rito.

isabelmercedes@gmail.com




Año II / Nº XXVII / 20 de octubre del 2014

lunes, 13 de octubre de 2014

La vereda de enfrente [XXVI]

Edgardo Malaver

            Mañana hará exactamente siete semanas que escribí en otro blog un homenaje a Julio Cortázar, que ese día cumplió 100 años de nacido. Algo debe tener cumplir 100 que todos lo desean, y Cortázar, a quien parece que el paso del tiempo no angustiaba, parece haber llegado a un nuevo hito en su carrera hacia la totalidad, es decir, le ha llegado esa época en que, como diría Shakespeare, “in eternal line to time he grow’st”. A los 100 años, digo yo, se convierte uno ya en una voz innegable, en un clásico.
            En mi caso no han sido cien años, pero una palabra lo puede perseguir a uno por mucho tiempo. Y una que me ha atormentado inmensamente a mí desde los años de estudiante en que no había tarde en que no aterrizara en la biblioteca y no descuidara otras mil cosas por leer a Cortázar es la palabra vereda. Mi imaginación nunca fue suficiente para comprender a qué se refería Cortázar al decir, por ejemplo, en “Los amigos” (Final del juego, 1956): “A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el chambergo gris y el saco cruzado”; ni, mucho menos, al decir, en “Hay que ser realmente idiota para” (La vuelta al día en 80 mundos, 1967): “Un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”, ni todas las veredas, concretas y abstractas, de las que está poblada Rayuela (1963).
            Una vereda en Venezuela es un camino y, en mi mente, un camino no está ni al frente ni detrás ni al lado de nada. A lo sumo estará al lado, pero es más bien que la otra cosa, está a un lado del camino, como las flores que para Castellaneta representan a Dulcinea. Pasé mil años preguntándome qué podía ser una “vereda de enfrente”. Tuve que oír una vez a una turista argentina en el metro hablando de algo que le había pasado en el centro de Caracas para entender. Decía: “Yo iba caminando y por la vereda de enfrente vendían una comida que me llamó la atención”. Ah, caramba, me dije, esta mujer se refiere a la acera. Y tuve que volver a Cortázar a buscar las veredas perdidas, a entender que lo que está en la “vereda de enfrente” es lo opuesto, lo que no nos agrada, lo que nos agrede... o quizá, también, otra situación, más favorable, que vemos desde la nuestra, menos seductora, como en el caso de La vuelta al día...
            En mi mente sin veredas, que transita por las aceras del español de Venezuela, se abrió un camino nuevo que la llevó al español de otro lugar, que afortunadamente a veces se parece y otra vez es el mismo... porque dos formas del mismo idioma son como dos mundos que a veces se alejan, pero otra veces se comportan “como amigos y parientes [que] están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”.

emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXVI / 13 de octubre del 2014

lunes, 6 de octubre de 2014

Recochar [XXV]

Laura Jaramillo




         Continuando con el lenguaje jocoso y coloquial, quiero presentarles la primera palabra que descubrí del extenso y variado léxico colombiano. Fue esta palabra la que me sembró la curiosidad por descubrir y estudiar cada día la lengua colombiana. La escuché en un programa que se llama Desafío, y quien la dijo es de la isla de San Andrés, o sea, que, al parecer, recochar es léxico costeño, del Caribe, al igual que fufurufa.
         Recochar suena como a melcocha, pero no. Suena como a ‘cocha pechocha’, pero tampoco. Suena como a recharco, muchísimo menos. Es un verbo tan sabroso de expresar, como sus derivados: recocha, recochero, recochería, y pare usted de contar, o, de inventar.
         Recochar expresa que algo es muy divertido, puede ser una situación o una persona. Expresa gozo por los estudios, el trabajo, los amigos, la vida. Para mi mamá, recochera de primera, es una palabra que suena a fiesta, a baile, a hora loca. Es una expresión equivalente a la venezolana, igual de sabrosa de pronunciar, joder, que también tiene sus derivados: jodedor, jodedorcito, jodedera. Palabras más, palabras menos, recochar es echar vaina.
         El DRAE no la acepta como verbo, sino como adjetivo, es decir, recocha, pero (¡qué pero tan maravilloso!) el significado no es al que me refiero, o, mejor dicho, no es al que se refieren los ilustres costeños. Tampoco joder tiene en el DRAE el significado que le damos venezolanos y colombianos. Sin embargo, el mismo diccionario registra una entrada parecida, recochineo, con un significado más o menos cercano. Confieso que nunca la he escuchado, a pesar de que el diccionario la presenta como léxico coloquial.
         En fin, como ya deben conocerme, recochar es un verbo que ya forma parte de mi vocabulario tan colorido. A todo el mundo le digo recochero, hasta a un tutor que tuve, muy serio él, lo bauticé como el recochero más recochero del oriente venezolano.
         Así de sabroso es el español, así de expresivo somos, colombianos y venezolanos; es más, deberíamos borrar las fronteras pa recochar más y mejor. Tanto el lenguaje colombiano como el venezolano tienen ese no sé qué tan particular, tan único, tan sabroso (insisto), que nos identifican y nos definen como hablantes de un español cada día más renovado.
         No sé si recochar, al igual que fufurufa, se originaron en el caribe colombiano, pero, de ser así, ¡qué sabroso es que la inmensidad del mar genere esta inmensa creatividad léxica!


laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXV / 6 de octubre del 2014


lunes, 29 de septiembre de 2014

Comí y a su vez bebí [XXIV]

Edgardo Malaver Lárez



            Se nota la falta de concordancia, ¿verdad? Comí y bebí exhiben notoriamente su primera persona y su singular, mientras a su vez, aunque lo disimule, está en tercera y disimula muy mal su ambigüedad en cuanto a su soledad o su compañía.
            El problema, sin embargo, no es la persona ni el número, aunque puede serlo. El problema, si verdaderamente lo es, es más profundo: es semántico. Tal como pasa en el caso de entre otros, en muchas ocasiones, muchísimas, oímos en todas partes afirmaciones en las que a su vez no significa lo que el emisor del mensaje intenta decir. Se oye, por ejemplo, “Los antisociales penetraron en el banco a punta de pistola, y a su vez asesinaron al vigilante”; “Yo siempre compro el Kino, pero a su vez ahorro”; “Aquí nadie nos conoce a nosotros, que a su vez somos pocos”. ¿No le suena a usted que en estos ejemplos cabría más bien también o quizá además? Muchos piensan que a su vez significa también, o que las dos expresiones son equivalentes. Y seguramente en algún caso, en algún contexto de los infinitos contextos posibles, pueden ser equivalentes, pero no significan lo mismo.
            A su vez tiene sentido cuando se intenta mostrar, con mayor claridad de la que ya muestra el verbo, una acción que se repite pero que cada vez es ejecutada por un sujeto diferente. Si recibo un mensaje y le transmito a alguien más la información que él contenía, y este alguien hace lo mismo con alguien más, estoy ante ese tipo de acciones y la expresión de esta situación en una oración probablemente incluirá un a su vez, quién sabe si más de uno, aunque no es imprescindible. Por ejemplo: “Zambrano entregó los documentos al abogado, quien los entregó al fiscal, y éste, a su vez, al juez”. La expresión a su vez en este ejemplo (y no en los que aparece en el párrafo anterior) indica que cuando le tocó al fiscal hacer algo, cuando le llegó su vez, su momento, su turno de actuar, hizo lo mismo que el sujeto anterior, el abogado.
            Bien puede decirse que el abogado y el fiscal también entregaron los documentos. Sí, pero ¿es eso lo que se desea decir? En realidad se desea destacar el hecho de que cada uno de ellos hizo la misma acción en momentos distintos (y sucesivos) y sobre un agente cada vez nuevo. El que en la primera oración era objeto indirecto del verbo, en la segunda se convierte en sujeto y al iniciar la tercera, a su vez, sucede en ella lo mismo.
            Por otro lado, el problema también es morfosintáctico. Es decir, la expresión contiene un adjetivo posesivo, su, que, naturalmente, hará concordancia con otros elementos de la oración en que aparezca. Veamos: “María le pagó a Juan, Juan me pagó a mí, y yo, a mi vez, le pagué a Pedro”; “Tu hermano te ha perdonado: perdónalo tú a tu vez; “El policía nos gritó; a nuestra vez, nosotros le gritamos a él”.
            Entonces, si un día se le ocurre comer y al mismo tiempo beber, o comer y además beber, o comer y también beber, o comer y a la vez beber, o simplísimamente comer y beber, sin aditivos, no olvide que las palabras también son alimento y que la buena digestión comienza en la lengua.


emalaver@gmail.com



Año II / Nº XXIV / 29 de septiembre del 2014

lunes, 22 de septiembre de 2014

¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma! [XXIII]

Laura Jaramillo




         Cuando por primer vez (como dicen los mexicanos) escuché sobre la economía del lenguaje, pensé en lo maravilloso que era hablar el español con poca plata. Pero, no, no era eso. Resulta que la lengua tiene reglas, normas o mecanismos que permiten decir mucho con pocas palabras. Aunque, más que la lengua, es el usuario de la lengua el que debe tener dicho talento.
         El decir mucho con pocas palabras no es tarea fácil, o, mejor dicho, es misión imposible (ilando ando), ya que el español es en ocasiones bastante anchilargo, porque a veces es necesario alargar la cosa para que el mensaje llegue a su llegadero, pero se corre el riesgo de caer en la redundancia. Hay que aprovechar las facilidades que da la lengua para comunicarnos y hacernos entender.
         Sin embargo, desde hace algunos años, se está usando lo que llaman el lenguaje incluyente, lo cual se ha hecho común, más bien, exageradamente común, decir cosas como todos y todas, trabajadores y trabajadoras, niñas y niños, etc. Se llega, incluso, hasta cometer errores de concordancia, como por ejemplo los y las delegadas. Si se va a hablar mal, que sea con coherencia.
         Existe una necesidad (¿o necedad?) por incluir a como dé lugar el femenino, aunque no exista, no importa, lo inventan, como es el caso de millones y millonas, libros y libras. Expresiones que ocasionan contaminación sónica. Menos mal que hasta los momentos, se puede decir, esas expresiones no llegan propiamente a lo que es el vulgo, porque no hay nada mejor que ahorrar.
         El lenguaje incluyente puede ser económico. No es necesario decir venezolanos y venezolanas, puede decirse perfectamente la población venezolana, lo cual incluye hombres, mujeres, niños y niñas. He ahí, pues, el exquisito arte de la retórica.
         Definitivamente, ante esta realidad, con poco sentido común y mucho barbarismo, cada vez es más fuerte esa popular expresión de un antiguo programa cómico, que reza: ¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma!


laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XXIII / 22 de septiembre del 2014

martes, 16 de septiembre de 2014

Naguará de hipótesis [XXII]

Edgardo Malaver



         Leyendo, como a los 13 años, El hombre que calculaba (1938), de Malba Tahan, conocí la palabra guarismo, que me sonó desde el principio tan informal, tan misteriosamente llana y cotidiana, que no lograba incluirla en el conjunto de lo numérico. Un guarismo es una cifra, un número, y Beremís Samir, el protagonista, los utilizaba como si él hubiera inventado la matemática. La palabra proviene del árabe, lengua en que esta ciencia ha experimentado innumerables e inmensos avances durante toda la historia, es decir, ninguna palabra más justa para Beremís, que habla poco en la novela, pero cuando habla los sabios callan para escuchar.
         Sólo ahora se me ocurre utilizar la palabra guarismo para nombrar toda manifestación lingüística propia de los nativos y habitantes del estado Lara, a quienes en toda Venezuela llaman guaros. Existen guarismos muy expresivos que todos hemos oído: ah, mundo —“¡Ah, mundo, Barquisimeto!, / dijo un barquisimetano...”—, vacié —¿o bacié?—... y naguará.
         ¿Naguará? ¿No hay algo extraño, curioso, intrigante, en esa palabra?
         Tengo la hipótesis —en este artículo de hoy casi todo es hipótesis— de que en aquellos días de los que hablo esta expresión no estaba tan extendida como ahora por toda Venezuela. Entonces era una forma de reconocer a los larenses; ahora lo utilizan hasta los inmigrantes chinos. Y en esa diseminación por todo el territorio, ha ido perdiendo sonidos. Todavía oye uno de vez en cuando: “Una guará”, que es, en mi hipótesis, la forma de la expresión, el estadio de su evolución que, por alguna razón, comenzó a repetir en algún momento toda Venezuela; pero esa u se perdió —o se ha ido perdiendo— tal como, en contexto informal y oral, se pierden sílabas iniciales en expresiones como natanseria en lugar de qué vaina tan seria, o Ña Juana en lugar de doña Juana.
         Mi hipótesis más osada, sin embargo, es que antes de derivar en una guará, la conocida expresión debe haber sido una guarada, es decir, algo típico, característico, propio de los guaros, de los larenses. (Sucede, curiosamente, que es ahora al final de la palabra donde se produce la frecuente elisión de una sílaba.) Es el mismo tipo de construcción que aparece cuando, bromeando con los amigos, decimos, verbi gratia, que este o aquel acto, esta o aquella conducta es una marcelada, es decir, un acto o conducta propia de Marcela. Hasta hay quien, en este contexto, diría que todo aquello que hace Pedro es una pedrada. Quien dice entonces: “Naguará de hipótesis”, por ejemplo (aunque esta formulación no parece muy larense), además de expresar sorpresa, está diciendo, más o menos: ‘Esa hipótesis es una guarada, es como si fuera la hipótesis de un guaro’.
         Naguará, que ahora dudo de escribir como una sola palabra, es pues un “guarismo”, y como aporte regional al acervo del conjunto de la lengua, enriquece, en número y en belleza, la que se habla en Venezuela. Su uso cotidiano y la reflexión consciente sobre su significación es para los venezolanos una ocasión más para saborear, como saboreaba Beremís Samir la delicia de los números y sus relaciones, la dulzura de las palabras en las que nos movemos y existimos.

emalaver@gmail.com



Año II / Nº XXII / 15 de septiembre del 2014



lunes, 8 de septiembre de 2014

Estás pidiendo más que Carúpano [XXI]

Edgardo Malaver Lárez



            Ya sabemos que la capital de Venezuela no ha sido siempre Santiago de León de Caracas. Santa Ana de Coro, la actual ciudad de Coro, estado Falcón, fue, desde que Juan Martín de Ampíes la fundó el día de la patrona de 1527 —vaya manera de poner nombre a las ciudades que uno va fundando por ahí—, la primera capital de la Provincia de Venezuela. La segunda fue El Tocuyo, estado Lara, a partir de 1545, cuando la fundó Juan de Carvajal. En 1577, finalmente, Caracas, fundada por Diego de Losada diez años antes, se convirtió en la definitiva capital de la capitanía general primero, luego del departamento de la Gran Colombia y más tarde de la república independiente. Sin embargo, durante la Guerra de Independencia, la capital se mudó provisionalmente varias veces: a Valencia, estado Carabobo, en 1812; a Maracay, estado Aragua, en ese mismo año, en 1830 y en 1858; a Angostura (hoy Ciudad Bolívar), estado Bolívar, desde 1819 hasta 1821.
            Todas estas mudanzas han sido ocasionadas por conflictos políticos. Lo que pasa en el estado Sucre es diferente. La tradición oral indica que en Sucre, a partir de algún momento —habrá que seguir investigando el fenómeno para saber cuándo—, se dice que los habitantes de Carúpano aspiran a que su ciudad se convierta en la capital del estado. Se dice en estados vecinos también, y probablemente se deba al rápido crecimiento que experimentó Carúpano en varios momentos de su historia, por su ubicación más accesible desde el mar, por sus bellezas naturales y culturales o por una suma de estos y otros factores. Lo cierto es que donde más se resiente esta aspiración es, naturalmente, en la ciudad de Cumaná, la capital del estado. Llamada, con razón o sin ella, la primogénita del continente americano, Cumaná fue fundada en 1521, aunque existen registros de la presencia de franciscanos en el lugar desde al menos 1515. Los cumaneses tienen multitud de argumentos, históricos, culturales, políticos, etc., para defender su capitalidad, pero los carupaneros no les van a la zaga. La “disputa”, que quizá pertenezca más a la historia anecdótica de los pueblos que a la realidad histórica documentada, es harto conocida en los estados vecinos de Sucre.

            Así, cuando en la zona nordoriental de Venezuela, y quizá más allá, alguien se pone exigente o hace una petición excesiva o pretende lograr, sin tener méritos aparentes para ello, algo que va más allá de lo razonable, se le responde, como probablemente se hacía en Cumaná en los primeros días del supuesto reclamo carupanero: “Estás pidiendo más que Carúpano”.

            Parece que la expresión ha sido adoptada en otros estados y adaptada a sus propias diferencias geopolíticas. Hay que investigar más, pero aparecen voces en Internet que afirman que también en Maracaibo utilizan la expresión con respecto a Cabimas. En Nueva Esparta podrían utilizarla los de La Asunción con respecto a Porlamar —no lo he oído nunca— y quizá en Anzoátegui los de Barcelona con respecto a Puerto La Cruz. Sea o no así, queda claro que la sabiduría popular se mantiene, a diferencia de la capital de Venezuela, sin mudanza en la mente de muchos venezolanos ni en el territorio en que se use, puesto que pedir más que Carúpano conserva su sabor primigenio, como el de Cumaná, suficiente para expresar una realidad concreta, dígase donde se diga.


emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXI / 8 de septiembre del 2014

lunes, 1 de septiembre de 2014

Fufurufa [XX]

Laura Jaramillo




         Me confieso amante del léxico popular, porque es un fiel reflejo de lo que pensamos, de lo que vivimos y de cómo vemos la vida. Lo coloquial es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’, como dijo alguna vez el periodista Jesús Cova cuando escribía en el diario Últimas Noticias, en la columna El Defensor del Lector, haciendo referencia al lenguaje bélico en el deporte.
         En el caso de los venezolanos y colombianos, existe una afinidad tan particular al momento de expresarnos que no es en vano cuando se dice que somos países hermanos. Afinidad que no veo con ningún otro país (perdonen si me equivoco). El léxico de ambos países es tan rico en ingenio, originalidad y expresividad, que es allí donde se conoce realmente la cultura del hablante.
         La característica más resaltante de ambos hermanos es la jocosidad del léxico. Ejemplo de ello es la palabra fufurufa. Cuando la escuché por primera vez, me sonó como a nombre de perro con full pedigrí. Luego, la volví a escuchar y pensé que era una forma diferente de llamar a la trufa, o, quizás, alguna fruta exótica de las tantas que existen en el hermoso caribe colombiano, porque fue de un colombiano que la escuché.
         Un buen día, o, mejor dicho, una buena noche, viendo un programa de humor colombiano (cultivo de la ingeniería léxica) llamado Sábados Felices, un comediante, representando al costeño, en su presentación explicó tan claro lo que significa popularmente fufurufa, que llegó a mí esa luz que te hace decir: “¡Aaahhh!”, y solo recuerdo que reí hasta más no poder. Ahora, como es mi costumbre, forma parte de mi léxico folclórico y costeño.
         Sin embargo, me llama la atención que mi vecina, muy barquisimetana ella, me dijo, muchísimo tiempo después de mi descubrimiento semántico, que en esa ciudad del estado Lara también es muy frecuente el uso de esta palabra y con el mismo significado. Curioso punto de encuentro semántico entre los hermanos países.
         Bueno, para resolverles la intriga, fufurufa, según el DRAE, es una persona “que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada o [que] se cree mejor que los demás”, pero solo es de uso en El Salvador y en Honduras. Pero en Colombia y en Venezuela significa...
         No voy a poner la palabra, sólo haré una pequeña modificación al título de una famosa novela del gran escritor Gabriel García Márquez, pa que les caiga la locha y también puedan decir “¡Aaahhh...!”: Memorias de mis fufurufas tristes.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XX / 1° de septiembre del 2014

lunes, 25 de agosto de 2014

Et cetera (II) [XIX]

Edgardo Malaver




            En la segunda oración, no tiene sentido decir “entre otros”, porque el conjunto de países sudamericanos es finito y existen países que sencillamente no son sudamericanos, de modo que decir “entre otros” implicaría “contaminar” el conjunto, es decir, “otros países” no es lo mismo que “países sudamericanos”. Entre otros es, pues, señal de imprecisión y no concuerda con este caso.
            La primera forma de hacer esta distinción es, entonces, observar sin entre otros puede referirse, como etcétera, a elementos de un conjunto cerrado sin alterar su contenido. Parece que no es posible.
            La segunda forma puede estar más vinculada a los conjuntos abiertos de cosas y la variabilidad de la posición de las partes de la oración. Observemos: usted puede decir: “Tenemos, entre otras, zanahorias, papas y remolachas”; pero nadie diría: “Tenemos, etcétera, zanahorias, papas y remolachas”. La conclusión aquí es que siempre que usted pueda mover una de las dos expresiones al lugar de la otra y funcione adecuadamente sin hacer más cambios, son sustituibles.
            Además, cuando usted dice: “Vendemos cámaras fotográficas, resmas de papel, bolígrafos, entre otros”, uno puede preguntarse: ¿Entre otros qué?, ¿qué sustantivo hace concordancia con ese otros? No pasa esto con etcétera porque ‘el resto’, ‘lo demás’, lo que no nombramos pero que usted sabe lo que decimos’ está siempre claro: es lo demás.
            El esfuerzo por erradicar el uso de etcétera es tan terco y radical, que se llegan a decir cosas como ésta: “OTROS parques, como Los Caobos, Los Próceres, El Ávila, entre OTROS, no albergan animales en cautiverio”.
            Sin embargo, sí hay casos en que ciertamente las dos expresiones pueden ser equivalentes (o sinónimas), sólo que no son simplemente sustituibles una por otra, a menos que se hagan cambios en la oración. Veamos:

·         Hemos atendido muchísimas enfermedades, como la rubeola, el dengue, la leishmaniasis, etc.
·         Hemos atendido muchísimas enfermedades, como la rubeola, el dengue y la leishmaniasis, entre otras.

Está claro, ¿verdad? En el primer caso, la enumeración no cierra por las razones que ya se han expuesto, pero el segundo exige que cerremos la enumeración (introducir la conjunción y) y ofrece, además, la posibilidad de cambiar el sintagma ‘entre otras’ de lugar. A pesar de todo, hay que dejar sentado que, en realidad, ese ‘entre otras’ redunda con ‘como’ Eso no pasa en la primera oración.
            El uso de la palabra etcétera no tiene, entonces, nada de problemático, equivocado, indebido u obsoleto. Es una palabra que ha subsistido hasta hoy porque cumple una función para la cual la lengua sigue requiriéndola. Las palabras sólo dejan de usarse cuando los hablantes se dan cuenta de que ya no les sirven. Pero esta es harto útil, y el sustituto que le han buscado los que se creen fiscales de la lengua —no, por supuesto que no me refiero a la Academia— sencillamente no encaja.
            Qué triste y qué desabrido sería, si la palabra etcétera no conservara de hecho su significado y sus valores peculiares, el título de aquel libro de Susan Sontag: Yo, etcétera (1978), en el que el sujeto parece ponerse de primero y luego a los demás. Yo, entre otros sería no sólo una mala traducción: sería la actitud contraria.


emalaver@gmail.com




Año II / Nº XIX / 25 de agosto del 2014

lunes, 18 de agosto de 2014

La lengua es una vaina seria [XVIII]

Laura Jaramillo






         No todas las personas hablamos y nos expresamos de la misma forma; nuestra manera de comunicarnos indica de dónde venimos, lo que nos gusta y, sobre todo, nuestro nivel cultural, lo cual hace que tengamos tanta imaginación y creatividad para usar nuestra lengua. Por eso, los venezolanos nos caracterizamos por ser tan expresivos al hablar y por incorporar nuevas palabras a nuestro léxico diario.
         Gran parte de nuestro vocabulario, además de ser un complejo mundo lingüístico en constante variación, está lleno de metáforas y expresiones, lo cual nos regala una identidad. Pensemos por un momento si no tuviéramos una palabra adecuada, por ejemplo, al momento de pisarnos un dedo con el martillo o con la puerta del carro (coño), o al momento de nombrar algo de lo cual no nos acordamos (vaina). A pesar de que el significado base sea distinto, nosotros los hablantes nos encargamos de darles nuevos significados.
         Para los venezolanos, y para muchos hispanohablantes, como colombianos, cubanos, puertorriqueños, etc., vaina es algo indefinido, quiere decir todo y no quiere decir nada, define sus pensamientos y sus palabras. Un momento agradable o desagradable es una vaina.
         Aunque vaina puede tener los siguientes sinónimos: funda, envoltura, recubrimiento, cubierta o cáscara, en el argot popular, vaina tiene otras connotaciones: cosa poco conocida (¿qué vaina es esa?); contrariedad o molestia (¿qué vaina tan seria?); molestar a alguien, decir tonterías (echar vaina); tener precaución (¡ni de vainas!). También la usamos para calificar una cosa cuando es mala o buena: Ayer fui a ver una película; ¡qué vaina tan mala!, no te la recomiendo; la mala suerte, la vida y el matrimonio ¡son una vaina seria! Todas registras por el DRAE, y en sus últimas acepciones.
         Para algunos son expresiones consideradas vulgares, porque se piensa que son usadas por hablantes de bajo registro léxico, lo cual no es cierto, puesto que todo tiene un lugar y espacio, y hasta el más estudiado puede perfectamente expresarlas; no es lo mismo que un padre le diga a su hijo cuando ve las notas raspadas: “¿Qué es esto, si lo único que haces es estudiar?”, que decir: “¡¿Qué vaina es esta, si lo único que haces es estudiar?!”.
         A los venezolanos nos gusta estar inventando expresiones que sacamos de las experiencias que vivimos a diario, porque son esas vivencias las que nos hacen ser tan ingeniosos con nuestra lengua, porque la lengua también es una vaina seria.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XVIII / 18 de agosto del 2014

lunes, 11 de agosto de 2014

Et cetera [XVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

         Hace quizá más de un año comencé a oír decir, y fue en clase, que la palabra etcétera ya no se usaba; peor: que no debía usarse; y peor aún: que era un error. Y mucho peor: que no debía usarse porque la Real Academia había dicho que ya no se usaba y que no debía usarse porque era un error. Lógicamente, mi reacción inmediatamente fue detener la clase para preguntarle al estudiante que hacía semejantes afirmaciones: “¿Dónde leyó usted eso?”. La respuesta aquel día fue: “Lo oí decir”. Al día siguiente la respuesta fue: “La profesora de Castellano lo dijo en la clase del jueves”. Dos días después fue: “No sé, simplemente no se usa”. Considerando que la obligación de todo estudiante es cuestionar siempre lo que el profesor dice en clase, me sentí triste.

         Como una semana después comencé a observar que los periodistas de los noticieros de televisión evitaban el uso de etcétera en los momentos en que era más natural usarlo y que, como consecuencia, les salían unas oraciones... fatales. Repentinamente, sin que nadie supiera cómo ni desde cuándo ni por qué, etcétera estaba obsoleto y, ergo, proscrito. Todos, de repente, comenzaron a sustituir esta palabra que nos acompañaba desde los tiempos de Adriano por entre otros, como si ésta tuviera algo que ver con aquélla. Lo indeseable, sin embargo, no era lo obsoleto, sino la vaciedad de los argumentos.

         Etcétera no puede ser un error. Y la Academia no puede prohibirla. Y si se atreviera a prohibirla, dado que no se le hace caso en casi nada, ¿por qué en esto sí? ¿Qué significa etcétera? En primer lugar, son dos palabras que con el tiempo se han unido en una sola: et y cetera. Como muchos saben, et es, en latín, la conjunción equivalente a nuestra y. (En francés, a pesar de los siglos que han pasado, aún se escribe así.) La palabra cetera es el plural de ceterus, que  puede traducirse como ‘lo demás’, ‘el resto’, ‘lo que falta’, siempre de la misma clase. Se usa para no tener que mencionar todos los elementos de un conjunto cuando esto no es necesario para la comprensión.

         No logro comprender por qué, pero los que de repente comenzaron a decir que etcétera era un error creen que puede y debe sustituirse por entre otros, expresión que significa, ni más ni menos, ‘entre otros’, no ‘lo demás’. Eso no tiene sentido. El sentido de etcétera no es que los elementos nombrados se encuentran entremezclados con ‘otros’ elementos, aunque lo están o pueden estarlo. Ese es el sentido de entre otros. El de etcétera, que ya ha sido explicado, es que no nos hace falta mencionar eso que incluimos en el etcétera.

         Hay dos formas de reconocer la necesidad de un etcétera de la de un entre otros, que tiene otros usos. Fíjese en estas dos oraciones:

 

·     Se ha registrado una amplia expansión de Internet en los países de América del Sur: Chile, Argentina, Colombia, etc.

·     Se ha registrado una amplia expansión de Internet en los países de América del Sur: Chile, Argentina, Colombia, entre otros

 

         No puede usted decir que en la primera dice lo mismo que en la segunda. Este entre otros no es buen sustituto para aquel etc., y las dos oraciones no son sustituibles una por otra. La primera tiene sentido y la otra no. En la primera, el emisor del mensaje comienza a enumerar los países sudamericanos y se da cuenta de que sería demasiado largo mencionarlos todos, de modo que lo resume diciendo ‘et cetera’. Chile, Argentina, Colombia... y los demás de ese grupo, el especificado, y no voy a mencionarlos todos porque mi interlocutor no lo necesita. Es un grupo tan preciso, que ni siquiera hace falta que mencione ninguno. Haga la prueba: quite los nombres de los países y observe si la oración anterior a los dos puntos es suficiente.

 

(Este artículo continuará la próxima semana.)

 

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Año II / Nº XVII / 11 de agosto del 2014

 



martes, 5 de agosto de 2014

Desfazedor de tuertos [XVI]

Edgardo Malaver



     A un mismo tiempo, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es un libro feliz y desafortunado. Es tan feliz que, 410 años después de su edición príncipe, sigue celebrándose, como si fuera el natalicio de una persona importante, su primera salida de la imprenta. En todo este tiempo, ¿qué no ha hecho Don Quijote en el mundo, qué monstruo no ha derrumbado, en qué pendencia no se ha involucrado, qué injusticia no ha combatido? El 3 de febrero de este año se cumplieron 400 años de la segunda parte, que es también como su segunda salida, la que Cervantes hizo para poner los puntos sobre las íes con respecto a su autoría.
     Y es un libro desafortunado porque a pesar de su fama de joya de la literatura del mundo entero, muy poca gente lo lee. Y muchos que hablan de él simplemente repiten, con pocas modificaciones, lo que han oído decir a otros. Se suman con esta actitud a la procesión de cegatos que se oponen, con ínfulas modernas y postmodernas, a curiosear en un tesoro que los sacaría a la luz que rebosa el espíritu humano.
     Desafortunada es también la frase más citada de la obra, la cual ni siquiera se cita tal como aparece en la novela. Cuando alguien que no ha leído Don Quijote quiere presumir de haberlo hecho, hablará de él diciendo, por ejemplo, que el afamado hidalgo iba por ahí “deshaciendo entuertos”. ¿Qué significa esto?
     En realidad no significa nada porque no tiene sentido. Lo que dice en la obra, en primer lugar, no es entuertos, sino tuertos. Y no dice deshacer, sino, como se decía en el siglo XVII, desfacer, o incluso desfazer. También dice en algunos puntos enderezar tuertos, que sería mucho más lógico, pero esto no llega nunca a oídos tan desinteresados en lo que están diciendo.
     La primera vez que aparece esta expresión en Don Quijote es en el soneto que le dedica Solisdán a nuestro protagonista, en esa doblemente ficticia parte del libro, que algunas ediciones llaman “Versos preliminares”, en que personajes de otras obras de caballería se dirigen al justiciero Alonso Quijano y otros personajes, les hacen alabanzas y dialogan con ellos. Solisdán, el héroe de Espejo de príncipes y caballeros (1555), le ha escrito a don Quijote: “Serán vuesas fazañas joeces, / pues tuertos desfaciendo habéis andado” (Cervantes, 2005, 24). Francisco Rico explica en una de sus notas a la edición cuatricentenaria: “La palabra entuerto, que se ha hecho popular [...], no aparece nunca en la obra” (2005, 24). Agrega Rico que en la época de Cervantes entuerto significaba ‘retorcijones del embarazo’.
     He ahí la clave. Fíjese usted: la raíz de tuerto (tuert- o tort-), es, aunque no lo parezca por los rasgos latinos que conserva, la misma de torcer y todos sus derivados, con lo cual podemos deducir ya que tuerto ha de significar ‘torcido’. Podríamos entenderlo como un participio irregular de torcer (lo que pasa con romper y roto, elegir y electo, freír y frito).
     Usted habrá sentido alguna vez un retorcijón (o aun retortijón), es decir, habrá sentido que se le tuercen las tripas. También habrá tenido tortícolis, tort-colis, el cuello torcido. Y se habrá visto en alguna situación que es para usted una tortura o habrá conocido a alguien que tiene un pasado tortuoso. Todas esas palabras tienen esa raíz. Hasta la sencilla y cotidiana palabra torta, según algunos autores, guarda su parentesco con esas torceduras, si pensamos que la masa con que se hace es resultado de una buena sesión de revolvimientos y batidas.
     Teniendo en mente todo este paradigma, tiene sentido el uso del verbo enderezar en la expresión que utiliza Cervantes: desfacer tuertos es, entonces, para don Quijote, enderezar lo que está torcido: las injusticias, los agravios, la inhumanidad.
     La siguiente vez que el narrador acude a la expresión es en el segundo capítulo cuando dice: “no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, aprentándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba desfacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar y abusos que mejorar y deudas que satisfacer” (Cervantes, 2005, 34). Semejante actitud luce, cuando menos, desproporcionada... es un tuerto en sí misma.
     La usa, por lo menos, otras nueve veces en toda la obra, pero nunca utiliza entuerto.
     Póngase a pensar: ¿qué cita recuerda usted de Don Quijote? ¿La cita bien? ¿Está seguro de lo que está diciendo? ¿De veras viene de la obra de Cervantes? Si su respuesta es que no o que no está seguro, quizá tenga usted un tuerto que enderezar en su relación con los libros.


Bibliografía
Cervantes, M. (2005). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Madrid: Real
    Academia de la Lengua.
Rico, F. (2005). “Notas [a Don Quijote]”. En Cervantes, M. El ingenioso hidalgo
    don Quijote de la Mancha. Madrid: Real Academia de la Lengua.


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Año II / Nº XVI / 4 de agosto del 2014