lunes, 5 de mayo de 2025

La e, la alegría de Egipto (I) [DXII]

 Ariadna Voulgaris

 

 

 

Momento en que Giuseppe Farina se convierte en el primer
campeón de la historia de la Fórmula 1 (1950)

 

 

         En primer lugar, debo disculparme con el público de Ritos de Ilación. Hace un año cometí la descortesía de abandonar una tarea a más de cuatro quintos de terminarla y, aunque he vuelto a aparecer por aquí, no he dado explicaciones. Quizá nadie se acuerde, pero en mis vacaciones del 2024 comencé a ofrecer una serie de artículos sobre el alfabeto español mientras viajaba por Venezuela, y en el momento en que repentina y anticipadamente tuve que volver al trabajo, se me acabó el combustible. Me quedé en la de.

         Estaba a punto de coger camino de Mérida a Chiguará cuando tuve que devolverme. Este año, después de tres días en Caracas, estoy otra vez en Valencia, con la familia de mi amiga Alejandra. Su hijo ya lee bien, incluso en lugar de pedirme anoche que le leyera un cuento, me pidió que lo escuchara leérmelo: “El soldadito de plomo”, su “historia de amor favorita de todos los tiempos”, dice.

         Entonces, sigue la e. Aunque en nuestro recuento es la sexta, la Academia la pone en el quinto puesto. Con ella comienzan 7.174 palabras (8,15 por ciento de las reunidas en la más reciente edición del diccionario). Pero, en conjunto, 11,75 por ciento de las palabras de la lengua española tienen al menos una e en alguna de sus sílabas.

         En la noche misteriosa del tiempo, esta letra puede haberse originado en cierto signo de los jeroglíficos egipcios que se parecía, más que a una letra, a un muchacho levantando los brazos como si brincara de alegría. Y alegría era lo que significaba ese signo para egipcios y hebreos, al menos al principio, es lo más probable. Ya faltando mil años para el nacimiento de Cristo, parecía más bien una bandera de las que les anuncian a los pilotos de Fórmula 1 el final de las carreras, pero no con cuadritos sino con rayas horizontales, inclinadas hacia abajo y a la izquierda. Los griegos la voltearon a la derecha, la llamaron épsilon, y ¿los romanos qué hicieron? Se la copi... ¡perdón!, la adoptaron, y así llegaron a la E mayúscula que uno reconoce hoy en día. No les menciono la Edad Media ni la Revolución Francesa porque ya ustedes saben que sin la e no habría habido Europa.

         Si pensamos que los egipcios comenzaron a hacer trazos inteligibles sobre la piedra hace más de 5.400 años, nos podemos imaginar la de historias que puede contarnos la e... ¡Y la de fans! La e, que hasta la mitad del siglo XIII era la única conjunción copulativa que conocían los hablantes del castellano —no se había destetado del todo de la conjunción et del latín—, recibió por esa época una visita helénica que, para el siglo XVII terminó quedándose en territorio hispánico: la y; y la gente, que no tenemos vida suficiente para saltar de una moda a la siguiente moda, ahora preferimos decir Pedro y María antes que Pedro e María, tan bonito que suena —los que estudiáis italiano me entendéis—. Pero un momento, la e tendrá otras debilidades, pero miedosa no es, de modo que no se le escapa ocasión de meterse entre dos palabras donde se pueda encontrar con su pariente latina: la i; y así, gracias a nuestras madres que nos corrigen, preferimos decir más bien soñar e imaginar, e incluso uvas e higos. Nos dicen en la escuela que es porque la repetición del sonido /i/ sería cacofónica —que es cierto—, pero sabemos en nuestro interior que es porque el sabor de las palabras de nuestros antepasados es más dulce.


(Volvemos la semana que viene con la segunda parte.)

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXII / 5 de mayo del 2025

 

 

 

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