Ariadna Voulgaris
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| Momento en que Giuseppe Farina
se convierte en el primer campeón de la historia de la Fórmula 1 (1950) |
En primer lugar, debo
disculparme con el público de Ritos de Ilación. Hace un año cometí la
descortesía de abandonar una tarea a más de cuatro quintos de terminarla y,
aunque he vuelto a aparecer por aquí, no he dado explicaciones. Quizá nadie se
acuerde, pero en mis vacaciones del 2024 comencé a ofrecer una serie de
artículos sobre el alfabeto español mientras viajaba por Venezuela, y en el
momento en que repentina y anticipadamente tuve que volver al trabajo, se me
acabó el combustible. Me quedé en la de.
Estaba a punto de coger
camino de Mérida a Chiguará cuando tuve que devolverme. Este año, después de
tres días en Caracas, estoy otra vez en Valencia, con la familia de mi amiga
Alejandra. Su hijo ya lee bien, incluso en lugar de pedirme anoche que le
leyera un cuento, me pidió que lo escuchara leérmelo: “El soldadito de plomo”,
su “historia de amor favorita de todos los tiempos”, dice.
Entonces, sigue la e.
Aunque en nuestro recuento es la sexta, la Academia la pone en el quinto
puesto. Con ella comienzan 7.174 palabras (8,15 por ciento de las reunidas en la
más reciente edición del diccionario). Pero, en conjunto, 11,75 por ciento de las
palabras de la lengua española tienen al menos una e en alguna de sus sílabas.
En la noche misteriosa del
tiempo, esta letra puede haberse originado en cierto signo de los jeroglíficos
egipcios que se parecía, más que a una letra, a un muchacho levantando los
brazos como si brincara de alegría. Y alegría era lo que significaba ese signo para
egipcios y hebreos, al menos al principio, es lo más probable. Ya faltando mil
años para el nacimiento de Cristo, parecía más bien una bandera de las que les
anuncian a los pilotos de Fórmula 1 el final de las carreras, pero no con
cuadritos sino con rayas horizontales, inclinadas hacia abajo y a la izquierda.
Los griegos la voltearon a la derecha, la llamaron épsilon, y ¿los
romanos qué hicieron? Se la copi... ¡perdón!, la adoptaron, y así llegaron a la
E mayúscula que uno reconoce hoy en día. No les menciono la Edad Media ni la Revolución
Francesa porque ya ustedes saben que sin la e no habría habido Europa.
Si pensamos que los
egipcios comenzaron a hacer trazos inteligibles sobre la piedra hace más de 5.400
años, nos podemos imaginar la de historias que puede contarnos la e... ¡Y la de
fans! La e, que hasta la mitad del siglo XIII era la única conjunción
copulativa que conocían los hablantes del castellano —no se había destetado del
todo de la conjunción et del latín—, recibió por esa época una visita
helénica que, para el siglo XVII terminó quedándose en territorio hispánico: la
y; y la gente, que no tenemos vida suficiente para saltar de una moda a la siguiente
moda, ahora preferimos decir Pedro y María antes que Pedro e María,
tan bonito que suena —los que estudiáis italiano me entendéis—. Pero un momento,
la e tendrá otras debilidades, pero miedosa no es, de modo que no se le escapa
ocasión de meterse entre dos palabras donde se pueda encontrar con su pariente
latina: la i; y así, gracias a nuestras madres que nos corrigen, preferimos
decir más bien soñar e imaginar, e incluso uvas e higos. Nos
dicen en la escuela que es porque la repetición del sonido /i/ sería cacofónica
—que es cierto—, pero sabemos en nuestro interior que es porque el sabor de las
palabras de nuestros antepasados es más dulce.
También actúa nuestra redondita
letra como intrépida guerrillera cuando advierte que se aproxima una palabra
extranjera que comienza por ese, y aprovecha para sumarla a su causa. Viene el
inglés a vendernos su stress, y la espabilada e española le pide descuento:
“Te la compro, pero aquí vamos a pronunciar y a escribir estrés, última
oferta”. Y ante esa determinación, ¿qué va a hacer el pobre marchante anglófono,
agobiado además por el calor? Viene el francés con su snob, y la e le
espeta: “Pas du tout, musiú: esnob o nada”. Y le avisa que
después hablarán de esa be tan mal ubicada. Viene los amigos italianos con una
comida irresistible, el spaghetti, y la e les responde: “Le pongo la
salsa que ustedes digan, pero la escribo con la e que diga yo”.
Esta actitud ya es una
tradición en ella. Lo hizo antes en la época en que el latín andaba rozándose,
frotándose, penetrándose con las lenguas que encontró en Hispania. La e impuso
sus términos en la nueva apariencia de palabras como scala, spes,
scribere, y nos heredó escalera, esperanza, escribir.
La e, pues, tiene
cubiertos todos los flancos. Está a babor y a estribor, en proa y en popa. Y no
les puedo decir cómo se las apaña en el vastísimo terreno de la literatura, en
el que no se sabe si queda algo por decir. Pero ella se las arregla, y aquí les
voy a dejar un botoncito: el minicuento de terror que escribe el salvadoreño José
María Márquez, “Ve que Belén teje”, ¡sirviéndose exclusivamente de la vocal e!:
Belén teje. Entrevé el tren que pretende repeler ese deber que le cede
el descender de frente. El deber de Belén es ver envejecer ese pez rebelde de
mes en mes, temer perderse del presente, perecer. El qué es pedestre. Beber es
excelente. Él se mece en ese tren, es el referente de mente efervescente, demente.
Belén se estremece. Teme que él desee, que él se exprese, que le pese. Que se
envenene.
(En realidad no sé si es de
terror, pero me da miedo el final. Por lo menos de suspenso tiene que ser. ¿Eh...?)
La letra e ha demostrado ser
de las bravas. No se deja eludir, no se deja abolir. Es una artista del cambiar
para sobrevivir y al mismo tiempo seguir siendo quien es. Eso es darse su
puesto.
Yo, mientras tanto, me he
pasado del límite de palabras, incluso el doble del límite. Ya está
amaneciendo. Creo que hoy deberíamos ir a mi amada Puerto Cabello.
Valencia, 2 de mayo del 2025
ariadnavoulgaris@gmail.com
Año XIII / N° DXII / 5 de mayo del 2025
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