Edgardo Malaver Lárez
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| El alma de la rosa (1908),
de John William Waterhouse |
Para mí existe desde que
vi la película La sociedad de los poetas muertos (1989), protagonizada
por Robin Williams (1951-2014). En esta historia, John Keating, el personaje principal,
es el profesor de literatura de una escuela de niños ricos, que, deseando animar
a sus alumnos a aprovechar el tiempo, les recita un poema que atribuye, al
menos implícitamente, al gran poeta estadounidense Walt Whitman (1819-92)*. “Carpe
diem”, les dice, “aprovechen el día”.
Gracias a Dios, el tópico
literario, el tema recurrente del disfrute del tiempo del que disponemos, en
vista de la brevedad de la vida, no es obra de Tom Schulman (1950), guionista
de La sociedad de los poetas muertos, y tampoco fue creado por Whitman
(aunque hubiera podido). Fue, una vez más, fruto de la poesía de Horacio (65-8
antes de Cristo). En este caso aparece por primera vez en la undécima de sus Odas
(obra del año 13 antes de Cristo, aunque el poema preciso puede ser anterior), que
va dirigida a una joven llamada Leucónoe y le da la recomendación de despreocuparse
del futuro y “cosechar” el presente.
¿Cosechar el presente? Sí,
carpe diem se traduce literalmente así. El infinitivo es carpere,
que también puede traducirse como coger, recoger, arrancar,
y todas estas equivalencias caben en el campo semántico de la siembra y la agricultura.
La fórmula de Horacio, por tanto, podría trasladarse también como “cultiva el
día”, dedícate a él, trabaja en él, abónalo, riégalo, cuídalo, de modo que en
la tarde, al final del día, la siega te dé buenos frutos. Dice el poeta:
No te afanes por saber, Leucónoe, que es nefasto,
lo que a ti ni a mí han destinado los dioses;
no te fíes de los inciertos presagios babilonios.
¡Vale más sufrir con entereza lo que suceda!
Sea que te otorgue Júpiter numerosos inviernos
o que apenas el actual, ni uno más, te conceda,
azotando furioso contra las rocas las olas tirrenas,
tú sé prudente, disfruta la roja dulzura del vino
y limita tus esperanzas a los más breves espacios.
Envidioso huye el tiempo mientras hablamos,
así que aprovecha el día y no te ilusione el mañana.
El poema (que en latín
tiene apenas ocho versos) no sólo sugiere imágenes campestres (agreguemos aquí
la del vino), sino que también menciona tiempos invernales y sensaciones marinas.
Es decir, se inclina a tomar su sabiduría de la naturaleza, en la cual todo es
siempre presente, pues el pasado existe en ella únicamente porque se renueva una
y otra vez.
El texto de Horacio puede
relacionarse de igual forma con la sabiduría popular —que existe en todos los
idiomas, pero en español la conocemos de primera mano—. Uno se acuerda de “A
quien madruga Dios lo ayuda”, de “Más vale pájaro en mano que cien volando” y de
este que acabo de aprender hoy: “Hermano, bebe, que la vida es breve”.
La imagen, el tema, el
consejo poético de aprovechar el momento, no dejar escurrir tan pronto el breve
tiempo que dura la vida, adopta en poetas posteriores la forma de rosas que “si
vio nacer una la aurora rutilante, a esa la caída de la tarde la contempla ya
mustia”. En este texto, titulado “De rosis nascentibus”, también de fecha
incierta, escrito por Décimo Magno Ausonio (310-395), el poeta anima a la doncella
a quien se dirige a aprovechar los años juveniles, que se agota particularmente
rápido. Le dice con claridad:
[...] recoge, niña, las rosas,
mientras está fresca la flor
y fresca tu juventud,
pero no olvides que así
discurre también tu vida [...].
[Sin darnos cuenta hemos entrado en otro tópico literario, el de Collige, virgo, rosas (corta, doncella, las rosas), que es a la juventud y la belleza física lo que el Carpe diem a la duración de la vida.]
Siglos más tarde, Garcilaso
de la Vega (¿1496?-1536) escribe, como continuando el poema de Ausonio:
[...] coged
de vuestra alegre primavera
el dulce fruto
antes que el tiempo airado
cubra de nieve
la hermosa cumbre [...]
Y más recientemente, el salvadoreño-guatemalteco José Batres Montúfar (1809-44), haciendo su aporte a la tradición de reescritura de aquella pieza inolvidable de Horacio, tradujo la oda XI con estas
palabras:
A Leucónoe
No te afanes,
Leucónoe, por saber
el final que
los dioses hayan puesto
a tu cara
existencia y a la mía,
inútil es
saberlo.
Ni consultes
tampoco babilonios
astrológicos
números inciertos,
¡Cuánto es
mejor sufrir lo que viniere
con ánimo
resuelto!
Ya Júpiter
propicio nos conceda
el gozar
dilatados los inviernos,
o el presente,
por último, y no otro
permita que
pasemos.
El cual, ahora
mismo, embravecido,
a los peñascos
cóncavos opuestos
azota con
furor y debilita
las aguas de
Tyrreno.
Cuerdamente
dispón, y ve colando
los generosos
vinos más añejos,
y reduce tus
largas esperanzas
a solo este
momento.
Mientras
hablando estamos envidiosa
huye la edad,
corre veloz el tiempo:
coge, pues,
este día, y aprovéchalo,
sin creer el
venidero.
En realidad, dada la
precedencia de Horacio, muchos —Góngora, fray Luis, Lope, sor Juana, Bello— después de él han vuelto a escribir su oda, su Carpe diem, cada quien con
sus rasgos particulares, cada quien con la distancia o cercanía que la poesía
le ha concedido, pero siempre preñados del sentido de la imagen a la que
cantan. Al final, ha de ser, dado que se cumple en la poesía y en la
traducción, la suma de los elementos que en el tiempo va ganando el motivo lo
que nos diga, nos describa, nos revele, redonda y completa, la verdad poética.
emalaver@gmail.com
Año XIII / N° DVII / 7 de abril del 2025
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