lunes, 15 de enero de 2018

Ave, magister [CLXXXIX]

Edgardo Malaver


Maestro bueno, ¿qué debo hacer?
Ilustración 
china (
1879) del pasaje
de Jesús y el joven rico




         Hace un año publicamos en Ritos un artículo inspirado en el Día del Maestro en el que, sin embargo, hablaba yo de la etimología de la palabra alumno. Se titulaba “Niños de pecho”. Hoy, abrumados de tristeza por el inmerecido desprestigio que sufre, dedicamos este día a la palabra maestro.
         La palabra maestro proviene del sustantivo latino magister, o magistrum. Sabiendo esto, uno finalmente entiende por qué los maestros, entre sí, llaman magisterio a su profesión, a las actividades que llevan a cabo o, incluso, a las organizaciones que los agrupan. Entiende también uno lo que significa el término clase magistral. Y si es por ampliar el vocabulario, uno anota entonces magistratura, magisterial, maestría (que solemos llamar magister scientiarum), contramaestre, maestranza. Todas ellas parecen referirse a alguien o algo que destaca de lo demás.
         Ciertamente. La palabra contiene el adverbio magis, que equivale a nuestro más. Para resumir lo que podría ser una charla demasiado fastidiosa sobre una lengua que mi familia no ha hablado ni estudiado, por lo menos, en las últimas cinco generaciones, concluyamos que uno llama maestro al ‘que sabe más’ de un asunto, de una disciplina (en la que lo siguen unos discípulos). Por otro lado, con el adjetivo minus, ‘menos’, se construyen minister, que en español equivale a ‘sirviente’, ‘lacayo’, ‘criado’, y, lógicamente, ministerio, es decir, el ‘servicio’... o así era en la antigüedad. En la actualidad, curiosamente, el magisterio está bajo las órdenes de ministros, que no suelen ser maestros de nada ni parecen interesados en llegar a serlo.
         En inglés, la palabra master, que equivale a ‘amo’, pero también a ‘maestro’ en un sentido más místico —Jesucristo y Confucio son maestros, Obama es un simple lecturer—, deriva igualmente de magister, como maître en francés, mestre en catalán y maestru en rumano. Siempre rodeadas estas palabras de la dignidad que da el respeto que sienten los demás por quienes no sólo enseñan sino que además no cesan de aprender, como si siempre fueran pupilos de escuela, como si intentaran hallar el ser humano que llevan por dentro.
         En español, y en todos los idiomas, que yo sepa, sólo después de obtener una licencia (o licenciatura) para ejercer una profesión puede uno inscribirse en una maestría, es decir, no se alcanza el grado de maestro al concluir los estudios universitarios. El de maestro es, pues, un título mucho más honroso que el de profesor, por más que muchos profesores se sientan disminuidos —hasta se molestan— cuando los llaman así. Uno no se atreve, porque no concuerda, a llamar profesor a Andrés Bello, a Simón Rodríguez, a Cecilio Acosta, o a Mariano Picón Salas, a Luis Beltrán Prieto Figueroa, a Arturo Úslar Pietri. Estos son maestros, por más que algunos de ellos hayan sido profesores imprescindibles a nuestras universidades. La educación formal moderna ha encontrado una fórmula para aminorar esos pruritos: los profesores son instructores, asistentes, agregados, asociados, titulares. Existe otra palabra, en apariencia asépticamente científica y contemporánea —permite aglutinar todas las anteriores, ni siquiera tiene género—, pero no es difícil adivinarle el genotipo romano: docente. Y un docente es justamente un maestro, el que “dociliza”, el que convierte el barro informe que es el niño en figura humana consciente y madura.
         Cada 15 de enero aparece en Venezuela, único país en que se celebra en esta fecha, multitud de artículos de periódicos en los que se ensalzan las virtudes que ha de tener un individuo, de cualquier edad, para merecer el nombre de maestro. ¿Cuáles son esas virtudes? Los sinónimos de la palabra nos las dicen: padre, hermano, amigo, compañero, protector, modelo, líder, guía, conductor, orientador, consejero, tutor, mentor, héroe.
         Y no sólo etimológica sino que también culturalmente, un maestro, un magister, es una persona en quien sus alumnos confían y a quien quieren emular. Los discípulos de Jesús, por ejemplo, no lo llamaban maestro sólo porque él les enseñaba algo que ellos buscaban aprender. También lo era porque ellos veían en él un modelo, un norte, una esperanza cierta de hacerse hombres mejores, una prueba viviente de que es posible convertir la prédica en conducta cotidiana.
         Qué poderosa esta palabra y qué reveladora su etimología: ella sola dice que aquel que no está dispuesto a todo esto no es un maestro, es un diletante.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLXXXIX / 15 de enero del 2018





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