lunes, 31 de julio de 2017

Tramposería sale [CLXIII]

Edgardo Malaver



Richard Nixon en 1974, asumiendo las consecuencias
de su tramposería. Foto: O.F. Atkins



          Cuando uno ha jugado metras en la infancia, sabe con certeza que hacer un mínimo truco, cualquier insignificante abuso que nadie percibe al principio del juego, traerá el amargo resultado de perder buena parte de las metras que haya logrado a lo largo de él. Por más que a uno le vaya bien, por más que el azar compita de su lado y le llene la bolsa, llegará un momento en que un pequeñísimo error desencadene la avalancha y ya no habrá nada de nada que pueda hacerse para detener la ruina. Y entonces latirá en la mente del tramposo el momento fatal en que cometió el primer error, el error de engañar a sus competidores.
         Éstos, por su lado, cuando llegan a sentir que hubo algo fuera de regla, murmuran para sus adentros: “Tramposería sale”. ¿Tramposería? La expresión tramposería sale, cuyo enrevesamiento morfológico delata una dulce resonancia infantil, es quizá el último recurso al que se aferra aquel al que le queda latente una tenue sospecha, o incluso quien tiene la certeza pero no tiene pruebas, de que le han hecho trampa, que lo han estafado, que le han jugado sucio, y no puede hacer nada al respecto, al menos en el momento.
         Es tan sabia la expresión, como  suele suceder en el habla popular, que no hay por qué circunscribirla a los juegos infantiles. Uno puede recurrir a ella, por ejemplo, ante una decisión judicial injusta, que no le favorece, pero ante la cual no tiene recursos con que actuar.
         El enrevesamiento morfológico de tramposería consiste, como es evidente, en que se forma sobre el adjetivo tramposo y no sobre el sustantivo trampa, que por sí solo sería apropiado para indicar lo que se desea. El diccionario de la Academia, sin embargo, nos dirige a trampería, y dice que es frecuente en Ecuador, Perú y Puerto Rico. De todos modos, la definición que da es la que conocemos en Venezuela: “Acción propia del tramposo”. Cualquiera que oye decir tramposería se imagina a un niño (o a un extranjero que comienza a aprender español) que no encuentra cómo llamar la tienda donde se venden sillas y dice sillería, o el lugar donde se fabrican botellas y dice botellería.
         Tiene mucho sentido que la palabra se forme a partir de tramposo y no de trampa, puesto que se concentra en el cuestionamiento en contra del que urde el engaño o protagoniza su ejecución. La lengua —o más bien el hablante— logra este fino señalamiento gracias al sufijo -ería, que tiene cuatro funciones posibles en su tarea de construir nuevos sustantivos: destacar la pluralidad (de balcón proviene balconería), resaltar la condición moral (de bravucón nace bravuconería), indicar el oficio o lugar (de albañil surge albañilería) y señalar la acción o expresión (de coqueto obtenemos coquetería). Observemos que entre las cuatro posibilidades, la única que, al menos mayormente, trasforma adjetivos en sustantivos es la segunda. Y es también la única que involucra tintes peyorativos en la torcida “condición moral” de la que habla. Una tramposería es, ya sabemos, un acto reprochable.
         También nos interesa aquí la cuarta función, que implica, aunque no para cuestionarlos, el acto o dicho del sujeto. Una acción o expresión de alguien bien puede ser tramposa, es decir, puede ser una tramposería... y en la sabiduría popular, importa también que, sea cual sea, el fraude, al final, se va a descubrir.
         En la infancia, tratándose de metras, nada hay más doloroso que perderlas, y mucho más si es uno mismo el culpable. En las relaciones amorosas, los problemas que sobrevienen por causa del engaño son incalculables, algunas veces se sufren de por vida, otras hasta se pierde la propia vida. En la política, como la verdad siempre sale a flote, los tramposos sólo se ganan la mala voluntad de la gente. Puede ser que al principio no se percaten muchos votantes, pero siempre, siempre, tramposería sale.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXIII / 31 de julio del 2017

lunes, 24 de julio de 2017

Un tiro al gobierno y otro a la revolución [CLXII]

Edgardo Malaver


 
Revolucionario y gobernante, Bolívar estaría hoy
de cumpleaños. Grabado de M.N. Bate (1819)



Al niño don Simón, en su patio de granados
que siempre estaban en flor.

         ¿Cuándo se habrá puesto de moda la expresión un tiro para el gobierno y otro para la revolución? ¿Y dónde la habrán pensado por primera vez? Tendría que haber aparecido en una situación en que un gobierno estaba a punto de caer porque un grupo sedicioso se había levantado contra él y hubo un enfrentamiento armado, en que, aun así, había algunos indecisos... o más humano todavía, algunos que deseaban aprovechar lo mejor, o lo peor, de los dos mundos.
         Si se me hubiera ocurrido escribir esto hace cinco años, habría pensado en los enemigos de Bonaparte, en los de Bolívar, en los de Betancourt. Hoy, por más que la fuerce, mi mente no puede pensar en otro gobierno ni en otra “revolución” que los que componen la paradoja que vive en este instante Venezuela. ¿Quién es el gobierno y quién es la revolución? ¿Cómo se reconoce dónde está cada quién? ¿Nos ofrece la lengua alguna señal?
         ¿Qué pone el diccionario sobre estas palabras? La segunda de las 11 acepciones de gobierno dice: “Órgano superior del poder ejecutivo de un Estado o de una comunidad política, constituido por el presidente y los ministros o consejeros”. La segunda de las siete acepciones de revolución es: “Cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”.
         Es difícil imaginarse que un gobierno desee, permita o promueva alteraciones, alborotos o desórdenes. Son conceptos opuestos, adversos, antónimos. Es decir, la oposición que existe entre gobierno y revolución es la misma que hay entre autoridad y rebeldía, entre poder y desobediencia, entre paz y violencia. Lo curioso de nuestra circunstancia es que el gobierno se llama a sí mismo ‘revolución’. Cuando una revolución llega al poder, ¿no deja de ser revolución y se convierte en gobierno? He ahí la paradoja que desvirtúa la expresión popular.
         La vida, la realidad, las situaciones políticas no pueden ser nada más ni ir más allá ni tener mayor corporeidad que las metáforas bélicas. Ni siquiera la lógica puede dejar de quebrantarse ante las imágenes visuales del habla popular; pero algo intrincadamente extraño tiene que estar pasando para que tranquilidad y zozobra se hayan mudado al mismo campo semántico. Alguna anomalía tiene que estar ocurriendo para que los antónimos, siempre en inevitable disputa, se hayan ido convirtiendo en sinónimos, que antes eran tan cordialmente similares entre sí. Alguien tiene que estar lanzando una piedra a los aqueos y otra a los troyanos.
         Lo que no podemos dudar es que, al final de este laberinto —el político y el lingüístico—, la lengua de Venezuela también se verá un nuevo rostro, sentirá una nueva palpitación. Quizá sea menester para ello suprimir la vibrante múltiple del sustantivo revolución. O que revolución vuelva a ser, como insinúa el diccionario, un sustantivo que se opone a gobierno, particularmente durante alguna confrontación con él. O que el gobierno no le dispare a nadie para que nadie sienta el justo instinto de dispararle al gobierno, ni siquiera por los labios.
         Verdaderamente, está en plena revolución un enredo lingüístico. Algo tendrá que pasar para que no nos salga a todos el tiro por la culata.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXII / 24 de julio del 2017

lunes, 17 de julio de 2017

Asesino [CLXI]

Edgardo Malaver



En los siglos XI a XIII los cruzados intentaron reconquistar
los territorios en que se había escenificado la vida de Jesús




         La policía de Londres nunca encontró a Jack el Destripador. Nunca supo su nombre verdadero ni tuvo asomo de intuición de su apariencia. En 1888 el célebre asesino descuartizó a cinco mujeres al abrigo de la oscuridad de la noche y logró escapar sin ser visto ni despertar sospecha. Tenía una preferencia malévola por las prostitutas, por lo que muchos han insinuado que su perturbación espiritual debía ser aún mayor que su desvío psicológico.
         En realidad, la conducta de un asesino no deja, por lo regular, mucho espacio para las líneas rectas. Y normalmente las curvas y los quiebres van en diversas direcciones. Es como la propia palabra asesino, que ha serpeado por los siglos y ha pisado el territorio de varios idiomas, aunque siempre dentro de la atmósfera del crimen.
         En los tiempos de las Cruzadas —la primera se inició en el 1096 y la última, la novena, terminó en 1272—, apareció en el reino nazarí un grupo que, para resumir lo que se dice de él, estaba formado por fanáticos musulmanes que consumían hachís y, en nombre de Alá, emboscaban a sus adversarios políticos y militares, casi siempre cristianos, para inmolarlos. Aunque algunos autores dicen que no eran adictos, la secta terminó recibiendo el nombre de ‘los fumadores de hachís’, que en la lengua árabe de la época se decía, aproximadamente, hash shashin. A pesar de ser una pequeña minoría, la severidad de sus actos llamaba mucho la atención. Por algo nos dejaron en herencia una palabra.
         A pesar de que la palabra asesino tiene sinónimos claros como homicida, criminal, sicario, verdugo, matón, matarife, suicida, kamikaze, genocida, en derecho se reconocen marcadas diferencias entre un simple homicida, por ejemplo, y un asesino. Un homicidio no implica la preparación alevosa y torcida que requiere un asesinato. Y aunque suene duro a nuestros oídos, no todos los homicidas son delincuentes, porque un homicidio puede ser accidental, involuntario e incluso inadvertido. Todas estas “modalidades” de ejecutar el acto de matar (y las que, gracias a Dios, no se me ocurren) desembocan en el final común de la muerte de la víctima, pero cada una de ellas contiene algún rasgo que las distingue de las demás.
         No parece haber grandes diferencias entre los crímenes que cometían los miembros de la secta de los consumidores de cáñamo y muchísimos que se cometen ahora. Elementos como la elucubración, la ventaja física, la emboscada, las motivaciones ideológicas, la ambigüedad moral y ética, e incluso el uso de sustancias estimulantes son comunes a una y otra época, pero hay factores nuevos: armas más “sofisticadas”, sueldos más jugosos, perpetración en público y, a veces, hasta cámaras de televisión.
         Caín, Bruto, Barba Azul, Charlotte Corday, el asesino de John Lennon comparten con muchos reyes, tiranos y jefes militares ese nombre que recrudece la oscuridad de su significado con la inocencia de sus víctimas. Asesino, como sucede con cada palabra puesta en su ambiente natural, no será nunca una simple palabra. Dicha con la fuerza que da el dolor, traída a la voz por la injusticia, pronunciada por los labios rabiosos de los dolientes, puede convertirse en la piedra más dura lanzada a la frente de los opresores.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXI / 17 de julio del 2017

lunes, 10 de julio de 2017

Plebiscito [CLX]

Edgardo Malaver



En el 287 antes de Cristo, el pueblo romano se fue
de Roma hasta que se le reconocieron sus derechos


 


         Yo conocí la palabra plebiscito de labios de mi abuela Juanita, que me contaba a menudo su relato particular del final de las dictaduras de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez. Días o semanas después, oí a alguien más hablar del mismo tema, pero decía más bien plesbiscito. La confianza que le tenía a mi abuela era tal, que no se me ocurría de ninguna manera que ella se hubiera equivocado, así que, para estar preparado si se presentaba la ocasión, corrí a mi diccionario, y descubrí, primero, esa extraña ese antes de la ce y, luego, que la otra, la de la primera sílaba, como yo pensaba, era un error.
         En noviembre de 1957, Pérez Jiménez, sabiendo que, como 1952, no iba a poder ganar lícitamente las elecciones, decretó la realización de un plebiscito (no previsto en la Constitución de 1953) para que los ciudadanos decidieran si debía o no seguir en el gobierno hasta 1962. Durante la votación, que ocurrió en mitad de un período de protestas populares fuertemente combatidas por los cuerpos de seguridad, los votantes recibían un sobre con dos tarjetas: una circular y azul que expresaba el voto afirmativo y la otra cuadrada y roja para votar en contra del gobierno. Había que introducir una sola en la urna.
         Como suele suceder en las dictaduras, los empleados públicos fueron amenazados con perder sus trabajos si votaban por el no. En mi familia, mi tío Miguel, cuñado de mi abuela, trabajaba en el Instituto Nacional de Obras Sanitarias (INOS) y el día siguiente del plebiscito debía llevar a la oficina cinco tarjetas rojas para demostrar que su familia había apoyado a Pérez Jiménez. De modo que la mía y muchísimas familias venezolanos debían encontrar una forma de votar en contra y, a la vez, conservar el empleo. La solución para mi abuela fue convertirse en una de los 186.015 votantes (6,35 por ciento) que entregaron el sobre vacío y se llevaron las dos tarjetas en un bolsillo.
         Los plebiscitos tienen una larga historia y un origen honroso. La lucha por la igualdad de derechos entre patricios y plebeyos en Roma comenzó unos 600 años antes de Cristo. Los plebeyos habían ido conquistando posiciones y objetivos hasta que, en el 287 antes de Cristo, a raíz de una victoria militar importante en los Apeninos, los patricios derogaron arbitrariamente los derechos de la plebs, del pueblo. La respuesta de éste fue abandonar en masa la ciudad, con lo cual paralizaron, de la noche a la mañana, casi todas las actividades cotidianas en toda Roma, acontecimiento que terminó llamándose Secessio plebis (separación plebeya).
         Congregados en lo que hoy se llama Trastevere, redactaron un proyecto de ley en la que las decisiones de los plebeyos, tomadas por medio de plebis scita, adquirían rango de ley para todos los ciudadanos romanos sin necesidad de aprobación del Senado. No volverían a Roma a menos que se aceptara y pusiera en práctica esta norma. Los nobles, temiendo la ruina económica de la ciudad a causa de la ausencia de la mano de obra, la aprobaron inmediatamente.
         La palabra plebiscito, entonces, se forma del genitivo plebis y el sustantivo scitum (resolución, decreto). Scitum está relacionado también con debate, dilucidación, consenso, y está presente en la raíz de nuestro sustantivo ciencia. En suma, puede traducirse plebis scitum como ‘decisión de la gente’. Y como se transparenta, no hay razón para pronunciar esa ese en la primera sílaba, porque la palabra plebe, que también tenemos en español desde siempre, no la incluye.
         En este momento de la historia de Venezuela, sin embargo, junto con el conocimiento de la palabra, de su pronunciación y su significado, lo que más valdría la pena sería hacer honor a su origen: la lucha por la igualdad de todos ante la ley, sin ventajas para los poderosos. En diciembre de 1957, Pérez Jiménez volteó las cifras del voto para permanecer en Miraflores. Logró salirse con la suya porque, en apariencia, tenía todos los poderes de su lado... y el miedo de mucha gente. Un mes después, fue él quien tuvo miedo cuando se le volteó todo el mundo.
         Hoy en Venezuela, miedo tienen muy pocos. Y como en Roma, los que están acorralados son los que están en el poder. Que decida la gente, diría un romano descalzo. Yo pienso en mi abuela, y oigo dentro de mí su voz que me dice y me repite: “Vivir en dictadura es lo peor, lo peor”.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLX / 10 de julio del 2017

lunes, 3 de julio de 2017

Yo, Cara e Bostezo [CLIX]

Laura Jaramillo



En 1928, antes de la desaparición de su hijo mayor,
Charles Lindbergh aterrizó en Venezuela




A propósito de la Copa Confederaciones
Rusia 2017

         Como venezolanos, y creo que hasta como latinoamericanos, llevamos en nuestro ADN un magnífico sentido del humor. Una muestra es la capacidad que tenemos para ponerle un apodo a alguien. Cuando observamos las características de una cosa, inmediatamente las asociamos con la persona que conocemos. Y se vuelve tan importante el apodo, que este llega a abstraer el nombre y el apellido, tanto que nadie los recuerda, solo sobrevive el apodo. ¿O es que ustedes se acuerdan, sin guglear, cómo se llamaba el ‘Picure’?
         El apodo viene de la actitud de la persona, quizás de alguna habilidad, de su forma de hablar o de caminar. A mi papá le decían ‘Caribe’, y si mi mamá no se avispa, hoy en día me estarían llamando en los bajos fondos la ‘Caribita’, porque obviamente la ‘Cariba’ era mi mamá. No sé por qué el apodo, pero imagino que era por el carácter fuerte, porque cuando se molestaba casi se comía al mundo (creo que al final del cuento sí soy ‘Caribita’). A mi primo le dicen el ‘Mudo’ porque cuando era pequeño no hablaba, ahora habla hasta por los codos; y así se quedó, en el pueblo no lo conocen por Antonio, sino por el ‘Mudo’.
         Me encanta ver fútbol; y es curioso escuchar que durante estos juegos los comentaristas no siempre nombran a los jugadores por sus nombres, sino por sus sobrenombres o apodos (o motes como dirían los cuates). En 90 minutos es posible escuchar cosas como el ‘Cebolla’ Rodríguez, el ‘Loco’ Abreu, el ‘Apache’ Tévez, ‘Chicharito’ Hernández, hijo del ‘Chícharo’, el ‘Pipita’ Higuaín, hijo del ‘Pipa’, el ‘Mago’ Valdivia, el ‘Káiser’ Márquez, la ‘Pulga’ Messi, el ‘Pájaro’ Vera, el ‘Tigre’ Falcao, el ‘Rey’ Arturo y hasta un ‘Pelusa’ jugó fútbol.
         El beisbol tampoco se escapa de esta maña ‘apodística’ (soy tiburona y pitiyanqui, por cierto). Aquí podemos escuchar, no en 90 minutos sino hasta que el cuerpo aguante, cosas como el ‘Panda’ Sandoval, el ‘Gato’ Galarraga, ‘Big Papi’ Ortiz, el ‘Matatán’ Alfonso (expresión dominicana), el ‘Buitre’ Regan, el ‘Comedulce’ Abreu, la ‘Pared Negra’ Pérez, el ‘Hacha’ Castillo, el ‘Rey’ Hernández y hasta un ‘Bambino’ estuvo por el diamante.
         En el común, en el día a día, hay gente que parece piña bajo el brazo, hay gente pata e loro, hay gente vampira o sanguijuela, hay hijos de Lindbergh, hay caimanes y caimanas, hay radio bemba o radio pasillo, y hasta el infinito.
         Mi vecina, la que ustedes ya conocen, es la ‘Cuchona’ o a veces ‘Fufurufa’, mi mamá ya saben que es la ‘Cucha’, pero ahora es ‘Cara e Molleja’ (cortesía de una novela) y yo ahora soy ‘Cara e Bostezo’ (cortesía de la misma novela). De todos los sobrenombres que me han puesto en mi vida, este es el más acertado, porque como buena pisciana me encanta dormir; yo escribo y hablo dormida, y lo mejor es que no se me nota, la mejor habilidad que tengo.
         Y a ti, ¿cómo te llaman?

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIX / 3 de julio del 2017


Otros artículos de Laura Jaramillo:
PNL: más vida [CLV], 5 jun. 2017


lunes, 26 de junio de 2017

Obsoletely fabulous [CLVIII]

Sérvulo Uzcátegui Gómez



Jean Carlo Simancas y María Alejandra Martín como Gabriel 
y María Eugenia en Ifigenia (1986)de Iván Feo



         No, este breve artículo no trata sobre la, en otros lares famosa, aquí apenas conocida serie de la BBC. Tampoco sobre la serie de dibujos animados Futurama, de donde quien escribe extrajo el título, una paráfrasis del título de la sitcom británica, para este artículo. Es verdad que el tema es una socialite, pero hasta allí llega la comparación, por la que quien escribe casi que pide sinceras disculpas. Se trata de una socialite de hace mucho, mucho tiempo, y de una tierra muy, muy lejana, pero que paradójicamente es nuestra ahorita tan convulsionada Venezuela.
         Teresa de la Parra (siendo éste sólo su nom de plume, Ana Teresa Parra Sanojo era su nombre real) fue una dama de abolengo, y efectivamente, aunque fuera por un período relativamente fugaz, una socialite de su época, que vivió gran parte de su corta vida (segada, como la de Franz Kafka, por la tuberculosis) fuera del país, lejos del cual murió. Teresa, presa del incontenible prurito que la llevó a escribir, se vio y se sintió invadida por un germen que, en su tiempo, comienzos del siglo XX, afectó tal vez a más gente de entre nosotros que ahora, comienzos de este siglo XXI: el germen de la venezolanidad.
         Quien escribe estudió Letras e Idiomas Modernos en la Universidad Central de Venezuela desde comienzos de los años 80 hasta comienzos de los 90, vivió más arribita del Panteón Nacional (el de toda la vida, sin esa curiosa carpa de concreto y acero que acampa tras él hoy en día), en lo que ya puede llamarse la vieja Caracas, depauperada y deteriorada como ya estaba por aquellos días, en circunstancias que se asemejan, si bien no del todo, a las actuales. Era habitual para este servidor caminar a través del Parque Los Caobos rumbo a Plaza Venezuela y a la Ciudad Universitaria. La caminata empieza pasando la Plaza de los Museos. Y justo allí, al comienzo, está la estatua en mármol blanco de Teresa de la Parra, obra de la escultora Carmen Cecilia Caballero de Blanch. Allí fue dejada hace ya algunas décadas, ornando el comienzo del paseo del parque, y hasta la actualidad, Anno 2017 (datando la última visita personal de noviembre del año pasado) sigue allí, tan blanca, etérea y hermosa como en la primera (fenomenal) impresión que causó en el autor de estas líneas.
         No existen testimonios sonoros —hasta donde se sabe— de su voz, de la cual se ha escrito que era dulce y melodiosa, con acento de España a raíz de su larga estadía en la península ibérica, y, por su desenvoltura en la cultura y la sociedad galas, encantadoramente salpicada de expresiones coloquiales del francés. La soltura, el irónico humor y el desenfado en el switching del español al francés saltan a la vista y deleitan, sobre todo en sus cartas y en Ifigenia, su primera novela; teniéndolas ante sí en la memoria, puede afirmarse que ellas son lo más cercano a la vivencia de escuchar a Teresa como la amena conversadora cosmopolita que a uno (obviando las diferencias de clase de entonces) le hubiera encantado conocer. Pero a la hora de la escritura que desplegó, sobre todo en su pequeña obra maestra de madurez, Las memorias de Mamá Blanca, y en sus conferencias sobre La influencia de las mujeres en la formación del alma americana, el lenguaje se vuelve castizo y, más que nada, venezolano. No hay en su español ni una falla en todo cuanto el redactor de este artículo ha alcanzado a leer —a lo largo de su vida y más recientemente— de la obra de Teresa, limitada por la brevedad de su vida, que se pudiera detectar o considerar como falla; en su vocabulario, ortografía, gramática y sintaxis (¡la de los dos idiomas!), todo sitzt, paßt und hat Luft, como dirían en alemán; es immaculé, como habrían dicho por aquel entonces, y flawless, como dirían hoy en día. No en vano quien escribe considera a Teresa de la Parra (al menos en el idioma español) una maestra que le animó a escribir y le enseñó cómo hacerlo.
         Y aunque esa belleza, esa perfección de la escritura de Teresa, en su suma de sensibilidad, indulgencia, introspección, costumbrismo y nacionalismo, ni se astille ni se oxide con el paso del tiempo, es de temer que al cabo de los ya casi cien años desde su publicación también caiga presa, como muchas otras cosas bellas más, de la obsolescencia. Podrá caer en desuso, pero no perderá nada de su perfección ni de su belleza.
         Será anticuada y obsoleta, pero siempre será obsoletamente fabulosa. Obsoletely Fabulous.
servuzcg@yahoo.es





Año V / N° CLVIII / 26 de junio del 2017

lunes, 19 de junio de 2017

Celebrando el español (III): a propósito de “El idioma castellano” [CLVII]

Luisa Teresa Arenas Salas


Terentius Neo el panadero y su... marida.
Pompeya, 50-75 después de Cristo



         Más vale tarde que nunca, un refrán que siempre utilizo cuando olvido una fecha de cumpleaños y, luego, remiendo el capote felicitando en fecha posterior. Y, como a buen entendedor pocas palabras bastan, ya sabrán que estoy dando disculpas por mi tardanza en publicar este tercer y último rito referido al poema “El idioma castellano” de Pablo Parellada y Molas (1855-1944), sobre el cual hablamos el 11 de abril (Ritos CIII), y después el 2 de mayo de 2016 (Ritos CVI), los cuales les sugiero releer para hacer más digerible lo prometido.
         La intención de este tercer “apretado” rito es hacer un comentario lingüístico de ese quijotesco poema distinguido por su jocosidad, su lógica, su ostensión. Reflexionemos, pues, desde la ciencia lingüística, los planteamientos lógicos del autor que le hacen exclamar “que es preciso meter mano / al idioma castellano, donde hay mucho que arreglar” (v. 4 a 6, e. 2). ¡Claro! La reflexión obliga a destacar la intención chistosa, festiva del autor, así como la función lúdica y poética del lenguaje que emplea, engranada con la función metalingüística. Este es el quid del asunto, usa el código (lengua) para referirse en juego al mismo código (“idioma castellano”), al que califica de “irracional”. No obstante, como con su juego poético particular quiere dejar “convencido el más profano” (v. 2, e. 28), es decir, al “que carece de conocimientos y autoridad en una materia” (DLE), yo, como menos profana y conocedora del tema que soy, me dispongo a deconstruir su ingenioso juego lingüístico, un tipo de tarea que propongo a mis estudiantes a partir de textos humorísticos.
         ¡Activemos, pues, nuestra competencia lingüístico-pragmática para entender la estructura conceptual con la que juega nuestro ingenioso autor, sustentada en los distintos niveles lingüísticos para lograr su fin pragmático: hacer reír al lector! ¿Cómo lo hace? Con uno y “otro cuento” poéticamente urdidos.
         “¿Por el acento?” (v. 1, e. 4). Y añade: “por esa insignificancia” (v. 2, e. 4) más una retahíla de ejemplos cuya “distancia” no concibe, a pesar de reconocer que “hay esa gran diferencia” (v. 3, e. 3) entre buqué y buqué, entre tomas y Tomás”, entre topo y topó, entre presidio y presidió, entre ingles e inglés. Es la diferencia semántica esencial que produce el acento (fonema suprasegmental) hecha juego a través de la paronimia: una relación semántica en la que dos (o más) palabras se asemejan en su sonido, pero se escriben de forma diferente y tienen significados distintos, usualmente no relacionados.
         “Mas dejemos el acento” (v. 1, e. 5) “y vamos con otro cuento” (v. 4, e. 5): “el sexo a hablar nos obliga” (v. 1, e. 9), dice, después de haber construido esta idea loca, pero lógica, en su pensar: “¿Y la frase tan oída / del marido y la mujer, / por qué no tiene que ser / el marido y la marida?” (v. 1 a 4, e. 7). Y el cuento aquí es la relación entre los términos sexo y género: dos conceptos diferentes en el sistema español que no debemos confundir. Sexo, concepto biológico, y género, concepto gramatical. Esto sin incorporar la nueva acepción de género adoptada por la teoría feminista.
         La RAE y la ASALE en el Diccionario panhispánico de dudas (2005) nos lo aclaran: “Género. En gramática significa ‘propiedad de los sustantivos y algunos pronombres por la cual se clasifican en masculinos, femeninos y, en algunas lenguas, también en neutros... Para designar la condición orgánica, biológica, por la cual los seres vivos son masculinos o femeninos, debe emplearse el término sexo... Por tanto, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género)” (p. 310). Con esto juega en la estrofa 26, donde califica de “irracional” un hecho lingüístico en el nivel gramatical de los nombres sustantivos que no siempre varían en género (respuesta que adelanto a la siguiente interrogante): “¿Puede darse, en general / al pasar de masculino / a su nombre femenino / nada más irracional?” (v. 1 a 4, e. 26). La “hembra” (sexo) “...del velo es una vela; / la del pelo es una pela; / y la del plazo es una plaza” (v. 1 a 4, e. 27). ¿Es que acaso los referentes nombrados tienen sexo? Son palabras, no seres vivos; son sustantivos invariables en género que, de paso, al conmutarlos también resultan voces parónimas.
         En la pregunta donde introduce la oposición “marido / mujer”, el juego es con la denominada heteronimia, fenómeno por el cual sustantivos de gran proximidad semántica tienen etimologías y formas diferentes para masculino y femenino: hombre-mujer, caballo-yegua, padre-madre, yerno-nuera, toro-vaca, etc.
         También, el ingenio del poeta crea trabalenguas con voces homónimas, otra relación semántica en la que dos (o más) palabras se pronuncian de manera idéntica (homófonas), pero tienen etimologías y significados diferentes: “¿hay en el cielo cometa / que cometa algún delito?” (v. 3 y 4, e. 14); “De igual manera me quejo / al ver que un libro es un tomo; / será un tomo si lo tomo, / y si no lo tomo, un dejo” (v. 1 a 4, e. 21). Tomo y dejo son verbos antónimos (tomar y dejar); pero el sustantivo tomo (libro) no puede oponerse semánticamente a dejo, por ser un verbo y en su categorización de sustantivo no denota un objeto opuesto a “una parte de una obra impresa extensa” (DLE). En la actualidad, este ejemplo lúdico se parece al juego que la gente hace al criticar el uso de la voz “aperturar” (¡urticaria!) en los bancos, diciendo: si existe aperturar una cuenta, también debería existir cerradurar esa cuenta.
         Dejo entonces este comentario lingüístico hasta aquí porque Ritos de Ilación tiene limitación de palabras (y, aquí entre nos, ya lo excedí). Tomo prestada la expresión “arbitrariedad del signo” del llamado padre de la lingüística, Ferdinand de Saussure, a principios del siglo XX, para concluir que con ese concepto de arbitrariedad juega el poeta Parellada y Molas, quien seguramente conoció las ideas del lingüista: la ciencia lingüística no es lógica, los signos lingüísticos realizados en palabras asumen esa condición arbitraria producto de las convenciones creadas por la tradición y el uso.

ue.eim.ucv@gmail.com



Referencias
Arenas Salas, Luisa T. (2016). “Celebrando el español”. Ritos de Ilación CIII (11 abr.), 1. Disponible en http://ritosdeilacion.blogspot.com/2016/04/celebrando-el-espanol-ciii.html.
Arenas Salas, Luisa T. (2016). “Celebrando el español (II)”. Ritos de Ilación CVI (2 may.), 1. Disponible en ritosdeilacion.blogspot.com/2016/05/celebrando-el-espanol-ii-cvi.html.
Parellada y Molas, Pablo (1990). “El idioma castellano”, en Escandón, Rafael. Curiosidades del idioma. Caracas: Panapo.
Real Academia Española (2006). Diccionario esencial de la lengua española. Madrid: Espasa Calpe.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Bogotá: Santillana.




Año V / N° CLVII / 19 de junio del 2017

lunes, 12 de junio de 2017

Prohibir la dictablanda [CLVI]

Edgardo Malaver


 
“¡Vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!”, les dice
Unamuno  a los españoles en “El error Berenguer”



         Todo el mundo supo en su momento que las hijas del príncipe Raniero III de Mónaco (1923-2005), Carolina y Estefanía, fueron durante su adolescencia un dolor de cabeza constante para él y para todo el principado. Las caprichosas niñas se pintaban el pelo de verde, se bañaban desnudas en el mar, dormían en la calle, hacían todo aquello que sus antepasados no pudieron hacer... al menos en público. ¿La solución del príncipe? Ponerles guardaespaldas para que les previnieran de lo que tenían prohibido. ¿Reacción de las muchachas? Enamorarse de los guardaespaldas, casarse con ellos, darles hijos. O, más escandaloso aun, hacer todo eso a la inversa. Siempre que usted prohíbe una conducta, logra justamente lo contrario.
         No es diferente en la lengua, aunque sí es peor. Si, haciendo realidad aquel cuento de Otrova Gomas, “Los fiscales del idioma”, pusiéramos un vigilante a cada hablante para que no dijera esta o aquella palabra, naturalmente el uso de esa palabra proliferaría, pero, a diferencia de las princesas de Mónaco, todos terminaríamos odiando furiosamente a nuestros vigilantes. No debe haber nada en el cielo ni en la tierra que la gente aborrezca con más crudo encono que escuchar correcciones de lo que dice.
         En Venezuela —a juzgar por lo que dicen ciertos de esos periodistas que siempre tienen una fuente cuyo nombre no pueden revelar—, parece que algunos canales de televisión tuvieran prohibido, por lo menos extraoficialmente, usar la palabra dictadura. Si fuera cierto, ya sabemos lo que va a pasar.
         Políticamente serán reprobables, pero estas prohibiciones siempre traen también la explosión de la creatividad lingüística. En este caso podríamos hacer como los periódicos españoles en 1930, cuando el rey Alfonso XIII (1886-1941) quiso “restituir la normalidad constitucional”, al final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1870-1930) nombrando como sucesor a Dámaso Berenguer (1873-1953). Éste no mostró talento alguno para el gobierno: ni continuó la dictadura, que habría complacido a los monarquistas; ni reinstauró la abolida constitución de 1876, que quizá habría favorecido al rey, ni, mucho menos, inició el proceso constituyente que exigía la oposición. Los periódicos bautizaron su gobierno “la Dictablanda”.
         Entonces prohibirían decir dictablanda. También parece que se hubiera prohibido decir guarimba, saqueo, desobediencia, para las cuales los medios, por los menos la televisión, ahora dicen términos como barricadas, robos masivos, violencia. ¿Y si prohibieran usar prostituyente, boliburgués, robolución? Quizá la explicación sea la que dio Laura Jaramillo la semana pasada: el cerebro humano como que tiene severas dificultades para obedecer las órdenes negativas.
         De todas maneras, el gran problema no parecer ser el sustantivo dictadura ni su significado. ¡El problema podría ser más bien llegar al punto de prohibir palabras! En 1931, aquel gobierno de Berenguer, indefinido y tímido, incapaz de sumar fuerzas e ideas para encontrar a una solución, sin destreza para imponer la ley, ni siquiera su propia ley, desembocó en el fin de la monarquía. Después de unas elecciones municipales que numéricamente ganaron los candidatos de la monarquía, el rey tuvo que irse al exilio.
         Quizá en Venezuela, en lugar de no mencionar la dictadura, que es retroceso, lo que habría que prohibir, porque impide avanzar, es la dictablanda.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLVI / 12 de junio del 2017

lunes, 5 de junio de 2017

PNL: más vida [CLV]

Laura Jaramillo


Aquiles Nazoa (1920-1976) disfrutando
de las cosas más sencillas



         Leyendo el artículo del profe Malaver, recordé unas siglas que también son interesantes, como es el caso de la PNL (Programación Neurolingüística), que por estos días juega un papel quizás importante sobre el comportamiento de la sociedad. Este tema puede parecer banal para algunos, porque puede ir contra las creencias que se tengan, tal vez porque quienes más hablan al respecto son los ahora denominados personal coaches; pero a la larga es un tema interesante, digno de estudiar y analizar desde el punto de vista del análisis del discurso.
         Para nadie es un secreto lo importante que es poner límites en nuestras vidas, para lo cual acudimos irremediablemente a la palabra ‘no’: no comas dulces, no pase la franja amarilla, no rayes las paredes, etc. Pero, ¿han notado que el niño que recibe un comando como los mencionados hace precisamente lo contrario? Esto a mí me enerva, pues ahí es donde uno busca un instrumento llamado chola. Claro, hay ocasiones en las cuales no podemos escapar del ‘no’, como el malvado ‘no hay pan’. Y es que el ‘no’ es como un desafío, un reto.
         Según los estudiosos del tema en cuestión, lo que sucede es que nuestro cerebro, en ocasiones, no procesa el ‘no’, es decir, nuestro cerebro no hace clic cuando el comando es negativo. Por ejemplo, ‘No pise la grama’, y la gente pisa la grama; ‘No metas el dedo en el enchufe’, y el tierno niño va directico al huequito ese. O cuando te dicen ‘No pienses en un carro azul’ y no se te viene ningún otro color de los millones que existen. Algo parecido sucede también con el ‘pero’, que es un conector que de alguna manera anula lo anteriormente dicho. Ejemplo: Tu torta estaba sabrosa, pero tenía demasiado chocolate. En casos como este la persona el receptor del mensaje se va a quedar con lo que se le dijo después del ‘pero’. Más allá de tocar un aspecto energético, pues no es el lugar ni soy la indicada, la idea es que comencemos a observar cómo estamos hablando y si eso que decimos tiene algún efecto en quien nos escucha.
         Todo este ¿galimatías?, repito, puede ser interesante por estos días tan turbulentos, pues a lo mejor, no sé, pudiéramos cambiar el efecto de nuestro mensaje. Hagamos un ejercicio. Por ejemplo, en vez de expresar ‘no más balas’, ¿qué tal si decimos ‘basta de balas’?; en vez de ‘no más muertes’, ¿qué tal ‘más vida’?; en vez de ‘no más represión’, ¿qué tal ‘más inteligencia’?, o, ¿’más libros y menos balas’? O seguir el ejemplo de los chilenos, quienes gritaron al mundo una frase muy elocuente: “Cuando se lee poco, se dispara mucho”. Directo y conciso. Bueno, esto con la esperanza de que no se les antoje ahora quemar, también, los libros (antes de eso, mejor hagamos como en Fahrenheit 451).
         En fin, quizás si, a pesar de las circunstancias, intentamos cambiar de sintonía, si leemos (y estudiamos) un poco más sobre PNL, tal vez pudiéramos cambiar el efecto de nuestro mensaje en quien lo escuche. Claudio Nazoa escribió alguna vez que su papá, el excelentísimo señor Aquiles Nazoa, decía que “en las cosas más sencillas era donde se encontraban las cosas más difíciles e interesantes de explicar y comprender”[1].

laurajaramilloreal@gmail.com




Año V / N° CLV / 5 de junio del 2017





[1] http://mariafsigillo.blogspot.com/2011/04/aquiles-nazoa-guarataro-con-champana.html.

lunes, 29 de mayo de 2017

Los números ordinales de la república [CLIV]

Edgardo Malaver


A la incontable multitud de estudiantes que, demasiado jóvenes aún,
han muerto en las calles de Venezuela en los últimos 60 días


Santiago Mariño (1788-1854) liberó Cumaná en 1813,
lo que permitió la fundación de la Segunda República



         Milagros Socorro publicó la semana pasada un artículo en la revista Clímax en que afirma con verdad: “Está claro que el lenguaje es una conducta”. Ciertamente, así como uno comunica, expresa, dice algo al hacer las cosas, también está uno haciendo algo al decir cualquier palabra que diga. El artículo de Socorro trata del atrevimiento del gobernador Henrique Capriles contra el presidente de la República. El acto de habla de Capriles, el de insultar, equivalió —y no sólo en la visión de la autora— a lanzar una piedra a la frente del gobierno en medio de las cotidianas y enormemente desproporcionadas agresiones de los cuerpos de seguridad del Estado contra los manifestantes en la calles de Venezuela durante todo el mes de abril y el mayo que ya va a terminar. Lanzando gases, chorros de agua, metras, puños, culatazos y balas, el gobierno informa al pueblo que no tiene derecho a exigir derechos —ni aun a la vida— y, lanzando una palabra, la oposición intenta descargarse de la rabia, la tristeza y el dolor de la muerte. De lejos quizá no, pero en el asfalto o junto a la tumba de un hijo, ese desbalance —el político y el lingüístico— es una daga punzante.
         En medio de este reguero de sangre, el presidente ha convocado a una asamblea constituyente, con lo cual retrocedemos, cuando menos, a 1999. Ese año comenzó a construirse, más discursiva que jurídicamente, una “noción” que se ha llamado “quinta república”. El recién contratado presidente de aquel momento argumentó que como se iba a redactar una nueva constitución, nacía una nueva república en la que pretendía erradicar los vicios de la anterior. Lo había anunciado en la campaña electoral, de modo que no le fue difícil implantar la idea en las encandiladas mentes de las mayorías. Lo apoyaba la mayoría, también cegada por el relámpago de la novedad, que tenía el exsoldado —¡ja!— en su Asamblea Constituyente. (Lo que es más, dijo que el país iba a llamarse “República Bolivariana de Venezuela” y al principio la Constituyente lo discutió y no lo aprobó, pero él refunfuñó y al día siguiente lo complacieron.) Pura creación de la lengua: toda una situación concreta, que modificaba radicalmente la vida de millones y millones de personas, salida de un par de palabras de un solo hombre.
         Cada vez que en los últimos 20 años he oído decir algo como “Esto no era así en la cuarta”, he intentado introducir la idea, casi nunca escuchada, de que aún estamos en la cuarta república, la que nació al disolverse la Gran Colombia en 1830. Los poquísimos que me han escuchado me han respondido: “Pero hay una nueva constitución”. De ser así, la actual sería en realidad la vigésima sexta república. ¿Dónde está la falacia? ¿Qué marca el fin de una república y el comienzo de otra?
         La Primera República, fundada con la adopción de la Constitución Federal de 1811, se extinguió el 25 de julio de 1812, con la Capitulación de San Mateo ante el general español Domingo Monteverde. (Esto significa que murió la república, el intento de echar adelante una nación nueva, ya no existía más.) La Segunda, nacida el 3 de agosto de 1813, cuando Santiago Mariño liberó Cumaná, pereció en la Quinta Batalla de Maturín el 11 de diciembre de 1814. (Otra vez dejó de existir Venezuela como país.) La Tercera se instaló en Angostura el 18 de julio de 1817 y desapareció el 17 de diciembre de 1819, al sumarse, por decisión del Congreso, a la recién fundada República de Colombia. (O sea, por tercera vez, Venezuela retrocede a la condición de provincia de otro Estado, ahora republicano.) Finalmente, el 6 de mayo de 1830, principalmente por influencia de José Antonio Páez, Venezuela reestableció sus instituciones republicanas y amaneció la Cuarta República. Desde entonces, por más laberíntica que haya sido la historia constitucional, no ha habido interrupción en la existencia de la república, ni siquiera de horas. Guerras civiles, vacíos de poder, gobiernos de facto, juntas de gobierno, democracia, alianzas cívico-militares, fraudes electorales, intentos de invasión, crisis económicas, presidencias efímeras y prolongadas, buenas y malas épocas, idas y vueltas, nada ha causado la ruptura ni el cese de la Cuarta República en 187 años.
         Aunque está claro que es un asunto que deben respondernos ante todo los profesionales del estudio científico de la historia y del derecho, parece fácil entender que lo que sucedió en 1999 había sucedido también en 1857, en 1858, en 1864, en 1874, en 1881, en 1891, en 1893, en 1901, en 1904, en 1909, en 1914, en 1922, en 1925, en 1928, en 1931 (estas últimas seis, por cierto, aprobadas para complacer a un solo presidente: Juan Vicente Gómez), en 1936, en 1947, en 1953 y en 1961. Probablemente en algunos casos, o en todos, la necesidad de adoptar una nueva constitución fue disfrazada de urgencia de “abolir los viejos vicios del pasado”, pero nunca se abolió la república jurídicamente ni se creó una nueva. En 1999 tampoco.
         La conclusión es que la “quinta república” existe apenas en el discurso político, adoptado con demasiada facilidad por la mayoría, incorporado activamente a su habitual “conducta”, como dice Socorro, aunque la historiografía aún ponga en duda la existencia de tal período histórico.
         Como ya sabemos, lo que llega al discurso, no se va de la mente de los hablantes y se propaga de generación en generación. Pero el problema no es el discurso, sino la poca reflexión que se hace al respecto. Y ahora que se ha convocado una nueva constituyente, aunque 79,9 por ciento de los venezolanos no la cree necesaria o se opone a ella, hay quienes han comenzado a hablar de la “sexta república”. Más palabras, pero... ¿más conciencia? Más lenguaje para crear más conductas. El peligro ahora, incalculable por incierto y por inmenso, es que esta vez, si termina realizándose, lo que puede llegar a convertirse en puro y simple discurso, vacío de significado y sin representación concreta en la realidad, es la república misma, sin números ordinales.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLIV / 29 de mayo del 2017

lunes, 22 de mayo de 2017

Colombia y Venezuela: falsos amigos [CLIII]

Laura Jaramillo


 
En italiano existe la palabra burro, que en español
equivale a
mantequilla


         Uy, hermano, no vaya a creer que aquí va a encontrar una barbaridad. No. Aunque sí hay que decir que en todo el globo terráqueo hay falsos amigos, no solo en Colombia y Venezuela. Pero en fin... Aquí usted lo que va a encontrar es un pequeño grupo de palabras que, quizás por el parecido morfológico y fonético, uno cree que significan un cosa pero al final son otra; los lingüistas decidieron llamar a esas palabras falsos amigos, solo por el hecho de que son traicioneros… o sea, los significados.
         El término es común en el área de la traducción. Por ejemplo, en italiano existe la palabra burro, que en español equivale a mantequilla. Pero resulta que en español también se da este fenómeno, si se puede llamar así, pues podemos encontrar variedad de significados para una sola palabra a lo largo y ancho de América (ah, sí, y de España también).
         Quizás lo que describo se pudiera considerar un caso de homografía, pero no, me gusta más la falsedad de las palabras cuando oigo una canción o cuando veo una novela de Colombia. Es que resulta que, a pesar de que tenemos tantas cosas en común, hay cosas también que nos diferencian. Qué aburrido sería que todos nos pareciéramos.
         Solo les voy a presentar un bocadito de las tantas que nos pueden jugar una mala broma. Esto es válido pa los colombianos también, porque ellos también tienen que saber que nosotros hablamos tan sabroso como ellos. Así, tenemos que:

Guayabo no es el despecho de nosotros, es un ratón, o sea, la resaca.
Parche no es un pedazo de tela, es una cita, una rumbita por ahí, una salidita, pues.
Patico no es el hijito de la pata, es un “elogio” a la mujer, pues es la combinación de pantera, tigre y cocodrilo.
Matoneo suena como a que matan mucho, pero no, es el chalequeo de nosotros.
Ahogao no es alguien que lamentablemente no sabía nadar, es nuestro sofrito.
Miscelánea es el nombre que le dan a esos lugares donde uno consigue desde un bombillo hasta una curita, una quincalla, pues.
Abanico no es el sofisticado instrumento que usa mi Cucha para los calorones de la edad; en la costa colombiana, el abanico es el ventilador. No se sorprenda cuando oiga: “Mijo, prenda el abanico, que hace calor”.
Arepera no es el lugar donde nosotros vamos a comer arepas; es el equivalente a cachapera.
Perico no es el que tristemente se me fue hace un mes, en Medellín es un café con leche. 

         Yo no diría falsos amigos, diría más bien amigos maravillosos, expresivos y sabrosos, tal cual como nosotros. Más que amigos, hermanos. ¡Eh, avemaría, hombre!

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIII / 22 de mayo del 2017