Edgardo Malaver Lárez
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| Ilustración
del terremoto de Caracas, aparecida en el libro Historical Cabinet de L.H. Young en 1834 |
Tan audaz como siempre fue, al terminar la guerra de Troya, Odiseo no tuvo mejor idea que desafiar a los dioses. ¡Y lo mal que le fue después! Muchos años después, apenas comenzando otra guerra, a Simón Bolívar no le vino a la mente otra ocurrencia que sentirse desafiado por la madre naturaleza, que no puede ser acusada de los mismos vaivenes emocionales que los habitantes del Olimpo. ¡Y la de dificultades que se encontró en el camino a partir de aquel día!
Hay
quienes creen que en realidad el Libertador estaba desafiando a los realistas
(en Ritos 335 lo comentamos en el 2020), pero hoy nos interesa el
hecho de que aquel de marzo de 1812 otro terremoto golpeó a Venezuela con una fuerza
particularmente grande y, dado que comenzaba a andar el movimiento de independencia,
las consecuencias también se sintieron en los campos de batalla y, ergo, en la
estabilidad del joven gobierno revolucionario.
Este lunes
recurrimos a un enemigo de la causa para que nos narre el terremoto sacudió a
Caracas y echó al suelo la Primera República. José Domingo Díaz (1772-1834),
que pocos años después sería secretario del implacable Pablo Morillo (17-18), escribió
en su ácido libro Recuerdos de la rebelión de Caracas (1829) sus
impresiones sobre el ruinoso terremoto de 1812:
En estos mismos días y circunstancias,
acontecimientos de otro género cambiaron la faz de todos los negocios, y aquel
Dios que regía a su voluntad y por su infinita sabiduría el orden de la
naturaleza, descargó el brazo de su justicia sobre el territorio de la culpable
Caracas.
El Jueves Santo 26 de marzo de 1812, [...]
eran las cuatro [y] el cielo de Caracas estaba extremamente claro y
brillante; una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable;
caían algunas gotas de agua sin verse la menor nube que las arrojase, y yo salí
de mi casa para la santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la
plaza de San Jacinto, convento del orden de Predicadores, comenzó la tierra a
moverse con un ruido espantoso; corrí hacia aquella; algunos balcones de la
Casa de Correos cayeron a mis pies al entrar en ella; me situé fuera del
alcance de las ruinas de los edificios, y allí vi caer sobre sus fundamentos la
mayor parte de aquel templo, y allí también entre el polvo y la muerte vi la
destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los
extranjeros.
A aquel ruido inexplicable sucedió el
silencio de los sepulcros. En aquel momento me hallaba solo en medio de la
plaza y de las ruinas; oí los alaridos de los que morían dentro del templo;
subí por ellas y entré en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vi
como cuarenta personas, o hechas pedazos o prontas a expirar por los escombros.
Volví a subirlas, y jamás se me olvidará este momento. En lo más elevado
encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas para
hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma
desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “Si
se opone la naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca”.
La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos.
Volví a mi casa, tomé [a] mi familia y la conduje a aquel sitio.
Poco tiempo después de estar en ella se
dio una prueba pública del delirio revolucionario. Mientras que el R. P. Prior
de los Dominicos, puesto sobre una mesa en medio de la multitud asombrada y
llorosa, pronunciaba una vehemente oración; mientras que el doctor don Nicolás
Anzola, regidor del 19 de abril, pedía de rodillas y a gritos perdón al señor
don Fernando VII; mientras que todos estábamos mirando nuestros sepulcros
abiertos a nuestros pies, se presentó el mayordomo de los hospitales, don
Rafael de León, con el semblante más alegre y risueño que he visto jamás,
felicitando a todos “por haber tan patentemente declarado Dios su voluntad
destruyendo hasta las casas hechas por los españoles”. ¡Ceguedad extrema y
estado propio del espíritu cuando está apoderado del delirio de la
independencia!
Aquel movimiento eléctrico corrió en
cuatro segundos y en todas direcciones un espacio de 200 leguas. Las ciudades
de San Felipe, Barquisimeto y Mérida cayeron por sus fundamentos, y pereció una
gran parte de sus habitantes, y de las tropas acantonadas en ellas. Los pueblos
de la Guayra, Mayquetía y Chacao tuvieron igual suerte; la mitad de las casas
de la ciudad de Caracas vino a tierra, y la otra mitad quedó inhabitable, o
poco menos de serlo, y el resto de los pueblos tuvo también señales sensibles de
la violencia del meteoro.
El templo de la Trinidad de Caracas,
que sobre robustísimos pilares sostenía una enorme bóveda, estaba situado en la
parte septentrional y en lo más elevado de su gran plaza. En el extremo opuesto
de ella se hallaba situada aquella misma horca en que ocho meses antes habían
sido colgados los cadáveres de los fusilados en julio. Este templo inmediato al
gran cuartel veterano era la Iglesia Castrense, y en el pilar de una capilla
llamada de los Remedios, destinada al servicio eclesiástico de los militares,
estaba pintado el escudo de las Reales Armas de España. Este templo cayó sobre
sus mismos fundamentos; fue un hundimiento: ni una pequeña piedra salió fuera
de su área, y solo un gran pedazo de uno de aquellos pilares saltó con la
violencia de la caída, rodó por la plaza en dirección a la horca, tropezó con
ella y la derribó. Solo quedó en pie el pilar de las armas que se descubrían
desde todas partes por sobre aquel montón de ruinas. El batallón veterano habla
sido reformado: las compañías de fusileros eran compuestas de americanos, y la
de granaderos de todos los españoles europeos que anteriormente estaban
repartidos en aquellas. Era costumbre hallarse esta compañía, por la solemnidad
de aquel día, en las puertas de la santa Iglesia Catedral y en la procesión de
la tarde. Esto la salvo; mucha parte de las demás y de la artillería y
zapadores que pasaban lista en el cuartel perecieron bajo sus ruinas.
El Gobierno [presidido por don
Francisco de Miranda] se reunió a las cinco de la tarde en la plaza de la
Catedral para tomar providencias en aquella calamidad espantosa, y la primera
que tomó fue la más propia para consumar la desgracia. Dispuso que se abandonase
la ciudad por todos sus habitantes, situándose en sus inmediaciones, e hizo así
entregar las fortunas de todos a un enjambre de ladrones que en aquella noche
robaron cuanto quisieron en las casas abandonadas y en los templos medio
arruinados.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXLIII /
3 de agosto del 2026
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