Edgardo Malaver Lárez
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¿Quién
puede imaginarse una ola de cinco metros
aproximarse a Los Roques?
Dice el Diccionario
de Historia de Venezuela de la Fundación Empresas Polar sobre los
terremotos que han afectado a los venezolanos:
Bien sea por
la narración y descripción de sus efectos o por la interpretación de los
registros sismográficos, en los cuatro siglos y medio subsiguientes a 1530, se
tiene conocimiento de varios miles de sismos con epicentro en territorio
venezolano o en regiones adyacentes; de ellos unos 130 ha ocasionado algún tipo
de destrucción en localidades venezolanas.
De esos
130, el del 29 de octubre del año 1900, el último del siglo XIX, también conocido
como el Terremoto de San Narciso, es apenas el número 29. Tuvo una magnitud de 7,6
y, aunque gracias a Dios murieron menos de 60 personas, el movimiento alcanzó a
casi todo el país y causó graves destrozos. Aquel día se reportaron daños en
lugares tan distantes entre sí como Mérida y la actual Amazonas, Táchira y
Anzoátegui, Lara y las Dependencias Federales —olas de cinco metros de altura invadieron
las islas de Los Roques—. En Camurí, según científicos de la Fundación
Venezolana de Investigaciones Sismológicas, se abrió en el suelo una grieta de
300 metros de ancho.
Fue tan
significativo que este suceso sísmico que dio inicio de la historia científicamente
disciplinada de la sismología en Venezuela.
Hoy, para
seguir la costumbre de escoger un texto literario que nos hable del “terremoto de
la semana”, vamos a leer un cuento escrito por Francisco Jiménez Arraiz (1868-1927)
que se titula “Esfuminea” y fue publicado en la afamada revista El Cojo
Ilustrado (número 215) un mes después del terremoto:
Esfuminea
(Después
del terremoto)
A
la señorita Lola Sarría
La mañanita tibia y el ciento oscuro.
Un profundo sobresalto en los semblantes y en las calles
una profunda lobreguez.
Al sur los cerros cenicientos, destacándose en un
horizonte plomizo.
Al norte el Ávila, pensativo y lóbrego, en una gasa blanca
envuelta la cabeza melenuda, cual si reposar quisiera en el sopor de un largo
insomnio o después del cansancio de una siniestra pesadilla.
Caracas está desierta y triste y un aspecto funeral
denuncia la viudez de la gran ciudad.
En una de las plazas reposan las familias, en tiendas
de campaña, después del inmenso desastre, como una peregrinación de zíngaros en
espera del nuevo día de caravana, a la hora en que se aduermen los pájaros y
despiertan las estrellas junto a los muros sombríos y silenciosos de Numidia.
Una rubia de veinte años acaricia junto al seno medio
abierto a un niño tan rubio como ella, que sonríe mientras ella suspirando lo
contempla, y al acariciar las mejillas de la madre, jugando enjuga con la
menecita inquiera la lágrima que lentamente la humedece.
Otra, con blancura de porcelana, las cejas muy negras,
los ojos grandes, la mirada muy triste, el rostro muy inquieto, sentada en el
suelo, los pies hundidos en el césped —parece que busca en la serenidad del
viejo papaíto un refugio a su inquietud de alma histérica.
Más allá, una trigueña de amplia pupila y de encendidos
labios, cubierta con un abrigo color de grana, mira con inquietud, como en
ansias de algo amado, a la vecina bocacalle.
Y en una barraca mugriente, de fragmentos que fueron
colchas y ramas que fueron palmas, sostiene sobre las piernas una mujer a un
niño moribundo. Si en cada beso al ser amado pudiera irse un pedazo del corazón
del ser que ama, todo el corazón de la madre hubiérase ido al pecho de aquel
niño, que no recibe de ella sin una caricia una palabra, ni una caricia sin un
beso.
De pronto, no sintió más, quizá, el temblor febril de
la manecita huesuda y pálida entre las suyas regordetas y rosáceas, que se
llevó a la cara la manta en que se cubría y quedose inmóvil, silenciosa, muda,
después de un supremo gemido, cual un paroxismo del alma.
Y estaba como despierto el niño; una manita asida al
seno maternal, y la otra bajo el cuello, hundida en la fresca melenita, y tenía
inmóvil la mirada y fija en los ojos de la madre... al morir le había dejado el
alma en la última sonrisa...
Y cuando se vino abajo la parad de enfrente una nube
como de incendio cubrió a los dos, y envuelta por los fragmentos del muro
demolido, cuando todos corrían —que temblaba— y todos gritaban en torno de
ella, ella, entre los escombros y de pie, tan solo se movió para exclamar:
¡Hasta la muerte misma me deja sola!
Caracas, 1900
Venezuela
entró un mes después en el siglo XX llena de dolor, confundida y rodeada de un
paisaje, urbano y rural, que no ofrecía estímulos para mucha celebración. Sin
embargo, terremotos no han dejado de ocurrir y, por fortuna, se han convertido
también en musa, aunque triste, para la creación literaria.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXLIV /
10 de agosto del 2026
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