lunes, 10 de agosto de 2026

Un terremoto para despedir un siglo [DXLIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¿Quién puede imaginarse una ola de cinco metros
aproximarse a Los Roques?

 

 

 

         Dice el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Empresas Polar sobre los terremotos que han afectado a los venezolanos:

 

Bien sea por la narración y descripción de sus efectos o por la interpretación de los registros sismográficos, en los cuatro siglos y medio subsiguientes a 1530, se tiene conocimiento de varios miles de sismos con epicentro en territorio venezolano o en regiones adyacentes; de ellos unos 130 ha ocasionado algún tipo de destrucción en localidades venezolanas.

 

         De esos 130, el del 29 de octubre del año 1900, el último del siglo XIX, también conocido como el Terremoto de San Narciso, es apenas el número 29. Tuvo una magnitud de 7,6 y, aunque gracias a Dios murieron menos de 60 personas, el movimiento alcanzó a casi todo el país y causó graves destrozos. Aquel día se reportaron daños en lugares tan distantes entre sí como Mérida y la actual Amazonas, Táchira y Anzoátegui, Lara y las Dependencias Federales —olas de cinco metros de altura invadieron las islas de Los Roques—. En Camurí, según científicos de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, se abrió en el suelo una grieta de 300 metros de ancho.

         Fue tan significativo que este suceso sísmico que dio inicio de la historia científicamente disciplinada de la sismología en Venezuela.

         Hoy, para seguir la costumbre de escoger un texto literario que nos hable del “terremoto de la semana”, vamos a leer un cuento escrito por Francisco Jiménez Arraiz (1868-1927) que se titula “Esfuminea” y fue publicado en la afamada revista El Cojo Ilustrado (número 215) un mes después del terremoto:

 

Esfuminea

(Después del terremoto)

 

A la señorita Lola Sarría

 

La mañanita tibia y el ciento oscuro.

Un profundo sobresalto en los semblantes y en las calles una profunda lobreguez.

Al sur los cerros cenicientos, destacándose en un horizonte plomizo.

Al norte el Ávila, pensativo y lóbrego, en una gasa blanca envuelta la cabeza melenuda, cual si reposar quisiera en el sopor de un largo insomnio o después del cansancio de una siniestra pesadilla.

Caracas está desierta y triste y un aspecto funeral denuncia la viudez de la gran ciudad.

En una de las plazas reposan las familias, en tiendas de campaña, después del inmenso desastre, como una peregrinación de zíngaros en espera del nuevo día de caravana, a la hora en que se aduermen los pájaros y despiertan las estrellas junto a los muros sombríos y silenciosos de Numidia.

Una rubia de veinte años acaricia junto al seno medio abierto a un niño tan rubio como ella, que sonríe mientras ella suspirando lo contempla, y al acariciar las mejillas de la madre, jugando enjuga con la menecita inquiera la lágrima que lentamente la humedece.

Otra, con blancura de porcelana, las cejas muy negras, los ojos grandes, la mirada muy triste, el rostro muy inquieto, sentada en el suelo, los pies hundidos en el césped —parece que busca en la serenidad del viejo papaíto un refugio a su inquietud de alma histérica.

Más allá, una trigueña de amplia pupila y de encendidos labios, cubierta con un abrigo color de grana, mira con inquietud, como en ansias de algo amado, a la vecina bocacalle.

Y en una barraca mugriente, de fragmentos que fueron colchas y ramas que fueron palmas, sostiene sobre las piernas una mujer a un niño moribundo. Si en cada beso al ser amado pudiera irse un pedazo del corazón del ser que ama, todo el corazón de la madre hubiérase ido al pecho de aquel niño, que no recibe de ella sin una caricia una palabra, ni una caricia sin un beso.

De pronto, no sintió más, quizá, el temblor febril de la manecita huesuda y pálida entre las suyas regordetas y rosáceas, que se llevó a la cara la manta en que se cubría y quedose inmóvil, silenciosa, muda, después de un supremo gemido, cual un paroxismo del alma.

Y estaba como despierto el niño; una manita asida al seno maternal, y la otra bajo el cuello, hundida en la fresca melenita, y tenía inmóvil la mirada y fija en los ojos de la madre... al morir le había dejado el alma en la última sonrisa...

Y cuando se vino abajo la parad de enfrente una nube como de incendio cubrió a los dos, y envuelta por los fragmentos del muro demolido, cuando todos corrían —que temblaba— y todos gritaban en torno de ella, ella, entre los escombros y de pie, tan solo se movió para exclamar: ¡Hasta la muerte misma me deja sola!

 

Caracas, 1900

 

         Venezuela entró un mes después en el siglo XX llena de dolor, confundida y rodeada de un paisaje, urbano y rural, que no ofrecía estímulos para mucha celebración. Sin embargo, terremotos no han dejado de ocurrir y, por fortuna, se han convertido también en musa, aunque triste, para la creación literaria.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIV / 10 de agosto del 2026

 

 

 

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