lunes, 27 de marzo de 2023

La inteligencia artificial (II) [CDXIV]

Luis Roberts

 

 

 

Immanuel Kant en la Universidad de Kaliningrado.
Obra de Christian Daniel Rauch de 1857

 

 

Pregunta:

         ¿Cómo pueden manejar los profesores el ChatGPT?

 

Respuesta:

         Como modelo de lenguaje, ChatGPT es una herramienta útil para los profesores que buscan mejorar la interacción con sus estudiantes. Aquí hay algunos consejos para ayudar a los profesores a manejar ChatGPT de manera efectiva:


1.    Establecer expectativas claras: es importante que los profesores establezcan claramente las expectativas para los estudiantes en cuanto a cómo se utilizará ChatGPT en el aula. Esto puede incluir el horario de disponibilidad de ChatGPT, qué tipo de preguntas o temas son apropiados para discutir con el modelo y qué tipo de lenguaje es apropiado para usar en la plataforma.

2.    Monitorear el uso de ChatGPT: los profesores deben monitorear regularmente el uso de ChatGPT en el aula para asegurarse de que los estudiantes estén utilizando la herramienta de manera adecuada y efectiva. Esto puede incluir revisar las conversaciones y proporcionar retroalimentación constructiva sobre cómo mejorar la interacción con ChatGPT.

3.    Proporcionar orientación y apoyo: los profesores pueden ofrecer orientación y apoyo a los estudiantes que puedan estar luchando con la comprensión del lenguaje natural o la interacción con ChatGPT. Esto puede incluir recursos adicionales, tutorías o consejos prácticos sobre cómo interactuar de manera efectiva con el modelo.

4.    Integrar ChatGPT en el plan de estudios: los profesores pueden integrar ChatGPT en el plan de estudios, utilizando la herramienta como una forma de fomentar la discusión y el pensamiento crítico. Esto puede incluir actividades que requieren que los estudiantes interactúen con ChatGPT de manera activa y que respondan a las preguntas generadas por el modelo.

 

         En general, el manejo efectivo de ChatGPT por parte de los profesores requerirá un enfoque cuidadoso y estratégico para integrar la herramienta en el aula y garantizar que los estudiantes la utilicen de manera efectiva. Con la orientación adecuada y la supervisión, ChatGPT puede ser una herramienta valiosa para mejorar la interacción en el aula y promover el aprendizaje de los estudiantes.

 

Pregunta:

¿Puede ChatGPT decirme si considera ético el uso de ChatGPT en la enseñanza?

 

Respuesta:

         Como modelo de lenguaje, no tengo una opinión ética, pero puedo decirle que el uso de ChatGPT en la enseñanza puede ser ético siempre y cuando se utilice de manera responsable y respetando ciertas consideraciones éticas.

         En primer lugar, es importante que los educadores utilicen ChatGPT de manera transparente y clara con sus estudiantes, asegurándose de que comprendan que están interactuando con un modelo de lenguaje y no con un ser humano. Además, es importante tener en cuenta que ChatGPT no puede reemplazar completamente la interacción humana y no debe ser utilizado como un sustituto de los profesores o tutores en la enseñanza.

         También es importante considerar la calidad y veracidad de la información que se proporciona a través de ChatGPT. Aunque ChatGPT puede proporcionar respuestas rápidas a las preguntas de los estudiantes, no siempre garantiza la precisión o relevancia de la información proporcionada. Los educadores deben tener cuidado al utilizar ChatGPT como fuente de información y siempre verificar la exactitud de las respuestas antes de compartirlas con los estudiantes.

         En resumen, el uso de ChatGPT en la enseñanza puede ser ético si se utiliza de manera responsable y se consideran las implicaciones éticas. Los educadores deben ser transparentes con sus estudiantes sobre su uso, no depender completamente de ChatGPT para la enseñanza y siempre verificar la precisión de la información proporcionada por el modelo.

 

         Las dos preguntas son mías, las respuestas son de la inteligencia artificial. Y como dice Yuval Harari, en el futuro, que ya es presente, estudiar a Kant, estudiar la ética, va a ser de la máxima importancia.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXIV / 27 de marzo del 2023

 

lunes, 20 de marzo de 2023

La inteligencia artificial (I) [CDXIII]

Luis Roberts

 

 

 

Lascivia venezolana. Macu, la mujer del policía
(1987), de Solveig Hoogesteijn

 

 

         Mi amigo Simón es sesentón. Sobrelleva su vida y su tos gracias a su sentido del humor y una muleta. Es traductor. Aceptó en mala hora formar parte de la junta de condominio de su edificio. Vive en un pequeño apartamento de su propiedad en una torre conocida de Caracas. La presidenta de la junta está casada con un militar que disfruta de una sinecura (enchufado) y de una “camionetota”. La junta decidió hacer una inversión en el inmueble con las aportaciones de los propietarios. Una abogada miembro de la junta puso en el grupo de Wasap que esa inversión era encomiable, pero la ley exige consultar con los propietarios. Mi amigo le dio la razón en ese grupo. Así iniciaría Faulkner el relato.

         Hace unos días, cuando mi amigo se dirigía, llaves en mano, al ascensor del estacionamiento para subir a su apartamento, la “camionetota” del militar frenó bruscamente, expelió del interior al susodicho, que se dirigió a Simón como un energúmeno endemoniado, ayudado por su, al parecer, cara de reptiliano, le dio un manotazo que dio con las llaves en el suelo, mientras le gritaba, acusándolo de haber insultado gravemente a su santa esposa, por tan baladí comentario en el Wasap de la comunidad. Le dijo que le cortaría la cabeza y que le escoñetaría la vida. Mi amigo, intentaba en vano recoger las llaves del suelo, y pensaba, sólo podía pensar, pues el insigne militar no le dejó hablar, que qué sería más oportuno, si decirle que no le podría escoñetar la vida ya más de lo que estaba, o si le cortaría la cabeza antes o después de escoñetarle la vida. Lo trató de maricón y de “mujeringa”, palabra esta que impactó a mi amigo más que las amenazas —traductor al fin y al cabo—, por desconocida. Se puso a investigar y al parecer es una palabra de uso limitado a los Andes chilenos, y de uso muy minoritario y cuartelero aquí. Investigó y al parecer se usa con la acepción de alguien que vive entre las faldas de las mujeres, a lo que Simón, militante activo de la lascivia, no tuvo más remedio que exclamar: “¡Ojalá!”. Así, más o menos, continuaría Gabo este relato.

         Hace 50 años, la única referencia que teníamos de la inteligencia artificial, era la relacionada con la militar. El ilustre Groucho Marx nos recordaba en una película el oxímoron de “inteligencia militar” (“o inteligencia o militar”) y el no menos ilustre Aldous Huxley nos decía: “Existen tres clases de inteligencia: la inteligencia humana, la inteligencia animal y la inteligencia militar”. Huxley probablemente no conocía la frase de Groucho, pero la intuía, eso es seguro.

         Y así concluyo yo este artículo, anunciando que tendrá continuación próximamente para llevarnos a la inteligencia artificial en nuestros día: la IA.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXIII / 20 de marzo del 2023

 

lunes, 13 de marzo de 2023

¿Tú juegas ‘béisbol’ o ‘beisbol’? [CDXII]

Randold Millán

 

 

 

El zuliano Luis Aparicio, único beisbolista venezolano
en el Salón de la Fama de las Grandes Ligas

 

 

         Los expertos en la lengua —y no me refiero a quienes la estudian sino a quienes la usan con propiedad y sin remordimiento—, llevan a cabo un ejercicio muy complicado para los que intentamos entender las palabras que nuestras lenguas vecinas a veces nos prestan: acartonar palabras. A veces, estas vecinas no se dan cuenta de que les hemos quitado “prestada” una que otra palabra porque somos astutos o, más bien, afortunados de que antes de una acusación por robo, mejor decoramos lo prestado con un lacito sencillo en la parte de arriba ¡y listo!

         No me crean a mí. Mejor le pedimos a un fanático del béisbol que nos hable del deporte y, una que otra vez, así como si nos lanzara curvitas al “jom”, nos cambia la seña y termina pichándonos un beisbol que al principio pronunciaba diferente. Casi siempre empiezan dándonos referencias sobre el ídolo de los ídolos, es decir, el ícono con mejores récords en el salón de la fama. Miguel Cabrera no puede faltar; es joven, con números sorprendente y ya iguala a muchos que se tardaron más tiempo en hacerse notar. Claro, nada comparado con figuras del fútbol como Cristiano Ronaldo cuyos números le dan mejor vida que a Miguel Cabrera, sin duda alguna. Y aunque C7 ha demostrado que su estatus de icono se debe a su versatilidad en el mundo de los negocios, además del deporte, no es el futbol lo primero que uno piensa cuando un fanático de estos empieza a hablarnos de Cabrera, Aparicio, Galarraga, por decir algunos.

         Pero, bueno, no nos salgamos del tema, que con el más pequeño descuido es fácil saltarse de un período a otro, como también ocurre cuando usamos la palabra periodo, que por no asociarlo al tiempo, lo primero que hacemos es fingir que no nos incomoda si una mujer nos escucha decirla. Estos fanáticos del béisbol son tan apasionados con el deporte que, con orgullo, aclaran siempre que lo único bueno del béisbol gringo es que hay latinos, que no les hace falta armar tanto escándalos como otros deportes y que son felices con su propia versión de las olimpíadas del béisbol, conocida como la Serie de Caribe. Y aunque sí hay partidos de pelota en las olimpiadas y otras celebraciones que reúnen deportes cada cierto número de año, no son tan populares porque el sabor está realmente aquí (en el Caribe, pues).

         Así que, si quieres descubrir el glosario terminológico que se hereda entre fanáticos del béisbol, te recomiendo que vayas con guante en mano, bate listo y tacos cómodos por si te llevan a un terreno arenoso a jugar. Una recomendación, siempre di que es la primera vez que vas a jugar o la hospitalidad de los fanáticos te podría hacer pasar vergüenza cuando te pregunten qué posición prefieres jugar: “Tienes cara de que juegas bien en el dogaut” es la frase favorita de todos, y no escatimes una noche lluviosa ni un diacrítico, el tiempo siempre es perfecto para jugar. ¡Y si no, que lo diga el pícher o el cácher o el ompáyer o el centerfil!

 

randoldmillan121@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXII / 13 de marzo del 2023

 

lunes, 6 de marzo de 2023

Pretérito y copretérito [CDXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente sobre el lago de Maracaibo. Foto: C. Hernández


 

 

         Tal como decía en la edición 98 de Ritos, titulada “Antepretérito, antepresente, antefuturo” (¡del 7 de marzo del 2016!), la diferenciación entre los tiempos pretérito (habitualmente llamado pasado) y el copretérito es bastante sencilla, sobre todo si recurrimos a Andrés Bello, que ha pensado su clasificación para “uso de los americanos”, es decir, para los que hablamos la lengua española en América. Me preguntan mucho los estudiantes por qué veo tanta diferencia, en lo que escriben, entre las formas pensé y pensaba, por ejemplo, y cómo pueden identificar rápidamente la diferencia. Me da gusto que me pregunten porque la sola pregunta es ya evidencia del aguijón que les ha clavado el estudio de la lengua, además de que, como descubren poco antes o poco después, es un asunto fascinante.

         Echémosle una mirada a esta lista de oraciones:

 

Yo caminé ayer con mi mamá

Yo caminaba ayer con mi mamá

 

Mis amigos me regalaron libros

Mis amigos me regalaban libros

 

Comieron sin recordar su hambre

Comían sin recordar su hambre

 

¿Te quedaste sola en tu casa?

¿Te quedabas sola en tu casa?

 

Regresamos temprano a Maracaibo

Regresábamos temprano a Maracaibo

 

         Está más bien claro que en la primera oración de cada par el hablante se refiere a una sola oportunidad en que se realizaron las acciones, ¿no es cierto?; señala un punto preciso en la llamada “línea del tiempo”.

         En el primer caso, por ejemplo, ¿verdad que uno piensa: “Sí, claro, esta persona caminó ayer con su mamá, no anteayer ni la semana pasada”? Sabemos que eso pasó en el pasado, no en el presente ni en el futuro, y que pasó una sola vez. Por esta razón esta forma del pretérito, para la Academia, se llama perfecta y, además, simple: porque ha concluido y no ocurre más. Para Andrés Bello, eso es simplemente pretérito, es decir, pasado.

         En la segunda oración de todos los grupos no sucede exactamente eso. Es parecido, pero no es igual. En la segunda oración, se sabe con certeza que el acto de caminar (y los otros ejemplos) ocurre en diversas oportunidades durante un período impreciso del pasado. No se puede (ni siquiera el que habla lo sabe... ¡ni los que caminaban!) determinar qué día ni a qué hora comenzaron con la costumbre de caminar juntos ni cuándo la abandonaron. Ni siquiera se sabe si la han detenido en el presente. En suma, se trata de un período, no de un momento, en el que sucedía repetidamente lo que dice la oración. Es pasado también, pero la repetición que está implícita lleva a Bello a llamar esta forma copretérito. Es como que dibujáramos una “línea del tiempo” y pusiéramos un punto en ella por cada caminata, una al lado de la otra. Por eso aparece el prefijo co- en copretérito.

         Como ejercicio para mis alumnos, los invito a examinar el resto de oraciones y tratar de ver si sucede también en ellas lo he dicho sobre el primer par.

 

Equivalencias entre Bello y la Academia (Fernández López, 2018)

 

         En la tabla de Justo Fernández López que les pongo aquí, aparecen las tres formas de llamar los tiempos verbales en español. Mi opinión es que no hay mejor conjunto que el ideado por Bello. Es la más sencilla y la más clara. Creo que las otras también ofrecen detalles que permiten comprender la naturaleza de los tiempos, pero no superan la de Bello. Su libro sobre el castellano de América es, además de supremamente informativo, muy claro, en contra de lo que su prestigio sugiere.

         Además de esto, uno siempre puede preguntarse (porque es cuestión de preguntarse): ¿cuándo hice tal o cual cosa?, ¿fue una sola vez o fueron muchas?, y, si fue más de una, ¿sigue repitiéndose o ya he dejado de hacerlo? Quizá las respuestas a estas preguntas y las lecturas que hagamos nos darán la ansiada claridad.

         En este instante me doy cuenta (presente, el momento en que lo digo) de que escribí aquel artículo (lo hice una vez y no lo he vuelto a escribir) el 7 de marzo del 2016. En aquellos días, siempre escribía (¿ven?, una época) los jueves, ahora lo hago los domingos.

         Muy bien... como he terminado mis respuestas a todos los que me han preguntado sobre este asunto, hasta luego.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXI / 6 de marzo del 2023




Otros artículos de Edgardo Malaver

sábado, 25 de febrero de 2023

Ritos de Ilusión [CDX]

Edgardo Malaver

 

 

 

Plaza Cubierta (1960). Foto: P. Gasparini

 

 

         Hoy sí vamos a cambiarle el nombre a nuestra publicación y, únicamente por estas 24 horas en que está cumpliendo diez años, la vamos a llamar Ritos de Ilusión. Durante ese tiempo, Ritos ha sido eso, una ilusión que, aunque llegue a todos de manera virtual, entre todos hemos convertido en materia concreta; porque no por haber adoptado, pocos meses después de nacer, la forma de blog, deja de ser una realidad tangible y notoria, por lo menos para nosotros.

         Para no atormentarlos con la habitual montaña de números que se dan en estos casos, diré apenas tres cifras. Desde que comenzamos en este camino, en el 2013, hemos recibido 188.306 visitas, 1.116 de ellas en estos últimos 30 días. El día en que hemos sido más populares ha sido el Día del Traductor (30 de septiembre) del 2019, cuando nos leyeron 6.396 personas. Son cifras modestísimas, pero nos ilusionamos pensando que son altas cuando tomamos en cuenta que no mostramos gente en ropa interior.

         Más interesantes, en realidad, son las cifras de los artículos que hemos publicado. Los tres más leídos hasta ahora han sido el agudo “Corte y cohorte” (número 70), de Ariadna Voulgaris, que ha sido “visto” 9.631 veces desde que apareció el 17 de agosto del 2015. En segundo lugar está el jocoso “El yensi” (número 199), de Luis Roberts, con 2.641 visitas desde el 19 de marzo del 2018, mientras que en el tercero está el pícaro “¿Qué es este merequetengue?” (número 9), de Sara Cecilia Pacheco, con 1.431 visitas desde el 26 de mayo del 2014.

         En los últimos 12 meses, nuestros lectores se han acercado 904 veces a “Nombre y apellido del Niño Jesús en castellano” (número 336), escrito por Edgardo Malaver el día de Navidad del 2020; han hecho clic 630 veces en “Corte y cohorte” y 581 en “¡Abajo cadenas!, gritaba el señor” (número 8), de Isabel Matos, publicado el 19 de mayo del 2014.

         ¿Cuáles son los favoritos de ustedes? A mí me han gustado mucho, muchísimo, unos cien de los 410 que hemos publicado hasta ahora. Y ya que me ponen un cuchillo en la garganta para que sea más preciso y para seguir agrupándolo todo de tres en tres, mi memoria me lanza, sin ningún orden relevante, “Titivillus” (número 145), de Luis Roberts, del 27 de marzo del 2017; “Buscando como palito e romero” (número 54), de Aurelena Ruiz, del 27 de abril del 2015, y “La lengua es una vaina seria” (numero 18), de Laura Jaramillo, del 18 de agosto del 2014. Hay más, pero son tantos y tan valiosos que, con la mayor franqueza, si tuviera que escoger uno por cada autor que nos han permitido adornar nuestras páginas con sus nombres, tendría que escribir 27 artículos... a menos que, injustamente, como he hecho hoy, no mencione más que los títulos y los nombres.

         Esta mañana, cuando conversaba sobre el aniversario con el grupo de WhatsApp de Luisa Teresa Arenas, la madrina de Ritos y su principal promotora, uno de sus antiguos colaboradores, Randold Millán, tuvo la idea de que celebráramos la fecha convocando una reunión virtual en que cada uno hablara de su artículo favorito de Ritos de Ilusión. A mí me enamoró la idea... me ilusionó, quise decir. De modo que les anunció que pronto habrá una celebración con ese propósito.

         Será un gusto incalculable ese día hablar de los textos escritos por los casi 30 estudiantes, profesores y amigos, de dentro y fuera de la Escuela de Idiomas y de la Universidad Central de Venezuela, que con los años se han sumado a esta ilusión para hacer verdad palpable nuestro amor por las palabras, por sus sonidos y por la fuerza que dan a nuestros actos y a nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDX / 25 de febrero del 2023

EDICIÓN DEL DÉCIMO ANIVERSARIO




lunes, 20 de febrero de 2023

Formas de comenzar un cuento [CDIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Cada vida es un cuento que comienza y termina.
Macario (1960), de Roberto Gavaldón

 

 

         Van a encontrar de todo, como en la viña del Señor. Formas de comenzar un cuento hay más de las que hubiera podido pensar Sherezade, que tuvo que volver a comenzar mil veces. Y todo aquel que ha escrito ars poeticas para jóvenes y más jóvenes escritores, ha reflexionado sobre la importancia de las primeras (y las últimas) palabras de un cuento. Que hay que comenzar ex abrupto, “como si ya el lector conociera parte de la historia que le vamos a narrar”, dice Quiroga; que es en “la primera frase donde está el hechizo de un buen cuento”, dice Bosch; que hay que “sangrar en esas primeras líneas”, dice Campbell.

         La propia Sherezade, en realidad, tiene el recurso de entrelazar el final de un cuento con el comienzo del siguiente, a instancia de su hermana o del rey mismo —lo cual valdría la pena ensayar—. A mitad de la noche 290, por ejemplo, al terminar la historia del poeta Abu-Nowas, Shariar le insiste en que le cuente aventuras de viajes. Ella entonces, narra (según la traducción de Blasco Ibáñez) la conocidísima historia de Simbad el Marino:

 

He llegado a saber que, en tiempo del califa Harún Al-Raschid, vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Sindbad el Cargador. Era de condición pobre, y para ganarse la vida acostumbraba transportar bultos en su cabeza. Un día entre los días hubo de llevar cierta carga muy pesada; y aquel día precisamente sentíase un calor tan excesivo que sudaba el cargador, abrumado por el peso que llevaba encima.

 

Adornan este comienzo la sencillez del cuento oral y, al mismo tiempo, el lirismo de la antigüedad árabe. Alguna virtud había de traer esta arabesca forma de iniciar un relato cuando, siglos más tarde, Borges abre su también muy celebrado cuento “Los dos reyes y los dos laberintos” de esta manera:

 

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían.

 

         El siglo XX nos dio muchas formas que antes no se habían intentado —digo esto con el temor de que salte Cervantes a abofetearme con un ejemplo, o varios, de esos suyos que valen por ciento cuarenta del futuro—. La frase corta se instaló en la primera página de muchos cuentistas, siguiendo el ejemplo de algunos maestros. Miren nada más lo que hace el inigualable Quiroga en “El almohadón de plumas”:

 

Su luna de miel fue un largo escalofrío.

 

Es suficiente. Si usted no se queda colgado de esta introducción y no busca a tientas un sillón para beberse las restantes 1.200 palabras, es porque no tiene corazón.

         Sin embargo, más poético y más sintético es Tolstói en “Tres muertes”, que comienza así:

 

Era otoño.

 

Quizá sea el misterio que se intuye detrás del solo nombre del otoño, el cambio que está a punto de suceder, lo que cae y lo que queda en pie, lo que nos amarra a la página y seguimos leyendo.

         Hay cuentistas que nos asoman algún componente más del misterio en esa primera frase, pero igualmente quedamos intrigados y curiosos. Israel Centeno nos da un ejemplo en “Le bain”:

 

Muerta de miedo tal vez, despertó repitiendo esa frase.

 

¿Cuál frase? Es lo que desde ese instante deseamos averiguar. ¿Nos la dirá el narrador? Pero sin leer la segunda frase, queremos saber: ¿por qué está muerta de miedo?, ¿por qué “tal vez”?, ¿quién está en semejante situación?

         Otros, aunque igualmente nos ponen las esposas hasta que terminamos de leer, casi cuentan toda la historia en la primera oración. Miren ustedes cómo Walsh casi no deja detalle sin aclarar en “Cuentos para tahúres”:

 

Salió no más el 10 —un 4 y un 6— cuando ya nadie lo creía.

 

A pesar de proceder con lo que Cortázar llamaba “economía de medios”, vemos de una vez un jugador de dados, un casino (o una cantina mexicana de mala muerte), una mala racha y una desesperanza. Los hay que detienen la lectura en este punto porque no creen que haya nada más adentro —gente de poca fe.

         A veces no alcanza la fe, ni el misterio, para imaginárselo todo. García Márquez lo asusta a uno con lo que podría ser un inicio de cuento sobre alguien que cría canarios... pero ¿y si es otra cosa? ¿Y si alguien quiere encerrar a un loco? Bien podría ser hasta don Quijote. Así comienza “La prodigiosa tarde de Baltazar”:

 

La jaula estaba terminada.

 

         Sucede también con Mansfield. Nos pone en una atmósfera agradable, de la que despertamos cuando comenzamos a hacernos preguntas. Su cuento “Fiesta en el jardín” comienza de este modo:

 

Y, después de todo, el tiempo era ideal.

 

¡Y comienza con y! O sea, hay una parte del cuento que ya contó pero que no escuchamos. Quiroguiana y neozelandesa a la vez la chica, se ha propuesto hacernos disfrutar de la fiesta antes de que descubramos que ya no importa.

         A ver qué imaginan ustedes al leer, al principio de un cuento titulado “Coincidencias”, una imagen como esta:

 

Sentados en la piedra miraban los círculos de agua.

 

Yo me imaginé a dos criaturas aladas, de la especie de Campanilla, la de Peter Pan, que meten los pies en el agua mientras esperan que Ana Teresa Torres los llame a la aventura. Y entonces, ágiles y ligeros, salen volando.

         Falta tiempo y espacio para comentar otros ejemplos, la colección es enorme, apenas comparable a aquel campo de velas al que llega Macario, el protagonista de aquella misteriosa película, huyendo de una muerte terrible. Cada pequeña llama que observa, de todas las épocas, de todos los rincones del mundo, podría representar un cuento que inicia con palabras atractivas y nebulosas.

         No veo estos ingeniosos inicios como estrategias enganchadoras, que sería lícito que lo fueran. Las veo como frutos de la sensibilidad del espíritu que crea y que se desnuda poco a poco ante otro espíritu que aguarda anhelante. Ya que el primerísimo contacto con aquellos que esperan esas historias ha de influir en toda la interacción que llamamos lectura, ese espíritu cifra y dicta a la mano que escribe la clave que abre la comunicación y revela la intimidad y la fidelidad que existe entre el narrador y el lector.

         Acaso esa especie de romance latente pueda encontrarse, iluminado por la sencillez de la frase, en cuentos como “Caballero de Bizancio”, de Laura Antillano, que comienza diciendo:

 

Yo abro la puerta y está usted.

 

Quién sabe si ese abrir de puerta termine siendo un hábito de los personajes, es decir, que, como dice Piglia, el narrador nos distrae con una historia para escondernos otra, la que importa, pero mientras conjeturamos sobre esa puerta, sobre el yo y el usted, sobre por qué no es un tú, sobre quién está dentro y quién afuera, sobre quiénes son, ya los espíritus de quien cuenta y quien escucha se reconocieron, se enamoraron y se lanzaron a vivir.

         Saramago también recurre a esta “clave” al principio de esa rareza que es, según él mismo, su único cuento infantil: “La flor más grande del mundo” (recito de memoria):

 

Nada más comenzar la primera página, aparece un niño en el fondo del bosque.

 

         Pero no sé si he encontrado manera más tierna y graciosamente misteriosa de comenzar un cuento para niños que aquella con que Carlo Collodi comienza Pinocho, su obra más grande (leo la traducción de Ana María Del Ré):

 

Había una vez...

—¡Un rey! —dirán enseguida mis pequeños lectores.

No, muchachos, se han equivocado. Había una vez un trozo de madera.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDIX / 20 de febrero del 2023

 

 

 

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