lunes, 25 de abril de 2016

Un inca y una caraqueña [CV]

Edgardo Malaver Lárez


La actriz Maribel Alarcón personifica a Isabel Chimpu Ocllo en La princesa inca,
de Lola Artancho (Foto: J. Soriano)



         Los que hemos estado trabajando durante este mes de abril para sumarnos honrosamente al Día Mundial del Libro y del Idioma quizá estemos siendo injustos con el Inca Garcilaso de la Vega y con otros escritores, aun autores importantes para nosotros mismos. Dedicar el día de hoy, 23, a Miguel de Cervantes y a William Shakespeare, que murieron en esta fecha pero en 1616, puede ser un homenaje justo —puede serlo y ciertamente lo es— para dos personalidades literarias de las cuales puede afirmarse sin temor a exagerar que quizá no tengan nunca comparación en sus lenguas ni en las otras. Sin embargo, a poco de ponerse uno a examinar quién más ha estado relacionado con esta efemérides, descubre nombres que nos sorprenden y nos emocionan.
         En primer lugar, la propia Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), que en 1995 escogió el 23 de abril para conmemorar la muerte del Manco de Lepanto y del Bardo de Stratford, no ignora nunca al Inca. Es el único americano del grupo y es el que nosotros no nombramos.
         El Inca Garcilaso nació en 1539, también en abril, ocho años antes que Cervantes y 25 antes que Shakespeare, de la unión de un conquistador español y una princesa inca, Sebastián de la Vega e Isabel Chimpu Ocllo. Recibió, a pesar de ser hijo ilegítimo, una educación de primera junto a los hijos bastardos de Francisco Pizarro (1478-1541), de quien era cercano colaborador De la Vega padre. En 1560, llegó a España y se hizo militar, pero su condición de mestizo representó siempre un obstáculo. Luego respiró la atmósfera humanística europea y terminó traduciendo del italiano la obra Diálogos de amor, de León Hebreo (1464-1523). Como historiador, escribió dos obras importantes: Historia de la Florida y jornada que a ella hizo el gobernador Hernando de Soto, publicada en Portugal en 1605, y Comentarios reales, cuya primera parte apareció también en Portugal en 1609 y la segunda un año después de su muerte. Ambas combinan historia y autobiografía, datos reales y defensa de su linaje incaico, geografía y literatura.
         Un punto harto atractivo de su obra es su visión de las lenguas habladas en ambos imperios. Dice, por ejemplo, en los Comentarios —o al menos comenta que así lo hace el Padre Blas Valera (1545-97)— que siendo la lengua castellana tan compleja, sería más inteligente que los españoles aprendieran la indígena en lugar de obligar a los indios a aprender el castellano. “Y, por el contrario”, agrega, no sin su pizca de ironía, “si los españoles, que son de ingenio muy agudo y muy sabios en ciencia, no pueden, como ellos dicen, aprender la lengua general del Cuzco, ¿cómo se podrá hacer que los indios, no cultivados ni enseñados en letra, aprendan la lengua castellana?”.
         Sin embargo, hay que añadirlo también, revela que los antiguos reyes incas hacían algo muy parecido: una vez conquistado un territorio, mandaban a sus nuevos vasallos aprender la lengua del emperador y enseñársela a sus hijos, lo cual aseguraba la paz. No cabe duda de que no ha sido la española la única lengua que ha acompañado al imperio dondequiera que se ha implantado.
         Garcilaso el Inca, entonces, murió, como Cervantes y Shakespeare, el 23 de abril; pero hay, además de los tres, autores que, por el mismo golpe de dados de la historia, tienen esta fecha en su biografía y tendríamos que homenajearlos también —leer sus obras, aprender de sus aciertos y errores, rezar por ellos—. Habría que acordarse, por ejemplo, del británico William Wordsworth, que vino al mundo en 1850, del francés George Steiner, que lo hizo en 1929, y, aunque nos sorprenda tenerla tan cerca y no percatarnos, de una mujer que murió en 1936 pero que desde entonces vive y vivirá siempre en ese latido inquieto que es la literatura venezolana: Teresa de la Parra.

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Año IV / Nº CV / 25 de abril del 2016

lunes, 18 de abril de 2016

Zimbabwe y Venezuela [CIV]

Edgardo Malaver Lárez


 
Marley (1945-81), autor de himnos


         Por lo que he leído recientemente, hay apenas tres países en el mundo cuyos himnos nacionales no tienen letra, todos en Europa: España, San Marino y Bosnia-Herzegovina. Hay otros países cuyos ciudadanos no logran cantar sus himnos sin dudar en alguna estrofa.
         Hace días leí que Bob Marley (1945-81) escribió en 1979 una canción titulada Zimbabwe para apoyar el bando marxista de las guerrillas que combatían en la Guerra de Rodesia. Poco después, cuando terminó la confrontación y Marley fue invitado a ofrecer un concierto en la capital, la canción terminó convirtiéndose en el “segundo himno nacional” de ese país, que por entonces fue rebautizado, justamente, Zimbabue.
         En Venezuela tenemos también un “segundo himno nacional”: Alma llanera, de Rafael Bolívar Coronado (1884-1924), con música de Pedro Elías Gutiérrez (1870-1954). La canción está contenida en una zarzuela que estrenó el autor en 1914 —la canta un personaje llamado Rita casi al final— y que el azar (o quizá, más que eso, su letra vigorosamente llanera) se encargó de meter en la memoria de los venezolanos del último siglo.
         Pero en Venezuela, todo tiene que ser sensacional e hiperbólico. La semana pasada, en el metro, un artista ambulante se paró en mitad del tren para cantarnos la hiperpopular canción Venezuela. Cien voces lo siguieron. Al terminar, nos dijo que había que poner atención a la “hermosa letra de este poema”, pues era admirable que los autores, los españoles Pablo Herrero y José Luis Armenteros, de lejos, habían sido capaces de captar y expresar la belleza de Venezuela. Más adelante dijo que ésta era considerada “nuestro tercer himno nacional”.
         Un país africano que adopta una canción escrita por un autor caribeño, un país sudamericano que adopta una canción escrita por autores europeos. Probablemente falte investigar un poco más, pero ya es suficiente para reflexionar. ¿Será este un ejemplo de ciega transculturización, de indomable globalización o de enriquecimiento cultural? Ojalá que sea, al menos, amistad internacional. Lo que sí parece cierto es que cada uno de los autores ha dado en el blanco con respecto a lo que hubieran podido esperar los sujetos de su versificación. Marley escribía para animar a una lucha armada que perseguía tomar el poder, mientras que Herrero y Armenteros pretendían describir poéticamente una tierra que consideraban favorecida por la naturaleza (aunque, según el cantante del metro, no la conocían, como no conocía el cantante jamaiquino lo que entonces era Rodesia). Y, sin embargo...
         El jamaiquino comienza y termina diciendo que todo hombre tiene derecho a decidir sobre su destino, razón por la cual “arm in arms, with arms, we’ll fight this little struggle”. ¡Se incluye en el pleito! Como se trataba de una guerra de tres bandos en la que cada uno combatía contra los otros dos, profetiza: “Soon we’ll find out who is the real revolutionary”. Les dice you’re right 16 veces, o sea, cada 22 palabras.
         Los españoles, igualmente, hablan de Venezuela como si fuera su pueblo, llevan “su luz y su aroma en la piel y el cuatro en el corazón”. Además, “entre sus playas quedó su niñez, tendida al viento y al sol”. Y, tal como lo pide Serrat en Mediterráneo, desean que el día en que mueran los entierren cerca del mar, pero en Venezuela. A diferencia de la canción de Marley, que menciona a Zimbabue 23 veces en 45 versos, la de Herrero y Armenteros nombran a Venezuela apenas en dos versos de 32.
         ¿Por qué los pueblos tienen “segundos himnos nacionales”? En Guatemala, Luna de Xelajú; en Colombia, La piragua de Guillermo Cubillos; en Italia, Va, pensiero. ¿Acaso será una cuestión de gusto del pueblo, más que de hechos históricos? Lo curioso en Zimbabue y Venezuela es que sus autores sean extranjeros, y lo curioso en Venezuela es que no nos conformemos con dos, sino que tenemos tres. ¿Será posible que un día tengamos cuatro?

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Año IV / Nº CIV / 18 de abril del 2016

lunes, 11 de abril de 2016

Celebrando el español [CIII]

Luisa Teresa Arenas Salas



Nacido en abril de 1539, el Inca Garcilaso de la Vega comparte
con Shakespeare y Cervantes haber muerto el 23 de abril de 1616


         Para aderezar con un poco de humor el Mes de los Idiomas, un evento dedicado a festejar las seis lenguas que se estudian en la Escuela de Idiomas Modernos y, en especial, la nuestra por celebrarse el Día Mundial del Español el 23 de abril, los invito a disfrutar del siguiente poema (¿quijotesco?) aparecido en una revista española, sin autor conocido. Este texto, “además de ser jocoso, encierra una asombrosa lógica que hace meditar hasta a los académicos” (Escandón, 1990: 13), y, como digo yo, a los no académicos también. Por ello, lo están leyendo en Ritos de Ilación para su goce y reflexión. El tema en él tratado aparecerá en más de una edición, pues, después de esta, se publicará una reflexión lingüística posterior.

EL IDIOMA CASTELLANO

Señores: un servidor,
Pedro Pérez Baticola,
cual la Academia Española,
“limpia, fija y da esplendor”.

Pero yo lo hago mejor,
y no son ganas de hablar,
pues les voy a demostrar
que es preciso meter mano
al idioma castellano,
donde hay mucho que arreglar.

¿Me quieren decir por qué,
en tamaño y en esencia
hay esa gran diferencia
entre un buque y un buqué?

¿Por el acento? Pues yo,
por esa insignificancia,
no concibo la distancia
del presidio al que presidió,
ni de tomas a Tomás,
ni de topo al que topó,
de un paleto a un paletó,
ni de colas a Colás.

Mas dejemos el acento,
que convierte, como ves,
las ingles en inglés,
y vamos con otro cuento.

¿A ustedes no los asombra
que diciendo rico y rica,
majo y maja, chico y chica,
no digamos hombre y hombra?

¿Y la frase tan oída
del marido y la mujer,
¿por qué no tiene que ser
el marido y la marida?

Por eso no encuentro mal
si algunos me dicen cuala,
como decimos Pascuala,
femenino de Pascual.

El sexo a hablar nos obliga
a cada cual como digo,
si es hombre: “Me voy contigo”;
si es mujer: “Me voy contiga”.

¿Por qué llamamos tortero
al que elabora una torta,
y al sastre que ternos corta
no le llamamos ternero?

Como tampoco imagino,
ni el diccionario me explica,
¿por qué al que gorras fabrica
no le llamamos gorrino?

¿Por qué las Josefas son
por Pepitas conocidas,
como si fuesen salidas
de las tripas de un melón?

¿Por qué el de Cuenca no es cuenco,
bodeque el que va de boda,
y el que los árboles poda
no le llamamos podenco?

Cometa está mal escrito
y por eso no me peta:
¿hay en el cielo cometa
que cometa algún delito?

Y no habrá quien no conciba
que llamarle firmamento
al cielo es un esperpento:
¿quién va a firmar allá arriba?

¿Es posible que persona
alguna acepte el criterio
de que llamen monasterio
donde no hay ninguna mona?

Si el que bebe es bebedor,
y el sitio es bebedero,
hay que llamar comedero;
a lo que hoy es comedor;
comedor será quien coma,
como es bebedor quien bebe,
y de esta manera debe
modificarse el idioma.

¿Y vuestra vista no mira,
lo mismo que miro yo,
que quien descerraje un tiro,
dispara, pero no tira?

Ese verbo y más de mil
en nuestro idioma son barro;
tira el que tira de un carro,
no el que dispara un fusil.

De largo sacan largueza,
en lugar de larguedad,
y de corto, cortedad,
en vez de sacar corteza.

De igual manera me quejo
al ver que un libro es un tomo;
será un tomo si lo tomo,
y si no lo tomo, un dejo.

Si se llama mirón
al que está mirando mucho,
cuando mucho ladra un chucho
hay que llamarle ladrón.

Porque la sílaba -on
indica aumento, y extraño
que a un ramo de gran tamaño
no se le llame Ramón.

Y, por la misma razón,
si por lo que estáis escuchando,
un gran rato estáis pasando,
estáis pasando un ratón.

¿Y no es tremenda gansada
en los teatros que sea
denominada platea
lo que no platea nada?

¿Puede darse, en general,
al pasar de masculino
a su nombre femenino
nada más irracional?

La hembra del cazo es caza;
la del velo es una vela;
la del pelo es una pela,
y la del plazo es una plaza;

la del correo, correa;
la del mus, musa; del can, cana;
del mes, mesa; del pan, pana
y del jaleo, jalea.

Y basta para quedar
convencido el más profano
que el idioma castellano
tiene mucho que arreglar.

Conque basta ya de historias;
si, para concluir, me dais
cuatro palmas, no temáis
que os llame palmatorias.

Escandón, Rafael (1990). Curiosidades del idioma. Caracas: Panapo.


         Espero que, una vez leído el poema, hayan captado el humorismo presente en él, entendido según la primera acepción que se lee en el DRAE como: “Modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas” (2006: 796). ¿Cuál es la realidad que presenta este poema? ¿Qué hechos enjuicia? ¿Cómo los comenta? ¿Dónde radica su comicidad? ¿Celebramos el idioma español burlándonos de él? ¿Ridiculizándolo? Todas estas interrogantes son para que cada lector las medite, nos las comente y compartamos sus reflexiones en un próximo número de Ritos de Ilación.

Continuará...


ue.eim.ucv@gmail.com



Año IV / Nº CIII / 11 de abril del 2016

lunes, 4 de abril de 2016

Cica y chicunguña [CII]

Edgardo Malaver Lárez


Li Po... ¿o Li Bai? Todo depende 
del alfabeto fonético internacional


         Me tiene conmovido la fidelidad con que algunas personas que entran en contacto con ellas y leen sus nombres en los medios de comunicación respetan la ortografía de los nombres de dos enfermedades que han hecho su debut en América Latina recientemente. Y me conmueve también con cuánto respeto los medios copian esos nuevos nombres, en apariencia, sin preguntarse si verdaderamente se escriben así. Además de las persistentes dolores en las coyunturas, ¿de la denominada chikungunya no llamará la atención ningún otro misterio, ni siquiera ortográfico? De la llamada zika, ¿no tendremos nada más que decir, aparte de que puede aguarle a uno la sangre si los síntomas se prolongan mucho en tiempo?
         Sí, hay un par de cosas que pueden decirse de estos dos nombres, de la forma en que nos han llegado escritos y de cómo y por qué podrían escribirse de otra forma.
         Por qué se escriben zika y chikungunya es más o menos sencillo de responder. Lo más probable es que estas palabras hayan llegado a nuestros medios de comunicación (que es por donde nos han llegado a los ciudadanos comunes) inicialmente transcritas mediante el alfabeto fonético internacional, el código que se utiliza para representar todos los sonidos posibles del habla humana. Una vez transcrito un término nuevo, es bastante sencillo saber cómo se pronuncia en su lengua original y, una vez que se pronuncia, con las posibilidades y limitaciones de cada lengua, se puede escribir como sería más lógico y natural escribirlas en cada lengua. Por esa razón escribimos en español Yeltzin, mientras los franceses escriben Eltsine; en español escribimos Jesús, mientras los italianos escriben Gesù; nosotros escribimos Li Po y los angloparlantes escriben Li Bai.
         Así, en español, zika y chikungunya parecen ser aún transformaciones iniciales a partir de sus transcripciones fonéticas, es decir, no lucen aún armoniosas con la ortografía típica de la lengua española. Para llegar a serlo, para estar escritas como se escribirían en español si hubieran nacido en español, faltaría, en el primer caso, que la sílaba zi- se transformara en ci-, como indica la tendencia natural, aunque no absoluta, del español al representar este sonido ante las vocales e e i, y que -ka se tornara -ca; y en el segundo caso, sería preciso que la sílaba -kun- se transformara -cun-, y que -nya se convirtiera en -ña, como sugiere la naturaleza del alfabeto fonético. Lo más natural en nuestro código, entonces, sería cica y chicunguña.
         Pasado un tiempo —aún falta bastante—, estas palabras terminará escribiéndose así, igual que ya no se escribe switch, goal ni baseball, ni se escribe tampoco pot pourri, aide de camp ni petit maître. La única diferencia está en que los idiomas de los que provienen, además de no ser tan lejanos en historia y geografía, utilizan el mismo alfabeto que el español. Su adaptación fonética, sin embargo, comenzó el día mismo de su llegada a nuestros oídos: unos hablantes dicen chincuguya; otros pronuncian chicuguya, etc., e incluso hay quienes dicen: Se me pegó la chica.
         Lo más conmovedor que tienen la cica y la chicunguña no es, naturalmente, el estrago que está haciendo en la salud de la población, sino el movimiento intestino que ya es posible sentir que se desarrolla en sus nombres para transformarse en palabras totalmente nuestras. Ya verán.


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Año IV / Nº CII / 4 de abril del 2016

lunes, 28 de marzo de 2016

Colombianadas [CI]

Adrianka Arvelo


Una vez resuelto el dilema de si fue primero el huevo
o la gallina, falta saber qué fue primero: paisa o paisano



         “No puedes estar dando boleta con ese teléfono en la calle”. Eso fue lo que le dije a mi hermana esta mañana antes de salir de la casa. Resulta que uso con bastante frecuencia formas verbales, estructuras, frases y refranes procedentes de Colombia. Esto para mí no es ni nunca ha sido un problema, pero parece que a mis amigos les causa cierto “picor” oírme decir cosas como dar boleta, tenaz, parce y tantas más.
         “No soy buena para esto, pero tocó hacerlo” es otra de las frases que uso con regularidad aunque, en realidad, más que la frase, lo que uso es esa estructura; es decir, ese uso del verbo tocar que en el español de Venezuela implica la primera acepción que se da en el diccionario de la RAE: “Ejercitar el sentido del tacto”, pero que en el español de Colombia se utiliza en la lejana acepción número 22: “Ser de la obligación o cargo de alguien”.
         La verdad es que, también, al decir cualquiera de estas expresiones colombianas, estas “colombianadas”, la reacción de quienes me escuchan pareciera ser, en algunos casos, como burlista y hasta de desprecio. Por ejemplo: “Uuuuiissshhh, se le salió el colombiano, ¡vea!”. Acto seguido viene la risa. Es decir, pareciera haber un pleno conocimiento sobre la procedencia de estas expresiones que da pie a la burla y el torrente de ejemplos en forma de chiste sobre el lugar y su gentilicio. Habría que preguntarse también cuánto de lo que decimos es meramente venezolano (véase Ritos X, de Aurelena Ruiz) y hasta qué punto hemos puesto en nuestro contexto frases o estructuras que provienen de países vecinos.
         Podría pensar en la palabra paisa. En Colombia un paisa es una persona proveniente de la ciudad de Medellín, es decir, de Antioquia. En Venezuela, por su parte, existe, si se quiere, una variante de ésta y es paisano. Para nosotros, un paisano es alguien relativo a nosotros, de nuestro mismo lugar; dice la RAE: “Dicho de una persona: que es del mismo país, provincia o lugar que otra”. Qué fue primero entre paisano y paisa quizá sea como si fue primero el huevo o la gallina. Tal vez sea una exageración, pero es que debido o gracias a la cercanía actual entre estos países y, más aún, al hecho de haber sido en algún momento ¡hace menos de 200 años!una misma república, podría haber sucedido que para la época de la Gran Colombia se utilizaran ambas palabras, o quizá ninguna sino otra parecida y de la cual se derivaron éstas.
         Lo raro en todo esto es que a pesar del desagrado, el “picor” (insisto en esta imagen) o, incluso, la sorpresa por parte de quienes me escuchan decirlo, no hay desconocimiento en los oyentes y logran, ciertamente, entender lo que les estoy diciendo. No sé si sea exactamente porque dejan pasar por alto esa estructura o esa información, que es complementaria, y  entienden el mensaje o si, dada la influencia (por decir lo menos) de las telenovelas colombianas en Venezuela, ya ha calado en nuestro vocabulario un gran número de estructuras sintácticas, gramaticales y hasta fonéticas del vecino país.
         Venga a ver cómo me le explico... Vea, mijo, ¿esto sí tendrá que ver con una cuestión de etimología?, ¿con la historia de las naciones?, ¿o es que acá, simplemente, así como hemos adoptado personas de todas partes también aceptamos tan tenazmente las formas verbales que traen consigo? ¿Cierto que sí me entendieron todo lo que les dije? ¿Sí ve que no es tan difícil, ni tan ajeno, y pues mucho menos sorpresivo ese lenguaje colombiano al que (aunque no lo creamos, parce) ya estamos acostumbrados?
         Tal vez al alejarnos de la mera forma y quitarles el acento propio a estas oraciones seamos capaces de ver que se puede, sin mayor problema, entender todo lo que se nos dice, sin necesidad de poner una barrera imaginaria a cualquier venezolano que usa expresiones propias de Colombia o de cualquier otro país. Queda abierta, entonces, la posibilidad y ¿necesidad? de ponerse a escudriñar los orígenes de ciertas expresiones.


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Año IV / Nº CI / 28 de marzo del 2016

lunes, 21 de marzo de 2016

Ilación (II) [C]

Edgardo Malaver Lárez


Aristóteles no sólo creó el término silogismo, también
estructuró 
el primer sistema lógico que se conoce



Y se estuvieron mirando
por el cristal de las lágrimas.
Y el amor, entre sus ojos,
hilaba.

“La hilandera”, Andrés Eloy Blanco


         En febrero del 2013, publicamos como primer número de Ritos simplemente la definición de la palabra ilación del diccionario de la Academia: “Trabazón razonable y ordenada de las partes de un discurso”, dice en segunda acepción. Para el que sabe mucho de eso, muy bien, pero a uno lo desorienta esa palabra trabazón, ¿no es cierto? ¿Qué es lo que se traba?
         Vamos a buscarla también en el diccionario. Primero dice: “Juntura o enlace de dos o más cosas que se unen entre sí”. Aunque digamos que no, esta imagen no dista mucho de la enredadera organizada de hilos que produce una tejedora. Dos acepciones más tarde, dice: “Conexión de una cosa con otra o dependencia que entre sí tienen”. Pues ya no parece tan difícil de comprender.
         Sin embargo, es la tercera acepción de ilación (pero también, bastante, la primera) la que pone por fin las cosas en terreno más bien indiscutible. Las circunscribe a la filosofía, pero es sencillo relacionarlas con la lógica. ¿A usted no le suena “Enlace o nexo del consiguiente con sus premisas” a lo que Aristóteles llamaría silogismo? Si un silogismo es un razonamiento en el cual se llega a una conclusión a partir de dos afirmaciones (premisas), entonces la ilación ha de tener con él alguna relación, cuando menos alguna semejanza, algún hilito que los mediovincule.
         Ciertamente, un texto entero (una enciclopedia o un artículo de El Nacional) o incluso un solo párrafo (como los de Víctor Hugo o como los de Ednodio Quintero), aunque no tenga pretensiones extraordinarias, deberían exhibir esos elementos, esos mecanismos de pensamiento, por medio de los cuales el lector u oyente llega con el autor a las mismas deducciones, a las mismas convicciones, a las mismas conclusiones, más allá de que no esté de acuerdo con él. Es a partir de este “diseño”, y gracias a él, que el texto puede producir ideas nuevas.
         Si las partes de una cosa se traban, si se enredan, si cooperan unas con otras, el conjunto va a ser un todo cohesionado y firme. De repente, se me conecta todo con la idea de cohesión, esa propiedad de todos los textos (sin la cual, según los teóricos, no deberíamos llamarlos así) que, internamente, muestran relaciones entre sus partes: la concordancia, las referencias anafóricas y catafóricas, elipsis, etc., hilos que van amarrando unos elementos a otros, unas ideas a las demás, para hacer un solo ovillo sin cabos sueltos.
         En resumen, todo texto, a riesgo de dejar de serlo, tiene que tener cohesión, es decir, tiene que ser una especie de silogismo dentro de sí... tener ilación.


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Año IV / N° C / 21 de marzo del 2016

lunes, 14 de marzo de 2016

Trivia [XCIX]

Edgardo Malaver


Ilustración de las siete artes liberales
de Herrad von
Landsberg (siglo XII)



         Lo más atractivo de los juegos de trivialidades eran las preguntas sobre ciencias. Era fascinante poder responder (e incluso no poder responder), por ejemplo: “¿Por qué los rayos X se llama rayos X?”; “¿Quién fue la primera persona ganó el Premio Nóbel en diferentes ciencias?”; “¿Quién inventó el cero?”. Y entre más humanista es uno, más se sorprenden los competidores, porque creen que a uno sólo le interesan la literatura, la historia, el cine y la música.
         Aunque lo sabio es que ciencias y humanidades convivan en paz y se enriquezcan las unas a las otras, los juegos de trivialidades parecen confundir la gimnasia con la magnesia. Afortunadamente, las confunden en el buen sentido, porque si todo lo que se pregunta en el juego es trivial, lo es en ambas orillas del río. Es decir, en ambos se detiene en lo que importa menos, en lo que impresiona a primera vista pero que en realidad no es ciencia ni es arte. Como dice el diccionario, son datos que “carecen de toda importancia y novedad”.
         El detalle, sin embargo, no hay que buscarlo en el juego sino en la Edad Media. En las universidades de entonces, las materias que estudiaban los que estudiaban se dividían en dos grupos: por un lado, las artes de la elocuencia y, por el otro, las artes matemáticas. El primer grupo, formado por la gramática, la dialéctica y la retórica, era llamado trivium (tres vías, tres senderos, tres calles), mientras que el segundo, compuesto por la aritmética, la música, la geometría y la astronomía, era llamado quadrivium (cuatro caminos, cuatro avenidas, cuatro sendas, cuatro rutas). Juntas, eran las artes liberales, es decir, de los hombres libres, porque se diferenciaban de los viles oficios de los esclavos. Queda claro que, con el paso del tiempo, el trivio se convirtió en las disciplinas humanísticas y el cuadrivio ahora abarca las científicas. Lo que nos falta comprender en el presente es que en la Edad Media la educación universitaria no se completaba mientras el estudiante no se zambullera en aquellas siete ramas del conocimiento.
         Lo triste es que en algún momento de la historia comenzó a pensarse que las disciplinas reunidas en el trivium eran superficiales y poco importantes con respecto a las otras y desde entonces las humanidades son menospreciadas, subestimadas e incluso ignoradas en la imaginación de la población en general. Lo trivial, inicialmente tan profundo y tan amplio, se asimiló a lo superfluo e insignificante. Y una señal clara de esto es que no existe un adjetivo proveniente de quadrivium que signifique nada como ‘cargado de mucha importancia y novedad’. Se sobreentiende que lo que tiene esos rasgos son las “ciencias serias”... que lo son, ciertamente, pero no más que las humanistas. Y como probablemente diría C.P. Snow si viviera aún, preferir uno de estos universos, sin mirar de reojo siquiera hacia el otro, es, meramente, ignorancia.
         Para decirlo en menos palabras, ¿qué tienen de trivial, en la actualidad, la historia, la lingüística, la antropología? ¿Son superficiales los estudios literarios, los filosóficos, los artísticos? Aceptar que lo son equivaldría a aceptar que el hombre es sólo carne y hueso, que no hay nada más que sangre y hormonas dentro de él.
         Por cierto, ¿qué filósofo ganó competencias de atletismo en las Olimpíadas?


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Año IV / XCIX / 14 de marzo del 2016

lunes, 7 de marzo de 2016

Antepretérito, antepresente, antefuturo [XCVIII]

Edgardo Malaver



La imagen de Andrés Bello en el billete de 50 bolívares
fue sustituida por la de Simón Rodríguez en el siglo XXI


Profe, su trabajo no es complicarme la vida.
Una estudiante de Lengua Española I (2016) 

         A todo el mundo le confunden los tiempos verbales. Todos los usamos con bastante acierto, con mucha destreza, con más facilidad de lo que pareciera indicar la poca atención que les ponemos en la escuela, pero apenas llega un profesor y menciona un tiempo, a todos se nos borra todo lo que sabemos y lo que estamos por saber.
         ¿No deberían los gramáticos —me han preguntado cientos de personas dentro y fuera de la universidad— reunirse y ponerse de acuerdo para simplificar eso, para que la gente no se confunda tanto? Siempre me parece gracioso, en primer lugar porque simplificar el sistema verbal requeriría que la lengua se simplificara, lo cual requeriría que los mismos que preguntan hablaran de manera más simple; y en segundo lugar, porque eso ya existe y lo hemos tenido en casa toda la vida.
         El sistema de nomenclatura verbal ideado por Andrés Bello (1781-1865) tiene la inmejorable virtud de dar a cada tiempo un solo nombre, que se construye a partir de las solas nociones de pretérito, de presente y de futuro y su combinación únicamente con los prefijos ante-, co- y post-. No parece posible una mayor sencillez. Todo el sistema funciona basado en que las acciones suceden en un tiempo anterior, simultáneo o posterior al momento de la emisión del habla y en que el anterior y el posterior (el pretérito y el futuro) pueden ser, a su vez, anteriores, simultáneos o posteriores a otra acción. El nombre que aparece de esas combinaciones es tan significativo y a la vez tan fácil de interpretar, que por sí solo insinúa, o más bien sugiere, o más bien señala directamente en qué punto de la llamada “línea del tiempo” se ubica el tiempo verbal con respecto al presente del hablante y a otras acciones.
         En este instante, en presente, puedo decir: “Hoy escribo esta oración”. Puedo decir también: “Ayer en la mañana escribí una oración”. Pretérito. Y puedo decir: “Mañana en la tarde escribiré otra oración”. Futuro. Una vez establecidos estos puntos en la línea, puede hablarse también de tiempos anteriores al presente: “Hoy he escrito esta oración” (antepresente); al pretérito: “Ayer en la mañana, cuando hube escrito una oración...” (antepretérito), y al futuro: “Mañana en la tarde habré escrito otra oración” (antefuturo).
         Para decirlo en pocas palabras, antepresente significa lo que está justamente antes del presente, lo que ha ocurrido hace poco tiempo (lo más frecuente en España): “El viernes he conocido a tu hermano”. Pasa lo mismo con el antepretérito y el antefuturo, es cuestión de poner el verbo haber en pretérito y en futuro, respectivamente. También indica lo que ha sucedido antes al menos una vez pero puede volver a suceder en el presente o en el futuro, que es el uso más frecuente en Venezuela. Uno dice: “Esta semana he ido al Jardín Botánico tres veces” cuando aún no se ha acabado la semana, porque siempre es posible que vuelva a ir; pero se siente de todas maneras que esa repetición de acciones forma parte de un tiempo aún cercano, que no ha concluido.
         De modo que si a usted le resulta difícil, compleja, incomprensible la nomenclatura verbal de la Academia (que, además, fijó una en 1931 y otra en 1973): pretérito perfecto compuesto, potencial compuesto o perfecto, futuro perfecto, etc., quizá convenga echarle un vistazo a la clarísima clasificación de Bello, que, por si fuera poco, ha sido pensada para los hablantes de América.


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Año IV / N° XCVIII / 7 de marzo del 2016