lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Y si ahora las gallinas colocaran los huevos? [XXXII]

Sara Cecilia Pacheco



            Nunca falta entre los hablantes aquel que quiera jactarse de hablar mejor que los otros. Sienten, supongo, un placer elevado de manejar un léxico aparentemente superior al de los demás. Supongo también que son benevolentes al querer cambiar a los demás (pequeños hablantes inferiores) y decir que las cosas se dicen como ellos las dicen y punto.
            Y en su afán por cambiar el mundo (al menos el de la lengua), predican cambios a veces irritantes, a veces risibles. Tal es el caso del pobre verbo poner, recién dejado en vergüenza. Resulta que el gran error de la vida de este verbo, que desde siempre ha sido uno de los predilectos de los hablantes (me imagino que por su tamaño), fue caer en el campo semántico de la cría, y de paso con las gallinas. Esos animalejos inquietos que te pueden mirar mal como a la sal, se han dedicado desde siempre (o al menos desde que la primera gallina lo hizo, si es que fue primero la gallina y no su hijo) a PONER huevos. Y ese fue el error del verbo en cuestión.
            Ahora los seres humanos, seres superiores, claro está, no pueden rebajarse a poner. Y así cada vez hay más gente que te corrige si dices: “Mira, te puse las copias en el escritorio”, y te diga: “Las que ponen son las gallinas”. Y de ahí empiezan unos y otros a autocorregirse y a dejar de decir poner y en su lugar dicen colocar que, es cierto, en determinados contextos pueden ser sinónimos pero en muchos no. Ya he oído estudiantes universitarios decirme: “Es que me coloqué a estudiar fue en la noche... Y hubo una vez que un niño que me dijo: “Me coloqué bravo…”. Un día una reportera de Televén concluyó su nota diciendo: “...y piden a las autoridades que se coloquen en los zapatos del otro”. Y la gota que derramó el vaso es un sacerdote que en misa dice: “Pueden colocarse de pie”.
            No solo colocar no es sinónimo de poner en estos casos sino que su uso transgrede locuciones verbales, y todo esto solo porque cuando hablamos del nacimiento de los pobres pollitos también usamos el verbo poner. ¿Cuál será el resentimiento en contra de las gallinas? ¿Y si ahora las gallinas colocaran los huevos? Entonces, ¿salvarían del infierno al pobre poner? Habría que contarles a estos a hablantes que poner no hizo nada malo para ser usado como acto de dar vida a los pollos sino que sufre de polisemia.
            Por otro lado me pregunto si estos hablantes superiores ya habrán cambiado tooodas las frases donde usamos el verbo poner. Me pregunto si ellos cantarán: “Yo lo que quiero es colocarte a ti... Yo lo que quiero es colocarte a ti...”; le dirán a una amiga: “Colócate bonita para la fiesta”, y les dirán a sus hijos: “¡Colócate las pilas!”.

sarace.pacheco@gmail.com





Año II / N° XXXII / 24 de noviembre del 2014

lunes, 17 de noviembre de 2014

Úslar Pietri, el erudito, ahora es un polímata [XXXI]

Edgardo Malaver Lárez

A los estudiantes de Lengua Española I del 2014
en la Escuela de Idiomas de la UCV,
que siempre me enseñan palabras.

          En un artículo que leíamos en Castellano III en la Escuela de Idiomas cuando yo era estudiante, “El tamaño del mundo” (El Nacional, 21 de septiembre de 1986, pág. A-4), que luego he utilizado en clase como profesor, Arturo Úslar Pietri deja clara la idea de que el mundo de cada quien es del tamaño de su vocabulario. Y pocos autores hay como Úslar Pietri para ensanchar, agrandar y ampliar el vocabulario de cualquier lector, por más breve que sea el texto suyo que uno está leyendo.
          Hace una semana les llevé a los estudiantes de Lengua Española I este texto para que hicieran su última evaluación del año y mientras hablábamos un poco de él, una de las muchachas me preguntó: “¿Cómo se llaman las personas que tienen muchas profesiones?”. Primero dije: “¿Sabelotodo?”, pero luego, más en serio, les expliqué lo que era un policamburista, que hace unos 20 años que no oigo ya en labios venezolanos; en menos de un minuto alguien había encontrado el término en Internet: polímata. Palabra nueva para mí. A la mitad del grupo le pareció increíble que no lo conociera.
          Busco, antes de escribir esto, la palabra polímata en el diccionario de la Real Academia y no la encuentro. Me ofrece polímita, que se refiere a los muchos colores que puede tener una tela. Sigo buscando ahora en Internet y, evitando a toda costa a Wikipedia, me tropiezo con un comentario de alguien que dice que es un neologismo que proviene del griego —todo un oxímoron, ¿no? — que significa ‘que conoce mucho’ o ‘que es capaz de aprender de muchos asuntos’, por lo cual comparte raíz con ‘matemática’. Lo busco en otros idiomas y descubro que en inglés Wordreference da polymath. Moliner no lo pone. Seco tampoco. Como no soy especialista en etimología y mucho menos en griego, me voy a contentar momentáneamente con este pequeño ensanchamiento de mi mundo de palabras.
          El quid del asunto lo veo, quizá, en la información, tampoco muy confiable, de que se trata de un neologismo. Y probablemente la señal más clara de que lo es sea que la Real Academia no lo ha incluido en su diccionario. Otro detalle que combina con el fenómeno es que a menudo nacen de alguna parte, como en todo ecosistema, por aquí y por allá, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, palabras nuevas que ha inventado gente que en algún momento ha sentido la necesidad de poner nombre a alguna idea que se le ha ocurrido. Por ejemplo, usted quiere hablar de una persona que al mismo tiempo ha sido escritor, político, periodista, diplomático, legislador, lingüista, historiador, poeta, orador, músico, abogado, profesor universitario, teólogo y traductor, todo al mismo tiempo (Cecilio Acosta, Fermín Toro, Udón Pérez, Rafael María Baralt, Andrés Bello, etc., todo el siglo XIX en pocas palabras) y no se le ocurre un hiperónimo que agrupe todos esos oficios, y se dice: “Caramba, nos falta una palabra, hay que crearla”. Y le sale... ¡polímata! ¿Y erudito? ¿Y polígrafo? ¿Y sabio? ¿Y humanista? ¿Y renacentista? ¿Y docto? ¿Y letrado?
          Por otro lado, ¿la raíz de polímata será la misma que la de autómata, la de galimatías, la de materia y la de matar? Presumo que no, pero me gustaría oír (o leer) lo que digan o consigan mis alumnos de Lengua Española I, ojalá que antes de que nos volvamos a ver en Lengua Española II.
          Si me tocara a mí hacerlo, le daría una cálida bienvenida a la palabra polímata. ¡La de palabras que al principio nos parecen extravagantes y luego se meten en nuestro mundo! Quién sabe si para mis nietos será una palabra tan común como son para mí ahora teléfono, canoa y camisa. Lo que no podemos admitirnos a nosotros mismos es actuar como la madre del patito feo: vivir feliz en su pequeñísimo mundo conocido y creer que más allá de la baranda de su jardín no había nada.


emalaver@gmail.com



Año II / N° XXXI / 17 de noviembre del 2014

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Cómo se apellida la avenida Solano? [XXX]

Edgardo Malaver Lárez



      Francisco Solano nació en la ciudad andaluza de Montilla el 10 de marzo de 1549. Pertenecía a la Orden de San Francisco de Asís, cuyo amor por la pobreza y la alegría lo atrajo poderosamente en su primera juventud. A los 40 años, solicitó ser enviado a predicar en África, pero fue enviado a América y, durante 20 años, recorrió el sur del continente predicando la palabra de Dios, mayormente a los indígenas. Un naufragio lo dejó en Lima el año siguiente y desde ahí, a pie y movido por el deseo de salvar almas para el Señor, viajó más de 3.000 kilómetros hasta Tucumán, Argentina, donde estaba destinado. Fray Francisco cumplió su misión entre el Chaco paraguayo y Santa Fe, entre Uruguay y Córdoba, entre el Río de la Plata y Bolivia. Algunos de sus biógrafos dicen que tocaba bien el violín y la guitarra y alegraba con ellos a todos los que lo rodeaban, siguiendo siempre el ejemplo del “pobre de Asís”. Pobre y santo, murió en su habitación en julio de 1610, en Lima; fue proclamado santo en 1726.
      Pero no es él a quien se homenajea con la existencia en Caracas de una avenida Solano.
      Carlos Antonio López nació en Asunción, Paraguay, el 4 de noviembre de 1792. Como san Francisco Solano, ingresó en el seminario muy joven, pero por consejo de su familia. Más tarde, prefirió estudiar derecho y, después, oponerse políticamente a su tío José Gaspar Rodríguez de Francia, que entre 1816 y 1840, año de su muerte, ostentó el título de dictador perpetuo del Paraguay. Después de los dos golpes de estado de 1841, López terminó siendo secretario del comandante general Mariano Roque Alonso (1792-1853), líder del levantamiento. En 1844, el Congreso tenía que elegir presidente y López se convirtió así en el primer presidente constitucional de la República de Paraguay al entrar en vigencia la nueva constitución que él había contribuido a redactar. Su primer período debía terminar, y terminó, en 1854, pero lo reeligieron para tres años más, a pesar del saldo autocrático de su primer gobierno, amparado por las muchas omisiones de su constitución. Al final de su segundo período, fue reelecto para 10 años más, pero la muerte lo alcanzó en 1862. Y entonces, gracias a su estratégica ubicación en el cargo de vicepresidente, su hijo de 35 años heredó el poder.
      Tampoco es este abogado López al que los caraqueños nombran al recorrer la avenida Solano.
      El joven hijo del difunto presidente, que recibía una nación en relativo progreso, en sus primeros años construyó hospitales, teatros, escuelas y oratorios, abrió vías férreas y otorgó becas a estudiantes. Inauguró su gobierno anunciando una política nacionalista y de hecho protagonizó varios conatos de invasión a sus vecinos más cercanos. En 1865, condujo al país a la Guerra de la Triple Alianza, contra Brasil, Uruguay y Argentina, en la cual perdió la vida durante la Batalla del Cerro Corá en marzo de 1870. En Francia, como embajador, se había enamorado de una irlandesa, que trajo a Paraguay en contra de la voluntad de su familia y que le dio siete de sus diez hijos. Había nacido, como su padre, en Asunción el 24 de julio de 1826 con un apellido que se encargó de legar a una tercera generación de políticos y soldados paraguayos. A causa de la devoción a aquel santo español que recorrió media América del Sur a pie, había sido bautizado con el nombre de Francisco Solano.
      Este mariscal López es el epónimo de la afamada avenida caraqueña.


emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXX / 10 de noviembre del 2014



Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 3 de noviembre de 2014

El calambur no es otro cambur más [XXIX]

Ramón Aparicio



         Así es, mi estimado lector. El calambur no es otro nombre pintoresco como «cuyaco», «guineo», «topocho» o «titiaro» con el cual podemos designar una variedad de fruta tropical muy apreciada en Venezuela. El calambur no contiene tres azúcares naturales ni goza de un alto contenido de potasio ni lo puede ingerir después de un maratón. La verdad es que el calambur ni siquiera es una sabrosa fruta sino un sabroso juego de palabras que consiste en modificar el significado de una palabra o frase agrupando de distinto modo sus sílabas:

«Útil es dejar dinero» o «Útiles de jardinero»

         El calambur más famoso de la historia de la lengua castellana se atribuye a Francisco de Quevedo, quien tuvo el tupé de llamar «coja» a la reina Isabel de Borbón en su cara sin que ésta se ofendiera, para ganar así una apuesta. Presentóse Quevedo ante la reina en la plaza pública con una flor en cada mano y luego de una cortés reverencia le dijo el siguiente calambur: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su Majestad escoja”.
         El calambur pertenece al grupo de las figuras morfológicas (aquellas que alteran la estructura interna de las palabras) y es un recurso muy utilizado en juegos de palabras y adivinanzas: «Con dados se ganan condados» (Góngora); «Si el rey no muere, el reino muere» (Alonso de Mendoza); Oro parece, plata no es. ¿Qué es?; Tu amoroso tocar, mi corazón delata o Tu amor osó tocar mi corazón de lata. Y no podía faltar el calambur más popular en Venezuela de un tiempo para acá: «Mi comandante... Sr. Juez…».

teiwazkan@hotmail.com



Año II / Nº XXIX / 3 de noviembre del 2014

lunes, 27 de octubre de 2014

El zoológico de la lengua [XXVIII]

Jaramillo Laura


         No es que ahora me metí a veterinaria. No. Resulta y acontece que un día enchinchorrá, me percaté de que tenemos una extraordinaria capacidad para emular ciertas características o actitudes de los animales, lo cual, no faltaba más, se refleja en nuestro hablar cotidiano.
         Muchas veces estamos hablando de alguien (chismeando, pues) y no encontramos esa palabra exacta que necesitamos para describirla (como el caso de vaina). Entonces, inmediatamente, en la mayoría de las veces, asociamos las características de un animal con ese alguien, es decir, metaforizamos el lenguaje.
         Por esta razón, a continuación les presento algunos animalillos que tienen actitudes semejantes a las humanas, o al revés:

Sapo: persona a la que le encanta croar (cantar) de más; contar los secretos de otras personas. Existe un libro que se titula El cartel de los sapos, escrito por un colombiano que estuvo asociado al narcotráfico de ese país.
Rata: persona maliciosa. También se le puede decir ratón, ratica o ratuno, todo depende de la intensidad de la malicia.
Conejo: puede significar dos cosas. Generalmente, hace referencia a una persona inocente, también se le puede decir blanca paloma, pero en los bajos fondos, se le dice conejo a la persona que compra o consume droga.
Cuaima piña: persona lista, ágil, peligrosa. Es un adjetivo común para describir a las mujeres. En Colombia, el equivalente es tatacoa, una serpiente del desierto que lleva el mismo nombre, la tatacoa. Hasta las telenovelas se les conoce como teleculebrones, por tener la capacidad de enrollar la historia.
Urraca: persona que habla hasta por los codos. Incluso, para ser más enfático en el adjetivo dirigido a la persona, es común usar el pleonasmo urraca parlanchina.
Cacatúa: persona que intenta como que esconder la pila de años que lleva encima, por medio de maquillajes recargados y ropaje extravagante.
(En estas dos últimas especies, estoy segura de que todos, al igual que yo, tienen una vecina híbrida, o sea, cacaturraca.)
Buitre: persona a la que le encanta regocijarse en las desgracias de otros (no en vano se habla de fondos buitres). También puede ser una persona capaz de aprovechar las oportunidades que se le presentan (como el antiguo manager de los Navegantes del Magallanes, Phil Regan, conocido como El Buitre).
Abeja: persona que está pilas, que sabe cómo actuar ante las dificultades. También persona que trabaja mucho.

         No solo asemejamos el modo de ser, sino también, el aspecto físico. ¿Cuántas veces no hemos visto un perro igualitico al dueño? Yo lo certifico.
         En fin, el zoológico de la lengua es tan extenso, al igual que nuestra creatividad, así que aprovechemos esta oportunidad para asemejar a las personas que conocemos, amigos, parejas, familiares, conocidos, etc., con cualquier animal, y enriquecer el maravilloso mundo del lenguaje metafórico.

laurajaramilloreal@yahoo.com





Año II / Nº XXVIII / 27 de octubre del 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

Yo sandungueo, tú sandungueas, él sandunguea [XXVII]

Isabel Matos



            De manera irremediable y con una velocidad impresionante entran en las conversaciones del día a día términos tomados de esas canciones pegajosas que oímos en la radio del autobús camino a casa. Daddy Yankee y Don Omar, Hector (el Father) y Tito (el Bambino) hacen su gran “contribución” a la lengua española, al habla de Caracas con sus canciones. Yo sandungueo, tú sandungueas, él y ella sandunguean juntos y al final todos sandungueamos.
            Wikipedia nos dice que el sandungueo nace en Puerto Rico por el año 2000 y que se caracteriza por ser un baile sensual y lascivo que se realiza con las rodillas ligeramente flexionadas y agitando vigorosamente las caderas. ¿Y sandunguera? Según el diccionario Vox, se refiere a aquel que tiene gracia, que tiene sandunga, o salero. Salero además incluye un poco de elegancia. Aunque sandungueando no nos veamos muy elegantes que digamos.
            En México parece ser muy común que te vayas de sandunga toda la noche, aunque en Venezuela utilizamos otro ritmo para eso, la rumba. Resulta que sandunga o zandunga es además una canción mexicana, significa: música honda y profunda en zapoteca. Luego de escuchar La zandunga en YouTube no deja de sorprenderme la distancia que hay entre esa música que oigo y la que canta Don Omar ¿Y la cumbia sandungótica? Esa la dejamos para otro rito.

isabelmercedes@gmail.com




Año II / Nº XXVII / 20 de octubre del 2014

lunes, 13 de octubre de 2014

La vereda de enfrente [XXVI]

Edgardo Malaver

            Mañana hará exactamente siete semanas que escribí en otro blog un homenaje a Julio Cortázar, que ese día cumplió 100 años de nacido. Algo debe tener cumplir 100 que todos lo desean, y Cortázar, a quien parece que el paso del tiempo no angustiaba, parece haber llegado a un nuevo hito en su carrera hacia la totalidad, es decir, le ha llegado esa época en que, como diría Shakespeare, “in eternal line to time he grow’st”. A los 100 años, digo yo, se convierte uno ya en una voz innegable, en un clásico.
            En mi caso no han sido cien años, pero una palabra lo puede perseguir a uno por mucho tiempo. Y una que me ha atormentado inmensamente a mí desde los años de estudiante en que no había tarde en que no aterrizara en la biblioteca y no descuidara otras mil cosas por leer a Cortázar es la palabra vereda. Mi imaginación nunca fue suficiente para comprender a qué se refería Cortázar al decir, por ejemplo, en “Los amigos” (Final del juego, 1956): “A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el chambergo gris y el saco cruzado”; ni, mucho menos, al decir, en “Hay que ser realmente idiota para” (La vuelta al día en 80 mundos, 1967): “Un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”, ni todas las veredas, concretas y abstractas, de las que está poblada Rayuela (1963).
            Una vereda en Venezuela es un camino y, en mi mente, un camino no está ni al frente ni detrás ni al lado de nada. A lo sumo estará al lado, pero es más bien que la otra cosa, está a un lado del camino, como las flores que para Castellaneta representan a Dulcinea. Pasé mil años preguntándome qué podía ser una “vereda de enfrente”. Tuve que oír una vez a una turista argentina en el metro hablando de algo que le había pasado en el centro de Caracas para entender. Decía: “Yo iba caminando y por la vereda de enfrente vendían una comida que me llamó la atención”. Ah, caramba, me dije, esta mujer se refiere a la acera. Y tuve que volver a Cortázar a buscar las veredas perdidas, a entender que lo que está en la “vereda de enfrente” es lo opuesto, lo que no nos agrada, lo que nos agrede... o quizá, también, otra situación, más favorable, que vemos desde la nuestra, menos seductora, como en el caso de La vuelta al día...
            En mi mente sin veredas, que transita por las aceras del español de Venezuela, se abrió un camino nuevo que la llevó al español de otro lugar, que afortunadamente a veces se parece y otra vez es el mismo... porque dos formas del mismo idioma son como dos mundos que a veces se alejan, pero otra veces se comportan “como amigos y parientes [que] están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”.

emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXVI / 13 de octubre del 2014

lunes, 6 de octubre de 2014

Recochar [XXV]

Laura Jaramillo




         Continuando con el lenguaje jocoso y coloquial, quiero presentarles la primera palabra que descubrí del extenso y variado léxico colombiano. Fue esta palabra la que me sembró la curiosidad por descubrir y estudiar cada día la lengua colombiana. La escuché en un programa que se llama Desafío, y quien la dijo es de la isla de San Andrés, o sea, que, al parecer, recochar es léxico costeño, del Caribe, al igual que fufurufa.
         Recochar suena como a melcocha, pero no. Suena como a ‘cocha pechocha’, pero tampoco. Suena como a recharco, muchísimo menos. Es un verbo tan sabroso de expresar, como sus derivados: recocharecocherorecochería, y pare usted de contar, o, de inventar.
         Recochar expresa que algo es muy divertido, puede ser una situación o una persona. Expresa gozo por los estudios, el trabajo, los amigos, la vida. Para mi mamá, recochera de primera, es una palabra que suena a fiesta, a baile, a hora loca. Es una expresión equivalente a la venezolana, igual de sabrosa de pronunciar, joder, que también tiene sus derivados: jodedorjodedorcitojodedera. Palabras más, palabras menos, recochar es echar vaina.
         El DRAE no la acepta como verbo, sino como adjetivo, es decir, recocha, pero (¡qué pero tan maravilloso!) el significado no es al que me refiero, o, mejor dicho, no es al que se refieren los ilustres costeños. Tampoco joder tiene en el DRAE el significado que le damos venezolanos y colombianos. Sin embargo, el mismo diccionario registra una entrada parecida, recochineo, con un significado más o menos cercano. Confieso que nunca la he escuchado, a pesar de que el diccionario la presenta como léxico coloquial.
         En fin, como ya deben conocerme, recochar es un verbo que ya forma parte de mi vocabulario tan colorido. A todo el mundo le digo recochero, hasta a un tutor que tuve, muy serio él, lo bauticé como el recochero más recochero del oriente venezolano.
         Así de sabroso es el español, así de expresivo somos, colombianos y venezolanos; es más, deberíamos borrar las fronteras pa recochar más y mejor. Tanto el lenguaje colombiano como el venezolano tienen ese no sé qué tan particular, tan único, tan sabroso (insisto), que nos identifican y nos definen como hablantes de un español cada día más renovado.
         No sé si recochar, al igual que fufurufa, se originaron en el caribe colombiano, pero, de ser así, ¡qué sabroso es que la inmensidad del mar genere esta inmensa creatividad léxica!


laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXV / 6 de octubre del 2014


lunes, 29 de septiembre de 2014

Comí y a su vez bebí [XXIV]

Edgardo Malaver Lárez



            Se nota la falta de concordancia, ¿verdad? Comí y bebí exhiben notoriamente su primera persona y su singular, mientras a su vez, aunque lo disimule, está en tercera y disimula muy mal su ambigüedad en cuanto a su soledad o su compañía.
            El problema, sin embargo, no es la persona ni el número, aunque puede serlo. El problema, si verdaderamente lo es, es más profundo: es semántico. Tal como pasa en el caso de entre otros, en muchas ocasiones, muchísimas, oímos en todas partes afirmaciones en las que a su vez no significa lo que el emisor del mensaje intenta decir. Se oye, por ejemplo, “Los antisociales penetraron en el banco a punta de pistola, y a su vez asesinaron al vigilante”; “Yo siempre compro el Kino, pero a su vez ahorro”; “Aquí nadie nos conoce a nosotros, que a su vez somos pocos”. ¿No le suena a usted que en estos ejemplos cabría más bien también o quizá además? Muchos piensan que a su vez significa también, o que las dos expresiones son equivalentes. Y seguramente en algún caso, en algún contexto de los infinitos contextos posibles, pueden ser equivalentes, pero no significan lo mismo.
            A su vez tiene sentido cuando se intenta mostrar, con mayor claridad de la que ya muestra el verbo, una acción que se repite pero que cada vez es ejecutada por un sujeto diferente. Si recibo un mensaje y le transmito a alguien más la información que él contenía, y este alguien hace lo mismo con alguien más, estoy ante ese tipo de acciones y la expresión de esta situación en una oración probablemente incluirá un a su vez, quién sabe si más de uno, aunque no es imprescindible. Por ejemplo: “Zambrano entregó los documentos al abogado, quien los entregó al fiscal, y éste, a su vez, al juez”. La expresión a su vez en este ejemplo (y no en los que aparece en el párrafo anterior) indica que cuando le tocó al fiscal hacer algo, cuando le llegó su vez, su momento, su turno de actuar, hizo lo mismo que el sujeto anterior, el abogado.
            Bien puede decirse que el abogado y el fiscal también entregaron los documentos. Sí, pero ¿es eso lo que se desea decir? En realidad se desea destacar el hecho de que cada uno de ellos hizo la misma acción en momentos distintos (y sucesivos) y sobre un agente cada vez nuevo. El que en la primera oración era objeto indirecto del verbo, en la segunda se convierte en sujeto y al iniciar la tercera, a su vez, sucede en ella lo mismo.
            Por otro lado, el problema también es morfosintáctico. Es decir, la expresión contiene un adjetivo posesivo, su, que, naturalmente, hará concordancia con otros elementos de la oración en que aparezca. Veamos: “María le pagó a Juan, Juan me pagó a mí, y yo, a mi vez, le pagué a Pedro”; “Tu hermano te ha perdonado: perdónalo tú a tu vez; “El policía nos gritó; a nuestra vez, nosotros le gritamos a él”.
            Entonces, si un día se le ocurre comer y al mismo tiempo beber, o comer y además beber, o comer y también beber, o comer y a la vez beber, o simplísimamente comer y beber, sin aditivos, no olvide que las palabras también son alimento y que la buena digestión comienza en la lengua.


emalaver@gmail.com



Año II / Nº XXIV / 29 de septiembre del 2014

lunes, 22 de septiembre de 2014

¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma! [XXIII]

Laura Jaramillo




         Cuando por primer vez (como dicen los mexicanos) escuché sobre la economía del lenguaje, pensé en lo maravilloso que era hablar el español con poca plata. Pero, no, no era eso. Resulta que la lengua tiene reglas, normas o mecanismos que permiten decir mucho con pocas palabras. Aunque, más que la lengua, es el usuario de la lengua el que debe tener dicho talento.
         El decir mucho con pocas palabras no es tarea fácil, o, mejor dicho, es misión imposible (ilando ando), ya que el español es en ocasiones bastante anchilargo, porque a veces es necesario alargar la cosa para que el mensaje llegue a su llegadero, pero se corre el riesgo de caer en la redundancia. Hay que aprovechar las facilidades que da la lengua para comunicarnos y hacernos entender.
         Sin embargo, desde hace algunos años, se está usando lo que llaman el lenguaje incluyente, lo cual se ha hecho común, más bien, exageradamente común, decir cosas como todos y todastrabajadores y trabajadorasniñas y niños, etc. Se llega, incluso, hasta cometer errores de concordancia, como por ejemplo los y las delegadas. Si se va a hablar mal, que sea con coherencia.
         Existe una necesidad (¿o necedad?) por incluir a como dé lugar el femenino, aunque no exista, no importa, lo inventan, como es el caso de millones y millonas, libros y libras. Expresiones que ocasionan contaminación sónica. Menos mal que hasta los momentos, se puede decir, esas expresiones no llegan propiamente a lo que es el vulgo, porque no hay nada mejor que ahorrar.
         El lenguaje incluyente puede ser económico. No es necesario decir venezolanos y venezolanas, puede decirse perfectamente la población venezolana, lo cual incluye hombres, mujeres, niños y niñas. He ahí, pues, el exquisito arte de la retórica.
         Definitivamente, ante esta realidad, con poco sentido común y mucho barbarismo, cada vez es más fuerte esa popular expresión de un antiguo programa cómico, que reza: ¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma!


laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XXIII / 22 de septiembre del 2014

martes, 16 de septiembre de 2014

Naguará de hipótesis [XXII]

Edgardo Malaver



         Leyendo, como a los 13 años, El hombre que calculaba (1938), de Malba Tahan, conocí la palabra guarismo, que me sonó desde el principio tan informal, tan misteriosamente llana y cotidiana, que no lograba incluirla en el conjunto de lo numérico. Un guarismo es una cifra, un número, y Beremís Samir, el protagonista, los utilizaba como si él hubiera inventado la matemática. La palabra proviene del árabe, lengua en que esta ciencia ha experimentado innumerables e inmensos avances durante toda la historia, es decir, ninguna palabra más justa para Beremís, que habla poco en la novela, pero cuando habla los sabios callan para escuchar.
         Sólo ahora se me ocurre utilizar la palabra guarismo para nombrar toda manifestación lingüística propia de los nativos y habitantes del estado Lara, a quienes en toda Venezuela llaman guaros. Existen guarismos muy expresivos que todos hemos oído: ah, mundo —“¡Ah, mundo, Barquisimeto!, / dijo un barquisimetano...”—, vacié —¿o bacié?—... y naguará.
         ¿Naguará? ¿No hay algo extraño, curioso, intrigante, en esa palabra?
         Tengo la hipótesis —en este artículo de hoy casi todo es hipótesis— de que en aquellos días de los que hablo esta expresión no estaba tan extendida como ahora por toda Venezuela. Entonces era una forma de reconocer a los larenses; ahora lo utilizan hasta los inmigrantes chinos. Y en esa diseminación por todo el territorio, ha ido perdiendo sonidos. Todavía oye uno de vez en cuando: “Una guará”, que es, en mi hipótesis, la forma de la expresión, el estadio de su evolución que, por alguna razón, comenzó a repetir en algún momento toda Venezuela; pero esa u se perdió —o se ha ido perdiendo— tal como, en contexto informal y oral, se pierden sílabas iniciales en expresiones como natanseria en lugar de qué vaina tan seria, o Ña Juana en lugar de doña Juana.
         Mi hipótesis más osada, sin embargo, es que antes de derivar en una guará, la conocida expresión debe haber sido una guarada, es decir, algo típico, característico, propio de los guaros, de los larenses. (Sucede, curiosamente, que es ahora al final de la palabra donde se produce la frecuente elisión de una sílaba.) Es el mismo tipo de construcción que aparece cuando, bromeando con los amigos, decimos, verbi gratia, que este o aquel acto, esta o aquella conducta es una marcelada, es decir, un acto o conducta propia de Marcela. Hasta hay quien, en este contexto, diría que todo aquello que hace Pedro es una pedrada. Quien dice entonces: “Naguará de hipótesis”, por ejemplo (aunque esta formulación no parece muy larense), además de expresar sorpresa, está diciendo, más o menos: ‘Esa hipótesis es una guarada, es como si fuera la hipótesis de un guaro’.
         Naguará, que ahora dudo de escribir como una sola palabra, es pues un “guarismo”, y como aporte regional al acervo del conjunto de la lengua, enriquece, en número y en belleza, la que se habla en Venezuela. Su uso cotidiano y la reflexión consciente sobre su significación es para los venezolanos una ocasión más para saborear, como saboreaba Beremís Samir la delicia de los números y sus relaciones, la dulzura de las palabras en las que nos movemos y existimos.

emalaver@gmail.com



Año II / Nº XXII / 15 de septiembre del 2014



lunes, 8 de septiembre de 2014

Estás pidiendo más que Carúpano [XXI]

Edgardo Malaver Lárez



            Ya sabemos que la capital de Venezuela no ha sido siempre Santiago de León de Caracas. Santa Ana de Coro, la actual ciudad de Coro, estado Falcón, fue, desde que Juan Martín de Ampíes la fundó el día de la patrona de 1527 —vaya manera de poner nombre a las ciudades que uno va fundando por ahí—, la primera capital de la Provincia de Venezuela. La segunda fue El Tocuyo, estado Lara, a partir de 1545, cuando la fundó Juan de Carvajal. En 1577, finalmente, Caracas, fundada por Diego de Losada diez años antes, se convirtió en la definitiva capital de la capitanía general primero, luego del departamento de la Gran Colombia y más tarde de la república independiente. Sin embargo, durante la Guerra de Independencia, la capital se mudó provisionalmente varias veces: a Valencia, estado Carabobo, en 1812; a Maracay, estado Aragua, en ese mismo año, en 1830 y en 1858; a Angostura (hoy Ciudad Bolívar), estado Bolívar, desde 1819 hasta 1821.
            Todas estas mudanzas han sido ocasionadas por conflictos políticos. Lo que pasa en el estado Sucre es diferente. La tradición oral indica que en Sucre, a partir de algún momento —habrá que seguir investigando el fenómeno para saber cuándo—, se dice que los habitantes de Carúpano aspiran a que su ciudad se convierta en la capital del estado. Se dice en estados vecinos también, y probablemente se deba al rápido crecimiento que experimentó Carúpano en varios momentos de su historia, por su ubicación más accesible desde el mar, por sus bellezas naturales y culturales o por una suma de estos y otros factores. Lo cierto es que donde más se resiente esta aspiración es, naturalmente, en la ciudad de Cumaná, la capital del estado. Llamada, con razón o sin ella, la primogénita del continente americano, Cumaná fue fundada en 1521, aunque existen registros de la presencia de franciscanos en el lugar desde al menos 1515. Los cumaneses tienen multitud de argumentos, históricos, culturales, políticos, etc., para defender su capitalidad, pero los carupaneros no les van a la zaga. La “disputa”, que quizá pertenezca más a la historia anecdótica de los pueblos que a la realidad histórica documentada, es harto conocida en los estados vecinos de Sucre.

            Así, cuando en la zona nordoriental de Venezuela, y quizá más allá, alguien se pone exigente o hace una petición excesiva o pretende lograr, sin tener méritos aparentes para ello, algo que va más allá de lo razonable, se le responde, como probablemente se hacía en Cumaná en los primeros días del supuesto reclamo carupanero: “Estás pidiendo más que Carúpano”.

            Parece que la expresión ha sido adoptada en otros estados y adaptada a sus propias diferencias geopolíticas. Hay que investigar más, pero aparecen voces en Internet que afirman que también en Maracaibo utilizan la expresión con respecto a Cabimas. En Nueva Esparta podrían utilizarla los de La Asunción con respecto a Porlamar —no lo he oído nunca— y quizá en Anzoátegui los de Barcelona con respecto a Puerto La Cruz. Sea o no así, queda claro que la sabiduría popular se mantiene, a diferencia de la capital de Venezuela, sin mudanza en la mente de muchos venezolanos ni en el territorio en que se use, puesto que pedir más que Carúpano conserva su sabor primigenio, como el de Cumaná, suficiente para expresar una realidad concreta, dígase donde se diga.


emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXI / 8 de septiembre del 2014

lunes, 1 de septiembre de 2014

Fufurufa [XX]

Laura Jaramillo




         Me confieso amante del léxico popular, porque es un fiel reflejo de lo que pensamos, de lo que vivimos y de cómo vemos la vida. Lo coloquial es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’, como dijo alguna vez el periodista Jesús Cova cuando escribía en el diario Últimas Noticias, en la columna El Defensor del Lector, haciendo referencia al lenguaje bélico en el deporte.
         En el caso de los venezolanos y colombianos, existe una afinidad tan particular al momento de expresarnos que no es en vano cuando se dice que somos países hermanos. Afinidad que no veo con ningún otro país (perdonen si me equivoco). El léxico de ambos países es tan rico en ingenio, originalidad y expresividad, que es allí donde se conoce realmente la cultura del hablante.
         La característica más resaltante de ambos hermanos es la jocosidad del léxico. Ejemplo de ello es la palabra fufurufa. Cuando la escuché por primera vez, me sonó como a nombre de perro con full pedigrí. Luego, la volví a escuchar y pensé que era una forma diferente de llamar a la trufa, o, quizás, alguna fruta exótica de las tantas que existen en el hermoso caribe colombiano, porque fue de un colombiano que la escuché.
         Un buen día, o, mejor dicho, una buena noche, viendo un programa de humor colombiano (cultivo de la ingeniería léxica) llamado Sábados Felices, un comediante, representando al costeño, en su presentación explicó tan claro lo que significa popularmente fufurufa, que llegó a mí esa luz que te hace decir: “¡Aaahhh!”, y solo recuerdo que reí hasta más no poder. Ahora, como es mi costumbre, forma parte de mi léxico folclórico y costeño.
         Sin embargo, me llama la atención que mi vecina, muy barquisimetana ella, me dijo, muchísimo tiempo después de mi descubrimiento semántico, que en esa ciudad del estado Lara también es muy frecuente el uso de esta palabra y con el mismo significado. Curioso punto de encuentro semántico entre los hermanos países.
         Bueno, para resolverles la intriga, fufurufa, según el DRAE, es una persona “que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada o [que] se cree mejor que los demás”, pero solo es de uso en El Salvador y en Honduras. Pero en Colombia y en Venezuela significa...
         No voy a poner la palabra, sólo haré una pequeña modificación al título de una famosa novela del gran escritor Gabriel García Márquez, pa que les caiga la locha y también puedan decir “¡Aaahhh...!”: Memorias de mis fufurufas tristes.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XX / 1° de septiembre del 2014

lunes, 25 de agosto de 2014

Et cetera (II) [XIX]

Edgardo Malaver




            En la segunda oración, no tiene sentido decir “entre otros”, porque el conjunto de países sudamericanos es finito y existen países que sencillamente no son sudamericanos, de modo que decir “entre otros” implicaría “contaminar” el conjunto, es decir, “otros países” no es lo mismo que “países sudamericanos”. Entre otros es, pues, señal de imprecisión y no concuerda con este caso.
            La primera forma de hacer esta distinción es, entonces, observar sin entre otros puede referirse, como etcétera, a elementos de un conjunto cerrado sin alterar su contenido. Parece que no es posible.
            La segunda forma puede estar más vinculada a los conjuntos abiertos de cosas y la variabilidad de la posición de las partes de la oración. Observemos: usted puede decir: “Tenemos, entre otras, zanahorias, papas y remolachas”; pero nadie diría: “Tenemos, etcétera, zanahorias, papas y remolachas”. La conclusión aquí es que siempre que usted pueda mover una de las dos expresiones al lugar de la otra y funcione adecuadamente sin hacer más cambios, son sustituibles.
            Además, cuando usted dice: “Vendemos cámaras fotográficas, resmas de papel, bolígrafos, entre otros”, uno puede preguntarse: ¿Entre otros qué?, ¿qué sustantivo hace concordancia con ese otros? No pasa esto con etcétera porque ‘el resto’, ‘lo demás’, lo que no nombramos pero que usted sabe lo que decimos’ está siempre claro: es lo demás.
            El esfuerzo por erradicar el uso de etcétera es tan terco y radical, que se llegan a decir cosas como ésta: “OTROS parques, como Los Caobos, Los Próceres, El Ávila, entre OTROS, no albergan animales en cautiverio”.
            Sin embargo, sí hay casos en que ciertamente las dos expresiones pueden ser equivalentes (o sinónimas), sólo que no son simplemente sustituibles una por otra, a menos que se hagan cambios en la oración. Veamos:

·         Hemos atendido muchísimas enfermedades, como la rubeola, el dengue, la leishmaniasis, etc.
·         Hemos atendido muchísimas enfermedades, como la rubeola, el dengue y la leishmaniasis, entre otras.

Está claro, ¿verdad? En el primer caso, la enumeración no cierra por las razones que ya se han expuesto, pero el segundo exige que cerremos la enumeración (introducir la conjunción y) y ofrece, además, la posibilidad de cambiar el sintagma ‘entre otras’ de lugar. A pesar de todo, hay que dejar sentado que, en realidad, ese ‘entre otras’ redunda con ‘como’ Eso no pasa en la primera oración.
            El uso de la palabra etcétera no tiene, entonces, nada de problemático, equivocado, indebido u obsoleto. Es una palabra que ha subsistido hasta hoy porque cumple una función para la cual la lengua sigue requiriéndola. Las palabras sólo dejan de usarse cuando los hablantes se dan cuenta de que ya no les sirven. Pero esta es harto útil, y el sustituto que le han buscado los que se creen fiscales de la lengua —no, por supuesto que no me refiero a la Academia— sencillamente no encaja.
            Qué triste y qué desabrido sería, si la palabra etcétera no conservara de hecho su significado y sus valores peculiares, el título de aquel libro de Susan Sontag: Yo, etcétera (1978), en el que el sujeto parece ponerse de primero y luego a los demás. Yo, entre otros sería no sólo una mala traducción: sería la actitud contraria.


emalaver@gmail.com




Año II / Nº XIX / 25 de agosto del 2014