Ariadna Voulgaris
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| Los espaguetis pueden servirse con todas las letras del alfabeto |
[Decía hace dos semanas en el párrafo donde interrumpí, que de repente
en la vida de la e apareció la y como conjunción que une elementos en la
oración, y desde entonces no la ha abandonado; pero la empecinada e no abandona
su función de enlazadora, aunque ahora aparezca únicamente en casos como Pedro
y María o uvas e higos. La escuela enseña que es para evitar la cacofónica,
pero en nuestro corazón sabemos que las palabras de nuestros antepasados son más
dulces.]
También actúa nuestra redondita
letra como intrépida guerrillera cuando advierte que se aproxima una palabra
extranjera que comienza por ese, y aprovecha para sumarla a su causa. Viene el
inglés a vendernos su stress, y la espabilada e española le pide
descuento: “Te la compro, pero aquí vamos a pronunciar y a escribir estrés,
última oferta”. Y ante esa determinación, ¿qué va a hacer el pobre marchante
anglófono, agobiado además por el calor? Viene el francés con su snob, y
la e le espeta: “Pas du tout, musiú: esnob o nada”. Y le
avisa que después hablarán de esa be tan mal ubicada. Viene los amigos
italianos con una comida irresistible, el spaghetti, y la e les
responde: “Le pongo la salsa que ustedes digan, pero la escribo con la e que
diga yo”.
Esta actitud ya es una
tradición en ella. Lo hizo antes en la época en que el latín andaba rozándose,
frotándose, penetrándose con las lenguas que encontró en Hispania. La e impuso
sus términos en la nueva apariencia de palabras como scala, spes,
scribere, y nos heredó escalera, esperanza, escribir.
La e, pues, tiene
cubiertos todos los flancos. Está a babor y a estribor, en proa y en popa. Y no
les puedo decir cómo se las apaña en el vastísimo terreno de la literatura, en
el que no se sabe si queda algo por decir. Pero ella se las arregla, y aquí les
voy a dejar un botoncito: el minicuento de terror que escribe el salvadoreño José
María Márquez, “Ve que Belén teje”, ¡sirviéndose exclusivamente de la vocal e!:
Belén teje. Entrevé el tren que pretende repeler ese deber que le cede
el descender de frente. El deber de Belén es ver envejecer ese pez rebelde de
mes en mes, temer perderse del presente, perecer. El qué es pedestre. Beber es
excelente. Él se mece en ese tren, es el referente de mente efervescente, demente.
Belén se estremece. Teme que él desee, que él se exprese, que le pese. Que se
envenene.
(En realidad no sé si es de
terror, pero me da miedo el final. Por lo menos de suspenso tiene que ser.
¿Eh...?)
La letra e ha demostrado
ser de las bravas. No se deja eludir, no se deja abolir. Es una artista del cambiar
para sobrevivir y al mismo tiempo seguir siendo quien es. Eso es darse su
puesto.
Yo, mientras tanto, me he
pasado del límite de palabras, incluso el doble del límite. Ya está
amaneciendo. Creo que hoy deberíamos ir a mi amada Puerto Cabello.
Valencia, 2 de mayo del 2025
ariadnavoulgaris@gmail.com
Año XIII / N° DXIV / 19 de mayo del
2025
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