lunes, 25 de julio de 2016

La canción de las preposiciones [CXVII]

Leonardo Laverde B.



“Tú, pingüino, sobrarás”. Quién hubiera dicho
que el Spheniscidae tenía cabida en la gramática




         Desde hace algún tiempo, cada vez que hablo de las preposiciones en clase, siempre hay un estudiante que conoce la lista de memoria gracias a una canción que le han enseñado en el colegio.
         Siempre he creído que comprender los conceptos es más importante que memorizar listas. En otras palabras, aprehender la definición intensional de los conjuntos en lugar de la extensional. Sin embargo, también me gustan los trucos mnemotécnicos. Y es que a veces es útil (o inevitable) memorizar cosas: las tablas de multiplicar, las listas de categorías gramaticales, funciones sintácticas, tipos de oraciones compuestas, etc.
         Hasta hace poco, yo era incapaz de recitar de memoria la lista de preposiciones, pero me preciaba de reconocer una cuando la veía. Esta seguridad se vio desafiada algunas veces, ante análisis morfosintácticos difíciles o situaciones de fatiga mental. Esto me decidió a seguir el ejemplo de mis alumnos y probar la utilidad de la mencionada canción.
         Fue así como descubrí que no hay una, sino varias canciones de las preposiciones, generalmente destinadas a un público infantil. Además de la simple enumeración rítmica de las partículas, hay canciones que las usan en contexto, encadenando frases que las incluyen o comienzan con ellas. Sin embargo, en varias de estas canciones las frases o versos no forman un texto cohesionado, lo que —al menos para mí— dificulta aún más el proceso de memorización.
         De esta manera, se me ocurrió componer mi propia canción (o mejor dicho, rima). En el proceso intervinieron las siguientes consideraciones. Como me parecía difícil elaborar un texto que incluyera todas las preposiciones de manera coherente y ordenada, decidí hacer mayor énfasis en el aspecto rítmico que en la contextualización. Por otra parte, tampoco quería construir un texto sin sentido. Además, quería que el tema de la canción fuese un poco (solo un poco) menos pueril y guardara vinculación con el verdadero interés del poema, es decir, con las preposiciones.
         Llegado el momento de enumerar estas, se me presentó otra dificultad. La lista, ordenada alfabéticamente y pronunciada en tono normal, no genera ningún ritmo particular. Intentar producir algún tipo de musicalidad me obligaba a forzar un poco la pronunciación, y hasta me tentaba (oh, horror) a sacrificar en algo el rigor gramatical.
         Finalmente decidí trabajar con la lista tradicional. Esto implicaba mantener las desusadas cabe y so, y a la vez descartar las recientemente reconocidas versus y vía, la dudosa pro, y, por supuesto, olvidar mi peregrina idea de aludir a las numerosas locuciones prepositivas (a causa de, en orden a, por culpa de, etc.).
         De esa manera, corriendo una palabra por aquí, modificando un acento por allá, obtuve siete estrofas de cuatro versos cada una, con rima trenzada abbc.
         —Sí, todo eso está muy bonito, pero ¿funciona? ¿Recitarla ayuda a memorizar las preposiciones?
         ¿La verdad? No sabría decirlo. Tendría que hacer más pruebas, consultar a otra gente... pero les puedo decir una cosa. Tal vez recitar una canción no ayude a memorizar las preposiciones, pero componer una sí. ¡Deberían probarlo!

LA CANCIÓN DE LAS PREPOSICIONES
Leonardo Laverde B.

Latina declinación,
del sustantivo variante,
origina en el romance,
grupo preposicional.

Antes va preposición,
enlace relacionante,
el nombre y su acompañante,
van como término atrás.

Con esta enumeración
me decían de estudiante
cada partícula invariante
seguro te aprenderás:

A, ante, bajo, cabe, con,
contra, de, desde, durante,
en, entre, hacia, hasta, mediante,
para, por, según, sin, so, sobre, tras.

Era buena la canción,
pero no tanto el cantante,
sin memoria de elefante,
ni aun oído musical.

Cuando dije mi versión,
de lo oído a mi enseñante,
mi pobre representante,
se caía para atrás...

Antebrazo cabezón,
contrapié desodorante,
entre trazas comediante,
tú, pingüino, sobrarás.


https://soundcloud.com/llaverde1/la-cancion-de-las-preposiciones-2016-07-24-21-54-13

12 de julio de 2016

llaverde@gmail.com



Año IV / N° CXVII / 25 de julio del 2016

lunes, 18 de julio de 2016

Úes e íes [CXVI]

Edgardo Malaver


Los zulúes lograron derrotar al poderosísimo Imperio Británico
en la Batalla de Isandlwana (1879)



         Heme aquí, otra vez, con los plurales. Los plurales de las palabras que terminan con i y u acentuadas me han atraído desde que por primera vez oí en la escuela que se formaban agregándoles la terminación -es. Qué sencillo y qué fascinante; sencillo porque, en realidad, es la misma regla que para las que terminan con consonante, y fascinante porque agregando los mismos sonidos se consiguen resultados tan diferentes. He estado jugando desde entonces con colibríes y manatíes, como si fueran los subibajas del parque, con ñandúes y caribúes, como si pertenecieran a mi ecosistema. También, de vez en cuando, con los maníes y los champúes, que son más cotidianos.
         Con una poca de ayuda del diccionario y limitándome a sustantivos y adjetivos, he rescatado de mi memoria estas palabras que terminan con í: ají, ajonjolí, alfonsí, alhelí, bagdadí, baladí, bengalí, benjuí, berberí, bisturí, borceguí, carmesí, chantillí, chií, coatí, colibrí, cují, i, culí, esquí, frenesí, guaraní, hurí, iraní, iraquí, israelí, jabalí, malí, manatí, maní, maniquí, maorí, maravedí, marroquí, nazarí, pachulí, paquistaní, pedigrí, pipí, pirulí, popurrí, potosí, rabí, rubí, saudí, sefardí, sí, sufí, suní, tahalí, tejemaní, tetuaní, tití, yemení, zahorí. Usted puede, sin ningún temor, como quien tiene la Constitución en la mano, pluralizar las 55 agregándoles -es. Su maestra de tercer grado lo felicitará. Algunos otros hablantes lo mirarán como si usted hubiera dicho una grosería en ruso... siempre por razones baladíes. Un rasgo justiciero que tienen los adjetivos de este grupo es que son inmunes a las diferencias de sexo de los seres vivos y de género de los objetos inanimados.
         Las que terminan con ú, por su parte, son menos frecuentes... o mi memoria no les es tan favorable: añú, bambú, bantú, bululú, calalú, canesú, caribú, cebú, champú, cu, cucú, fufú, gurú, hindú, iglú, menú, ñandú, ñu, paspartú, Perú, pupú, ragú, tabú, tatú, tiramisú, tú, tutú, u, vudú, zulú. Poco más de la mitad. Lo que pasa en el grupo anterior, pasa aquí.
         Tradicionalmente se ha entendido que pluralizar estas palabras con una simple ese indica un uso más bien popular, mientras el otro es más bien culto, lo cual también puede traducirse con facilidad a la dicotomía entre oralidad y escritura. La Academia Española, que con la edad ha aprendido de los bambúes a ser flexible, ahora le da tratamiento descriptivo, en lugar de prescriptivo, al asunto. Cada quien sople el viento hacia su molino.
         Una consecuencia lógica y esclarecedora de este tipo de pluralización es que las vocales i y u, cuando aparecen como palabras individuales, como sustantivos, deberían pluralizarse, igualmente, íes y úes. El habla cotidiana lo confirma con la expresión poner los puntos sobre las íes. Sin embargo, suele creerse que el plural de las vocales a, e y o cuando aparecen solas es también con -es. La propia Academia nos ha dicho toda la vida que las palabras que terminan con esas vocales y éstas reciben el acento se pluralizan con ese: marajás, papás, sofás; bebés, cafés, pagarés; dominós, rondós, bongós. La diferencia está —o debe haber estado en la antigüedad— en la calidad de abierta o cerrada de la vocal.
         Nos agrade o no, como ni queriendo puede detenerse la evolución de la lengua, esto terminará cambiando y probablemente dentro de cien años no tenga sentido que nadie haga estos comentarios porque sencillamente será de otra forma, que nadie cuestionará. El problema, entonces, no es la antigüedad, ni lo es el futuro. El problema ni siquiera es el plural de ninguna palabra. El problema, si es que de verdad hay alguno, soy yo, que, cuando quiero comerme una galleta en la calle, al llegar al kiosko, no logro decir sino: “Señora, por favor, deme dos Marilúes”. Y, si necesito un disco compacto para guardar información, llego a la esquina de mi cuadra y le digo a un buhonero que verdaderamente se gana la vida bailando: “¿Cuánto cuestan hoy los cidíes, compañero?”


emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXVI / 18 de julio del 2016

lunes, 11 de julio de 2016

A propósito de las preposiciones [CXV]

Andrea Villada


El Asombroso Hombre Araña (número
19, 1985). Las preposiciones a veces
se disfrazan para confundirnos

         Al estudiar un idioma nuevo, difícilmente haya algo que dé mayores problemas que el uso correcto de las preposiciones, y, ¿por qué sería de otra manera, si hasta en el idioma que nos acompaña desde que nacimos es algo borroso y un poco ininteligible? No sé si haya una investigación referente al nivel de dificultad que ocupan, pero me atrevo a afirmar que deben estar, como mínimo, entre los primeros cinco puestos. Su uso es cuestión de lógica y práctica y, sin embargo, aunque pensemos que manejamos nuestro idioma casi perfectamente, seguramente habrá algún rasguño en la pintura cuando de preposiciones se trata.
         Es por eso que el galardonado escritor Vicente Marco Aguilar, en su Manual de escritura creativa y premios literarios (2015), nos ayuda a descubrir algunos de los errores más comunes en el uso de estos pequeños pero importantísimos elementos del idioma, y nos deja un listado de frases mal formuladas que muchos de nosotros seguro hemos utilizado hasta el cansancio sin llegar a notar error alguno.
         Primero, veamos la definición de preposición de la Real Academia Española: “palabra invariable y átona (excepto según) cuya función consiste en introducir un sustantivo o un grupo nominal (llamado término de preposición) con el que forma un complemento que depende sintácticamente de otro elemento del enunciado”.
         De esta forma, en español quedarían enlistadas a, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, durante, en, entre, hacia, hasta, mediante, para, por, según, sin, sobre, tras y, según el Diccionario Panhispánico de Dudas, pro (conferencia pro feminismo) y vía (vía satélite) también deben incluirse en este grupo con unas cuantas restricciones.
         La preposición a tiene diversas funciones: voy a mi casa; Luis va al médico (movimiento); no llego a fin de mes (lugar y tiempo); a la venezolana (modo). Sin embargo, es una de la que más usamos erróneamente. ¿Cuántos de nosotros tenemos una “olla a presión” en vez de una “olla de presión”? O, ¿cuántos de nosotros hemos visto, así sea en la televisión, un “tren a vapor” en vez de un “tren de vapor”? Por otro lado, usarla antes de un infinitivo en expresiones como “tareas a realizar” o “cuentas a cobrar” son, según Marco, “galicismos que deben sustituirse por la expresión correcta” es decir, por. “A la mayor brevedad posible”, a su vez, debe ser sustituida por “con la mayor brevedad posible”, ¿qué les parece?
         Otra expresión comúnmente usada con la preposición incorrecta es paso de peatones en la que de debe ser sustituido por para.
         El uso de en en expresiones como sentarse en la mesa, no se admiten devoluciones en ropa interior o voy en dirección al trabajo debe ser sustituida por a, de y con, respectivamente.
         Cuando tomamos pastillas para el dolor de cabeza, ¿no estaríamos indicando que lo favorecemos para que siga martirizándonos? Así, sería más apropiado tomar pastillas contra el dolor de cabeza, o cualquier otro mal que nos achaque.
         La preposición bajo es otra de las más problemáticas a la hora de usar correctamente. Los ejemplos ofrecidos en el manual son bajo estas circunstancias (en lugar de en), bajo su punto de vista (en lugar de desde), o bajo el nombre de Spiderman (en lugar de con).
         En lo que respecta al uso indebido de por encontramos que, cuando hablamos de aficiones, se utiliza la preposición a, por lo tanto, se tiene una afición al ajedrez y no por el ajedrez. Se dice “de orden del Dr. Pérez” y no “por orden del Dr. Pérez”, utilizamos ropa cómoda para andar en casa, no por casa y, si es nuestra intención, lo haremos para siempre y no por siempre.
         Para finalizar, “con o sin su consentimiento” resulta ser una expresión errónea pues, “es incorrecto ligar dos preposiciones a un mismo término”, así que, con todo respeto, mi intención es publicar este pequeño artículo con el consentimiento de ustedes o sin él.

andrealvilladac@gmail.com







Año IV / N° CXV / 11 de julio del 2016

lunes, 4 de julio de 2016

Lecherías también es una sola [CXIV]

Edgardo Malaver Lárez



Escena cotidiana de las mañanas de Barcelona,
Anzoátegui, en 1907. ¿Vendrían de las lecherías?


         Como a los traductores les llaman la atención los detalles más sutiles en las situaciones más regulares, no pueden dejar de darse cuenta de la diferencia —¡inmensa!— que hay entre el plural de la palabra matemáticas (Ritos CXIII) y el del nombre de la ciudad de Lecherías, estado Anzoátegui. No es el mismo plural.
         Aunque muchos recordamos la época en que el plural de Lecherías no se ponía en duda, en los primeros años del siglo XXI a las autoridades del recién creado municipio Urbaneja, del cual es capital, les nació una duda: ¿por qué Lecherías se llama Lecherías?, ¿no será más bien Lechería? Los que se convencieron de la segunda opción, sin poner mucha atención a los que decían lo contrario, iniciaron una campaña para cambiar el nombre a singular. ¿Cambiar? O sea, que antes era en plural.
         No he encontrado la foto que veo claramente en mi memoria, pero parte de esa campaña era un letrero, que se leía incluso en Puerto La Cruz y que decía: “Lechería es una sola”. En realidad, aquel argumento no se mantiene mucho tiempo en pie si uno recuerda la cantidad de topónimos en plural que hay en Venezuela: Achaguas, Apure; Barbacoas y Tejerías, Aragua; Barinitas, Barrancas y Obispos, Barinas; Pedernales, Delta Amacuro; Caracas, Manzanares, Pajaritos y Sartenejas, Distrito Capital; Tucacas, Falcón; Chaguaramas y Tiznados, Guárico; Bailadores, Lagunillas, Mucuchíes y Timotes, Mérida; Guarenas y Paracotos, Miranda; Torbes, Táchira; Bobures, Cabimas, Lagunillas y Machiques, Zulia; los estados Amazonas, Barinas, Cojedes y Vargas. En el propio estado Anzoátegui, existen, por lo menos, Clarines y Pozuelos, y ninguno de estos lugares es medio pueblo, ni tres quintos de ciudad ni mucho menos dos ni tres estados. Cada uno de ellos es uno solo. El plural tiene otra explicación.
         El escritor Alfredo Armas Alfonzo menciona en algún artículo, aunque para muchos anzoatiguenses no es suficientemente convincente, que en el siglo XIX existían en ese sector, al oeste de Puerto La Cruz y al norte de Barcelona, negocios de productores y vendedores de leche de cabra, que, pasado el tiempo, terminaron dándole nombre al lugar. Sin embargo, Luis Mata García, reconocido especialista en toponimia, y Maximilian Kopp, cronista de Lecherías, defienden el singular y argumentan que antiguamente se le llamaba La Lechería. Al borde del siglo XX, apareció la mencionada discusión y la opción más favorecida oficialmente fue la del singular.
         Varios blogs y perfiles de Facebook de habitantes de Anzoátegui defienden con memoria y documentos particulares el plural. Yo, aunque sin el rigor que exige una investigación recta, he hecho una breve encuesta, que ha dado como resultado que cuatro de cada cinco personas por lo menos pronuncian Lecherías.
         El plural o el singular, la brevedad o la longitud de los nombres de los lugares donde hemos nacido contienen significativos segmentos de su historia, de nuestra historia, razón por la cual cambiarlos, sobre todo si se hace por decreto, puede ser un error. La voz de la gente termina imponiéndose, como en San Petersburgo o en el Congo. Pensemos también en el nombre del Ávila, el guardián de la capital de Venezuela, que la gente sigue llamando Ávila, a pesar de la voz oficial. Los nombres no los ponen las autoridades, sino la gente.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXIV / 4 de julio del 2016

lunes, 27 de junio de 2016

Las matemáticas son una sola [CXIII]

Edgardo Malaver



¿Matemática o matemáticas? No parece
sencillo ponerse de acuerdo



         Imagino que usted, como yo, habrá dicho alguna vez las matemáticas no fallan, no dan las matemáticas, ya no hacen las matemáticas como antes. Muy bien, en el habla parece muy adecuado, pero ¿se ha dado cuenta de que, en el terreno formal, ese plural no tiene sentido? ¿Cuántas matemáticas existen? ¿A quién le preguntamos? ¿A Newton, a Descartes, a Tales de Mileto? ¿Al Hombre que Calculaba? Uno siente que, ante una pregunta así, debería acudir a los especialistas, pero resulta que ese camino no ofrece muchas esperanzas. Por grande que sea, y no lo es, el cúmulo de datos que nos ofrece Internet nos deja más o menos en las mismas. Las fotografías de fachadas de escuelas universitarias dedicadas a la ciencia de Euclides no ofrecen mucha claridad o uniformidad para dilucidar el asunto. Las universidades Autónoma de Yucatán y del Estado de Juárez, de México; Industrial de Santander, de España; Sergio Arboleda, de Colombia, y Católica de Chile, por lo menos, pluralizan la palabra en sus nombres. La Nacional de El Salvador y la de Costa Rica no.
         En Venezuela, sin embargo, no parece muy frecuente ese plural, pero también se encuentra. La Universidad Simón Bolívar tiene una Coordinación de Matemáticas, pero, a menos que haya visto mal, las demás no tienen mucha vacilación al respecto. Por fortuna, la lógica nos indica lo que podríamos llamar la mejor respuesta, la más probable. Si hubiera que decir las matemáticas, entonces habría que decir también las biologías, las químicas, las físicas, etc.
         Otro elemento del habla cotidiana nos propone el plural: las matemáticas árabes, las matemáticas financieras, las matemáticas deportivas, pero tratándose de una ciencia, quizá debería imponerse el criterio de la uniformidad con los nombres de las otras disciplinas. Además, las “matemáticas” en las que pensamos cuando decimos, por ejemplo, que “no fallan” o que “no dan” no son toda la ciencia de Euler. Las “matemáticas” en esos casos son las cuentas, los números, los cálculos que uno hace en cada situación particular. Uno puede incluso llamar matemáticas, en plural, a casi cualquier reflexión en la cual adopte la práctica del razonamiento inductivo o deductivo, e incluso “operaciones” más sencillas como una regla de tres. En ese sentido, ese plural es bastante equivalente al que usamos en expresiones como ‘andar a gatas’, ‘hacer algo a escondidas’, ‘resolver las cosas a gritos’.
         Estas ideas no llegan ni cerca de dar una respuesta definitiva, pero, gracias a Pitágoras y a Galileo, la Escuela de Matemática de la Universidad Central de Venezuela cree que las matemáticas son una sola.

emalaver@gmail.com


Año IV / N° CXIII / 27 de junio del 2016


lunes, 20 de junio de 2016

La poda de los refranes [CXII]

Edgardo Malaver


Este atelopus varius, aunque parezca un grafitti,
es una rana que nunca echará pelo



         Uno comienza confiando en el conocimiento de los demás para no tener que decirlo todo, y una generación más tarde, todos hemos olvidado lo que se había omitido. Uno comienza diciendo, por ejemplo, “A palabras necias...”, porque confía en que nadie necesita que le repitan el refrán completo cada vez, y apenas pasa un siglo, ya no es tan conocido porque, al recortarlo, hemos contribuido a que se olvide lo que, por retórica, no se dijo.
         Don José María Iribarren (1906-71) publicó en 1954 un libro titulado El porqué de los dichos. Sentido, origen y anécdota de los dichos, modismos y frases proverbiales de España con otras muchas curiosidades, que aun hoy es un manantial de lo que María Fernanda Palacios llamaría sabor y saber de la lengua. ¿A usted se le ocurre preguntarse, por ejemplo, por qué algunas personas valen lo que pesan? Don José María lo sabe. ¿Usted quiere saber cuál fue, con precisión, “la época de María Castaña”? Don José María lo pone en su libro. ¿Quiere averiguar quién es ese Pedro que anda por todas partes como si anduviera por su casa. Don José María se lo dirá, pregúntele.
         Este libro, en su página 582 (de la edición del 2002 de Suma de Letras), contiene una breve reseña de lo que el autor llama “refranes podados”. Toma el término de otro autor, Luis Martínez Kleiser (en Refranero general ideológico español, 1953), y en realidad se limita a reproducir, parece que incompleta, una lista de estos refranes, que, de tan certeros, de tan cotidianos, de tanto ser utilizados en las situaciones más claras, ya no necesitan (o no necesitaban en los años 50) ser recitados hasta el final. O son fácilmente reconocibles sin esa segunda parte, que en los más de los casos rima con la primera, o los hablantes simplemente han olvidado cómo terminaba el refrán. Una, dos, tres generaciones han nacido oyendo el refrán podado y ahora el que lo oye no se repite mentalmente el final (porque no lo conoce tampoco)... y al final ni hace falta. Se han convertido así en expresiones idiomáticas.
         Iribarren enumera éstos:

por dinero baila el perro (no por el son que toca el ciego); en todas partes cuecen habas (y en mi casa a calderadas); cada loco con su tema (y cada llaga con su postema); el paño en el arca se vende (más el malo verse quiere); una de cal y otra de arena (y la obra saldrá buena); quien tiene boca se equivoca (pero quien tiene seso no dice eso).

         Sin duda estos truncamientos son posibles y se originan del hecho de que son imágenes tan expresivas y visibles, casi concretas y palpables, que su brevedad, atributo infaltable en un refrán, puede seguir reduciéndose con el uso y a pesar del paso del tiempo. Alejo Carpentier dice en El adjetivo y sus arrugas (1980) que las ideas —¿las imágenes?— nunca envejecen cuando son las palabras concretas las que conservan todo el potencial poético de lo dicho.
         En Venezuela tenemos frases que parecieran ir camino de convertirse en refranes podados, porque pocas veces decimos lo que sigue:

una cosa piensa el burro...; no por levantarse antes...; el que se mete a redentor...; dime con quién andas...; el que nace barrigón...; el que a buen árbol se arrima...; si del cielo te caen limones...; árbol que nace doblado...; a caballo regalado...; en casa de herrero...; donde hubo fuego...

Al verlos escritos, a uno pudiera quedarle la duda, pero en la oralidad la entonación resuelve lo que pudiera quedar indeciso en el camino.
         Sin embargo, tenemos también algunos refranes cuya segunda parte no recordamos. Vamos a ver si usted conoce la segunda parte de estas expresiones:

Cuando la rana eche pelo...
¿Cuándo no hay pascua en diciembre...?
Morrocoy no sube palo...
Agárrame ese trompo en la uña...

         La semana que viene aplaudiremos a quien responda.

emalaver@gmail.com






Año IV / N° CXII / 20 de junio del 2016

lunes, 6 de junio de 2016

¿Mientras más chiquito más intenso? [CXI]

Daniel Avilán


Perro-lobo de Checoslovaquia, producto de un experimento 
científico de 1955



         Entre las cosas menos lógicas que puede haber en la vida está el lenguaje; más bien, me atrevo a decir que la ilógica existe gracias al lenguaje, que es la fuente de nuestra realidad y nuestras fantasías.
         En esta oportunidad espero exponer con cierta claridad una de esas paradojas que, lejos de ser fastidiosa como algunas, me resulta, como otras, divertida y hasta una de las razones por las que amo mi lengua.
         Se trata del diminutivo de/para intensidad, que al contrario de lo que muchos pensarían, no disminuye la intensidad sino que la aumenta. Muy interesante, ¿no? Me hace recordar el cuento del perro-lobo (que no contaré aquí por espacio y adecuación contextual). ¿Cómo puede una partícula reunir dos principios que son contrarios por definición? Pues, esto es ciencia, pero no física cuántica.
         Veamos algunos ejemplos que nos hacen sentir en familia:

¡Te comes todita la comida!
Siga derechito por esta calle.

         Otros idiomas cuentan con otros recursos para expresar la intensidad. En francés, que ha sido mi dulce pesadilla, se utiliza el adverbio tout; en inglés está quite, entre otros.
         Otros idiomas vecinitos como el gallego y el portugués hacen un uso parecido. Por ejemplo, en gallego muchas gracias se dice graziñas.
         La respuesta que la ciencia le da a este fenómeno es la siguiente: “La lengua es arbitraria”. Sí, la razón de ser de dicha paradoja se pierde en nuestra memoria, mucho antes de que hubiéramos podido escribirla.
         ¡Hasta lueguito!


daniel.avilan@gmail.com




Año IV / N° CXI / 6 de junio del 2016

lunes, 30 de mayo de 2016

Pleonasmos [CX]

Laura Jaramillo


The Talking Magpies (1946), también llamados
Tuco y Tico o, mejor, Las Urracas Parlanchinas



A propósito de un rito de Leonardo Laverde
(Estamos pagos)

         A veces trato de no escuchar a mi alrededor; me pongo unas gríngolas... pero en los oídos, para pasar inadvertida por los pasillos de la vida. Pero sucede algo como cósmico (lo normal en mí), pues por doquier escucho hasta lo inimaginable. Hago este intro, pues ‘sin querer queriendo’, mi vecina me comenta que su vecina habla más que urraca parlanchina.
         Analizando, luego de parar de reír, me doy ‘de’ cuenta que la urraca parlanchina es un extraordinario pleonasmo, y, además, vinieron a mi memoria dos ritos, uno del colega Leonardo y el otro que escribí tiempito atrás.
         Según el DRAE, pleonasmo es una figura de construcción “que consiste en emplear en la oración uno o más vocablos innecesarios para que tenga sentido completo, pero con los cuales se añade expresividad a lo dicho”, y nos da como ejemplo lo vi con mis propios ojos.
         Sin darnos cuenta, hemos plastificado expresiones de este tipo, las cuales usamos a diestra y siniestra, como cita previa, período de tiempo, más mejor, etc. Existen también otros ejemplos, muy comunes entre el habla popular de los venezolanos, aunque, a diferencia de los ejemplos anteriores, algunos de estos son más usados por su jocosidad:

ü Una chiva bien pelúa (chiva como significado de barba)
ü Subir pa’rriba
ü Bajar pa’bajo
ü Par de dos
ü Una mentira bien mentirosa
ü Viendo a ver
ü Mujer femenina
ü Salir pa’fuera
ü Las mata bien muertas (famoso eslogan de un comercial de insecticida)
ü Suyo de usted
ü Me dije a mí misma
ü Millonario con plata (cortesía de Cástor Carmona)
ü Cualquier cosa que se me ocurra inventar
ü La verdad verdadera
ü Un ojo de la cara 

         El mismo diccionario agrega también una segunda acepción, la “redundancia viciosa de palabras”. Estoy de acuerdo en que en algunos casos es un vicio, como resalta el colega Leonardo, pero pareciera que tiene más peso el hecho de ser un “recurso estilístico para añadir expresividad”, o sea, una figura retórica, nada más y nada menos, pues. Solo por este hecho, el pleonasmo puede, quizás, no considerarse una anomalía, recordemos que la retórica es un arte.
         Además, y como siempre, el contexto será el encargado de hacernos descifrar cuándo el pleonasmo es anomalía o vicio y cuándo es una expresión retórica. En mi caso, siempre lo hago también ‘intencionalmente’; así que sigamos viendo con nuestras propias paraparas y escuchando con nuestras propias camataguas.

laurajaramilloreal@yhaoo.com






Año IV / Nº CX / 30 de mayo del 2016

lunes, 23 de mayo de 2016

Hablando de los números y sus metáforas [CIX]

Laura Jaramillo



En tiempos idos, las retretas eran una constante en la plaza
Bolívar de Caracas (foto: C.E. Misle, 1964)



         Recuerdo que hace algunos años en la fiesta de graduación de mi prima, como de costumbre, a la mitad del bonche, y pa seguir con el bochinche, llegó un grupo musical bastante agradable en su son. Como lo normal, todos salimos a echar un pie. Era un son de antaño, como de los años 50. Cuando me dicen su nombre, me sonaba como a retrete, pero no, era retreta.
         Luego, con el tiempo, me reencontré con la palabra, lástima que no fue con el grupo, pero con un significado bastante singular, al menos no la había escuchado antes: en el banco había una retreta e gente. Cuando pregunto qué es eso, me dicen: chacha, que el banco estaba cundío e gente. Ahí sí me cayó la locha, porque cundío sí la conozco sobradamente, pues acostumbro decir, cuando me preguntan cómo estaba el metro, que estaba cundío o hasta los tequeteques.
         Según el DRAE, retreta proviene del francés retraite y tiene las siguientes definiciones:

1. f. Toque militar que se usa para ordenar retirada o para que la tropa se recoja por la noche en el cuartel. 2. f. Fiesta nocturna en la que las tropas de diferentes armas recorrían las calles con faroles, antorchas, músicas y a veces carrozas con atributos varios. 3. f. C. Rica y Cuba. Función musical nocturna al aire libre, generalmente en parques y paseos. 4. f. Ven. Concierto que ofrece en las plazas públicas una banda militar o de cualquier otra institución.

         La idea principal de retreta es de multitud, de cantidad de algo en un lugar. Pero no es solamente retreta; rememorando el artículo del colega, hay autopistas de hombres, vergajazo de gente, mierdero de muebles (estas dos últimas tienen un aroma a Oriente y un gusto en su pronunciación), coñazo de cervezas, retahíla de frases, sarta de mentiras y ristra de groserías.
         Además de las mencionadas por el profe, también tenemos parranda: el examen tenía una parranda de preguntas; sarapanda: el mercado estaba rodeado de una sarapanda de bachaqueros. O el cardumen de gente. Cuando vemos a alguien bastante entraíto en años, decimos que tiene una pila de años encima. Recuerdo también a la mamá de una amiga decir que aquí hay chinos como arroz picao.
         En fin, tiene razón el profe Malaver, los usuarios de la lengua tienen la capacidad infinita de crear metáforas, en este caso numéricas, las cuales son supremamente geniales y asombrosas.

laurajaramilloreal@yahoo.com






Año IV / N° CIX / 23 de mayo del 2016

lunes, 16 de mayo de 2016

El clímax del tórax de Pólux [CVIII]

Edgardo Malaver


La caza del unicornio (1596), de Jan van der Straet (1523-1605)



         ¿Cuántas palabras terminan con equis en español? Las 65 que pongo a continuación son apenas las que he logrado encontrar en el diccionario:

almoradux, anticlímax, ántrax, ápex, ax, bórax, box, burofax, carcax, cefalotórax, cérvix, clímax, cóccix, códex, córtex, coxcox, decitex, dix, dúplex, dux, escólex, ex, fax, Félix, fénix, flux, fórnix, gambax, gambox, gambux, hápax, hélix, hemotórax, hidrotórax, índex, kilotex, látex, lux, mesotórax, metatórax, moradux, nártex, neumotórax, ónix, opopánax, ox, patax, pólex, Pólux, protórax, réflex, relax, saxafrax, sílex, sioux, támpax, telefax, télex, tex, tórax, tríplex, trox, túrmix, unisex, x.

No nos damos mucha cuenta, pero algunas de ellas son de lo más frecuentes.
         El dato que parece inverosímil —muchos de mis alumnos creerían antes en la existencia de los unicornios— es que esa equis a menudo equivale a una zeta. Cuando me encuentro ante esta falta de fe, mi catecismo siempre es la evidencia que ofrecen las palabras mismas, por lo menos su ortografía y etimología. ¿No está más bien claro que la palabra corteza deriva de cortex, que luz proviene de lux, que feliz desciende de felix?
         También se observa el fenómeno en palabras tan conocidas como cervical, descendiente de cérvix; torácico y su parentesco con tórax; índice, que es familia de índex. Y hay un grupo, menos popular pero muy coherente: ápice, de ápex; códice, de códex; hélice, de hélix. Llegados a este punto, nacen las dudas. ¿Cómo que equis es equivalente a zeta, si lo que aparece es una ce?, preguntan muchos. ¿Y acaso no es toda ce, en realidad, una zeta seguida de e o de i? La propia palabra zeta puede, y debería, escribirse ceta.
         Otra evidencia relativamente confiable es que el plural de muchas de ellas se construye como el de las que terminan con zeta: con ce. Los ejemplos fáciles de reconocer en la lista son tóraces, fluces, felices. A pesar de esto, en realidad, es un grupo muy poco uniforme. La palabra tez, por ejemplo, no se relaciona, como podría pensarse, con tex, que pertenece al ámbito textil (al textual no).
         Aunque sea, etimológicamente, un grupo muy heterogéneo, puede observarse también que en algunos casos, además de la palabra terminada en equis, existen en español formas quizá más contemporáneas de esas mismas palabras, que se escriben con jota. Son los casos de cárcax, que proviene del árabe y también se escribe carcaj; dix, forma castellana antigua de la actual dije; flux, del francés, que ha derivado en flujo; réflex, perteneciente al campo de la fotografía en inglés y que guarda relación con reflejo; relax, también del inglés, y antes del latín, que equivale a relajamiento.
         Como no puede faltar, el grupo incluye un miembro con talento para la comedia, al menos la de tipo stand-up: ex, un prefijo de origen latino que la economía de la lengua ha convertido en sustantivo (aquel que ha dejado de ser cónyuge de alguien). Si lo pluralizáramos como si terminara con zeta, casi todos olerían mal. ¿Qué diría Asterix?

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Año IV / N° CVIII / 16 de mayo del 2016