lunes, 7 de abril de 2025

Tópicos literarios: Carpe diem

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El alma de la rosa (1908),
de John William Waterhouse

 

 

         Para mí existe desde que vi la película La sociedad de los poetas muertos (1989), protagonizada por Robin Williams (1951-2014). En esta historia, John Keating, el personaje principal, es el profesor de literatura de una escuela de niños ricos, que, deseando animar a sus alumnos a aprovechar el tiempo, les recita un poema que atribuye, al menos implícitamente, al gran poeta estadounidense Walt Whitman (1819-92)*. “Carpe diem”, les dice, “aprovechen el día”.

         Gracias a Dios, el tópico literario, el tema recurrente del disfrute del tiempo del que disponemos, en vista de la brevedad de la vida, no es obra de Tom Schulman (1950), guionista de La sociedad de los poetas muertos, y tampoco fue creado por Whitman (aunque hubiera podido). Fue, una vez más, fruto de la poesía de Horacio (65-8 antes de Cristo). En este caso aparece por primera vez en la undécima de sus Odas (obra del año 13 antes de Cristo, aunque el poema preciso puede ser anterior), que va dirigida a una joven llamada Leucónoe y le da la recomendación de despreocuparse del futuro y “cosechar” el presente.

         ¿Cosechar el presente? Sí, carpe diem se traduce literalmente así. El infinitivo es carpere, que también puede traducirse como coger, recoger, arrancar, y todas estas equivalencias caben en el campo semántico de la siembra y la agricultura. La fórmula de Horacio, por tanto, podría trasladarse también como “cultiva el día”, dedícate a él, trabaja en él, abónalo, riégalo, cuídalo, de modo que en la tarde, al final del día, la siega te dé buenos frutos. Dice el poeta:

 

No te afanes por saber, Leucónoe, que es nefasto,

lo que a ti ni a mí han destinado los dioses;

no te fíes de los inciertos presagios babilonios.

¡Vale más sufrir con entereza lo que suceda!

Sea que te otorgue Júpiter numerosos inviernos

o que apenas el actual, ni uno más, te conceda,

azotando furioso contra las rocas las olas tirrenas,

tú sé prudente, disfruta la roja dulzura del vino

y limita tus esperanzas a los más breves espacios.

Envidioso huye el tiempo mientras hablamos,

así que aprovecha el día y no te ilusione el mañana.

 

         El poema (que en latín tiene apenas ocho versos) no sólo sugiere imágenes campestres (agreguemos aquí la del vino), sino que también menciona tiempos invernales y sensaciones marinas. Es decir, se inclina a tomar su sabiduría de la naturaleza, en la cual todo es siempre presente, pues el pasado existe en ella únicamente porque se renueva una y otra vez.

         El texto de Horacio puede relacionarse de igual forma con la sabiduría popular —que existe en todos los idiomas, pero en español la conocemos de primera mano—. Uno se acuerda de “A quien madruga Dios lo ayuda”, de “Más vale pájaro en mano que cien volando” y de este que acabo de aprender hoy: “Hermano, bebe, que la vida es breve”.

         La imagen, el tema, el consejo poético de aprovechar el momento, no dejar escurrir tan pronto el breve tiempo que dura la vida, adopta en poetas posteriores la forma de rosas que “si vio nacer una la aurora rutilante, a esa la caída de la tarde la contempla ya mustia”. En este texto, titulado “De rosis nascentibus”, también de fecha incierta, escrito por Décimo Magno Ausonio (310-395), el poeta anima a la doncella a quien se dirige a aprovechar los años juveniles, que se agota particularmente rápido. Le dice con claridad:

 

[...] recoge, niña, las rosas,

mientras está fresca la flor

y fresca tu juventud,

pero no olvides que así

discurre también tu vida [...].

 

         [Sin darnos cuenta hemos entrado en otro tópico literario, el de Collige, virgo, rosas (corta, doncella, las rosas), que es a la juventud y la belleza física lo que el Carpe diem a la duración de la vida.]

         Siglos más tarde, Garcilaso de la Vega (¿1496?-1536) escribe, como continuando el poema de Ausonio:

 

[...] coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre [...]

 

         Y más recientemente, el salvadoreño-guatemalteco José Batres Montúfar (1809-44), haciendo su aporte a la tradición de reescritura de aquella pieza inolvidable de Horacio, tradujo la oda XI con estas palabras:

 

A Leucónoe

 

No te afanes, Leucónoe, por saber

el final que los dioses hayan puesto

a tu cara existencia y a la mía,

inútil es saberlo.

 

Ni consultes tampoco babilonios

astrológicos números inciertos,

¡Cuánto es mejor sufrir lo que viniere

con ánimo resuelto!

 

Ya Júpiter propicio nos conceda

el gozar dilatados los inviernos,

o el presente, por último, y no otro

permita que pasemos.

 

El cual, ahora mismo, embravecido,

a los peñascos cóncavos opuestos

azota con furor y debilita

las aguas de Tyrreno.

 

Cuerdamente dispón, y ve colando

los generosos vinos más añejos,

y reduce tus largas esperanzas

a solo este momento.

 

Mientras hablando estamos envidiosa

huye la edad, corre veloz el tiempo:

coge, pues, este día, y aprovéchalo,

sin creer el venidero.

 

         En realidad, dada la precedencia de Horacio, muchos —Góngora, fray Luis, Lope, sor Juana, Bello— después de él han vuelto a escribir su oda, su Carpe diem, cada quien con sus rasgos particulares, cada quien con la distancia o cercanía que la poesía le ha concedido, pero siempre preñados del sentido de la imagen a la que cantan. Al final, ha de ser, dado que se cumple en la poesía y en la traducción, la suma de los elementos que en el tiempo va ganando el motivo lo que nos diga, nos describa, nos revele, redonda y completa, la verdad poética.


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DVII / 7 de abril del 2025

 

 

 

 

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