lunes, 26 de enero de 2015

Puchecas [XLI]

Laura Jaramillo




         Una tarde calurosa de abril, recibo la llamada de la vecina fufurufa, aquella de Barquisimeto, a quien de cariño le digo Fufu, preguntando a modo de recocha: “Buenas tardes, ¿Peluquería Puchecas Apretadas?”. Por supuesto que mi reacción fue una estruendosa carcajada.
         Pues bien, la Fufu y yo, como siempre nos la pasamos echando varilla, más bien recochando, desde esa hermosa tarde ‘abrilera’ vivimos haciendo chistes sobre las puchecas: que si puchecas caídas, puchecas asustadas, puchecas que dan vueltas, puchecas arriba, puchecas abajo, puchecas alegres, puchecas tristes, puchecas acaloradas, puchecas con frío y cualquier otra que se nos ocurra. Tanto la vecina como yo somos asiduas a la programación colombiana, así que compartimos el mismo código de comunicación.
         Como cosa rara, esos colombianos hacen uso espectacular de su lengua, y tienen esta palabra que para mí es magnífica, porque es un neologismo, es decir, que el DRAE aún no la registra, al igual que fufurufa y recocha, aunque estas dos últimas sí las registra el diccionario, pero son casos de neologismo semántico.
         Así como los colombianos, también me gusta inventar, y al igual que en el caso de fufurufa, les quiero indicar el significado de puchecas, a través del título de un libro ampliamente conocido, escrito por el colombiano Gustavo Bolívar: Sin puchecas no hay paraíso.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XLI / 26 de enero del 2015

lunes, 19 de enero de 2015

La susodicha [XL]

Edgardo Malaver Lárez

Para Abigaíl

            Algún documento legal debo haber estado leyendo yo en el momento en que me alcanzó por primera vez la palabra susodicho. Decía: “...la declaración que hace el susodicho ciudadano...”. ¿Sería un parte policial, una denuncia, una relatoría de tribunal? ¿De dónde lo habré sacado? Sin duda la fascinación del recién comprendido sistema que permitía convertir en sonidos comprensibles aquellos trazos negros sobre papel blanco me llevaba a desear convertirlo, traducirlo, leerlo todo, todo, todo. Y en una de esas me toparía con una partida de nacimiento, con una sentencia, un informe de comisario. ¿Desde qué antigua edad me habría estado esperando? ¿Qué intrincado azar habrá ideado la ruta por la cual lanzaría sobre mí su tentador anzuelo?
            Lo cierto es que la palabra susodicho me ha acompañado desde aquel día en que la vida la atrajo a mi vista. Cuando no había estudiado francés, me eran algo ajenas esas primeras sílabas que antecedían al archiconocido participio del verbo decir. Suso- apenas me hacía pensar en el nombre de la única reina de belleza que yo pensaba que existía, Susana Duijm, que era ya una mujer elegantísima cuando abrió los ojos al mundo; en bachillerato, cuando el profesor Alberto Marín, que nunca me dio clases pero era amigo de mi madre, dijo en un discurso del día de Juan de Castellanos: “Haré una sucinta reseña de la historia de este liceo...”, mi mente me disparó, una vez más, como lo hacía cada cierto tiempo, la palabra susodicho y se preguntó si las dos tendrían algún parentesco, si sería consanguíneo o por afinidad, si habrían coincidido antes en la vida de otra gente, si tendrían el mismo origen o era un “evento de la casualidad” que se parecieran tanto. Necesité ver en el periódico poco después que alguien usaba otra vez la palabra sucinta para entender que no podían ser de la misma familia porque, en realidad, ahora que la veía escrita, no comenzaban igual. Y un día Arturo Úslar Pietri dijo en Valores humanos que la I Guerra Mundial había suscitado en el mundo una inmensa desconfianza. ¡Otra palabra...!
            Susodicha, Susana, sucinta, suscita. Ya podía —¿cuándo no había podido, cuándo no lo había hecho?— jugar con aquellos sonidos y aquellas imágenes, que, en lugar de confusión, creaban alegría en la mente. La susodicha Susana suscita sucintos suspiros, sutiles susurros y suspensos sucesos de surtidas sustancias en susceptibles sustitutos. Al llegar por fin a mis manos, comenzando cuarto grado, el diccionario se convirtió en mi juguete favorito.
            Cuando comencé a aprender francés y me enteré de la existencia de las palabras sur y sus, deduje que aquel susodicho... ¿prefijo? de mis trabalenguas tenía que tener algo en común con ellas. Si éstas eran equivalentes a ‘sobre’, ‘arriba’, ‘encima’, susodicho tenía que ser ‘lo dicho arriba’, ‘lo mencionado antes’. Y creó Dios la luz y vio que era buena.
            Después la palabra habrá decidido irse al desierto a meditar, porque hacía tiempo que no se me atravesaba en el camino. Hace 11 días, sin embargo, Abigaíl, mi hija mayor, me reveló en medio de una conversación electrónica que “le encanta esa palabra”, y esto ha resucitado en mí aquella ruleta de los sonidos y las imágenes. Los usos dichos; las uso dichas; las uso, oh, dicha; las u, so dicha; él, su uso dicho...
            Todo lo antes dicho revela cómo urden las palabras para sobrevivir a los hombres. La susodicha niña conservará esta palabra cuando yo me vuelva silencio en la tierra, y sus hijos y sus nietos jugarán con ella, como yo, ojalá, generación tras generación, hasta que carne y palabra sean, otra vez, uno solo y el mismo ser.


emalaver@gmail.com



Año II / Nº XL / 19 de enero del 2015

lunes, 12 de enero de 2015

El arroz nuestro de cada día [XXXIX]

Isabel Matos

            Ya sé que así no dice el Padre Nuestro, pero es que la palabra que me maravilla no es nuestra, y no es pan ni es arroz. Aunque no es arroz, en realidad sí se trata del arroz, el que preparan y comen en Japón.
            En Caracas, Japón sabe a sushi, que se ha convertido en su plato más popular; también tienen sopas, fideos, pasteles, pero no son igualmente conocidos. Lo que muchos no sabíamos es que el sushi es algo que los japoneses comerían en ocasiones especiales, no a diario y seguramente no tan a menudo como algunos visitantes asiduos de nuestras mejores cadenas de comida rápida japonesa. Lo que sí comen todos los días es arroz. El arroz está en el desayuno, el almuerzo y la cena. Es tan importante el arroz blanco en la dieta y vida de Japón que la palabra que utilizan para designarlo también es sinónimo de comida. Comida y arroz es lo mismo. El grano sagrado de arroz es komé, y de esos hay más de 300 tipos. Los cultivan en Japón, California y España. Son granos más cortos que los que comemos nosotros en nuestro querido pabellón, granos que fueron desarrollados para adaptarse al clima y paladar nipón[1].
            Todo esto te puedo decir y todavía no he llegado a la palabra que me maravilla, el arroz cocido, sinónimo de comida, es gohan. Y sí, ese también es el nombre del hijo de Goku[2], pero de ese hablaremos en otro rito de ilación.

isabelmercedes@gmail.com



Año II / Nº XXXIX / 12 de enero del 2015



[1] Kazuko, E. (2008). Todo el sabor de Japón. Barcelona: Duncan Baird Publishers.
[2] Son Goku: personaje principal de la serie de Akira Toriyama, Dragon Ball.

lunes, 5 de enero de 2015

La pregunta de las 64.000 lochas [XXXVIII]

Edgardo Malaver Lárez


            Ya va quedando poca gente que recuerde lo que era una locha, que las haya usado para comprar o que las haya recibido de una tía generosa, de un padrino soltero o de una abuela que nos hubiera enviado a hacer un mandado. Para los niños de mi infancia era como una bendición recibir en esas circunstancias la peculiar moneda: cantidad insignificante para el que la daba, inmensamente valiosa para el que la recibía. Con una locha, estando en primer grado, por ejemplo, merendaba uno como un príncipe en el recreo y regresaba a casa sin depender de los adultos, lo cual era mejor que ser uno de ellos.
            Una locha era la octava parte, es decir, 125 milésimas, de un bolívar. Yo, con dos lochas, o sea, con medio real, era rico. Y rico precisamente se hacía también el que lograba responder todas las preguntas que se le hacían en un programa de televisión que comenzó a emitirse en Venezuela al final de los años 50, Monte sus cauchos Good Year, puesto que la última de ellas era lo que el presentador, Néstor Luis Negrón, llamaba “la pregunta de las 64.000 lochas”. Sesenta y cuatro mil lochas son 8.000 bolívares, que en este momento quizá no alcancen para comprar, por ejemplo, muchos pares de pantalones (a lo sumo dos, regateando bastante), pero en la década de los 50, esa cantidad habría sido suficiente para comprar, al menos, una casa de tres habitaciones. Desde entonces, la expresión ha designado, aunque los venezolanos han olvidado su origen, las preguntas de importancia capital o aquellas que son muy difíciles de responder o cuya respuesta es imposible o casi imposible adivinar.
            El programa, que se mantuvo 12 años en las pantallas de Radio Caracas Televisión, era presentado por Negrón junto con la elegantísima Cecilia Martínez, la primera locutora de la televisión venezolana —que en noviembre del año pasado alcanzó la edad de 101 años—.
            La expresión del profesor Negrón provenía de programas de concurso del mismo estilo que antes que el suyo había habido en la radio de Estados Unidos, el primero de los cuales se titulaba Take It or Leave It (Tómelo o déjelo), transmitido desde 1940. En 1950, se convirtió en The $64,000 Question (La pregunta de los 64.000 dólares) y en 1955 saltó a la televisión. Se hicieron tan populares el programa y el tipo de programa, que fue imitado en muchos lugares: en el Reino Unido (The 64,000 [Sixpence] Question), en Australia (Coles £3,000 Question), en México (El Gran Premio de los 64.000). Y en Venezuela.
            Hay otras expresiones venezolanas que incluyen la palabra locha. Cuando un producto es muy barato o cuando es posible encontrarlo en cualquier parte, decimos que lo venden “a tres por locha”. Cuando intentamos entender alguna situación compleja y finalmente lo logramos, decimos: “Me cayó la locha”. En la lucha por la locha es equivalente a estar trabajando duro para ganar el diario sustento. En esta Navidad, que en rigor termina mañana, ha vuelto oírse aquella gaita que dice: “¿Qué haré yo cuando no tenga / en el bolsillo tres lochas / para comprarte una brocha / y pintura pa la bemba?”.
            Cuando yo era niño, mi hermano, queriendo que su padrino le diera dinero, le decía al tropezárselo en cualquier lugar: “Padrino, la bendilocha”, y éste, queriendo evadirlo, le respondía: “Dios me lo bendilimpie, hijo”.


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Año II / Nº XXXVIII / 5 de enero del 2015

lunes, 29 de diciembre de 2014

Un año pasado que se queda [XXXVII]

Edgardo Malaver Lárez



         Siempre se tropieza uno con la misma disyuntiva en la noche de san Silvestre, la misma dubitación, la misma ambigüedad: ¿estar contento porque se aproxima un tiempo nuevo o entristecerse porque está a punto de acabar una época que, a fin de cuentas, no nos ha tratado tan mal? Maracaibo 15 lo pone en términos diáfanos, al cantarle al viejo año lo que todos podríamos decirnos a nosotros mismos:

Las cosas viejas como tú las botan
y más si saben que otro llegará,
pero no llores, échate un trago,
que yo te recordaré
por los ratos que de felicidad
en tus días yo pasé”.

         La noche del 31 de diciembre se encuentra, como bien dijo Rubén Darío, “a la orilla del abismo misterioso de lo eterno”. Nos levanta, como a Jorge Luis Borges, “la sospecha general y borrosa del enigma del tiempo”. Es un instante infinitamente efímero en que estamos en el borde entre lo enteramente conocido y lo totalmente por conocer. Es el “mezzo del camin” de Dante revivido cada año, en un solo minuto.
         El eslabón entre una cosa y la otra, entre los significativos “ratos que de felicidad en sus días hemos vivido” y los enigmáticos y borrosos siglos que nos ofrece ahora el abismo de lo eterno, entre el más acá y el más allá de esa orilla, entre la certeza de lo vivido y el vacío de lo aún por vivir, tiene que ser la memoria, que reconoce lo primero y no se halla a gusto, aún, en medio de lo último. La memoria, que a nada se aferra como a lo vivido, bello o macabro, nos lleva a sentir aprehensión respecto de lo que ha de venir después de las “doce irreparables campanadas”.
         Andrés Eloy Blanco, solo en Madrid a medianoche del 31 de diciembre de 1923, recuerda a su madre y no puede disfrutar la fiesta que lo circunda. Como el gaitero, observa que el mundo está contento en un momento en que él está triste. El año termina y el poeta mira hacia atrás, que es como mirar hacia sí mismo, hacia su interior. Se da cuenta de que “por aquella balumba en que da gritos la ciudad histérica”, su soledad y el recuerdo “marchan como dos penas”. Y esta soledad es más solitaria por la presencia de la memoria, la que no se acostumbra con docilidad a lo nuevo, por más alegría que nos prometa:

Yo estoy tan solo, madre,
¡tan solo!, pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo y el recuerdo es un año
pasado que se queda”.

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Año II / Nº XXXVII / 29 de diciembre del 2014

lunes, 22 de diciembre de 2014

La sílaba que se le perdió a la Navidad [XXXVI]

Edgardo Malaver Lárez



         Según Benedicto XVI (2012), lo más probable es que Jesús haya nacido en el año 6 antes de Cristo. No es una broma, ni siquiera una perogrullada. Es la evidencia de que la práctica de registrar el día del nacimiento de la gente, recordarlo cada año e incluso celebrarlo, por lo menos en el caso de los pobres, es más reciente, quizá posterior al Imperio Romano. La Navidad, posiblemente por esa razón, comenzó a celebrarse en el año 345. Antes de esta fecha, parece, los cristianos se dedicaban a cosas más serias, quizá a lo verdaderamente importante: ser cristianos. No trato de decir que la Navidad no sea cosa seria o importante, porque lo es muchísimo, sino que inmensamente más importante que la fecha y las celebraciones, que son la superficie del asunto, es el significado de aquel acontecimiento, que puede ser personal e íntimo para cada quien.
         En esta ocasión pretendo, apenas mencionar, ni siquiera examinar, un detalle totalmente superficial: la mera palabra Navidad... y, más superficial que eso, una sílaba de esta palabra que ni siquiera aparece en ella.
         Navidad proviene de la palabra latina nativitas, es decir, ‘natividad’. Sin buscar en el diccionario, puede uno imaginarse que dirá: acción y efecto de nacer. Nativitas es un sustantivo que deriva de natus, participio del verbo nasci (nacer). Se ve, ¿verdad?, que, entonces, de ella han de venir nuestras contemporáneas y utilizadísimas nación, connacional, renacimiento, natural, naturaleza, nativo, nato, neonato, natalicio, natal e incluso los nombres propios Natalia y Renato. Etcétera.
         Además, en italiano la Navidad se llama Natale; en portugués, Natal; en catalán y en gallego, Nadal. Se ve, ¿verdad?, que en esas lenguas la palabra que se utiliza en la actualidad deriva, como en español, de la latina. Todas conservan la raíz que tenía en latín. La sílaba ti de nativitas ha subsistido en todas ellas, sea que se la pronuncie con consonante sorda o sonora. Subsiste.
         Siendo así, ¿qué pasó con la sílaba ti en español?


Bibliografía
Benedicto XVI (2012). La infancia de Jesús. Trad. J. Fernando del Río. Barcelona: Planeta.


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Año II / Nº XXXVI / 22 de diciembre del 2014


lunes, 15 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (y III) [XXXV]

Laura Jaramillo



            Ahora veamos un poco el lado periodístico del tema, ya que el beisbol por ser el evento más esperado por venezolanos, el discurso deportivo hace gala de innumerables creaciones lingüísticas, siendo la metáfora la mamá de los helados.
            A diario, y aproximadamente por tres meses, las crónicas deben narrar lo acontecido, tomando en cuenta que el lector, que primero es fanático, necesita de una lectura que le rememore lo ya vivido. Por esta razón, el periodista hace uso de un lenguaje bastante particular, ya que, analizando la cosa, es posible observar un cierto canibalismo[1].
            La metáfora cognitiva es el vehículo perfecto para desarrollar las crónicas del beisbol, así como sucede con las crónicas del fútbol. Para el beisbol, la metáfora es lo caníbal, y para el fútbol, la metáfora es lo bélico. Aunque, en ambos discursos deportivos existen más metáforas deportivas pertenecientes a distintos campos semánticos.
            En nuestro beisbol tenemos ocho equipos: Leones del Caracas, Navegantes del Magallanes, Tiburones de La Guaira, Bravos de Margarita, Águilas del Zulia, Cardenales de Lara, Caribes de Anzoátegui y Tigres de Aragua.
            Podemos observar que cinco equipos son representados por animales (leones, tiburones, águilas, cardenales, tigres) y los otros por hombres (piratas e indios).
            Veamos algunos ejemplos de este canibalismo en titulares tomados de uno de los principales diarios deportivos de Venezuela, Meridiano:

“Tigres devoró al Caracas” (11/01/2007).
“Luis Raven mató al Tigre” (14/01/2007).
“Magallanes golpeó al Caracas” (03/12/2008).
“Magallanes al acecho” (21/12/2008).
“Estacazos de invictos para Águilas del Zulia” (16/10/2014).
“Caribes mató en extrainning” (16/10/2014).
“Tiburón alzado” (19/10/2014).
“Magallanes ligó su tercer triunfo al hilo al masacrar a Bravos” (09/11/2014).

            El lenguaje tiene tantos recovecos, que de dónde uno menos piensa salta la liebre, o sea, la lengua tiene muchos aspectos todavía por descubrir, especialmente del lenguaje deportivo, que cada día se reinventa, agregándole sabor al deporte y, por supuesto, a la lengua.

laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] La idea  sobre el canibalismo deportivo es cortesía de la profesora Aura Marina Boadas, quien alguna vez me comentó sobre esta curiosidad del lenguaje deportivo.




Año II / Nº XXXV / 15 de diciembre del 2014

martes, 9 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (II) [XXXIV]

Laura Jaramillo

            Siguiendo con el tema, ahora veamos la incursión de la metáfora cotidiana en el lenguaje del beisbol, es decir, ahora es el lenguaje de nuestro día a día el que usamos cuando de beisbol se habla. Incluso, quizás, hay expresiones inventadas que nos sirven para describir esas diferentes situaciones que se presentan durante un partido de pelotas.
            Veamos algunas de estas expresiones metafóricas:

Carrera de caballito: cuando las bases están llenas y el bateador de turno recibe boleto o base por bolas, lo cual impulsa el movimiento de los jugadores hacia las bases siguientes, así, el de tercera se mueve anotando una carrera. También se le conoce como carrera de carrusel.
Caballo: así se le llama también al beisbolista.
Diamante: el terreno de juego. Si unimos imaginariamente todas las bases, tendremos un hermoso diamante.
Lomita: lugar de trabajo del pícher. No es que sea propiamente una loma, más bien, un montoncito de tierra, también conocido como morrito.
Serpentinero: pícher que tiene un movimiento especial del brazo al realizar el lanzamiento de la pelota.
Plato: se le dice a la base principal, el home, donde están el catcher, el umpire y el bateador.
Jardinero: jugador defensivo; hay jardinero central, jardinero derecho y jardinero izquierdo.
Abanicar: el movimiento que hace el jugador cuando lo ponchan.
Arepas: cuando un equipo hace 0 carreras en todo el partido.
Bambinazo: jonrón. Proviene del jugador Babe Ruth, gran jonronero conocido como el Bambino.

            No sé de dónde proviene tanta creatividad, pero pienso que la necesidad de apropiarnos de esta disciplina deportiva, proveniente principalmente de los Estados Unidos, ha facilitado la invención de palabras que sustituyan las del inglés, y así acercar cada día más el beisbol a nosotros, a nuestras hermosísimas cultura y lengua.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XXXIV / 8 de diciembre del 2014

lunes, 1 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (I) [XXXIII]

Laura Jaramillo


 

 

 

         El beisbol forma parte de nuestra cultura como venezolanos. La temporada del beisbol nos vuelca totalmente la vida, porque nos hace olvidar por instantes los problemas del día a día. El beisbol es nuestra excusa para burlarnos, después del partido, del compañero que recibió nueve arepas.
            Ahora bien, el beisbol como parte de nosotros, también es parte de nuestro lenguaje cotidiano, porque nos ayuda a expresarnos: cuando queremos que nuestro discurso quede bien clarito, el lenguaje del beisbol nos salva la partida. Veamos algunos ejemplos: 

 

• Cuando nos sorprenden en alguna situación indebida, decimos que nos agarraron fuera de base.

• Cuando tenemos que tomar una difícil decisión, nos encontramos en tres y dos.

• Si una persona está errada en lo que dice o hace, esa persona batea de foul.

• Si nos encontramos con una persona que lo único que hace es dormir, comer y más na, decimos que esa persona ni cacha ni picha ni batea la pelota.

• Cuando nos dan una información que no esperábamos, quedamos fly o ponchaos.

• Si una persona se pega la lotería, la sacó de jonrón.

• Si una persona comienza a decir incoherencias o burradas, decimos que se le hinchó el bolazo.

• Cuando un hombre, como cosa rara, pues, quiere tener más de una relación sentimental, decimos que juega doble play.

 

         Como podemos ver, la metáfora es cotidiana, el lenguaje es cotidiano y el beisbol también; entonces, el lenguaje deportivo es una fiesta social y forma parte de la idiosincrasia del venezolano.

laurajaramilloreal@yahoo.com

 


Año II / Nº XXXIII / 1° de diciembre del 2014


lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Y si ahora las gallinas colocaran los huevos? [XXXII]

Sara Cecilia Pacheco



            Nunca falta entre los hablantes aquel que quiera jactarse de hablar mejor que los otros. Sienten, supongo, un placer elevado de manejar un léxico aparentemente superior al de los demás. Supongo también que son benevolentes al querer cambiar a los demás (pequeños hablantes inferiores) y decir que las cosas se dicen como ellos las dicen y punto.
            Y en su afán por cambiar el mundo (al menos el de la lengua), predican cambios a veces irritantes, a veces risibles. Tal es el caso del pobre verbo poner, recién dejado en vergüenza. Resulta que el gran error de la vida de este verbo, que desde siempre ha sido uno de los predilectos de los hablantes (me imagino que por su tamaño), fue caer en el campo semántico de la cría, y de paso con las gallinas. Esos animalejos inquietos que te pueden mirar mal como a la sal, se han dedicado desde siempre (o al menos desde que la primera gallina lo hizo, si es que fue primero la gallina y no su hijo) a PONER huevos. Y ese fue el error del verbo en cuestión.
            Ahora los seres humanos, seres superiores, claro está, no pueden rebajarse a poner. Y así cada vez hay más gente que te corrige si dices: “Mira, te puse las copias en el escritorio”, y te diga: “Las que ponen son las gallinas”. Y de ahí empiezan unos y otros a autocorregirse y a dejar de decir poner y en su lugar dicen colocar que, es cierto, en determinados contextos pueden ser sinónimos pero en muchos no. Ya he oído estudiantes universitarios decirme: “Es que me coloqué a estudiar fue en la noche... Y hubo una vez que un niño que me dijo: “Me coloqué bravo…”. Un día una reportera de Televén concluyó su nota diciendo: “...y piden a las autoridades que se coloquen en los zapatos del otro”. Y la gota que derramó el vaso es un sacerdote que en misa dice: “Pueden colocarse de pie”.
            No solo colocar no es sinónimo de poner en estos casos sino que su uso transgrede locuciones verbales, y todo esto solo porque cuando hablamos del nacimiento de los pobres pollitos también usamos el verbo poner. ¿Cuál será el resentimiento en contra de las gallinas? ¿Y si ahora las gallinas colocaran los huevos? Entonces, ¿salvarían del infierno al pobre poner? Habría que contarles a estos a hablantes que poner no hizo nada malo para ser usado como acto de dar vida a los pollos sino que sufre de polisemia.
            Por otro lado me pregunto si estos hablantes superiores ya habrán cambiado tooodas las frases donde usamos el verbo poner. Me pregunto si ellos cantarán: “Yo lo que quiero es colocarte a ti... Yo lo que quiero es colocarte a ti...”; le dirán a una amiga: “Colócate bonita para la fiesta”, y les dirán a sus hijos: “¡Colócate las pilas!”.

sarace.pacheco@gmail.com





Año II / N° XXXII / 24 de noviembre del 2014

lunes, 17 de noviembre de 2014

Úslar Pietri, el erudito, ahora es un polímata [XXXI]

Edgardo Malaver Lárez

A los estudiantes de Lengua Española I del 2014
en la Escuela de Idiomas de la UCV,
que siempre me enseñan palabras.

          En un artículo que leíamos en Castellano III en la Escuela de Idiomas cuando yo era estudiante, “El tamaño del mundo” (El Nacional, 21 de septiembre de 1986, pág. A-4), que luego he utilizado en clase como profesor, Arturo Úslar Pietri deja clara la idea de que el mundo de cada quien es del tamaño de su vocabulario. Y pocos autores hay como Úslar Pietri para ensanchar, agrandar y ampliar el vocabulario de cualquier lector, por más breve que sea el texto suyo que uno está leyendo.
          Hace una semana les llevé a los estudiantes de Lengua Española I este texto para que hicieran su última evaluación del año y mientras hablábamos un poco de él, una de las muchachas me preguntó: “¿Cómo se llaman las personas que tienen muchas profesiones?”. Primero dije: “¿Sabelotodo?”, pero luego, más en serio, les expliqué lo que era un policamburista, que hace unos 20 años que no oigo ya en labios venezolanos; en menos de un minuto alguien había encontrado el término en Internet: polímata. Palabra nueva para mí. A la mitad del grupo le pareció increíble que no lo conociera.
          Busco, antes de escribir esto, la palabra polímata en el diccionario de la Real Academia y no la encuentro. Me ofrece polímita, que se refiere a los muchos colores que puede tener una tela. Sigo buscando ahora en Internet y, evitando a toda costa a Wikipedia, me tropiezo con un comentario de alguien que dice que es un neologismo que proviene del griego —todo un oxímoron, ¿no? — que significa ‘que conoce mucho’ o ‘que es capaz de aprender de muchos asuntos’, por lo cual comparte raíz con ‘matemática’. Lo busco en otros idiomas y descubro que en inglés Wordreference da polymath. Moliner no lo pone. Seco tampoco. Como no soy especialista en etimología y mucho menos en griego, me voy a contentar momentáneamente con este pequeño ensanchamiento de mi mundo de palabras.
          El quid del asunto lo veo, quizá, en la información, tampoco muy confiable, de que se trata de un neologismo. Y probablemente la señal más clara de que lo es sea que la Real Academia no lo ha incluido en su diccionario. Otro detalle que combina con el fenómeno es que a menudo nacen de alguna parte, como en todo ecosistema, por aquí y por allá, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, palabras nuevas que ha inventado gente que en algún momento ha sentido la necesidad de poner nombre a alguna idea que se le ha ocurrido. Por ejemplo, usted quiere hablar de una persona que al mismo tiempo ha sido escritor, político, periodista, diplomático, legislador, lingüista, historiador, poeta, orador, músico, abogado, profesor universitario, teólogo y traductor, todo al mismo tiempo (Cecilio Acosta, Fermín Toro, Udón Pérez, Rafael María Baralt, Andrés Bello, etc., todo el siglo XIX en pocas palabras) y no se le ocurre un hiperónimo que agrupe todos esos oficios, y se dice: “Caramba, nos falta una palabra, hay que crearla”. Y le sale... ¡polímata! ¿Y erudito? ¿Y polígrafo? ¿Y sabio? ¿Y humanista? ¿Y renacentista? ¿Y docto? ¿Y letrado?
          Por otro lado, ¿la raíz de polímata será la misma que la de autómata, la de galimatías, la de materia y la de matar? Presumo que no, pero me gustaría oír (o leer) lo que digan o consigan mis alumnos de Lengua Española I, ojalá que antes de que nos volvamos a ver en Lengua Española II.
          Si me tocara a mí hacerlo, le daría una cálida bienvenida a la palabra polímata. ¡La de palabras que al principio nos parecen extravagantes y luego se meten en nuestro mundo! Quién sabe si para mis nietos será una palabra tan común como son para mí ahora teléfono, canoa y camisa. Lo que no podemos admitirnos a nosotros mismos es actuar como la madre del patito feo: vivir feliz en su pequeñísimo mundo conocido y creer que más allá de la baranda de su jardín no había nada.


emalaver@gmail.com



Año II / N° XXXI / 17 de noviembre del 2014

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Cómo se apellida la avenida Solano? [XXX]

Edgardo Malaver Lárez



      Francisco Solano nació en la ciudad andaluza de Montilla el 10 de marzo de 1549. Pertenecía a la Orden de San Francisco de Asís, cuyo amor por la pobreza y la alegría lo atrajo poderosamente en su primera juventud. A los 40 años, solicitó ser enviado a predicar en África, pero fue enviado a América y, durante 20 años, recorrió el sur del continente predicando la palabra de Dios, mayormente a los indígenas. Un naufragio lo dejó en Lima el año siguiente y desde ahí, a pie y movido por el deseo de salvar almas para el Señor, viajó más de 3.000 kilómetros hasta Tucumán, Argentina, donde estaba destinado. Fray Francisco cumplió su misión entre el Chaco paraguayo y Santa Fe, entre Uruguay y Córdoba, entre el Río de la Plata y Bolivia. Algunos de sus biógrafos dicen que tocaba bien el violín y la guitarra y alegraba con ellos a todos los que lo rodeaban, siguiendo siempre el ejemplo del “pobre de Asís”. Pobre y santo, murió en su habitación en julio de 1610, en Lima; fue proclamado santo en 1726.
      Pero no es él a quien se homenajea con la existencia en Caracas de una avenida Solano.
      Carlos Antonio López nació en Asunción, Paraguay, el 4 de noviembre de 1792. Como san Francisco Solano, ingresó en el seminario muy joven, pero por consejo de su familia. Más tarde, prefirió estudiar derecho y, después, oponerse políticamente a su tío José Gaspar Rodríguez de Francia, que entre 1816 y 1840, año de su muerte, ostentó el título de dictador perpetuo del Paraguay. Después de los dos golpes de estado de 1841, López terminó siendo secretario del comandante general Mariano Roque Alonso (1792-1853), líder del levantamiento. En 1844, el Congreso tenía que elegir presidente y López se convirtió así en el primer presidente constitucional de la República de Paraguay al entrar en vigencia la nueva constitución que él había contribuido a redactar. Su primer período debía terminar, y terminó, en 1854, pero lo reeligieron para tres años más, a pesar del saldo autocrático de su primer gobierno, amparado por las muchas omisiones de su constitución. Al final de su segundo período, fue reelecto para 10 años más, pero la muerte lo alcanzó en 1862. Y entonces, gracias a su estratégica ubicación en el cargo de vicepresidente, su hijo de 35 años heredó el poder.
      Tampoco es este abogado López al que los caraqueños nombran al recorrer la avenida Solano.
      El joven hijo del difunto presidente, que recibía una nación en relativo progreso, en sus primeros años construyó hospitales, teatros, escuelas y oratorios, abrió vías férreas y otorgó becas a estudiantes. Inauguró su gobierno anunciando una política nacionalista y de hecho protagonizó varios conatos de invasión a sus vecinos más cercanos. En 1865, condujo al país a la Guerra de la Triple Alianza, contra Brasil, Uruguay y Argentina, en la cual perdió la vida durante la Batalla del Cerro Corá en marzo de 1870. En Francia, como embajador, se había enamorado de una irlandesa, que trajo a Paraguay en contra de la voluntad de su familia y que le dio siete de sus diez hijos. Había nacido, como su padre, en Asunción el 24 de julio de 1826 con un apellido que se encargó de legar a una tercera generación de políticos y soldados paraguayos. A causa de la devoción a aquel santo español que recorrió media América del Sur a pie, había sido bautizado con el nombre de Francisco Solano.
      Este mariscal López es el epónimo de la afamada avenida caraqueña.


emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXX / 10 de noviembre del 2014



Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 3 de noviembre de 2014

El calambur no es otro cambur más [XXIX]

Ramón Aparicio



         Así es, mi estimado lector. El calambur no es otro nombre pintoresco como «cuyaco», «guineo», «topocho» o «titiaro» con el cual podemos designar una variedad de fruta tropical muy apreciada en Venezuela. El calambur no contiene tres azúcares naturales ni goza de un alto contenido de potasio ni lo puede ingerir después de un maratón. La verdad es que el calambur ni siquiera es una sabrosa fruta sino un sabroso juego de palabras que consiste en modificar el significado de una palabra o frase agrupando de distinto modo sus sílabas:

«Útil es dejar dinero» o «Útiles de jardinero»

         El calambur más famoso de la historia de la lengua castellana se atribuye a Francisco de Quevedo, quien tuvo el tupé de llamar «coja» a la reina Isabel de Borbón en su cara sin que ésta se ofendiera, para ganar así una apuesta. Presentóse Quevedo ante la reina en la plaza pública con una flor en cada mano y luego de una cortés reverencia le dijo el siguiente calambur: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su Majestad escoja”.
         El calambur pertenece al grupo de las figuras morfológicas (aquellas que alteran la estructura interna de las palabras) y es un recurso muy utilizado en juegos de palabras y adivinanzas: «Con dados se ganan condados» (Góngora); «Si el rey no muere, el reino muere» (Alonso de Mendoza); Oro parece, plata no es. ¿Qué es?; Tu amoroso tocar, mi corazón delata o Tu amor osó tocar mi corazón de lata. Y no podía faltar el calambur más popular en Venezuela de un tiempo para acá: «Mi comandante... Sr. Juez…».

teiwazkan@hotmail.com



Año II / Nº XXIX / 3 de noviembre del 2014

lunes, 27 de octubre de 2014

El zoológico de la lengua [XXVIII]

Jaramillo Laura


         No es que ahora me metí a veterinaria. No. Resulta y acontece que un día enchinchorrá, me percaté de que tenemos una extraordinaria capacidad para emular ciertas características o actitudes de los animales, lo cual, no faltaba más, se refleja en nuestro hablar cotidiano.
         Muchas veces estamos hablando de alguien (chismeando, pues) y no encontramos esa palabra exacta que necesitamos para describirla (como el caso de vaina). Entonces, inmediatamente, en la mayoría de las veces, asociamos las características de un animal con ese alguien, es decir, metaforizamos el lenguaje.
         Por esta razón, a continuación les presento algunos animalillos que tienen actitudes semejantes a las humanas, o al revés:

Sapo: persona a la que le encanta croar (cantar) de más; contar los secretos de otras personas. Existe un libro que se titula El cartel de los sapos, escrito por un colombiano que estuvo asociado al narcotráfico de ese país.
Rata: persona maliciosa. También se le puede decir ratón, ratica o ratuno, todo depende de la intensidad de la malicia.
Conejo: puede significar dos cosas. Generalmente, hace referencia a una persona inocente, también se le puede decir blanca paloma, pero en los bajos fondos, se le dice conejo a la persona que compra o consume droga.
Cuaima piña: persona lista, ágil, peligrosa. Es un adjetivo común para describir a las mujeres. En Colombia, el equivalente es tatacoa, una serpiente del desierto que lleva el mismo nombre, la tatacoa. Hasta las telenovelas se les conoce como teleculebrones, por tener la capacidad de enrollar la historia.
Urraca: persona que habla hasta por los codos. Incluso, para ser más enfático en el adjetivo dirigido a la persona, es común usar el pleonasmo urraca parlanchina.
Cacatúa: persona que intenta como que esconder la pila de años que lleva encima, por medio de maquillajes recargados y ropaje extravagante.
(En estas dos últimas especies, estoy segura de que todos, al igual que yo, tienen una vecina híbrida, o sea, cacaturraca.)
Buitre: persona a la que le encanta regocijarse en las desgracias de otros (no en vano se habla de fondos buitres). También puede ser una persona capaz de aprovechar las oportunidades que se le presentan (como el antiguo manager de los Navegantes del Magallanes, Phil Regan, conocido como El Buitre).
Abeja: persona que está pilas, que sabe cómo actuar ante las dificultades. También persona que trabaja mucho.

         No solo asemejamos el modo de ser, sino también, el aspecto físico. ¿Cuántas veces no hemos visto un perro igualitico al dueño? Yo lo certifico.
         En fin, el zoológico de la lengua es tan extenso, al igual que nuestra creatividad, así que aprovechemos esta oportunidad para asemejar a las personas que conocemos, amigos, parejas, familiares, conocidos, etc., con cualquier animal, y enriquecer el maravilloso mundo del lenguaje metafórico.

laurajaramilloreal@yahoo.com





Año II / Nº XXVIII / 27 de octubre del 2014