domingo, 30 de septiembre de 2018

De cómo la traducción engendró la literatura latina [CCXXVIII]

Edgardo Malaver



Esclavo, griego y traductor, Livio 
Andrónico inventó la literatura romana 

 

         En el principio fue el verbo. Y entonces dijo Dios: “Hágase la cultura griega”. Y nació Homero. Y se enseñoreó Homero de la palabra y escribió los cantos que decía por los caminos. Y los romanos, al regresar triunfantes del Hélade, quisieron oír la voz de Homero, y así nació la traducción, y la traducción engendró la literatura latina.
         En realidad, como dice Jacques Gaillard en Introducción a la literatura latina (1997), los romanos durante mucho tiempo “no mostraron inclinación ni talento alguno para la creación literaria” (p. 12), probablemente por su espíritu rústico y para diferenciarse de las “futilidades” artísticas de los griegos, que por ellas descuidaron la construcción de un imperio más duradero. También explica Gaillard que el latín necesitó que se estabilizaran las instituciones políticas para descollar, lo cual sucedió apenas en el siglo I antes de Cristo. Incluso más tarde, bien entrada la era cristiana, para ser un hombre culto todavía hacía falta hablar griego, incluso a las puertas de la ciudad de Roma.
         Y sucedió entonces que el pueblo romano, rústico y belicoso, se tropezó en el sur de la península itálica con los mismísimos griegos, a los que sometió militarmente. Y descubrió que estos hombres cultivaban el espíritu como ellos la tierra, desde hacía siglos. Y tal como hicieron con los dioses, los mitos e incluso con miles de palabras de la vida cotidiana, los romanos importaron, asimilaron, adoptaron (y adaptaron), en una sola palabra, latinizaron también la literatura helénica. “Cuando la mitología griega llega a Roma”, comenta Gaillard, “ya no es otra cosa que pura literatura, una maravillosa reserva de hermosas historias con personajes engalanados con el prestigio de la divinidad” (p. 14). Ya habían completado el ciclo de transición del “tiempo de los dioses” al “tiempo de los hombres” y estaban en el centro de la cultura y, también, de la educación.
         Dice Bartolomé Segura en “La literatura latina como traducción e imitación” (2003) que no es posible que la literatura latina arcaica haya “surgido de repente, de la nada, en virtud de un sencillo hágase la luz” (p. 26). Sería, dice, un esclavo griego, Livio Andrónico (280-205 antes de Cristo), quien actuaría de nexo “entre una literatura, la griega, ya superdesarrollada, y otra, la latina, tan incipiente y pobre que, para hablar con propiedad, no existía” (p. 26).
         ¿Qué hizo este Andrónico para aparecer en tan honrosa posición en la historia de Roma? Nada menos que traducir al latín las palabras de aquel viejo poeta que cantó las hazañas del superhábil Odiseo. Andrónico introdujo en Roma el arte de la escritura artística. Segura (junto con otros autores) considera su traducción de la Odisea una creación ex nihilo por la inexistencia de obras literarias anteriores. Y recuerda que ha sido un griego quien ha puesto ese hito.
         Inmediatamente después vendrían Nevio (270-201 antes de Cristo) con La Guerra Púnica, Ennio (239-169) con sus Anales, Lucilio (180-103) con sus Sátiras, Plauto (251-184) con su Anfitrión, Terencio (190-159) con su Andriana. Fuera en la épica, la epopeya, la sátira, la tragedia o la comedia (y después de siglos, la poesía y la narrativa), las obras de estos autores (o al menos sus títulos, en el caso de las que se han perdido) revelan que traducían (o al menos adaptaban) riquísima piezas literarias de la antigua Grecia. En su mayoría, aunque esto no era mal visto en Roma, y mucho menos en sus inicios, los escritores romanos no traducían servil y ciegamente las obras griegas: modificaban nombres, localizaciones, motivos de la acción, de vez en cuando sentimientos y genealogías, es decir, el rostro en general de los protagonistas y sus circunstancias, pero ciertamente procedían mediante un procedimiento de traducción que era al mismo tiempo imitación y creación, a la vez emulación y apropiación. Cuando la literatura latina estuvo suficientemente madura gracias a esta práctica, comenzó a parir frutos verdaderamente autóctonos y preñados de genuina romanidad. Para lograr esto, empero, se necesitaron años y siglos, porque el concepto de originalidad en Roma consistía en dar un tratamiento novedoso a cualquier historia, sin importar si ésta era nueva o antigua, propia o extranjera.
         Aun así, la traducción y la imitación siguieron siendo herramientas frecuentes de producción literaria en Roma (y en culturas posteriores). No podía ser de otra manera, puesto que la traducción, como actividad y como mecanismo de comunicación y de construcción cultural, se manifiesta más necesaria y más útil, más presente y más viva precisamente donde el hombre (y decir hombre es decir cultura) necesita nacer, crecer, sobrevivir, transformarse y fructificar. Si la traducción fue capaz de traer al mundo el vasto patrimonio que hemos heredado de los romanos, no puede pensarse, ni en el presente ni en el futuro, que la tarea de traducir sea menos valiosa que ninguna otra.
         (A todos los traductores del mundo, de todas las edades y de todas las lenguas, feliz día de san Jerónimo.)

emalaver@gmail.com




Año VI / N° CCXXVIII / 30 de septiembre del 2018




Referencias bibliográficas
Gaillard, J. (1997). Introducción a la literatura latina. Trad. J.L. Checa Cremades. Madrid: Acento.
Segura, B. (2003). “La literatura latina como traducción e imitación”. Epos XIX, 23-31.





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lunes, 24 de septiembre de 2018

No sea imbécil [CCXXVII]

Edgardo Malaver



¿Cuál sería el coeficiente intelectual de Quico, 
el de El Chavo del 8?



         Desde que leí la noticia estoy buscando un artículo que recuerdo haber leído sobre la clasificación antigua de los llamados retardos mentales, pero como parece que lo escondí muy bien, voy a tener que conformarme con lo que encuentre en Internet, que, aunque bueno, siempre me parece lo menos sustancioso. Aquel artículo designaba las “taras” en términos de idiota, estúpido, imbécil, mongólico, custodiable, entrenable, tonto, bobo, lerdo, etc. No recuerdo más términos, y no estoy seguro de que todos los que pongo aquí aparecieran en la lista. Me interesaba, naturalmente, por el uso científico que se hacía, hace más de 100 años, de unas palabras que ahora son insultos, algunos más bien contundentes y sin retroceso.
         Y a mayor seriedad de la situación, a mayor exposición de los involucrados, el insultante y el insultado, a mayor conocimiento de los circunstantes sobre ellos, más agresiva la palabra elegida y más difícil remendar el capote.
         El 21 de septiembre, en una entrevista con el canal NTN24 en Washington sobre la actual crisis migratoria venezolana, el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, dijo, refiriéndose al expresidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero: “Mi consejo —es un consejo nada más— [es] que no sea imbécil. Es un consejo [...] que le puede hacer muy bien”. Días antes, Rodríguez Zapatero, conocido mediador en otras crisis, había afirmado que gran parte de la emigración venezolana hacia Brasil, Colombia, Perú, Ecuador, Chile y Argentina se debía a las sanciones impuestas por Estados Unidos a funcionarios del gobierno de Venezuela. Almagro, por su lado, ha postulado que Venezuela vive una dictadura, con la que Rodríguez Zapatero colabora, y que no hay que descartar opción alguna para ponerle fin.
         He encontrado, entonces, en Internet una clasificación antigua (sin rigor científico, obsoleta, irrespetuosa para nuestros ojos contemporáneos, pero lingüísticamente significativa) de aquellas “taras” según el coeficiente intelectual de cada individuo. Eran seis grupos.
         Primero estaban los de inteligencia superior, cuyo coeficiente iba de 129 a 120 puntos; luego los normales superiores, que estaban entre 119 y 110 —la mayoría de los que hoy logran un título universitario están en este grupo—; los normales medios, de 109 a 90 —aquí está casi la mitad de la población del mundo—; los normales mediocres, entre 89 y 80 —hoy, con suma dificultad podrían terminar la universidad—; los casos límite, entre 79 y 70, y el grupo que nos interesa, llamado deficientes u oligofrénicos, que no llegaban a los 70 puntos. Éste se dividía en tres subgrupos: débiles mentales, con coeficientes entre 69 y 50 —difícilmente terminarían la escuela primaria de la actualidad—; los imbéciles, de 49 a 25 —que podían hacer tareas sencillas, como vestirse solos y llegaban a formular oraciones, pero adquirían muy poco conocimiento) y, finalmente, los idiotas, cuyo coeficiente era inferior a 24 —considerados incapaces de abotonarse la camisa, por ejemplo.
         Estas palabras, que ya eran hirientes en su origen, al recibir estos nuevos significados en su paso por la ciencia y volver a los labios de hablantes comunes, especialmente de los menos sensibles ante las enfermedades mentales, se convirtieron en insultos mucho más virulentos que antes.
         Lógicamente, todos esos términos fueron sustituidos en las ciencias que estudian la mente humana, y sus avances también modificaron las definiciones, pero esas palabras siguen significando lo que desde tiempos antiguos han significado. Y los hablantes persisten en utilizarlos con esos significados, que, arbitrariamente, el signo lingüístico conserva y perpetúa.
         Hay también situaciones que no parecen admitir otra explicación que la pérdida de facultades, la falta de comprensión, la locura ¿Qué duda nos queda ya de que hay consejos que parecen más bien insultos, pero al mismo tiempo, hay insultos que parecen más bien informes médicos?

emalaver@gmail.com




Año VI / N° CCXXVII / 24 de septiembre del 2018

lunes, 17 de septiembre de 2018

¿Cuándo se va a armar aquí la de San Quintín? [CCXXVI]

Ariadna Voulgaris


Según la tradición, un ángel soltó las cadenas
de Quintín cuando fue apresado



         ¿Recuerdan que les he mencionado a mi amiga Alejandra? Como hace meses que no sé nada de ella y las cosas no andan bien en Venezuela, la llamé hace días y conversamos hasta que mi teléfono anunció que estaba a cinco segundos de fundirse.
         Me contó cincuenta mil historias (y yo a ella), pero la que se quedó vibrando en mi procesador fue la de una señora mayor que hacía una de las odiadas colas que hay que hacer ahora en Venezuela para todo. Había comenzado a refunfuñar entre dientes por tener que pasar por aquel trance para comprar un kilo de papas. La intensidad de sus comentarios en contra de las autoridades comenzó a aumentar hasta que casi gritaba y lograba el apoyo de los demás.
         “Pero lo que me interesaba comentarte, chama, es que la señora terminó pregonando: ‘¡¿Cuándo se va a armar aquí la de San Quintín?!’. ¿No era pasar las de san Quintín?”, me preguntó Alejandra. Le dije inmediatamente que sí. Armarse la de San Quintín no me sonaba ni de lejos.
         Y yo, que estoy pasando por un período de intensidad con Ritos de Ilación, me dije: “Ah, no, yo no me quedo con esto, hay que ponerlo en la revista”.
         Google, ¿pa qué te tengo? Enciclopedia Católica, ¿pa qué te quiero? Pues sí, manita, sí existe la expresión armarse la de San Quintín (y ya todos se habían dado cuenta de que lo pongo con mayúscula), pero encontrar algo sobre pasar las de san Quintín (con minúscula, ¿vieron?) me fue más difícil que encontrar antibióticos en Venezuela hoy en día.
         San Quintín es una ciudad de la antigua región de la Picardía, en el norte de Francia, sobre el río Somme, donde hubo una sangrienta batalla de varios días que terminó el 10 de agosto de 1557, día de san Lorenzo. Los ejércitos francés y español se enfrentaron allí tan crudamente, se descuartizaron con tanta saña el uno al otro, que con razón en adelante se comenzó a usar la expresión armarse la de San Quintín para retratar cualquier situación conflictiva y violenta.
         El mártir san Quintín, nacido no se sabe cuándo en la Roma del siglo III, por esos azares de la vida, fue enviado a predicar en la Galia (¡Francia otra vez!). Allí fue perseguido, encarcelado y decapitado por desafiar a las autoridades, que le ordenaban dejar de evangelizar a los pobladores de Amiéns (también en la Picardía) y sus alrededores. Y adivinen dónde arrojaron su cuerpo. ¡Al río Somme!
         Existen cincuenta mil historias de las espantosas y repetidas torturas a que fue sometido san Quintín, todas muy posteriores a su doloroso martirio, y algunas fuentes hasta dicen que son ficticias. Estamos demasiado lejos en la historia como para saberlo. Lo que sí es cierto es que San Quintín la ciudad lleva ese nombre en honor de Quintín el santo. Antes se llamaba Augusta Viromanduorum.
         Y otra obviedad: a estos padecimientos se refiere la expresión pasar las de san Quintín.
         Quizá habrá que recurrir a san Quintín para aliviar los padecimientos de los venezolanos, que son libres de ser cristianos o no (muchos hasta predican el Evangelio), pero hoy son perseguidos por el hambre, torturados por la enfermedad, crucificados por la inflación. Están pasando todos las de san Quintín y los hay que creen que para acabar con ello hace falta armar una como la de San Quintín. Requetecurioso a nivel martirio.
         También iba a decir que todo esto puede significar que la lengua está intacta, pero es requeteobvio que no sigo el recuento porque se me ha acabado el espacio.

ariadnavoulgaris@gmail.com




Año VI / N° CCXXVI / 17 de septiembre del 2018




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lunes, 10 de septiembre de 2018

Lenguaje incluyente: ¿para qué? [CCXXV]

Laura Jaramillo


 
Imagen dorada de la diosa Justicia



         Desde hace un tiempo, se viene luchando por incluir el género femenino en todos los textos legales: leyes, reglamentos, jurisprudencias y afines. Pero no solo en esos textos, sino también en textos de uso educativo, pues en colegios y liceos se debe hacer la distinción de género. También sucede en todos los entes gubernamentales.
         Sin embargo, resulta curioso que hay ocasiones en las cuales se manifiesta femenino y no masculino. Pero ¿ustedes alguna vez han visto al género masculino peleando por que se le quite el rabito a la a? Yo no, pero deberían.
         Vamos a darle la vuelta a la arepa.

¿Por qué no hay astronauto?
¿Por qué no hay periodisto?
¿Por qué no hay policío?
¿Por qué no hay futbolisto y beisbolisto?
¿Por qué no hay cucaracho?
¿Por qué no hay hormigo?
¿Por qué no hay araño?
¿Por qué no hay culebro?
¿Por qué no hay rano? Porque la pobre rana necesita un rano, no un sapo.

         Hace como dos años, una estudiante, durante la discusión sobre este tema, por demás polémico, me hizo saber que ella se sentía ofendida cuando, por ejemplo, alguien decía muchachos y no muchachos y muchachas. Por más que intentaba explicarle con bases lingüísticas que no había ningún error en el uso genérico del masculino, y mucho menos una intención de ofender, ella no se movió de su pensamiento.
         Eso me llevó a preguntarme: ¿por qué ahora hay un sentimiento de ofensa, cuando hace 20, 30 o 40 años eso no tenía ninguna relevancia? ¿Por qué ahora cambiamos de pensamiento? ¿Para qué se cambió el discurso? Vale resaltar que la estudiante era una jovenzuela de unos 20 o 21 años. Saquen ustedes la cuenta.
         Casualmente, hace algunos días, otro estudiante me pregunta que qué opino sobre la imperiosa necesidad del lenguaje incluyente, y yo le respondo lo que siempre respondo al respecto: me parece ridículo pelear por una letra cuando lo realmente importante es que la ley se cumpla para todos.
         Cada día vemos cómo hay actos de injusticias, y nos quedamos pensando a quién acudimos por justicia, pues pareciera que la venda de Iustitia la pegaron con ‘pegaloca’, venda que irónicamente representa la fe en el cumplimiento de la ley.
         “La justicia no mira a las personas, sino los hechos”. Entonces, es mejor no olvidar que todos somos iguales ante la ley, y que debemos pelear con el cuchillo de Rambo en la boca para que se cumpla a cabalidad, con o sin ‘rabito’.

laurajaramilloreal@gmail.com



Año VI / N° CCXXV / 10 de septiembre del 2018




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lunes, 3 de septiembre de 2018

Un cuento chino [CCXXIV]

Luis Roberts


 
“De lo que contesçió a un rey con los burladores
que fizieron el paño” es el
cuento chino de Juan
Manuel en
El conde Lucanor, del siglo XIV


         La expresión cuento chino la define la RAE como embuste, es decir, ‘mentira disfrazada con artificio’. Para unos, el origen de la expresión está en la reacción de los españoles a la traducción al castellano en 1503 de los viajes de Marco Polo, en el Libro de las maravillas, en el que se describían animales, costumbres e historias, cuentos, tan fantásticos que parecían inverosímiles, mentiras: “Eso es un cuento chino”.
         En América la expresión se generalizó en Cuba cuando España e Inglaterra acordaron en 1847 acabar con la trata de esclavos negros para las plantaciones de azúcar y los españoles empezaron a importar a Cuba trabajadores chinos con unos contratos leoninos escritos en español y con letra pequeña, que de hecho convertía a los ilusionados y hambreados chinos, los culíes, en “esclavos” de otro color, que llevó al suicidio a centenares de ellos. Esos contratos eran “un cuento chino”.
         Pero el cuento, la leyenda, la fábula, el mito, chino o no, existen desde que el hombre, perdón, el ser humano (por eso del lenguaje inclusivo) adquiere el lenguaje y se socializa.
         El estudio del cuento, tiene un hito fundamental, no sólo en el análisis del cuento, sino en la literatura en general, en la crítica literaria e, incluso, en la estilística; me refiero a la maravillosa Morfología del cuento de Vladimir Propp (disponible en línea), uno de los más importantes representantes del Círculo de Moscú, de los formalistas rusos de los años 20 del siglo pasado, tardíamente reconocido en Occidente gracias a su influencia en los estructuralistas Jakobson y Barthes. Propp estudia la morfología, la estructura, de los cuentos populares rusos y los clasifica como se puede hacer con la morfología del cualquier organismo. Siguiendo sus pasos, Bronislaw Malinowski va más allá y encuentra la relación entre las leyendas, los mitos y los cuentos, y hasta las religiones, por lo tanto, como lo es para Joan Prat i Carós, el tercer sentido de la voz “mito”, el hieroi logoi, o narraciones sagradas. Posteriormente aparece la obra fundamental de Bolte y Polivka donde se analizan los cuentos de los hermanos Grimm y la bibliografía, los cuentos que ellos conocían, desde Las mil y una noches hasta la recopilación de Afanassiev de más de seiscientos textos.
         Deformación profesional académica: colgar el marco teórico antes de añadir el cuadro. Y el cuadro es que todos los cuentos folklóricos rusos tienen la misma morfología, secuencia más o menos, que los de las demás culturas y que los temas de los cuentos, leyendas y mitos son universales, claro, con sus variaciones culturales, temporales, etc. Por ejemplo, el famoso cuento de Andersen “El traje nuevo del emperador”, o “El emperador desnudo”, que todos conocemos. Es un cuento que existe en la tradición turca, en la de Sri Lanka, en la india (La piel del elefante) y en la española (El conde Lucanor). Es, como todos los cuentos, una metáfora narrada en términos de lo maravilloso. El emperador, el líder, es un vanidoso al que lo que más le importa es el ropaje, las apariencias, la ideología, y unos sinvergüenzas estafadores, aduladores, ideólogos, le venden una supuesta tela para hacerle un traje que era invisible para los estúpidos e incapaces. Obviamente, ni el mismo emperador, el líder, ni ninguno de sus servidores, ministros, lacayos, chupamedias, cómplices, socios, se atreve a decirle que va desnudo, que no tiene nada, que es una nada absoluta, un desnudo total, intelectual y físico, y así le permiten pavonearse en aparatoso desfile, en transmisión televisiva, hasta que un niño inocente se atreve a exclamar: “¡Pero si va desnudo!”. Ese niño inocente, mutatis mutandi, en muchas culturas es una metáfora de un pueblo, un pueblo inocente, un pueblo ingenuo, un pueblo víctima, que de repente, en algunas situaciones puede también gritar: “¡Pero si va desnudo, nos está engañando, no tiene nada!”.
         Como se pueden imaginar he elegido este cuento absolutamente al azar para ilustrar la teoría de los formalistas rusos sobre los cuentos nuestros de cada día, sean chinos o no.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXXIV / 3 de septiembre del 2018



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Reflexiones sobre la anomia
Predecir las palabras antes de escucharlas

lunes, 27 de agosto de 2018

Soberana confusión [CCXXIII]

Sara Cecilia Pacheco



En 1879 el bolívar era tan fuerte (y tan soberano), que era de oro



         Hace pocos meses el gobierno venezolano decidió volver a cambiar de moneda, cambiando solo el adjetivo. Se supone que es una medida para frenar la inflación, pero basta con entender nociones básicas de economía para perder toda esperanza. En realidad, parece una solución para simplificarle la vida a quienes mueven grandes cifras. Esta vez, para reconvertir la moneda, no se le eliminaron tres ceros ni seis, sino cinco, cosa que hace muy complicada las cuentas para la mayoría. Nuestra primaria es deficiente y con esto se nota.
         En 2008, ya experimentamos una reconversión en que el bolívar (nacido en 1879) pasó a ser bolívar fuerte,  del ISO VEB al VEF.  Le quitaron tres ceros a la moneda. Entonces, daba la impresión de que era una moneda “fuerte” pero su juventud y fortaleza duró solo 10 años. Ya el lunes 20 de agosto, día de la entrada en vigencia del bolívar soberano, la gente empezó a llamar al bolívar fuerte bolívar viejo. No es para menos, ya que en su corta vida pasó de tener 2,15 veces menos valor que un dólar a 6.000.000 de veces menos valor que un dólar. Todo esto en términos oficiales.
         Pero vamos a concentrarnos en la nueva moneda, el bolívar soberano (VES). Aunque la soberanía sea una cualidad de mandatario, no sé si este bolívar venga a gobernarnos. El adjetivo soberano viene de la raíz latina super- y el sufijo -anus (no es lo que están pensando). Super equivale a ‘sobre’, ‘encima’, y -anus es el mismo sufijo -ano que está presente en varias nacionalidades y que denota origen, procedencia.  Podríamos intentar imaginar que esta moneda es “superior a su origen”, pero  soberano significa tres cosas, según el diccionario de la Real Academia:

1. adj. Que ejerce o posee la autoridad suprema e independiente. Apl. a pers., u. t. c. s. 2. adj. Muy grande, elevado o extraordinario. 3. m. y f. monarca.

         Supongamos que en el caso del bolívar estamos usando la segunda acepción. En ese caso, elevado y extraordinario parecen más que fuerte, pero ¿cuánto durará esta elevación? Por ahora, lo que es soberana es la confusión. Para la entrada en vigencia del bolívar soberano, se fijó que la tasa de cambio era de 60 bolívares soberanos por dólar, una cifra 23 veces más alta que en la entrada en vigencia del bolívar fuerte.
         ¿Cómo puede ser elevado y extraordinario si su valor el día de su nacimiento es menor al valor del bolívar fuerte en su nacimiento?
         Aunque nació devaluado, ¡larga vida al soberano!

sarace.pacheco@gmail.com



Año VI / N° CCXXIII / 27 de agosto del 2018




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lunes, 20 de agosto de 2018

Veneca serás tú [CCXXII]

Edgardo Malaver



Una selfie de Vasco Szinetar
con Gabriel García Márquez en 1982



         Hace días, iniciada ya la reciente ola de xenofobia en contra de los venezolanos en el resto de Sudamérica, una estudiante me escribió para preguntarme sobre una palabra que en su familia todos parecen entender como despectiva pero que ella siente como un inofensivo sinónimo de venezolano. “Quiero saber con certeza si esta palabra es un insulto o un gentilicio”, me decía.
         La situación que me relató es más o menos así: está su familia viendo las noticias en la televisión y en una de ellas una mujer se ofende porque alguien la llama veneca. Mi alumna comenta: “Qué loca, todos somos venecos”. Y su padre salta y le dice a ella: “Veneca serás tú”.
         El sustantivo veneco”, le respondí, “ciertamente, es peyorativo, discriminatorio y xenofóbico. Me imagino que habrá situaciones particulares, familiares, muy reducidas, en que algún colombiano (o algún venezolano) utilice esta palabra con cariño, pero no es una palabra cariñosa, ni siquiera regular e inofensiva; en Colombia, se llama así a los venezolanos (desde que yo recuerdo) cuando se habla de ellos (de nosotros) con menosprecio y cuando la presencia de los venezolanos en Colombia ha representado un problema. Parece que nunca en la vida esa presencia había sido tan problemática como en este momento, así que la palabra goza de buena salud y será así durante larguísimo tiempo”.
         Es fácil observar en el mecanismo de construcción de la palabra una coincidencia con otra que también es peyorativa: paraco, que se usa también en Colombia para nombrar a los paramilitares, que en realidad, aunque se hagan pasar por justicieros, son delincuentes. En Venezuela también hay —sí, también hay paracos, pero pensaba en otras palabras como éstas—. La primera que me viene a la mente, aunque en realidad no se formó de la misma manera, es adeco, es decir, miembro del partido Acción Democrática. Adeco se formó en los años 1940 cuando, siendo aún ilegal el partido, la gente percibía a sus miembros como comunistas. La unión de las siglas del partido y la primera sílaba del adjetivo comunista (AD + co-) formaron la nueva palabra, que dejó de ser insultante cuando los adecos contribuyeron a restaurar la democracia y el partido llegó al poder.
         También tenemos en español palabras que parecen construirse siguiendo el mismo mecanismo que veneco. Terruco, por ejemplo, se usa popularmente en Perú para referirse a los terroristas desde los tiempos de auge de Sendero Luminoso y más recientemente también como insulto contra otros grupos, incluyendo a los indígenas. En España, una ventanuca es una ventanita tan pequeña que ni siquiera requiere reja; y no recuerdo en este instante el título de aquella película argentina sobre Eva Perón en que la protagonista se refiere los militares como “esos milicos cagones”.
         Aparezcan o no en el diccionario, también se usan casuca, papeluco, feúco, beatuco, frailuco, mujeruca, carruco, hermanuco, equivalentes a casucha, papelucho, feúcho, etc. Hasta llamamos cariñosamente Camucha a algunas mujeres de nombre Carmen.
         A lo que no hemos llegado es que se trata del sufijo –uco, que en todas partes es diminutivo y despectivo. El mejor ejemplo en Venezuela es maluco. Y el peor, horrible, insoportable, es vejuca. Pequeño, insignificante, feo, sin valor para nadie, parecen ser semas importantes que comunica el sufijo –uco (y sus variantes). Curiosamente, en Santander, España, según el Centro Virtual Cervantes, terruca es un diminutivo afectuoso de la tierra donde uno ha nacido.
         Veneco, como insulto, queridos alumnos, es en realidad un dimunitivo peyorativo más que nace del uso de la lengua en circunstancia en que un grupo mayoritario se cree en ventaja sobre otro que atraviesa dificultades. Aunque algunos no lo crean y aunque sea con otros sufijos, la lengua de los venezolanos también ha delatado en distintas épocas sentimientos xenofóbicos que habría que recordar ahora: portu, españoleto, maquediche, cotorro, perucho, turco, chino, caliche, indocumentado. La xenofobia, como diría Elías Pino Iturrieta, es enanismo intelectual. Y lo es en todas partes.
         Gracias a Dios y a la literatura, Gabriel García Márquez escribió al final de los 1950 un libro titulado Cuando era feliz e indocumentado, en que habla de ese período en que, aun extranjero, Venezuela lo amaba a él y él la amaba a ella.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXII / 20 de agosto del 2018



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lunes, 13 de agosto de 2018

Reflexiones sobre la anomia [CCXXI]

Luis Roberts



Sin anomia ni desorden, Tucídides fue capaz de narrar
la
Historia de la Guerra del Peloponeso


         De las moscas a la anomia, pero sigo reflexionando.
         La palabra anomia, del griego νομία / anomía: prefijo - a- «ausencia de» y νόμος / nómos «ley, orden, estructura». En el Diccionario de la RAE tiene dos entradas: 1. f. Ausencia de ley. // 2. f. Psicol. y Sociol. Conjunto de situaciones que derivan de la carencia de normas sociales o de su degradación.
         En la sociología moderna, primero uno de los padres de la sociología, Émile Durkheim, y luego el estructuralista Robert Merton introducen el término y el concepto, concepto multiuso, es verdad, desde siempre. Efectivamente, ya Herodoto, con sólo dos referencias, como “falta de respeto por las costumbres” y, sobre todo Tucídides, ateniense, para quien la anomia se producía por la descomposición de la sociedad como un producto directo de la descomposición del hombre. Tucídides descarta por completo la supuesta acción de la fatalidad y el destino y estima que los asuntos prosperan o fracasan en el mundo, según el acierto o la torpeza de los dirigentes. En Atenas la mayor anarquía se manifestó en el incumplimiento de las leyes y de las costumbres. La sociedad en general no tenía en cuenta las reglas. Más adelante, para Platón el término anomia representaba la anarquía e intemperancia.
         Volviendo a la sociología moderna, para Durkheim, en su La división del trabajo social y el suicidio, la anomia se da cuando los vínculos sociales se debilitan y la sociedad pierde su fuerza para integrar y regular adecuadamente a los individuos, generando fenómenos sociales tales como el suicidio: el suicido individual y el colectivo, el de la sociedad.
         Por su parte, Merton dijo que la anomia es sinónimo de “falta de leyes y control” en una sociedad y su resultado es una gran insatisfacción por la ausencia de límites en cuanto a lo que se puede desear.
         Más cerca de nosotros, Carlos Santiago Nino, en Un país al margen de la ley (1992), señala sobre la base de la sociedad argentina una larga serie de conductas observables que configuran un conjunto social anómico: la forma en que se transita por los espacios públicos, cómo estos son cuidados, la naturalidad con que se evaden las responsabilidades cívicas “pago de impuestos, por ejemplo”, la forma en que se contamina el ambiente, la extensión de la corrupción, (la ignorancia de las leyes de tráfico, añado yo), etc. Testimonios todos de una sociedad abrazada a la ilegalidad entendida como falta de respeto a las normas; según Nino, el factor anómico opera por sí mismo en la generación de niveles bajos de eficiencia y productividad, y distingue tres tipos de ilegalidad diferentes:

a)         la mera desviación individual que ocurre cuando los individuos encuentran conveniente “para sus intereses” dejar de observar la ley “dado el probable comportamiento de otros”;
b)        la que se presenta cuando ocurre un conflicto social que lleva a un sector a desconocer la legitimidad de la autoridad que dicta las normas en cuestión;
c)          la que llama anomia boba, que implica situaciones sociales en las que todos resultan perjudicados.


         Hasta aquí. Pero a mis amigos los cinéfilos les invito a recordar el ineluctable letrero del inicio de las películas: “CUALQUIER PARECIDO CON nuestra REALIDAD ES PURA COINCIDENCIA”, La minúscula es un lapsus de mi cosecha.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXXI / 13 de agosto del 2018




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