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lunes, 27 de julio de 2026

La abogada de los terremotos [DXLII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

En Caracas no cayó “ni una teja de la más humilde
choza, mientras que todos los templos
amenazaron ruina”

 

 

         La historia de los terremotos en Venezuela, que no pretendemos compilar aquí siquiera en una parte mínimamente respetable, contiene toda clase de curiosidades (si cabe poner atención a esos datos). El del 21 de octubre de 1766, fecha del que parece haber sido el más intenso de todos —¡se calcula que llegó a la inaudita marca de 7,9 grados!—, es también, curiosísimamente, el único que no ha dejado víctimas humanas. Según José Grases Galofré, sismólogo de la Universidad Central de Venezuela, este hecho favorable se debió a la escasa población venezolana en aquel momento.

         También fue el primer terremoto que ha permitido a los científicos recabar información concreta suficiente para iniciar los estudios sismológicos en Venezuela. El movimiento estuvo centrado, otra vez, en Cumaná, pero se sintió en casi toda Venezuela. En Guayana y algunos otros lugares, las fuertes réplicas se mantuvieron durante 14 meses, y con tanta intensidad que muchísimos habitantes vivieron durante todo ese tiempo al aire libre.

         Esta semana saltaremos del siglo XVI al XVIII debido a que el terremoto de 1641, que fue el más grave del XVII, en realidad no está entre los más destacados, y porque no hemos encontrado —aún— un relato de buena estatura literaria que nos “cante” aquella historia. Y además, la figura literaria que no dejó escrita una crónica atractiva al respecto es Arístides Rojas (1826-94). Gracias, maestro.

         He omitido algunas partes que quizá puedan distraernos un poco de nuestro punto de atención, pero aquí está el cuento:

 

La abogada de los terremotos

Arístides Rojas

 

[...]

         El primer convento de Mercedes que tuvo Caracas fue una hospedería situada, desde los primeros años del siglo décimo séptimo, en tierras de la parroquia actual de San Juan, cuando en ésta no existían pobladores, sino el camino que comunica a los habitantes de Caracas con los valles de Aragua. Estaba, por lo tanto, muy distante de la pequeña capital [...]. Más tarde, en 1638, se levanta el primer convento de las Mercedes en la porción alta de la ciudad, cerca de la represa del Catuche, cuando no existían ni el puente de La Pastora ni el de la Trinidad, que aparecieron cien años más tarde [...], quedando desde entonces esta Virgen como patrona de la ciudad, reconocida por voto y juramento de ambos cabildos [...].

         Nuevo título, el de abogada de los terremotos, aguardaba a la Redentora de Cautivos, al levantarse el nuevo templo en la prolongación norte de la antigua calle de San Sebastián, hoy Norte 2. En los tres terremotos que ha presenciado Caracas y de los cuales dos de ellos la arruinaron en gran parte, todos han pasado a la historia acompañados de algún incidente extraordinario. [...] En el gran temblor de tierra de 1766, conocido con el nombre de terremoto de Santa Úrsula, por haberse verificado en el día de esta santa, 21 de octubre, la idea que domina pertenece a [...] lo maravilloso, como es la intervención de la Virgen de las Mercedes [...].

         La época del obispo Diez Madroñero, tan fecunda en reformas religiosas, debía serlo igualmente en milagros, hijos éstos de los pueblos creyentes. En los archivos de la Obispalía de Caracas aparece [...] como espíritu de caridad y abnegación, inspirado y capaz de prever los más ocultos males a que está sometida la sociedad humana. Más meritorio que el prelado, por su saber, edad y virtudes excelsas, fue el venerable cura de La Pastora, don Nicolás Bello, varón preclaro que, según la tradición, murió en olor de santidad. En los días que precedieron al gran temblor de Caracas del 21 de octubre de 1766, el padre Bello había escrito al obispo, quien a la sazón hacía la visita pastoral de los valles de Aragua, que ordenase la traída de la Virgen de las Mercedes a la catedral, pues abrigaba presentimientos de que algo debía suceder para el día de santa Úrsula [y] el obispo ordenó la visita de la Virgen de las Mercedes a la catedral, donde fue recibida por grande concurrencia, como protectora de la ciudad, sin que nadie sospechara el objeto de aquella disposición.

         El padre Bello, que entretenía semanalmente con una conferencia religiosa a sus amigos íntimos, excitó a algunos de éstos a que le acompañaran a orar en el templo de La Pastora, en la noche del 20 al 21 de octubre [...].

         Vivía en Caracas, en aquella época, un loco pacífico y locuaz llamado Saturnino, a quien nadie ofendía por su carácter humilde y benévolo. Desde muchos días antes del de santa Úrsula, Saturnino recitaba por todas las calles el siguiente estribillo:

 

Qué triste está la ciudad

perdida ya de su fe,

pero destruida será

el día de San Bernabé;

quien viviere lo verá.

 

Y ya en la víspera del 21 de octubre decía:

 

Téngolo ya de decir,

yo no sé lo que será,

mañana es San Bernabé,

Quien viviere lo verá.

 

Y echándose a cuestas una pesada piedra, subió la colina del Calvario, diciendo a cuantos encontraba que al raso iba a pasar la noche, porque al día siguiente Caracas debía bailar como un trompo. Riose la población tanto de la profecía como del profeta, al cual debía después solicitar a interrogar.

         Serían las cuatro y veinte minutos de la mañana del 21 de octubre de 1786, cuando la población de Caracas despierta aterrorizada al súbito estremecimiento que hace bambolear los edificios de la capital. Al acto lánzanse los habitantes a la calle, y los gritos de “¡Misericordia, Señor!” se escuchan por todas partes. Nadie sabe qué hacer ni a dónde ir, y todo inspira temor por largo tiempo, cuando al despertar la aurora se sabe que ningún edificio notable había caído, aunque casi amenazaban ruina, sobre todo los templos. Dilatada fue el área de este sacudimiento que causó estragos en la región oriental de Venezuela.

         Dos frailes acompañaban a la Virgen en la catedral, en el momento del sacudimiento, mientras que el padre Bello, con sus amigos, oraba en La Pastora aguardando la hora del Ángelus [...]. Inmediatamente fueron abiertas las puertas de la Metropolitana y demás templos, a los cuales se acogió la población atemorizada; [...] después de un prolijo examen, viose que todos los templos exigían pronta reparación en sus muros, arcos, etc., que era necesario rebajar el tercer cuerpo de la torre de San Jacinto y derribar por completo la de las Mercedes. [...]

         ¿Por qué habían sufrido todos los templos, mientras que en las casas de los habitantes no se temía riesgo alguno? Los moradores de Caracas atribuyeron este hecho a la intervención de la Virgen de las Mercedes [...].

         Al amanecer del 21, el loco Saturnino estaba ya en Caracas sano y salvo, después de haber pasado la noche al pie de un árbol en la colina del Calvario. Jamás este pobre se vio tan rodeado de la muchedumbre y hasta de la gente de criterio, que quería saber del loco lo que éste ignoraba y había dicho inconscientemente. Pero Saturnino se limitó a contestar a cuantos curiosos le interrogaban, con una frase: “¿No se lo dije yo, que algo grande iba a suceder?”. Obraba así, como si fuera el hombre más cuerdo.

         Calmados los ánimos y realzada por un milagro la Virgen de las Mercedes, los moradores de Caracas nombraron a la Redentora de Cautivos abogada de los terremotos, dedicándole fiesta solemne el 21 de octubre de cada año. Reparados los estragos que causó el temblor de tierra en los diversos templos, regresó la Virgen al de las Mercedes, acompañada de todos los habitantes de Caracas. Desde esta fecha quedó pospuesta, como patrona de los temblores, la Virgen del Rosario, que tenía tal encargo, desde tiempos remotos, como lo asevera el historiador Oviedo y Baños.

         Llama el cronista Terreros la atención hacia el hecho de no haber caído en Caracas ni una teja de la más humilde choza, mientras que todos los templos amenazaron ruina. [...]

         Una graciosa tarjeta de plata esculturada, regalo del cabildo eclesiástico y Ayuntamiento de Caracas, figuró desde esta época al pie de la imagen que fue testigo de la tribulación [...]. En una de las caras de la tarjeta se lee:

 

SERVATRICE NOSTRÆ

 

DIE. XXI. OCT. A DMN. MDCDLXVI [*]

 

Y en la otra las siguientes sentencias:

 

OMINES, ET JUMENTA SALVASTI DOMINA.

 

Ex. Psalmo 67

 

TU CAPTIVORUM-REDEMPTIO, ET OMNIUM SALLUR.

 

S. Ephren

 

TE NOSTRÆ CAUSAM SERVATRICEN YUE SALUTIS.

 

Ex. Ovidio

 

NOSQUE TUOS LIBRA FAMUR ET (ÆTEMAGIS)

 

Ex. Ovidio

 

         En medio del fervor religioso que se apoderó de los caraqueños hacia la Redentora de Cautivos, comenzó igualmente a apoderarse de ellos la inconstancia. Aguijoneados por la vanidad, se cansaron de la antigua imagen de Nuestra Señora[...], y resolvieron poseer una escultura de la Virgen cuyo modelo fuera caraqueño [...]. Cúpole la dicha a la bella Mercedes Iriarte Aresteiguieta, quedando la nueva Virgen idéntica al modelo. Descendió del trono la antigua española, y orgullosa subió las gradas la caraqueña, a cuyos pies colocose la tarjeta de plata. Esta Virgen es la que recibe anualmente en el templo de las Mercedes la visita de los fieles.

         La inconstancia fue apoderándose igualmente de los ricos agricultores de cacao, perdiendo su brillo la rumbosa fiesta anual dedicada a la Virgen, hasta que imperaron el olvido y el indiferentismo Entibiose igualmente la ciudad y poco a poco fue olvidándose de su abogada la Redentora de Cautivos. En esto llega el famoso terremoto de 1812 que echó por tierra aldeas, villas y ciudades y sepultó diez mil víctimas [...]; pero sobre todo el hermoso convento de las Mercedes [...]. En el espacio de cincuenta años, sobre las ruinas del antiguo templo, se ha levantado uno nuevo. En el área del convento figuran hoy jardines y la estatua de uno de los hijos de Marte, mientras que en su nicho de flores está la imagen de la bella y distinguida Mercedes Iriarte Aresteiguieta de Ponte.


__________ 

[*] Este parece ser un error en el texto de Rojas. En números romanos, 1766 es MDCCLXVI.



emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLII / 27 de julio del 2026

 

 

 

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lunes, 29 de junio de 2026

“No te vamos a dejar caer”: doce frases memorables para Venezuela [DXXXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Caricatura del 26 de junio del artista dominicano
Cristian Hernández, dedicada a Venezuela

 

 

         Como deben ser apenas dos o tres los venezolanos en su sano juicio los que no estén pasando ahora unas 23 horas al día atentos a todo lo que sucede y no sucede, lo que se dice y no se dice con respecto al doble terremoto del 24 de junio, día de san Juan Bautista—qué día para un terremoto, ¡para dos!—, doy por sentado que no es necesario dar muchos detalles de los acontecimientos. Además, después de ese día, entretenerse mucho en un artículo de periódico, un video, un estado de WhatsApp implica que se nos escapará multitud de datos valiosos que valdría la pena difundir, si quiere uno ayudar en algo, aunque sea poco, a precio de sentir que no estamos siendo solidarios.

         En Ritos de Ilación, que es una publicación venezolana, con la sensibilidad venezolana hinchada en estos días de dolor para nuestro pueblo, rogamos con insistencia a Dios todopoderoso que todos los sobrevivientes, nuestros conciudadanos, nuestros vecinos, nuestros hermanos, puedan pronto enderezar su vida y que Venezuela y los venezolanos descifremos con claridad los mensajes de la naturaleza y de la vida que nos acaban de llegar con esta tragedia.

         Ahora, si escuchamos el sabio consejo de la profesora Luisa Teresa Arenas, en momentos como estos cada quien tiene que hacer lo que sabe hacer y aguantar el chaparrón... y todos juntos duele menos. Eso he intentado hacer todo el tiempo desde el miércoles 24.

         A mí me han conmovido, me han sorprendido, me han asombrado y también, a veces, me han golpeado tantísimas frases que he oído y he leído en este pedacito de semana que nos ha dado poco más que angustias. Y quiero dejar aquí, como homenaje a los que han perdido la vida y a los héroes, de aquí y de otras tierras, que han socorrido a nuestro pueblo, algunas que pienso digerir con más calma cuando todo pase y pueda distanciarme un poco de las noticias:

 

1.            “Estoy guardando cada gotita de fe para rogar que estés viva”.

          Una de mis alumnas en un esperanzado estado de WhatsApp dirigido a otra estudiante que bien podría estar aún bajo los escombros de La Guaira.

2.            “Hola, tía, ¿cómo estás?, ¿qué estás haciendo?, estoy en el hospital, ¿puedes venir a buscarme?”.

          Un niño de unos cuatro años, con un ojo hinchado, aún con polvo en el pelo, sin camisa, sentado en una cama de hospital de campaña.

3.            “¡¿Cómo es posible que los gringos hayan llegado antes que ustedes?!”.

          Un venezolano indignado reprochándole al gobierno de Venezuela la lentitud de respuesta ante la magnitud de la tragedia y la insensibilidad ante el sufrimiento de los afectados.

4.            “Cierra los ojos, hijo. Te vas a mover mucho, pero no te vamos a dejar caer”.

          Un rescatista colombiano tratando de calmar a un niño de 11 años que él y su equipo acababan de sacar de entre los escombros, antes de llevarlo en camilla hasta la ambulancia.

5.            “Donde falta gobierno, sobra pueblo. Pa que lo sepan”.

          Mensaje de un estado de WhatsApp de uno de mis alumnos, escrito sobre la foto de un gran camión cargado de cajas de alimentos, agua, medicinas y ropa recolectados por comunidades de modestos ingresos.

6.            “Me dije: ‘Me recontravale madre que esté jugando México [en el Mundial de fútbol]. Tenemos que ir pa Venezuela’”.

          Héctor Méndez, el legendario “topo” mexicano que encabeza el grupo de rescatistas que no dudó en viajar a Venezuela para ayudar a salvar vidas.

7.            “¡Esos no son muebles! ¡Son nuestras familias que están ahí!”.

          Habitante de un edificio de la llamada Misión Vivienda, en Caracas, totalmente destruido ante la negativa de la policía de que la comunidad siguiera retirando escombros para rescatar a los vecinos tapiados por el concreto.

8.            “‘Mira, mija, tú no eres jefa de nadie, yo no soy político, soy rescatista, soy voluntario, soy sociedad civil, y tú no me vas a decir qué diga’. Estaba encabronado, ¡la mandé al diablo!”.

          Héctor Méndez contando su respuesta a una reportera de un canal de televisión del Estado que le pedía que felicitara al gobierno venezolano por el operativo de rescate.

9.            “Usted no se sienta mal por tener muy poco que donar. Si uno de nosotros da un litro de agua, y otro da un litro más, y otro y otro, ¡será un millón! Mire que Dios no ve la cantidad, Dios mira tu corazón”.

          Un joven que grabó su video mientras manejaba un camión de suministros desde un centro de acopio a alguna comunidad afectada por los terremotos.

10.        “Llegaste tarde. Es más, nunca llegaste”.

La periodista venezolana Carla Angola, analizando el desastre y lanzando un mensaje directo al gobierno interino de Venezuela.

11.        “Hola, me llamo Carlota y tengo siete años. Soy de Maturín y quiero regalarte este bonito peluche para que te acompañe mientras duermes, [prométeme] que te vas a sentir bien”.

          Notita escrita en un pequeño cuadro de papel por una niña venezolana que donó juguetes para niños de las áreas afectadas.

12.        “Ganó la vida”.

          Un bombero colombiano, con lágrimas en los ojos, después de sacar de debajo de los escombros a un hombre y a su hijo adolescente después de horas recibiendo informes de que no quedaba nadie con vida en el lugar.

 

         Todas suenan como mensajes para el futuro, para el futuro de la generación que ahora tiene 11 años de edad. “No te vamos a dejar caer”. La Venezuela de este momento está demostrando con hechos y con determinación que es capaz de sostener en el aire, bajo los escombros que hoy nos cubren, mirando las calles partidas en mil pedazos, las casas destruidas, la naturaleza que nos repite que nunca lograremos que nos obedezca, soportando golpes de quienes tienen que protegernos, que le importa lo que pasa con su gente, que le cuesta no interesarse por su vecino, aunque nunca lo haya saludado. Para eso tenemos nuestras mil “gotitas de fe”, nuestro millón de amigos que nos aman y respetan, nuestra fuerza en contra de la adversidad, que, como la esperanza, tarda hasta el final para abandonarnos, y no es que nos quiera abandonar. Saquemos la cuenta. Aunque haya sido mucho lo que perdimos, aunque nos toque llorar por un tiempo más, —¡cuánto hemos llorado hasta ahora!—, ya verá usted, al final “ganará la vida”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXVIII / 29 de junio del 2026

DÍA DE SAN PEDRO Y SAN PABLO

 

 

 

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lunes, 28 de abril de 2025

Tópicos literarios: Homo viator [DXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Luisa del Valle Silva (1896-1962)

 

 

         “Caminante, no hay camino”, dice Antonio Machado, y cualquiera diría que deja al caminante en el aire, en mitad del mundo sin tener hacia dónde dirigir sus pasos; pero el poema sigue y nos abre las puertas con lo que podría ser un aprendizaje del poeta de Sevilla: “se hace camino al andar”. El hombre, el caminante, es puesto en la vida para descubrir que la vida ofrece tantas formas posibles de vivirla que, por sí sola, no señala camino alguno, sino que cada quien escoge el suyo, cada quien forja el suyo, cada quien se vuelve el suyo.

         La conclusión más natural es que la vida es un camino, un viaje, un constante movimiento hacia algo más, ojalá mejor. Y, ergo, el hombre es un viajero y no deja de viajar, de moverse, de buscar mientras vive. Esta idea es la que durante siglos hemos conocido como el tópico literario del Homo viator, el hombre que viaja.

         El hombre se va moviendo en el tiempo, en el espacio, en su interior, hacia el más allá, hacia lo desconocido... desconocido pero inevitable... inevitable pero más grande. Esa idea del hombre que no hace otra cosa que caminar, que transitar de un estado a otro, que sea exterior o interiormente trasiega y se traslada, que se mueve por el mundo y también por las sendas del corazón y del espíritu, que busca el camino para llegar más alto, para llegar donde parece imposible llegar, al cielo... eso llamaban los romanos Homo viator, el hombre como viajero, la vida del hombre como un eterno viaje que lo hace sabio y que también consume sus fuerzas.

         Luisa del Valle Silva lo ve claro —a su manera, e “intenta” aclarárnoslo— en su poema “Tres caminos”:

 

Son tres caminos paralelos

que están tendidos frente a mí,

por donde a trechos va mi alma

haciendo el viaje del vivir.

 

         Y a continuación nos describe cada uno de ellos:

 

Es uno llano, claro, fácil,

sin un temblor de brusquedad,

como una cinta, a flor de tierra

tiende su plácida igualdad.

 

Ciertamente, en este viaje, que no derrocha creatividad ni osadía, deben aparecer pocas dificultades; de hecho hasta suena a que no hay más que mirar un poco a otros... y caminar:

 

Es el camino abierto, donde

mi vida se deja llevar

pisando sobre las trilladas

huellas que dejan los demás.

 

Sin embargo, no es muy inspirador. Silva siente que es un “camino sin abrojos... pero sin flores”.         Y así, siente un “soplo de rebeldía” que es como “un beso de huracán”.

         El segundo camino es bien oscuro y doloroso. Dice:

 

El otro es hondo, subterráneo,

cerrado en tétrico negror,

por donde va mi vida en horas

estranguladas de emoción.

 

Lo compara a un via crucis y a su correspondiente Calle de la Amargura, en que el alma lucha con las sombras y lanza contra muros de piedra “golpes de interrogación”. Todo sueño es aquí un “diamante de dolor”.

         Y desemboca en el tercer camino:

 

Alto, muy lejos de la tierra,

mi otro camino va a extender

su claridad [...]

y en un minuto de infinito

vive el mañana y el ayer.

 

La poeta se mueve, viaja, hacia afuera, hacia adentro, hacia lo profundo, hacia el infinito. Y evidentemente no acepta ni adopta la primera opción: la pasiva. Busca en mundo tangible, busca en el mundo etéreo. Sueña con alcanzar ese “minuto de infinito” que crece, nada menos, en el ser. Camina y hace camino, su camino, al andar.

         Sea cual sea el camino, la vida es un viaje para quien se la toma en serio. El camino del que habla Machado no es sólo el camino que va de su casa a la casa de un amigo suyo: es también el camino del descubrimiento; el camino del que habla Silva no es un camino sencillo; el viaje del que habla el tópico, que se replica en cada época y puede manifestarse de formas muy similares o muy disímiles en cada autor, es un viaje en busca de la verdad poética de la vida. E incluso se puede entrever que la vida, entre viaje, sueño, tiempo, poesía, estuviera buscándonos también a nosotros.

         Por algo dice el siempre luminoso García Lorca:

 

El sueño va sobre el tiempo

flotando como un velero.

[...]

El tiempo va sobre el sueño

hundido hasta los cabellos.

[...]

Sobre la misma columna,

abrazados sueño y tiempo,

cruza el gemido del niño,

la lengua rota del viejo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXI / 28 de abril del 2025

 



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