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lunes, 4 de mayo de 2026

Mayo y sus verbos [DXXXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Cuando El Valle del Espíritu Santo mayea,
la tierra seca araguaneyea

 

 

         Hoy, 1º de mayo —¡felicidades a los que trabajáis!—, la Academia de la Lengua me acaba de lanzar en el correo una publicación de Facebook titulada, hermosamente, “Mayear”. Al ver la imagen pequeñita, leí apresuradamente “Magyar”, con lo cual me imaginé un universo muy otro mientras abría el mensaje. Verbo intransitivo, decía. “Hacer el tiempo propio del mes de mayo”. ¿Qué tiene de particular el mes de mayo en Hungría?, me pregunté. Pero la imagen, las flores, la fecha me dieron la luz. Y qué bello que exista este verbo.

         El “post” agrega que el verbo mayear casi está restringido al refrán cuando marzo mayea, mayo marcea. Nunca antes oído con estos tímpanos míos. Para alguien que nació y creció en un país donde apenas si se siente (o él siente) los cambios de temperatura durante el año, el mes de mayo ciertamente tiene unas particularidades que sí son notorias. Y así, la existencia de un verbo que le pone nombre a esa sensación, que es como una sonrisa de la naturaleza, resulta de una belleza inolvidable. O sea, si lo hubiera oído antes, lo recordaría. Gracias, hablantes de la antigüedad por dar en el blanco con este verbo.

         (Ah, no puede dejar de mencionar esto: como en el aparentemente único ejemplo posible mayear tiene sujeto, el verbo es intransitivo, sí, pero, en rigor, la definición que da la Academia es típica de verbo unipersonal, impersonal o defectivo, como llover, amanecer, temblar: que sólo se conjuga en tercera persona del singular.)

         Algunos seguidores de la Academia en Facebook hicieron unos comentarios muy nutritivos acerca de sus sensaciones con este verbo. Me parece de agradecer uno de ellos: el de Antonio Villarejo Perujo, que dice que existe en Madrid una larga tradición relacionada con el mes de mayo. Había, por ejemplo, en el siglo XVIII una fiesta que llamaban de los Mayos. Como se convirtieron en buena ocasión para que los jóvenes “encontraran buenos partidos” para casarse, estos iban a las fiestas tan bien trajeados que de aquella época nos quedó el nombre mayos, es decir, muchachos y muchachas que se vestían con tanta belleza como el mes de mayo. Y así, los mayos terminaron llamándose majos y majas. Además, dice Villarejo que trajes como el de los toreros y el de los bailaores de flamenco datan de esa época.

         Y ahora me pongo a pensar: ¿y si esta tendencia a adornarse en los mismos meses en que lo hace la naturaleza fuera en el hombre síntoma de algo más? ¿Y si el ciclo reproductivo de los seres humanos estuviera acompasado con el de los árboles que tan bellamente florean en mayo? Tendría sentido —y seguro que se cumple en otras especies— porque de esa forma nuestra concepción ocurriría en los meses de mayor calor, julio y agosto, y el nacimiento en abril y mayo, cuando la naturaleza nos espera con tantas flores, tanto alimento, tanta belleza que da gusto nacer. Por supuesto, estoy pensando con la mentalidad de hemisferio norte, pero en el sur solo cambiarían los meses.

         Otros usuarios preguntaban si, ya que existe también marcear, no existían agostear, dicembrear, etc. Resulta que ya el mes que viene toca que suceda algo que bien podríamos llamar “junear” porque sucede solamente en junio cada cuatro años, es decir, parafraseando, “hacer el tiempo propio del mes de junio...” durante el Mundial de Fútbol”. En junio la atmósfera vuelve a cambiar para acompañarnos en esa experiencia.

         En Venezuela, el verbo mayear se manifiesta en voz alta durante estos días. Todo lo que vive y respira en Venezuela mayea en este llamado “mes de las flores”. Aquí, hasta el decreto de 1948 que declaraba el araguaney árbol nacional fue firmado el 29 de mayo, que ahora es el Día del Árbol. Aquí araguaneyes, apamates, samanes, acacias, jacarandas, bucares y otras especies florecen entre abril y mayo, lo que, hemisferio norte adentro, se llamaría primavera. No solo el panorama, urbano o silvestre, se pinta de los colores más intensos, sino que también la atmósfera se repleta de olores benditos de miles de flores, y las calles y los aceras se colorean de luz y alegría. Cada año, viendo tanto árbol vestido de amarillo, rojo, anaranjado, rosado, blanco, lila, a uno le provoca decir que la ciudad ha araguaneyeado. O que el llano jacarandea, que los Andes apamatean, que el Zulia samanea, que las islas acacean, que la selva bucarea.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXVII / 4 de mayo del 2026

 

 

 

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lunes, 4 de agosto de 2025

Hacer su agosto [DXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Calle Bolívar con avenida Leandro, Juan Griego, Nueva Esparta

 

 

 

Para Miriam Esther Lárez, la maestra primera,

hoy finalmente en su agosto


 

         Oía mucho a mi mamá decir esta expresión. Cuando sucedía algo que beneficiaba a alguien, la lanzaba como quien pone una foto en la mesa. ¿Veía muchos turistas en las calles de Margarita?, decía: “Los árabes deben estar haciendo su agosto”. ¿Comíamos pescado en casa una tarde?, sonriendo se repetía: “Hoy los gatos van a hacer su agosto”. O sea, no necesité buscar la expresión en el diccionario para entenderla. Me imaginaba siempre que, como en agosto siempre estábamos de vacaciones, entonces los que “hacían su agosto” estarían disfrutando de un período de descanso, de placer o de alegría. No había mes como agosto para disfrutar de la gracia de estar vivo. Y ese era el mejor negocio.

         Pero también he investigado la expresión en el diccionario y en otras fuentes. Y como significa lo que siempre había pensado, lo que era fácil deducir a partir de las palabras de Miriam Esther, queda poco más que decir.

         Hoy, por ejemplo, encontré un artículo de Arturo Montenegro, que habla de la etimología de la expresión. Según él, proviene de un viejo dicho que “guía” a los agricultores respecto a las épocas de cosecha: Agosto y vendimia, no es cada día, y sí cada año; unos con ganancia y otros con daño.

         La imagen de los comerciantes árabes que reciben a muchos turistas en agosto, y por ende, recogen altos ingresos, queda clara: para ellos hacer su agosto es atender a muchos clientes, vender mucho.

         José María Iribarren, autor de El porqué de los refranes, menciona que en otros tiempos se decía más bien “hacer su agosto y su vendimia”, es decir, agosto y septiembre, lo cual ya desplaza la metáfora a terrenos menos monetarios y más intangibles.

         Y no podía faltarnos Cervantes. En La gitanilla, en La ilustre fregona, en Rinconete y Cortadillo, si abrimos los ojos, encontraremos la frase, que, aparentemente, no era infrecuente en el siglo XVII.

         Mi mamá y yo también hacíamos nuestro agosto en esta época del año, cuando yo me liberaba de “mis trabajos y cargas” en Caracas y me deslizaba en el avión de los turistas, con la maleta llena de libros al principio, más tarde llena de juguetes, para pasar agosto y vendimia juntos, como quien tiene una siembra que recoger, un negocio al que volver a sacarle ganancias.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXVIII / 4 de agosto del 2025

 

 

 

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lunes, 7 de abril de 2025

Tópicos literarios: Carpe diem [DVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El alma de la rosa (1908),
de John William Waterhouse

 

 

         Para mí existe desde que vi la película La sociedad de los poetas muertos (1989), protagonizada por Robin Williams (1951-2014). En esta historia, John Keating, el personaje principal, es el profesor de literatura de una escuela de niños ricos, que, deseando animar a sus alumnos a aprovechar el tiempo, les recita un poema que atribuye, al menos implícitamente, al gran poeta estadounidense Walt Whitman (1819-92)*. “Carpe diem”, les dice, “aprovechen el día”.

         Gracias a Dios, el tópico literario, el tema recurrente del disfrute del tiempo del que disponemos, en vista de la brevedad de la vida, no es obra de Tom Schulman (1950), guionista de La sociedad de los poetas muertos, y tampoco fue creado por Whitman (aunque hubiera podido). Fue, una vez más, fruto de la poesía de Horacio (65-8 antes de Cristo). En este caso aparece por primera vez en la undécima de sus Odas (obra del año 13 antes de Cristo, aunque el poema preciso puede ser anterior), que va dirigida a una joven llamada Leucónoe y le da la recomendación de despreocuparse del futuro y “cosechar” el presente.

         ¿Cosechar el presente? Sí, carpe diem se traduce literalmente así. El infinitivo es carpere, que también puede traducirse como coger, recoger, arrancar, y todas estas equivalencias caben en el campo semántico de la siembra y la agricultura. La fórmula de Horacio, por tanto, podría trasladarse también como “cultiva el día”, dedícate a él, trabaja en él, abónalo, riégalo, cuídalo, de modo que en la tarde, al final del día, la siega te dé buenos frutos. Dice el poeta:

 

No te afanes por saber, Leucónoe, que es nefasto,

lo que a ti ni a mí han destinado los dioses;

no te fíes de los inciertos presagios babilonios.

¡Vale más sufrir con entereza lo que suceda!

Sea que te otorgue Júpiter numerosos inviernos

o que apenas el actual, ni uno más, te conceda,

azotando furioso contra las rocas las olas tirrenas,

tú sé prudente, disfruta la roja dulzura del vino

y limita tus esperanzas a los más breves espacios.

Envidioso huye el tiempo mientras hablamos,

así que aprovecha el día y no te ilusione el mañana.

 

         El poema (que en latín tiene apenas ocho versos) no sólo sugiere imágenes campestres (agreguemos aquí la del vino), sino que también menciona tiempos invernales y sensaciones marinas. Es decir, se inclina a tomar su sabiduría de la naturaleza, en la cual todo es siempre presente, pues el pasado existe en ella únicamente porque se renueva una y otra vez.

         El texto de Horacio puede relacionarse de igual forma con la sabiduría popular —que existe en todos los idiomas, pero en español la conocemos de primera mano—. Uno se acuerda de “A quien madruga Dios lo ayuda”, de “Más vale pájaro en mano que cien volando” y de este que acabo de aprender hoy: “Hermano, bebe, que la vida es breve”.

         La imagen, el tema, el consejo poético de aprovechar el momento, no dejar escurrir tan pronto el breve tiempo que dura la vida, adopta en poetas posteriores la forma de rosas que “si vio nacer una la aurora rutilante, a esa la caída de la tarde la contempla ya mustia”. En este texto, titulado “De rosis nascentibus”, también de fecha incierta, escrito por Décimo Magno Ausonio (310-395), el poeta anima a la doncella a quien se dirige a aprovechar los años juveniles, que se agota particularmente rápido. Le dice con claridad:

 

[...] recoge, niña, las rosas,

mientras está fresca la flor

y fresca tu juventud,

pero no olvides que así

discurre también tu vida [...].

 

         [Sin darnos cuenta hemos entrado en otro tópico literario, el de Collige, virgo, rosas (corta, doncella, las rosas), que es a la juventud y la belleza física lo que el Carpe diem a la duración de la vida.]

         Siglos más tarde, Garcilaso de la Vega (¿1496?-1536) escribe, como continuando el poema de Ausonio:

 

[...] coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre [...]

 

         Y más recientemente, el salvadoreño-guatemalteco José Batres Montúfar (1809-44), haciendo su aporte a la tradición de reescritura de aquella pieza inolvidable de Horacio, tradujo la oda XI con estas palabras:

 

A Leucónoe

 

No te afanes, Leucónoe, por saber

el final que los dioses hayan puesto

a tu cara existencia y a la mía,

inútil es saberlo.

 

Ni consultes tampoco babilonios

astrológicos números inciertos,

¡Cuánto es mejor sufrir lo que viniere

con ánimo resuelto!

 

Ya Júpiter propicio nos conceda

el gozar dilatados los inviernos,

o el presente, por último, y no otro

permita que pasemos.

 

El cual, ahora mismo, embravecido,

a los peñascos cóncavos opuestos

azota con furor y debilita

las aguas de Tyrreno.

 

Cuerdamente dispón, y ve colando

los generosos vinos más añejos,

y reduce tus largas esperanzas

a solo este momento.

 

Mientras hablando estamos envidiosa

huye la edad, corre veloz el tiempo:

coge, pues, este día, y aprovéchalo,

sin creer el venidero.

 

         En realidad, dada la precedencia de Horacio, muchos —Góngora, fray Luis, Lope, sor Juana, Bello— después de él han vuelto a escribir su oda, su Carpe diem, cada quien con sus rasgos particulares, cada quien con la distancia o cercanía que la poesía le ha concedido, pero siempre preñados del sentido de la imagen a la que cantan. Al final, ha de ser, dado que se cumple en la poesía y en la traducción, la suma de los elementos que en el tiempo va ganando el motivo lo que nos diga, nos describa, nos revele, redonda y completa, la verdad poética.


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DVII / 7 de abril del 2025

 

 

 

 

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lunes, 9 de enero de 2023

El que se va de villa [CDVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente de los Suspiros, Barranco, Lima

 

 

         No habré sido yo el único que mil veces se preguntó, siendo niño, qué significaba “irse de villa” en el muy conocido refrán el que se va de villa pierde su silla, que es como lo oía yo cuando era pequeño y como sigo oyéndolo hoy en Venezuela. Tampoco habré sido el único que, un poco más grande, pensó, tratando de entender, que lo más probable era que originalmente se dijera el que se va de la villa... —ya comenzaba a sonar colonial, ¿no?—, y que el oído colectivo, arbitrariamente, ajustaría la métrica a siete sílabas, en contra del popular verso octosílabo. Y después, muchos habrán, como yo, concluido que esa villa tenía que ser Sevilla. ¿Qué otro nombre de ciudad española se iba a parecer más?

         El problema persistía porque era forzado decir: “El que se va de Sevilla pierde su silla” en momentos en que alguien se levanta y otro que ha estado de pie mucho tiempo aprovecha la oportunidad para sentarse —o cuando alguien descuida un negocio o un asunto que le interesa y luego lo lamenta al ver que ha sido desplazado—. Alguna vez me he propuesto comenzar a decir más bien: “El que se va a Sevilla...”, que resolvería la disparidad en el número de sílabas, pero no, con la lengua no hay quien pueda: sigue sonado como una guitarra con cinco cuerdas.

         Hoy me he tropezado en Internet con un libro que dejé en Caracas, El porqué de los dichos (1955), de José María Iribarren (1906-71), y echándole un vistazo rápido, me di en la frente con el refrán Quien se fue a Sevilla perdió su silla. Como no hace falta señalar las sutiles diferencias y por el mero placer de oír de una voz sabia la ansiada respuesta, voy a reproducir aquí lo que dice Iribarren:

 

Quien se fue a Sevilla perdió su silla

 

[Se emplea este dicho cuando alguien se ausenta momentáneamente de un lugar, por lo general una habitación, y, cuando regresa, otra persona ha ocupado su sitio. En sentido más amplio, indica que la ausencia puede ocasionar un perjuicio]

Este dicho debió de originarse del siguiente hecho histórico que refiere Diego Enríquez del Castillo en su Crónica del rey Enrique IV (caps. 26 y 54). En tiempos de Enrique IV le fue concedido el arzobispado de Santiago de Compostela a un sobrino del arzobispo de Sevilla, don Alonso de Fonseca, y como el reino de Galicia estaba muy alterado, creyó el electo que el tomar posesión iba a costarle Dios y ayuda. Se lo pidió a su tío, y este convino en que iría él a Santiago a pacificar Galicia, y que mientras tanto su sobrino se quedase en el arzobispado de Sevilla.

Don Alonso de Fonseca restableció el sosiego en la revuelta diócesis de Santiago; pero cuando trató de deshacer el trueque con su sobrino, este se resistió a dejar la silla hispalense.

Hubo necesidad, para apearle de su resolución, no solo de un mandamiento del papa, sino de que interviniese el rey y de que algunos partidarios del sobrino de Fonseca fuesen ahorcados después de breve proceso.

Monláu, que refiere esto en su libro Las mil y una barbaridades (Madrid, 1869), concluye: «Dedúcese que el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella».

 

         Y le faltó decir que, además de todo esto, el sobrino, que se llamaba igual que el tío, no abandonó la hermosísima Catedral de Sevilla sino a punta de espada. La tensión se disipó en 1469. Es fácil imaginar que al terminar ese siglo, cuando los españoles acababan de llegar a América, o un poco después, a ambos lados del océano habría quien recordara que aquella situación había puesto en labios de la gente común la ahora archiconocida expresión. Los niños del siglo XX hemos tenido que investigar para saberlo.

         Además, en muchos lugares hay variaciones. Hoy mismo he leído que en Ecuador tienen su propia versión del refrán: El que se fue a Quito perdió el banquito. En algunos lugares de España dicen más bien Quien fue a Sevilla perdió su silla, y quien fue a Granada no perdió nada. No he oído, sin embargo, versión más creativa y graciosa que la peruana, probablemente para referirse jocosamente a la bohemia del barrio limeño de Barranco. Aquí, cualquier que oiga decir la versión sevillana del refrán automáticamente responderá: “Y el que se fue a Barranco perdió su banco”. E inmediatamente, aunque sea un desconocido, alguien replicará con la ingeniosa coda: “Y si viene de Lima, se sienta encima”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDVI / 9 de enero del 2023

 

 

 

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