lunes, 2 de octubre de 2023

Contrabando de palabras (I) [CDXXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Amelia Bloomer posa en 1853 con su revolucionaria
vestimenta, sin saber el éxito que tendría en el futuro

 

 

         Existe en español una palabra cotidianísima que mucha gente trata de evitar en la lengua hablada. Le tienen grima, sienten como que se les ensucian las manos al pronunciarla, que con ella se acercan a decir una obscenidad. Habrá también quienes la odien porque para ellos representa misterios humanos a veces molestos, otras dolorosos... o vergonzosos.

         La palabra pantaleta, por ejemplo, es tan incómoda para tantos hablantes en algunos ámbitos del español hablado en Venezuela que muchos prefieren contrabandear alguna otra palabra de otra lengua para no temblar de pudor al decirla. En Margarita, por ejemplo, muchas personas, al menos en situaciones formales, evitan llamar pantaleta a la prenda íntima femenina. Hace muchos años me puse a preguntarle a algunas personas qué sensación les daba esta palabra y algunas respondieron haber tenido siempre la de desagrado ante un objeto sucio o contaminado. Otras personas sentían que, en lugar de mencionar el objeto, la prenda, al decir pantaleta, estaban mencionando el órgano que oculta, que es en realidad lo íntimo, lo que ha estado siempre cubierto de misterio y, además, es pecaminoso, irrespetuoso, indecoroso mirar, tocar e involucrar en ciertos actos. En consecuencia, es más bien indecente (o hasta hace poco lo era en todas partes) dejar ver las pantaletas, no digo puestas en el lugar del cuerpo que les corresponde, sino tan sólo colgadas al sol o guardadas en su gaveta.

         ¿Qué han hecho los margariteños para solucionar tamaña dificultad? Contrabandear una palabra “más decente” de otras costas. No es en realidad que hayamos contrabandeado la palabra, sino que ella vino empaquetada en los cargamentos de ropa y otros artículos que en el pasado los margariteños importaban ilegalmente desde la isla de Trinidad. Eran en muchísimos casos los pescadores, que conocían también las aguas trinitarias, los que traían en sus embarcaciones el contrabando. Pronto comenzaron los margariteños a llamar a la controvertida prenda por el nombre que probablemente venía en el paquete, o simplemente como recordaban que la llamaban en Trinidad: bluma.

         Y esta palabra, que en Margarita muchos usan como eufemismo, tiene un origen digno de conocer, aunque no haya nacido en Trinidad. En los años 1850, la activista de los derechos de la mujer Amelia Jenks, nacida en Nueva York en 1818 y casada en 1840 con Dexter Bloomer, comenzó a vestir faldas que eran más cortas de lo regular, pero llevando siempre debajo de ella unos “pantalloons”, “pantalones turcos”, como parte de su campaña social para reformar las condiciones de vida y derechos de las mujeres, que incluía cambios en la vestimenta. Amelia Bloomer, que además era editora de un periódico de mujeres, aparecía en público, daba discursos y participaba en conferencias vestida de este modo, y sus seguidores y oponentes comenzaron a llamar bloomers la nueva prenda, que pronto comenzó a utilizar la mayoría de las mujeres, no solamente de Nueva York sino de otras ciudades de Estados Unidos.

         La prenda y la palabra se difundieron por todo el mundo. La primera ha evolucionado a su mínima expresión, pero la palabra parece seguir incólume. Los hablantes del inglés en Trinidad, país al que en la época de Bloomer aún le quedaban más de 100 de dependencia de Inglaterra, pronunciaban —y pronuncian— la palabra a la británica: /ˈbluːmə/, que los hablantes del español decimos y escribimos: bluma. No hace falta contar más.

         Llegados a la actualidad, después de tanto desprecio hacia pantaleta, es bluma la que a muchos nos suena más bien vulgar y falta de educación. He leído recientemente que en otros países no usan ni una ni otra, y en Cuba, quizá por la influencia de Estados Unidos, dicen más bien blúmer. Hay bombacha en Argentina, Paraguay y Uruguay; calzón en México, Colombia, Chile y Bolivia; panty en Perú y Panamá; braga en España, etc. ¿Por qué los venezolanos utilizan lo que parece un atrayente diminutivo de pantalón? Yo sé que no hay porqué.

         Así como cada ser humano es el fruto de un azar milagroso que se repite, duplicado, en cada generación, una fundición de células que pueden venir en vuelo directo desde el otro lado del mundo, las palabras también llegan a nosotros por rutas tan caprichosas como las marítimas, comerciales e incluso ilegales. No se detienen en su búsqueda de caminos para alcanzarnos, para hacerse nuestras, para darnos luz.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXIV / 2 de octubre del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver