lunes, 7 de julio de 2025

La ge, el camello destetado [DXVII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Un ángel detuvo la mano de Abraham. El sacrificio de Isaac
(1659), de Giovanni Battista Gaulli

 

 

         En la escritura hebrea, explica Rodrigo Peñaloza en su artículo “La historia de la letra G” (2009), la forma de la letra ghimel es una especie de dibujo de un camello. Y la letra con que comienza el equivalente a camello en hebreo comienza con esta letra. Y el nombre del animal es gamol, palabra de la cual viene el nombre de la letra. El camello tiene ese nombre porque gamol, antes de todo esto, también significo ‘criar a un niño hasta que crezca’. Es el signo que se utiliza cuando en el Génesis (21, 8) se narra el crecimiento de Isaac: “El niño creció y lo destetaron”. “El camello recibió este nombre porque es como un niño destetado que puede viajar largas distancias sin mamar”.

         [La historia de la ge parece ser la más seria que les he contado, ¿verdad? Casi no me atrevo escribir sino como si estuviera exponiendo un trabajo de grado.]

         Los griegos, por su parte, se supone que recibieron la letra ghimel de los fenicios, en cuyo idioma era muy similar al signo hebreo. [Me imagino que, siendo vecinos, no sería raro que fuera el mismo signo.] La escribieron a su manera y la llamaron gamma.

         Después vino la época romana. Y lo complicado viene con los romanos. En latín, hasta el siglo III antes de Cristo, la letra ce se utilizaba para representar los fonemas /k/ y /g/. Peñaloza es ultrapreciso al decir que fue en el año 312 antes de Cristo cuando “se introdujo una ligera modificación en la forma de la letra C para diferenciar, en la escritura, los fonemas /k/ y /g/, que ya se diferenciaban en el lenguaje hablado”.

         Luego está el asunto del valor numérico (vale entender cabalístico) de las letras. En el alfabeto hebreo la ghimel tenía el valor de 3, y en esa posición quedó la gamma en el griego. En el latino, también terminó la ce en el tercer lugar y cuando apareció la ge se le ubicó en la séptima posición debido, sobre todo, a que la zeta griega, que ocupaba esa ubicación, era considerada más bien inútil porque no representaba ningún sonido real de la lengua hablada del idioma del Lacio.

         [Esta zeta, humillada por semejante decisión, tuvo que resignarse a ser desplazada al último lugar del abecedario de Roma. Sin embargo, con el tiempo fue reivindicada por el español, que desarrolló un sonido que calzó armoniosamente con ella.]

         La evidencia más cierta de que el nacimiento de la ge representó una solución para la claridad de la escritura latina —y de las lenguas romances posteriores— está en el hecho de que hoy son caracteres totalmente diferenciados. Existen, sin embargo —o quizá más bien como consecuencia— palabras españolas, aun nombres propios, que incluyen una ce pero que en latín se escribían con ge... o viceversa. El nombre Gaius derivó en Cayo, Gades se transformó en Cádiz, secundus nos dio segundo.

         [También podemos ver ahí un rasgo evolutivo: el español nació, siendo la generación siguiente del latín, nació con la capacidad de diferenciar más claramente dos sonidos que siglos antes eran difusos, y, por tanto, necesitaban un signo nuevo. Hoy, por lo menos en la producción hablada, ya no queda rastro de esa confusión, ni siquiera en los casos de derivación en que un sonido se transforma en el otro. Salimos ganando.]

         [Sí, este tema debe ser el más serio de todos: no me fue posible a todo lo largo del texto sacarle una mínima sonrisa ni a un solo lector. Ni siquiera con la imagen del camello destetado. ¡Exijo una satisfacción!]

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

 

Año XIII / N° DXVII / 7 de julio del 2025