lunes, 29 de diciembre de 2014

Un año pasado que se queda [XXXVII]

Edgardo Malaver Lárez



         Siempre se tropieza uno con la misma disyuntiva en la noche de san Silvestre, la misma dubitación, la misma ambigüedad: ¿estar contento porque se aproxima un tiempo nuevo o entristecerse porque está a punto de acabar una época que, a fin de cuentas, no nos ha tratado tan mal? Maracaibo 15 lo pone en términos diáfanos, al cantarle al viejo año lo que todos podríamos decirnos a nosotros mismos:

Las cosas viejas como tú las botan
y más si saben que otro llegará,
pero no llores, échate un trago,
que yo te recordaré
por los ratos que de felicidad
en tus días yo pasé”.

         La noche del 31 de diciembre se encuentra, como bien dijo Rubén Darío, “a la orilla del abismo misterioso de lo eterno”. Nos levanta, como a Jorge Luis Borges, “la sospecha general y borrosa del enigma del tiempo”. Es un instante infinitamente efímero en que estamos en el borde entre lo enteramente conocido y lo totalmente por conocer. Es el “mezzo del camin” de Dante revivido cada año, en un solo minuto.
         El eslabón entre una cosa y la otra, entre los significativos “ratos que de felicidad en sus días hemos vivido” y los enigmáticos y borrosos siglos que nos ofrece ahora el abismo de lo eterno, entre el más acá y el más allá de esa orilla, entre la certeza de lo vivido y el vacío de lo aún por vivir, tiene que ser la memoria, que reconoce lo primero y no se halla a gusto, aún, en medio de lo último. La memoria, que a nada se aferra como a lo vivido, bello o macabro, nos lleva a sentir aprehensión respecto de lo que ha de venir después de las “doce irreparables campanadas”.
         Andrés Eloy Blanco, solo en Madrid a medianoche del 31 de diciembre de 1923, recuerda a su madre y no puede disfrutar la fiesta que lo circunda. Como el gaitero, observa que el mundo está contento en un momento en que él está triste. El año termina y el poeta mira hacia atrás, que es como mirar hacia sí mismo, hacia su interior. Se da cuenta de que “por aquella balumba en que da gritos la ciudad histérica”, su soledad y el recuerdo “marchan como dos penas”. Y esta soledad es más solitaria por la presencia de la memoria, la que no se acostumbra con docilidad a lo nuevo, por más alegría que nos prometa:

Yo estoy tan solo, madre,
¡tan solo!, pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo y el recuerdo es un año
pasado que se queda”.

emalaver@gmail.com




Año II / Nº XXXVII / 29 de diciembre del 2014

lunes, 22 de diciembre de 2014

La sílaba que se le perdió a la Navidad [XXXVI]

Edgardo Malaver Lárez



         Según Benedicto XVI (2012), lo más probable es que Jesús haya nacido en el año 6 antes de Cristo. No es una broma, ni siquiera una perogrullada. Es la evidencia de que la práctica de registrar el día del nacimiento de la gente, recordarlo cada año e incluso celebrarlo, por lo menos en el caso de los pobres, es más reciente, quizá posterior al Imperio Romano. La Navidad, posiblemente por esa razón, comenzó a celebrarse en el año 345. Antes de esta fecha, parece, los cristianos se dedicaban a cosas más serias, quizá a lo verdaderamente importante: ser cristianos. No trato de decir que la Navidad no sea cosa seria o importante, porque lo es muchísimo, sino que inmensamente más importante que la fecha y las celebraciones, que son la superficie del asunto, es el significado de aquel acontecimiento, que puede ser personal e íntimo para cada quien.
         En esta ocasión pretendo, apenas mencionar, ni siquiera examinar, un detalle totalmente superficial: la mera palabra Navidad... y, más superficial que eso, una sílaba de esta palabra que ni siquiera aparece en ella.
         Navidad proviene de la palabra latina nativitas, es decir, ‘natividad’. Sin buscar en el diccionario, puede uno imaginarse que dirá: acción y efecto de nacer. Nativitas es un sustantivo que deriva de natus, participio del verbo nasci (nacer). Se ve, ¿verdad?, que, entonces, de ella han de venir nuestras contemporáneas y utilizadísimas nación, connacional, renacimiento, natural, naturaleza, nativo, nato, neonato, natalicio, natal e incluso los nombres propios Natalia y Renato. Etcétera.
         Además, en italiano la Navidad se llama Natale; en portugués, Natal; en catalán y en gallego, Nadal. Se ve, ¿verdad?, que en esas lenguas la palabra que se utiliza en la actualidad deriva, como en español, de la latina. Todas conservan la raíz que tenía en latín. La sílaba ti de nativitas ha subsistido en todas ellas, sea que se la pronuncie con consonante sorda o sonora. Subsiste.
         Siendo así, ¿qué pasó con la sílaba ti en español?


Bibliografía
Benedicto XVI (2012). La infancia de Jesús. Trad. J. Fernando del Río. Barcelona: Planeta.


emalaver@gmail.com




Año II / Nº XXXVI / 22 de diciembre del 2014


lunes, 15 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (y III) [XXXV]

Laura Jaramillo



            Ahora veamos un poco el lado periodístico del tema, ya que el beisbol por ser el evento más esperado por venezolanos, el discurso deportivo hace gala de innumerables creaciones lingüísticas, siendo la metáfora la mamá de los helados.
            A diario, y aproximadamente por tres meses, las crónicas deben narrar lo acontecido, tomando en cuenta que el lector, que primero es fanático, necesita de una lectura que le rememore lo ya vivido. Por esta razón, el periodista hace uso de un lenguaje bastante particular, ya que, analizando la cosa, es posible observar un cierto canibalismo[1].
            La metáfora cognitiva es el vehículo perfecto para desarrollar las crónicas del beisbol, así como sucede con las crónicas del fútbol. Para el beisbol, la metáfora es lo caníbal, y para el fútbol, la metáfora es lo bélico. Aunque, en ambos discursos deportivos existen más metáforas deportivas pertenecientes a distintos campos semánticos.
            En nuestro beisbol tenemos ocho equipos: Leones del Caracas, Navegantes del Magallanes, Tiburones de La Guaira, Bravos de Margarita, Águilas del Zulia, Cardenales de Lara, Caribes de Anzoátegui y Tigres de Aragua.
            Podemos observar que cinco equipos son representados por animales (leones, tiburones, águilas, cardenales, tigres) y los otros por hombres (piratas e indios).
            Veamos algunos ejemplos de este canibalismo en titulares tomados de uno de los principales diarios deportivos de Venezuela, Meridiano:

“Tigres devoró al Caracas” (11/01/2007).
“Luis Raven mató al Tigre” (14/01/2007).
“Magallanes golpeó al Caracas” (03/12/2008).
“Magallanes al acecho” (21/12/2008).
“Estacazos de invictos para Águilas del Zulia” (16/10/2014).
“Caribes mató en extrainning” (16/10/2014).
“Tiburón alzado” (19/10/2014).
“Magallanes ligó su tercer triunfo al hilo al masacrar a Bravos” (09/11/2014).

            El lenguaje tiene tantos recovecos, que de dónde uno menos piensa salta la liebre, o sea, la lengua tiene muchos aspectos todavía por descubrir, especialmente del lenguaje deportivo, que cada día se reinventa, agregándole sabor al deporte y, por supuesto, a la lengua.

laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] La idea  sobre el canibalismo deportivo es cortesía de la profesora Aura Marina Boadas, quien alguna vez me comentó sobre esta curiosidad del lenguaje deportivo.




Año II / Nº XXXV / 15 de diciembre del 2014

martes, 9 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (II) [XXXIV]

Laura Jaramillo

            Siguiendo con el tema, ahora veamos la incursión de la metáfora cotidiana en el lenguaje del beisbol, es decir, ahora es el lenguaje de nuestro día a día el que usamos cuando de beisbol se habla. Incluso, quizás, hay expresiones inventadas que nos sirven para describir esas diferentes situaciones que se presentan durante un partido de pelotas.
            Veamos algunas de estas expresiones metafóricas:

Carrera de caballito: cuando las bases están llenas y el bateador de turno recibe boleto o base por bolas, lo cual impulsa el movimiento de los jugadores hacia las bases siguientes, así, el de tercera se mueve anotando una carrera. También se le conoce como carrera de carrusel.
Caballo: así se le llama también al beisbolista.
Diamante: el terreno de juego. Si unimos imaginariamente todas las bases, tendremos un hermoso diamante.
Lomita: lugar de trabajo del pícher. No es que sea propiamente una loma, más bien, un montoncito de tierra, también conocido como morrito.
Serpentinero: pícher que tiene un movimiento especial del brazo al realizar el lanzamiento de la pelota.
Plato: se le dice a la base principal, el home, donde están el catcher, el umpire y el bateador.
Jardinero: jugador defensivo; hay jardinero central, jardinero derecho y jardinero izquierdo.
Abanicar: el movimiento que hace el jugador cuando lo ponchan.
Arepas: cuando un equipo hace 0 carreras en todo el partido.
Bambinazo: jonrón. Proviene del jugador Babe Ruth, gran jonronero conocido como el Bambino.

            No sé de dónde proviene tanta creatividad, pero pienso que la necesidad de apropiarnos de esta disciplina deportiva, proveniente principalmente de los Estados Unidos, ha facilitado la invención de palabras que sustituyan las del inglés, y así acercar cada día más el beisbol a nosotros, a nuestras hermosísimas cultura y lengua.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XXXIV / 8 de diciembre del 2014

lunes, 1 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (I) [XXXIII]

Laura Jaramillo

            El beisbol forma parte de nuestra cultura como venezolanos. La temporada del beisbol nos vuelca totalmente la vida, porque nos hace olvidar por instantes los problemas del día a día. El beisbol es nuestra excusa para burlarnos, después del partido, del compañero que recibió nueve arepas.
            Ahora bien, el beisbol como parte de nosotros, también es parte de nuestro lenguaje cotidiano, porque nos ayuda a expresarnos: cuando queremos que nuestro discurso quede bien clarito, el lenguaje del beisbol nos salva la partida. Veamos algunos ejemplos:

Cuando nos sorprenden en alguna situación indebida, decimos que nos agarraron fuera de base.
Cuando tenemos que tomar una difícil decisión, nos encontramos en tres y dos.
Si una persona está errada en lo que dice o hace, esa persona batea de foul.
Si nos encontramos con una persona que lo único que hace es dormir, comer y más na, decimos que esa persona ni cacha ni picha ni batea la pelota.
Cuando nos dan una información que no esperábamos, quedamos fly o ponchaos.
Si una persona se pega la lotería, la sacó de jonrón.
Si una persona comienza a decir incoherencias o burradas, decimos que se le hinchó el bolazo.
Cuando un hombre, como cosa rara, pues, quiere tener más de una relación sentimental, decimos que juega doble play.

            Como podemos ver, la metáfora es cotidiana, el lenguaje es cotidiano y el beisbol también; entonces, el lenguaje deportivo es una fiesta social y forma parte de la idiosincrasia del venezolano.

laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXXIII / 1° de diciembre del 2014

lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Y si ahora las gallinas colocaran los huevos? [XXXII]

Sara Cecilia Pacheco



            Nunca falta entre los hablantes aquel que quiera jactarse de hablar mejor que los otros. Sienten, supongo, un placer elevado de manejar un léxico aparentemente superior al de los demás. Supongo también que son benevolentes al querer cambiar a los demás (pequeños hablantes inferiores) y decir que las cosas se dicen como ellos las dicen y punto.
            Y en su afán por cambiar el mundo (al menos el de la lengua), predican cambios a veces irritantes, a veces risibles. Tal es el caso del pobre verbo poner, recién dejado en vergüenza. Resulta que el gran error de la vida de este verbo, que desde siempre ha sido uno de los predilectos de los hablantes (me imagino que por su tamaño), fue caer en el campo semántico de la cría, y de paso con las gallinas. Esos animalejos inquietos que te pueden mirar mal como a la sal, se han dedicado desde siempre (o al menos desde que la primera gallina lo hizo, si es que fue primero la gallina y no su hijo) a PONER huevos. Y ese fue el error del verbo en cuestión.
            Ahora los seres humanos, seres superiores, claro está, no pueden rebajarse a poner. Y así cada vez hay más gente que te corrige si dices: “Mira, te puse las copias en el escritorio”, y te diga: “Las que ponen son las gallinas”. Y de ahí empiezan unos y otros a autocorregirse y a dejar de decir poner y en su lugar dicen colocar que, es cierto, en determinados contextos pueden ser sinónimos pero en muchos no. Ya he oído estudiantes universitarios decirme: “Es que me coloqué a estudiar fue en la noche... Y hubo una vez que un niño que me dijo: “Me coloqué bravo…”. Un día una reportera de Televén concluyó su nota diciendo: “...y piden a las autoridades que se coloquen en los zapatos del otro”. Y la gota que derramó el vaso es un sacerdote que en misa dice: “Pueden colocarse de pie”.
            No solo colocar no es sinónimo de poner en estos casos sino que su uso transgrede locuciones verbales, y todo esto solo porque cuando hablamos del nacimiento de los pobres pollitos también usamos el verbo poner. ¿Cuál será el resentimiento en contra de las gallinas? ¿Y si ahora las gallinas colocaran los huevos? Entonces, ¿salvarían del infierno al pobre poner? Habría que contarles a estos a hablantes que poner no hizo nada malo para ser usado como acto de dar vida a los pollos sino que sufre de polisemia.
            Por otro lado me pregunto si estos hablantes superiores ya habrán cambiado tooodas las frases donde usamos el verbo poner. Me pregunto si ellos cantarán: “Yo lo que quiero es colocarte a ti... Yo lo que quiero es colocarte a ti...”; le dirán a una amiga: “Colócate bonita para la fiesta”, y les dirán a sus hijos: “¡Colócate las pilas!”.

sarace.pacheco@gmail.com





Año II / N° XXXII / 24 de noviembre del 2014

lunes, 17 de noviembre de 2014

Úslar Pietri, el erudito, ahora es un polímata [XXXI]

Edgardo Malaver Lárez

A los estudiantes de Lengua Española I del 2014
en la Escuela de Idiomas de la UCV,
que siempre me enseñan palabras.

          En un artículo que leíamos en Castellano III en la Escuela de Idiomas cuando yo era estudiante, “El tamaño del mundo” (El Nacional, 21 de septiembre de 1986, pág. A-4), que luego he utilizado en clase como profesor, Arturo Úslar Pietri deja clara la idea de que el mundo de cada quien es del tamaño de su vocabulario. Y pocos autores hay como Úslar Pietri para ensanchar, agrandar y ampliar el vocabulario de cualquier lector, por más breve que sea el texto suyo que uno está leyendo.
          Hace una semana les llevé a los estudiantes de Lengua Española I este texto para que hicieran su última evaluación del año y mientras hablábamos un poco de él, una de las muchachas me preguntó: “¿Cómo se llaman las personas que tienen muchas profesiones?”. Primero dije: “¿Sabelotodo?”, pero luego, más en serio, les expliqué lo que era un policamburista, que hace unos 20 años que no oigo ya en labios venezolanos; en menos de un minuto alguien había encontrado el término en Internet: polímata. Palabra nueva para mí. A la mitad del grupo le pareció increíble que no lo conociera.
          Busco, antes de escribir esto, la palabra polímata en el diccionario de la Real Academia y no la encuentro. Me ofrece polímita, que se refiere a los muchos colores que puede tener una tela. Sigo buscando ahora en Internet y, evitando a toda costa a Wikipedia, me tropiezo con un comentario de alguien que dice que es un neologismo que proviene del griego —todo un oxímoron, ¿no? — que significa ‘que conoce mucho’ o ‘que es capaz de aprender de muchos asuntos’, por lo cual comparte raíz con ‘matemática’. Lo busco en otros idiomas y descubro que en inglés Wordreference da polymath. Moliner no lo pone. Seco tampoco. Como no soy especialista en etimología y mucho menos en griego, me voy a contentar momentáneamente con este pequeño ensanchamiento de mi mundo de palabras.
          El quid del asunto lo veo, quizá, en la información, tampoco muy confiable, de que se trata de un neologismo. Y probablemente la señal más clara de que lo es sea que la Real Academia no lo ha incluido en su diccionario. Otro detalle que combina con el fenómeno es que a menudo nacen de alguna parte, como en todo ecosistema, por aquí y por allá, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, palabras nuevas que ha inventado gente que en algún momento ha sentido la necesidad de poner nombre a alguna idea que se le ha ocurrido. Por ejemplo, usted quiere hablar de una persona que al mismo tiempo ha sido escritor, político, periodista, diplomático, legislador, lingüista, historiador, poeta, orador, músico, abogado, profesor universitario, teólogo y traductor, todo al mismo tiempo (Cecilio Acosta, Fermín Toro, Udón Pérez, Rafael María Baralt, Andrés Bello, etc., todo el siglo XIX en pocas palabras) y no se le ocurre un hiperónimo que agrupe todos esos oficios, y se dice: “Caramba, nos falta una palabra, hay que crearla”. Y le sale... ¡polímata! ¿Y erudito? ¿Y polígrafo? ¿Y sabio? ¿Y humanista? ¿Y renacentista? ¿Y docto? ¿Y letrado?
          Por otro lado, ¿la raíz de polímata será la misma que la de autómata, la de galimatías, la de materia y la de matar? Presumo que no, pero me gustaría oír (o leer) lo que digan o consigan mis alumnos de Lengua Española I, ojalá que antes de que nos volvamos a ver en Lengua Española II.
          Si me tocara a mí hacerlo, le daría una cálida bienvenida a la palabra polímata. ¡La de palabras que al principio nos parecen extravagantes y luego se meten en nuestro mundo! Quién sabe si para mis nietos será una palabra tan común como son para mí ahora teléfono, canoa y camisa. Lo que no podemos admitirnos a nosotros mismos es actuar como la madre del patito feo: vivir feliz en su pequeñísimo mundo conocido y creer que más allá de la baranda de su jardín no había nada.


emalaver@gmail.com



Año II / N° XXXI / 17 de noviembre del 2014

lunes, 10 de noviembre de 2014

¿Cómo se apellida la avenida Solano? [XXX]

Edgardo Malaver Lárez



      Francisco Solano nació en la ciudad andaluza de Montilla el 10 de marzo de 1549. Pertenecía a la Orden de San Francisco de Asís, cuyo amor por la pobreza y la alegría lo atrajo poderosamente en su primera juventud. A los 40 años, solicitó ser enviado a predicar en África, pero fue enviado a América y, durante 20 años, recorrió el sur del continente predicando la palabra de Dios, mayormente a los indígenas. Un naufragio lo dejó en Lima el año siguiente y desde ahí, a pie y movido por el deseo de salvar almas para el Señor, viajó más de 3.000 kilómetros hasta Tucumán, Argentina, donde estaba destinado. Fray Francisco cumplió su misión entre el Chaco paraguayo y Santa Fe, entre Uruguay y Córdoba, entre el Río de la Plata y Bolivia. Algunos de sus biógrafos dicen que tocaba bien el violín y la guitarra y alegraba con ellos a todos los que lo rodeaban, siguiendo siempre el ejemplo del “pobre de Asís”. Pobre y santo, murió en su habitación en julio de 1610, en Lima; fue proclamado santo en 1726.
      Pero no es él a quien se homenajea con la existencia en Caracas de una avenida Solano.
      Carlos Antonio López nació en Asunción, Paraguay, el 4 de noviembre de 1792. Como san Francisco Solano, ingresó en el seminario muy joven, pero por consejo de su familia. Más tarde, prefirió estudiar derecho y, después, oponerse políticamente a su tío José Gaspar Rodríguez de Francia, que entre 1816 y 1840, año de su muerte, ostentó el título de dictador perpetuo del Paraguay. Después de los dos golpes de estado de 1841, López terminó siendo secretario del comandante general Mariano Roque Alonso (1792-1853), líder del levantamiento. En 1844, el Congreso tenía que elegir presidente y López se convirtió así en el primer presidente constitucional de la República de Paraguay al entrar en vigencia la nueva constitución que él había contribuido a redactar. Su primer período debía terminar, y terminó, en 1854, pero lo reeligieron para tres años más, a pesar del saldo autocrático de su primer gobierno, amparado por las muchas omisiones de su constitución. Al final de su segundo período, fue reelecto para 10 años más, pero la muerte lo alcanzó en 1862. Y entonces, gracias a su estratégica ubicación en el cargo de vicepresidente, su hijo de 35 años heredó el poder.
      Tampoco es este abogado López al que los caraqueños nombran al recorrer la avenida Solano.
      El joven hijo del difunto presidente, que recibía una nación en relativo progreso, en sus primeros años construyó hospitales, teatros, escuelas y oratorios, abrió vías férreas y otorgó becas a estudiantes. Inauguró su gobierno anunciando una política nacionalista y de hecho protagonizó varios conatos de invasión a sus vecinos más cercanos. En 1865, condujo al país a la Guerra de la Triple Alianza, contra Brasil, Uruguay y Argentina, en la cual perdió la vida durante la Batalla del Cerro Corá en marzo de 1870. En Francia, como embajador, se había enamorado de una irlandesa, que trajo a Paraguay en contra de la voluntad de su familia y que le dio siete de sus diez hijos. Había nacido, como su padre, en Asunción el 24 de julio de 1826 con un apellido que se encargó de legar a una tercera generación de políticos y soldados paraguayos. A causa de la devoción a aquel santo español que recorrió media América del Sur a pie, había sido bautizado con el nombre de Francisco Solano.
      Este mariscal López es el epónimo de la afamada avenida caraqueña.


emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXX / 10 de noviembre del 2014



Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 3 de noviembre de 2014

El calambur no es otro cambur más [XXIX]

Ramón Aparicio



         Así es, mi estimado lector. El calambur no es otro nombre pintoresco como «cuyaco», «guineo», «topocho» o «titiaro» con el cual podemos designar una variedad de fruta tropical muy apreciada en Venezuela. El calambur no contiene tres azúcares naturales ni goza de un alto contenido de potasio ni lo puede ingerir después de un maratón. La verdad es que el calambur ni siquiera es una sabrosa fruta sino un sabroso juego de palabras que consiste en modificar el significado de una palabra o frase agrupando de distinto modo sus sílabas:

«Útil es dejar dinero» o «Útiles de jardinero»

         El calambur más famoso de la historia de la lengua castellana se atribuye a Francisco de Quevedo, quien tuvo el tupé de llamar «coja» a la reina Isabel de Borbón en su cara sin que ésta se ofendiera, para ganar así una apuesta. Presentóse Quevedo ante la reina en la plaza pública con una flor en cada mano y luego de una cortés reverencia le dijo el siguiente calambur: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, su Majestad escoja”.
         El calambur pertenece al grupo de las figuras morfológicas (aquellas que alteran la estructura interna de las palabras) y es un recurso muy utilizado en juegos de palabras y adivinanzas: «Con dados se ganan condados» (Góngora); «Si el rey no muere, el reino muere» (Alonso de Mendoza); Oro parece, plata no es. ¿Qué es?; Tu amoroso tocar, mi corazón delata o Tu amor osó tocar mi corazón de lata. Y no podía faltar el calambur más popular en Venezuela de un tiempo para acá: «Mi comandante... Sr. Juez…».

teiwazkan@hotmail.com



Año II / Nº XXIX / 3 de noviembre del 2014

lunes, 27 de octubre de 2014

El zoológico de la lengua [XXVIII]

Jaramillo Laura


         No es que ahora me metí a veterinaria. No. Resulta y acontece que un día enchinchorrá, me percaté de que tenemos una extraordinaria capacidad para emular ciertas características o actitudes de los animales, lo cual, no faltaba más, se refleja en nuestro hablar cotidiano.
         Muchas veces estamos hablando de alguien (chismeando, pues) y no encontramos esa palabra exacta que necesitamos para describirla (como el caso de vaina). Entonces, inmediatamente, en la mayoría de las veces, asociamos las características de un animal con ese alguien, es decir, metaforizamos el lenguaje.
         Por esta razón, a continuación les presento algunos animalillos que tienen actitudes semejantes a las humanas, o al revés:

Sapo: persona a la que le encanta croar (cantar) de más; contar los secretos de otras personas. Existe un libro que se titula El cartel de los sapos, escrito por un colombiano que estuvo asociado al narcotráfico de ese país.
Rata: persona maliciosa. También se le puede decir ratón, ratica o ratuno, todo depende de la intensidad de la malicia.
Conejo: puede significar dos cosas. Generalmente, hace referencia a una persona inocente, también se le puede decir blanca paloma, pero en los bajos fondos, se le dice conejo a la persona que compra o consume droga.
Cuaima piña: persona lista, ágil, peligrosa. Es un adjetivo común para describir a las mujeres. En Colombia, el equivalente es tatacoa, una serpiente del desierto que lleva el mismo nombre, la tatacoa. Hasta las telenovelas se les conoce como teleculebrones, por tener la capacidad de enrollar la historia.
Urraca: persona que habla hasta por los codos. Incluso, para ser más enfático en el adjetivo dirigido a la persona, es común usar el pleonasmo urraca parlanchina.
Cacatúa: persona que intenta como que esconder la pila de años que lleva encima, por medio de maquillajes recargados y ropaje extravagante.
(En estas dos últimas especies, estoy segura de que todos, al igual que yo, tienen una vecina híbrida, o sea, cacaturraca.)
Buitre: persona a la que le encanta regocijarse en las desgracias de otros (no en vano se habla de fondos buitres). También puede ser una persona capaz de aprovechar las oportunidades que se le presentan (como el antiguo manager de los Navegantes del Magallanes, Phil Regan, conocido como El Buitre).
Abeja: persona que está pilas, que sabe cómo actuar ante las dificultades. También persona que trabaja mucho.

         No solo asemejamos el modo de ser, sino también, el aspecto físico. ¿Cuántas veces no hemos visto un perro igualitico al dueño? Yo lo certifico.
         En fin, el zoológico de la lengua es tan extenso, al igual que nuestra creatividad, así que aprovechemos esta oportunidad para asemejar a las personas que conocemos, amigos, parejas, familiares, conocidos, etc., con cualquier animal, y enriquecer el maravilloso mundo del lenguaje metafórico.

laurajaramilloreal@yahoo.com





Año II / Nº XXVIII / 27 de octubre del 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

Yo sandungueo, tú sandungueas, él sandunguea [XXVII]

Isabel Matos



            De manera irremediable y con una velocidad impresionante entran en las conversaciones del día a día términos tomados de esas canciones pegajosas que oímos en la radio del autobús camino a casa. Daddy Yankee y Don Omar, Hector (el Father) y Tito (el Bambino) hacen su gran “contribución” a la lengua española, al habla de Caracas con sus canciones. Yo sandungueo, tú sandungueas, él y ella sandunguean juntos y al final todos sandungueamos.
            Wikipedia nos dice que el sandungueo nace en Puerto Rico por el año 2000 y que se caracteriza por ser un baile sensual y lascivo que se realiza con las rodillas ligeramente flexionadas y agitando vigorosamente las caderas. ¿Y sandunguera? Según el diccionario Vox, se refiere a aquel que tiene gracia, que tiene sandunga, o salero. Salero además incluye un poco de elegancia. Aunque sandungueando no nos veamos muy elegantes que digamos.
            En México parece ser muy común que te vayas de sandunga toda la noche, aunque en Venezuela utilizamos otro ritmo para eso, la rumba. Resulta que sandunga o zandunga es además una canción mexicana, significa: música honda y profunda en zapoteca. Luego de escuchar La zandunga en YouTube no deja de sorprenderme la distancia que hay entre esa música que oigo y la que canta Don Omar ¿Y la cumbia sandungótica? Esa la dejamos para otro rito.

isabelmercedes@gmail.com




Año II / Nº XXVII / 20 de octubre del 2014

lunes, 13 de octubre de 2014

La vereda de enfrente [XXVI]

Edgardo Malaver

            Mañana hará exactamente siete semanas que escribí en otro blog un homenaje a Julio Cortázar, que ese día cumplió 100 años de nacido. Algo debe tener cumplir 100 que todos lo desean, y Cortázar, a quien parece que el paso del tiempo no angustiaba, parece haber llegado a un nuevo hito en su carrera hacia la totalidad, es decir, le ha llegado esa época en que, como diría Shakespeare, “in eternal line to time he grow’st”. A los 100 años, digo yo, se convierte uno ya en una voz innegable, en un clásico.
            En mi caso no han sido cien años, pero una palabra lo puede perseguir a uno por mucho tiempo. Y una que me ha atormentado inmensamente a mí desde los años de estudiante en que no había tarde en que no aterrizara en la biblioteca y no descuidara otras mil cosas por leer a Cortázar es la palabra vereda. Mi imaginación nunca fue suficiente para comprender a qué se refería Cortázar al decir, por ejemplo, en “Los amigos” (Final del juego, 1956): “A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el chambergo gris y el saco cruzado”; ni, mucho menos, al decir, en “Hay que ser realmente idiota para” (La vuelta al día en 80 mundos, 1967): “Un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”, ni todas las veredas, concretas y abstractas, de las que está poblada Rayuela (1963).
            Una vereda en Venezuela es un camino y, en mi mente, un camino no está ni al frente ni detrás ni al lado de nada. A lo sumo estará al lado, pero es más bien que la otra cosa, está a un lado del camino, como las flores que para Castellaneta representan a Dulcinea. Pasé mil años preguntándome qué podía ser una “vereda de enfrente”. Tuve que oír una vez a una turista argentina en el metro hablando de algo que le había pasado en el centro de Caracas para entender. Decía: “Yo iba caminando y por la vereda de enfrente vendían una comida que me llamó la atención”. Ah, caramba, me dije, esta mujer se refiere a la acera. Y tuve que volver a Cortázar a buscar las veredas perdidas, a entender que lo que está en la “vereda de enfrente” es lo opuesto, lo que no nos agrada, lo que nos agrede... o quizá, también, otra situación, más favorable, que vemos desde la nuestra, menos seductora, como en el caso de La vuelta al día...
            En mi mente sin veredas, que transita por las aceras del español de Venezuela, se abrió un camino nuevo que la llevó al español de otro lugar, que afortunadamente a veces se parece y otra vez es el mismo... porque dos formas del mismo idioma son como dos mundos que a veces se alejan, pero otra veces se comportan “como amigos y parientes [que] están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”.

emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXVI / 13 de octubre del 2014

lunes, 6 de octubre de 2014

Recochar [XXV]

Laura Jaramillo




         Continuando con el lenguaje jocoso y coloquial, quiero presentarles la primera palabra que descubrí del extenso y variado léxico colombiano. Fue esta palabra la que me sembró la curiosidad por descubrir y estudiar cada día la lengua colombiana. La escuché en un programa que se llama Desafío, y quien la dijo es de la isla de San Andrés, o sea, que, al parecer, recochar es léxico costeño, del Caribe, al igual que fufurufa.
         Recochar suena como a melcocha, pero no. Suena como a ‘cocha pechocha’, pero tampoco. Suena como a recharco, muchísimo menos. Es un verbo tan sabroso de expresar, como sus derivados: recocharecocherorecochería, y pare usted de contar, o, de inventar.
         Recochar expresa que algo es muy divertido, puede ser una situación o una persona. Expresa gozo por los estudios, el trabajo, los amigos, la vida. Para mi mamá, recochera de primera, es una palabra que suena a fiesta, a baile, a hora loca. Es una expresión equivalente a la venezolana, igual de sabrosa de pronunciar, joder, que también tiene sus derivados: jodedorjodedorcitojodedera. Palabras más, palabras menos, recochar es echar vaina.
         El DRAE no la acepta como verbo, sino como adjetivo, es decir, recocha, pero (¡qué pero tan maravilloso!) el significado no es al que me refiero, o, mejor dicho, no es al que se refieren los ilustres costeños. Tampoco joder tiene en el DRAE el significado que le damos venezolanos y colombianos. Sin embargo, el mismo diccionario registra una entrada parecida, recochineo, con un significado más o menos cercano. Confieso que nunca la he escuchado, a pesar de que el diccionario la presenta como léxico coloquial.
         En fin, como ya deben conocerme, recochar es un verbo que ya forma parte de mi vocabulario tan colorido. A todo el mundo le digo recochero, hasta a un tutor que tuve, muy serio él, lo bauticé como el recochero más recochero del oriente venezolano.
         Así de sabroso es el español, así de expresivo somos, colombianos y venezolanos; es más, deberíamos borrar las fronteras pa recochar más y mejor. Tanto el lenguaje colombiano como el venezolano tienen ese no sé qué tan particular, tan único, tan sabroso (insisto), que nos identifican y nos definen como hablantes de un español cada día más renovado.
         No sé si recochar, al igual que fufurufa, se originaron en el caribe colombiano, pero, de ser así, ¡qué sabroso es que la inmensidad del mar genere esta inmensa creatividad léxica!


laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXV / 6 de octubre del 2014


lunes, 29 de septiembre de 2014

Comí y a su vez bebí [XXIV]

Edgardo Malaver Lárez



            Se nota la falta de concordancia, ¿verdad? Comí y bebí exhiben notoriamente su primera persona y su singular, mientras a su vez, aunque lo disimule, está en tercera y disimula muy mal su ambigüedad en cuanto a su soledad o su compañía.
            El problema, sin embargo, no es la persona ni el número, aunque puede serlo. El problema, si verdaderamente lo es, es más profundo: es semántico. Tal como pasa en el caso de entre otros, en muchas ocasiones, muchísimas, oímos en todas partes afirmaciones en las que a su vez no significa lo que el emisor del mensaje intenta decir. Se oye, por ejemplo, “Los antisociales penetraron en el banco a punta de pistola, y a su vez asesinaron al vigilante”; “Yo siempre compro el Kino, pero a su vez ahorro”; “Aquí nadie nos conoce a nosotros, que a su vez somos pocos”. ¿No le suena a usted que en estos ejemplos cabría más bien también o quizá además? Muchos piensan que a su vez significa también, o que las dos expresiones son equivalentes. Y seguramente en algún caso, en algún contexto de los infinitos contextos posibles, pueden ser equivalentes, pero no significan lo mismo.
            A su vez tiene sentido cuando se intenta mostrar, con mayor claridad de la que ya muestra el verbo, una acción que se repite pero que cada vez es ejecutada por un sujeto diferente. Si recibo un mensaje y le transmito a alguien más la información que él contenía, y este alguien hace lo mismo con alguien más, estoy ante ese tipo de acciones y la expresión de esta situación en una oración probablemente incluirá un a su vez, quién sabe si más de uno, aunque no es imprescindible. Por ejemplo: “Zambrano entregó los documentos al abogado, quien los entregó al fiscal, y éste, a su vez, al juez”. La expresión a su vez en este ejemplo (y no en los que aparece en el párrafo anterior) indica que cuando le tocó al fiscal hacer algo, cuando le llegó su vez, su momento, su turno de actuar, hizo lo mismo que el sujeto anterior, el abogado.
            Bien puede decirse que el abogado y el fiscal también entregaron los documentos. Sí, pero ¿es eso lo que se desea decir? En realidad se desea destacar el hecho de que cada uno de ellos hizo la misma acción en momentos distintos (y sucesivos) y sobre un agente cada vez nuevo. El que en la primera oración era objeto indirecto del verbo, en la segunda se convierte en sujeto y al iniciar la tercera, a su vez, sucede en ella lo mismo.
            Por otro lado, el problema también es morfosintáctico. Es decir, la expresión contiene un adjetivo posesivo, su, que, naturalmente, hará concordancia con otros elementos de la oración en que aparezca. Veamos: “María le pagó a Juan, Juan me pagó a mí, y yo, a mi vez, le pagué a Pedro”; “Tu hermano te ha perdonado: perdónalo tú a tu vez; “El policía nos gritó; a nuestra vez, nosotros le gritamos a él”.
            Entonces, si un día se le ocurre comer y al mismo tiempo beber, o comer y además beber, o comer y también beber, o comer y a la vez beber, o simplísimamente comer y beber, sin aditivos, no olvide que las palabras también son alimento y que la buena digestión comienza en la lengua.


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Año II / Nº XXIV / 29 de septiembre del 2014