Mostrando las entradas con la etiqueta Carnaval. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Carnaval. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de febrero de 2026

Sobre las máscaras [DXXX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Imágenes de máscaras de diferentes culturas
tomadas de
El Cojo Ilustrado (1897)

 

 

 

         Estoy pasando por una racha de fascinación por los periódicos viejos. Comencé intentando leer El Nacional, El Universal o Últimas Noticias, o cualquier periódico venezolano que encontrara, del día de mi nacimiento, y me encontré hipnotizado con El Cojo Ilustrado. No hace falta que les hable de la importancia de El Cojo para la actividad cultural venezolana entre 1892 y 1915, pero sí puede ser necesario declarar que es tal su atracción sobre mí que varias veces en los últimos años me he propuesto revisarlo, leerlo, recorrerlo página por página en sus 24 ediciones por año.

         Y ahora viene el azar y me conduce a la edición 124, del 15 de febrero de 1897, donde me tropiezo con este artículo “suelto” sobre las máscaras, su origen, su fabricación, y me convenzo de que ese periódico es, ni más ni menos, un tesoro. Si hubiera nacido cien años antes, esta semana de Carnaval, me habría gustado ser yo quien escribiera esto, en una columna de El Cojo que quizá se habría llamado “Ritos de Ilación”:

 

Origen de las máscaras

Para buscar el origen de las máscaras, es preciso remontarse a las fiestas sorprendentes de la ciudad de Venecia, en aquellos buenos tiempos en que nadie podía salir sin máscara o sin velo durante el Carnaval, a menos de exponerse a la burla y a bromas pesadas.

Parece como si el rostro humano quisiera ocultarse en esos días de locuras, para tener más libertad, o tal vez para olvidarse de sí mismo por un instante, y así, teniendo como disimulada su persona, echar a un lado las penas de cada día, que van dejando surcos en la frente. Además, la curiosidad se presta para la intriga, el incógnito para los quid prо quos.

El origen de la máscara, que es antiquísimo, se remonta hasta los egipcios, los cuales tapaban con ella la cara de las momias en las ceremonias fúnebres.

Las hacían de cedro, de vidrio, de cera, de palo pintado, de bronce, de hojillas de oro.

Esquilo, entre los griegos, cambió su lúgubre destino, y las introdujo en la tragedia: máscaras de ancianos, de esclavos, de mujeres y de jóvenes, hechas a veces con dos caras, y otras representando divinidades suaves o terribles. Practicaban la abertura de la boca de manera de dejar más amplitud a la voz, lo que era muy necesario en las representaciones del teatro antiguo, que se hacían a cielo descubierto.

Los galo-romanos se valieron de máscaras para las saturnales de las calendas de enero; las máscaras eran grotescas en la procesión del zorro en la Edad Media: llegaron a ser después horribles y monstruosas, hasta que las prohibió el Concilio de Tours.

Fueron reemplazadas por las máscaras de seda y terciopelo que todavía se usan. En el siglo diez y seis se generalizaron tanto y con tan diversos fines que tuvo el Parlamento de París que prohibir su fabricación. Llamábanlas “lobos” porque metían miedo a los niños.

Prohibidos los lobos, los reemplazaron las mujeres con velos de crespón negro sobre el rostro “para[184] hacer sus picardías a través de ellos y para lucir más blancas”, como dice una crónica del siglo diez y siete. Más tarde fue autorizado el lobo “para los ballets”, aumentado ya con barbas de encaje, por debajo de las cuales podía lanzar dardos a voluntad.

Hasta el siglo diez y ocho tuvo Italia el monopolio en la fabricación de máscaras; el que estableció en París la primera fábrica fue un italiano.

Hoy las hacen de cartón, de cera, de gutapercha. Después de modeladas las máscaras de cartón, se les aplican dos capas de pintura de un color claro, у luego se disponen los adornos. Las cejas, los labios, la nariz, los cabellos y las mejillas se pintan con colores desleídos en goma arábiga; después se abren los ojos, la boca, las ventanas de la nariz; se les da barniz, se cortan los contornos y queda hecha la máscara.

Las máscaras de cera, que son más livianas, tienen un trabajo más minucioso: es preciso bañar la tela en cera derretida; y presentan el inconveniente práctico de costar un poco más que la simple máscara de cartón.

 

Fabricación de caretas

Una careta, una nariz postiza, un antifaz, he aquí lo que todo el mundo busca en estos es días de bulliciosa alegría y carnavalescas fiestas. Pero nadie recuerda, al tirar la rota careta o la acartonada nariz, que hay una industria que emplea numerosos obreros y obreras en la confección de aquellos objetos, tan necesarios para todo el que se disfraza.

Empieza el trabajo el escultor sui generis, que hace múltiples modelos para la fabricación de los moldes: escultor original, sin modelos de visu, que apela a su fantasía para representar las más caricaturescas expresiones de dolor, de sorpresa, de alegría y de cuantas manifestaciones exageradas pueden aparecer en el rostro humano; y alarga la lengua, estira la nariz, redondea los ojos, o alargando orejas y desarrollando músculos, varía hasta el infinito la expresión.

Terminados los modelos, la fabricación de moldes apropiados es la operación siguiente, los que, una vez terminados, van a parar a manos de los obreros, que preparan una gran pila de hojas de cartón de vario espesor, que, introducidas en el agua, se han ablandado suficientemente para tomar las formas del molde a que se ajustan.

Y esta tarea, que parece de extrema sencillez, requiere cuidado exquisito para evitar roturas, y recomponer con cola y cartón, de producirse estas, de tal manera que no se rote la recomposición.

Puestas las caretas de cartón en ordenadas filas para su secado al aire libre, si no se ha hecho esta operación en secadores artificiales apropiados, pasan a otras obreras, las más artistas, que proceden a dar barniz y colores. Ya está la operación terminada en general. Aún queda el colocar cintas o gomas, algunos ralos cabellos en la frente o una peluca artísticamente confeccionada; pero esto último, así como la fabricación de caretas especiales y encargos determinados, constituye la élite de esta original industria, que fabrica, si así lo exigiese el cliente, caretas sobre medida, como quien pide un jaquet a la moda o un frac elegantemente cortado.

Como decíamos arriba, los modelos para el escultor y para las pintoras no se encuentran a la mano; la fantasía, la observación callejera y la memoria, suplen las deficiencias que produce la falta de un trabajo d’après nature. ¿Quién se prestaría a la grotesca expresión de una careta de carnaval? ¿Y dónde hallar la variedad originalísima de tan ridículas y múltiples transformaciones de esta estética de la fealdad humana?

 

El Cojo Ilustrado, núm. 124, 15 de febrero de 1897, p. 184-185.

 

         ¡Feliz Carnaval del 2026!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

 

Año XIII / N° DXXX / 16 de febrero del 2026

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

Dioses y mamarrachos

Qué performance

Echarse los perros

El quid del asunto

La primera carta de un niño rico

 

lunes, 14 de agosto de 2017

Que me coma el tigre [CLXV]

Edgardo Malaver



El escritor venezolano Antonio Arraiz llevó la tradición oral 
de Tío Tigre y Tío Conejo a la literatura escrita



         El cantante popular colombiano Nelson Díaz Sánchez murió en septiembre del 2010 a los 86 años. En 1968 había grabado una canción que le dio visibilidad duradera y un lugar en el repertorio musical de su país. De este lado de la frontera, los versos y sonidos de Díaz Sánchez desbordaron la música y se instalaron también en el habla popular.
         Cada Carnaval por lo menos, se oye en Venezuela alguna vez aquella famosa canción, en la cual un personaje es perseguido por un animal feroz que quiere comer su “carne morena”. Intentando evitarlo, se sube a un árbol, se sube a una loma, se tira en el río y finalmente se mete en una casa, “pa que no lo vea”. A todos estos lugares lo sigue la fiera, y él termina diciendo: “La cosa está fea”. El coro después repite y repite: “Tú lo que quieres es que me coma el tigre, / que me coma el tigre, / que me coma el tigre”.
         Naturalmente, cuando en Venezuela uno siente que alguien le impone condiciones particularmente difíciles, que no le deja escapatoria, que, por más que la busque, no hay válvula que alivie la tensión de una situación, termina diciendo: “Tú lo que quieres es que me coma el tigre”. Estas situaciones pueden salir de la esfera personal y abarcar la social, política, religiosa, artística, etc., porque donde haya seres humanos habrá siempre unos pocos que querrán imponer a los más su voluntad y sus reglas. Unos seres humanos lucen más feroces que otros. El mundo ha sido siempre así, el problema aparece cuando el que se cree con derecho a dictar las pautas elimina también las válvulas.
         La figura intimidante del tigre, bañado por la naturaleza de colores impresionantes, protagoniza otras expresiones que involucran siempre el poder, el conflicto, la pelea. “Tigre no come tigre”, diría cualquiera que desea indicar que, por más fuerte o furioso que se muestre un enemigo, no la va a tener fácil si desea enfrentarlo. Si algún interlocutor está de acuerdo, dirá: “Y si lo come, lo vomita”.
         También puede representar la deshonestidad y la fragilidad ética. En una conversación referida a la frecuencia de conductas no muy decentes, uno dice: “¿Qué es una raya más pa un tigre?”. La tradición oral, por otro lado, nos ofrece el símbolo del tigre como encarnación de la fuerza bruta opuesta a la inteligencia y la picardía. El ejemplo inmejorable son los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo.
         Hay quienes matan a un tigre y luego le tienen miedo al cuero. Así, en realidad, no se logra gran cosa. Los sagaces suelen arrebatar nuevos territorios a los cobardes. La evidencia puede ser que a veces hay tríos de tigres que van por la vida sintiendo una honda tristeza. La esperanza para el futuro, siempre, es que las nuevas generaciones suelen heredar los rasgos de sus padres y abuelos. Indiscutiblemente, hijo de tigre nace pintao.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLXV / 14 de agosto del 2017



Otros artículos de Edgardo Malaver
Números impresionantes (I) [LXXIX], 19 oct. 2015
Pekín y Bombay [LXXVIII], 12 oct. 2015
Ilación [I], 25 feb. 2013

lunes, 8 de febrero de 2016

Dioses y mamarrachos [XCIV]

Edgardo Malaver


La asamblea de los dioses alrededor del trono 
de Zeus (1532), de Giulio Romano



         Hay muchas formas de vivir el Carnaval. La más sencilla puede ser mirar los toros desde la baranda. Usted se para en la acera frente a su casa y se llena los ojos de colores y movimiento. Otra es disfrazarse de algo y unirse a un desfile. Otra, más costosa, sería viajar a un país en que el Carnaval sea el centro de la vida de la gente y trabajar todo el año para ganar algún premio por su traje, su forma de bailar o el tamaño de su carroza.
         La mía es más bien aburrida. Abro el Sol de Margarita y me encuentro el título “Eligen a la soberana de los mamarrachos”. Es fácil imaginarse que éstos llevarán disfraces disparatados, extravagantes o incluso feos y mal hechos. ¿Cómo habrá llegado esta palabra al Carnaval? ¿O será naturalmente carnavalesca y luego saltó al habla coloquial? Pues resulta que sí. Un mamarracho es una persona cuyo comportamiento hace reír a los demás, y se comporta así intencionalmente. Según la Academia Española, un mamarracho es un bufón. La palabra proviene del árabe.
         Me tropiezo a dos parientes que se preparan para los desfiles del Carnaval, y me recuerdan la mojiganga que hace unos años se organizaba en Juan Griego. Qué palabra. ¿Mojiganga no era un bromear constante de los niños que los adultos consideraban fastidioso? Pues sí, pero en segunda acepción. El diccionario, en primera, dice: “Obra teatral muy breve, de carácter cómico, en la que participan figuras ridículas y extravagantes, y que antiguamente se representaban en los entreactos o al finalizar el tercer acto de las comedias”. La tercera acepción dice: “Fiesta popular en la que se utilizan disfraces estrafalarios, especialmente de diablos y animales”. Eso es un carnaval.
         Durante el Carnaval del Renacimiento, especialmente en las noches, como todo valía, los excesos de la carne no se limitaban a la ingesta, y por eso, según la tradición, debían usarse máscaras: pasados esos tres días, la vida seguía y no era cuestión de avergonzarse. La idea de aliarse para salir en comparsas (otra palabra bien particular) debe haber nacido de la necesidad de apoyarse entre parientes, entre amigos, entre colegas.
         Sin embargo, la que se lleva el premio a la palabra más enrevesada en el vocabulario del Carnaval es carnestolendas. Casi nadie la usa, pero todo el mundo la entiende cuando la oyen la televisión o la radio. Las fiestas carnestolendas son los tres días anteriores a la Cuaresma. Es un pluralia tantum que se forma a partir de caro, es decir, ‘carne’, y de tollendus, del verbo tollere, equivalente a ‘suprimir’. El Carnaval, en los primeros tiempos del cristianismo, tenía el fin de “eliminar toda la carne” existente en el entorno, y para ello se permitía el desenfreno alimenticio, pues el Miércoles de Ceniza debía comenzar el ayuno y la abstinencia que preparaba para la Semana Santa.
         Y esta práctica de concentrar en tres días del año el fandango y el bullicio, el exceso y la desinhibición, cubriéndose los rostros para desentenderse de las consecuencias, no podía carecer de un conductor. Y así, quién sabe si el pueblo, quién sabe si los poetas escogieron a un personaje mitológico de la Grecia antigua para que desempeñara esta función: Momo, el dios de la burla, de la ironía, de la crítica ridiculizante. Hijo de Nicte (la Noche) sin intervención masculina, Momo se ganó la enemistad de muchos de los dioses del Olimpo a causa de sus ingeniosas críticas y crueles burlas. Un día fue expulsado del panteón por esa razón y había estado desempleado desde entonces hasta que se le encargó ir al frente del jolgorio del Carnaval.
         No deja de ser una forma de vivir el Carnaval, aunque sea sólo como metáfora del imperio de la morisqueta.


emalaver@gmail.com



Año III / Nº XCIV / 8 de febrero del 2016