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lunes, 10 de agosto de 2026

Un terremoto para despedir un siglo [DXLIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¿Quién puede imaginarse una ola de cinco metros
aproximarse a Los Roques?

 

 

 

         Dice el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Empresas Polar sobre los terremotos que han afectado a los venezolanos:

 

Bien sea por la narración y descripción de sus efectos o por la interpretación de los registros sismográficos, en los cuatro siglos y medio subsiguientes a 1530, se tiene conocimiento de varios miles de sismos con epicentro en territorio venezolano o en regiones adyacentes; de ellos unos 130 ha ocasionado algún tipo de destrucción en localidades venezolanas.

 

         De esos 130, el del 29 de octubre del año 1900, el último del siglo XIX, también conocido como el Terremoto de San Narciso, es apenas el número 29. Tuvo una magnitud de 7,6 y, aunque gracias a Dios murieron menos de 60 personas, el movimiento alcanzó a casi todo el país y causó graves destrozos. Aquel día se reportaron daños en lugares tan distantes entre sí como Mérida y la actual Amazonas, Táchira y Anzoátegui, Lara y las Dependencias Federales —olas de cinco metros de altura invadieron las islas de Los Roques—. En Camurí, según científicos de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, se abrió en el suelo una grieta de 300 metros de ancho.

         Fue tan significativo que este suceso sísmico que dio inicio de la historia científicamente disciplinada de la sismología en Venezuela.

         Hoy, para seguir la costumbre de escoger un texto literario que nos hable del “terremoto de la semana”, vamos a leer un cuento escrito por Francisco Jiménez Arraiz (1868-1927) que se titula “Esfuminea” y fue publicado en la afamada revista El Cojo Ilustrado (número 215) un mes después del terremoto:

 

Esfuminea

(Después del terremoto)

 

A la señorita Lola Sarría

 

La mañanita tibia y el ciento oscuro.

Un profundo sobresalto en los semblantes y en las calles una profunda lobreguez.

Al sur los cerros cenicientos, destacándose en un horizonte plomizo.

Al norte el Ávila, pensativo y lóbrego, en una gasa blanca envuelta la cabeza melenuda, cual si reposar quisiera en el sopor de un largo insomnio o después del cansancio de una siniestra pesadilla.

Caracas está desierta y triste y un aspecto funeral denuncia la viudez de la gran ciudad.

En una de las plazas reposan las familias, en tiendas de campaña, después del inmenso desastre, como una peregrinación de zíngaros en espera del nuevo día de caravana, a la hora en que se aduermen los pájaros y despiertan las estrellas junto a los muros sombríos y silenciosos de Numidia.

Una rubia de veinte años acaricia junto al seno medio abierto a un niño tan rubio como ella, que sonríe mientras ella suspirando lo contempla, y al acariciar las mejillas de la madre, jugando enjuga con la menecita inquiera la lágrima que lentamente la humedece.

Otra, con blancura de porcelana, las cejas muy negras, los ojos grandes, la mirada muy triste, el rostro muy inquieto, sentada en el suelo, los pies hundidos en el césped —parece que busca en la serenidad del viejo papaíto un refugio a su inquietud de alma histérica.

Más allá, una trigueña de amplia pupila y de encendidos labios, cubierta con un abrigo color de grana, mira con inquietud, como en ansias de algo amado, a la vecina bocacalle.

Y en una barraca mugriente, de fragmentos que fueron colchas y ramas que fueron palmas, sostiene sobre las piernas una mujer a un niño moribundo. Si en cada beso al ser amado pudiera irse un pedazo del corazón del ser que ama, todo el corazón de la madre hubiérase ido al pecho de aquel niño, que no recibe de ella sin una caricia una palabra, ni una caricia sin un beso.

De pronto, no sintió más, quizá, el temblor febril de la manecita huesuda y pálida entre las suyas regordetas y rosáceas, que se llevó a la cara la manta en que se cubría y quedose inmóvil, silenciosa, muda, después de un supremo gemido, cual un paroxismo del alma.

Y estaba como despierto el niño; una manita asida al seno maternal, y la otra bajo el cuello, hundida en la fresca melenita, y tenía inmóvil la mirada y fija en los ojos de la madre... al morir le había dejado el alma en la última sonrisa...

Y cuando se vino abajo la parad de enfrente una nube como de incendio cubrió a los dos, y envuelta por los fragmentos del muro demolido, cuando todos corrían —que temblaba— y todos gritaban en torno de ella, ella, entre los escombros y de pie, tan solo se movió para exclamar: ¡Hasta la muerte misma me deja sola!

 

Caracas, 1900

 

         Venezuela entró un mes después en el siglo XX llena de dolor, confundida y rodeada de un paisaje, urbano y rural, que no ofrecía estímulos para mucha celebración. Sin embargo, terremotos no han dejado de ocurrir y, por fortuna, se han convertido también en musa, aunque triste, para la creación literaria.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIV / 10 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 16 de febrero de 2026

Sobre las máscaras [DXXX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Imágenes de máscaras de diferentes culturas
tomadas de
El Cojo Ilustrado (1897)

 

 

 

         Estoy pasando por una racha de fascinación por los periódicos viejos. Comencé intentando leer El Nacional, El Universal o Últimas Noticias, o cualquier periódico venezolano que encontrara, del día de mi nacimiento, y me encontré hipnotizado con El Cojo Ilustrado. No hace falta que les hable de la importancia de El Cojo para la actividad cultural venezolana entre 1892 y 1915, pero sí puede ser necesario declarar que es tal su atracción sobre mí que varias veces en los últimos años me he propuesto revisarlo, leerlo, recorrerlo página por página en sus 24 ediciones por año.

         Y ahora viene el azar y me conduce a la edición 124, del 15 de febrero de 1897, donde me tropiezo con este artículo “suelto” sobre las máscaras, su origen, su fabricación, y me convenzo de que ese periódico es, ni más ni menos, un tesoro. Si hubiera nacido cien años antes, esta semana de Carnaval, me habría gustado ser yo quien escribiera esto, en una columna de El Cojo que quizá se habría llamado “Ritos de Ilación”:

 

Origen de las máscaras

Para buscar el origen de las máscaras, es preciso remontarse a las fiestas sorprendentes de la ciudad de Venecia, en aquellos buenos tiempos en que nadie podía salir sin máscara o sin velo durante el Carnaval, a menos de exponerse a la burla y a bromas pesadas.

Parece como si el rostro humano quisiera ocultarse en esos días de locuras, para tener más libertad, o tal vez para olvidarse de sí mismo por un instante, y así, teniendo como disimulada su persona, echar a un lado las penas de cada día, que van dejando surcos en la frente. Además, la curiosidad se presta para la intriga, el incógnito para los quid prо quos.

El origen de la máscara, que es antiquísimo, se remonta hasta los egipcios, los cuales tapaban con ella la cara de las momias en las ceremonias fúnebres.

Las hacían de cedro, de vidrio, de cera, de palo pintado, de bronce, de hojillas de oro.

Esquilo, entre los griegos, cambió su lúgubre destino, y las introdujo en la tragedia: máscaras de ancianos, de esclavos, de mujeres y de jóvenes, hechas a veces con dos caras, y otras representando divinidades suaves o terribles. Practicaban la abertura de la boca de manera de dejar más amplitud a la voz, lo que era muy necesario en las representaciones del teatro antiguo, que se hacían a cielo descubierto.

Los galo-romanos se valieron de máscaras para las saturnales de las calendas de enero; las máscaras eran grotescas en la procesión del zorro en la Edad Media: llegaron a ser después horribles y monstruosas, hasta que las prohibió el Concilio de Tours.

Fueron reemplazadas por las máscaras de seda y terciopelo que todavía se usan. En el siglo diez y seis se generalizaron tanto y con tan diversos fines que tuvo el Parlamento de París que prohibir su fabricación. Llamábanlas “lobos” porque metían miedo a los niños.

Prohibidos los lobos, los reemplazaron las mujeres con velos de crespón negro sobre el rostro “para[184] hacer sus picardías a través de ellos y para lucir más blancas”, como dice una crónica del siglo diez y siete. Más tarde fue autorizado el lobo “para los ballets”, aumentado ya con barbas de encaje, por debajo de las cuales podía lanzar dardos a voluntad.

Hasta el siglo diez y ocho tuvo Italia el monopolio en la fabricación de máscaras; el que estableció en París la primera fábrica fue un italiano.

Hoy las hacen de cartón, de cera, de gutapercha. Después de modeladas las máscaras de cartón, se les aplican dos capas de pintura de un color claro, у luego se disponen los adornos. Las cejas, los labios, la nariz, los cabellos y las mejillas se pintan con colores desleídos en goma arábiga; después se abren los ojos, la boca, las ventanas de la nariz; se les da barniz, se cortan los contornos y queda hecha la máscara.

Las máscaras de cera, que son más livianas, tienen un trabajo más minucioso: es preciso bañar la tela en cera derretida; y presentan el inconveniente práctico de costar un poco más que la simple máscara de cartón.

 

Fabricación de caretas

Una careta, una nariz postiza, un antifaz, he aquí lo que todo el mundo busca en estos es días de bulliciosa alegría y carnavalescas fiestas. Pero nadie recuerda, al tirar la rota careta o la acartonada nariz, que hay una industria que emplea numerosos obreros y obreras en la confección de aquellos objetos, tan necesarios para todo el que se disfraza.

Empieza el trabajo el escultor sui generis, que hace múltiples modelos para la fabricación de los moldes: escultor original, sin modelos de visu, que apela a su fantasía para representar las más caricaturescas expresiones de dolor, de sorpresa, de alegría y de cuantas manifestaciones exageradas pueden aparecer en el rostro humano; y alarga la lengua, estira la nariz, redondea los ojos, o alargando orejas y desarrollando músculos, varía hasta el infinito la expresión.

Terminados los modelos, la fabricación de moldes apropiados es la operación siguiente, los que, una vez terminados, van a parar a manos de los obreros, que preparan una gran pila de hojas de cartón de vario espesor, que, introducidas en el agua, se han ablandado suficientemente para tomar las formas del molde a que se ajustan.

Y esta tarea, que parece de extrema sencillez, requiere cuidado exquisito para evitar roturas, y recomponer con cola y cartón, de producirse estas, de tal manera que no se rote la recomposición.

Puestas las caretas de cartón en ordenadas filas para su secado al aire libre, si no se ha hecho esta operación en secadores artificiales apropiados, pasan a otras obreras, las más artistas, que proceden a dar barniz y colores. Ya está la operación terminada en general. Aún queda el colocar cintas o gomas, algunos ralos cabellos en la frente o una peluca artísticamente confeccionada; pero esto último, así como la fabricación de caretas especiales y encargos determinados, constituye la élite de esta original industria, que fabrica, si así lo exigiese el cliente, caretas sobre medida, como quien pide un jaquet a la moda o un frac elegantemente cortado.

Como decíamos arriba, los modelos para el escultor y para las pintoras no se encuentran a la mano; la fantasía, la observación callejera y la memoria, suplen las deficiencias que produce la falta de un trabajo d’après nature. ¿Quién se prestaría a la grotesca expresión de una careta de carnaval? ¿Y dónde hallar la variedad originalísima de tan ridículas y múltiples transformaciones de esta estética de la fealdad humana?

 

El Cojo Ilustrado, núm. 124, 15 de febrero de 1897, p. 184-185.

 

         ¡Feliz Carnaval del 2026!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

 

Año XIII / N° DXXX / 16 de febrero del 2026

 



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lunes, 3 de noviembre de 2025

José Gregorio escritor (III) [DXXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Américo Montero (sentado) interpreta a José Gregorio
Hernández en 1964. Lo rodean Mahuampi Acosta, Juan
Fránquiz y Alejandro Cortina. Foto: RCTV

 

 

 

         Entre los tres cuentos conocidos de José Gregorio Hernández (san José Gregorio Hernández, para más señas) quizá sea “Los maitines”, publicado por El Cojo Ilustrado en septiembre de 1912, el que en tiempos actuales pueda parecer más “misterioso”, más cinematográficamente “oscuro” e intrigante. Sin embargo, el texto es la descripción detallada de una madrugada de concentrada oración en el monasterio de la Cartuja, donde, como sabemos, el doctor Hernández pasó unos ocho meses entre 1908 y 1909. Con este dato en mente, es difícil no imaginarse al joven José Gregorio presenciando la escena de aquel grupo de monjes que antes del amanecer salen de sus celdas y desfilan en la oscuridad hacia el altar y hacia el coro y que oran en silencio por el bien del mundo entero, por “buenos y malos”, “para los que gozan y para los que sufren”.

         El cuento es quizá también el más poético de los tres. Anécdota casi no hay... la hay, pero no espere el lector encontrar un desarrollo narrativo que conduzca a un personaje de un estado inicial a otro más evolucionado. Es más bien una especie de fotografía de un instante en que un narrador señala algo que unos personajes hacen, aunque en cierto momento parezcan haberse quedado inmóviles. (Ah, una fotografía, ¿no es esta la metáfora que utiliza Julio Cortázar para definir el género cuento?)

         En el relato no parece pasar nada, los personajes en realidad casi no pasan por ninguna experiencia, pero ciertamente cumplen con una misión, la de orar por todos los demás seres humanos, mientras estos ni siquiera aparecen nunca en escena. A eso han decidido dedicar su vida. El mundo, mientras tanto, aparece al principio frío, oscuro, intimidante, a lo cual contribuye, por cierto, el repique da la campana del templo, que se expande por el solitario espacio físico, en el cual suspira algo de los escenarios becquerianos. Dice el narrador: “La densa noche cubre implacablemente el bosque de la negra caliginosa sombra; pero en aquella completa soledad la Cartuja recibe de lo alto una lluvia de serenidad y de paz”. Y para acompañar los escuetos tañidos, se suma la naturaleza: “Cabe el vecino riachuelo las ranas entonan el triste canto, su sola protesta contra aquella espesa medianoche sin luna”. Esta es la imagen con que el texto nos introduce en el mundo de los cartujanos.

         El final no es muy diferente. Dentro de la capilla, dice el narrador, “los libros corales proyectan sombras que semejan las ruinas de algún templo pagano y sobre las losas del pavimento aparecen como calaveras y osamentas, como las grandes tibias de esqueletos descomunales”. El final, además, no detiene las acciones, por más que estas sean escasas, lentas e introspectivas. Entonces, ¿qué ha cambiado? Que en el coro “el oficio divino se sigue desarrollando en toda su belleza”. Que la oración que se ha iniciado no se detiene. Que un día más (o una madrugada más) después del descanso, los personajes cumplieron su misión. Que la cotidianidad, la simple y sencilla cotidianidad en la que el hombre no puede evitar existir, se ha convertido para ellos en la labor más elevada a la que podrían haberse dedicado. Y el autor está indudablemente tan impresionado por el desarrollo de este fenómeno cotidiano que lo encuentra digno de ser contado.

         José Gregorio sin duda narra lo que lleva por dentro, que es tanto lo típico como lo indicado, lo que han hecho los poetas desde los tiempos de Ovidio y Homero y de los que existieron antes. Dice Jesús en el Evangelio que de lo que rebosa el corazón habla la boca. Y esto es de lo que rebosa el corazón de nuestro autor, el científico venezolano que ha llegado más lejos en su carrera hacia el cielo. El hombre santo que ahora descubrimos que también tenía talento de escritor.

         La campana, que protagoniza el inicio del cuento, al final calla, pero los cantos y plegarias continúan. “La tierra y los demás astros”, dice el narrador, “continúan su incesante revolución en el espacio. Los hombres duermen o corren al placer por el ancho mundo. Las aves nocturnas ensayan su dulce canto”.

         Para resumir, “Los maitines” es un cuento en que pasan muy pocas cosas “llamativas” porque “objetivamente” trata de un rezo de maitines en un monasterio, pero “imaginativamente” parece una visión mística del narrador —y más que del narrador, del autor, que, como sabemos, está en una búsqueda honesta del infinito y de la gracia.

         En los tres cuentos que hemos comentado brilla ese elemento: la búsqueda espiritual, que se eleva en él por encima de las verdades demostrables. En los tres se asoma ese espíritu sereno que ha vivido intensamente su relación con el pueblo y con el conocimiento, con el arte y con la ciencia, pero por encima de la vida misma, quiere apretar el lazo que une su humanidad con el cielo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXIII / 3 de noviembre del 2025

 

 

 

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domingo, 26 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (II) [DXXII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

San José Gregorio Hernández
con una de sus hermanas,
presumiblemente en 1870

 

 

         La codificación literaria del sentir de José Gregorio Hernández no se detenía en lo artístico: también se sumergían en lo filosófico. De hecho, su libro más conocido se titula Elementos de filosofía (1912). En este texto habla, sí, de filosofía, pero también de ciencia, psicología, lógica, siempre siguiendo la estrella de la espiritualidad y la relación del hombre con Dios. Son en realidad los mismos fines que persigue con sus cuentos, aparecidos el mismo año.

         En el relato “En un vagón”, el protagonista, la voz que escuchamos contar, es un verdadero narrador testigo: entra en el tren, se sienta y apenas nos dice que le emocionaba viajar sin compañía, entran tres personas en su vagón. De ahí en adelante, nos lo imaginamos, cual público de un partido de tenis, moviendo la cabeza según hablara el muchacho que se le sentó al lado con un libro en la mano, su madre, que lo tenía al frente o su tío, que estaba frente al protagonista. Estos otros tres personajes adultos despliegan durante todo el cuento sus equilibrados y respetuosos argumentos para que el joven estudiante abandone la lectura de esos “autores tan raros” que lo alejan del catecismo. Y el muchacho, sin despegar los ojos del libro, responde quizá con menos energía, pero igualmente convencido de su empeño de aprender todo lo que los libros le permitan aprender.

         El protagonista-narrador siente que se inclina hacia los argumentos de los mayores, pero siente también curiosidad por el libro que lee el muchacho. En cierto momento logra leer un breve pero significativo fragmento: “El hombre naturalmente desea saber: la presencia de lo desconocido le molesta; todo lo que es misterio le inquieta y estimula, y, en tanto que le dura su ignorancia, experimenta él un tormento que cede su sitio al placer cuando aquélla llega a ilustrarse”.

         Llegados aquí, comprendemos que es esta la idea (casi diríamos la emoción) que ha empujado a José Gregorio a escribir este texto, a un mismo tiempo tan argumentativo y tan emotivo, tan científico y tan filosófico. Al autor le interesan ambas esferas, si es que de veras son dos: la verdad que nos ofrece la ciencia objetiva, que a sus ojos no es más ni menos que la manifestación tangible de la verdad que nos susurra el espíritu. Y si habla de filosofía, es igualmente la verdad lo que le interesa: la filosofía es para él el estudio racional de la naturaleza de Dios e, innegablemente, de la naturaleza del hombre.

         El joven lector siente una desaceleración del tren y se asoma por la ventana, notoriamente para detener la conversación. Dice: “Ya llegamos” y se aleja de los mayores buscando la salida del vagón. El tío consuela a su hermana explicándole que todos en la edad del muchacho pasamos por esa etapa en que nos separamos de la fe, pero, gracias a madres como ella, muchos volvemos “a la siembra primera”.

         José Gregorio Hernández sabe que la sabiduría se adquiere gracias al recorrido que hacemos hacia ella, que no es un camino de rosas casi nunca, pero lleva en sí ese germen de la luz que espera para brillar. Y nada como la familia para sembrar la sabiduría en el espíritu como quien planta flores en un jardín.

 

[En la próxima edición comentaremos el tercer cuento:

“Los maitines”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXII / 26 de octubre del 2025

ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE SAN JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ

  

 

 

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José Gregorio escritor (I) [DXXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La multiplicación de los panes y peces
(1897), de Arturo Michelena

 

 

         Muchas veces pensé en las últimas dos décadas, o más, que nunca lo vería, es más, que nunca llegaría a suceder. Ha pasado más tiempo en otros casos, con más obstáculos, menos fe quizá —aunque parece que nunca menos esperanza—, tanta gente ha muerto sin ver cumplido tamaño anhelo, que alguna vez me dije: “Si va a suceder, será cuando mis nietos sean ya ancianos, quién sabe”. Pero el día finalmente llegó y fue ayer. Ayer, en la Plaza de San Pedro de Roma, el médico venezolano José Gregorio Hernández Cisneros (1864-1919) fue declarado santo de la Iglesia Católica.

         No es que los venezolanos hayan esperado hasta ayer para amar y respetar a este conciudadano hasta el extremo, pero ahora puede, con apego a las normas, tener la vida del doctor Hernández como ejemplo de conducta virtuosamente cristiana e incluso de heroísmo en la vivencia del amor a Dios y a los semejantes. Ahora está permitido hacer con él lo que desde hace siglos y siglos se hace con personajes que, en algunos casos, debido a la falta de información precisa y confiable, incluso se duda de que hayan existido: venerarlo en los templos católicos. Ya comenzarán a aparecer parroquias que lleven su nombre, quién sabe si esta misma semana.

         Lo que no se duda en absoluto —ni siquiera lo dudan los que no dan ni un centavo por los asuntos de la fe— es que José Gregorio Hernández haya sido una mente brillante y disciplinada, un científico respetadísimo en su época y un intelectual que no se dejaba engañar por los artificiales límites que el hombre moderno quiere ver entre las ciencias y las humanidades. Y su amor e interés por todo lo humano era de tal dimensión que, además de todo, también era escritor. Sí, escritor, como Gallegos.

         En el año 1912, José Gregorio —perdón, es que en Venezuela casi nadie lo llama de otra forma, ni siquiera en ambientes formales o académicos—llegó a publicar por lo menos tres cuentos en la prestigiosa revista cultural El Cojo Ilustrado, de Caracas: “Visión de arte”, “En un vagón” y “Los maitines”. De una vez les manifiesto que los tres exudan poesía, los tres se ciñen a la estructura esencial del cuento, los tres se adentran en el espíritu humano buscando diferentes rasgos y encontrando siempre al final... a sí mismo.

         El narrador de José Gregorio está, como él mismo, buscando a Dios, naturalmente. En “Visión de arte”, de los tres cuentos el primero en ser publicado, en junio de 1912, el protagonista (y narrador en primera persona) parece al principio estar escribiendo un libro. “Tomé la pluma”, dice al iniciar el relato, “y escribí con desencanto: ‘Capitulo segundo. El arte’”. A partir de esta imagen, el lector no acertaría a identificar en qué momento se funde la realidad del personaje con la ilusión de unas escenas que el narrador llama “fantásticas” y que inicialmente pueden traernos a la mente el comienzo  de “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Más adelante por las escenas majestuosas y gloriosas desfilan personajes que recitan la Ilíada en voz alta, inscripciones que podría haber escrito Virgilio, coros celestiales que parecen tomados del Apocalipsis, voces que le indican al personaje qué hacer a cada paso en una especie de región etérea y onírica.

         La “visión del arte” que presenta José Gregorio en este cuento no se limita a la elevación de la musa clásica de griegos y románticos, pues incluso hay una escena que parece típicamente caraqueña en que un “granuja” vocea números de billetes de lotería. No hace falta esforzarse para ver en este pasaje a Panchito Mandefuá y la humildad de su vida, recompensada con la cena celestial.

         No tarda en aparecer la imagen de Jesucristo en la escena de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús levanta los brazos al cielo en actitud de dar gracias al Padre, mientras en la mente del lector se dibuja el cuadro de Arturo Michelena que retrata aquel episodio. El protagonista es arrebatado a sitios para mostrarle todo el poder que posee como creador de belleza, y más tarde se le dice: “No tienes tiempo que perder”. Significativo, sin duda, pues se sabe que José Gregorio casi no descansaba de trabajar.

         Y justamente, en el terreno autobiográfico, es posible identificar en “Visión de arte” un rasgo que a primera vista puede ser juzgado de mínimo, pero el autor se encarga de mencionarlo al principio y al final de la narración, lo cual lo hace un tanto más claro que otros: la fragilidad de su salud. Al principio del cuento, cuando el personaje, ya tarde en la noche, se sienta a escribir, dice:

 

En medio de las tinieblas que cada vez más ofuscaban mi mente pude pensar que todo lo que me acontecía eran obras de mi imaginación cansada y estropeada por el trabajo de aquel día y por la enorme tensión eléctrica de la atmósfera.

 

¿La tensión eléctrica de la atmósfera? ¿Dónde querrá el autor que pensemos que está el personaje? Si volviéramos a esa línea sin haber terminado de leer el texto, podríamos pensar que es imposible imaginarlo, pero poco antes de terminar el narrador lo repite:

 

Tan luego pude coordinar mis ideas me puse a recordar lo que me había sucedido, pronto comprendí que era todo aquello una simple visión imaginaria producida por el cansancio y el estado atmosférico.

 

         El dato de las condiciones atmosféricas no es menor. José Gregorio ingresó en julio de 1908 en el monasterio de Cartuja de Farneta, Italia, donde permaneció nueve meses apenas, debido a que las condiciones climáticas de la región perjudicaban su salud, que nunca había sido vigorosa ni atlética. De modo que podríamos conjeturar que el episodio narrado en este cuento sea el recuerdo de una noche de meditación, de creación literaria o... de crisis de salud.

         El cuento, de forma metafórica, presenta a un José Gregorio Hernández que se siente artista e igualmente escucha la llamada de la fe, que parece desear que arte y fe converjan en una vida provechosa para él mismo y para los demás y, además, sea digna de los dones que ha recibido. Aunque el narrador termina describiendo todo aquello como una “simple visión imaginaria producida por el cansancio”, ni el texto ni la vida del autor se queda en el arrebato, sino que aterriza en la única realidad de que dispone: la vida asociada a un trabajo, a un camino, a un servicio que le permite realizar una obra y ofrecer sus frutos a todos.

 

[La semana que viene comentaremos el segundo cuento:

“En un vagón”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXI / 20 de octubre del 2025

CANONIZACIÓN DEL DOCTOR JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ

 

 

 

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