Mostrando las entradas con la etiqueta Letras. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Letras. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de septiembre de 2026

La i, brazo del alfabeto [DXLIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

En calles como esta debe haberse gestado
“La i latina” de Pocaterra. Valencia, 1900

 

 

         Si uno la escribe como mayúscula, las normas se dan el tupé de decirle a uno que no le ponga el punto, pero en minúscula, el punto es infaltable. En la antigua máquina de escribir de mi mamá parecía una ele pequeña —con su punto, no cabe duda—, pero ahora en la computadora que se compró el mes pasado, parece un uno —también con el punto—. Es una letra graciosa, ya lo diría Cantinflas. Pues, sí, damas y caballeros, sííííí... ¡es la i!

         La i es tan versátil que los romanos la usaban también para representar la unidad y por esa razón aparecía en multitud de los números. Y su sola apariencia ya semejaba y recordaba las bellas columnas tan frecuentes, tan infaltables en toda la arquitectura de Roma y de Grecia. Y al mismo tiempo la i es tan popular que, a pesar del analfabetismo reinante en la antigüedad y en siglos recientes, nuestra incólume letra logró permear la lengua cotidiana, la de la gente más sencilla. A nadie hay que explicarle lo que le están queriendo decir cuando se le grita a la cara: “Aquí vamos a poner los puntos sobre las íes”.

         Y fue el punto, no el acento, el que terminó definiendo su presente figura, la imagen que muestra a los medios y sin el cual no todos la reconocen del todo.

         Versatilidad es lo que le sobra a la i. Imagínense cuánta que en química, la i mayúscula es símbolo del yodo, en matemática representa la unidad imaginaria y los números irracionales (según se escriba con mayúscula o minúscula, respectivamente), en física simboliza la inercia, y en electricidad, la intensidad de corriente.

         En literatura no es diferente. La i, por lo menos la que “diseñaron” los latinos a partir de la iota griega, tiene título de propiedad sobre un bello terrenito de la literatura venezolana que todos los de mi generación tuvimos que visitar en la adolescencia: el tierno cuento “La i latina”, publicado en 1922 por José Rafael Pocaterra (¡viva Valencia!). (Quiera la Virgen que sigan exponiendo a los muchachos de hoy a esas bellezas, y otras, de la literatura.)

         Según la Enciclopedia Británica, en sus primeros tiempos su forma imitaba la de un brazo. Siglos después, llegada ya a Roma, fue un solo trazo que se parecía también a la iota griega, es decir, a esta: I. También en esa época se le ponía el punto en forma de guion. Cuando la i era la que comenzaba el párrafo, los copistas de la Edad Media le hacían graciosas extensiones, que desbordaban la línea por arriba y por abajo. Yéndose por ese camino, terminaron creando la jota que hoy conocemos, con puntito y todo, que adoptaron para representar la faceta consonántica de la i. Pero eso se afianzó después del siglo XVII, porque, antes, casi no había diferenciación entre ellas.

         Nuestra heroína la i es hoy la novena letra del alfabeto español. Es la vecina de voz aguda de la hache, que sabemos todos que no gusta de las estridencias, y la tía de edad avanzada de la jota, que vota por el partido mayoritario, el de las consonantes aspiradas. Y es así como puede ser una voz clara entre sus correligionarias y una barrera negadora que, bajo la forma de simple prefijo, echa por tierra a cualquier irresponsable o amago ilícito que se presente. Qué poderosa es esta rayita con ese puntito de sombrero.


20 de junio del 2026

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIX / 14 de septiembre del 2026

 

 

 

Otros artículos de Ariadna Voulgaris

Corte y cohorte

De pseudo- y otros prefijos

Idiocia e imbecilia

Las palabras del 2020

IANVS

 

lunes, 20 de abril de 2026

De los supuestos gritos de las mayúsculas [DXXXIV]

Edgardo Malaver Lárez



¿Los textos informativos gritan lo suficiente?



         Cada tres o cuatro meses oigo a alguien a mi alrededor quejarse de que en el trabajo o en su celular le lleguen comunicaciones importantes o mensajes personales o de cualquier tipo escritos en letras mayúsculas sostenidas. La verdad, me digo yo, es que no se ve bien, estéticamente no es fácil de aceptar. Sin embargo, esta no es nunca esa la razón de la queja. Lo que oigo decir es siempre que el autor del mensaje está gritando.
         Sólo una vez hace años, porque lo decía una persona que sabía relacionada con los estudios de la lengua, he preguntado si las mayúsculas se utilizaban para expresar molestia o reprensión, y me respondió que sí; solamente dijo que sí. Posiblemente —es la hipótesis que favorezco en este caso— respondió afirmativamente pensando en el uso común y frecuente. Yo había preguntado pensando en la norma, de la que muy pocos parecen tener conciencia.
         Ya está implícito, ¿verdad?, que la norma no sustenta esta práctica ni esta actitud. No existe norma alguna en la lengua española que indique, ni siquiera implícitamente, que el uso de mayúsculas sostenidas signifique ni deba ser interpretado como un grito, como un mensaje en voz alta ni mucho menos un emisor que le habla airado, molesto o en términos insultantes a su destinatario. He revisado escrupulosamente las normas del uso de mayúsculas y minúsculas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española y no encuentro nada que señale esta práctica como errada, inconveniente ni irrespetuosa. A mí me parece estéticamente poco atractiva o armoniosa, pero eso de ninguna manera la convierte en un grito áspero o destemplado.
         (Me imagino que algunos lectores están pensando en esos conjuntos de normas propias de algunas disciplinas, empresas o instituciones precisas que atañen a grupos de personas que trabajan en sus campos del conocimiento y que deben comunicarse por escrito, y han decidido crear sus propias normas para regir esa comunicación. No puedo incluir esas normas en mi análisis de este asunto. Reflexiono sobre él desde el punto de vista lingüístico e intento que esa reflexión sea tan científica como se pueda, y para lograr eso tengo que recurrir a especialistas pertinentes. Los hay también fuera de la Academia, claro que sí y gracias a Dios, pero no puedo confiar a la primera en cualquier grupo que en su oficina (de cuatro o de mil quinientos empleados, no importa), haya decretado que “la sangría ya no se usa”, que “las mayúsculas no llevan tilde”, que “los nombres no tienen ortografía” y otras reglas sin fundamento, como que “las mayúsculas sostenidas expresan gritos”. Ya es suficiente con las incongruencias en que a veces caen los especialistas más respetados, que trabajan rigurosamente. Lo demás no nos va a ser útil.)
         La sola introducción de las normas que ofrece la Academia ya indica explícitamente que la escritura regular se hace en minúsculas y que, por ende, el uso de las mayúsculas debe seguir unas normas razonables. Inmediatamente agrega: “La escritura enteramente en mayúsculas se emplea únicamente en las siglas, los números romanos y textos cortos de carácter informativo”. Esto tendría que ser suficiente para descartar del todo la redacción en mayúsculas sostenidas (e incluso la discusión, si es que existe, sobre si es positiva o negativa de alguna manera). Pero también elimina la idea de que el uso de mayúsculas sostenidas sea agresivo. Las normas ni siquiera mencionan que existan hablantes que se inclinen por esa mecánica.
         La única norma del uso de las mayúsculas que puede traerse a esta reflexión es la número 6, referente a “la mayúscula sostenida para favorecer la legibilidad”, pero señala explícitamente que se refiere a “la visibilidad y legibilidad de textos cortos”. Esta sexta norma está dividida en diez puntos, que resumo aquí:

 

Llevan mayúsculas sostenidas a) palabras que aparecen en portadas de libros y documentos; b) cabeceras de diarios y revistas; c) inscripciones en lápidas, monumentos o placas conmemorativas; d) lemas y leyendas de banderas, estandartes, escudos, monedas; e) textos de carteles de aviso o de las pancartas; f) en textos informativos, frases que expresan el contenido fundamental (Por higiene, SE PROHÍBE DEPOSITAR BASURA); g) términos como aviso, nota, advertencia, posdata, cuando introducen los textos correspondientes (AVISO: Los pagos se harán los martes); h) en textos jurídicos y administrativos, verbos que expresan la finalidad del escrito (SE DECRETA...); i) términos con los que se alude brevemente a las partes en documentos jurídicos o administrativos; j) textos de los cómics y viñetas gráficas.


         Creo que se puede entender que la escritura textos enteros, es decir, oraciones concatenadas que forman párrafos y párrafos consecutivos que forman textos, en los que todos los caracteres utilizados aparezcan en su forma mayúscula, no es aceptable, no se ajusta a las normas. Sin embargo, tampoco afirma en ninguno de los puntos, ni siquiera en letras pequeñitas dentro de un paréntesis escondido detrás de una nota a pie de página, que las mayúsculas sostenidas en una palabra, una frase o un párrafo tengan el fin de expresar gritos ni agresión verbal contra el receptor del mensaje. Las mayúsculas no significan eso. No parece faltar nada más que decir.

emalaver@gmail.com


Año XIV / N° DXXXIV / 20 de abril del 2026



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 13 de abril de 2026

Una letra pequeñita que se mudó de idioma [DXXXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Monsieur le prof Bernard Cerquiglini

 

 

         No sé cómo ni cuándo comenzó a aparecérseme en la pantalla, pero desde hace meses disfruto mucho cada edición que me llega de un programa de unos tres minutos que desentraña atractivos pormenores de la lengua francesa. La “crónica”, como la llaman los productores, es conducida por el lingüista francés Bernard Cerquiglini. Se llama “Merci professeur” —où manque pourtant la virgule devant le vocatif— y es difundida al mundo entero por el canal de televisión TV5 Monde. Naturalmente, aun sin decir por qué, queda recomendado.

         Ayer o anteayer me llegó el aviso para ver uno que decía que hablaba de la cedilla, esa letra extraña que algunos conocimos tardíamente, al comenzar a estudiar francés. Ahora, gracias a “Merci professeur” (sans virgule), sé que la dichosa letra también se utiliza en portugués y en catalán con similares, o idénticas, funciones que en francés. ¡Pero...! ¡Resulta que es española!

         Se ve de lejos que, en francés, el término cédille proviene de cedilla, palabra a la que también se le nota que significa ‘pequeña ceta’. Ah, ceta es la forma en que deberíamos escribir el nombre de la letra Z. En español siempre que una palabra contiene una sílaba con el sonido de la zeta y sigue la vocal a, la o o la u, en la escritura persiste la zeta, pero cuando sigue una e o una i, entonces la zeta se convierte en ce y viceversa. Observemos cómo de calabaza proviene calabacín (que no calabazín); de lazo, lacito (y no lazito); de dulce (no de dulze), dulzura. Este ejemplo quizá sea el paradigma definitivo: moza, mocedad, mocito, mozo, mozuela.

         Por supuesto, en esta regla hay excepciones, como Zenón, zigzag y, como ya hemos mencionado, zeta (aunque no tiene nada de malo escribir ceta, ni es pecado escribir ceda ni aun zeda, ¡tan parecido a su nombre en francés: zède!).

         En francés pasa lo mismo, o casi lo mismo pero a la inversa, con la cedilla aunque no se pronuncie igual que como se pronunciaría en español si no hubieran dejado de usarla nuestros antepasados, aproximadamente, en el Renacimiento. En francés la utilizan para mantener el sonido /s/, que es el que le asignó la historia de esa lengua, en las palabras con ce seguida de las vocales a o y u —la explicación de Cerquiglini es una obra de arte—. De esta manera, por ejemplo, el sustantivo façade (‘fachada’) habría que leerlo como /facade/, leçon (‘lección’) se leería /lecón/, conçu (‘concebido’) sería /concú/.

         En español la cedilla habrá aparecido —podemos presumir— en algún momento al final de la Edad Media en que, quizá arbitrariamente, los hablantes alfabetizados comenzaron a sentir que el sonido de la zeta no era el mismo delante de las vocales e e i que delante de las otras vocales, y necesitaron un signo que representara esa diferencia. También por esa misma razón habrá desaparecido, ¿no?, porque ya había servido para encontrar la solución (como tantas otras bellas cosas que el francés y otras lenguas habrán adoptado de la española). Sólo le quedaba mudarse a otras lenguas, tomar el camino del patito feo, que sintió que no encontraba acomodo en el lugar donde había nacido, y se fue a buscarse una familia con la cual sentirse a gusto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXIII / 13 de abril del 2026



Otros artículos de Edgardo Malaver

Perú (IV)

Mal de amores con tenguerengue

Verbo más sustantivo (con Adrianka Arvelo)

Ochocientas velitas

La mil veces bendita

 

lunes, 16 de marzo de 2026

La hache, el patio silencioso [DXXXII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

La expulsión de los moriscos, la procesión (1882),
de Manuel Gómez-Moreno

 

 

         La hache es una letra tan curiosa que —a menos que mañana aparezca una fuente más antigua— la primera vez que su nombre apareció escrito en un libro fue en el año 1433. Y para más precisión, ¡lo escribieron sin hache!

         Su antecesor, en el alfabeto fenicio, de donde lo tomaron los amigos griegos, se llamaba het, y era, más o menos, un rectángulo vertical, algo inclinado hacia la izquierda y dividido en dos cuadrados aproximadamente del mismo tamaño. Los especialistas dicen que se pronunciaba /jet/, como se pronuncia en inglés casi todo lo que comienza con hache. En Grecia perdió los trazos horizontales superior e inferior, y así, ya casi era la mismísima hache nuestra de cada día, a la que llamaron eta. Más tarde, la adoptaron los avispados amigos romanos y con los siglos fueron debilitando su sonido aspirado.

         Hasta el momento, 2.860 de las palabras incluidas en el diccionario de la Real Academia comienzan con hache. Nada mal para ser una letra que, supuestamente, no se pronuncia (ver Ritos LXV). Sin embargo, no serían tantas si siguiéramos escribiendo igual todas las palabras que en latín comenzaban con efe. Lo que Ruy Díaz de Vivar llamaba furtar ahora lo llamamos hurtar; lo que don Quijote de la Mancha llamaba finojos ahora lo llamamos hinojos; lo que Gonzalo de Berceo decía fervir ahora lo decimos hervir (y no olvidemos ferviente, que se le parece tanto porque también le sube la temperatura).

         Esta tendencia —miren ustedes si serán graciosos los españoles— se inició en el siglo XV, después de la expulsión de los musulmanes de la península y el descubrimiento de América. Las élites intelectuales comenzaron a ver con malos ojos la preferencia del pueblo por las efes iniciales de palabras latinas y comenzaron a pronunciarlas con hache levemente aspirada. Al final del siglo, las cosas se invirtieron y les dio por evitar esa aspiración, que ahora sentían como reminiscencias de la lengua árabe y del habla rústica. No fueron pocas, sin embargo, las palabras que conservaron la hache, particularmente en zonas alejadas de la capital del imperio, como Andalucía, Extremadura y mucho más en Canarias y América.

         Y no me lo van a creer —yo misma casi no lo creo—, pero el pueblo romano apreciaba con todo su corazón la vulgarísima palabra future, equivalente a ‘practicar el coito’, y esta, en la Edad Media, terminó convirtiéndose en foder, que pronto logró su versión aspirada, hoder, la cual, como ya os estáis imaginando, ¡derivó en nuestro recurrentísimo joder! Como dirían ellos mismos, a que son graciosos los españoles.

         Aunque muy discutido, quizá el significado más antiguo del signo het sea el de ‘cerrado’, ‘espacio cercado’, ‘patio’. No es difícil imaginarse que sería, por los cuatro costados, un patio muy silencioso.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

 

Año XIV / N° DXXXII / 16 de marzo del 2026

 

 

 

 

Otros artículos de Ariadna Voulgaris

De pseudónimos

¿Cuándo se va a armar aquí la de San Quintín?

La a, primera y principal

FEBRVAS

Adiós

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Anagramas en el diccionario [DXXXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Las lampyridae, luciérnagas para los amigos, viven 61 días

 

 

 

         El 10 de abril del 2013, en el número III de Ritos de Ilación, titulado “Electroencefalografistas y más récords”, en el que me concentré en recolectar algunas pocas curiosidades de la lengua española (como quien se prepara para jugar a la trivia), repetí sin pensarlo mucho esta idea que había leído horas antes en algún comentario de Facebook, probablemente: “Y hay una curiosidad que más bien parece un insulto creado por los argentinos para lanzarse entre sí cuando no gana el candidato de su preferencia en alguna elección: alterando el orden de sus letras, la palabra argentino sólo puede ser transformada en ignorante”. Pues resulta que el ignorante fui yo. El ingenuo al menos. Hoy, casi 13 años después, descubro fortuitamente que semejante afirmación, por fortuna, no es cierta.

         Es lo que se llama un anagrama en toda regla, pero de ningún modo es el único que puede construirse con ese conjunto preciso de letras. Para comportarme esta vez lo más seriamente que pueda, y aunque ustedes deben conocer muy bien el concepto, pongo aquí lo que dice el diccionario sobre el termino anagrama: “Cambio en el orden de las letras de una palabra o frase que da lugar a otra palabra o frase distinta”.

         Resulta que hace horas, cuando sucedió todo este hallazgo y este asombro, lo que estaba haciendo era buscar alguna buena noticia sobre el idioma español que comentar en esta décima tercera “edición aniversaria” de Ritos y, por alguna razón que no recuerdo, me vi en la página de la Real Academia; al desplegar, como por accidente, un menú a la izquierda del botón “Consultar” mis ojos cayeron sobre otro botón que decía “Anagrama”. “¿Qué será esto?”, me dije, “¿será posible que el diccionario me vaya a dar anagramas de las palabras que yo le ponga aquí?”. Pues para alegría mía, sí, así fue. Y entonces, aunque parezca mentira, me vino a la memoria en ese instante el que creo que es el único anagrama del que hemos hablado en Ritos: la palabra argentino. Y escribí “argentino”, pensando que me iba a salir lo que yo recordaba del 2013. ¡Pero no! Hay cuatro palabras en el diccionario que se escriben con las mismas letras que argentino y que me da gusto mostrarles hoy: gritonean, de verbo gritonear; el ya mencionado ignorante; la hermosa palabra tangerino, con su femenino, más hermoso aún, y tangieron, del verbo tangir.

         A veces a uno le sucede que se contenta de haber cometido un error porque cuando el tiempo nos trae la corrección, e incluso cuando nos trae la filípica, sale uno ganando porque todo termina siendo un aprendizaje. Quién hubiera dicho que de una palabra tan conocida y tan cercana florecieran de repente tantas palabras nuevas, que, más que palabras, parecen melodías.

         Quizá para muchos es algo tan común y tan simple que ya ni siquiera se percatan de los anagramas que se les presentan todos los días. Para mí no deja de ser atrayente como un imán. Es como si estuviera aprendiendo a leer y escribir otra vez... porque recuerdo que eso me pasaba cuando estaba aprendiendo a leer y escribir: cada palabra nueva que encontraba era una flor nueva, un océano nuevo, una alegría nueva.

         Por tanto, no es solamente que me alegra haber podido corregir lo que llamaría una ‘falla de investigador’ que tuve hace 13 años —porque nunca es tarde—, sino además que, caminando por el bosque de la lengua, me acabo de tropezar otro tesoro. Jugar con las letras de unas palabras para construir otras palabras es de lo más agradable que se pueda haber. Ahora, por ejemplo, usted pone rama en diccionario y le aparece amar, arma, armá y mara. Puede ser también el juego más poético del mundo: usted pone luciérnaga y el diccionario le da neurálgica. ¿Se imaginan una luciérnaga neurálgica que en una rama arma una mara?

         Algunos disfrutamos unos placeres más bien inverosímiles. Hoy, para el cumpleaños de Ritos de Ilación, yo por lo menos me siento feliz con este descubrimiento.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXI / 25 de febrero del 2026

EDICIÓN DEL DÉCIMO TERCER ANIVERSARIO

 

 

 

Anteriores ediciones aniversarias (o sus equivalentes)

Congorocho (2014)

¿Pronombre de lugar en español? (2015)

¡Ay, qué noche tan preciosa! (2016)

Picnic (2017)

Kikirikí (2018)

Qué arrecho (2019)

A caballo regalado... (2020)

El quid del asunto (2021)

Aniversario con heterónimos (2022)

Ritos de Ilusión (2023)

¡Suerte y Gaceta Hípica! (2024)

Tengo una muñeca vestida de azul (2025)


lunes, 7 de julio de 2025

La ge, el camello destetado [DXVII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Un ángel detuvo la mano de Abraham. El sacrificio de Isaac
(1659), de Giovanni Battista Gaulli

 

 

         En la escritura hebrea, explica Rodrigo Peñaloza en su artículo “La historia de la letra G” (2009), la forma de la letra ghimel es una especie de dibujo de un camello. Y la letra con que comienza el equivalente a camello en hebreo comienza con esta letra. Y el nombre del animal es gamol, palabra de la cual viene el nombre de la letra. El camello tiene ese nombre porque gamol, antes de todo esto, también significo ‘criar a un niño hasta que crezca’. Es el signo que se utiliza cuando en el Génesis (21, 8) se narra el crecimiento de Isaac: “El niño creció y lo destetaron”. “El camello recibió este nombre porque es como un niño destetado que puede viajar largas distancias sin mamar”.

         [La historia de la ge parece ser la más seria que les he contado, ¿verdad? Casi no me atrevo escribir sino como si estuviera exponiendo un trabajo de grado.]

         Los griegos, por su parte, se supone que recibieron la letra ghimel de los fenicios, en cuyo idioma era muy similar al signo hebreo. [Me imagino que, siendo vecinos, no sería raro que fuera el mismo signo.] La escribieron a su manera y la llamaron gamma.

         Después vino la época romana. Y lo complicado viene con los romanos. En latín, hasta el siglo III antes de Cristo, la letra ce se utilizaba para representar los fonemas /k/ y /g/. Peñaloza es ultrapreciso al decir que fue en el año 312 antes de Cristo cuando “se introdujo una ligera modificación en la forma de la letra C para diferenciar, en la escritura, los fonemas /k/ y /g/, que ya se diferenciaban en el lenguaje hablado”.

         Luego está el asunto del valor numérico (vale entender cabalístico) de las letras. En el alfabeto hebreo la ghimel tenía el valor de 3, y en esa posición quedó la gamma en el griego. En el latino, también terminó la ce en el tercer lugar y cuando apareció la ge se le ubicó en la séptima posición debido, sobre todo, a que la zeta griega, que ocupaba esa ubicación, era considerada más bien inútil porque no representaba ningún sonido real de la lengua hablada del idioma del Lacio.

         [Esta zeta, humillada por semejante decisión, tuvo que resignarse a ser desplazada al último lugar del abecedario de Roma. Sin embargo, con el tiempo fue reivindicada por el español, que desarrolló un sonido que calzó armoniosamente con ella.]

         La evidencia más cierta de que el nacimiento de la ge representó una solución para la claridad de la escritura latina —y de las lenguas romances posteriores— está en el hecho de que hoy son caracteres totalmente diferenciados. Existen, sin embargo —o quizá más bien como consecuencia— palabras españolas, aun nombres propios, que incluyen una ce pero que en latín se escribían con ge... o viceversa. El nombre Gaius derivó en Cayo, Gades se transformó en Cádiz, secundus nos dio segundo.

         [También podemos ver ahí un rasgo evolutivo: el español nació, siendo la generación siguiente del latín, nació con la capacidad de diferenciar más claramente dos sonidos que siglos antes eran difusos, y, por tanto, necesitaban un signo nuevo. Hoy, por lo menos en la producción hablada, ya no queda rastro de esa confusión, ni siquiera en los casos de derivación en que un sonido se transforma en el otro. Salimos ganando.]

         [Sí, este tema debe ser el más serio de todos: no me fue posible a todo lo largo del texto sacarle una mínima sonrisa ni a un solo lector. Ni siquiera con la imagen del camello destetado. ¡Exijo una satisfacción!]

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXVII / 7 de julio del 2025

 

 

 

Otros artículos de Ariadna Voulgaris

Un soponcio de Semana Santa

La e, la alegría de Egipto

La e, la alegría de Egipto (II)

Y hablando de la alegría de Egipto

La efe, la uña de las letras