miércoles, 25 de febrero de 2026

Anagramas en el diccionario [DXXXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Las lampyridae, luciérnagas para los amigos, viven 61 días

 

 

 

         El 10 de abril del 2013, en el número III de Ritos de Ilación, titulado “Electroencefalografistas y más récords”, en el que me concentré en recolectar algunas pocas curiosidades de la lengua española (como quien se prepara para jugar a la trivia), repetí sin pensarlo mucho esta idea que había leído horas antes en algún comentario de Facebook, probablemente: “Y hay una curiosidad que más bien parece un insulto creado por los argentinos para lanzarse entre sí cuando no gana el candidato de su preferencia en alguna elección: alterando el orden de sus letras, la palabra argentino sólo puede ser transformada en ignorante”. Pues resulta que el ignorante fui yo. El ingenuo al menos. Hoy, casi 13 años después, descubro fortuitamente que semejante afirmación, por fortuna, no es cierta.

         Es lo que se llama un anagrama en toda regla, pero de ningún modo es el único que puede construirse con ese conjunto preciso de letras. Para comportarme esta vez lo más seriamente que pueda, y aunque ustedes deben conocer muy bien el concepto, pongo aquí lo que dice el diccionario sobre el termino anagrama: “Cambio en el orden de las letras de una palabra o frase que da lugar a otra palabra o frase distinta”.

         Resulta que hace horas, cuando sucedió todo este hallazgo y este asombro, lo que estaba haciendo era buscar alguna buena noticia sobre el idioma español que comentar en esta décima tercera “edición aniversaria” de Ritos y, por alguna razón que no recuerdo, me vi en la página de la Real Academia; al desplegar, como por accidente, un menú a la izquierda del botón “Consultar” mis ojos cayeron sobre otro botón que decía “Anagrama”. “¿Qué será esto?”, me dije, “¿será posible que el diccionario me vaya a dar anagramas de las palabras que yo le ponga aquí?”. Pues para alegría mía, sí, así fue. Y entonces, aunque parezca mentira, me vino a la memoria en ese instante el que creo que es el único anagrama del que hemos hablado en Ritos: la palabra argentino. Y escribí “argentino”, pensando que me iba a salir lo que yo recordaba del 2013. ¡Pero no! Hay cuatro palabras en el diccionario que se escriben con las mismas letras que argentino y que me da gusto mostrarles hoy: gritonean, de verbo gritonear; el ya mencionado ignorante; la hermosa palabra tangerino, con su femenino, más hermoso aún, y tangieron, del verbo tangir.

         A veces a uno le sucede que se contenta de haber cometido un error porque cuando el tiempo nos trae la corrección, e incluso cuando nos trae la filípica, sale uno ganando porque todo termina siendo un aprendizaje. Quién hubiera dicho que de una palabra tan conocida y tan cercana florecieran de repente tantas palabras nuevas, que, más que palabras, parecen melodías.

         Quizá para muchos es algo tan común y tan simple que ya ni siquiera se percatan de los anagramas que se les presentan todos los días. Para mí no deja de ser atrayente como un imán. Es como si estuviera aprendiendo a leer y escribir otra vez... porque recuerdo que eso me pasaba cuando estaba aprendiendo a leer y escribir: cada palabra nueva que encontraba era una flor nueva, un océano nuevo, una alegría nueva.

         Por tanto, no es solamente que me alegra haber podido corregir lo que llamaría una ‘falla de investigador’ que tuve hace 13 años —porque nunca es tarde—, sino además que, caminando por el bosque de la lengua, me acabo de tropezar otro tesoro. Jugar con las letras de unas palabras para construir otras palabras es de lo más agradable que se pueda haber. Ahora, por ejemplo, usted pone rama en diccionario y le aparece amar, arma, armá y mara. Puede ser también el juego más poético del mundo: usted pone luciérnaga y el diccionario le da neurálgica. ¿Se imaginan una luciérnaga neurálgica que en una rama arma una mara?

         Algunos disfrutamos unos placeres más bien inverosímiles. Hoy, para el cumpleaños de Ritos de Ilación, yo por lo menos me siento feliz con este descubrimiento.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXI / 25 de febrero del 2026

EDICIÓN DEL DÉCIMO TERCER ANIVERSARIO

 

 

 

Anteriores ediciones aniversarias (o sus equivalentes)

Congorocho (2014)

¿Pronombre de lugar en español? (2015)

¡Ay, qué noche tan preciosa! (2016)

Picnic (2017)

Kikirikí (2018)

Qué arrecho (2019)

A caballo regalado... (2020)

El quid del asunto (2021)

Aniversario con heterónimos (2022)

Ritos de Ilusión (2023)

¡Suerte y Gaceta Hípica! (2024)

Tengo una muñeca vestida de azul (2025)


lunes, 16 de febrero de 2026

Sobre las máscaras [DXXX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Imágenes de máscaras de diferentes culturas
tomadas de
El Cojo Ilustrado (1897)

 

 

 

         Estoy pasando por una racha de fascinación por los periódicos viejos. Comencé intentando leer El Nacional, El Universal o Últimas Noticias, o cualquier periódico venezolano que encontrara, del día de mi nacimiento, y me encontré hipnotizado con El Cojo Ilustrado. No hace falta que les hable de la importancia de El Cojo para la actividad cultural venezolana entre 1892 y 1915, pero sí puede ser necesario declarar que es tal su atracción sobre mí que varias veces en los últimos años me he propuesto revisarlo, leerlo, recorrerlo página por página en sus 24 ediciones por año.

         Y ahora viene el azar y me conduce a la edición 124, del 15 de febrero de 1897, donde me tropiezo con este artículo “suelto” sobre las máscaras, su origen, su fabricación, y me convenzo de que ese periódico es, ni más ni menos, un tesoro. Si hubiera nacido cien años antes, esta semana de Carnaval, me habría gustado ser yo quien escribiera esto, en una columna de El Cojo que quizá se habría llamado “Ritos de Ilación”:

 

Origen de las máscaras

Para buscar el origen de las máscaras, es preciso remontarse a las fiestas sorprendentes de la ciudad de Venecia, en aquellos buenos tiempos en que nadie podía salir sin máscara o sin velo durante el Carnaval, a menos de exponerse a la burla y a bromas pesadas.

Parece como si el rostro humano quisiera ocultarse en esos días de locuras, para tener más libertad, o tal vez para olvidarse de sí mismo por un instante, y así, teniendo como disimulada su persona, echar a un lado las penas de cada día, que van dejando surcos en la frente. Además, la curiosidad se presta para la intriga, el incógnito para los quid prо quos.

El origen de la máscara, que es antiquísimo, se remonta hasta los egipcios, los cuales tapaban con ella la cara de las momias en las ceremonias fúnebres.

Las hacían de cedro, de vidrio, de cera, de palo pintado, de bronce, de hojillas de oro.

Esquilo, entre los griegos, cambió su lúgubre destino, y las introdujo en la tragedia: máscaras de ancianos, de esclavos, de mujeres y de jóvenes, hechas a veces con dos caras, y otras representando divinidades suaves o terribles. Practicaban la abertura de la boca de manera de dejar más amplitud a la voz, lo que era muy necesario en las representaciones del teatro antiguo, que se hacían a cielo descubierto.

Los galo-romanos se valieron de máscaras para las saturnales de las calendas de enero; las máscaras eran grotescas en la procesión del zorro en la Edad Media: llegaron a ser después horribles y monstruosas, hasta que las prohibió el Concilio de Tours.

Fueron reemplazadas por las máscaras de seda y terciopelo que todavía se usan. En el siglo diez y seis se generalizaron tanto y con tan diversos fines que tuvo el Parlamento de París que prohibir su fabricación. Llamábanlas “lobos” porque metían miedo a los niños.

Prohibidos los lobos, los reemplazaron las mujeres con velos de crespón negro sobre el rostro “para[184] hacer sus picardías a través de ellos y para lucir más blancas”, como dice una crónica del siglo diez y siete. Más tarde fue autorizado el lobo “para los ballets”, aumentado ya con barbas de encaje, por debajo de las cuales podía lanzar dardos a voluntad.

Hasta el siglo diez y ocho tuvo Italia el monopolio en la fabricación de máscaras; el que estableció en París la primera fábrica fue un italiano.

Hoy las hacen de cartón, de cera, de gutapercha. Después de modeladas las máscaras de cartón, se les aplican dos capas de pintura de un color claro, у luego se disponen los adornos. Las cejas, los labios, la nariz, los cabellos y las mejillas se pintan con colores desleídos en goma arábiga; después se abren los ojos, la boca, las ventanas de la nariz; se les da barniz, se cortan los contornos y queda hecha la máscara.

Las máscaras de cera, que son más livianas, tienen un trabajo más minucioso: es preciso bañar la tela en cera derretida; y presentan el inconveniente práctico de costar un poco más que la simple máscara de cartón.

 

Fabricación de caretas

Una careta, una nariz postiza, un antifaz, he aquí lo que todo el mundo busca en estos es días de bulliciosa alegría y carnavalescas fiestas. Pero nadie recuerda, al tirar la rota careta o la acartonada nariz, que hay una industria que emplea numerosos obreros y obreras en la confección de aquellos objetos, tan necesarios para todo el que se disfraza.

Empieza el trabajo el escultor sui generis, que hace múltiples modelos para la fabricación de los moldes: escultor original, sin modelos de visu, que apela a su fantasía para representar las más caricaturescas expresiones de dolor, de sorpresa, de alegría y de cuantas manifestaciones exageradas pueden aparecer en el rostro humano; y alarga la lengua, estira la nariz, redondea los ojos, o alargando orejas y desarrollando músculos, varía hasta el infinito la expresión.

Terminados los modelos, la fabricación de moldes apropiados es la operación siguiente, los que, una vez terminados, van a parar a manos de los obreros, que preparan una gran pila de hojas de cartón de vario espesor, que, introducidas en el agua, se han ablandado suficientemente para tomar las formas del molde a que se ajustan.

Y esta tarea, que parece de extrema sencillez, requiere cuidado exquisito para evitar roturas, y recomponer con cola y cartón, de producirse estas, de tal manera que no se rote la recomposición.

Puestas las caretas de cartón en ordenadas filas para su secado al aire libre, si no se ha hecho esta operación en secadores artificiales apropiados, pasan a otras obreras, las más artistas, que proceden a dar barniz y colores. Ya está la operación terminada en general. Aún queda el colocar cintas o gomas, algunos ralos cabellos en la frente o una peluca artísticamente confeccionada; pero esto último, así como la fabricación de caretas especiales y encargos determinados, constituye la élite de esta original industria, que fabrica, si así lo exigiese el cliente, caretas sobre medida, como quien pide un jaquet a la moda o un frac elegantemente cortado.

Como decíamos arriba, los modelos para el escultor y para las pintoras no se encuentran a la mano; la fantasía, la observación callejera y la memoria, suplen las deficiencias que produce la falta de un trabajo d’après nature. ¿Quién se prestaría a la grotesca expresión de una careta de carnaval? ¿Y dónde hallar la variedad originalísima de tan ridículas y múltiples transformaciones de esta estética de la fealdad humana?

 

El Cojo Ilustrado, núm. 124, 15 de febrero de 1897, p. 184-185.

 

         ¡Feliz Carnaval del 2026!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

 

Año XIII / N° DXXX / 16 de febrero del 2026

 



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