Mostrando las entradas con la etiqueta Redundancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Redundancia. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de septiembre de 2021

Niño (varón) y niña (hembra) [CCCLXVI]

Edgardo Malaver

 

 

La Phoenix dactylifera no da mucha sombra,
pero sí la llevaron los españoles a América

 

 

 

         La semana pasada tuve que hacer una traducción legal. Sí, leyeron bien: tuve que hacerla, me vi obligado, me pusieron grillos, y no me los iban a quitar a menos que la terminara. Tuve que traducir una partida de nacimiento. Pero, tal como promete la sabiduría popular, no existe experiencia dolorosa que no nos traiga, aunque sea más tarde de lo que uno podría esperar, una recompensa, una gratificación, un regalo.

         No era una partida como las de ahora, que son una planilla, que asegura una mayor precisión y amplitud en la “recogida” de los datos pero que aniquila casi totalmente el encanto de las viejas partidas de nacimiento, que eran (y seguirán siendo) deliciosas como discurso y también como un despliegue de toda especie de menudos detalles léxicos, sintácticos y semánticos. A pesar de que, a primera vista, lo que destaca en ellas en el presente es una redacción que intenta ser rimbombante y sólo consigue expresarse con mucha torpeza, me pasa cada vez que tengo una entre manos que oigo la voz de un escribiente español del siglo XVI, pluma (de ganso) en mano, sentado en una improvisada mesa de madera americana, bajo un datilero recién sembrado, tomando nota de los datos de un niño que un soldado acaba de tener con una india de Cumaná, de La Guaira, de Coro... cuando aún no tenían esos nombres: ...y en ansí faciendo, el sobreescrito súbdito y servidor de Su Soberana Majestad el Rey de las Españas de viva y clara voz, incontinente, manifestó que, habiendo viajado y llegado en la susodicha goleta y establecídose como hubo, que de ello a bien tiene jurar sobre su honor y su salvación, en este poblado de las tierras del Nuevo Mundo...

         Ese fue el regalo: las palabras. Qué simpleza la de decir hoy, sin sal ni pimienta: “...y declaró...”. Uno se pregunta si todos aquellos detalles eran pertinentes, necesarios, útiles. Yo de pequeño, cada vez que oía las bromas acerca de la redundancia que había en cada una de nuestras partidas de nacimiento, pensaba que alguna razón debía haber. No podía ser que nunca nadie se hubiera dado cuenta de que si el documento decía niño, no hacía falta poner varón. Algo tenía que haber ahí que yo no era capaz de ver y explicar (y, antes que eso, explicarme). Estudiando lingüística y, más tarde, traducción lo comprendí todo: claro que eran pertinentes, y fueron necesarios, y son muy útiles.

         El texto jurídico es habitualmente redundante, y sus redactores son intencionalmente redundantes. La redundancia en el texto legal no sólo no es mal vista, sino que es percibida como una necesidad primaria, esencial, infaltable. Cuando un contrato, por ejemplo, omite la mención de un detalle porque un dato inmediatamente adyacente lo deja implícito, o sea, claro, de todas maneras se echa de menos la redundancia. No se le “siente” confiable, no da la certeza total y absoluta de que toda posible grietecilla de ambigüedad, de duda, de negación ha sido cerrada. No se tiene garantía ni certeza suficiente de que ese mismo documento que nos otorga algo no va a servir para despojarnos de todo. He ahí la razón para escribir las cifras en números y entre paréntesis después de haberlas escrito en palabras; para alargar las frases repitiendo los nombres completos de las partes interesadas, aunque se les haya mencionado dos líneas antes y tan sólo bastara con un pronombre para referirse a ellos, incluso para llenar de guiones, de equis, de sellos las líneas no utilizadas de una página cuando el texto es breve.

         Y también por eso tiene que ser que las partidas de nacimiento, al menos las venezolanas, contenían lo que todo el mundo interpretaba con una redundancia derivada de la falta de atención del escribiente o, peor aún, de su ignorancia. En los primeros tiempos de este modelo de partida, que tienen que haber sido los primeros tiempos de la Colonia, ya debe haber sido necesario decir de manera hiperbólicamente explícita si un recién nacido era varón o mujer, y esa diferenciación era tan importante que no sólo era sexual sino sobre todo social y económica. La herencia dejada a un hijo varón era mucho más importante que lo que se le pudiera dejar a una hija mujer (¿por qué necesito redundar en este caso?, ¿será porque era necesario?). El valor de un ciudadano (en tiempos anteriores, de un súbdito) ante el resto de los ciudadanos y de las autoridades, ante las cuales ser mujer era no ser casi nada (entre más antiguo, menos aún), tenía que ser asentado con claridad en documentos firmados y sellados para que lo que se era por naturaleza pudiera ser verdad en la sociedad. Y finalmente, ante la ley, los derechos a casi todo que daba ser varón, en particular en las clases altas, exigían que este hecho fuera legalmente demostrable e innegable.

         Las deformaciones de la redacción de estas partidas deben haber llegado después, presumo yo que comenzó a desmejorar cuando desmejoró la educación de los escribientes, que eran escogidos en siglos pasados entre aquellos hombres que, aunque no tenían dinero ni alcurnia, ni siquiera grados universitarios, pasaban la vida estudiando y, por tanto, escribían bien.

         Excepto por la preparación intelectual de los escribientes (y ahora también por la forma del documento), todo sigue igual. Los textos legales podrían ser mucho más breves si no hubiera que guardarse tanto las espaldas... y se conociera mejor la herramienta con que se construyen: la lengua. Al final, se trata de un sistema que se sirve de la lengua y de todos sus recovecos e intersticios para, al mismo tiempo, cumplir escrupulosamente la ley y para violarla sin asomo de perturbación ni titubeo.

         Por fortuna para nosotros, porque gracias a ello, existen esos documentos deliciosos del pasado, que son como voces lejanas que nos dibujan en la mente el mundo de nuestros abuelos, como quien arma, pieza a pieza, un rompecabezas.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXVI / 20 de septiembre del 2021

  


 


Otros artículos de Edgardo Malaver

IULIUS

La Segunda Batalla de Carabobo

Un minuto de silencio

La palabra más joven de la historia

La primera carta de un niño rico

lunes, 17 de febrero de 2020

Las 101 cagadas del español [CCXCI]

Luis Roberts


 
No es un eufemismo: es Barack (foto: AP)



         Quienes me conocen saben que no soy ni amigo ni usuario de las redes sociales, sólo Twitter para informarme y con reservas. Pero me acaba de llegar la noticia comentada de un libro que apareció en 2014 en Espasa, Las 101 cagadas del español, debido a un equipo de periodistas dirigido por María Irazusta y cuyo origen es un hilo que se abrió en Facebook bajo el titulo Reaprender el español. En él se recogen los errores (por no repetir el sustantivo del título) que se vienen cometiendo usualmente en nuestro bello idioma, algunos de los cuales ya cometieron Cervantes, Lope y hasta Delibes y Umbral.
         Sus capítulos tienen títulos tan sugestivos como “Femeninos travestidos”, “Anglicismos a full”, “No te comas la coma” o “La Pacheca por el corral y la Bernarda por...”; sólo ya el título del primer capítulo nos anuncia lo que viene después: “Sin eufemismos: Obama es negro”. En este se lee:

Nuestro lenguaje es un reflejo de la sociedad. Y nos estamos volviendo, con perdón, un poquito tontos. A la gente no se la despide, se la ‘desvincula’. No hay pobres, solo ‘desfavorecidos’. Y claro, no hay negros, solo personas ‘de color’. ¿De qué color? Llegamos al ridículo.

         Que se tomen un poco a guasa la caterva de desmanes en castellano no es óbice para que la RAE haya sido la Biblia que seguir para el rigor de estas lecciones. Aunque también carraspeen ante algunas decisiones de los académicos:

¿Cómo no pueden reconocer el superlativo negrísimo y admitir almóndiga o madalena? Voy a decir una cosa un poco irreverente, sobre la tilde del solo: Yo hago el amor los fines de semana solo [risas]. ¿A que puede significar dos cosas?

         Por cierto que esta almóndiga aceptada por la RAE —¿por qué no aceptar también la mal usada cocreta?— es una de las varias metátesis (cambiar de lugar un sonido dentro de una palabra) como murciégalo (malhechor causante del terrible “corovanirus”), asín o vagamundo, que junto al consejo —¡ojo!, sólo aconseja o recomienda, no obliga— de eliminar la tilde del sólo, no sólo me hace carraspear sino rechazar, respetuosamente, algunas decisiones de la RAE.
         Ya el genial Gabriel García Márquez pidió en un polémico artículo —yo diría que no fue sino una pirueta surrealista de su genio— suprimir la tildes del castellano. Como dice al respecto Ángel Lucas Sucasas: “¿A que no es lo mismo presidió que presidio?”. Aunque para algunos la diferencia puede ser sólo de esperar un poco. Lo que no sé, porque aún no he leído el libro, es si entre los 101 deslices, o des-heces, incluyen los pleonasmos, o redundancias, que tantos usan normalmente, como lleno completo, desenlace final, obsequio gratuito, hace tiempo atrás, sorpresa inesperada, adelantar un anticipo y tantas otras.
         Quien esté libre de haberlas dicho o escrito alguna vez, que tire la primera... lo que sea, pero yo no lo haré. Lo que sí haré en cualquier caso, para ilustrarme y divertirme, es precipitarme a leer el libro.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCXCI / 17 de febrero del 2020



Otros artículos de Luis Roberts: