lunes, 28 de febrero de 2022

Plumas de gallina en una plaza [CCCLXXX]

Edgardo Malaver Lárez

 


  

Marisela, obra de Douglas Castillo, mira
el cielo en Apure, Venezuela

 
 

 

         San Felipe Neri (1515-95), según cierta tradición oral, una vez escuchó la confesión de una mujer que se arrepentía de haber calumniado a una vecina. El santo vio en ella la pena del remordimiento y le explicó que, excepcionalmente, le iba a poner la penitencia antes de darle la absolución. Le pidió que fuera a su casa y eligiera la gallina más gorda que tuviera. Luego, la penitente tenía que buscar el centro justo de la Plaza de San Pedro y desplumar ahí la gallina. Sólo después podía volver al confesionario para recibir el perdón.

         La mujer fue a su casa y escogió la gallina, la llevó a la plaza y la desplumó y volvió al templo para contárselo al confesor. “Padre, deme la absolución porque he cumplido la penitencia”, debe haberle dicho, contenta de que hubiera sido tan sencillo. Pero el sacerdote, según la tradición, le contestó: “No, antes tienes que regresar a la plaza y recoger todas las plumas que le arrancaste a la gallina”.

         La lengua, como concluye Quevedo en uno de los tantos cuentos que se le atribuyen, es lo mejor que tiene el hombre, pero es también lo peor. Con la lengua hablamos de amor, con la lengua enseñamos cosas buenas a nuestros hijos, con la lengua bendecimos a Dios; pero también con la lengua nos insultamos unos a otros, con la lengua sembramos intriga entre los hermanos, con la lengua causamos dolor y vergüenza.

         Con una sola palabra puede uno salvar a una persona de la desesperanza y la soledad, pero también con una sola palabra puede hundirla y destruirla. Con una palabra cambió Santos Luzardo la visión que tenía Marisela de sí misma, que le permitió abandonar el estado de salvajismo en que la habían dejado sus padres para convertirse en una mujer bella y responsable de su propia vida. También con una sola palabra aquella ave infernal aplastó en el suelo, para siempre, al ya desconsolado protagonista del poema más célebre de Edgar Allan Poe.

         “Por toda palabra ociosa será juzgado el hombre”, les dijo Jesús a los fariseos. Y agregó que será por el uso de la palabra que se le perdonará o se le condenará. Años más tarde, un amigo suyo, Santiago, escribiría: “El que puede dominar su lengua será capaz de dominar todo su cuerpo”.

         Hablar, entonces, no es sencillo, no es cosa de juego. Hablar, en todos los contextos, es más bien arriesgado. No sabemos nunca qué camino van a tomar nuestras palabras ni qué semilla van a sembrar en los corazones donde caigan. No es sensato pensar que las palabras son apenas eso, palabras. No hay palabra que sea solamente una palabra. Las palabras pueden ser piedras que hacen heridas, murallas que no se pueden saltar, océanos que se pueden cruzar.

         Además, las palabras se las lleva el viento, como se llevó las plumas de la gallina de aquella calumniadora. Recurrimos a esta expresión para implicar que lo que se dice carece de firmeza y significado, pero resulta que ahí está justamente el peligro, porque el viento se devuelve, siempre se devuelve. Y la suave brisa que soplaba cuando dijimos una "simple" palabra puede regresar convertida en huracán. Y no se puede hacer nada para detener un huracán.

         En suma, hablamos más de lo que es sabio hablar, hablamos demasiado sin pesar las palabras que decimos, y lo menos que hay que hacer en la vida es usar la palabra con descuido. Decir es adquirir un compromiso, sea para bien o para mal. Decir nos ata a lo que hemos dicho, sea que hablemos para acariciar o para golpear. Por algo en algunos países les dicen a los arrestados, como en las películas: “Tiene derecho a permanecer callado. Todo lo que diga puede ser y será utilizado en su contra”. El silencio, por ende, también tiene su valor, y no se lo lleva el viento.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXX / 28 de febrero del 2022

 

 


 

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viernes, 25 de febrero de 2022

Aniversario con heterónimos [CCCLXXIX]

Edgardo Malaver Lárez


 

Queridos amigos, Ritos de Ilación está llegando

hoy a su noveno aniversario. Qué de cosas hemos dicho en ese tiempo. Y qué de cosas queremos seguir diciendo. Gracias a los colaboradores, a los lectores. Gracias a la lengua española, que nos abriga como una... lengua madre.

¡Feliz cumpleaños de Ritos para todos!



 

Orinoco, río de ilación

 

 


         Para celebrar el noveno aniversario de Ritos de Ilación, me puse a hacer el ocioso ejercicio de pensar de qué podría tratar la revista (como generosamente la llama nuestra compañera Laura Jaramillo, la otra cumpleañera de la semana), si tuviera otro nombre. No es que estemos pensando en cambiárselo, es que la palabra ritos se parece a tantas otras, o al menos exige tan pocos cambios para transformarse en otras palabras, es decir, se presta tanto para crear heterónimos, que provoca jugar.

         Por ejemplo, si Ritos de Ilación se llamara Gritos de Ilación, cualquiera pensaría que se trata de un grupo de gente que protesta contra alguna situación insoportable, y quizá escribiríamos todas nuestras afirmaciones entre signos de exclamación. Si fuéramos expertos en simbología, podríamos haberlo llamado Mitos de Ilación y, después de nueve años, los lectores tendrían la imaginación bien abultada.

         Difíciles de imaginar, digo yo, serían las áreas a las que podríamos habernos expandido cambiando solamente las vocales de ritos (y no siempre las dos). Ratos de Ilación sería más bien una publicación de señoras, jubiladas todas, que disfrutan pasar juntas cuatro tardes a la semana, tejiendo o tomando té. Retos de Ilación sería el sitio web de una asociación de montañistas y escaladores que no pueden vivir sin imponerse “desafíos que los lleven cada vez más arriba”, como diría su video de presentación. Mientras tanto, un grupo de bigotudos con bandanas y pasados de kilos que recorren largas carreteras a bordo de un enjambre de Harleys formarían club y lo llamarían Rutas de Ilación. En Caracas y en Mérida podría fundar un restaurante un fanático de la película Ratatouille y llamarlo Ratas de Ilación, con su respectiva aplicación para ordenar delivery. (Estoy pensando ahora que sería más lógico si fuera el nombre de una banda dedicada a robar en mansiones lujosas, pero quizá estos no quieran hacerse publicidad.) En otros países de América del Sur, tendría sentido tener un “órgano divulgativo” para una asociación que se llamara Rotos de Ilación. No creo que los miembros femeninos, si se separaran de la asociación, aceptaran bautizar el suyo Rotas de Ilación.

         Hay, por otro lado, mucha gente que gusta de hacer muecas en los momentos menos oportunos, y ellos podrían tener hasta una sala de fotografía llamada “Rictus de Ilación”. Como pasa con las llamadas Ratas de Ilación, no es probable que los colectivos de secuestradores deseen hacerse conocer con el nombre comercial de Raptos de Ilación, porque, apenas lo hagan, los especialistas del equipo de fisonomistas Rostros de Ilación van a ir a identificarlos y se acabó el grupo... y el negocio. Vicios de Ilación tal vez sí les sería atractivo a los que fuman o toman demasiado alcohol.

         ¿Qué publicaríamos si nuestro espacio se llamara Litros de Ilación? Quizá serían estudios sobre el Orinoco, o mediciones científicas sobre las lluvias e inundaciones... o ambas cosas. Si en las vacaciones montáramos un quiosquito de empanadas en la orilla de la playa, podríamos entregar a nuestros clientes un volante sobre atractivos turísticos cercanos, que se llamara Fritos de Ilación. Los amantes de las finanzas virtuales probablemente se harían asiduos a nuestros comentarios si nos cambiáramos el nombre a Criptos de Ilación. E indudablemente, si nos dedicáramos a la música, nos llamaríamos Ritmos de Ilación.

         También podríamos hacer muchas combinaciones, y muy rítmicas, con las palabras en las que se puede transformar ilación. Ritos de Fijación podría ser un libro en que un psicoanalista escribiera, como hizo Freud, sobre casos que representaron para él éxitos palpables. O retos... o mitos... o simples rictus). Mientras tanto, la gente que gusta de la genealogía y sus ceremonias, se deleitaría con nuestros Ritos de Filiación. También los estudiosos de la teoría literaria nos visitarían de vez en cuando si nos rebautizáramos como Ritos de Ficción. O incluso más, si cabe, Mitos de Ficción.

         Y para que no todo sea ficticio e hipotético, puedo revelar —no me parece que lo haya hecho antes en estos nueve años— que en el 2013, cuando buscaba un nombre “que no desdijese mucho” de su ideal, vine a figurarme que Ritos fuera una especie de comienzo para mis alumnos y todo aquel que quisiera atisbar lo que en él dijéremos —¿sonó a narrador de Don Quijote?—, que fuera apenas el comienzo de un recorrido de disfrute con las palabras, con la ciencia y el arte de la lengua. Leer el primer número tenía que ser como... como un rito de iniciación...! ¡Eso, un rito, pero de ilación, que fue la palabra que encendió esta llama! Aquel día tuve, ya lo ven, mi primer rito de ignición.

         Y ahora celebramos nuestro noveno aniversario. Todo un hito de ilación.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXIX / 25 de febrero del 2022

 EDICIÓN DEL NOVENO ANIVERSARIO

 

 

 

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