lunes, 27 de octubre de 2014

El zoológico de la lengua [XXVIII]

Jaramillo Laura


         No es que ahora me metí a veterinaria. No. Resulta y acontece que un día enchinchorrá, me percaté de que tenemos una extraordinaria capacidad para emular ciertas características o actitudes de los animales, lo cual, no faltaba más, se refleja en nuestro hablar cotidiano.
         Muchas veces estamos hablando de alguien (chismeando, pues) y no encontramos esa palabra exacta que necesitamos para describirla (como el caso de vaina). Entonces, inmediatamente, en la mayoría de las veces, asociamos las características de un animal con ese alguien, es decir, metaforizamos el lenguaje.
         Por esta razón, a continuación les presento algunos animalillos que tienen actitudes semejantes a las humanas, o al revés:

Sapo: persona a la que le encanta croar (cantar) de más; contar los secretos de otras personas. Existe un libro que se titula El cartel de los sapos, escrito por un colombiano que estuvo asociado al narcotráfico de ese país.
Rata: persona maliciosa. También se le puede decir ratón, ratica o ratuno, todo depende de la intensidad de la malicia.
Conejo: puede significar dos cosas. Generalmente, hace referencia a una persona inocente, también se le puede decir blanca paloma, pero en los bajos fondos, se le dice conejo a la persona que compra o consume droga.
Cuaima piña: persona lista, ágil, peligrosa. Es un adjetivo común para describir a las mujeres. En Colombia, el equivalente es tatacoa, una serpiente del desierto que lleva el mismo nombre, la tatacoa. Hasta las telenovelas se les conoce como teleculebrones, por tener la capacidad de enrollar la historia.
Urraca: persona que habla hasta por los codos. Incluso, para ser más enfático en el adjetivo dirigido a la persona, es común usar el pleonasmo urraca parlanchina.
Cacatúa: persona que intenta como que esconder la pila de años que lleva encima, por medio de maquillajes recargados y ropaje extravagante.
(En estas dos últimas especies, estoy segura de que todos, al igual que yo, tienen una vecina híbrida, o sea, cacaturraca.)
Buitre: persona a la que le encanta regocijarse en las desgracias de otros (no en vano se habla de fondos buitres). También puede ser una persona capaz de aprovechar las oportunidades que se le presentan (como el antiguo manager de los Navegantes del Magallanes, Phil Regan, conocido como El Buitre).
Abeja: persona que está pilas, que sabe cómo actuar ante las dificultades. También persona que trabaja mucho.

         No solo asemejamos el modo de ser, sino también, el aspecto físico. ¿Cuántas veces no hemos visto un perro igualitico al dueño? Yo lo certifico.
         En fin, el zoológico de la lengua es tan extenso, al igual que nuestra creatividad, así que aprovechemos esta oportunidad para asemejar a las personas que conocemos, amigos, parejas, familiares, conocidos, etc., con cualquier animal, y enriquecer el maravilloso mundo del lenguaje metafórico.

laurajaramilloreal@yahoo.com





Año II / Nº XXVIII / 27 de octubre del 2014

lunes, 20 de octubre de 2014

Yo sandungueo, tú sandungueas, él sandunguea [XXVII]

Isabel Matos



            De manera irremediable y con una velocidad impresionante entran en las conversaciones del día a día términos tomados de esas canciones pegajosas que oímos en la radio del autobús camino a casa. Daddy Yankee y Don Omar, Hector (el Father) y Tito (el Bambino) hacen su gran “contribución” a la lengua española, al habla de Caracas con sus canciones. Yo sandungueo, tú sandungueas, él y ella sandunguean juntos y al final todos sandungueamos.
            Wikipedia nos dice que el sandungueo nace en Puerto Rico por el año 2000 y que se caracteriza por ser un baile sensual y lascivo que se realiza con las rodillas ligeramente flexionadas y agitando vigorosamente las caderas. ¿Y sandunguera? Según el diccionario Vox, se refiere a aquel que tiene gracia, que tiene sandunga, o salero. Salero además incluye un poco de elegancia. Aunque sandungueando no nos veamos muy elegantes que digamos.
            En México parece ser muy común que te vayas de sandunga toda la noche, aunque en Venezuela utilizamos otro ritmo para eso, la rumba. Resulta que sandunga o zandunga es además una canción mexicana, significa: música honda y profunda en zapoteca. Luego de escuchar La zandunga en YouTube no deja de sorprenderme la distancia que hay entre esa música que oigo y la que canta Don Omar ¿Y la cumbia sandungótica? Esa la dejamos para otro rito.

isabelmercedes@gmail.com




Año II / Nº XXVII / 20 de octubre del 2014

lunes, 13 de octubre de 2014

La vereda de enfrente [XXVI]

Edgardo Malaver

            Mañana hará exactamente siete semanas que escribí en otro blog un homenaje a Julio Cortázar, que ese día cumplió 100 años de nacido. Algo debe tener cumplir 100 que todos lo desean, y Cortázar, a quien parece que el paso del tiempo no angustiaba, parece haber llegado a un nuevo hito en su carrera hacia la totalidad, es decir, le ha llegado esa época en que, como diría Shakespeare, “in eternal line to time he grow’st”. A los 100 años, digo yo, se convierte uno ya en una voz innegable, en un clásico.
            En mi caso no han sido cien años, pero una palabra lo puede perseguir a uno por mucho tiempo. Y una que me ha atormentado inmensamente a mí desde los años de estudiante en que no había tarde en que no aterrizara en la biblioteca y no descuidara otras mil cosas por leer a Cortázar es la palabra vereda. Mi imaginación nunca fue suficiente para comprender a qué se refería Cortázar al decir, por ejemplo, en “Los amigos” (Final del juego, 1956): “A las siete menos cinco vio venir a Romero por la vereda de enfrente; lo reconoció en seguida por el chambergo gris y el saco cruzado”; ni, mucho menos, al decir, en “Hay que ser realmente idiota para” (La vuelta al día en 80 mundos, 1967): “Un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”, ni todas las veredas, concretas y abstractas, de las que está poblada Rayuela (1963).
            Una vereda en Venezuela es un camino y, en mi mente, un camino no está ni al frente ni detrás ni al lado de nada. A lo sumo estará al lado, pero es más bien que la otra cosa, está a un lado del camino, como las flores que para Castellaneta representan a Dulcinea. Pasé mil años preguntándome qué podía ser una “vereda de enfrente”. Tuve que oír una vez a una turista argentina en el metro hablando de algo que le había pasado en el centro de Caracas para entender. Decía: “Yo iba caminando y por la vereda de enfrente vendían una comida que me llamó la atención”. Ah, caramba, me dije, esta mujer se refiere a la acera. Y tuve que volver a Cortázar a buscar las veredas perdidas, a entender que lo que está en la “vereda de enfrente” es lo opuesto, lo que no nos agrada, lo que nos agrede... o quizá, también, otra situación, más favorable, que vemos desde la nuestra, menos seductora, como en el caso de La vuelta al día...
            En mi mente sin veredas, que transita por las aceras del español de Venezuela, se abrió un camino nuevo que la llevó al español de otro lugar, que afortunadamente a veces se parece y otra vez es el mismo... porque dos formas del mismo idioma son como dos mundos que a veces se alejan, pero otra veces se comportan “como amigos y parientes [que] están reunidos en una misma inteligencia y comprensión”.

emalaver@gmail.com





Año II / Nº XXVI / 13 de octubre del 2014

lunes, 6 de octubre de 2014

Recochar [XXV]

Laura Jaramillo




         Continuando con el lenguaje jocoso y coloquial, quiero presentarles la primera palabra que descubrí del extenso y variado léxico colombiano. Fue esta palabra la que me sembró la curiosidad por descubrir y estudiar cada día la lengua colombiana. La escuché en un programa que se llama Desafío, y quien la dijo es de la isla de San Andrés, o sea, que, al parecer, recochar es léxico costeño, del Caribe, al igual que fufurufa.
         Recochar suena como a melcocha, pero no. Suena como a ‘cocha pechocha’, pero tampoco. Suena como a recharco, muchísimo menos. Es un verbo tan sabroso de expresar, como sus derivados: recocharecocherorecochería, y pare usted de contar, o, de inventar.
         Recochar expresa que algo es muy divertido, puede ser una situación o una persona. Expresa gozo por los estudios, el trabajo, los amigos, la vida. Para mi mamá, recochera de primera, es una palabra que suena a fiesta, a baile, a hora loca. Es una expresión equivalente a la venezolana, igual de sabrosa de pronunciar, joder, que también tiene sus derivados: jodedorjodedorcitojodedera. Palabras más, palabras menos, recochar es echar vaina.
         El DRAE no la acepta como verbo, sino como adjetivo, es decir, recocha, pero (¡qué pero tan maravilloso!) el significado no es al que me refiero, o, mejor dicho, no es al que se refieren los ilustres costeños. Tampoco joder tiene en el DRAE el significado que le damos venezolanos y colombianos. Sin embargo, el mismo diccionario registra una entrada parecida, recochineo, con un significado más o menos cercano. Confieso que nunca la he escuchado, a pesar de que el diccionario la presenta como léxico coloquial.
         En fin, como ya deben conocerme, recochar es un verbo que ya forma parte de mi vocabulario tan colorido. A todo el mundo le digo recochero, hasta a un tutor que tuve, muy serio él, lo bauticé como el recochero más recochero del oriente venezolano.
         Así de sabroso es el español, así de expresivo somos, colombianos y venezolanos; es más, deberíamos borrar las fronteras pa recochar más y mejor. Tanto el lenguaje colombiano como el venezolano tienen ese no sé qué tan particular, tan único, tan sabroso (insisto), que nos identifican y nos definen como hablantes de un español cada día más renovado.
         No sé si recochar, al igual que fufurufa, se originaron en el caribe colombiano, pero, de ser así, ¡qué sabroso es que la inmensidad del mar genere esta inmensa creatividad léxica!


laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXV / 6 de octubre del 2014