lunes, 25 de marzo de 2019

Una catira bien pelúa [CCLIII]

Laura Jaramillo




Tumbarrancho. Foto cortesía de mi amiga Blanca, la iluminada



         Los venezolanos pueden ser todo lo que se les ocurra, habladores de grama, bulleros, pachangueros, cuenteros, pero jamás serán aburridos.
         Esto lo digo por lo curioso de nuestra gastronomía, no solo la preparación o los ingredientes, sino el nombre que le ponemos a cada una de las exquisiteces que comemos a diario. Por ejemplo, mi vecina, la barquisimetana, les dice a las caraotas carolas o carolinas de mónaco.
         A esas comidas callejeras y sabrosísimas, que por más que las hagamos en casa nunca saben igual, les decimos balas frías o asquerositos. Damos besos de coco montados en un bistec a caballo. Tenemos una barriga e vieja (o arepa e vieja), una cuca con su buen tolete de queso bien blandito y de paso unos huevos chimbos.
         La cosa no llega hasta ahí. La protagonista de todas nuestras comidas, la arepa, tiene los nombres más metafóricos que podamos imaginar.
         Empecemos por la pobre viuda, porque no tiene naitica.
         Hay una que es catira, con bastante quesito amarillo rayado y pollito.
         Hay una que es perico, y no precisamente por lo habladora que es.
         Hay una que incita al juego, la de dominó, y con la que podemos terminar como la cochina.
         Tenemos una pelúa, porque esas mechitas de carne y quesito amarillo se desbordan deliciosamente.
         La famosa reina pepiada, en honor a Susana Duijm. Y si le agregamos queso amarillo, nos sale una sifrina.
         Hay una que debemos tener cuidado de comer, pues parece que rompe el colchón.
         No podemos dejar a un lado a los ingeniosos maracuchos, quienes tienen un tumbarrancho que solo ellos pudieron inventar.
         Estas son apenas quizás las más conocidas, pero estoy segura de que hay muchas más que no conocemos. En Venezuela hay tantas arepas como pueblos, regiones, zonas.
         Quisiera saber cómo es la arepa Jorge Reyes y la arepa Roxana Díaz.
         Como diría Ricardo Arjona —sí, tengo esa debilidad—, el problema no son los nombres, el problema es cómo le metemos el primer dientazo a esas arepotas.
         Recordemos un poema hermoso escrito por Job Pim, titulado precisamente “La arepa” y que expresa con exactitud las imágenes que acabamos de describir:

En idioma español, de buena cepa,
‘pan de maíz’ titúlase la arepa,
pero es preciso ser de nuestra tierra
para saber lo que la arepa encierra.

¿Qué señor extranjero que no sepa
cómo hablamos aquí podrá creer
que dentro de una arepa
cabe cómodamente una mujer?

Pues cabe, y no ella sola,
sino una casa, un radio,
una vitrola, la cesta
del mercado con lo que traiga dentro,

el alumbrado, las ropas,
dos o tres barrigoncitos
y muchas veces hasta los ‘palitos’”.

laurajaramilloreal@gmail.com



Año VII / N° CCLIII / 25 de marzo del 2019


lunes, 18 de marzo de 2019

Hágase la luz [CCLII]

Luis Roberts


 
“Y un gato me hacía compañía...”,
diría Roberto Carlos (foto del autor)


         Fiat lux et facta est lux (Hágase la luz y la luz se hizo). Así reza en latín el Génesis 1, 3 en la Vulgata, la traducción de la Biblia del hebreo y el griego de Jerónimo de Estridón, el traductor del mayor best-seller de la historia: la Biblia. Así describe la Biblia la creación del mundo, hecho ocurrido, según los ortodoxos judíos, hace 5.780 años, año actual judío, suceso que los no tan aficionados a la literatura de ficción y más al realismo científico, fijan en unos 13.800 millones de años. Pero para estos últimos, entre los que me incluyo, la luz que hizo libres a los hombres, la luz de la razón, se prendió en el siglo XVIII, el Siglo de las Luces, el siglo de Kant, Voltaire, Rousseau, y la Revolución Francesa, con Descartes como precursor y Hegel como colofón; el siglo que establece un nuevo orden inventado, el de la libertad, la igualdad y la fraternidad: la democracia moderna; el siglo que establece como única luz la de la razón para avanzar en el conocimiento y el orden mencionado para convivir. Y esa luz es la que nos ha traído hasta el siglo XXI, con apagones históricos, alumbrando revoluciones, sufriendo involuciones, pariendo, creciendo, errando, acertando, pero siempre avanzando, dos pasos adelante y uno atrás, aunque a veces se diera un paso adelante y dos atrás, como el título del libro de Lenin. Y hablando de libros, que en definitiva es lo nuestro, viene de perlas recordar, y recomendar, la novela histórica de Alejo Carpentier, el ilustre cubano, padre literario de García Márquez, entre otros, El siglo de las luces. La novela, ambientada en la época de la Revolución Francesa, narra las peripecias de un revolucionario, Víctor Hughes, personaje al parecer histórico, enviado al Caribe para expandir los ideales de la Revolución que acaba convirtiéndose en un déspota. “Cosas veredes, Sancho…”, “la historia siempre se repite…”, tantas frases históricas y literarias podríamos añadir como reflexión de esta novela, incluso la famosa de Confucio: “Un gobernante tirano es mucho peor que un tigre devorador de seres humanos”. Es la historia de un apagón de la razón y de la libertad, de encumbramiento, degradación y decepción, para leerla hasta a la luz de una vela en un apagón que nos destroza la mente, el estómago, las piernas. Pero la historia continúa, como desde el siglo XVIII, y vamos bien. Así que, lo antes posible, ¡hágase la luz!

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCLII / 18 de marzo del 2019


lunes, 11 de marzo de 2019

Payola [CCLI]

Laura Jaramillo


Contra la saturación digital: una vitrola de más de 10,60 metros
en Oackland (foto: N. Bremner)



         El mes de febrero es de muchos cumpleañeros importantes. Para empezar tenemos a nuestra honorable página web, no blog, Ritos de Ilación. Estoy yo, no faltaba más. Y también cumple un excelentísimo señor que es cantante, compositor, arreglista y padre de la novia: el gran Juan Vicente Torrealba. ¡Qué admirable y hermoso es disfrutarlo aún con 102 años!
         En el programa de Televén Especial con Ly Jonaitis lo entrevistaron. Con su lucidez intacta, el maestro Torrealba es capaz de recordar cada momento de su vida personal y artística. Entre las tantas cosas que nos narró, recuerdo dos comentarios de esos que a mí me gustan, los jocosos y los directos.
         Un comentario fue sobre el Grammy Honorífico que le otorgaron en el 2014. Él no pudo asistir, pero recuerda que alguien le preguntó qué hubiera hecho en la ‘ciudad del pecado’, y su respuesta, tan llanera, fue que se hubiese llevado una carretilla para traerse a ese poco e mujeres bellas. Está de más decir que el señor es un apasionado por las mujeres.
         El otro comentario, el que me llevó a escribir este rito, fue cuando estaba recordando la primera canción que pegó. Él menciona que antes las canciones sí pegaban, porque la gente pedía de verdad las canciones, no como ahora que se paga muchísimo pa sonar en la radio.
         El nombre que define esa lamentable situación lo descubrí en una mesa redonda a la cual asistí con mi hermano hace más de 10 años. En esa mesa estaba el gran Víctor Morillo, quien esgrimió la palabra payola, el acto de pagar para que pongan la música que yo quiera (¡qué democracia tan ficticia!).
         Al parecer, payola es la unión del inglés pay to play (algo así como ‘pagar para sonar’) y de la marca comercial Victrola (no es que confíe mucho en Wiki, pero es lo que pude conseguir).
         Esa palabra me pareció tan hermosa, más allá de la horrible semántica que la forma. Pero la dejé allí, en mi memoria a largo plazo, hasta que escuché al maestro hablar de su primer éxito musical, María Laya, el cual pegó de verdad.
         Payola tiene dos curiosidades. Primero, al parecer es un ¿‘fenómeno’? latinoamericano, pues lamentablemente también existe en países como México, Colombia, Puerto Rico y República Dominicana. Segundo, el término es el mismo en esos países. Esto quiere decir que conseguí una palabra que coincide en su lexema y en su significado y que es de uso entre hispanohablantes. Desconozco si se dice igual en Argentina, en Costa Rica, en El Salvador o hasta en la misma España. Y más curioso es que la señora española no la haya incorporado al diccionario, siendo tan común en este lado del charco.
         Ojalá que cuando nosotros tengamos la misma edad del maestro Torrealba, con la misma lucidez y la misma claridad al hablar, esa palabra solo sea un triste recuerdo de lo que no debió ser el mundo artístico.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año VII / N° CCLI / 11 de marzo del 2019



Otros artículos de Laura Jaramillo:

lunes, 4 de marzo de 2019

Todo lo que diga será usado en su contra [CCL]

Edgardo Malaver


Barrabás, interpretado por Anthony Quinn en 1961,
celebra su liberación



         Quien ha visto una película estadounidense en que se arresta a alguien ha oído al menos una vez la fórmula “Tiene derecho a permanecer callado. Todo lo que diga puede ser, y será, usado en su contra en un tribunal. Tiene derecho a un abogado...”. A primera vista (u oída, más bien), uno puede pensar que es inconveniente callar cuando puede defenderse, explicar por qué no deberían llevárselo, señalar al verdadero culpable, ¿no?, declararse inocente. Sin embargo, como sucede en la música, en la lengua el silencio puede ser más elocuente, más sabio, más poderoso que la palabra.
         Yo tenía un amigo catalán que decía cada tres días: “Somos amos de lo que callamos y esclavos de lo que decimos”. Con todas las películas que he visto, nunca antes me había puesto a reflexionar sobre esta peculiaridad del poder de las palabras. En esta misteriosa simbiosis entre el lo dicho y lo no dicho, en esta callado equilibrio entre verbo y acción verbal, uno puede preguntarse: ¿quién tiene el poder cuando hablo? ¿Obtenemos o cedemos poder cuando decimos, cuando levantamos la voz, cuando imprecamos? Cuando me ufano, por ejemplo, de tener tres casas, cinco carros, siete empresas, dos yate, cuatro aviones y cuentas bancarias en Caimán y en Andorra, ¿estoy humillando con mi dinero a quien tengo al frente o le estoy regalando información útil para extorsionarme?
         Pasa todos los días que nos arrepentimos de haber dicho esta o aquella palabra, de haber dado esta o aquella respuesta que nos pareció tan ingeniosa para derrotar a nuestro adversario en una discusión; sin embargo, advertimos que, tiempo después, las palabras encontraron el camino de vuelta para vengarse de nosotros. Rómulo Gallegos lo dibuja prístinamente en “La hora menguada”, cuando Amelia y Enriqueta, después de su más agria, más despiadada discusión cotidiana, se retuercen en el dolor de no poder recoger las palabras hirientes que una hermana ha lanzado al rostro de la otra. Pierden por ello al único ser que las ha amado, al niño que las dos habían criado juntas porque era hijo de una con el difunto marido de la otra. “¡La vida rota!”, dice el narrador hacia el final. “Destrozada en un momento de violencia por un motivo baladí: años de sacrificio, dos existencias de heroica abnegación frustradas de pronto porque a una se le cayó una copa de las manos y la otra profirió una palabra dura”.
         La sabiduría popular (y su hermana gemela, la literatura oral) es todo un pueblo de consejos al respecto. El dicho favorito de mi madre es “En boca cerrada no entran moscas”. Y la vida demuestra que más valdría que nos entraran moscas en la boca que hablar más de la cuenta. Quien dice “Por la boca muere el pez” no está precisamente narrando cómo se atrapa un ser marino con una carnada. “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, también frecuente en mi familia.
         Los pecados de la palabra, por cierto, no son menos graves que los de la carne, aunque menos publicitados. Jesús, tan preciso en el uso de la lengua, alguna vez les dijo a sus discípulos, como para enseñarles los límites: “De la abundancia del corazón habla la boca”, y en otra ocasión: “Por toda palabra ociosa será juzgado el hombre”. Arturo Úslar Pietri también escribió un cuento, “Barrabás”, en que el protagonista, liberado en lugar de Cristo, se atormenta por haber callado, al contrario de Amelia y Enriqueta, por no haber dicho que él, delincuente, era quien merecía morir. Tan difusa como el límite entre la vida y la muerte, la diferencia entre hablar y no hablar, o entre hablar y hablar demasiado, puede tener consecuencias dolorosas.
         Quizá no sea tan sencillo como lo ponen en Hollywood, pero no hay duda: la lengua es tan peligrosa, que una palabra de más puede ser más desoladora que el silencio de la muerte.


emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCL / 4 de marzo del 2019

lunes, 25 de febrero de 2019

Qué arrecho [CCXLIX]

Edgardo Malaver


Hoy cumple Ritos de Ilación seis años.
Gracias a nuestros lectores por traernos hasta aquí.
¡Felicítennos!


El matiz del vigor animal no aparece en el diccionario



         Cinco de las ocho acepciones que le asigna la Real Academia Española son venezolanismos, tres de los cuales enteramente venezolanas. Qué arrecho, dirían en Venezuela. La palabra arrecho parece ser de esas que, por escabrosas y cubiertas de morbo, no pasan de moda, que significan tanto para la gente que le urge usarlas para nombrar otros significados. Y en Venezuela, esta palabra tiene otros significados.
         En Venezuela, una simple molestia, como por ejemplo, perder el tren después de correr para atraparlo porque va uno tarde al trabajo, puede ser una arrechera, aunque a nadie le va a dar un infarto por este incidente. “El pueblo está arrecho”, dijo un día Eduardo Fernández, refiriéndose a la gravísima situación socio-político-económica, y lo conectó con el “bravo pueblo” del himno nacional. Es decir, un malestar como el que llevó al pueblo a irse detrás de los libertadores para hacer la guerra de independencia, además de ser una actitud bravía, es también una arrechera.
         En algunos países no se han ido los hablantes por ese camino, de modo que cuando un venezolano llega, por ejemplo, a Buenos Aires y exclama, frente al obelisco: “¡Qué arrecho”, a cualquier dama refinada le puede parecer que es vulgar y chabacano. Sin embargo, aunque no tenga ese hablante esa intención, describe el obelisco de manera literal y exacta: ‘tieso y erecto’, como si fuera un pene, o sea, en primera acepción. La segunda es ‘excitado sexualmente’.
         Si a usted no le suena que sea así, piense nada más en cómo se parece arrecho a su romano antepasado, arrectus, participio pasado de arriegere, que equivalía a enderezar, poner derecho, erecto. Con razón es la primera acepción en todas partes... hasta en Venezuela.
         La tercera acepción, la más conocida en Venezuela, para muchos la única, aunque compartida con colombianos, costarricenses, salvadoreños y hondureños, es la que más se ajusta a la presente situación. Estar ‘iracundo y furioso’ es estar arrecho, como visiblemente está el pueblo en este momento... a no ser que ahora a la gente hambrienta ya no le moleste que le nieguen la comida o que a los enfermos les agrade que les quemen las medicinas.
         Las últimas tres, meramente venezolanas, también pueden aplicarse a la presente situación. ‘Sensacionales’, ‘vehementes’ y ‘difíciles’ han sido estos últimos 20 años y estos últimos días en Venezuela. Es una arrechera que ya ha pasado la mayoría de edad, pero no ha dejado de crecer. Sería natural y comprensible que en estos días estallara, pero aun si no estalla, la única válvula que le va quedando, la lengua, ya se las está ingeniando para lanzarnos imágenes del monstruo que se come a Venezuela por dentro. En estos días, en cualquier parte del mundo, basta con decir involuntariamente que un fruto ya es comestible para que la mitad de los presentes lance un grito que recuerda a la madre del monstruo. Qué arrecho.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCXLIX / 25 de febrero del 2019
EDICIÓN DEL SEXTO ANIVERSARIO



lunes, 18 de febrero de 2019

Animales y lengua humana [CCXLVIII]

Edgardo Malaver



El hombre en el centro de la creación. Hombre 
de Vitruvio (1490), de Leonardo da Vinci



         Quién sabe si será aquella patente universal que le dio Dios a Adán cuando le dijo: “Dominarás sobre todos los animales de la tierra” la que sustenta, al menos en español, el hecho de que existan tantas palabras diferentes para hablar del hombre y de los animales. La diferenciación no es total y absoluta, pero su significado sí ha de ser radical.
         Es curioso que sea así en el español (y en otros idiomas latinos) porque no es ésta una lengua que haya aparecido precisamente al principio de los tiempos. Es decir, no es que Alfonso X el Sabio o Gonzalo de Berceo puedan argüir que Dios les habló a ellos directamente. La lengua española ni siquiera pertenece a la misma familia lingüística de la que deriva la lengua en que se escribió la historia de Adán. ¿Habrá en todo esto algo de pretensión?
         Para mí es reciente, por ejemplo, el uso de la palabra pierna para referirse al muslo de la gallina, pero, a pesar de mi terca ignorancia culinaria, he llegado a entender que eso lo diferencia de la pata, que es la parte del cuerpo del ave donde, al menos las de rapiña, tienen las garras, que para el hombre serían dedos, donde tienen las uñas, que en las aves serían pezuñas.
         Los animales tampoco comen igual que los seres humanos. Los hay que devoran, especialmente los más salvajes. De modo que cuando uno está muy hambriento y come con la velocidad y violencia con que come, por ejemplo un león, se dice que se ha devorado la comida. Es una metáfora, pero, trasladándolo a otros terrenos, tendría que considerarse casi una ofensa, puesto que los animales comen con el hocico, algunos con el morro, otros con la trompa, mientras que el hombre come con la boca y casi nunca sin los aristocráticos cubiertos, pero nunca mordiendo a su presa casi viva aún.
         Los animales se aparean, se cruzan —la máxima dignidad que alcanzan es copular, acción ennoblecida por la latinidad de la palabra—, mientras que los humanos, americanamente, hacen el amor —y a veces, para no ser menos románicos que sus mascotas, también copulan—. (A la terminología vulgar, quizá más abundante que la culta, le correspondería una nota aparte otro día)
         Y, para explorar un campo semántico vecino, como resultado de esta actividad, las hembras de las especies animales pasan por un período de preñez, mientras que las de la humana, que se llaman estrictamente mujeres, pasan por el embarazo, y al final las unas paren y las otras dan a luz. (Aquí rescato la belleza del verbo parir siempre en todas las especies, particularmente en la humana.) Y la criatura que nace (siempre nace, no hay diferencias) en un caso se llama cría, cachorro, pichón, y en el otro, niño, neonato o, más francesamente... bebé.
         Los machos animales no parecen tener la ambición de que se los considere hombres, ni siquiera parecen creer que eso sea honroso de ninguna manera, pero hay una enorme población de varones humanos que insisten en comportarse y en pensar en sí mismos como machos, hechos exclusivamente de instintos, no de inteligencia y sensibilidad. Pasa también con muchas humanas.
         A algunos esta diferencia los tiene hasta el cuello (o hasta el pescuezo, si es usted una jirafa). Los hay que forman grupos para declarar la igualdad entre hombres y animales. Yo creo que si la lengua, desde los orígenes, la ha señalado, alguna diferencia tiene que haber. Mire usted cómo los animales gruñen, graznan y farfullen, y el hombre habla, dice y, saussureanamente, articula; pero no sólo eso: ahora los animales tienen derechos —fantástico—, pero ¿puede exigírseles deberes?
         Aunque los animales no tienen nada que ver, sólo puedo expresar estas ideas desde el lado humano, y gracias a Dios sólo los seres humanos podrían pensar que es pretencioso, porque me interesa sólo lo que nos indica la lengua, que es donde encuentro la explicación de lo humano y de lo divino.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLVIII / 18 de febrero del 2019


martes, 12 de febrero de 2019

Los más pendejos [CCXLVII]

Edgardo Malaver



 
Terminó siendo Úslar Pietri quien desalojó a Pérez Jiménez 
de Miraflores (foto: Fundación Casa Úslar Pietri)


         De joven, cuando a mi madre se le atribuía responsabilidad en algún problema, en alguna controversia, fuera en casa o en el trabajo, ella siempre se defendía diciendo irónicamente: “La más pendeja”. Nada como la ironía para decir lo que uno quiere decir diciendo lo contrario. Claro que hace falta que el interlocutor quiera entender que estamos siendo irónicos.
         Al menos en Venezuela, cuando se presenta una situación en que alguien pretende convencer a los demás de una idea o de un hecho demasiado inverosímil, uno siempre termina pensando o, si se siente ya muy ofendido, diciendo de frente: “¿Tú crees que yo soy pendejo?”. Imagínese usted que viene, por ejemplo, un gobernante y dice: “Vamos a sanear la administración pública, ya hemos comenzado a trabajar en un proyecto y, caiga quien caiga, los corruptos van a ir a la cárcel”; es —usted lo sabe bien— un discurso más que usual en todos los políticos del mundo, de todas las tendencias, pero cuando tienen una semana en el poder; cuando ya han pasado diez, trece, diecinueve años en el palacio de gobierno, está claro que ese gobernante piensa que la gente es pendeja. (En Venezuela, por cierto, pasa a menudo y la gente hace bien su papel, pero aquí no venimos los lunes a hablar de sociología, sino de la lengua.)
         Los lectores se van a sorprender cuando les diga que el diccionario de la Academia no da señales de que en Venezuela la palabra pendejo tenga un significado singular y sólo en la mitad de las acepciones anota que es coloquial. Singular es que en Perú no signifique ‘tonto’ o ‘cobarde’, como en todas partes, sino lo contrario: ‘astuto’. Y singular es que en Andalucía sea equivalente a ‘calabaza’. Pero en ninguna parte como en Venezuela ha sido, en algún momento, signo de pertenencia al selecto grupo de la gente honesta.
         En 1989, el escritor Arturo Úslar Pietri causó revuelo afirmando que en Venezuela casi no existe riesgo de ir a la cárcel por ser ladrón, pero al hombre trabajador y honrado lo más probable es que, en vez de aplaudirlo, se le insulte llamándolo pendejo. La opinión pública se escandalizó por la insolencia de un intelectual de la altura de Úslar, pero unos días después todos se autocalificaban de pendejos. Hasta se organizó una “Marcha de los Pendejos”, que llegó a Miraflores, al Congreso y a la Fiscalía, exigiendo que se luchara contra la corrupción. Un Solo Pueblo incluso escribió una canción al respecto.
         En todos estos años, la dichosa palabra ha ido ganando y perdiendo prestigio según quien la utilice, quien desee bautizar a los demás con ella o quien la crea propia y descriptora de su condición. En el irónico tiempo presente venezolano, en que la vida de tanta gente pende de un pelo, ya no parece fácil que nos creamos las pendejadas que nos cuentan los poderosos. Hay situaciones que no se sostienen ni con palabras, y quizá sean las propias palabras las que deban ponerse al frente para acabar con todo. Haría falta una sola cosa para no darse cuenta: ser bien pendejo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLVII / 11 de febrero del 2019


lunes, 4 de febrero de 2019

El coprolito [CCXLVI]

Luis Roberts



El comandante en jefe de la prehistoria... y el presente



         Estoy sumergido en la lectura de un libro que hacía tiempo que quería leer y que por fin hace pocos días conseguí. Es un rara avis, un libro de divulgación científica que es un best-seller: De animales a dioses, de Yuval Noah Harari, un importante historiador, profesor y escritor israelí. Nos cuenta, exponiendo teorías, sin apenas intervenir, la aparición del homo sapiens sobre la Tierra y su posterior expansión desde África al resto del planeta. Por cierto, ¿cuánto tardarán en proponer que la ciencia se una al lenguaje inclusivo y hable de homo et mulier sapiens?
         Resulta que el homo sapiens ha sido y es el animal más depredador que ha parido la naturaleza. No sólo acabó con otros homínidos como el neandertal, el denisovano, etc., sino que en su primitiva etapa de cazador, antes de la revolución cognitiva y la aparición de la agricultura, arrasó con casi todas las especies, mamíferos y aves, de más de 50 kilos de peso. A su llegada a Australia, hace 45.000 años, había 25 especies de marsupiales de ese peso y 24 se extinguieron rápidamente. Aprovechando un deshielo, hace 14.000 años pasaron de Siberia a Alaska y en sólo uno o dos milenios llegaron hasta la Tierra del Fuego. “La fauna americana contaba con mamuts, mastodontes, roedores del tamaño de osos, manadas de caballos y camellos, leones de enorme tamaño y decenas de especies grandes cuyos equivalentes son hoy en día completamente desconocidos, entre ellos los temibles felinos de dientes de sable y los perezosos gigantes que pesaban hasta ocho toneladas y alcanzaban una altura de seis metros. En dos mil años Norteamérica perdió 34 de sus 47 géneros de mamíferos grandes y Sudamérica perdió 50 de un total de 60”. ¿Y cómo se sabe todo esto? Pues porque hay unos científicos llamados arqueozoólogos que se dedican a buscar huesos y, sobre todo, coprolitos.
         Esta palabra, coprolitos, propia de la terminología científica, que da título a este artículo, yo la desconocía, pero por su eufonía y fuerte contenido semántico y metafórico incorporo a mi léxico desde ya. ¿Y qué es un coprolito? La etimología está clara, y perdonen la referencia escatológica, es ciencia, pero el copros de excremento y el litos de piedra, nos remite a su significado: ‘excremento fosilizado’, en algunos casos pelotas enormes de excremento fosilizado desde hace miles de años, otros mucho más recientes.
         Si bien es cierto que palabras afines, como coprófago, han pasado con éxito al lenguaje vulgar con una gran facilidad, el comemiedda cubano, el coprolito, merece también incorporarse al lenguaje cotidiano, como yo ya he hecho. Es más, yendo a la riqueza metafórica que nos puede aportar, en este momento de vorágine política seguro que a todos se nos ocurre un nombre y una imagen de un coprolito.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXLVI / 4 de febrero del 2019




Otros artículos de Luis Roberts:


lunes, 28 de enero de 2019

Tiros que salen por la culata [CCXLV]

Edgardo Malaver



Rin Tin Tin y Rusty resolvían todos los misterios



         Cuando era pequeño, no me cabía la palabra culata en la cabeza. Es decir, oía decir, por ejemplo, Al gobierno le salió el tiro por la culata y no me quedaba claro lo que era la culata. Se me parecía remotamente a otra palabra que no había que decir, pero ni siquiera así me insinuaba la musa su significado. Un día, sin embargo, viendo un capítulo de Rin Tin Tin —puede haber sido también de El Zorro o de Jim West—, un soldado dispara un arma larga y la bala le sale por detrás, le roza el hombro y él queda confundido. Minutos después se descubre que los muchachos buenos han alterado todas las armas de los malos “para que se disparen por la culata” y poder escapar de ellos. O sea, ¡la parte del rifle que se pone en el hombro era la culata! ¡Qué descubrimiento!
         La escena se grabó sólo para que yo entendiera la dichosa expresión —porque no recuerdo ni un segundo más de aquel capítulo—, pero a mí me molestaba el hecho de que el ahora evidente origen de la expresión fuera militar. Lastimosamente, en la historia del mundo, especialmente cuando los países son jóvenes como por este lado del mundo, pululan los capítulos militares y, de manera natural, estas historias desembocan en la lengua. La historia particular de Venezuela, como lo demuestra el español que habla, está salpicada de episodios en que, individual o colectivamente, algunos tiros ha salido por la culata.
         En 1810, cuando los “niñitos de papá” de Caracas decidieron tomar por el brazo al entonces capitán general de la colonia, Vicente Emparan, se produjo quizá el primer episodio de la historia de Venezuela en que un personaje hizo un tiro que le salió por la culata. Emparan, acorralado por los burgueses, los intelectuales, los comerciantes y demás “influencers” de la época, en cuestión de minutos vio su territorio reducido a los límites de su despacho frente a la Plaza Mayor. De repente, debe haber pensado que el balcón era la salida. Así que se asomó. El padre Madariaga debe haber pensado que se iba a lanzar al pavimento y lo siguió. Pero el debilitado Emparan pretendía en realidad apelar al espíritu democrático del pueblo, que nunca le había importado, para zafarse de aquel atolladero. Vio en la plaza a la gente que acaba de salir de la misa de Jueves Santo a que los hermanos Salias le habían impedido asistir, y disparó: “¡¿Ustedes quieren mi mando?!”. Ya sabemos que, a la señal de Madariaga, la gente contestó con un no que fue como un proyectil que derribó a Emparan con culata y todo.
         En 1957, el dictador Marcos Pérez Jiménez, comprendiendo que sería imposible ganar las elecciones que la ley lo obligaba a convocar en diciembre de ese año, decidió cambiar la convocatoria para un plebiscito. Es decir, la votación sería a favor o en contra de su continuidad en el poder. En la mañana siguiente a la consulta, hasta llegaron a publicarse cifras iniciales de conteo de votos que daban como ganadora la opción del no, pero Pérez Jiménez ordenó invertir los resultados y se proclamó presidente para un segundo período, hasta 1963. Ese fue el tiro; la culata por la que salió fueron los militares que no se sintieron contentos con la trampa, y un mes después, las cosas se le pusieron tan difíciles, que huyó de Venezuela en mitad de la noche.
         Un tercer ejemplo puede ser el de 1998, en que el tiro lo dio una multitud de votantes fascinados por la lengua de capataz de un militarcillo que, creyéndose un cruzado de la antigüedad, seis años antes había intentado llegar al poder a bordo de un tanque de guerra. Con la falacia de la revolución pacífica pero armada, ganó las elecciones y 20 años más tarde, hay gente comiendo de la basura. El tiro de aquellos ilusos nos salió por la culata a todos.
         En los últimos días, muchos de los herederos de aquel personaje han estado disparando palabras que inmediatamente se les devuelven. Y, obedientes como Rin Tin Tin, no han perdido la costumbre de disparar además balas de verdad, que, aunque tardan más que las palabras, como todos los actos humanos, también suelen devolverse.


emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLV / 28 de enero del 2019