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martes, 9 de noviembre de 2021

Verbo más sustantivo [CCCLXX]

Adrianka Arvelo y Edgardo Malaver

 

 

 

Según el diccionario, esta es la elegante
apariencia de un parapeto

 

 

 

         Sin que lo supiéramos, escribimos en el año 2007 el artículo de esta semana. Aquí lo dejamos, por si alguien le encuentra algún interés:


 

De: Adrianka E. Arvelo <adriank_3@hotmail.com>

Para: Edgardo Malaver <emalaver@gmail.com>

Fecha: 1 marzo 2007, 16:11

Asunto: Para

 

¡Megaprofe!

 

El otro día que estábamos hablando después de la clase dije que te iba a preguntar algo y me dio pena decirte, porque ya te había preguntado muchas cosas. Pero es que de verdad no me quiero quedar con la duda. Perdón en serio por el fastidio =( Lo que pasa es que el otro día en mi clase de Lengua Española estábamos hablando sobre parabrisas, que unos decían que eso era un prefijo y otros que era del verbo parar y yo creo que es del verbo, pero ya siento que no sé nada. Entonces… eso. Jajajajaja Gracias y perdón por el fastidio otra vez. Te debo un café jeje.

 

Adri


 

 

De: Edgardo Malaver <emalaver@gmail.com>

Para: Adrianka E. Arvelo <adriank_3@hotmail.com>

Fecha: 2 marzo 2007, 18:18

Asunto: Los para, como dirían los panas colombianos

 

Hola otra vez, Adrianka.

Me escribiste para preguntarme sobre el prefijo para-. Sí, existe. Fíjate que con ese prefijo comienza, justamente, en la palabra PARAsíntesis. También está en paralelo, paranormal, paramédico y... parapeto. ¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja...!!! No, no, ese lo inventé yo. Ríete.

Para- es un prefijo griego que sugiere la idea de junto a, por un lado o, también, casi. (Se parece a meta-.) Fíjate en la palabra paramilitar. Significa, sin buscarla en el diccionario, algo así como “lo que está fuera de lo militar, al lado de lo militar, que no es militar, pero funciona igual o parecido, casi militar”. ¿No es cierto? Lo paranormal es lo que parece normal, pero sabemos que no es normal, es decir, que está como al lado, PARAlelo a los fenómenos NORMALes.

Pero hablábamos de parabrisas. No es lo mismo, no es el mismo prefijo, sobre todo porque ahí no hay prefijo. “Parabrisas” nace de la unión del verbo parar (conjugado en tal y cual persona, etc.) y el sustantivo brisas. Sucede con ella lo mismo que sucede con comedulce, tragaluz, sacapunta, pararrayos, recogebates, guardafango, portavasos. Un verbo más un sustantivo. Es sólo una coincidencia que el verbo parar se parezca tanto al prefijo para-.

Y repito, repito, repito: no me fastidia, no me fastidia, no me fastidia, sino que más bien me hace feliz, feliz, feliz que me preguntes.

Hasta luego.

 

Edgardo

 

aarvelo22@gmail.com

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXX / 8 de noviembre del 2021

 


  

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lunes, 18 de diciembre de 2017

De ‘pseudo-’ y otros prefijos [CLXXXV]

Ariadna Voulgaris


 
Amélie (Audrey Tatou) intenta comprender
la fascinación de su padre por los gnomos



         En mi artículo del 5 de septiembre del 2016 (Ritos CXXII), me disculpaba con los lectores por escribir la palabra pseudónimo “a la antigua”; afirmaba que existía una razón para ello, pero nunca la revelé. Hoy les confieso que no deseaba hablar de los pseudónimos, sólo era la introducción a mi verdadera intervención, que trataba de esos prefijos griegos que más parecen errores de tipeo que pedacitos de palabras.
         Con lo difícil que resulta aprender a leer y escribir y además tiene uno que apechugar con estos bichitos raros que llevan letras entrometidas donde no es lógico que aparezcan. Pseudo- es uno de ellos. En griego, literalmente, significa ‘falso’. Muy bien, si tenemos pseudónimo, sabemos que ese nombre no es el verdadero; si tenemos pseudopolítico, pensamos en algunos enanos que se visten de gigantes para entrar en los palacios de gobierno. El problema es la ortografía (palabra griega también, pero harto más recatadita): esa pe que se atraviesa antes de comenzar la palabra. Pasa con el prefijo ‘psico-’, que uno sabe que se refiere a todo lo de la mente, pero ¡¿por qué trae esa molesta pe delante?!
         Y el 16 de octubre de este año, Luis Roberts escribió, en la sexta entrega de su “Viaje a la RAE” (Ritos CLXXIV), que algunas palabras, principalmente griegas, que el español ha conservado, que él llama “grupos consonánticos cultos, pero silenciosos”, han mantenido “grupos de consonantes [que] son impropios del español: ftalato, gnomo, ptialina, psicología, psoriasis, dismnesia, ctenóforo, tsunami”. El profesor Roberts no ha hecho más que ahorrarme trabajo. Los ejemplos son, como dicen los españoles, impagables. Apenas si se me ocurre agregar ctónico, que aprendí un semestre que cursé Literatura y Vida en la Escuela de Letras, y mnemotecnia, que se ha estudiado aquí en Ritos.
         La explicación no puede ser más sencilla: los pueblos y las culturas de las que provienen esas raíces y prefijos asignan importancia y significación a tales sonidos; en cada lengua las sílabas se dividen de formas diferentes; en la oscura noche del origen de esas palabras, que bien puede ser el origen de esas lenguas, existía para los hablantes una identidad total entre esos sonidos y la cosa mencionada. Que tales combinaciones de sonidos hayan cruzado las fronteras de aquellos pueblos es señal de éxito, y que otros grupos humanos hayan adoptado tales significantes es señal de fortaleza del signo.
         Por otro lado, los cambios en la ortografía son pasos en la evolución de las lenguas vidas, de modo que no hay duda de que un día nadie recordará esas consonantes impertinentes que hoy todavía se atraviesan en algunas de nuestras palabras cotidianas. No hay que sorprenderse, aunque no es para nada despreciable el esfuerzo por conservarlas como parte de una tradición que hemos iniciado nosotros mismos. Todo lo que aprendemos a decir de niños y lo que aprendemos después es resultado de esa dialéctica entre lo antiguo y lo nuevo. Más vale aceptarlo, porque lo que pasó no se puede cambiar, porque todo eso representa belleza y riqueza para la lengua, y porque la lengua es indetenible.

ariadnavoulgaris@gmail.com



Año V / N° CLXXXV / 18 de diciembre del 2017



Otros artículos de Ariadna Voulgaris

lunes, 4 de septiembre de 2017

Viaje a la RAE (III) [CLXVIII]

Luis Roberts


 
Carl Fredricksen, el de Up (2009), vendía globos
de colores para los niños, no otro tipo de globos



         Damos inicio a la que yo pensé que sería la última etapa de este viaje, pero que resulta que sólo será la penúltima. Como la descripción de este viaje no se hace en Facebook, no hace falta que le den muchos me gusta, aunque de hacerlo, siempre así, en singular y minúscula y si lo quieren adornar con comillas tampoco pasa nada. También pueden aderezarla con algún emoticono o emoticonos, siempre preferible al emoticón o emoticones, que también son válidas. Igualmente válidos serían los memes, en este caso en su acepción más usada de imagen humorística, no la originaria de Richard Dawkins.
         Lo importante es huir de la anfibología, de la ambigüedad gramatical, y de las otras. No es lo mismo: tenemos globos para los niños de colores, que tenemos globos de colores para los niños. Este es un problema por resolver por la lingüística computacional y un enemigo siempre al acecho en el mundo del derecho. Tanto como confundir la iniquidad (acto perverso) con la inequidad (desigualdad). Las dos pueden acabar en un degüello, no en un degollo, pues degollar es tan irregular como contar, por eso lo cuento. Y yo soy de los que piensan así, con el verbo final siempre en tercera persona, no tú eres de los que opinas...
         ¿Recuerdan las redundancias? Pues aquí va otra perla cotidiana: recuperarse favorablemente. ¿Alguien “se recupera” a peor? Y hablando de recuperar, no vale la pena recuperar una vocal cuando es doble en muchos casos, se la puede uno ahorrar, como en contrataque, portaviones, sobresfuerzo, antislamista, prestreno... Para que esta reducción sea posible, deben darse las siguientes condiciones: que no existan dos términos de significado diferente, como reemitir y remitir; que la simplificación no invierta el sentido, como ocurre con las vocales i y e, como en archiilegal y en ultraamoral; que no sea con el prefijo bio para que no se confunda con bi, esto es extensible a otros prefijos como heli/helio, ex/exo, di/dia y per/peri; biooxidación y bioxidación no significan lo mismo. Y que no medie una hache, como en semihilo. La simplificación es más frecuente en palabras largas (mininvestigación) y menos en palabras cortas (miniimán). La letra e se simplifica más fácilmente, como en sobresdrújula, remplazar o rencontrar y en cambio con la o o el prefijo co, rara vez hay reducción, como en microondas.
         ¿Saben que la letra u escrita en minúscula es una abreviatura máxima de universidad usada en muchos países de América y está aceptada por la RAE, así como su plural con tilde y minúscula úes?
         Talibán es un adjetivo, que tiene género y número: talibana, talibanes y talibanas. Por lo tanto, la cúpula y la milicia talibana y no talibán.
         El “quesuismo”, ¡ojo, no confundirse!, es tan usual e incorrecto como el “lacualismo”. Hay que usar, en el primer caso, el adjetivo relativo cuyo y no la combinación que su: “Es una persona que su único tema de conversación es ella misma”. Lo correcto sería: “Es una persona cuyo único tema de conversación es ella misma.” Pero la combinación que + su es válida en casos como cuando que funciona como conjunción: “Me dijo que su proyecto no saldría adelante”.
         Un incendio puede estar provocado por un incendiario, que es un malhechor, o por un pirómano, que es un enfermo, pero no es lo mismo. El incendiario produce un incendio intencionado, pero no un incendio provocado, pues todo incendio es provocado por algo o por alguien. Y, desgraciadamente, el incendio se puede propagar, pero no propalar, que para eso están los medios. Los incendios los apagan los efectivos del cuerpo de bomberos, que es el conjunto de los miembros de ese cuerpo que participan en la operación y que puede estar compuesto por 30 bomberos, pero no por 30 efectivos. Y el incendio puede ser violento, pero no virulento, no propaga enfermedades malignas.
         ¿Desde cuándo se usa el desde en lugar del en para indicar ubicación y no origen? “Los cancilleres americanos analizan desde Bogotá...”; “Desde el Gobierno se insiste...”. Lo correcto es: “Los cancilleres americanos analizan en Bogotá...”; “El Gobierno insiste en...”.
         Para alegría de muchos, la palabra poliamor, aunque deriva del anglicismo polyamory está perfectamente formada y es válida, tanto como su derivada poliamoroso, por lo que, aunque aún no esté recogida, ni cursiva ni comillas. Y si uno está de luto, por exceso de poliamor, los brazaletes negros no se lucen, se llevan, pues lucir significa “brillar”, “resplandecer”. Y si ablación significa “extirpación de cualquier parte del cuerpo”, si nos manifestamos, como debe ser, en contra de la “ablación femenina”, o especificamos a qué parte del cuerpo nos referimos, o puede ser que nos estemos oponiendo a que le saquen una muela a las mujeres. Si salimos a la calle a promocionar nuestra empresa repartiremos folletos, pero si queremos difamar al Gobierno (ejemplo hipotético), repartiremos panfletos, no confundir. Estos panfletos pueden ser anónimos o estar firmados con seudónimo, como tantos artículos y obras literarias, pero el seudónimo no es lo mismo que el alias o el apodo que, estos sí, son sinónimos. Y ahora una simpática paradoja: “Aprueban un decálogo que contiene siete principios que ayudarán a...” ¿Un decálogo con siete normas? Pues sí. Un decálogo es ‘un conjunto de normas  o consejos que, aunque no sean diez, son básicos para el desarrollo de cualquier actividad’. ¿Qué tal?

Sigue la próxima semana


luisroberts@gmail.com



Año V / N° CLXVIII / 4 de septiembre del 2017



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 31 de julio de 2017

Tramposería sale [CLXIII]

Edgardo Malaver



Richard Nixon en 1974, asumiendo las consecuencias
de su tramposería. Foto: O.F. Atkins



          Cuando uno ha jugado metras en la infancia, sabe con certeza que hacer un mínimo truco, cualquier insignificante abuso que nadie percibe al principio del juego, traerá el amargo resultado de perder buena parte de las metras que haya logrado a lo largo de él. Por más que a uno le vaya bien, por más que el azar compita de su lado y le llene la bolsa, llegará un momento en que un pequeñísimo error desencadene la avalancha y ya no habrá nada de nada que pueda hacerse para detener la ruina. Y entonces latirá en la mente del tramposo el momento fatal en que cometió el primer error, el error de engañar a sus competidores.
         Éstos, por su lado, cuando llegan a sentir que hubo algo fuera de regla, murmuran para sus adentros: “Tramposería sale”. ¿Tramposería? La expresión tramposería sale, cuyo enrevesamiento morfológico delata una dulce resonancia infantil, es quizá el último recurso al que se aferra aquel al que le queda latente una tenue sospecha, o incluso quien tiene la certeza pero no tiene pruebas, de que le han hecho trampa, que lo han estafado, que le han jugado sucio, y no puede hacer nada al respecto, al menos en el momento.
         Es tan sabia la expresión, como  suele suceder en el habla popular, que no hay por qué circunscribirla a los juegos infantiles. Uno puede recurrir a ella, por ejemplo, ante una decisión judicial injusta, que no le favorece, pero ante la cual no tiene recursos con que actuar.
         El enrevesamiento morfológico de tramposería consiste, como es evidente, en que se forma sobre el adjetivo tramposo y no sobre el sustantivo trampa, que por sí solo sería apropiado para indicar lo que se desea. El diccionario de la Academia, sin embargo, nos dirige a trampería, y dice que es frecuente en Ecuador, Perú y Puerto Rico. De todos modos, la definición que da es la que conocemos en Venezuela: “Acción propia del tramposo”. Cualquiera que oye decir tramposería se imagina a un niño (o a un extranjero que comienza a aprender español) que no encuentra cómo llamar la tienda donde se venden sillas y dice sillería, o el lugar donde se fabrican botellas y dice botellería.
         Tiene mucho sentido que la palabra se forme a partir de tramposo y no de trampa, puesto que se concentra en el cuestionamiento en contra del que urde el engaño o protagoniza su ejecución. La lengua —o más bien el hablante— logra este fino señalamiento gracias al sufijo -ería, que tiene cuatro funciones posibles en su tarea de construir nuevos sustantivos: destacar la pluralidad (de balcón proviene balconería), resaltar la condición moral (de bravucón nace bravuconería), indicar el oficio o lugar (de albañil surge albañilería) y señalar la acción o expresión (de coqueto obtenemos coquetería). Observemos que entre las cuatro posibilidades, la única que, al menos mayormente, trasforma adjetivos en sustantivos es la segunda. Y es también la única que involucra tintes peyorativos en la torcida “condición moral” de la que habla. Una tramposería es, ya sabemos, un acto reprochable.
         También nos interesa aquí la cuarta función, que implica, aunque no para cuestionarlos, el acto o dicho del sujeto. Una acción o expresión de alguien bien puede ser tramposa, es decir, puede ser una tramposería... y en la sabiduría popular, importa también que, sea cual sea, el fraude, al final, se va a descubrir.
         En la infancia, tratándose de metras, nada hay más doloroso que perderlas, y mucho más si es uno mismo el culpable. En las relaciones amorosas, los problemas que sobrevienen por causa del engaño son incalculables, algunas veces se sufren de por vida, otras hasta se pierde la propia vida. En la política, como la verdad siempre sale a flote, los tramposos sólo se ganan la mala voluntad de la gente. Puede ser que al principio no se percaten muchos votantes, pero siempre, siempre, tramposería sale.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXIII / 31 de julio del 2017