lunes, 29 de diciembre de 2025

Primer cuarto de siglo... liquidado [DXXV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Mafalda, paradójicamente intemporal

 

 

          Qué voraces nos hemos vuelto. Hace unos tres días... digamos cuatro, criticábamos a los inconscientes que repletaron la atmósfera con toda la pólvora del mundo porque comenzaba el año 2000, creyendo que esa noche comenzaba el siglo XXI, y dentro de menos de tres días, de ese siglo ya nos habremos consumido... ¡25 años! No un par de semanas ni un mes, no: ¡25 años! Somos unos voraces comedores de tiempo.

         Ustedes también habrán visto aquella tira de Mafalda en que le dice a Felipe: ¿Has pensado en la cantidad de minutos que esperan turno dentro del reloj? ¡Millones de minutos nuevecitos que debemos usar sabiamente! El pobre Felipe, aplastado por el peso de la reflexión, exclama: “¡Dios mío! ¡Qué responsabilidad!”. La verdad es que este fin de año me siento como Felipe. No dejo de pensar en eso. ¿Habremos hecho algo útil y sabio con la larguísima carretera de minutos que han pasado frente a nosotros, o por encima de nosotros, o a un lado, en este primer cuarto del siglo XXI? Ay, ojalá que sí, porque para tener la certeza tendríamos que destinar una legión de minutos de los pocos que le quedan al año a hacer memoria y sacar la cuenta.

         Hay otra tira que recuerdo y que expresa también lo que nos pasa y el hecho de que tan sólo ponerse a pensar en el asunto ya nos quita minutos: Mafalda está conversando con Miguelito y le dice: Cómo pasa el tiempo, ¿no? En ese momento aparece en el dibujo una hilera de bbbzzzzzzz... Él trata de seguir el movimiento y, al no conseguirlo, dice: No sé si eso fue un insecto o un minuto. Ojalá que no nos pase esto muchas veces en el cuarto de siglo que se avecina.


Mafalda intemporal, paradójicamente


         (¡Hey! Esto no es para que nos sintamos mal —¿por qué me siento como si les hablara a mis alumnos?—. Lo que pretendo señalar aquí es la responsabilidad que tenemos con el uso del tiempo, que es una responsabilidad, principalmente, con nosotros mismos. Hay que estar consciente de ello, pero no creo que haya que atormentarse, miren cómo dice Mafalda que la catarata de minutos no para. Hay para todos y hay para hacerlo todo, y ni siquiera se deterioran tanto como podemos pensar. Lo que hay que hacer es lo que dice el filósofo: aprovechar el tiempo.) (Para no haber estudiado latín, no me quedó mal la traducción, ¿verdad?)

         Lamento desilusionar a los que pensaron, por el primer párrafo, que venía a dar consejos para no perder tiempo en el 2026. No tengo talento para eso. Apenas quería desearles que disfruten pasado mañana la Nochevieja y que el Año Nuevo amanezca hecho alegría para ustedes. No vaya a ser que se me escapen los insectos de Miguelito intentando hacerles una lista de buenos deseos sin ponerme sentimental. O que se les escapen a ustedes leyendo deseos de Año Nuevo en lugar de brindar con la familia. Vayan, no me oigan a mí.

         Y si en este momento, faltando menos de 60 horas para el final del año, se les ocurre ponerse a leer artículos de días anteriores, no se detengan más. ¡Apaguen la pantalla! Al fin y al cabo, en el 2026, es decir, la semana que viene, nos vamos a ver otra vez. ¡Feliz añooooo…!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXV / 29 de diciembre del 2025

 

 

 

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miércoles, 24 de diciembre de 2025

El cumpleaños de todos los años [DXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 


 

El nacimiento de Jesús (1296), de Pietro Cavallini

 

 

         Ya llegó hace semanas la época del año en que comienzan los eruditos de Internet a pretender enseñarnos a los ignorantes —es más, a los crédulos— que Jesús, el protagonista de la Navidad nuestra de cada año, no nació en Navidad, es decir, que no nació el 25 de diciembre, como todos ingenuamente creemos o hemos dejado que nos engañen. Yo me fastidié de esos mensajes incluso antes de que apareciera Internet; pero este año algunos de estos sabelotodos hicieron una innovación bien original: este año la moda es afirmar con firmeza que, en realidad, a pesar de lo que nos han hecho creer por tantos siglos, Jesús sí nació el 25 de diciembre.

         Ariadna Voulgaris comentó este “fenómeno” en la edición de Navidad de hace cuatro años, titulada DECEMBRIS, y una de sus conclusiones es la misma a la que yo pretendo llegar hoy: que no importa. En teoría literaria —y los Evangelios son también textos literarios— se entiende que aquello que no es mencionado por el narrador sencillamente no existe; y, no sólo no existe, sino que tampoco vale la pena ponerse a analizarlo, porque al no estar presente no constituye símbolo ni imagen ni valor apreciable para nuestra interpretación del texto. Si Homero, por ejemplo, no nos dice que Odiseo es rubio, alto y musculoso, sino que es “rico en ardides”, debe ser que lo que interesa que el lector sepa y se imagine sobre el personaje es que es un hombre astuto, cosa que se ocupa de decir o dejar claro muchas veces en el texto. Si a usted le hace ilusión ponerles color a los cabellos de Odiseo o figurarse si tiene más estatura que usted o si la fuerza de sus brazos era de temer, seguramente encontrará en el texto suficientes datos para hacer un dibujo del personaje, pero igualmente lo que importa de veras para comprender su historia y lo que ella significa para los seres humanos será tener en mente que Odiseo era un hombre capaz de urdir estrategias, maquinaciones y componendas suficientes, por ejemplo, para ponerle fin a una guerra.

         Será bastante poco lo que logre con las elucubraciones sobre su color de pelo, su estatura o su fuerza física. Además, sin contar que sería una frivolidad, es más bien simple imaginárselo sin buscar mucho en el texto: era europeo, rey y soldado... pero no importa. Homero no se detuvo a darnos esos datos porque no son los relevantes. De igual forma, los narradores de los Evangelios no se detuvieron nunca a decirnos, ¡nada menos!, la fecha en que se iniciaba la biografía que nos ponían en las manos porque era ocioso hacerlo. Ni siquiera lo hizo el único evangelista que revela que antes de escribir dedicó un tiempo a investigar con cuidado la vida del protagonista de su relato.

         Otra buena razón para la ausencia de la fecha del nacimiento de Jesús en las primeras y principales fuentes sobre su existencia es el hecho de que en sus tiempos y en la cultura en que vivió no era costumbre celebrar el cumpleaños. Ni siquiera parece que hubiera sido importante anotar, recordar, tener presente la fecha en que se nacía. Ya he mencionado esto antes en Ritos, y lecturas más recientes me lo confirman, pero ahora sé que en realidad eran pocos y de clase alta los que celebraban el cumpleaños. Y Jesús, según su propio testimonio, “no tenía ni dónde reclinar la cabeza”.

         La costumbre de celebrar el cumpleaños era tan poco frecuente y tan elitesca que en toda la Biblia apenas aparecen dos: uno en el Antiguo y otro en el Nuevo Testamento. Y en ambos casos el personaje homenajeado ordena matar a alguien durante la fiesta, con lo cual tampoco le quedarían al pueblo judío ni a los primeros cristianos muchas ganas de adoptar semejante costumbre. El primer caso aparece en el Génesis, donde el faraón de Egipto al que servía el casto José, durante su cumpleaños, mandó colgar a su panadero. El segundo, contado por Marcos y por Mateo, es Herodes, que durante un banquete por su cumpleaños, víctima de los enredos de su mujer, ordenó decapitar a Juan el Bautista.

         Entonces, ¿necesitamos conocer la fecha en que nació Jesucristo? Para disfrutar, entender, analizar e interpretar el texto del Evangelio, y particularmente la celebración en que está involucrado hoy, esta noche, el mundo entero, no. Ni siquiera hace falta para detenerse a pensar si uno cree en Dios, si duda de su existencia, si confía en él o desconfía, si lo niega, si lo contradice. Lo importante es otra cosa. Si la talla de sandalia de Jesús fuera importante, lo sabríamos; si era zurdo, si tenía color favorito y cuál era, si tenía una cicatriz en un muslo, como Odiseo, san Mateo nos lo habría dicho y ese minúsculo detalle contaría para algo en la comprensión del mundo espiritual, que sí es algo de lo que Jesús no paraba de hablar.

         Total, que ahora están diciendo que Jesús sí nació el 25 de diciembre —falta la hora—, como hemos celebrado hasta este primer cuarto del vigésimo primer siglo, aun teniendo la certeza de que no sabíamos la fecha precisa. Y dicen incluso que en esa fecha lo celebraban en los primeros siglos del cristianismo. Pues muy bien, pero igualmente es lo de menos y da lo mismo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXIV / 24 de diciembre del 2025

EDICIÓN DE NOCHEBUENA





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lunes, 3 de noviembre de 2025

José Gregorio escritor (III) [DXXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Américo Montero (sentado) interpreta a José Gregorio
Hernández en 1964. Lo rodean Mahuampi Acosta, Juan
Fránquiz y Alejandro Cortina. Foto: RCTV

 

 

 

         Entre los tres cuentos conocidos de José Gregorio Hernández (san José Gregorio Hernández, para más señas) quizá sea “Los maitines”, publicado por El Cojo Ilustrado en septiembre de 1912, el que en tiempos actuales pueda parecer más “misterioso”, más cinematográficamente “oscuro” e intrigante. Sin embargo, el texto es la descripción detallada de una madrugada de concentrada oración en el monasterio de la Cartuja, donde, como sabemos, el doctor Hernández pasó unos ocho meses entre 1908 y 1909. Con este dato en mente, es difícil no imaginarse al joven José Gregorio presenciando la escena de aquel grupo de monjes que antes del amanecer salen de sus celdas y desfilan en la oscuridad hacia el altar y hacia el coro y que oran en silencio por el bien del mundo entero, por “buenos y malos”, “para los que gozan y para los que sufren”.

         El cuento es quizá también el más poético de los tres. Anécdota casi no hay... la hay, pero no espere el lector encontrar un desarrollo narrativo que conduzca a un personaje de un estado inicial a otro más evolucionado. Es más bien una especie de fotografía de un instante en que un narrador señala algo que unos personajes hacen, aunque en cierto momento parezcan haberse quedado inmóviles. (Ah, una fotografía, ¿no es esta la metáfora que utiliza Julio Cortázar para definir el género cuento?)

         En el relato no parece pasar nada, los personajes en realidad casi no pasan por ninguna experiencia, pero ciertamente cumplen con una misión, la de orar por todos los demás seres humanos, mientras estos ni siquiera aparecen nunca en escena. A eso han decidido dedicar su vida. El mundo, mientras tanto, aparece al principio frío, oscuro, intimidante, a lo cual contribuye, por cierto, el repique da la campana del templo, que se expande por el solitario espacio físico, en el cual suspira algo de los escenarios becquerianos. Dice el narrador: “La densa noche cubre implacablemente el bosque de la negra caliginosa sombra; pero en aquella completa soledad la Cartuja recibe de lo alto una lluvia de serenidad y de paz”. Y para acompañar los escuetos tañidos, se suma la naturaleza: “Cabe el vecino riachuelo las ranas entonan el triste canto, su sola protesta contra aquella espesa medianoche sin luna”. Esta es la imagen con que el texto nos introduce en el mundo de los cartujanos.

         El final no es muy diferente. Dentro de la capilla, dice el narrador, “los libros corales proyectan sombras que semejan las ruinas de algún templo pagano y sobre las losas del pavimento aparecen como calaveras y osamentas, como las grandes tibias de esqueletos descomunales”. El final, además, no detiene las acciones, por más que estas sean escasas, lentas e introspectivas. Entonces, ¿qué ha cambiado? Que en el coro “el oficio divino se sigue desarrollando en toda su belleza”. Que la oración que se ha iniciado no se detiene. Que un día más (o una madrugada más) después del descanso, los personajes cumplieron su misión. Que la cotidianidad, la simple y sencilla cotidianidad en la que el hombre no puede evitar existir, se ha convertido para ellos en la labor más elevada a la que podrían haberse dedicado. Y el autor está indudablemente tan impresionado por el desarrollo de este fenómeno cotidiano que lo encuentra digno de ser contado.

         José Gregorio sin duda narra lo que lleva por dentro, que es tanto lo típico como lo indicado, lo que han hecho los poetas desde los tiempos de Ovidio y Homero y de los que existieron antes. Dice Jesús en el Evangelio que de lo que rebosa el corazón habla la boca. Y esto es de lo que rebosa el corazón de nuestro autor, el científico venezolano que ha llegado más lejos en su carrera hacia el cielo. El hombre santo que ahora descubrimos que también tenía talento de escritor.

         La campana, que protagoniza el inicio del cuento, al final calla, pero los cantos y plegarias continúan. “La tierra y los demás astros”, dice el narrador, “continúan su incesante revolución en el espacio. Los hombres duermen o corren al placer por el ancho mundo. Las aves nocturnas ensayan su dulce canto”.

         Para resumir, “Los maitines” es un cuento en que pasan muy pocas cosas “llamativas” porque “objetivamente” trata de un rezo de maitines en un monasterio, pero “imaginativamente” parece una visión mística del narrador —y más que del narrador, del autor, que, como sabemos, está en una búsqueda honesta del infinito y de la gracia.

         En los tres cuentos que hemos comentado brilla ese elemento: la búsqueda espiritual, que se eleva en él por encima de las verdades demostrables. En los tres se asoma ese espíritu sereno que ha vivido intensamente su relación con el pueblo y con el conocimiento, con el arte y con la ciencia, pero por encima de la vida misma, quiere apretar el lazo que une su humanidad con el cielo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXIII / 3 de noviembre del 2025

 

 

 

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lunes, 27 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (II) [DXXII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

San José Gregorio Hernández
con una de sus hermanas,
presumiblemente en 1870

 

 

         La codificación literaria del sentir de José Gregorio Hernández no se detenía en lo artístico: también se sumergían en lo filosófico. De hecho, su libro más conocido se titula Elementos de filosofía (1912). En este texto habla, sí, de filosofía, pero también de ciencia, psicología, lógica, siempre siguiendo la estrella de la espiritualidad y la relación del hombre con Dios. Son en realidad los mismos fines que persigue con sus cuentos, aparecidos el mismo año.

         En el relato “En un vagón”, el protagonista, la voz que escuchamos contar, es un verdadero narrador testigo: entra en el tren, se sienta y apenas nos dice que le emocionaba viajar sin compañía, entran tres personas en su vagón. De ahí en adelante, nos lo imaginamos, cual público de un partido de tenis, moviendo la cabeza según hablara el muchacho que se le sentó al lado con un libro en la mano, su madre, que lo tenía al frente o su tío, que estaba frente al protagonista. Estos otros tres personajes adultos despliegan durante todo el cuento sus equilibrados y respetuosos argumentos para que el joven estudiante abandone la lectura de esos “autores tan raros” que lo alejan del catecismo. Y el muchacho, sin despegar los ojos del libro, responde quizá con menos energía, pero igualmente convencido de su empeño de aprender todo lo que los libros le permitan aprender.

         El protagonista-narrador siente que se inclina hacia los argumentos de los mayores, pero siente también curiosidad por el libro que lee el muchacho. En cierto momento logra leer un breve pero significativo fragmento: “El hombre naturalmente desea saber: la presencia de lo desconocido le molesta; todo lo que es misterio le inquieta y estimula, y, en tanto que le dura su ignorancia, experimenta él un tormento que cede su sitio al placer cuando aquélla llega a ilustrarse”.

         Llegados aquí, comprendemos que es esta la idea (casi diríamos la emoción) que ha empujado a José Gregorio a escribir este texto, a un mismo tiempo tan argumentativo y tan emotivo, tan científico y tan filosófico. Al autor le interesan ambas esferas, si es que de veras son dos: la verdad que nos ofrece la ciencia objetiva, que a sus ojos no es más ni menos que la manifestación tangible de la verdad que nos susurra el espíritu. Y si habla de filosofía, es igualmente la verdad lo que le interesa: la filosofía es para él el estudio racional de la naturaleza de Dios e, innegablemente, de la naturaleza del hombre.

         El joven lector siente una desaceleración del tren y se asoma por la ventana, notoriamente para detener la conversación. Dice: “Ya llegamos” y se aleja de los mayores buscando la salida del vagón. El tío consuela a su hermana explicándole que todos en la edad del muchacho pasamos por esa etapa en que nos separamos de la fe, pero, gracias a madres como ella, muchos volvemos “a la siembra primera”.

         José Gregorio Hernández sabe que la sabiduría se adquiere gracias al recorrido que hacemos hacia ella, que no es un camino de rosas casi nunca, pero lleva en sí ese germen de la luz que espera para brillar. Y nada como la familia para sembrar la sabiduría en el espíritu como quien planta flores en un jardín.

 

[En la próxima edición comentaremos el tercer cuento:

“Los maitines”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXII / 27 de octubre del 2025

  

 

 

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lunes, 20 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (I) [DXXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La multiplicación de los panes y peces
(1897), de Arturo Michelena

 

 

         Muchas veces pensé en las últimas dos décadas, o más, que nunca lo vería, es más, que nunca llegaría a suceder. Ha pasado más tiempo en otros casos, con más obstáculos, menos fe quizá —aunque parece que nunca menos esperanza—, tanta gente ha muerto sin ver cumplido tamaño anhelo, que alguna vez me dije: “Si va a suceder, será cuando mis nietos sean ya ancianos, quién sabe”. Pero el día finalmente llegó y fue ayer. Ayer, en la Plaza de San Pedro de Roma, el médico venezolano José Gregorio Hernández Cisneros (1864-1919) fue declarado santo de la Iglesia Católica.

         No es que los venezolanos hayan esperado hasta ayer para amar y respetar a este conciudadano hasta el extremo, pero ahora puede, con apego a las normas, tener la vida del doctor Hernández como ejemplo de conducta virtuosamente cristiana e incluso de heroísmo en la vivencia del amor a Dios y a los semejantes. Ahora está permitido hacer con él lo que desde hace siglos y siglos se hace con personajes que, en algunos casos, debido a la falta de información precisa y confiable, incluso se duda de que hayan existido: venerarlo en los templos católicos. Ya comenzarán a aparecer parroquias que lleven su nombre, quién sabe si esta misma semana.

         Lo que no se duda en absoluto —ni siquiera lo dudan los que no dan ni un centavo por los asuntos de la fe— es que José Gregorio Hernández haya sido una mente brillante y disciplinada, un científico respetadísimo en su época y un intelectual que no se dejaba engañar por los artificiales límites que el hombre moderno quiere ver entre las ciencias y las humanidades. Y su amor e interés por todo lo humano era de tal dimensión que, además de todo, también era escritor. Sí, escritor, como Gallegos.

         En el año 1912, José Gregorio —perdón, es que en Venezuela casi nadie lo llama de otra forma, ni siquiera en ambientes formales o académicos—llegó a publicar por lo menos tres cuentos en la prestigiosa revista cultural El Cojo Ilustrado, de Caracas: “Visión de arte”, “En un vagón” y “Los maitines”. De una vez les manifiesto que los tres exudan poesía, los tres se ciñen a la estructura esencial del cuento, los tres se adentran en el espíritu humano buscando diferentes rasgos y encontrando siempre al final... a sí mismo.

         El narrador de José Gregorio está, como él mismo, buscando a Dios, naturalmente. En “Visión de arte”, de los tres cuentos el primero en ser publicado, en junio de 1912, el protagonista (y narrador en primera persona) parece al principio estar escribiendo un libro. “Tomé la pluma”, dice al iniciar el relato, “y escribí con desencanto: ‘Capitulo segundo. El arte’”. A partir de esta imagen, el lector no acertaría a identificar en qué momento se funde la realidad del personaje con la ilusión de unas escenas que el narrador llama “fantásticas” y que inicialmente pueden traernos a la mente el comienzo  de “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Más adelante por las escenas majestuosas y gloriosas desfilan personajes que recitan la Ilíada en voz alta, inscripciones que podría haber escrito Virgilio, coros celestiales que parecen tomados del Apocalipsis, voces que le indican al personaje qué hacer a cada paso en una especie de región etérea y onírica.

         La “visión del arte” que presenta José Gregorio en este cuento no se limita a la elevación de la musa clásica de griegos y románticos, pues incluso hay una escena que parece típicamente caraqueña en que un “granuja” vocea números de billetes de lotería. No hace falta esforzarse para ver en este pasaje a Panchito Mandefuá y la humildad de su vida, recompensada con la cena celestial.

         No tarda en aparecer la imagen de Jesucristo en la escena de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús levanta los brazos al cielo en actitud de dar gracias al Padre, mientras en la mente del lector se dibuja el cuadro de Arturo Michelena que retrata aquel episodio. El protagonista es arrebatado a sitios para mostrarle todo el poder que posee como creador de belleza, y más tarde se le dice: “No tienes tiempo que perder”. Significativo, sin duda, pues se sabe que José Gregorio casi no descansaba de trabajar.

         Y justamente, en el terreno autobiográfico, es posible identificar en “Visión de arte” un rasgo que a primera vista puede ser juzgado de mínimo, pero el autor se encarga de mencionarlo al principio y al final de la narración, lo cual lo hace un tanto más claro que otros: la fragilidad de su salud. Al principio del cuento, cuando el personaje, ya tarde en la noche, se sienta a escribir, dice:

 

En medio de las tinieblas que cada vez más ofuscaban mi mente pude pensar que todo lo que me acontecía eran obras de mi imaginación cansada y estropeada por el trabajo de aquel día y por la enorme tensión eléctrica de la atmósfera.

 

¿La tensión eléctrica de la atmósfera? ¿Dónde querrá el autor que pensemos que está el personaje? Si volviéramos a esa línea sin haber terminado de leer el texto, podríamos pensar que es imposible imaginarlo, pero poco antes de terminar el narrador lo repite:

 

Tan luego pude coordinar mis ideas me puse a recordar lo que me había sucedido, pronto comprendí que era todo aquello una simple visión imaginaria producida por el cansancio y el estado atmosférico.

 

         El dato de las condiciones atmosféricas no es menor. José Gregorio ingresó en julio de 1908 en el monasterio de Cartuja de Farneta, Italia, donde permaneció nueve meses apenas, debido a que las condiciones climáticas de la región perjudicaban su salud, que nunca había sido vigorosa ni atlética. De modo que podríamos conjeturar que el episodio narrado en este cuento sea el recuerdo de una noche de meditación, de creación literaria o... de crisis de salud.

         El cuento, de forma metafórica, presenta a un José Gregorio Hernández que se siente artista e igualmente escucha la llamada de la fe, que parece desear que arte y fe converjan en una vida provechosa para él mismo y para los demás y, además, sea digna de los dones que ha recibido. Aunque el narrador termina describiendo todo aquello como una “simple visión imaginaria producida por el cansancio”, ni el texto ni la vida del autor se queda en el arrebato, sino que aterriza en la única realidad de que dispone: la vida asociada a un trabajo, a un camino, a un servicio que le permite realizar una obra y ofrecer sus frutos a todos.

 

[La semana que viene comentaremos el segundo cuento:

“En un vagón”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXI / 20 de octubre del 2025

 

martes, 30 de septiembre de 2025

Aún sin terminar de traducir el libro más traducido del mundo [DXX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Niñas japrerias del sur de Venezuela

 

 

         “Miles de años después de los primeros manuscritos y cientos de años [después de] Gutenberg”, dice la página web de Aletheia, “57 por ciento de los idiomas activos en el mundo aún no dispone de una traducción completa de la Biblia”.

         Impresionante, ¿no?, difícil de asimilar a la primera. Esta noticia, que revela en primer lugar que el cristianismo no ha llegado aún a todos los pueblos del mundo, da una señal clarísima sobre las dificultades que enfrenta una tarea tan delicada como la traducción. Y también deja clara la inmensa carencia de traductores que hay, a pesar de que cada día son más las personas que, incluso sin una mínima formación académica, se llaman a sí mismas traductores, y justamente ahora que recorre, palpable y virtualmente, la idea de que con la aparición de la llamada inteligencia artificial ese problema ya no existe.

         La Biblia tiene la reputación de ser el libro más traducido del mundo y de la historia. Sin embargo, resulta que semejante trabajo, que uno a simple vista no logra imaginarse cuán grande es, está aún por terminar. Y no es que falta una docena de idiomas o dos en que aún no existe una versión de la Biblia. Es que, según la Sociedad Bíblica Americana, de las 6.901 lenguas que se utilizan hoy en día para comunicarse, menos de la mitad dispone de la Palabra de Dios para los hablantes que sólo se expresan en su lengua materna.

         Si la primera traducción de los diversos textos e idiomas de la Biblia al latín le tomó a san Jerónimo unos 20 años, ¿cuánto tiempo más tendrán que esperar los creyentes de esos idiomas?

         Las regiones del mundo donde san Jerónimo tendría que inspirar con mayor intensidad a los traductores son África Central, Eurasia, en Asia y la región Indo-Pacífico. En Sudán del Sur, por ejemplo, 65 pueblos originarios hablan unas 100 lenguas, en ninguna las cuales los hablantes disponen de las Sagradas Escrituras completamente traducidas. Lo que es más, en 31 por ciento de esas lenguas ni siquiera se ha comenzado nunca a traducirlas.

         En Venezuela misma, unas 3.280 personas, según datos del 2015, nunca han leído ni una palabra de la historia de Abraham, de David ni de Jesús en su lengua nativa, ni siquiera aquellos que cuentan como creyentes. Los hablantes de mandahuaca (posiblemente extinta ya, en la frontera con Brasil), japreria (de la Sierra de Perijá) y mutus (o mapoyo, a lo largo del Orinoco) son las comunidades venezolanas que podrían llamarse “abíblicas”. En Perú, la cifra crece hasta 57.100 ciudadanos. ¡En México son 79.800!

         Pero las cifras sorprendentes no se producen solamente en el Tercer Mundo. En Alemania y en Canadá, en Rusia y en Suiza, en Australia y en Dinamarca, en Estados Unidos y en España también sucede.

         En el Día del Traductor de este año, entonces, démonos cuenta de cuánto trabajo falta por hacer. Démonos cuenta de que la llamada inteligencia artificial tiene poco con qué competir con nosotros en este terreno. Démonos cuenta de que la traducción es también una misión, como lo fue hace 1.600 años para el santo patrono, que no se acobardó por el tamaño del compromiso.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXX / 30 de septiembre del 2025

DÍA DEL TRADUCTOR Y DEL INTÉRPRETE

(SAN JERÓNIMO)




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