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lunes, 6 de abril de 2026

Divide et impera [DXXXII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Con tres de estos lanzamientos, Frandelis García puede sacar
de juego a cualquier bateadora

 

 

         En el beisbol, todo partido tiene nueve entradas, que es múltiplo de 3, y en cada inning el equipo que defiende el campo tiene que capturar a tres jugadores del otro equipo fuera de base para poder pasar a la ofensiva. Cada vez que el lanzador acierta tres veces en poner la pelota en el centro de un cuadro imaginario sobre el pecho del receptor y el bateador no logra batearla, este pierde su turno. Hacer ese contacto, golpear la pelota con el bate, es tan difícil y poco probable que los mejores bateadores lo logran apenas tres de cada 10 veces que se paran frente al lanzador. Y cuando lo logran, tienen que recorrer tres bases para hacer una anotación. El tres tiene su misterio.

         Otros deportes ofrecen panoramas similares. En el voleibol se enfrentan dos equipos compuestos por seis jugadores (múltiplo de 3) en tres sets, hasta que uno de ellos alcanza 15 puntos (múltiplo de 3). Mientras el balón está en el aire, cada equipo sólo puede golpearlo tres veces. En el fútbol, que no parece inclinado a esta omnipresencia del tres, los dos tiempos en que se divide el juego duran 45 minutos, que es múltiplo de 3, y el equipo que gana un partido obtiene tres puntos (regla reciente, sin embargo). A veces hay más, pero en muchos partidos hay tres árbitros.

         ¿Y si nos dejáramos seducir por esta notoria regencia del tres, aparentemente tan próspera en el deporte, para lograr ventajas y beneficios en nuestro propio terreno de juego? ¿Y si la aplicáramos, por ejemplo, a la redacción, en la producción de textos?

         Nada más ponerme a pensar en esto, me doy cuenta de que tiene sentido: todo texto que redactemos, incluso antes de estar conscientes de lo que vamos a decir, sabemos que tiene que estar dividido en tres partes: las archiconocidas introducción, desarrollo y conclusión. Asuma usted esta división automática del texto antes incluso de la planificación de la escritura y ya estará siguiendo y aprovechando aquella antigua máxima grecorromana de Divide et impera (Divide y vencerás) —para algo nos dejaron esas cosas escritas—. Sólo reducir a un tercio el tamaño del primer obstáculo que tenemos que sortear es ya una ventaja impagable.

         Dividir al enemigo para vencerlo, dividir a la oposición para gobernar cómodamente, dividir en partes un problema para resolverlo con el menor esfuerzo posible no son las únicas cosas que se pueden hacer con esta “clave” que heredamos de los antiguos. Siempre es posible, en cualquier área, ahorrar tiempo, energía, dinero, preocupaciones, neuronas si nos ocupamos primero de una parte sencilla del asunto que tenemos entre manos para luego emprender una siguiente a partir de lo aprendido con la primera. Además de esto, siempre es posible dividir, subdividir y redividir lo que ya antes hemos separado en partes.

         En un curso de redacción, por ejemplo, después de concebir que cualquier texto tiene que comenzar por una introducción, seguir con un desarrollo y terminar en una conclusión (en el sentido de cierre y en el de aprendizaje), siempre vamos a poder subdividir las tres partes en partes más pequeñas. ¿Quién podría impedírnoslo? Me pregunto esto después de años de observar cómo muchos estudiantes parecen temblar de miedo al exponer ciertas ideas de la forma que se les indica su propia inteligencia, con muchísima frecuencia “porque no saben así le gusta a profesor”. Es como si tuvieran a sus espaldas un ángel vengador que se asomara a leer lo que escriben y que apenas se desviaran un centímetro les fuera a lanzar un latigazo.) Por mala que parezca esta forma de trabajar, tiene que ser mejor que no tener ninguna. Además, todo método de trabajo puede irse mejorando con el tiempo y en sucesivas actividades.

         El propio proceso de la escritura también está dividido en tres etapas: planificación (o preescritura), redacción (o escritura) y corrección (o postescritura). Aristóteles nos lo pone, para resumir, en términos de inventio, dispositio y elocutio. Incluso la pronunciación de los fonemas, para no entrar en demasiados detalles, puede fragmentarse en tres momentos: tensión, articulación y relajación. Son tantas las señales de que no deberíamos complicarnos en esto... ¿Y si nos tomamos estos hechos como una insinuación de la lengua misma (y de la naturaleza) de que la escritura de un artículo, de un mensaje electrónico, de una breve nota que dejamos en la puerta de casa, son productos cuya elaboración podemos emprender parte por parte?

         No es que el beisbol pueda compararse con un misterio teológico, como la Santísima Trinidad: tres personas en un solo Dios. No es que la vida sea sencilla por que después de la infancia entremos en la juventud y más tarde venga la vejez —san Agustín y los griegos tenían una clasificación más compleja—. No es que la naturaleza sea sosa por el hecho de que todo en ella es sólido, líquido o gaseoso. Pero sí es sabio tomar nota de esos avisos que nos lanzan el mundo, la naturaleza y hasta el deporte. Es que nos conviene —y entre más pronto, mejor— ir buscando caminos para decir con claridad lo que deseamos o debemos decir, para que no falten en ello ideas dignas de aplauso y placer de leerlas y que, además, ellas produzcan frutos nobles para los demás y para nosotros mismos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXII / 6 de abril del 2026




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lunes, 2 de enero de 2023

Qatar [CDV]

Edgardo Malaver Lárez

 

Este texto debía ser publicado el 20 de noviembre, día de la inauguración del Mundial

de Fútbol del 2022, pero no fue posible terminarlo a tiempo. Tampoco fue el deseo deliberado del autor hacerlos esperar tanto.

 

 

Al fondo, la ciudad de Doha, Catar, en 1904. Foto: H. Burchardt

 

 

         Hoy comenzó la Copa Mundial de Fútbol del 2022, que este año se desarrollará en un pequeño país (11.511 kilómetros cuadrados) del oeste de Asia, y con más precisión, de la costa oriental de la Península Arábiga. Ya los oigo preguntando por qué, en lugar de este larguísimo sintagma nominal, no digo, como hace la gente normal, el nombre de ese país, que es una sola palabra. La primera razón es que ese nombre es bastante curioso. Y problemático desde el año 2010, en que la Real Academia Española —o más bien la Asociación de Academias de la Lengua Española— incluyó entre sus novedades ortográficas la norma de que el nombre de ese país, que hasta ese día habíamos escrito, sin dudar nunca, comenzando con q, se escribiera con c.

         Los medios de comunicación social (los convencionales, sus versiones digitales y muchísimas personas que ahora se consideran comunicadores sociales gracias a Internet) parecían asombrados de este cambio, que se extendía, con variaciones, a otros nombres de países, como Iraq, y a palabras tan comunes como quorum. La decisión, que, al principio, podía lucir un tanto antipática, tenía todo el sentido del mundo: la letra q no es lo que el sistema ortográfico utiliza con mayor frecuencia para representar el sonido inicial del nombre de aquel país pérsico. ¿Para qué sirve la cu? En realidad, para bien poco: para representar en la escritura el sonido /k/ cuando va seguido de la vocal e o la i, como en almanaque y quizá. Con las demás vocales se usa la ce, como en calendario, halcón y curioso. Su uso cuando la vocal que le sigue es una a no es, por ende, compatible con el sistema ortográfico del español. Así que esta decisión se tomó, para ser claros, décadas y décadas después de lo que era razonable. Sin embargo, los periódicos estaban asombrados... o querían que sus lectores se asombraran.

         No parece haber sucedido mucho más que eso. Muchísimos hablantes y hablantes que escriben no dan señales de recordar con claridad aquel cambio tan sencillo. Hoy que comienza el Mundial de Fútbol del 2022, que se va a desarrollar en Catar, me sorprenden las cifras que me muestra una breve investigación que acabo de hacer, hoy, día de la inauguración, acerca de la frecuencia con que, en español, se usa Qatar en lugar de Catar en toda Internet.

         En primer lugar, escribí “Catar” en Google y el buscador reportó haber encontrado 279.000.000 de coincidencias, mientras que con “Qatar”, fueron 2.300.000.000. No es significativo porque el nombre de este país se escribe “Qatar” en la mayoría de los idiomas. Sin embargo, para curiosear un poco, conté los resultados en que se escribía “Catar” y “Qatar” en la primera página de resultados en ambos casos, y encontré que la primera opción se repetía 35 veces mientras que la segunda, 31. No me apresuré a hacer ninguna hipótesis en ese momento, pero después pensé que la mayor frecuencia de “Catar” (que no es inmensamente mayor) puede haberse debido a que mi buscador está programado para encontrar en primer lugar los resultados en español y luego en inglés, en francés y en otras lenguas. (Experiencias anteriores me insinúan que si hubiera buscado ocurrencias de “Catar” en la décima o décima quinta página de resultados, muy probablemente no habría encontrado ninguna.)

         Sin embargo, seguí probando y contando siempre los resultados que me aparecían en la primera página de resultados. Escribí después “Mundial Fútbol 2022” y aparecía “Catar” 12 veces y “Qatar” 36 veces (gana “Qatar” tres a uno). Escribiendo “FIFA” encontré tantas veces “Catar” como “Qatar”: seis a seis (o, estadísticamente, uno a uno). Con “Mundial”, fueron siete para “Catar” y 22 para “Qatar” (es decir, poco más de tres a uno para “Qatar”). Escribí “Goles”, y Google me dio “Catar” una vez, pero “Qatar” 10 veces (¡diez a uno!). Escribí “Fútbol” e, inesperadamente, conseguí “Catar” nueve veces y “Qatar” siete; pero con “Partidos”, no hubo ningún “Catar”, ¡y hubo 10 “Qatares”! Con “Estadio”, no hallé tampoco “Catares”, pero sí cuatro “Qatares”. Menos mal que en el caso de “Copa”, empatan uno a uno. Y por último, cuando busqué “Catar”, apareció “Qatar” 13 veces, mientras que apareció “Catar” 15 veces al buscar “Qatar”.

         La balanza, a pesar de la informalidad de la encuesta, está clarísimamente inclinada hacia la fórmula fonética, es decir, la que en primera instancia se forma al adaptar la palabra árabe a caracteres latinos. En muy pocos casos hay equilibrio. Y en menos casos aún es más abundante la opción española.

         El mundo de habla española en Internet conoce poco las normas ortográficas (esta afirmación también hay que demostrarla, será en otra ocasión). Sin embargo, las faltas ortográficas suelen ser motivo de escándalo. Lucen numerosos los que desearían que las normas fueran más sencillas —y en realidad cada vez se las hace más sencillas—, pero cuando la Academia propone una simplificación, parecen preferir la complejidad. A veces pasa al contrario, también: que es la Academia quien tiene la actitud tendiente a la complejización.

         Ya es hora de aceptar que esas palabras que aún escribíamos con q, como se hacía en latín —sí, amigos míos, nuestros bisabuelos y tatarabuelos escribían, porque era lo correcto según las normas, quasi y quadrado, quotidiano y quociente, e incluso quota— deben escribirse con c, que es lo más coherente con el resto de la ortografía del español. Aquellos a los que les gusta y a los que no nos gusta, todos, debemos comprender que la presencia de esa q en esas palabras es, a la vez, un vestigio del pasado del español y una influencia de otras lenguas de la actualidad que la usan por razones que son armoniosas con sus historias, no con la nuestra.

         Hace el mismo tiempo que se decidió esta pequeña modificación en la ortografía que la decisión de escoger a Catar como sede del Mundial de Fútbol de este año. Ya es hora de que nos percatemos. Ya es hora de salir del asombro y aprovechar estas particularidades nuestras para tener una voz propia entre las voces incontables del mundo.

         Lo que menos hay que hacer con esos cambios es asombrarse, mucho menos escandalizarse, porque en realidad significan un acercamiento al ideal, promovido por mentes iluminadas como la de Andrés Bello, de que escribamos como hablamos y que hablemos como escribimos, es decir, que una letra represente un solo sonido y que cada sonido tenga una sola forma gráfica. Ideal dificilísimo de lograr, sí, pero nada impide que hagamos pequeños avances cada cierto tiempo, sobre todo si son tan pequeños y tan sencillos y si calzan tanto con la forma peculiar que exhibe tan ampliamente la lengua española en toda su vastedad.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDV / 2 de enero del 2023

 

 

 

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domingo, 15 de julio de 2018

Fútbol encriptado [CCXVII]

Laura Jaramillo



El premio a los ganadores del Mundial, la Copa,
es también una metáfora (foto: FIFA)



         Por estos días, con tanto fútbol a mi alrededor, he tenido el tiempito de ver algunos juegos, y he podido notar cómo los comentaristas y narradores tienen un genio para crear metáforas y expresiones que solo un aficionado puede comprender. Bueno, depende también del medio por el cual se escuche ese partido. Si se tiene la oportunidad de ver el juego, es posible, y más fácil, entender las analogías, lo cual será más difícil si el partido se oye por radio. Y no vayan a decir que escuchar fútbol por radio es más aburrido que un burro en un balcón. Ese ejercicio es exactamente igual a leer un libro, porque la imaginación se activa con tanta emoción y pasión.
         Ese deporte, conocido como el deporte rey, por ser uno de los más planetarios que existe, incita a crear un lenguaje metafórico, que a veces pareciera un lenguaje encriptado, pues hay que imaginarse muchas cosas para llegar al significado. Tengo varios botones de muestra.
         La contabilidad ahora no es exclusiva de los números, o del debe y el haber (columnas espantosas, por experiencia lo digo), sino que sirve también para capitalizar el balón, el tiempo o las victorias.
         El Salto Ángel ahora no es el único mundial, porque en el fútbol también hay cataratas de goles.
         El infierno no es el único lugar del diablo. En el fútbol hay diablos rojos, que, además, tienen su respectivo cancerbero, que debe cuidar muy bien esa portería, porque de lo contrario ese fuego interior puede durar toda la vida.
         Los toreros no son los únicos que esquivan al pobre torito al ritmo de ¡ole!; nosotros, los barrabrava, también gozamos con ese ritmo, cuando nuestros diablos capitalizan muy bien ese balón.
         A pesar de que ya no vivimos en la época del Lejano Oeste, el fútbol tiene sus pistoleros, que pueden ser los supremos goleadores, quienes deben tener cuidado de que no los desarmen. Y si los desarman, pues deben sacar su bicicleta o su tijera. También están los pistoleros que con suma rapidez desenfundan sus tarjetas, sin remordimiento alguno.
         El plomero no es el único que sabe de desagües, pues esos diablillos saben muy bien cómo hacer un caño. Y si se lo tapan, pues hacen un túnel, incluso mejores que nuestros boquerones.
         Y para finalizar (por ahora), los bebés, bueno las mamás, no son los únicos que saben de pañalitis, pues, con mucha suerte, esos diablos pueden curarla con un impresionante gol de vaselina.
Quizás no es el deporte, sino la emoción, la pasión, las alegrías y las tristezas las responsables de incitar tan peculiar lenguaje. Entonces, si lo descifraron, pues felicidades, han ganado una hermosa Copa del Mundo.

llaurajaramilloreal@gmail.com

  

Año VI / N° CCXVII / 15 de julio del 2018



Otros artículos de Laura Jaramillo:

lunes, 9 de julio de 2018

El idioma del fútbol [CCXVI]

Daniel Álvarez


A veces el 10 de su selección, en su equipo profesional
es... el 29



         Tras la tímida entrada en el área grande del centrocampista Edgardo Malaver, el jugador decidió dar un pase filtrado, que recibí y me permitió continuar la jugada. Quizás si hubiese continuado con su jugada individual y hubiese chutado a puerta, el equipo de Ritos de Ilación se hubiese puesto arriba en el marcador, lo que nos pondría un paso más adelante en la clasificación. Sin embargo, hizo una pequeña gambeta y dejó atrás a dos jugadores, hasta que vio un hueco formado entre dos defensas, y, con fuerza, dio un pase que me habilitaba ante la arquería. El público, que en un principio parecía feroz, ahora animaba desde las gradas. Nuestra directora técnica, Laura Jaramillo, dejaba seguir aquella extraordinaria jugada repentina, y seguía con atención cada detalle técnico y táctico. Seguramente, más tarde se presente e indique nuevas órdenes que estructuren mejor el juego y que lo llenen de profesionalismo.
         Al igual que la Marea Roja panameña, nuestro equipo debuta este año en el Mundial Rusia 2018, con una innovación temática que no se aleja de la lengua, sino que, con ella, acompaña la celebración de esta fiesta mundialista.
         Del mismo modo en que cualquier territorio maneja un dialecto o idioma en particular, el fútbol también sostiene un lenguaje específico. Como mencionó nuestra directora técnica en su rito “El fútbol como metáfora de guerra” (LXI, LXII y LXIII), el lenguaje deportivo, específicamente el aplicado en el ámbito futbolístico, no solo se atiborra de metáforas relacionadas con la guerra, sino que también incluye un sinfín de términos provenientes de variados campos semánticos. De este modo, se puede decir que, de alguna manera, el argot futbolístico es una fusión de diferentes elementos semánticos, que dan como resultado una estructura exclusiva.
         No basta con este hurto de términos, sino que, además, la jerga futbolera se apodera también de los números, los cuales son tomados a la fuerza y les es añadida una connotación completamente diferente a su valor real. De allí que lo que para cualquier hablante de nuestra lengua parece ser un número común y corriente, para los conocedores del fútbol denota a un jugador en concreto. En este sentido, el número en cuestión cumple con el cargo de señalar una posición determinada, y a la vez, estandariza las funciones y características del jugador que ocupa ese espacio. En otras palabras, por tradición, los números de los jugadores de fútbol se asocian con una posición específica en el campo de juego. De allí que cuando se habla de un 9, no se refiere al número per se, sino al delantero principal del equipo.
         En vista de esta nueva simbología, es preciso referirla a continuación con más detalle, con el propósito de adecuarnos mejor al lenguaje del fútbol. En principio, el portero titular del equipo siempre tiende a vestir la camiseta con el número 1, por lo que, por tradición, se emplea dicho número para referir tal ocupación. A su vez, los defensores generalmente llevan consigo los números 2 y 3, asignados al zaguero derecho e izquierdo, respectivamente. Entre ellos yacen los jugadores con los números 5 y 6, quienes son, indistintamente, defensores, solo que se sitúan un poco más adelantados que sus análogos. El centro del campo es ocupado por los números 4 y 8. El número 4 tiende a ser el mediocampista defensivo de contención, es decir, suele ser aquel que permanece un poco más atrás durante los ataques. En cambio, el número 8 es el mediocampista de ataque, quien estila conectar el juego entre el mediocampo y los atacantes. Por otro lado, tenemos el número 11 y el número 7, quienes ocupan, respectivamente, el lado izquierdo y derecho del campo contrario. Finalmente, como se mencionó anteriormente, el número 9 es aquel reservado para el delantero principal, quien acostumbra ser el más habilidoso de los atacantes; mientras que el número 10, por tradición, es aquel que se antepone a este último y quien juega como media punta.
         Sin embargo, esta sistematización numérica es estándar, por lo que cabe destacar que los equipos son libres de asignar los números a sus jugadores como les parezca, rompiendo con el esquema tradicional. Así pues, podemos ver jugadores con el número 17 ocupando el puesto de 9, es decir, jugando como delantero. También, es preciso remarcar que suele haber ciertas variaciones en cuanto a las posiciones de estos números, dependiendo de la formación que se emplee.
         Dicho esto, dejo, sobre el campo de juego, el balón de las manifestaciones lingüísticas que destacan en el vocabulario del fútbol, esperando por aquel jugador que dé el pelotazo final, que ponga a la caprichosa entre las telarañas, al equipo de Ritos en la final y al público exasperado por más.

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXVI / 9 de julio del 2018




Otros artículos de Daniel Álvarez:

lunes, 2 de julio de 2018

Los colores del fútbol [CCXV]

Edgardo Malaver



 
El rey Pelé rodeado de sus padres (foto: J. Prado)




         En una torpe entrada en el área de peligro, voy a chutar contra una arquería que no conozco, defendida por un cancerbero que parece una muralla troyana, rodeado como estoy de jugadores que saben lo que hacen y delante de un público feroz que no me dejará escapar si fallo; pero nuestra estimada Laura Jaramillo, que sería algo así como nuestro director técnico si Ritos de Ilación fuera un equipo de fútbol, no me ha dado señales de hacia dónde dirigir el balón.
         Juego, además, para una selección que no está participando en el Rusia 2018. No es como la Blanquirroja peruana, que volvió esta vez después de nueve mundiales de ausencia; ni como la Marea Roja panameña, que debutó este año. Mucho menos como la Celeste uruguaya, que ha visto la película en primera fila 13 veces. No, la mía, la Vinotinto, tiene que seguir mejorando, pero sí tiene con ellas en común que su nombre proviene del color del uniforme.
         Pasa también con las selecciones de España, llamada la Roja; la de Argentina, la Albiceleste; las de Colombia y la de México, apodadas Tricolor. Y fuera de la lengua española, pero limitándonos a los equipos de este Mundial, la de Francia se hace llamar los Azules; la de Bélgica, los Diablos Rojos; la de Brasil, la Verdiamarilla (o Auriverde, que es más bonito); la de Japón, los Samuráis Azules. Los serbios se dicen las Águilas Blancas, y los nigerianos se sienten águilas también, pero verdes. Los grandes ausentes, Italia y Holanda, se apodan, como todo el mundo sabe, Escuadra Azurra y Naranja Mecánica, respectivamente.
         A no ser por los colores, por la curiosidad de estos nombres, por las evidentes ínfulas de fuerza física y nacionalismo intenso que me revelan (en algunos casos sólo sugieren), es muy poco lo que puedo decir de este o cualquier otro deporte (quizá del beisbol pueda decir más). Sin embargo, el Mundial de Fútbol, cada cuatro años, me renueva la sensación color de lluvia que da el mes de junio, que nunca logro sintonizar cuando no hay Mundial. Las nubes grises y una breve temporada de frío blanco me instalan, otra vez, frente al televisor con mi hermano para ver Argentina 78, el Mundial blanco y negro, y España 82, el Mundial amarillo, y México 86, el Mundial verde.
         ¿De qué color es el fútbol? ¿De qué color es el Mundial del 2018? Parece rojo, como Rusia, aunque, en general, el fútbol es azul. ¿Qué nos da esa sensación? ¿La televisión, los uniformes, las banderas? ¿Las palabras? Cuando Pelé, en 1982, contaba por RCTV sus recuerdos de mundiales anteriores, aprendí unas cuantas palabras en inglés, que luego descubrí que servían para nombrar cosas fuera del fútbol: corner, offside, shoot. El superlativo de adjetivo fuerte en español, fortísimo, lo aprendí de Pelé ese año.
         Otras y más significativas manifestaciones lingüísticas (y cromáticas) destacan en el vocabulario del fútbol y, en este momento, del Mundial, los nombres de los jugadores, por ejemplo; ojalá que, si no ha sido eliminado su favorito, Jaramillo, o algún otro de nuestros amigos, autores o lectores (¿Juan Sifontes, quizá?), se lance al verde césped para anotarse un tanto en la arquería polícroma de Ritos.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXV / 2 de julio del 2018




Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 3 de julio de 2017

Yo, Cara e Bostezo [CLIX]

Laura Jaramillo



En 1928, antes de la desaparición de su hijo mayor,
Charles Lindbergh aterrizó en Venezuela




A propósito de la Copa Confederaciones
Rusia 2017

         Como venezolanos, y creo que hasta como latinoamericanos, llevamos en nuestro ADN un magnífico sentido del humor. Una muestra es la capacidad que tenemos para ponerle un apodo a alguien. Cuando observamos las características de una cosa, inmediatamente las asociamos con la persona que conocemos. Y se vuelve tan importante el apodo, que este llega a abstraer el nombre y el apellido, tanto que nadie los recuerda, solo sobrevive el apodo. ¿O es que ustedes se acuerdan, sin guglear, cómo se llamaba el ‘Picure’?
         El apodo viene de la actitud de la persona, quizás de alguna habilidad, de su forma de hablar o de caminar. A mi papá le decían ‘Caribe’, y si mi mamá no se avispa, hoy en día me estarían llamando en los bajos fondos la ‘Caribita’, porque obviamente la ‘Cariba’ era mi mamá. No sé por qué el apodo, pero imagino que era por el carácter fuerte, porque cuando se molestaba casi se comía al mundo (creo que al final del cuento sí soy ‘Caribita’). A mi primo le dicen el ‘Mudo’ porque cuando era pequeño no hablaba, ahora habla hasta por los codos; y así se quedó, en el pueblo no lo conocen por Antonio, sino por el ‘Mudo’.
         Me encanta ver fútbol; y es curioso escuchar que durante estos juegos los comentaristas no siempre nombran a los jugadores por sus nombres, sino por sus sobrenombres o apodos (o motes como dirían los cuates). En 90 minutos es posible escuchar cosas como el ‘Cebolla’ Rodríguez, el ‘Loco’ Abreu, el ‘Apache’ Tévez, ‘Chicharito’ Hernández, hijo del ‘Chícharo’, el ‘Pipita’ Higuaín, hijo del ‘Pipa’, el ‘Mago’ Valdivia, el ‘Káiser’ Márquez, la ‘Pulga’ Messi, el ‘Pájaro’ Vera, el ‘Tigre’ Falcao, el ‘Rey’ Arturo y hasta un ‘Pelusa’ jugó fútbol.
         El beisbol tampoco se escapa de esta maña ‘apodística’ (soy tiburona y pitiyanqui, por cierto). Aquí podemos escuchar, no en 90 minutos sino hasta que el cuerpo aguante, cosas como el ‘Panda’ Sandoval, el ‘Gato’ Galarraga, ‘Big Papi’ Ortiz, el ‘Matatán’ Alfonso (expresión dominicana), el ‘Buitre’ Regan, el ‘Comedulce’ Abreu, la ‘Pared Negra’ Pérez, el ‘Hacha’ Castillo, el ‘Rey’ Hernández y hasta un ‘Bambino’ estuvo por el diamante.
         En el común, en el día a día, hay gente que parece piña bajo el brazo, hay gente pata e loro, hay gente vampira o sanguijuela, hay hijos de Lindbergh, hay caimanes y caimanas, hay radio bemba o radio pasillo, y hasta el infinito.
         Mi vecina, la que ustedes ya conocen, es la ‘Cuchona’ o a veces ‘Fufurufa’, mi mamá ya saben que es la ‘Cucha’, pero ahora es ‘Cara e Molleja’ (cortesía de una novela) y yo ahora soy ‘Cara e Bostezo’ (cortesía de la misma novela). De todos los sobrenombres que me han puesto en mi vida, este es el más acertado, porque como buena pisciana me encanta dormir; yo escribo y hablo dormida, y lo mejor es que no se me nota, la mejor habilidad que tengo.
         Y a ti, ¿cómo te llaman?

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIX / 3 de julio del 2017


Otros artículos de Laura Jaramillo:
PNL: más vida [CLV], 5 jun. 2017


lunes, 29 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (y III) [LXIII]

Laura Jaramillo

El fútbol es un poema
 y los jugadores son los poetas.

Lázaro ‘Papaíto’ Candal


         Las crónicas de fútbol no solo están inundadas de expresiones bélicas, podemos ver también que hay una inclusión de términos provenientes de variados campos semánticos:

·           Física: ‘Viernes de alta tensión’, Meridiano, julio 4 del 2014, en relación al encuentro Brasil y Colombia;
·           Literatura: ‘El capitán en su laberinto’, Meridiano, octubre 21 del 2009, titular relacionado al jugador Juan Arango;
·           Teatro: ‘Costa Rica escribió una tragedia griega’, Meridiano, junio 30 del 2014, en referencia al juego entre Costa Rica y Grecia;
·           Hipismo: ‘Con todos los caballos’, Líder, marzo 4 del 2015, titular que alude a los jugadores de la Vinotinto.

         Mucho se critica por el uso quizás inadecuado del lenguaje deportivo, pero el uso de metáforas enriquece la lengua, de allí que podamos observar que el uso del lenguaje literario sea común en el mundo del discurso periodístico. Como dijera en alguna oportunidad el profesor Alexis Márquez: las figuras retóricas no son de uso exclusivo de la literatura.
         El fútbol necesita ser contado con ingenio, con expresividad, con color, y la mejor manera de hacerlo es a través de la invención de frases como los titulares: ‘¡Messías!’ (Meridiano, junio 22 del 2014, en referencia al jugador Lionel Messi); ‘Mordisco al título’ (Meridiano, marzo 23 del 2015, referente al jugador Luis Suárez que tiene fama de morder a otros jugadores durante los partidos).
         Además, “nuestro lenguaje está conformado por metáforas, no importa a cuál campo semántico pertenezcan, ni el discurso en el cual se presenten, lo que verdaderamente importa es que la metáfora es un instrumento imprescindible para una comunicación exitosa[1].
         No en vano el periodista Lázaro ‘Papaíto’ Candal realiza esa magnífica afirmación, pues gracias a los futbolistas, el fútbol se convierte en un poema, y, por supuesto, eso debe quedar absolutamente plasmado en las crónicas, tal como lo expresa Galeano:

En el fútbol, ritual sublimación de la guerra, once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o nación. Estos guerreros sin armas ni corazas exorcizan los demonios de la multitud, y le confirman la fe: en cada enfrentamiento entre dos equipos, entran en combate viejos odios y amores heredados de padres a hijos[2].


laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] Jaramillo, L. (2013). El fútbol como metáfora de la guerra. Estudio cognoscitivo de la metáfora bélica presente en las reseñas de fútbol de los diarios deportivos venezolanos Líder y Meridiano. Trabajo de grado no publicadoUniversidad Central de Venezuela, Caracas.
[2] Galeano, E. (2002). El fútbol a sol y sombra y otros escritos. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.



Año III / Nº LXIII / 29 de junio del 2015