Edgardo Malaver Lárez

La Guaira, entre la
vuelta de Pérez Bonalde
y la de Teresa de la Parra. Foto: H. Tschira
Hoy La Guaira ya no es
lejos. Pero hoy, que tendría que ser un día de fiesta, como lo era el 24 de junio,
no hay palabras. Las hay, pero aún no es tiempo. Hoy no tengo, no tenemos garganta
suficiente. Hay, sin embargo, voces que endulzan la playa en que hoy lloran las
madres venezolanas... donde hoy lloramos todos. Oigámoslas a ellas:
La más reciente, como
buscando el mar, suena en “Radici” (2021), de Gina Saraceni:
Como planta
que busca la
luz
y se tuerce
hacia ella,
la casa huye
hacia el mar,
atraviesa
mesetas,
sabanas,
montes,
llega a la
playa,
a las olas que
retumban
con las aves
del verano,
a la vida de
un pez
que ensancha
el mundo,
a la raíz del
padre
que se llama
Adriático:
así el mar,
así la casa.
Está la voz dominicana de
Juan Bosch, amigo de Venezuela, en “La muchacha de La Guaira” (1955):
Desde la ventana
junto a la cual estaba sentado podía volver la vista hacia el puerto y ver allá
abajo su barco, a la luz de la luna, casi perdido entre muchos más, con los
amarillos mástiles brillando y la blanca línea en lo alto de las chimeneas.
Enclavada entre el mar y los Andes, La Guaira apenas tendrá unos veinte metros
de tierra plana natural, y desde el mar la ciudad se ve como un hacinamiento de
pequeñas casas blancas trepadas una sobre la otra, destacándose sobre el fondo
rojo de la montaña. El Caribe espejeaba bajo la luna, hasta perderse en una
lejana línea de verde azul tan claro como el cielo de esa noche. Hans
Sandhurst, que de sus cuarenta años había pasado casi diez, intermitentemente,
viviendo entre Cartagena, Panamá y Jamaica, amaba ese mar, tan inestable y, sin
embargo, tan cargado de vitalidad.
La de “La balandra Isabel
llegó esta tarde” (1934), que es la de Guillermo Meneses, tan enamorado de La Guaira:
Una calle,
acostada al pie del caserío guaireño, blanquea en la primera oscuridad de la
noche. Serenamente se mueve la masa de las aguas, verde aún por una vaga
vibración luminosa, haciendo sus ruidos bajo las maderas del atracadero. En los
postes sostenedores se forman espumas y por las barbas verdes de las algas caen
luego gruesas gotas del agua mansa.
El palo mayor
de la balandra «Isabel» marca sobre el cielo el tardo vaivén del puerto
adormilándose en la penumbra del atardecer.
Un marinero,
cansado y alegre, se apoya en la barandilla mohosa, rota por las olas y silba
una canción que oyó hace mucho tiempo. [...]
Al fin, dejó las
calles de cemento cercanas al muelle, llenas de ruido y de gentes, y comenzó a
subir la calleja empinada sobre el cerro, metida entre las casas severas,
altas, mudas, de La Guaira vieja.
Ahora, al doblar el
recodo más oscuro, en redor de la casa más severa, más muda y más alta, la
calle cambia de carácter, se hace casi camino, y entra en el barrio pobre de
las prostitutas.
Un poco más allá no
hay casas por el lado del mar. Por eso «El Cuerno de la Abundancia», botiquín
del negrito José la Trinidá, está siempre lleno de las brisas del mar, que se
ve cercano, frente a frente.
Al borde del barranco
sostiene su equilibrio una gran piedra negra. Segundo se sentó en esa piedra, y
abrió los brazos por recibir la brisa fresca sobre el cuerpo sudado.
La voz tersa voz de Teresa
de la Parra, la más suave de todas, en Ifigenia (1924):
Me desperté al día
siguiente cuando el vapor arrancaba a andar para atracar en el muelle. La
alegría de la mañana parecía entrar a raudales dentro de un rayito de sol, que
se quebraba en el cristal del ventanillo e inundaba de reflejos todo mi
camarote. No bien abrí los ojos lo miré un instante y como si al deslumbrarme
las pupilas, hubiese desvanecido también en mi alma todas las melancolías de la
víspera, alegre, con la alegría solar de la mañana y con la curiosidad de los
paisajes nuevos, corrí a asomarme al ojo del ventanillo. Al lento caminar del
vapor el panorama se deslizaba por él muy suavemente. Había oído ponderar
muchas veces la fealdad del pueblo de La Guaira. Dada esta predisposición, su
vista me sorprendió agradablemente aquella mañana, como sorprende la sonrisa en
un rostro que creíamos desconocido y que resulta ser el de un amigo de la
infancia. Ante mis ojos, Cristina, justo a orillas del mar se alzaba
bruscamente una gran montaña amarilla y estéril, pero florecida de casitas de
todos los colores, que parecían trepar y escalonarse por los ribazos y las
rocas con la audacia pastoril de un rebaño de cabras. La vegetación surgía a
veces como un capricho entre aquellas casitas que sabían colgarse tan
atrevidamente sobre los barrancos y que tenían la ingenuidad y la inverosímil
apariencia de aquellas otras cabañitas de cartón con que sembraban las Madres
por Navidad el nacimiento del Colegio. Su vista despertó en mi alma el inocente
regocijo de los villancicos que anunciaban todos los años la alegría sonora de
las vacaciones pascuales. Pensé con gran placer en que ahora también iba a
abandonar la monotonía de a bordo por la fresca sombra de los árboles y por el
libre corretear sobre la tierra firme. Sentí de pronto la curiosidad inmensa y
feliz de aquel a quien esperan grandes sorpresas, y mientras que del lado de
afuera, entre chirriar de grúas y de poleas se iniciaba el trabajo bullicioso
del desembarque, yo, dentro de mi camarote, ávida de estar también sobre
cubierta comencé a arreglarme y a vestirme febrilmente.
Y finalmente, la voz más febril
y romántica, la de Juan Antonio Pérez Bonalde, en “Vuelta a la patria” (1875):
Ya la vista columbra
las riberas bordadas
de palmares
y una brisa cargada
con la esencia
de violetas
silvestres y azahares,
en mi memoria alumbra
el recuerdo feliz de
mi inocencia,
cuando pobre de años
y pesares,
y rico de ilusiones y
alegría,
bajo las palmas
retozar solía
oyendo el arrullar de
las palomas,
bebiendo luz y
respirando aromas.
Hay algo en esos
rayos brilladores
que juegan por la
atmósfera azulada,
que me habla de
ternuras y de amores
de una dicha pasada,
y el viento al
suspirar entre las cuerdas,
parece que me dice:
«¿No te acuerdas?».
Ese cielo, ese mar,
esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las
regiones tropicales...
¡Luz, luz al fin! Los
reconozco ahora:
son ellos, son los
mismos de mi infancia,
y esas playas que al
sol del mediodía
brillan a la
distancia,
¡oh, inefable
alegría,
son las riberas de la
patria mía!
Ya muerde el fondo de
la mar hirviente
del ancla el férreo
diente;
ya se acercan los
botes desplegando
al aire puro y blando
la enseña tricolor
del pueblo mío.
¡A tierra, a tierra,
o la emoción me ahoga,
o se adueña de mi
alma el desvarío!
Llevado en alas de mi
ardiente anhelo,
me lanzo presuroso al
barquichuelo
que a las riberas del
hogar me invita.
Todo es grata
armonía; los suspiros
de la onda de zafir
que el remo agita;
de las marinas aves
los caprichosos
giros;
y las notas suaves,
y el timbre
lisonjero,
y la magia que toma
hasta en labios del
tosco marinero,
el dulce son de mi
nativo idioma.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXXXVII / 5 de julio del
2026
DÍA DE LA INDEPENDENCIA