lunes, 25 de febrero de 2019

Qué arrecho [CCXLIX]

Edgardo Malaver


Hoy cumple Ritos de Ilación seis años.
Gracias a nuestros lectores por traernos hasta aquí.
¡Felicítennos!


El matiz del vigor animal no aparece en el diccionario



         Cinco de las ocho acepciones que le asigna la Real Academia Española son venezolanismos, tres de los cuales enteramente venezolanas. Qué arrecho, dirían en Venezuela. La palabra arrecho parece ser de esas que, por escabrosas y cubiertas de morbo, no pasan de moda, que significan tanto para la gente que le urge usarlas para nombrar otros significados. Y en Venezuela, esta palabra tiene otros significados.
         En Venezuela, una simple molestia, como por ejemplo, perder el tren después de correr para atraparlo porque va uno tarde al trabajo, puede ser una arrechera, aunque a nadie le va a dar un infarto por este incidente. “El pueblo está arrecho”, dijo un día Eduardo Fernández, refiriéndose a la gravísima situación socio-político-económica, y lo conectó con el “bravo pueblo” del himno nacional. Es decir, un malestar como el que llevó al pueblo a irse detrás de los libertadores para hacer la guerra de independencia, además de ser una actitud bravía, es también una arrechera.
         En algunos países no se han ido los hablantes por ese camino, de modo que cuando un venezolano llega, por ejemplo, a Buenos Aires y exclama, frente al obelisco: “¡Qué arrecho”, a cualquier dama refinada le puede parecer que es vulgar y chabacano. Sin embargo, aunque no tenga ese hablante esa intención, describe el obelisco de manera literal y exacta: ‘tieso y erecto’, como si fuera un pene, o sea, en primera acepción. La segunda es ‘excitado sexualmente’.
         Si a usted no le suena que sea así, piense nada más en cómo se parece arrecho a su romano antepasado, arrectus, participio pasado de arriegere, que equivalía a enderezar, poner derecho, erecto. Con razón es la primera acepción en todas partes... hasta en Venezuela.
         La tercera acepción, la más conocida en Venezuela, para muchos la única, aunque compartida con colombianos, costarricenses, salvadoreños y hondureños, es la que más se ajusta a la presente situación. Estar ‘iracundo y furioso’ es estar arrecho, como visiblemente está el pueblo en este momento... a no ser que ahora a la gente hambrienta ya no le moleste que le nieguen la comida o que a los enfermos les agrade que les quemen las medicinas.
         Las últimas tres, meramente venezolanas, también pueden aplicarse a la presente situación. ‘Sensacionales’, ‘vehementes’ y ‘difíciles’ han sido estos últimos 20 años y estos últimos días en Venezuela. Es una arrechera que ya ha pasado la mayoría de edad, pero no ha dejado de crecer. Sería natural y comprensible que en estos días estallara, pero aun si no estalla, la única válvula que le va quedando, la lengua, ya se las está ingeniando para lanzarnos imágenes del monstruo que se come a Venezuela por dentro. En estos días, en cualquier parte del mundo, basta con decir involuntariamente que un fruto ya es comestible para que la mitad de los presentes lance un grito que recuerda a la madre del monstruo. Qué arrecho.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCXLIX / 25 de febrero del 2019
EDICIÓN DEL SEXTO ANIVERSARIO



lunes, 18 de febrero de 2019

Animales y lengua humana [CCXLVIII]

Edgardo Malaver



El hombre en el centro de la creación. Hombre 
de Vitruvio (1490), de Leonardo da Vinci



         Quién sabe si será aquella patente universal que le dio Dios a Adán cuando le dijo: “Dominarás sobre todos los animales de la tierra” la que sustenta, al menos en español, el hecho de que existan tantas palabras diferentes para hablar del hombre y de los animales. La diferenciación no es total y absoluta, pero su significado sí ha de ser radical.
         Es curioso que sea así en el español (y en otros idiomas latinos) porque no es ésta una lengua que haya aparecido precisamente al principio de los tiempos. Es decir, no es que Alfonso X el Sabio o Gonzalo de Berceo puedan argüir que Dios les habló a ellos directamente. La lengua española ni siquiera pertenece a la misma familia lingüística de la que deriva la lengua en que se escribió la historia de Adán. ¿Habrá en todo esto algo de pretensión?
         Para mí es reciente, por ejemplo, el uso de la palabra pierna para referirse al muslo de la gallina, pero, a pesar de mi terca ignorancia culinaria, he llegado a entender que eso lo diferencia de la pata, que es la parte del cuerpo del ave donde, al menos las de rapiña, tienen las garras, que para el hombre serían dedos, donde tienen las uñas, que en las aves serían pezuñas.
         Los animales tampoco comen igual que los seres humanos. Los hay que devoran, especialmente los más salvajes. De modo que cuando uno está muy hambriento y come con la velocidad y violencia con que come, por ejemplo un león, se dice que se ha devorado la comida. Es una metáfora, pero, trasladándolo a otros terrenos, tendría que considerarse casi una ofensa, puesto que los animales comen con el hocico, algunos con el morro, otros con la trompa, mientras que el hombre come con la boca y casi nunca sin los aristocráticos cubiertos, pero nunca mordiendo a su presa casi viva aún.
         Los animales se aparean, se cruzan —la máxima dignidad que alcanzan es copular, acción ennoblecida por la latinidad de la palabra—, mientras que los humanos, americanamente, hacen el amor —y a veces, para no ser menos románicos que sus mascotas, también copulan—. (A la terminología vulgar, quizá más abundante que la culta, le correspondería una nota aparte otro día)
         Y, para explorar un campo semántico vecino, como resultado de esta actividad, las hembras de las especies animales pasan por un período de preñez, mientras que las de la humana, que se llaman estrictamente mujeres, pasan por el embarazo, y al final las unas paren y las otras dan a luz. (Aquí rescato la belleza del verbo parir siempre en todas las especies, particularmente en la humana.) Y la criatura que nace (siempre nace, no hay diferencias) en un caso se llama cría, cachorro, pichón, y en el otro, niño, neonato o, más francesamente... bebé.
         Los machos animales no parecen tener la ambición de que se los considere hombres, ni siquiera parecen creer que eso sea honroso de ninguna manera, pero hay una enorme población de varones humanos que insisten en comportarse y en pensar en sí mismos como machos, hechos exclusivamente de instintos, no de inteligencia y sensibilidad. Pasa también con muchas humanas.
         A algunos esta diferencia los tiene hasta el cuello (o hasta el pescuezo, si es usted una jirafa). Los hay que forman grupos para declarar la igualdad entre hombres y animales. Yo creo que si la lengua, desde los orígenes, la ha señalado, alguna diferencia tiene que haber. Mire usted cómo los animales gruñen, graznan y farfullen, y el hombre habla, dice y, saussureanamente, articula; pero no sólo eso: ahora los animales tienen derechos —fantástico—, pero ¿puede exigírseles deberes?
         Aunque los animales no tienen nada que ver, sólo puedo expresar estas ideas desde el lado humano, y gracias a Dios sólo los seres humanos podrían pensar que es pretencioso, porque me interesa sólo lo que nos indica la lengua, que es donde encuentro la explicación de lo humano y de lo divino.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLVIII / 18 de febrero del 2019


martes, 12 de febrero de 2019

Los más pendejos [CCXLVII]

Edgardo Malaver



 
Terminó siendo Úslar Pietri quien desalojó a Pérez Jiménez 
de Miraflores (foto: Fundación Casa Úslar Pietri)


         De joven, cuando a mi madre se le atribuía responsabilidad en algún problema, en alguna controversia, fuera en casa o en el trabajo, ella siempre se defendía diciendo irónicamente: “La más pendeja”. Nada como la ironía para decir lo que uno quiere decir diciendo lo contrario. Claro que hace falta que el interlocutor quiera entender que estamos siendo irónicos.
         Al menos en Venezuela, cuando se presenta una situación en que alguien pretende convencer a los demás de una idea o de un hecho demasiado inverosímil, uno siempre termina pensando o, si se siente ya muy ofendido, diciendo de frente: “¿Tú crees que yo soy pendejo?”. Imagínese usted que viene, por ejemplo, un gobernante y dice: “Vamos a sanear la administración pública, ya hemos comenzado a trabajar en un proyecto y, caiga quien caiga, los corruptos van a ir a la cárcel”; es —usted lo sabe bien— un discurso más que usual en todos los políticos del mundo, de todas las tendencias, pero cuando tienen una semana en el poder; cuando ya han pasado diez, trece, diecinueve años en el palacio de gobierno, está claro que ese gobernante piensa que la gente es pendeja. (En Venezuela, por cierto, pasa a menudo y la gente hace bien su papel, pero aquí no venimos los lunes a hablar de sociología, sino de la lengua.)
         Los lectores se van a sorprender cuando les diga que el diccionario de la Academia no da señales de que en Venezuela la palabra pendejo tenga un significado singular y sólo en la mitad de las acepciones anota que es coloquial. Singular es que en Perú no signifique ‘tonto’ o ‘cobarde’, como en todas partes, sino lo contrario: ‘astuto’. Y singular es que en Andalucía sea equivalente a ‘calabaza’. Pero en ninguna parte como en Venezuela ha sido, en algún momento, signo de pertenencia al selecto grupo de la gente honesta.
         En 1989, el escritor Arturo Úslar Pietri causó revuelo afirmando que en Venezuela casi no existe riesgo de ir a la cárcel por ser ladrón, pero al hombre trabajador y honrado lo más probable es que, en vez de aplaudirlo, se le insulte llamándolo pendejo. La opinión pública se escandalizó por la insolencia de un intelectual de la altura de Úslar, pero unos días después todos se autocalificaban de pendejos. Hasta se organizó una “Marcha de los Pendejos”, que llegó a Miraflores, al Congreso y a la Fiscalía, exigiendo que se luchara contra la corrupción. Un Solo Pueblo incluso escribió una canción al respecto.
         En todos estos años, la dichosa palabra ha ido ganando y perdiendo prestigio según quien la utilice, quien desee bautizar a los demás con ella o quien la crea propia y descriptora de su condición. En el irónico tiempo presente venezolano, en que la vida de tanta gente pende de un pelo, ya no parece fácil que nos creamos las pendejadas que nos cuentan los poderosos. Hay situaciones que no se sostienen ni con palabras, y quizá sean las propias palabras las que deban ponerse al frente para acabar con todo. Haría falta una sola cosa para no darse cuenta: ser bien pendejo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLVII / 11 de febrero del 2019


lunes, 4 de febrero de 2019

El coprolito [CCXLVI]

Luis Roberts



El comandante en jefe de la prehistoria... y el presente



         Estoy sumergido en la lectura de un libro que hacía tiempo que quería leer y que por fin hace pocos días conseguí. Es un rara avis, un libro de divulgación científica que es un best-seller: De animales a dioses, de Yuval Noah Harari, un importante historiador, profesor y escritor israelí. Nos cuenta, exponiendo teorías, sin apenas intervenir, la aparición del homo sapiens sobre la Tierra y su posterior expansión desde África al resto del planeta. Por cierto, ¿cuánto tardarán en proponer que la ciencia se una al lenguaje inclusivo y hable de homo et mulier sapiens?
         Resulta que el homo sapiens ha sido y es el animal más depredador que ha parido la naturaleza. No sólo acabó con otros homínidos como el neandertal, el denisovano, etc., sino que en su primitiva etapa de cazador, antes de la revolución cognitiva y la aparición de la agricultura, arrasó con casi todas las especies, mamíferos y aves, de más de 50 kilos de peso. A su llegada a Australia, hace 45.000 años, había 25 especies de marsupiales de ese peso y 24 se extinguieron rápidamente. Aprovechando un deshielo, hace 14.000 años pasaron de Siberia a Alaska y en sólo uno o dos milenios llegaron hasta la Tierra del Fuego. “La fauna americana contaba con mamuts, mastodontes, roedores del tamaño de osos, manadas de caballos y camellos, leones de enorme tamaño y decenas de especies grandes cuyos equivalentes son hoy en día completamente desconocidos, entre ellos los temibles felinos de dientes de sable y los perezosos gigantes que pesaban hasta ocho toneladas y alcanzaban una altura de seis metros. En dos mil años Norteamérica perdió 34 de sus 47 géneros de mamíferos grandes y Sudamérica perdió 50 de un total de 60”. ¿Y cómo se sabe todo esto? Pues porque hay unos científicos llamados arqueozoólogos que se dedican a buscar huesos y, sobre todo, coprolitos.
         Esta palabra, coprolitos, propia de la terminología científica, que da título a este artículo, yo la desconocía, pero por su eufonía y fuerte contenido semántico y metafórico incorporo a mi léxico desde ya. ¿Y qué es un coprolito? La etimología está clara, y perdonen la referencia escatológica, es ciencia, pero el copros de excremento y el litos de piedra, nos remite a su significado: ‘excremento fosilizado’, en algunos casos pelotas enormes de excremento fosilizado desde hace miles de años, otros mucho más recientes.
         Si bien es cierto que palabras afines, como coprófago, han pasado con éxito al lenguaje vulgar con una gran facilidad, el comemiedda cubano, el coprolito, merece también incorporarse al lenguaje cotidiano, como yo ya he hecho. Es más, yendo a la riqueza metafórica que nos puede aportar, en este momento de vorágine política seguro que a todos se nos ocurre un nombre y una imagen de un coprolito.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXLVI / 4 de febrero del 2019




Otros artículos de Luis Roberts:


lunes, 28 de enero de 2019

Tiros que salen por la culata [CCXLV]

Edgardo Malaver



Rin Tin Tin y Rusty resolvían todos los misterios



         Cuando era pequeño, no me cabía la palabra culata en la cabeza. Es decir, oía decir, por ejemplo, Al gobierno le salió el tiro por la culata y no me quedaba claro lo que era la culata. Se me parecía remotamente a otra palabra que no había que decir, pero ni siquiera así me insinuaba la musa su significado. Un día, sin embargo, viendo un capítulo de Rin Tin Tin —puede haber sido también de El Zorro o de Jim West—, un soldado dispara un arma larga y la bala le sale por detrás, le roza el hombro y él queda confundido. Minutos después se descubre que los muchachos buenos han alterado todas las armas de los malos “para que se disparen por la culata” y poder escapar de ellos. O sea, ¡la parte del rifle que se pone en el hombro era la culata! ¡Qué descubrimiento!
         La escena se grabó sólo para que yo entendiera la dichosa expresión —porque no recuerdo ni un segundo más de aquel capítulo—, pero a mí me molestaba el hecho de que el ahora evidente origen de la expresión fuera militar. Lastimosamente, en la historia del mundo, especialmente cuando los países son jóvenes como por este lado del mundo, pululan los capítulos militares y, de manera natural, estas historias desembocan en la lengua. La historia particular de Venezuela, como lo demuestra el español que habla, está salpicada de episodios en que, individual o colectivamente, algunos tiros ha salido por la culata.
         En 1810, cuando los “niñitos de papá” de Caracas decidieron tomar por el brazo al entonces capitán general de la colonia, Vicente Emparan, se produjo quizá el primer episodio de la historia de Venezuela en que un personaje hizo un tiro que le salió por la culata. Emparan, acorralado por los burgueses, los intelectuales, los comerciantes y demás “influencers” de la época, en cuestión de minutos vio su territorio reducido a los límites de su despacho frente a la Plaza Mayor. De repente, debe haber pensado que el balcón era la salida. Así que se asomó. El padre Madariaga debe haber pensado que se iba a lanzar al pavimento y lo siguió. Pero el debilitado Emparan pretendía en realidad apelar al espíritu democrático del pueblo, que nunca le había importado, para zafarse de aquel atolladero. Vio en la plaza a la gente que acaba de salir de la misa de Jueves Santo a que los hermanos Salias le habían impedido asistir, y disparó: “¡¿Ustedes quieren mi mando?!”. Ya sabemos que, a la señal de Madariaga, la gente contestó con un no que fue como un proyectil que derribó a Emparan con culata y todo.
         En 1957, el dictador Marcos Pérez Jiménez, comprendiendo que sería imposible ganar las elecciones que la ley lo obligaba a convocar en diciembre de ese año, decidió cambiar la convocatoria para un plebiscito. Es decir, la votación sería a favor o en contra de su continuidad en el poder. En la mañana siguiente a la consulta, hasta llegaron a publicarse cifras iniciales de conteo de votos que daban como ganadora la opción del no, pero Pérez Jiménez ordenó invertir los resultados y se proclamó presidente para un segundo período, hasta 1963. Ese fue el tiro; la culata por la que salió fueron los militares que no se sintieron contentos con la trampa, y un mes después, las cosas se le pusieron tan difíciles, que huyó de Venezuela en mitad de la noche.
         Un tercer ejemplo puede ser el de 1998, en que el tiro lo dio una multitud de votantes fascinados por la lengua de capataz de un militarcillo que, creyéndose un cruzado de la antigüedad, seis años antes había intentado llegar al poder a bordo de un tanque de guerra. Con la falacia de la revolución pacífica pero armada, ganó las elecciones y 20 años más tarde, hay gente comiendo de la basura. El tiro de aquellos ilusos nos salió por la culata a todos.
         En los últimos días, muchos de los herederos de aquel personaje han estado disparando palabras que inmediatamente se les devuelven. Y, obedientes como Rin Tin Tin, no han perdido la costumbre de disparar además balas de verdad, que, aunque tardan más que las palabras, como todos los actos humanos, también suelen devolverse.


emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLV / 28 de enero del 2019

lunes, 21 de enero de 2019

La pragmática de la abuela [CCXLIV]

Daniel Álvarez


¿La Luz de los Andes no habrá sido afásica? Monumento
a la loca Luz Caraballo, en Mérida, Venezuela



         Siguiendo el rastro del profesor Edgardo, me topé con un rito que despertó un deseo que yacía acobijado en lo más profundo de mi mente. Desde hace tiempo tenía la intención de escribir un rito dedicado a esos “regalos” que el profesor Edgardo define como “un padre en menor grado”. Esa “aviola”, dicho en latín, que para más de uno fue, o aún es, como una segunda madre. Esas personas que tienen tanta historia para contar, tantos cuentos interesantes, tanta sabiduría de la vieja escuela. Algunas llegan a una etapa, en la cual entenderlas se torna un juego de acertijos y adivinanzas.
         ¿Qué sería de nosotros sin la ayuda de la competencia pragmática? ¿Cómo entenderíamos a aquella abuela octogenaria, que, para hablarte de una cosa, te nombra otra? ¿Cómo entenderíamos a esa fruta arrugadita, a esa viejita que va por el octavo o noveno piso y aparenta tener la fuerza para seguir subiendo más escalones? ¿Cómo saber qué quiere decir ella con el calentador, o el reloj, o el teléfono, cuando te está hablando de un aparato diferente?
         A veces, pareciera que, para estos sabios veteranos, la tecnología es un aparato multifuncional que puede ser denominado con múltiples nombres que siempre representan el mismo objeto. Muchas otras veces, creo que toman uno de los semas que componen el significado de una palabra y lo usan en lugar de ella. Algo así como denominar un todo por un algo que lo caracteriza. De allí que le digan calentador al microondas, solo porque calienta. En otras ocasiones, solo pareciera que seleccionan, de manera aleatoria, una de las palabras de un mismo campo de significación y la utilizan para representar cualquier otro objeto perteneciente al mismo campo.
         No obstante, me topé con un concepto que, a mi opinión, representa lo que les sucede a nuestros queridos abuelitos. Se trata de un trastorno lingüístico (afasia) conocido como anomia o afasia amnésica o afasia nominal. Wikipedia lo define como “un desorden neuropsicológico, caracterizado por la dificultad para recordar los nombres de las cosas”. Dicho de otro modo, es una incapacidad selectiva para usar determinadas palabras, un trastorno del lenguaje que impide llamar a las cosas por su nombre. Suele producirse naturalmente alcanzada cierta edad, a partir de la cual la persona comienza a sufrir un grado leve o moderado de anomia. Anatómicamente, es un fenómeno asociado a la “zona de mediación”, aquella parte del cerebro relacionada con los significados léxicamente codificados y con las representaciones de las imágenes acústico-articulatorias.
         Así pues, me di cuenta de que mi abuela no se estaba volviendo loca, y descarté la posibilidad de una enfermedad más grave. Solo se trata de un olvido selectivo y no persistente, que nos hace poner en marcha nuestros procesos inferenciales para lograr determinar a qué se quiere referir con su léxico particular. Gracias a aquellas marcas ostensivas, a aquellos factores extralingüísticos que maquillan el habla, es que logramos entender a ese viejito, que ha visto pasar tantas décadas, tantas modas, tantas evoluciones tecnológicas, en fin, tantos cambios, que los han hecho sentir extranjeros en su propio mundo.
         Nosotros jóvenes vamos pa esa. ¿cuántos de nosotros ya no padecemos de una afasia anómica prematura?

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXLIV / 21 de enero del 2019



  
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martes, 15 de enero de 2019

Ah, su madre [CCXLIII]

Edgardo Malaver Lárez


Carlos Alcántara, en la realidad y en la ficción
protagonista de la serie
Asu mare



         Otra vez me encuentro rodeado del español de Perú... o como dicen aquí, del Perú. Bueno, en realidad no sé. Hace dos años, cuando viene por primera vez, sí me sentía mucho así, pero ahora en todas partes me voy encontrando también lo más bonito y lo más repugnante del español de Venezuela. Pero pretendo hablar de lo que es nuevo para mí, que es el español... del Perú.
         Hace dos años, me llamó la atención una especie de interjección que usaba todo el mundo y que al principio a mí, neófito en la música de esta habla nueva, me sonaba sólo como “¡Asu...!”, que algunas veces era sucedida por un casi ininteligible “¡mare!”. Después de unos días la vi escrita en la televisión como título de una comedia: “Asumare” y después comencé a oír “Asumadre”. Entonces lo comprendí todo. Querían decir: “¡Ah, su madre!”. Era una simple mentada, pero guardando las formas, una vulgaridad decente para expresar sorpresa o asombro.
         También hace dos años, me explicaba mi amigo Douglas Méndez que observaba que la gente de cierto nivel educativo podía darlo todo con tal de no decir “lisuras”, que es como llaman los peruanos las groserías. Los dos pensamos que eso podía ser un vestigio de la conducta colectiva de virreinato, pero tiene que haber otras causas. Por ejemplo, entro en el ascensor de un edificio de residencias y leo: “Está prohibido miccionar en el décimo piso”. Los niños en edad escolar no acostumbran decir siquiera orinar, pero los mayores de 35 años me dicen que cuando ellos estaban en primaria no decían miccionar.
         ¡Ah, su madre! Hay entonces, como en todas partes, gente queriendo cambiar las cosas de la lengua desde arriba o desde la derecha o desde afuera, en lugar de disfrutar lo que viene de adentro. Alguien anda por ahí, también aquí, diciéndoles a los demás, sin sustentación sólida, lo que no deben decir. Gracias a Dios, no todo el mundo obedece. A veces parece más que otras veces que el arbitrario fuera el hablante más que el signo.
         La economía del lenguaje un día hará que no se diga la expresión ¡ah, su madre! completa sino simplemente ¡asu! Algo así ha sucedido en Venezuela con naguará, por ejemplo. Lo fascinante de todo esto es que no importa dónde uno vaya, siempre va a encontrarse con la lengua, y siempre será ella la que le enseñe a uno el rostro el pueblo al que fuere.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLIII / 15 de enero del 2019



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lunes, 7 de enero de 2019

Y parió la abuela [CCXLII]

Edgardo Malaver



Fernando Fernán Gómez en El abuelo, película
basada en la novela de Pérez Galdós



         Vamos en un taxi de noche y mi niña de cinco años conversa en el asiento de atrás con su prima de cuatro. Les llaman la atención las luces, los carros, los peatones; no atiendo mucho lo que dicen porque yo voy viendo los letreros. De repente, mi oído se detiene en la palabra abuelo, que ha dicho una de ellas. Mi niña pregunta: “¿Por qué se dirá abuelo? ¿De donde vendrá esa palabra?”. Se asoma al asiento de adelante y me pregunta: ¿Tú sabes, papi?”.
         La de años que he vivido yo con la intención de verificar mi hipótesis sobre la palabra abuelo. Le digo que abuelo parece provenir de la palabra aramea Abba, que equivale a Padre. “Jesús usa esa palabra cuando habla con Dios, que es su papá”. Además, continúo (simplificando el lenguaje de la gramática), el sufijo -uelo significa ‘pequeño’. Entonces, Abba más -uelo da abuelo. Un abuelo es un padre en menor grado, o sea, con menos responsabilidades, que hace menos trabajo con el niño. Aquí salta ella y dice: “Pero mi abuela tiene bastante trabajo conmigo”. Antes de que ella lo diga, yo me doy cuenta, pero sólo me queda exclamar: “¡Ah! ¡Es verdad!”. El taciturno taxista termina sonriendo. Todos en el taxi nos reímos. “Pero el padre es el que nos ama y nos protege en primer lugar y después, como de regalo, viene el abuelo”. Sé que le ha quedado claro, pero le prometo que al llegar a casa lo investigaré.
         Y resulta que ciertamente esa es una de las hipótesis que existen para explicar el origen de la palabra. Otras lucen más probables, a mi pesar. El profesor José Enrique Gargallo, por ejemplo, explica que en realidad la palabra “original” es aviola, en latín, que equivale a abuela (o más bien abuelita). Resulta muy convincente porque no logra uno imaginarse que los romanos de la antigüedad, los varones, hayan sido tan tiernos y cálidos con sus nietos como deben haberlo sido, en Roma y en todas las épocas y en todas partes, las abuelas. Además, los ciudadanos de Roma —y sus esclavos y sus soldados y sus poetas— no debían ser tan longevos como sus mujeres. De modo que hace miles de años, ante el desapego y la desaparición prematura de los padres, la abuelitud debe haber sido con mucha más frecuencia un rasgo más bien femenino que masculino.
         Gargallo no se detiene mucho a explicar cómo cambió la ve por la be en el salto del latín al español, que es quizá el único de la zona románica que lo escribe así. (En ese detalle, mi hipótesis —que, como acabamos de descubrir, en realidad no pensé yo primero— es más convincente.) Si pensamos en el origen arameo, aunque puede traducirse perfectamente a los demás idiomas (porque en todos los idiomas existen los abuelos), es probable que esta palabra tan lejana en la genealogía lingüística haya influido en el español porque el texto del Evangelio, escrito en griego, la conservó en su forma original y luego lo hizo también la traducción al latín.
         El diccionario de la Academia pone una acepción de abuelo, la cuarta, que me parece encantadora: “Cada uno de los mechoncitos que quedan sueltos en la nuca cuando se atiranta el cabello hacia arriba”. Quedan sueltos, se quedan atrás, quedan solos, como los ancianos cuando todos sus hijos se casan, tienen hijos o se van de su lado. El pueblo también suele ironizar cuando una situación empeora o se intensifica, diciendo: “Éramos pocos y parió la abuela”. Son éstas, y otras que no caben aquí, señales del contenido profundo de una palabra que nos acompaña desde la antigüedad porque palpita en nuestras emociones y en la historia de cada familia. Y precisamente la historia de una familia, de un linaje, de su nombre, puede nombrarse por medio de una palabra que deriva de abuelo. Así que ella misma es una palabra con mucho abolengo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLII / 7 de enero del 2019

lunes, 31 de diciembre de 2018

¿Qué te pasa, viejo año, qué te pasa? [CCXLI]

Ariadna Voulgaris




“¡Madre, cómo son ácidas las uvas de la ausencia!”.
Andrés Eloy Blanco en 1913




         Dentro de unas horas se acaba el año 2018. Algunos vamos a poner música navideña en esas últimas horas del año. Los venezolanos, sobre todo los que vivimos fuera de Venezuela, vamos a recurrir sin duda a la gaita, esa deliciosa música que nos ha regalado la tradición alegre y bullera de los zulianos. Gracias. Con el corazón les doy las gracias. Nadie podrá evitar (ni queriendo) que en algún momento comience a sonar una pieza de Maracaibo 15 que nos arropa siempre y, a pesar de la fiesta, nos hace llorar como si le habláramos a un amigo muy querido que no volveremos a ver. En ese momento sonará: “¿Qué te pasa, viejo año, qué te pasa, / que ya tienes las maletas preparadas? / Dime si es que te han botado de la casa / porque estás viejo, porque no sirves pa nada”.
         La cercanía de la Nochevieja con la Nochebuena hace que todo el que escribe canciones sobre la una escriba también sobre la otra. Primera instancia en que se nos levantan las antenas. Nochebuena, la noche del 24; Nochevieja, la del 31. Ahí está otra. Uno puede decir “24 y 31” el 14 de mayo, el 27 agosto, el 3 de febrero, y todo el mundo va a pensar en diciembre. Pero digo que el tsunami que crea la gaita en Venezuela no se ha calmado aún cuando llega el 31 de diciembre. No ha pasado ni una semana. Los gaiteros no pueden “pelá ese boche”. Además, las emociones (y el cursilismo, pues, sí, está bien, también el cursilismo) están aún palpitantes en los que corren el 24 para llegar a ver a su mamá antes de la medianoche. ¿Cómo no va a ser lo mismo el 31 cuando faltan cinco pa las 12? Conclusión: no será Navidad ya, pero seguimos en la sintonía sentimental y seguimos parrandeando.
         A mí me gusta esa gaita porque desde el principio el autor se dirige al “viejo año” y le habla como si fuera un ser humano que de verdad verdad se va de la casa. Hasta parece sorprenderse: “Dime si es que te han botado de la casa”. Poco le falta para preguntarle: “¿Te hicieron algo?”. Pero no, él, el bardo gaitero, sabe que no es azar, que es inevitable el final, la despedida y la partida: “Ya falta poco para que te vayas, porque ya va a sonar el cañonazo”. Lo que no llegará es el olvido: “Pero no llores, échate un trago, / que yo te recordaré”. Y en la misma estrofa, lo más bello que le pueden decir a uno cuando se va, y si es con un hipérbaton tipo Quevedo, mejor: “por los ratos que de felicidad en tus días yo pasé”.
         Más tarde, como cualquier maracucho que está tomando y gaiteando el 31, emocionado, el parrandero brinda docenas de veces por el año que se va. Y entra en escena la tristeza que se ha estado reservando para los instantes finales de la canción: la sensación de que ambos están en la misma situación: “Pero yo estoy tan triste como tú, / porque no tengo quien me dé un abrazo”. Aquí quería llegar el cantor, no hay duda. Todo lo que ha dicho del año viejo, lo quiere decir de sí mismo. Quien se siente abandonado, quien ya ha hecho sus maletas, quien se está despidiendo es él mismo. Porque, como el año, cada año, todos los años, ya “está viejo”, “no sirve pa nada”. Así se siente mientras consume sus uvas del tiempo.
         Por esa buena razón, como si fuera un trago fondo blanco, finiquita su canción mientras para los demás “todo se convierte en alegría” manifestándole al casi extinto amigo un deseo imposible de realizar nunca jamás: “Levantaré mi copa a tu salud, deseando que regreses algún día”.
         Sí, imposible será que alguna vez regrese este triste año que termina hoy, pero cada Nochevieja es una oportunidad de volver a ver en la memoria imágenes de lo bello que nos sucedió en ese año. A menos que uno prefiera concentrarse en las pesadillas. En mi caso, los lectores de Ritos estaréis esta noche en mi brindis, deseando que, sobre la misma tierra, vuelvan los ratos que de felicidad algún día yo pasé.

ariadnavoulgaris@gmail.com



Año VI / N° CCXLI / 31 de diciembre del 2018




Otros artículos de Ariadna Voulgaris:

lunes, 24 de diciembre de 2018

¿Cuándo no es Pascua en diciembre? [CCXL]

Edgardo Malaver



Olivia Hussey en el papel de la Virgen María
en
Jesús de Nazaret (1977)



         Razón tenía Rainer María Rilke cuando escribió que en la infancia está todo, todo lo valioso que uno tiene. Cuando yo era niño, con frecuencia oía a mi abuela decir, como para reprocharle a alguien que estuviera haciendo lo mismo de siempre, sobre todo si era una mala conducta, “¿Cuándo no es Pascua en diciembre y San Juan el 24?”. Al mismo tiempo, en Semana Santa se hablaba de “la Pascua del Señor”, y en Navidad se nos deseaban “felices Pascuas”, y así, de una temporada a otra, quedábamos todos “contentos como unas pascuas”. ¿Qué tenía esta palabra que parecía adaptarse con tanta facilidad a diferentes situaciones?
         Es tan adaptable, que en Semana Santa es singular y en Navidad es plural. En una va a aparejada con la resurrección de Jesucristo y en la otra, con la “prosperidad” que esperamos para el año siguiente. También parece ser propia para fechas felices, como las del nacimiento de Jesús, y para las tristes, como las de su pasión y muerte. Su presencia entre nosotros también es señal de su versatilidad, pues de la cultura hebrea emigró a la griega y a la latina y a partir del latín se vertió en el español.
         La palabra pascua quiere decir ‘paso’, ‘pasaje’; hay que tener presente que proviene de la palabra hebrea pesaj, que equivale a ‘pasar por alto’, en el sentido de conservar, de no desechar alguna parte de un todo cuando se está renovando algo. El pueblo judío comenzó a celebrar la Pascua después que Moisés lo guio para escapar de la esclavitud en Egipto. Dios le dio a Moisés instrucciones precisas para que cada familia matara un cordero y marcara con la sangre la puerta de su casa la noche en que iban a huir. El espíritu de Dios pasaría esa noche por todo Egipto para exterminar a los primogénitos de cada familia; pero pasaría por alto las casas que tuvieran la marca de la sangre. Naturalmente, las familias egipcias, incluyendo la del faraón, perdieron a todos los varones mayores, contexto que aprovecharon los judíos para huir. Al llegar a la orilla del mar, perseguidos por los ejércitos egipcios, Moisés dividió las aguas y el pueblo logró pasar “sobre suelo seco” hacia la libertad.
         En el Nuevo Testamento, Jesús hace coincidir la Pascua judía con lo que luego, en la cultura occidental, se llamaría Semana Santa. En esa primera Pascua cristiana, se pasa de la antigua alianza de Dios con su pueblo a la nueva alianza en la que el propio Jesús es el nuevo cordero que se sacrifica por el pueblo, que ya no es únicamente el hebreo. En Navidad, como es fácil suponer, el paso es de la era de la oscuridad a la de la salvación. La larguísima espera por el Mesías ha concluido y el Verbo se ha hecho carne. El hombre deja de ser criatura de Dios y pasa a ser su hijo.
         ¿Cómo llega toda esta historia a la lengua? No se sabe en qué fecha nació Jesús, pero fue la celebración romana de un dios que vence cada día sobre la luz y la oscuridad, la fiesta del Sol Invictus, la que le puso fecha a la Navidad, la fiesta del nacimiento de un hombre que habría de dominar sobre la vida y la muerte. Tal como se suceden el sol y la noche, como se alternan la luz del nacimiento y la sombra del sepulcro, llega también la Pascua una vez y otra vez y otra vez. Y así, la música, la mesa, la atmósfera, hasta las emociones, nos insinúan que ha llegado diciembre... ¿y cuándo no es Pascua en diciembre?

¡Para todos... feliz Navidad!

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Año VI / N° CCXL / 24 de diciembre del 2018



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