domingo, 5 de julio de 2026

5 de Julio: La Guaira ya no es lejos

Edgardo Malaver Lárez

 

 

La Guaira, entre la vuelta de Pérez Bonalde
y la de Teresa de la Parra. Foto: H. Tschira

 

 

 

         Hoy La Guaira ya no es lejos. Pero hoy, que tendría que ser un día de fiesta, como lo era el 24 de junio, no hay palabras. Las hay, pero aún no es tiempo. Hoy no tengo, no tenemos garganta suficiente. Hay, sin embargo, voces que endulzan la playa en que hoy lloran las madres venezolanas... donde hoy lloramos todos. Oigámoslas a ellas:

 

         La más reciente, como buscando el mar, suena en “Radici” (2021), de Gina Saraceni:

 

Como planta

que busca la luz

y se tuerce hacia ella,

la casa huye hacia el mar,

atraviesa mesetas,

sabanas, montes,

llega a la playa,

a las olas que retumban

con las aves del verano,

a la vida de un pez

que ensancha el mundo,

a la raíz del padre

que se llama Adriático:

así el mar,

así la casa.

 

         Está la voz dominicana de Juan Bosch, amigo de Venezuela, en “La muchacha de La Guaira” (1955):

 

Desde la ventana junto a la cual estaba sentado podía volver la vista hacia el puerto y ver allá abajo su barco, a la luz de la luna, casi perdido entre muchos más, con los amarillos mástiles brillando y la blanca línea en lo alto de las chimeneas. Enclavada entre el mar y los Andes, La Guaira apenas tendrá unos veinte metros de tierra plana natural, y desde el mar la ciudad se ve como un hacinamiento de pequeñas casas blancas trepadas una sobre la otra, destacándose sobre el fondo rojo de la montaña. El Caribe espejeaba bajo la luna, hasta perderse en una lejana línea de verde azul tan claro como el cielo de esa noche. Hans Sandhurst, que de sus cuarenta años había pasado casi diez, intermitentemente, viviendo entre Cartagena, Panamá y Jamaica, amaba ese mar, tan inestable y, sin embargo, tan cargado de vitalidad.

 

         La de “La balandra Isabel llegó esta tarde” (1934), que es la de Guillermo Meneses, tan enamorado de La Guaira:

 

Una calle, acostada al pie del caserío guaireño, blanquea en la primera oscuridad de la noche. Serenamente se mueve la masa de las aguas, verde aún por una vaga vibración luminosa, haciendo sus ruidos bajo las maderas del atracadero. En los postes sostenedores se forman espumas y por las barbas verdes de las algas caen luego gruesas gotas del agua mansa.

El palo mayor de la balandra «Isabel» marca sobre el cielo el tardo vaivén del puerto adormilándose en la penumbra del atardecer.

Un marinero, cansado y alegre, se apoya en la barandilla mohosa, rota por las olas y silba una canción que oyó hace mucho tiempo. [...]

Al fin, dejó las calles de cemento cercanas al muelle, llenas de ruido y de gentes, y comenzó a subir la calleja empinada sobre el cerro, metida entre las casas severas, altas, mudas, de La Guaira vieja.

Ahora, al doblar el recodo más oscuro, en redor de la casa más severa, más muda y más alta, la calle cambia de carácter, se hace casi camino, y entra en el barrio pobre de las prostitutas.

Un poco más allá no hay casas por el lado del mar. Por eso «El Cuerno de la Abundancia», botiquín del negrito José la Trinidá, está siempre lleno de las brisas del mar, que se ve cercano, frente a frente.

Al borde del barranco sostiene su equilibrio una gran piedra negra. Segundo se sentó en esa piedra, y abrió los brazos por recibir la brisa fresca sobre el cuerpo sudado.

 

         La voz tersa voz de Teresa de la Parra, la más suave de todas, en Ifigenia (1924):

 

Me desperté al día siguiente cuando el vapor arrancaba a andar para atracar en el muelle. La alegría de la mañana parecía entrar a raudales dentro de un rayito de sol, que se quebraba en el cristal del ventanillo e inundaba de reflejos todo mi camarote. No bien abrí los ojos lo miré un instante y como si al deslumbrarme las pupilas, hubiese desvanecido también en mi alma todas las melancolías de la víspera, alegre, con la alegría solar de la mañana y con la curiosidad de los paisajes nuevos, corrí a asomarme al ojo del ventanillo. Al lento caminar del vapor el panorama se deslizaba por él muy suavemente. Había oído ponderar muchas veces la fealdad del pueblo de La Guaira. Dada esta predisposición, su vista me sorprendió agradablemente aquella mañana, como sorprende la sonrisa en un rostro que creíamos desconocido y que resulta ser el de un amigo de la infancia. Ante mis ojos, Cristina, justo a orillas del mar se alzaba bruscamente una gran montaña amarilla y estéril, pero florecida de casitas de todos los colores, que parecían trepar y escalonarse por los ribazos y las rocas con la audacia pastoril de un rebaño de cabras. La vegetación surgía a veces como un capricho entre aquellas casitas que sabían colgarse tan atrevidamente sobre los barrancos y que tenían la ingenuidad y la inverosímil apariencia de aquellas otras cabañitas de cartón con que sembraban las Madres por Navidad el nacimiento del Colegio. Su vista despertó en mi alma el inocente regocijo de los villancicos que anunciaban todos los años la alegría sonora de las vacaciones pascuales. Pensé con gran placer en que ahora también iba a abandonar la monotonía de a bordo por la fresca sombra de los árboles y por el libre corretear sobre la tierra firme. Sentí de pronto la curiosidad inmensa y feliz de aquel a quien esperan grandes sorpresas, y mientras que del lado de afuera, entre chirriar de grúas y de poleas se iniciaba el trabajo bullicioso del desembarque, yo, dentro de mi camarote, ávida de estar también sobre cubierta comencé a arreglarme y a vestirme febrilmente.

 

         Y finalmente, la voz más febril y romántica, la de Juan Antonio Pérez Bonalde, en “Vuelta a la patria” (1875):

 

Ya la vista columbra

las riberas bordadas de palmares

y una brisa cargada con la esencia

de violetas silvestres y azahares,

en mi memoria alumbra

el recuerdo feliz de mi inocencia,

cuando pobre de años y pesares,

y rico de ilusiones y alegría,

bajo las palmas retozar solía

oyendo el arrullar de las palomas,

bebiendo luz y respirando aromas.

Hay algo en esos rayos brilladores

que juegan por la atmósfera azulada,

que me habla de ternuras y de amores

de una dicha pasada,

y el viento al suspirar entre las cuerdas,

parece que me dice: «¿No te acuerdas?».

Ese cielo, ese mar, esos cocales,

ese monte que dora

el sol de las regiones tropicales...

¡Luz, luz al fin! Los reconozco ahora:

son ellos, son los mismos de mi infancia,

y esas playas que al sol del mediodía

brillan a la distancia,

¡oh, inefable alegría,

son las riberas de la patria mía!

Ya muerde el fondo de la mar hirviente

del ancla el férreo diente;

ya se acercan los botes desplegando

al aire puro y blando

la enseña tricolor del pueblo mío.

¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga,

o se adueña de mi alma el desvarío!

Llevado en alas de mi ardiente anhelo,

me lanzo presuroso al barquichuelo

que a las riberas del hogar me invita.

Todo es grata armonía; los suspiros

de la onda de zafir que el remo agita;

de las marinas aves

los caprichosos giros;

y las notas suaves,

y el timbre lisonjero,

y la magia que toma

hasta en labios del tosco marinero,

el dulce son de mi nativo idioma.

 

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXVII / 5 de julio del 2026

DÍA DE LA INDEPENDENCIA

 

 

 

 

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