lunes, 27 de enero de 2020

La ñapa de Isabel Allende [CCLXXXVIII]

Edgardo Malaver



Arepas venezolanas servidas
en una mesa inglesa (foto: Y. Díaz)


         Tanto ruido que hacen los venezolanos con las cosas que son únicamente venezolanas y resulta que, aunque esas cosas existen, apenas uno llega a Cúcuta, por ejemplo, descubre que no son tantas. Con las palabras, por lo menos, sucede así.
         Uno crece oyendo de los adultos que las arepas y la palabra arepa sólo existen porque antes existieron los venezolanos y sólo ellos, que las parieron, las conocen porque sólo dentro del impoluto territorio lingüístico de Venezuela se comen arepas y se usa esa palabra. Pero no es así. A uno lo convencen de que el adjetivo chévere tiene cédula de identidad venezolana y apenas pone el pie en España, sabe que no. A uno le parece lógico que la palabra ñapa sea venezolana, y un día de enero comienza a leer un libro de Isabel Allende y, ¡pun!, se da en la cara con el inesperado regalo.
         En el cuento “Dos palabras”, que viene en el libro Cuentos de Eva Luna (1989), la protagonista, Belisa Crepusculario, escribe cartas por encargo y sus palabras terminan siendo mágicas: enamoran, derrotan, ofenden, endulzan, resuelven problemas, deshacen hechizos, alcanzan justicia. Y regala una “palabra secreta”, de uso exclusivo del cliente, por cada cincuenta centavos que éste paga. Un día, un despiadado caudillo rural la contrata para que le escriba un discurso porque quiere ser candidato presidencial. Cuando el Coronel le pregunta cuánto le debe, ella le responde que un peso. “Además”, agrega, “tienes derecho a una ñapa. Te corresponden dos palabras secretas”. Yo estaba disfrutando la lectura, pero a partir de esta línea en la página 21, seguí leyendo por la sola ilusión de saber las dos palabras que le habían tocado a aquel hombre sin sensibilidad alguna.
         ¿Dónde aprendió Isabel Allende la palabra ñapa? ¿En la sala de su casa cuando era niña, en el mercado de adolescente o en Caracas cuando era periodista de El Nacional?
         Puede haber sido en cualquier lugar de América, en realidad. El diccionario dice que se usa en Argentina, Uruguay, Ecuador, Colombia, México, las Antillas y Venezuela. No menciona a Chile, pero el cuento tampoco. Y no hacía falta, porque Belisa procede de un pueblo lánguido del que huye para no morir de hambre, de modo que el personaje podía haber nacido en cualquier lugar de la América de habla española. Lo que sí importa es la palabra misma, su significado, que está extendido (y quien no lo conozca puede deducirlo de lo que dice Belisa), y su presencia en el habla cotidiana y en la literatura.
         También dice el diccionario que ñapa deriva de la palabra quechua yapa, que es, por cierto, como dicen en Perú. Me cuesta aceptarlo, algo dentro de mí se resiste, pero no tengo derecho a contradecir a quienes sí lo han investigado. Y entonces encuentro en el Libro raro (1912) de Gonzalo Picón Febres una insinuación:

En Venezuela nadie entiende como ñapa sino lo que los pulperos y bodegoneros dan como gracia o propina a los sirvientes por las compras que les hacen. En Canarias, yapa es adehala, y le dicen también ñapa. Don Zorobabel Rodríguez y don Rufino José Cuervo suponen a yapa proveniente del quechua yapaña, que significa añadidura.

Aunque la Academia pareciera confiar en Rodríguez y Cuervo, no deja de latirme en el oído que también se usa en Canarias. Y yo siento en ñapa un lejano sabor africano. ¿Los canarios aprendieron esa palabra aquí entre los incas, o la trajeron de Tenerife?
         La ñapa que le tocó al Coronel de Isabel Allende lo desorientó tanto, que sus hombres lo creyeron víctima de un embrujo. Viendo que ya no era el mismo que antes, su edecán le pide que le diga las palabras que lo atormentaban, “a ver si perdían su poder”. Y él le contesta: “No te las diré, son sólo mías”.
         Uno puede creer, como el personaje de Isabel Allende, que las palabras son sólo de uno. Y sí lo son, pero también son de los demás, que, por esa razón, porque usan las mismas palabras, son los mismos que nosotros.

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Año VII / N° CCLXXXVIII / 27 de enero del 2020



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lunes, 13 de enero de 2020

Un Bello colombiano (II) [CCLXXXVII]

Edgardo Malaver


 
Platón reunido con sus discípulos en la academia
(mosaico del siglo I)


[He aquí el segundo capítulo, para celebrar el Día del Maestro]
         ¡Los adversarios políticos! En la serie, de joven no tanto, pero de adulto, durante la guerra, en los debates parlamentarios, en las proclamas, Bolívar termina convenciendo a muchos que se le oponen por la fuerza de sus palabras, tanto como por la autoridad que detenta pero que, a fin de cuentas, está fundada en palabras. ¿Y quién ha desplegado mayor habilidad epistolar para reunir a su favor las circunstancias y los pareceres? El mérito de este triunfo, o de este método para llegar a él, es de Bello. También de Rodríguez.
         ¡Y las mujeres! La destreza de Bolívar con las mujeres no puede ser únicamente producto de su inspiración, de su belleza física, ¡de su dinero! Las cosas que parece que les decía tienen que haber sido fruto de sus lecturas literarias, de la reflexión sobre la naturaleza humana y, otra vez, sobre la fuerza de las palabras para mover las emociones a favor o en contra de una u otra razón. ¿Y quién inició a Bolívar en tales lecturas, en tales reflexiones, en tales prácticas? No puede haber sido Bello el único, pero sí tiene que haber sido el más poeta de sus maestros.
         Ustedes recuerdan, ¿verdad?, lo que hizo Albert Camus al oír la noticia de que se le había concedido el Premio Nóbel de Literatura en 1957. Le escribió una carta a su maestro de literatura de la escuela primaria y le atribuye a él todo lo que ha conseguido en ese camino iniciado con él. Bolívar le escribió esa carta a Rodríguez, pero sin duda también Bello la merecía. En la serie, Rodríguez vuelve a encontrar a Bolívar en París y ya no parece corregirlo ni darle más consejos. Bello, al contrario, nunca vuelve a verlo después de 1810, y no se despidieron en santa paz, porque Bello no aprobaba el proceder sinuoso de su pupilo. Sólo cuando este entra en cintura deja de ser un señorito malcriado y se convierte en un estadista, cosa que también era Bello.
         En el fondo de todo esto, entonces, está Bello. Y está Simón Rodríguez, y está el marqués de Ustáriz y el marqués del Toro, está incluso el tirano Bonaparte, pero Bello está en el origen, los demás vinieron después.
         El aniversario de Bello —y ahora el Día del Maestro— es importante por la misión de los maestros en el presente. ¿Es misión de un maestro enseñar a leer y a sumar a un niño? ¿Tiene un maestro que ocuparse de enseñar las capitales de los países y los números en inglés? Sí, pero ¿no es eso demasiado simple para un personaje tan importante en la formación de un niño? La misión tiene que ser superior a eso. Si no me propongo moldear un Simón Bolívar de cada niño, soy un triste maestro. [No vayan a creer los postmodernos sabelotodos que estoy diciendo que hay que educar líderes, porque no se trata y no se ha tratado nunca de eso... como no se trata tampoco del acento que le ponen a un personaje real en una película de época.]
         La polis ideal de Platón debía ser gobernada por “hombres de oro”, los espíritus más luminosos de la ciudad, pero la educación —la paideia, para decirlo con la palabra más precisa— tenía que velar por el crecimiento honroso de estos individuos, porque aun siendo de oro el espíritu puede desviarse en ausencia de educación. Y los efectos de la paideia sobre cada individuo incrementa exponencialmente los efectos sobre la sociedad. Con esa visión parece haber edificado Bello el monumento de su obra.
         Al final, ni la guerra, que es el hábitat de Bolívar, ni la universidad, que es el de Bello, pueden hacerse sin palabras y sin conocimientos. Al final, hayan sido de donde hayan sido nuestros maestros, hayan hablado con el acento que hayan hablado, lo que nos quedan son sus ideas, sus metáforas, sus palabras. Al final, es eso lo que podemos recuperar de su paso por la historia, que es nuestra propia historia: palabras, pero no son sólo palabras, porque ellas han tenido vida, y la vida está por encima de los hechos y de la historia.

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Año VII / N° CCLXXXVII / 13 de enero del 2020




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lunes, 6 de enero de 2020

Ni tres ni reyes ni magos [CCLXXXVI]

Ariadna Voulgaris


Según san Agustín, para seguirle el ritmo a la estrella de Belén
los Reyes Magos necesitaban dromedarios



         Envalentonada por los comentarios de mis amigos de Venezuela sobre mi artículo acerca de la Navidad (más de la mitad firmados por mi amiga Alejandra), me voy a atrever a escribir ahora sobre la Epifanía, es decir, la llegada de los magos de Oriente. Aquí entre nos, había querido hacerlo desde que el director publicó “El primero que cayó por inocente” (Ritos LXXXVIII) hace poquitico más de cuatro años, pero él se refería al muérgano del rey Herodes, que es el malo de esta película, y yo quiero hablar de los buenos muchachos que llamamos Reyes Magos. Y ese es mi punto: que no eran magos, mucho menos reyes y ni siquiera deben haber sido tres.
         Esta vez le toca al compañero san Mateo echarnos el cuento. Así como, por causa de una sola palabra de san Lucas, durante la historia se ha entendido que la Santísima Virgen dio a luz a la intemperie, en el caso de los Reyes Magos siempre se ha concebido que son tres debido a que ese fue el número de regalos que le trajeron al “rey de los judíos”, cuya estrella “habían visto” (Mateo 2, 2). Pero no hay evidencia ninguna en el evangelio de que fueran tres, siete ni doce, quién sabe si eran cuarenta. Solo podemos estar ciertos, por el plural magos, de que eran más de uno.
         Tampoco dice en ninguna parte que sean reyes. Según el historiador italiano Franco Cardini, el primero que llamó reyes a estos personajes fue Tertuliano (155-220 después de Cristo) al descubrir un pasaje en los Salmos en que David afirmaba que el Mesías, de niño, sería visitado por soberanos gentiles. Y fue nada menos que san Agustín de Hipona (354-430 después de Cristo) quien calculó que para llegar de Oriente a Belén en el tiempo que debe haber estado aquella estrella guía en el firmamento, tenían que haber viajado en dromedarios africanos, más que en camellos, que son más lentos.
         Lo que sí dice san Mateo es que eran magos. Sin embargo, no se puede interpretar esta palabra hoy de la misma manera que se entendía en el siglo I. El número tres y la noción de rey no han cambiado gran cosa en este suspiro de ángel que ha transcurrido desde que nació Jesús, pero no es lo mismo con la palabra mago. En aquel tiempo, un mago era una suerte de científico que estudiaba los astros y la matemática de la historia. Bastante imprecisa que era aquella “ciencia”, que ya se llamaba astrología, pero era lo más avanzado que existía. Aquellos “astrólogos” tenían la disciplina de un científico profesional (razón por la cual eran capaces de predecir acontecimientos, no por ser adivinos ni charlatanes) y bien lejos que estaban de parecer siquiera autores de horóscopos semanales, prestidigitadores que sacan palomas blancas de sombreros negros o personajes misteriosos que desaparecen edificios detrás de grandes cortinas de seda. Ni siquiera eran lo que en la Edad Media perseguía la Inquisición por tener relaciones (incluso sexuales) con el demonio. Ni el doctor Bombay, el amigo de Samantha Stevens, que tenía el poder de aparecer y desaparecer en el tiempo y el espacio, calificaría como mago si lo paráramos al lado de Melchor, Gaspar y Baltazar.
         Como consecuente, a pesar de lo muy poco que sabemos de los Reyes Magos, son unos personajes imprescindibles en el cristianismo. Representan al mundo pagano que viene a honrar a Cristo, a la ciencia que saluda a su hermana la fe, a la historia que se reinicia ese día: son el pasado, el presente y el futuro e incluso se les representa como uno anciano, uno joven y uno de mediana edad. Y son las razas de la tierra (se pinta a uno europeo, uno africano y uno asiático) que se juntan alrededor de un niño venido del cielo. Eso, primero eso, es lo importante... cultural, religiosa e históricamente.

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Año VII / N° CCLXXXVI / 6 de enero del 2020




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lunes, 30 de diciembre de 2019

Vivo con mi mamá, cocino sabroso y escribo bonito [CCLXXXV]

Laura Jaramillo


 
Jeroglíficos en el templo de Ramsés III (siglo XII antes
de Cristo), Egipto (foto: J.D. Dallet)


         No es que esté buscando marido y me esté autopromocionando, lo que pasa es que recordé a Charly Mata, personaje de los años 50 o 60, con un afro, bigotes al estilo Oscar D’León en sus inicios y zapatos de plataforma, que siempre salía con su go-go dance. Este personaje aparecía en un programa de mi época, y sé que de la época de muchos también: Radio Rochela. Este programa, con un excelente e inteligente humor, reflejaba a la sociedad venezolana desde varios puntos de vista: cultural, social, político, económico, etc. Pero no voy a hablar de Charly, quiero hablar de su letra bonita, porque él tenía una máxima: “Vivo con mi mamá, cocino unos espaguetis ricos y tengo la letra bonita”.
         Cuando yo daba clases, peleaba con los estudiantes... bueno, primero con la hoja de examen, y luego con ellos, porque tenían una pésima, horrible, escalofriante letra. Siempre les decía que yo estudié traducción, no paleografía, así que los jeroglíficos no eran lo mío.
         A pesar de haber luchado mucho con estos insignes personajes que decidieron afortunadamente salir del oscurantismo en el que estaban inmersos en sus respectivos liceos al ponerse a estudiar una carrera universitaria, no todos lograron, al menos conmigo, la titánica labor de ‘acomodar la letra’. Básicamente, por dos razones. Unos me decían que se les hacía difícil mejorar lo chueco, por una cuestión de costumbre, lo cual es comprensible. Es como un vicio; sabes que está mal pero lo sigues haciendo, y salir de allí es muy complicado. Otros me decían que no veían la necesidad de mejorar la letra porque vivimos con las manos metidas, no en la masa, sino en el teclado, es decir, la tecnología todo lo resolvía. Quisiera ver a esos estudiantes por un güequito llenando un cheque.
         Recuerdo una vez que un cliente me contactó para que le realizara una corrección. Le dije que sí pero que mi computadora estaba donde el técnico. Afortunadamente al cliente no le importó e imprimió el documento. Mi trabajo lo realicé 100 por ciento a mano. Allí recordé todos los ejercicios de caligrafía que hice en la escuela.
         Pues les cuento que según un estudio de por allá del norte, “cuando los niños escriben a mano se activan tres áreas del cerebro (…) las mismas que se activan cuando los adultos leen y escriben. Lo curioso es que ninguna se activa cuando los menores escriben a través de un teclado. La explicación más inmediata es que el cerebro recibe más estímulos cuando se escribe que cuando se teclea”.
         No puedo negar que la computadora es muy útil, pero no podemos darle el poder de embobarnos, de embrutecernos. ¿Qué hicieron cuando no había luz? Yo jugué dominó. Además, no se debe confiar en el corrector de Word, que no distingue entre ortografía y semántica.
         No tengan miedo de escribir bonito, o sea, de tener la letra bonita, porque la caligrafía es un arte, y como tal debe ser objeto de admiración y no de terror.

laurajaramilloreal@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXV / 30 de diciembre del 2019




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miércoles, 25 de diciembre de 2019

Toda la Navidad en una sola palabra [CCLXXXIV]

Ariadna Voulgaris




Maia Morgenstein y Jim Caviezel como María y Jesús
en
La pasión de Cristo (2004), de Mel Gibson




         Como recordarán, Jesucristo nació en una familia pobre en un pueblo pequeñito, nunca tuvo, según sus propias palabras, “donde reclinar la cabeza” y murió tan pobre que sus amigos salieron corriendo. Solo su madre lo acompañó de principio a fin y lo hace con tanto silencio que a veces parece más una presencia espiritual... pero ha quedado claro que en esa familia todos eran así.
         Este diciembre, se me metió a mí en el cuerpo el espíritu de la osadía y me sentí ya con la confianza suficiente, después de cinco años viviendo en Grecia, para leer el relato del nacimiento de Jesús en su lengua original. Mi abuelo me contaba esa historia en griego, pero yo nunca la había leído sino en español.
         Sé desde siempre que hay que comenzar con el Evangelio según san Lucas. Paso la prueba del primer capítulo, y en el segundo vuelvo a ver la escena en que María recuesta a Jesús en el pesebre; es allí donde mi imaginación sufre un ataque del espacio exterior. Toda la vida hemos sabido que José y María no encontraban dónde hospedarse en Belén y por eso ella tuvo que parir casi al aire libre, en mitad de la noche, rodeada de animales y contando apenas con la ayuda de un carpintero (su marido, está bien, pero no tenía experiencia en partos nocturnos). Pero esta mi primera lectura me disloca con una palabra en el versículo 7. Allí el hermano Lucas dice:

καὶ ἔτεκεν τὸν υἱὸν αὐτῆς τὸν πρωτότοκον, καὶ ἐσπαργάνωσεν αὐτὸν καὶ ἀνέκλινεν αὐτὸν ἐν φάτνῃ, διότι οὐκ ἦν αὐτοῖς τόπος ἐν τῷ καταλύματι.

         ¡Katalýmati! ¿Habitación? ¿Cuarto de huéspedes? ¿Cuál habitación? ¿Cuál cuarto de huéspedes, si los pobres no encontraban dónde pasar la noche cuando llegaron a Belén? Nadie los recibía. Todo estaba lleno porque mucha gente estaba llegando a la ciudad para censarse. La traducción más inofensiva al español dice más o menos así: “Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo recostó en un pesebre, pues no había lugar para ellos en la posada”. ¡Posada! Me imagino que es a partir de esta palabra que hemos entendido a lo largo de la historia que los tres visitantes de Nazaret andaban por ahí dando tumbos y que nadie se condolía de ellos. Pero si el original decía καταλύματι, como acabo de descubrir, queda implícito que estaban hospedados en una casa, solo que no podían estar en el espacio donde habitaba la gente y, por tanto, tuvieron que irse al lugar donde estaba el pesebre: ¿el establo? ¿Tenían establo?
         Un artículo de Fernando Renau que me encuentro menciona varios detalles de la cultura hebrea que permiten sacarle información a este versículo. Uno de esos detalles es que José era de Belén (razón por la cual tenía que censarse allí), y por eso debía tener parientes en la ciudad. Es lógico pensar que hubiera podido llegar a casa de un primo, de una tía abuela, de un hermano menor. Otro dato importantísimo es que se consideraba que la mujer parturienta quedaba “impura” durante semanas, razón por la cual habría sido harto extraño e irregular que María pudiera convivir con los familiares de su marido después del parto e incluso durante el parto.
         Leí también un agudo artículo de un testigo de Jehová (que no pone su nombre) que da una importancia enorme a la hospitalidad judía de la época y aun de la actualidad. Argumenta que es poco probable que siendo de Belén, un descendiente de David fuera a ser rechazado si volvía a casa de sus parientes y vecinos, y muchísimo más si venía con una esposa a punto de parir.
         Estos dos artículos y otros terminan descartando que Lucas haya querido decir posada y que se refiera a lo que hoy llamaríamos una instalación turístico-hotelera. Debe haber pensado en una habitación, una sala común, una estancia, un cuarto de invitados. De hecho, explican que el propio san Lucas y además san Marcos, cuando narran el episodio en que Jesús manda preparar la Última Cena y pide que vayan a preguntar en la ciudad “dónde está la estancia donde ha de celebrar la Pascua con sus discípulos”, utilizan también la palabra καταλύματι, y en ninguno de los dos casos se ha traducido como posada.
         Aunque no estoy dando todas las evidencias (porque no soy especialista en este asunto), parece que Jesús nació en la casa de algún pariente de José (Dios le eligió un buen padre humano a su hijo), aunque no haya sido en la habitación más cómoda, ni siquiera propiamente dentro de la casa. Y con respecto a la palabra casa, me deslumbra y me contenta la solución que descubro en la llamada Biblia Latinoamericana, de 1995: “...pues no había lugar para ellos en la sala principal de la casa”.
         Aparece casa también, en español, en la historia del amigo san Mateo cuando cuenta la primera visita oficial que recibió Jesús como profeta, sacerdote y rey: la de los Reyes Magos. Dice: “...y al entrar en la casa, encontraron al niño con María, su madre...” (Mateo 2, 11). En griego veo la palabra οἰκίαν, la responsable de nuestra economía.
         ¿Desde cuándo existe esa confusión, si es que lo es? Quiero dejar a los profesionales de la lengua dilucidar si es un error de traducción, de transcripción, de interpretación o simplemente que el pueblo se lo imaginó todo torcido (porque no sabía leer, porque no conocía la cultura hebrea, porque todo el fenómeno Jesús le parecía un cuento fantástico, no soy yo quien lo sabe con certeza). También puede haber sido la traducción al latín:

et peperit filium suum primogenitum; et pannis eum involvit et reclinavit eum in praesepio, quia non erat eis locus in deversorio.

De latín sí que no sé casi nada, pero el mejor diccionario que encuentro en Internet me dice que deversorio equivale a hotel.
         Si nos ponemos dicotómicos entre católicos y protestantes, la traducción de Vatican.va dice albergue y la Reina-Valera dice mesón. Y si nos fijamos solo en los idiomas, la Nouvelle Edition de Genève en francés pone l’hôtellerie; el traductor de la Bibbia della Gioia italiana elige locanda del villaggio; la King James Version inglesa propone inn.
         Quién sabe si hay que tomar la actitud de la Santísima Virgen: “guardar todas estas cosas para meditarlas en nuestro corazón” (el segundo capítulo de Lucas es particularmente rico, ¿no?). Es que a Dios en realidad le importa más otra cosa. Y a nosotros puede ser que nos importen más las palabras que la presencia espiritual que exudan; que nos importen más las historias como literatura que como vida; la Navidad más como fiesta que como fe. Y la Navidad no puede depender de una sola palabra. ¿Habrase visto pobreza más pobre que esa?

ariadnavoulgaris@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXIV / 25 de diciembre del 2019




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lunes, 23 de diciembre de 2019

Soldada y botín [CCLXXXIII]

Luis Roberts


Corona de Adviento: cada vela, un domingo



         Otra palabra derivada de soldada es soldadesca, que, entre otras cosas, significa ‘tropa indisciplinada’. Y si la soldadesca se indisciplina por la falta o insuficiencia de la soldada, la única forma de calmarla es con el botín. Y no me refiero a la bota de caña corta, sino a sus otras acepciones: 1. despojo que se concedía a los soldados, como premio de conquista, en el campo o plaza enemigas. 3. Beneficio que se obtiene de un robo, atraco o estafa.
         La práctica de repartir el botín con la tropa ya era habitual en Roma, pero en la Edad Media, los reyes y señores feudales cuya única forma de incrementar su riqueza era apoderase de las tierras del vecino, no tenían suficiente tropa y llamaban a filas a sus campesinos con la promesa de disfrutar de un opíparo botín, es decir, lo que sería un bono en nuestros términos salariales actuales. En la historia hay famosos botines producto de famosos saqueos. Recordemos que en la cuarta Cruzada, las naves venecianas se dirigían a liberar Tierra Santa, pero ante las noticias de que el botín que les esperaba era menguado y su soldada escasa, decidieron desviar el rumbo y atacar, invadir y saquear Constantinopla, robando, violando, y pasando a cuchillo a cuanto buen cristiano se les ponía por delante, pero, claro, como eran ortodoxos, es decir, de otro club, había indulgencias. Gran parte de los tesoros artísticos que hoy se contemplan en Venecia son procedentes de ese enorme saqueo.
         El otro saqueo más famoso fue el llamado Saco de Roma en 1527. Las tropas del cristianísimo emperador Carlos I de España y V de Alemania, se amotinaron tras ganar una batalla en el norte de Italia y no recibir su soldada y decidieron bajar hasta Roma, porque allí sí que había de donde agarrar y como el papa Clemente VII era enemigo del Emperador, pues si no indulgencia, sí justificación política, que viene a ser lo mismo. Soldados españoles, alemanes, holandeses y hasta italianos, pasaron a cuchillo a la Guardia Suiza y a todos los defensores de Roma y del Vaticano y el propio papa se escapó por los pelos encerrándose en el castillo de Sant’Angelo. Vaticano, San Pedro, iglesias, excepto las españolas, palacios, todo fue saqueado.
         Según viajeros y periodistas, algunos países de África sumidos en la pobreza y el caos están padeciendo esta peste resucitada del botín, en sus dos acepciones antes apuntadas, como medio de pago a sus fuerzas de orden público, ante la imposibilidad de remunerarles con una soldada decente. Algunos incluso dicen que en algún país de Latinoamérica, con igual pobreza, caos y anomia, sucede lo mismo. ¡Válgame Dios! Robos de celulares en la calle a plena luz del día, extorsiones mafiosas a comerciantes, pago de “peajes” en alcabalas de calles y carreteras, requisa de mercancía en autobuses en las carreteras, robo de camiones que transportan alimentos, “incautación” de divisas y de moneda nacional, si la hubiere, directamente de las billeteras, supuestas infracciones de tráfico que han de pagarse en divisas o en una noche en la playa en su defecto, si la infractora lo merece, secuestros, asesinatos por encargo o por “vendetta”, etc., etc.
         Cuando las fuerzas de orden público son la mayor causa de zozobra y miedo de la ciudadanía, no solo la anomia de un país ha llegado a su punto álgido sino que las esperanzas de recuperación social y moral se ven difíciles, complejas y a muy largo plazo. Ojalá no ocurra nunca esto en nuestro país y, puesto que estamos en pleno Adviento: ¡Dios nos coja confesados!

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Año VII / N° CCLXXXIII / 23 de diciembre del 2019




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lunes, 16 de diciembre de 2019

Soldada [CCLXXXII]

Luis Roberts


Santa María, Isla de Sal, Cabo Verde [Foto: P. Hauser]



         Todas las armas para combatir la injusticia histórica de la discriminación y cosificación de la mujer, son válidas, legítimas y justificadas. Todas menos, entre otras, aplicar criterios de hoy a personajes del pasado, culpabilizar al hombre por el hecho de serlo, y, querer enmendar los yerros históricos cambiando la lengua y su gramática. La lengua cambia sola, la cambiamos, poco a poco y sin descanso, respetemos su tempo y sus reglas.
         Si hay algo ridículo y risible a veces, en este terreno, es el llamado lenguaje inclusivo, la duplicación, utilizado de manera oportunista por los políticos en general. Venezolanos y venezolanas, alcaldes y alcaldesas, diputados y diputadas, etc. Atenta al principio de la economía del lenguaje y entra dentro de lo risible que señalábamos antes.
         Hay que tener en cuenta que el masculino abarcador no es resultado de una sociedad patriarcal. El académico de la RAE Álex Grijelmo, en su libro recién publicado, Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus), dice:

En el indoeuropeo, que es la madre de la mayoría de las lenguas de nuestro entorno, había un género para señalar a las personas (lo animado) y otro para señalar lo inanimado. El primero servía para nombrar a personas de cualquier sexo. Pero hace miles de años nació el género femenino por la necesidad de nombrar a las mujeres ante el papel primordial que adquirieron en las familias. Se crean así los géneros y el que valía antes para todos se desdobló como masculino sin perder su función inclusiva original. El problema viene de la Grecia clásica, cuando se empezó a reflexionar sobre el lenguaje y se habló de género masculino, en vez de hablar de un género de lo animado. Si se hubiera hecho así, entenderíamos hoy por qué hay un género que sirve para todas las personas y uno para las mujeres.

         La palabra señora no existía en el castellano hasta bien entrada la Edad Media, existía señor, pero no señora. Hoy, y desde no hace mucho tiempo, ya no sólo nos es familiar, sino que lo hemos incorporado al lenguaje tanto culto como coloquial, la presidenta, la jueza, la ingeniera, la abogada; la policía ya nos crea cierta ambigüedad.
         Esto viene a cuento de que hace poco oí la palabra soldada aplicada a la mujer que forma parte del ejército en su grado más bajo. Ya tenemos digerido, más o menos, generala, coronela, capitana, pero va a costar algo más asumir lo de comandanta, tenienta, alfereza, caba, y lo de soldada va a ser mucho más duro, debido a sus distintas acepciones, no ya verbales, de soldar, sino sustantivas. Soldada es sueldo, salario o estipendio, así como el haber del soldado, la paga. Su origen está en el latín, solidus, que era la moneda de oro que acuñó el emperador Constantino, el sólido.
         En la antigua Roma, la paga del soldado consistía en saquitos de sal, de ahí la palabra salario. Hasta la conquista colonial de África en muchos países de ese continente el instrumento de pago también era la sal, único remedio para combatir la deshidratación en las tórridas sabanas.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXII / 16 de diciembre del 2019



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