lunes, 30 de marzo de 2020

Los chinos y el virus chino [CCXCVII]

Edgardo Malaver
 
 
 
Los inventos chinos parecen los más sencillos...
y los más bellos
 
 
 
         Siempre compadezco a los muchachos que estudian bachillerato en China. Tienen que estudiar lo mismo que tenemos que estudiar los demás, pero con profesores que les exigen una disciplina mayor —es la reputación de los maestros de aquel lado del mundo— y, además, con clases de historia nacional que abarcan más de 5.000 años. En Venezuela, es poco lo que hay que estudiar antes de la llegada de Cristóbal Colón. Y de Colón en adelante, acabamos de pasar los 500 años, de los cuales los atractivos son los últimos 200. Pan comido para los chinos, cuya historia en realidad comienza mucho antes del nacimiento del Hombre de Pekín.
         Sin embargo, basta decir la palabra chino en cualquier otro lugar del mundo para que se abra en todas las imaginaciones un anchísimo abanico de connotaciones, cuando menos, burlonas, discriminatorias, peyorativas. ¿Qué han hecho los chinos para merecer semejante fama?
         Para merecerlo, en realidad no han hecho nada, pero como han hecho tantas cosas, cualquiera se “confunde”. Han estado presentes y activos en tantos campos que se les atribuye la invención de la tinta, del papel, de los espaguetis (¡gracias!), de la brújula, del sismógrafo, de la pólvor... ¡Ah!, tan bien que íbamos. Es entonces cuando nos vienen a la mente los errores y fechorías de la minoría china que, como en todas partes, siempre se va por el camino fácil.
         La lengua sola nos muestra la foto de lo que pueden haber hecho o dejado de hacer. La principal acepción despectiva se refiere a la lengua precisamente: hablar en chino significa hablar de modo incomprensible; un cuento chino, como dice el diccionario, es un embuste. En Cuba, chino aparece en expresiones que se refieren a cualquiera que se deja engañar con facilidad, que no entiende lo que dice o lo que está sucediendo, que preocupa u ofusca a otra persona, que complica mucho las situaciones o que tiene mala suerte; incluso es sinónimo de varicela. En Ecuador, chino es el habitante de los “barrios bajos”. En Venezuela, puede significar ‘desnudo’ y la naranja china es la mandarina (también en Puerto Rico). Una acepción de la que me entero hoy leyendo el diccionario es que en algunos países el barrio chino es aquel donde abunda la prostitución.
         Por otro lado, algunas acepciones parecen implicar inteligencia (aunque no en primer plano): las chinas se llama a ese “juego que consiste en tratar de adivinar el número total de monedas que esconden los jugadores en el puño”; cualidades curativas, como el caso de ciertas raíces; ingenio artesanal, como el colador en forma de embudo o la porcelana. Una labor muy compleja o que requiere mucha paciencia o es cosa de chinos. Nadie se acuerda de la pasmosa sencillez de los papagayos.
         Últimamente, acusan a los chinos de haber creado el coronavirus de moda; lo más sano que se oye es que todo lo hacen de mala calidad, pero cuando se les ocurre crear un virus que se toma apenas 14 días en matar a su huésped, ese invento sí les sale bueno y resistente. Y como en Wuhan ya no hay cuarentena, muchos están celosos. No puede usted creer —¿cómo es posible que haya que repetirlo?— que la expresión virus chino significa que los respetables hermanos chinos son culpables de la actual pandemia. Muchos, sobre todo en las redes sociales, no logran desprender las palabras de sus prejuicios en contra de sus semejantes. Alguna gente es más saussureana que otra.

emalaver@gmail.com
 
  
Año VIII / N° CCXCVII / 30 de marzo del 2020
 
  

lunes, 23 de marzo de 2020

La tortica* de manteca [CCXCVI]

Luisa Teresa Arenas Salas


 
Y tortica de cebada (foto: E. Malaver)



         Las canciones de cuna “venezolanas”, machistas por demás. Ya Edgardo Malaver, además de imponer el tema en más de un rito, aludió a esta característica de nuestra idiosincrasia: el “machismo”, la dependencia de la mujer por aquello de que es el hombre quien manda, quien tiene la fuerza, “el dador”, como lo escuché decir hace poco a un entrañable amigo.
         La lectura del rito número CCLVIII, “¿Quién es la viudita, la hija del rey?”,  publicado el 29 de abril de 2019,  me impactó en mi reposo médico y trajo a mi mente una cancioncita que se las trae en el marco de esa controversia machismo-feminismo. Es un poema corto formado por cuatro versos octosílabos con rima consonante -eca, -eta,  -ada, -ada, aunque con cierta irregularidad de un fonema entre los versos 1 y 2: /k/ opuesto a /t/. Es la canción ideal para jugar con los bebés y enseñarlos a dar palmadas, a aplaudir.

La tortica de manteca
pa mamá que da la teta;
la tortica de cebada
pa papá que no da nada.

         El bebé la goza y aplaude haciendo gracias a su público: mamá, papá, hermanos, amigos, en fin, familia. Sin embargo, la cancioncita trae su veneno machista. ¡Ay, ay, ay! Su último verso dice: “pa papá que no da nada”. ¡¿Nada?! ¿Qué nos  inspira este verso? ¿Denuncia, crítica, reproche al padre machista que deja a la madre sola en la crianza del bebé (hijo)... que no da nada? ¿Qué significa esa nada? Dar nada.
         Veamos qué dice el diccionario sobre la palabra nada: pronombre indefinido categórico en su definición: ‘ninguna cosa, negación absoluta de las cosas, a distinción de las personas. // Cosa mínima o de muy escasa entidad’. Nunca digas nada. Nunca digas nunca. ¿Les es familiar esta expresión?
         Nada, pues,  define a ese padre tradicional  que se sale del cuarto conyugal si el bebé llora porque debe trabajar al día siguiente. Sí y no. Es el padre “dador” que mantiene el hogar, pero nada que ver con las labores caseras cotidianas. El padre que responde: “Ella no hace nada”, ante la pregunta: ¿Qué hace tu esposa? No obstante, ella se ocupa de tooodas las labores hogareñas.
         Ese “papá que no da nada” no es el padre actual, milenial, al que criamos más  consciente de la igualdad entre el hombre y la mujer en el hogar mantenido por ambos, en el que ambos trabajan en la calle y comparten las tareas hogareñas. El padre que acompaña a su pareja en el proceso de gestación y se prepara para la venida de sus hijos, tal como lo hace la mujer. El padre que acompaña a la madre en el alumbramiento de su hijo, sea parto natural o cesárea. El padre que recibe a su hijo al nacer y se lo entrega a la parturienta con toda la emoción que significa ese producto del amor de ambos, que los convierte en “equipo” (como dice mi nuera) en  la primera atención y en su crianza.
         ¿Qué hacer, entonces, con la cancioncita de marras? ¿Cómo cantar ese último verso sin que subliminalmente etiquete al padre como “irresponsable”? No resta más que cambiar el verso, crear su propia versión: “pa papá que da empanadas”, por ejemplo, “pa papá que da palmadas”, “pa papá que ríe a carcajadas”. Así la canto yo a mi cuchinieto.
         Para concluir, tal como dice Xuyen Zambrano en su rol de madre en Instagram  Arrorró, Mami, con respecto a esta canción:

Quizá me dirán exagerada pero si quiero sembrar en ellos [sus dos hijos] la idea de que el hogar se construye en equipo y de que mamá y papá cumplen con un rol importante en sus vidas, no puedo cantarle todos los días que papá no da nada.
Además, tengo dos varones y quiero que el día de mañana ellos den TODO por sus familias y sus hijos.
Así que en mi versión, varío los aliños y les invento cosas como: “Arepita de manteca pa mamá que da la teta; arepita de anís pa papá que hace reír.

         ¡A desarrollar, pues,  esa inventiva! Las canciones de cuna son un rico recurso de aprendizaje para los niños, pero hay que tener cuidado con los valores subyacentes en ellas. Solo nos resta versionarlas a voluntad con el ingenio materno... ¡y paterno!

ue.eim.ucv@gmail.com




* Digo la tortica y no arepita porque así  aprendí este poema en mi seno familiar cumanés, donde se llama torticas a lo que por estos lares llaman arepitas, específicamente si son fritas.



Año VIII / N° CCXCVI / 23 de marzo del 2020



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lunes, 16 de marzo de 2020

Cuarentena [CCXCV]

Edgardo Malaver


 
Tapaboca de los médicos contra la peste
bubónica del siglo XIV


         En 1348, una epidemia y una cuarentena que abarcó toda Asia y Europa nos dejaron una obra que influyó tanto en la literatura posterior que autores como Cervantes, que nació 200 años más tarde, todavía seguían su modelo. Las cientos de historias que contaba el mar de gente que huía de Florencia desafiando cualquier prohibición debe haber dado a Giovanni Boccaccio la idea de escribir sobre siete mujeres y tres hombres que cuentan un cuento cada uno cada noche durante diez días. A aquella cuarentena tan lejana le debemos el Decamerón.
         Los rumores sobre la peste bubónica, o peste negra, llegaron a oídos europeos más o menos dos años antes. Los consejeros del papa Clemente VI calcularon que si la enfermedad llegaba a Europa habría unos 24 millones de víctimas. La peste se había iniciado en China, y entró a Italia a bordo de los barcos que atracaban en Venecia, donde las autoridades impusieron a la tripulación la obligación de permanecer en el puerto durante cuarenta días.
         ¿Por qué precisamente cuarenta? Pues parece que la razón fue la reputación de este número, su constante aparición en relatos de acontecimientos prodigiosos o sobrenaturales. Después de todo, más que un número, el 40 resuena como un símbolo.
         Antes de que Cristo pasara cuarenta días en el desierto como prólogo para su predicación, el pueblo judío había caminado durante cuarenta años también en el desierto. Y antes aún, Moisés había acampado cuarenta días en el Monte Sinaí para recibir, firmadas por Dios, las tablas de los 10 mandamientos. Y muchísimo antes que esto, en tiempos de Noé, cayeron sobre la tierra unas lluvias diluviales durante cuarenta días, que renovaron toda la fauna y la flora del planeta. Después de resucitar, Jesús esperó aún cuarenta días antes de ascender al cielo, y ahora los cristianos observan el tiempo de Cuaresma, que dura cuarenta días. En muchos lugares, las celebraciones de la Navidad terminan el 2 de febrero, día de la Candelaria, cuarenta días después del 24 de diciembre.
         Alí Babá también tuvo su encuentro cercano con el número 40 y no le fue mal. A Phileas Fogg debe haberle ido el doble de bien en su viaje alrededor del mundo. Y a Juan Luis Guerra, que se hizo famoso acompañado del número 4.40, todo el mundo lo quiere. Así que parece ser buen número.
         Etimológicamente, en realidad, la palabra cuarentena no esconde ningún misterio: proviene de cuarenta, que viene de quadraginta, equivalente a ese número en latín, sólo que se le define como el producto de la multiplicación de cuatro por diez, más que de cinco por ocho. El verdadero misterio, al menos en el siglo XIV, era el origen real de la enfermedad, porque la medicina estaba demasiado poco desarrollada para investigarlo. Lo que sí se sabe es que se le llamó bubónica debido a los bubones (inflamaciones supurantes de los ganglios) que brotaban en las ingles, axilas y cuello.
         Ahora, siete siglos más tarde, otra epidemia le está cantando las cuarenta a los seres humanos, ya no, se presume, por causa de las ratas sino de sus primos los murciélagos, pero igualmente dentro de la cuarentena, que ya no dura cuarenta días, unos optan por el rito de las cuarenta horas y otros por el libro de cuarenta hojas.
         Otro misterio es cómo finalmente retrocedió la peste, que se dio por desaparecida en 1361, después de acabar con la vida de 85 millones personas en Asia y Europa.

emalaver@gmail.com



Año VIII / Nº CCXCV / 16 de marzo del 2020



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lunes, 9 de marzo de 2020

¡Ay y reay! [CCXCIV]

Edgardo Malaver



El reloj de sol de La Asunción ha sido fiel
a su identidad desde 1612


         Mi madre cuenta que ella tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un fuerte zapatazo en el piso y exclamaba: “¡Ay y reay!”. No puedo dejar de pensar en aquel personaje de mi familia cuando oigo esa difícil interjección que utilizan ahora los niños (y gente adulta también) para casi todo. Se pisan un dedo con la puerta y lanzan un “¡Auch!”. Se equivocan de nombre al llamar a alguien y dicen: “¡Auch!”. Se delatan acerca de quién les hizo la tarea y exclaman: “¡Auch...!”.
         Incomprensiblemente para ellos mismos, escriben “Ouch!” y ay de aquel que insinúe que ouch es una palabra extraña para la lengua española, y mucho más si se les dice que la señal más clara de ello es que no se escribe como se pronuncia... ¡y que es dificilísima de pronunciar! Unas cuantas personas me han dicho que prefieren decir reló porque esa jota al final de la palabra reloj como que les “lengua la traba”, pero si el reloj les roza con una pared, con toda naturalidad gritan: “¡Auch!”.
         ¿Es natural en español terminar una palabra con el sonido /ch/? Las únicas dos palabras que me vienen a la mente son Múnich y sándwich, y ya ven ustedes, por encima nada más, cuán extranjeras son. Casi ni han cambiado siquiera su grafía. Y falta mencionar que muchos, como les pasa con reloj, prefieren decir Múnic y sánduche (o incluso sangüi), que parecen ya resultado del manoseo de la lengua receptora (y, por ende, muchísimo más naturales).
         La lengua española, como todas las demás, siempre ha estado expuesta a la llegada de palabras extranjeras —y ni siquiera es eso: es que hace el ridículo quien intenta detener esa inmigración—, pero nunca será absurdo sugerir que tengamos criterio, que reflexionemos, que por lo menos un instante tengamos conciencia de la forma de decir lo que decimos. La última vez que se presentó este punto en una de mis clases, me sorprendí a mí mismo (porque no me creía capaz de tan serena reflexión) diciéndoles a los estudiantes que cuando uno se niega a usar una palabra o una expresión natural de su idioma para usar una que acaba de llegar, está cediendo territorio de su propia identidad; al hacerlo, puedo parecer cool, pero también doy señales de ignorancia (al menos de la ignorancia que padeceré en el futuro cuando olvide mis propias palabras y sólo recuerde las ajenas); al preferir las palabras extranjeras, voy quedándome desnudo, voy poniendo en manos desconocidas mis claves culturales, mis formas de entender el mundo, mi conducta habitual ante los hechos cotidianos; cuando, what the fuck!, me gustan más los sonidos de otro pueblo, que ni siquiera tengo esperanzas de ir a visitar alguna vez, voy codificando mi propia historia en los términos de otros, del todo extraños para mí, de modo que un día dejaré de ser yo y seré alguien más, seré un forastero en mi propia casa, mi propia madre no me reconocerá porque ya no hablaré el idioma que ella me enseñó.
         Muchos de ustedes dirán que deseo que la gente hable como yo. ¡Dios me libre de eso! Sólo se me ocurre decir que, aunque luzca un asunto simple, es decir, sin la más leve importancia, es un problema. Y el problema no es el uso de la palabra extranjera (porque al fin y al cabo todas las palabras han sido alguna vez extranjeras, como la gente), sino el hábito de no reflexionar al seguir una moda simplemente por parecer especial, por parecer moderno, por parecer inteligente.
         El problema no es de ninguna manera la palabra ouch, escríbase como se escriba, pronúnciese como se pronuncie, porque ya llegará el momento en que se hará mayor de edad entre nosotros y le daremos documentos de ciudadanía. El problema es otro. Lo que es más, me imagino que en el futuro, algún nieto de mis hermanos les contará un día a sus hijos: “Yo tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un zapatazo y gritaba: “¡Auch y reauch!”.

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIV / 9 de marzo del 2020





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lunes, 2 de marzo de 2020

Si el coronavirus llega a América Latina, corona [CCXCIII]

Sara Cecilia Pacheco


 
Este virus (se) coronó hace más de 200 años.
La coronación de Napoleón (1807), de Jacques-Louis David


         Se sabe que en América Latina no somos monarquistas, nada de coronas, lo nuestro son más las democracias demagógicas, las dictaduras. De hecho, creo que por esa razón, el virus más famoso de este verano sureño no nació aquí.
         Erróneamente llamamos coronavirus al virus que está a diario en las noticias a causa de su rápida manera de contagiarse. En realidad se trata de un tipo de coronavirus, el COVID-19, que causa problemas respiratorios y es altamente contagioso.
         Los coronavirus se llaman así por la forma de corona que tienen sus puntas, es decir, tienen unas especies de coronitas en las puntas. Estas le permiten adherirse mejor a la mucosa y llegar a los pulmones, donde se pueden replicar con éxito.
         En este lado del mundo, coronas son las cervezas o las ínfulas que alguien pueda tener: Cree que tiene corona. Como verbo, tiene mucha riqueza. Mientras que en Venezuela coronar es tener relaciones sexuales en la primera cita, en Colombia y Ecuador, coronar es llegar a tener relaciones sexuales, expresión que en Perú sería más bien campeonar. A pesar de esos matices, la acepción similar a estas que recoge el Diccionario de la Real Academia es “Dicho de una persona: Engañar a su pareja con otra persona”. Asociado a la carga semántica de sexualidad, se me ocurre que la reproducción sería coronar a lo grande.
         En América Latina, no se puede asegurar que los sistemas de salud pública estén preparados para controlar la mortalidad por virus ya conocidos. De modo que si el COVID-19 llega a nuestras tierras, ¡corona!, y corona a lo grande, que es al fin y al cabo el propósito de la vida de un virus.

sarace.pacheco@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIII / 2 de marzo del 2020

martes, 25 de febrero de 2020

A caballo regalado... Algunas imágenes idiomáticas argentinas que se asemejan, o no, a las venezolanas [CCXCII]

Álvaro Durán Hedderich



¡Hoy celebramos nuestro séptimo aniversario!
¡Gracias a todos por cada minuto que nos 
han dedicado!

 
“Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires”,
dicen los argentinos

 

 

 

         Los refranes y expresiones idiomáticas denotan imágenes que nos acercan a la cultura y tradición del lugar donde se originan. Si tomamos en cuenta que nuestro hablar y pensar se ven influidos por nuestra historia, geografía, política y demás elementos, podríamos decir que entre Venezuela y Argentina hay una marcadísima distancia (4.992 kilómetros, según Google). Después de todo, uno está al norte del sur y el otro al sur del sur.

         Sin embargo, y a pesar de que mis amigos argentinos me consideran más centroamericano que sudamericano por tener el Caribe, unas cuantas expresiones idiomáticas han sido punto de encuentro entre nuestros gentilicios, casi funcionando como punto de complicidad. Por supuesto, siempre hay interesantes matices de diferencia.

         Un ejemplo de lo parecido y diferente que somos: a caballo regalado no se le mira colmillo versus no se le miran los dientes. En determinado momento parece que a los venezolanos nos interesó ser quisquillosos con los colmillos. Si no somos expertos hipólogos, tenemos esperanzas en la gastronomía: la masa no está pa bollo. Pero Diego me corrige: “El horno, che. El horno no está para bollo”. Yo pienso en masa. Él piensa en horno. Pero el punto es que “no están para bollos”.

         Por cierto, hablando de visiones e imaginarios sociales, nosotros hablamos español, ellos sí hablan castellano. Y de ahí se explican a sí mismos la razón del famoso yeísmo rehilado. En todo caso, tanto a venezolanos como a argentinos nos molestan los aduladores, conocidos entre todos como chupamedias. No, jalabolas no se usa en el sur.

         Si hay un elemento indiscutible que une a los latinoamericanos es tener pésimas administraciones políticas desde tiempos inmemorables y que causan grandes desigualdades según el lugar donde se viva, lo que a su vez genera frases como Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra. Ésta se da la mano con Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires. Pero, pero, pero... no son equivalentes perfectos porque la referencia de la centralización argentina la dicen en provincia como crítica al sistema que da privilegios a los porteños. En Caracas lo dicen con aires de superioridad hacia el interior del país.

         Cuando en Venezuela hablamos de una persona brillante, decimos coloquialmente: “Es un duro”. Estar o ser “duro” en Argentina significa que se ha consumido alguna sustancia ilícita. Por el contrario, les dicen capos a los duros; y si el capo está drogado, es un capo duro. ¿O un duro duro...? ¡Zape, gato! (no hay equivalente argentino). Lo que nosotros llamamos tapado como sinónimo de torpe o tonto, acá le dicen comúnmente tarado, cosa que entendemos, pero también está el refrán Uh, no le llega agua al tanque, que hace alusión a la irónica, cruel y célebre frase ¡le cuesta al pibe...!, que se da la mano con ¡este si es tapado!

         Si vamos por el camino soez, marico es puto, cachapera es torta, un tipo que es perro puede ser un gato. Si eres un mangazo, las chicas te llaman potro y para que no les digan putos, los chicos te llaman fachero, que también se usa como insulto si eres un pantallero, creído. Caballota no se dice, pero yegua sí, sólo que es cualquier persona malvada. Y mejor no entremos en el tema del lunfardo, porque con eso de poner las palabras al revés, decir el anglicismo happy con ingenuidad pasa a ser incómodo porque piensan en... mejor dejémoslo hasta aquí.

         —¿Aquí decís vos? Acá se dice acá.

         —Bueno, tú entendiste.


alvdh27@gmail.com



Año VIII / N° CCXCII / 25 de febrero del 2020
EDICIÓN DEL SÉPTIMO ANIVERSARIO

lunes, 17 de febrero de 2020

Las 101 cagadas del español [CCXCI]

Luis Roberts


 
No es un eufemismo: es Barack (foto: AP)



         Quienes me conocen saben que no soy ni amigo ni usuario de las redes sociales, sólo Twitter para informarme y con reservas. Pero me acaba de llegar la noticia comentada de un libro que apareció en 2014 en Espasa, Las 101 cagadas del español, debido a un equipo de periodistas dirigido por María Irazusta y cuyo origen es un hilo que se abrió en Facebook bajo el titulo Reaprender el español. En él se recogen los errores (por no repetir el sustantivo del título) que se vienen cometiendo usualmente en nuestro bello idioma, algunos de los cuales ya cometieron Cervantes, Lope y hasta Delibes y Umbral.
         Sus capítulos tienen títulos tan sugestivos como “Femeninos travestidos”, “Anglicismos a full”, “No te comas la coma” o “La Pacheca por el corral y la Bernarda por...”; sólo ya el título del primer capítulo nos anuncia lo que viene después: “Sin eufemismos: Obama es negro”. En este se lee:

Nuestro lenguaje es un reflejo de la sociedad. Y nos estamos volviendo, con perdón, un poquito tontos. A la gente no se la despide, se la ‘desvincula’. No hay pobres, solo ‘desfavorecidos’. Y claro, no hay negros, solo personas ‘de color’. ¿De qué color? Llegamos al ridículo.

         Que se tomen un poco a guasa la caterva de desmanes en castellano no es óbice para que la RAE haya sido la Biblia que seguir para el rigor de estas lecciones. Aunque también carraspeen ante algunas decisiones de los académicos:

¿Cómo no pueden reconocer el superlativo negrísimo y admitir almóndiga o madalena? Voy a decir una cosa un poco irreverente, sobre la tilde del solo: Yo hago el amor los fines de semana solo [risas]. ¿A que puede significar dos cosas?

         Por cierto que esta almóndiga aceptada por la RAE —¿por qué no aceptar también la mal usada cocreta?— es una de las varias metátesis (cambiar de lugar un sonido dentro de una palabra) como murciégalo (malhechor causante del terrible “corovanirus”), asín o vagamundo, que junto al consejo —¡ojo!, sólo aconseja o recomienda, no obliga— de eliminar la tilde del sólo, no sólo me hace carraspear sino rechazar, respetuosamente, algunas decisiones de la RAE.
         Ya el genial Gabriel García Márquez pidió en un polémico artículo —yo diría que no fue sino una pirueta surrealista de su genio— suprimir la tildes del castellano. Como dice al respecto Ángel Lucas Sucasas: “¿A que no es lo mismo presidió que presidio?”. Aunque para algunos la diferencia puede ser sólo de esperar un poco. Lo que no sé, porque aún no he leído el libro, es si entre los 101 deslices, o des-heces, incluyen los pleonasmos, o redundancias, que tantos usan normalmente, como lleno completo, desenlace final, obsequio gratuito, hace tiempo atrás, sorpresa inesperada, adelantar un anticipo y tantas otras.
         Quien esté libre de haberlas dicho o escrito alguna vez, que tire la primera... lo que sea, pero yo no lo haré. Lo que sí haré en cualquier caso, para ilustrarme y divertirme, es precipitarme a leer el libro.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCXCI / 17 de febrero del 2020



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 10 de febrero de 2020

¡Aguaitá, muchacho, aguaitá! [CCXC]

Ninson Mora
  
 
Baralt, el primero que llamó a Maracaibo
tierra del sol amada en el poema
“Adiós a la patria” de 1845

 

          En mis años de inquieto y curioso mozalbete, como para escapar (al menos mentalmente) del incesante calor que caracteriza a mi añorada “tierra del sol amada”, acostumbraba sentarme en el piso justo al lado de la silla de mimbre de mi abuela bajo una grande y piadosa enramada. Ella, refrescándose con aquel sencillo abanico que más bien parecía ser una extensión de su mano, solía contar historias de un pasado muy distante que súbitamente se escabullían a través de las grietas del olvido, como impulsadas por una imperiosa e impostergable necesidad de trascender.
         Durante aquellos embelesadores relatos, Mabuela (como la llamábamos cariñosamente) evocaba historias que tuvieron lugar en sus distantes años de moza en su natal terruño andino y que, las más de las veces, para mí resultaban tan entretenidas y cautivadoras como maravillosas e inverosímiles (algo que más de una década después aprendí que se llamaba “realismo mágico”, una corriente literaria de la que nunca tuvo conocimiento).
         Sin embargo, de aquellas cuasiconfidencias (contadas con sumo sigilo, como para que los personajes de sus memorias no fueran a sentirse delatados) siempre he recordado ciertas expresiones o palabras que Mabuela solía usar y a las que yo, en aquel entonces (cual carajito impertinente y desdeñoso de no más de ocho años), frecuentemente reaccionaba o bien con una sonora carcajada o bien con una osada y arrogante corrección, basado en lo que mi muy limitado vocabulario infantil indicaba como apropiado.
         Una de las expresiones que más me hacían reír al principio, y que luego más me crispaba porque nunca logré “corregir” en ella, surgía cuando la historia parecía alargarse demasiado y mi impaciencia pueril me empujaba a preguntar ansioso por el tan esperado desenlace. Entonces, Mabuela, con cierta picardía, decía: “¡Aguaitá, muchacho, aguaitá!, su preciosa versión supuestamente autóctona (pensaba yo que probablemente de origen indígena) de lo que años más tarde terminé asociando más a la expresión anglosajona “hold your horses” por su contenido y, por supuesto, más específicamente al verbo await de la lengua del inmortal Guillermo Agitalanza, por su forma. El DRAE presenta la entrada aguaitar como un derivado del catalán guaita (vigía, centinela), claramente vinculado a las acepciones de ‘cuidar’, ‘guardar’ y ‘mirar’, pero no me cabe la menor duda de que la abuela usaba el verbo exclusivamente con el sentido de ‘esperar’ o ‘aguardar’, por lo que inevitablemente sospecho de algún tipo de influjo inglés.
         Ahora, divagando un poco de la sabrosísima forma de hablar de la abuela, pero en el mismo orden de ideas, también recuerdo con una sonrisa de oreja a oreja cómo mi madre solía emplear el inusual eufemismo de “porfiadito/a” para aludir a una persona físicamente muy poco agraciada, o aquella vez cuando, al verme tratando de imitar a mis hermanos mayores mientras aprendían el nombre formal de los dedos de la mano y al concluir que aquellas denominaciones resultaban demasiado complicadas para un niño tan pequeño, jocosamente me dijo: “Te voy a enseñar una forma más divertida de aprender cómo se llaman los dedos”, y entonces, con tono solemne, actitud relajada y un gran rigor didáctico, soltó: “Chiquito y bonito, galán de sortijas, largo y bobo, chupaplatos y matapiojos”. Creo que no tuvo necesidad de decirlo más de dos veces, lo aprendí de inmediato, y entonces corrí al lugar donde mis hermanos mayores aún se devanaban los sesos para aprender nombres “tan complicados y sin sentido”, ¡y me burlé de ellos porque yo sí aprendí rapidito los verdaderos nombres de los dedos!
         En conclusión, de cómo el verbo await del idioma inglés o el sustantivo guaita del idioma catalán pudieron haber devenido en aquel aguaitar, tan extraño para un niño que nunca lo escuchó antes (y hasta donde logro recordar, tampoco después) de ninguna otra persona en su entorno familiar o colegial y que solo unos cuantos años más tarde (con marcada sorpresa e incredulidad) encontró registrado y claramente descrito en el DRAE, no tengo idea, y honestamente no tengo la intención de averiguarlo, pero lo que sí sé con toda seguridad es que desearía enormemente retroceder en el tiempo y disfrutar y nutrirme, sin ningún tipo de prejuicio, de aquel rico léxico folclórico que doña Juana y doña Josefa regalaban a manos llenas y que tristemente no supe aprovechar.
(Con mi eterno amor y agradecimiento)

eventum2006@gmail.com



Año VII / N° CCXC / 10 de febrero del 2020

lunes, 3 de febrero de 2020

Paideia [CCLXXXIX]

Adiadna Voulgaris



Werner Jaeger, autor de Paideia, los ideales
de la cultura griega (lit.: M. Liebermann)



         Hablando de Andrés Bello en la edición del 13 de enero de este año, Edgardo Malaver, nuestro director, escribió que la educación era la que garantizaba el crecimiento honroso de los ciudadanos. Es verdad. Lo que me incita a escribir esta vez es que inmediatamente pone un paréntesis en que cambia el término por uno, según él, más preciso y dice paideia. También es cierto, pero no es todo.
         Para este momento, ya he comentado con Malaver lo que pensaba refutarle, y por lo que me ha dicho entiendo que tenemos la misma visión, así que ya no puedo pelear, pero de igual modo vale la pena decirlo.
         Digo que no es todo porque la palabra griega paideia no puede traducirse fácilmente a los demás idiomas. Sucede como con otras palabras que nadie logra traducir con precisión y entonces utilizamos la misma que en el idioma original. Por ejemplo, saudade, tsunami o scanner. La idea de paideia de los griegos antiguos no abarcaba únicamente la educación. Era todo lo que entrara e hiciera falta en la formación humana, intelectual, cívica, artística y espiritual del niño y también del hombre adulto.
         Ya lo dijo Werner Jaeger en su monumento de obra titulada justamente Paideia, los ideales de la cultura griega (1933):

Es imposible rehuir el empleo de expresiones modernas tales como civilización, cultura, tradición, literatura o educación. Pero ninguna de ellas coincide realmente con lo que los griegos entendían por paideia. Cada uno de estos términos se reduce a expresar un aspecto de aquel concepto general, y para abarcar el campo de conjunto del concepto griego sería necesario emplearlos todos a la vez.

         En el mundo griego antiguo, el ideal era que todo hombre bien educado (que no de otro modo era realmente digno del nombre de griego) tenía que ser capaz de todas las artes y las ciencias, de todos los oficios y todas las empresas: política, agricultura, aritmética, esgrima, comercio, filosofía, teatro, atletismo, gramática y poesía.
         En conclusión, considerando que Andrés Bello era propiamente, en términos de Platón, un espíritu de oro, un auténtico intelecto helénico, una paideia en sí mismo, es verdad que su obra tendría que influir en todos nosotros y en muchas generaciones futuras. De hecho, ha estado influyendo desde sus tempranos tiempos caraqueños.
         “Y en forma de paideia, de ‘cultura’”, dice Jaeger, “consideraron los griegos la totalidad de su obra creadora en relación con otros pueblos”. La medida más cierta de este hecho es que el Imperio Romano concibió su propia misión en función de la noción de cultura de los griegos. “Sin la idea griega de la cultura no hubiera existido la ‘Antigüedad’ como unidad histórica ni ‘el mundo de la cultura’ occidental”.
         Imagínense, sin paideia, no habría Torre Eiffel ni Canal de Panamá ni Independencia de Sudamérica. Sin paideia, nuestra mente colectiva transitaría aún la Edad de los Metales.

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Año VII / N° CCLXXXIX / 3 de febrero del 2020




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