lunes, 9 de marzo de 2020

¡Ay y reay! [CCXCIV]

Edgardo Malaver



El reloj de sol de La Asunción ha sido fiel
a su identidad desde 1612


         Mi madre cuenta que ella tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un fuerte zapatazo en el piso y exclamaba: “¡Ay y reay!”. No puedo dejar de pensar en aquel personaje de mi familia cuando oigo esa difícil interjección que utilizan ahora los niños (y gente adulta también) para casi todo. Se pisan un dedo con la puerta y lanzan un “¡Auch!”. Se equivocan de nombre al llamar a alguien y dicen: “¡Auch!”. Se delatan acerca de quién les hizo la tarea y exclaman: “¡Auch...!”.
         Incomprensiblemente para ellos mismos, escriben “Ouch!” y ay de aquel que insinúe que ouch es una palabra extraña para la lengua española, y mucho más si se les dice que la señal más clara de ello es que no se escribe como se pronuncia... ¡y que es dificilísima de pronunciar! Unas cuantas personas me han dicho que prefieren decir reló porque esa jota al final de la palabra reloj como que les “lengua la traba”, pero si el reloj les roza con una pared, con toda naturalidad gritan: “¡Auch!”.
         ¿Es natural en español terminar una palabra con el sonido /ch/? Las únicas dos palabras que me vienen a la mente son Múnich y sándwich, y ya ven ustedes, por encima nada más, cuán extranjeras son. Casi ni han cambiado siquiera su grafía. Y falta mencionar que muchos, como les pasa con reloj, prefieren decir Múnic y sánduche (o incluso sangüi), que parecen ya resultado del manoseo de la lengua receptora (y, por ende, muchísimo más naturales).
         La lengua española, como todas las demás, siempre ha estado expuesta a la llegada de palabras extranjeras —y ni siquiera es eso: es que hace el ridículo quien intenta detener esa inmigración—, pero nunca será absurdo sugerir que tengamos criterio, que reflexionemos, que por lo menos un instante tengamos conciencia de la forma de decir lo que decimos. La última vez que se presentó este punto en una de mis clases, me sorprendí a mí mismo (porque no me creía capaz de tan serena reflexión) diciéndoles a los estudiantes que cuando uno se niega a usar una palabra o una expresión natural de su idioma para usar una que acaba de llegar, está cediendo territorio de su propia identidad; al hacerlo, puedo parecer cool, pero también doy señales de ignorancia (al menos de la ignorancia que padeceré en el futuro cuando olvide mis propias palabras y sólo recuerde las ajenas); al preferir las palabras extranjeras, voy quedándome desnudo, voy poniendo en manos desconocidas mis claves culturales, mis formas de entender el mundo, mi conducta habitual ante los hechos cotidianos; cuando, what the fuck!, me gustan más los sonidos de otro pueblo, que ni siquiera tengo esperanzas de ir a visitar alguna vez, voy codificando mi propia historia en los términos de otros, del todo extraños para mí, de modo que un día dejaré de ser yo y seré alguien más, seré un forastero en mi propia casa, mi propia madre no me reconocerá porque ya no hablaré el idioma que ella me enseñó.
         Muchos de ustedes dirán que deseo que la gente hable como yo. ¡Dios me libre de eso! Sólo se me ocurre decir que, aunque luzca un asunto simple, es decir, sin la más leve importancia, es un problema. Y el problema no es el uso de la palabra extranjera (porque al fin y al cabo todas las palabras han sido alguna vez extranjeras, como la gente), sino el hábito de no reflexionar al seguir una moda simplemente por parecer especial, por parecer moderno, por parecer inteligente.
         El problema no es de ninguna manera la palabra ouch, escríbase como se escriba, pronúnciese como se pronuncie, porque ya llegará el momento en que se hará mayor de edad entre nosotros y le daremos documentos de ciudadanía. El problema es otro. Lo que es más, me imagino que en el futuro, algún nieto de mis hermanos les contará un día a sus hijos: “Yo tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un zapatazo y gritaba: “¡Auch y reauch!”.

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIV / 9 de marzo del 2020





Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 2 de marzo de 2020

Si el coronavirus llega a América Latina, corona [CCXCIII]

Sara Cecilia Pacheco


 
Este virus (se) coronó hace más de 200 años.
La coronación de Napoleón (1807), de Jacques-Louis David


         Se sabe que en América Latina no somos monarquistas, nada de coronas, lo nuestro son más las democracias demagógicas, las dictaduras. De hecho, creo que por esa razón, el virus más famoso de este verano sureño no nació aquí.
         Erróneamente llamamos coronavirus al virus que está a diario en las noticias a causa de su rápida manera de contagiarse. En realidad se trata de un tipo de coronavirus, el COVID-19, que causa problemas respiratorios y es altamente contagioso.
         Los coronavirus se llaman así por la forma de corona que tienen sus puntas, es decir, tienen unas especies de coronitas en las puntas. Estas le permiten adherirse mejor a la mucosa y llegar a los pulmones, donde se pueden replicar con éxito.
         En este lado del mundo, coronas son las cervezas o las ínfulas que alguien pueda tener: Cree que tiene corona. Como verbo, tiene mucha riqueza. Mientras que en Venezuela coronar es tener relaciones sexuales en la primera cita, en Colombia y Ecuador, coronar es llegar a tener relaciones sexuales, expresión que en Perú sería más bien campeonar. A pesar de esos matices, la acepción similar a estas que recoge el Diccionario de la Real Academia es “Dicho de una persona: Engañar a su pareja con otra persona”. Asociado a la carga semántica de sexualidad, se me ocurre que la reproducción sería coronar a lo grande.
         En América Latina, no se puede asegurar que los sistemas de salud pública estén preparados para controlar la mortalidad por virus ya conocidos. De modo que si el COVID-19 llega a nuestras tierras, ¡corona!, y corona a lo grande, que es al fin y al cabo el propósito de la vida de un virus.

sarace.pacheco@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIII / 2 de marzo del 2020

martes, 25 de febrero de 2020

A caballo regalado... Algunas imágenes idiomáticas argentinas que se asemejan, o no, a las venezolanas [CCXCII]

Álvaro Durán Hedderich



¡Hoy celebramos nuestro séptimo aniversario!
¡Gracias a todos por cada minuto que nos 
han dedicado!

 
“Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires”,
dicen los argentinos

 

 

 

         Los refranes y expresiones idiomáticas denotan imágenes que nos acercan a la cultura y tradición del lugar donde se originan. Si tomamos en cuenta que nuestro hablar y pensar se ven influidos por nuestra historia, geografía, política y demás elementos, podríamos decir que entre Venezuela y Argentina hay una marcadísima distancia (4.992 kilómetros, según Google). Después de todo, uno está al norte del sur y el otro al sur del sur.

         Sin embargo, y a pesar de que mis amigos argentinos me consideran más centroamericano que sudamericano por tener el Caribe, unas cuantas expresiones idiomáticas han sido punto de encuentro entre nuestros gentilicios, casi funcionando como punto de complicidad. Por supuesto, siempre hay interesantes matices de diferencia.

         Un ejemplo de lo parecido y diferente que somos: a caballo regalado no se le mira colmillo versus no se le miran los dientes. En determinado momento parece que a los venezolanos nos interesó ser quisquillosos con los colmillos. Si no somos expertos hipólogos, tenemos esperanzas en la gastronomía: la masa no está pa bollo. Pero Diego me corrige: “El horno, che. El horno no está para bollo”. Yo pienso en masa. Él piensa en horno. Pero el punto es que “no están para bollos”.

         Por cierto, hablando de visiones e imaginarios sociales, nosotros hablamos español, ellos sí hablan castellano. Y de ahí se explican a sí mismos la razón del famoso yeísmo rehilado. En todo caso, tanto a venezolanos como a argentinos nos molestan los aduladores, conocidos entre todos como chupamedias. No, jalabolas no se usa en el sur.

         Si hay un elemento indiscutible que une a los latinoamericanos es tener pésimas administraciones políticas desde tiempos inmemorables y que causan grandes desigualdades según el lugar donde se viva, lo que a su vez genera frases como Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra. Ésta se da la mano con Dios está en todos lados, pero atiende en Buenos Aires. Pero, pero, pero... no son equivalentes perfectos porque la referencia de la centralización argentina la dicen en provincia como crítica al sistema que da privilegios a los porteños. En Caracas lo dicen con aires de superioridad hacia el interior del país.

         Cuando en Venezuela hablamos de una persona brillante, decimos coloquialmente: “Es un duro”. Estar o ser “duro” en Argentina significa que se ha consumido alguna sustancia ilícita. Por el contrario, les dicen capos a los duros; y si el capo está drogado, es un capo duro. ¿O un duro duro...? ¡Zape, gato! (no hay equivalente argentino). Lo que nosotros llamamos tapado como sinónimo de torpe o tonto, acá le dicen comúnmente tarado, cosa que entendemos, pero también está el refrán Uh, no le llega agua al tanque, que hace alusión a la irónica, cruel y célebre frase ¡le cuesta al pibe...!, que se da la mano con ¡este si es tapado!

         Si vamos por el camino soez, marico es puto, cachapera es torta, un tipo que es perro puede ser un gato. Si eres un mangazo, las chicas te llaman potro y para que no les digan putos, los chicos te llaman fachero, que también se usa como insulto si eres un pantallero, creído. Caballota no se dice, pero yegua sí, sólo que es cualquier persona malvada. Y mejor no entremos en el tema del lunfardo, porque con eso de poner las palabras al revés, decir el anglicismo happy con ingenuidad pasa a ser incómodo porque piensan en... mejor dejémoslo hasta aquí.

         —¿Aquí decís vos? Acá se dice acá.

         —Bueno, tú entendiste.


alvdh27@gmail.com



Año VIII / N° CCXCII / 25 de febrero del 2020
EDICIÓN DEL SÉPTIMO ANIVERSARIO

lunes, 17 de febrero de 2020

Las 101 cagadas del español [CCXCI]

Luis Roberts


 
No es un eufemismo: es Barack (foto: AP)



         Quienes me conocen saben que no soy ni amigo ni usuario de las redes sociales, sólo Twitter para informarme y con reservas. Pero me acaba de llegar la noticia comentada de un libro que apareció en 2014 en Espasa, Las 101 cagadas del español, debido a un equipo de periodistas dirigido por María Irazusta y cuyo origen es un hilo que se abrió en Facebook bajo el titulo Reaprender el español. En él se recogen los errores (por no repetir el sustantivo del título) que se vienen cometiendo usualmente en nuestro bello idioma, algunos de los cuales ya cometieron Cervantes, Lope y hasta Delibes y Umbral.
         Sus capítulos tienen títulos tan sugestivos como “Femeninos travestidos”, “Anglicismos a full”, “No te comas la coma” o “La Pacheca por el corral y la Bernarda por...”; sólo ya el título del primer capítulo nos anuncia lo que viene después: “Sin eufemismos: Obama es negro”. En este se lee:

Nuestro lenguaje es un reflejo de la sociedad. Y nos estamos volviendo, con perdón, un poquito tontos. A la gente no se la despide, se la ‘desvincula’. No hay pobres, solo ‘desfavorecidos’. Y claro, no hay negros, solo personas ‘de color’. ¿De qué color? Llegamos al ridículo.

         Que se tomen un poco a guasa la caterva de desmanes en castellano no es óbice para que la RAE haya sido la Biblia que seguir para el rigor de estas lecciones. Aunque también carraspeen ante algunas decisiones de los académicos:

¿Cómo no pueden reconocer el superlativo negrísimo y admitir almóndiga o madalena? Voy a decir una cosa un poco irreverente, sobre la tilde del solo: Yo hago el amor los fines de semana solo [risas]. ¿A que puede significar dos cosas?

         Por cierto que esta almóndiga aceptada por la RAE —¿por qué no aceptar también la mal usada cocreta?— es una de las varias metátesis (cambiar de lugar un sonido dentro de una palabra) como murciégalo (malhechor causante del terrible “corovanirus”), asín o vagamundo, que junto al consejo —¡ojo!, sólo aconseja o recomienda, no obliga— de eliminar la tilde del sólo, no sólo me hace carraspear sino rechazar, respetuosamente, algunas decisiones de la RAE.
         Ya el genial Gabriel García Márquez pidió en un polémico artículo —yo diría que no fue sino una pirueta surrealista de su genio— suprimir la tildes del castellano. Como dice al respecto Ángel Lucas Sucasas: “¿A que no es lo mismo presidió que presidio?”. Aunque para algunos la diferencia puede ser sólo de esperar un poco. Lo que no sé, porque aún no he leído el libro, es si entre los 101 deslices, o des-heces, incluyen los pleonasmos, o redundancias, que tantos usan normalmente, como lleno completo, desenlace final, obsequio gratuito, hace tiempo atrás, sorpresa inesperada, adelantar un anticipo y tantas otras.
         Quien esté libre de haberlas dicho o escrito alguna vez, que tire la primera... lo que sea, pero yo no lo haré. Lo que sí haré en cualquier caso, para ilustrarme y divertirme, es precipitarme a leer el libro.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCXCI / 17 de febrero del 2020



Otros artículos de Luis Roberts:

lunes, 10 de febrero de 2020

¡Aguaitá, muchacho, aguaitá! [CCXC]

Ninson Mora
  
 
Baralt, el primero que llamó a Maracaibo
tierra del sol amada en el poema
“Adiós a la patria” de 1845

 

          En mis años de inquieto y curioso mozalbete, como para escapar (al menos mentalmente) del incesante calor que caracteriza a mi añorada “tierra del sol amada”, acostumbraba sentarme en el piso justo al lado de la silla de mimbre de mi abuela bajo una grande y piadosa enramada. Ella, refrescándose con aquel sencillo abanico que más bien parecía ser una extensión de su mano, solía contar historias de un pasado muy distante que súbitamente se escabullían a través de las grietas del olvido, como impulsadas por una imperiosa e impostergable necesidad de trascender.
         Durante aquellos embelesadores relatos, Mabuela (como la llamábamos cariñosamente) evocaba historias que tuvieron lugar en sus distantes años de moza en su natal terruño andino y que, las más de las veces, para mí resultaban tan entretenidas y cautivadoras como maravillosas e inverosímiles (algo que más de una década después aprendí que se llamaba “realismo mágico”, una corriente literaria de la que nunca tuvo conocimiento).
         Sin embargo, de aquellas cuasiconfidencias (contadas con sumo sigilo, como para que los personajes de sus memorias no fueran a sentirse delatados) siempre he recordado ciertas expresiones o palabras que Mabuela solía usar y a las que yo, en aquel entonces (cual carajito impertinente y desdeñoso de no más de ocho años), frecuentemente reaccionaba o bien con una sonora carcajada o bien con una osada y arrogante corrección, basado en lo que mi muy limitado vocabulario infantil indicaba como apropiado.
         Una de las expresiones que más me hacían reír al principio, y que luego más me crispaba porque nunca logré “corregir” en ella, surgía cuando la historia parecía alargarse demasiado y mi impaciencia pueril me empujaba a preguntar ansioso por el tan esperado desenlace. Entonces, Mabuela, con cierta picardía, decía: “¡Aguaitá, muchacho, aguaitá!, su preciosa versión supuestamente autóctona (pensaba yo que probablemente de origen indígena) de lo que años más tarde terminé asociando más a la expresión anglosajona “hold your horses” por su contenido y, por supuesto, más específicamente al verbo await de la lengua del inmortal Guillermo Agitalanza, por su forma. El DRAE presenta la entrada aguaitar como un derivado del catalán guaita (vigía, centinela), claramente vinculado a las acepciones de ‘cuidar’, ‘guardar’ y ‘mirar’, pero no me cabe la menor duda de que la abuela usaba el verbo exclusivamente con el sentido de ‘esperar’ o ‘aguardar’, por lo que inevitablemente sospecho de algún tipo de influjo inglés.
         Ahora, divagando un poco de la sabrosísima forma de hablar de la abuela, pero en el mismo orden de ideas, también recuerdo con una sonrisa de oreja a oreja cómo mi madre solía emplear el inusual eufemismo de “porfiadito/a” para aludir a una persona físicamente muy poco agraciada, o aquella vez cuando, al verme tratando de imitar a mis hermanos mayores mientras aprendían el nombre formal de los dedos de la mano y al concluir que aquellas denominaciones resultaban demasiado complicadas para un niño tan pequeño, jocosamente me dijo: “Te voy a enseñar una forma más divertida de aprender cómo se llaman los dedos”, y entonces, con tono solemne, actitud relajada y un gran rigor didáctico, soltó: “Chiquito y bonito, galán de sortijas, largo y bobo, chupaplatos y matapiojos”. Creo que no tuvo necesidad de decirlo más de dos veces, lo aprendí de inmediato, y entonces corrí al lugar donde mis hermanos mayores aún se devanaban los sesos para aprender nombres “tan complicados y sin sentido”, ¡y me burlé de ellos porque yo sí aprendí rapidito los verdaderos nombres de los dedos!
         En conclusión, de cómo el verbo await del idioma inglés o el sustantivo guaita del idioma catalán pudieron haber devenido en aquel aguaitar, tan extraño para un niño que nunca lo escuchó antes (y hasta donde logro recordar, tampoco después) de ninguna otra persona en su entorno familiar o colegial y que solo unos cuantos años más tarde (con marcada sorpresa e incredulidad) encontró registrado y claramente descrito en el DRAE, no tengo idea, y honestamente no tengo la intención de averiguarlo, pero lo que sí sé con toda seguridad es que desearía enormemente retroceder en el tiempo y disfrutar y nutrirme, sin ningún tipo de prejuicio, de aquel rico léxico folclórico que doña Juana y doña Josefa regalaban a manos llenas y que tristemente no supe aprovechar.
(Con mi eterno amor y agradecimiento)

eventum2006@gmail.com



Año VII / N° CCXC / 10 de febrero del 2020

lunes, 3 de febrero de 2020

Paideia [CCLXXXIX]

Adiadna Voulgaris



Werner Jaeger, autor de Paideia, los ideales
de la cultura griega (lit.: M. Liebermann)



         Hablando de Andrés Bello en la edición del 13 de enero de este año, Edgardo Malaver, nuestro director, escribió que la educación era la que garantizaba el crecimiento honroso de los ciudadanos. Es verdad. Lo que me incita a escribir esta vez es que inmediatamente pone un paréntesis en que cambia el término por uno, según él, más preciso y dice paideia. También es cierto, pero no es todo.
         Para este momento, ya he comentado con Malaver lo que pensaba refutarle, y por lo que me ha dicho entiendo que tenemos la misma visión, así que ya no puedo pelear, pero de igual modo vale la pena decirlo.
         Digo que no es todo porque la palabra griega paideia no puede traducirse fácilmente a los demás idiomas. Sucede como con otras palabras que nadie logra traducir con precisión y entonces utilizamos la misma que en el idioma original. Por ejemplo, saudade, tsunami o scanner. La idea de paideia de los griegos antiguos no abarcaba únicamente la educación. Era todo lo que entrara e hiciera falta en la formación humana, intelectual, cívica, artística y espiritual del niño y también del hombre adulto.
         Ya lo dijo Werner Jaeger en su monumento de obra titulada justamente Paideia, los ideales de la cultura griega (1933):

Es imposible rehuir el empleo de expresiones modernas tales como civilización, cultura, tradición, literatura o educación. Pero ninguna de ellas coincide realmente con lo que los griegos entendían por paideia. Cada uno de estos términos se reduce a expresar un aspecto de aquel concepto general, y para abarcar el campo de conjunto del concepto griego sería necesario emplearlos todos a la vez.

         En el mundo griego antiguo, el ideal era que todo hombre bien educado (que no de otro modo era realmente digno del nombre de griego) tenía que ser capaz de todas las artes y las ciencias, de todos los oficios y todas las empresas: política, agricultura, aritmética, esgrima, comercio, filosofía, teatro, atletismo, gramática y poesía.
         En conclusión, considerando que Andrés Bello era propiamente, en términos de Platón, un espíritu de oro, un auténtico intelecto helénico, una paideia en sí mismo, es verdad que su obra tendría que influir en todos nosotros y en muchas generaciones futuras. De hecho, ha estado influyendo desde sus tempranos tiempos caraqueños.
         “Y en forma de paideia, de ‘cultura’”, dice Jaeger, “consideraron los griegos la totalidad de su obra creadora en relación con otros pueblos”. La medida más cierta de este hecho es que el Imperio Romano concibió su propia misión en función de la noción de cultura de los griegos. “Sin la idea griega de la cultura no hubiera existido la ‘Antigüedad’ como unidad histórica ni ‘el mundo de la cultura’ occidental”.
         Imagínense, sin paideia, no habría Torre Eiffel ni Canal de Panamá ni Independencia de Sudamérica. Sin paideia, nuestra mente colectiva transitaría aún la Edad de los Metales.

adiadnavoulgaris@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXIX / 3 de febrero del 2020




Otros artículos de Ariadna Voulgaris

lunes, 27 de enero de 2020

La ñapa de Isabel Allende [CCLXXXVIII]

Edgardo Malaver



Arepas venezolanas servidas
en una mesa inglesa (foto: Y. Díaz)


         Tanto ruido que hacen los venezolanos con las cosas que son únicamente venezolanas y resulta que, aunque esas cosas existen, apenas uno llega a Cúcuta, por ejemplo, descubre que no son tantas. Con las palabras, por lo menos, sucede así.
         Uno crece oyendo de los adultos que las arepas y la palabra arepa sólo existen porque antes existieron los venezolanos y sólo ellos, que las parieron, las conocen porque sólo dentro del impoluto territorio lingüístico de Venezuela se comen arepas y se usa esa palabra. Pero no es así. A uno lo convencen de que el adjetivo chévere tiene cédula de identidad venezolana y apenas pone el pie en España, sabe que no. A uno le parece lógico que la palabra ñapa sea venezolana, y un día de enero comienza a leer un libro de Isabel Allende y, ¡pun!, se da en la cara con el inesperado regalo.
         En el cuento “Dos palabras”, que viene en el libro Cuentos de Eva Luna (1989), la protagonista, Belisa Crepusculario, escribe cartas por encargo y sus palabras terminan siendo mágicas: enamoran, derrotan, ofenden, endulzan, resuelven problemas, deshacen hechizos, alcanzan justicia. Y regala una “palabra secreta”, de uso exclusivo del cliente, por cada cincuenta centavos que éste paga. Un día, un despiadado caudillo rural la contrata para que le escriba un discurso porque quiere ser candidato presidencial. Cuando el Coronel le pregunta cuánto le debe, ella le responde que un peso. “Además”, agrega, “tienes derecho a una ñapa. Te corresponden dos palabras secretas”. Yo estaba disfrutando la lectura, pero a partir de esta línea en la página 21, seguí leyendo por la sola ilusión de saber las dos palabras que le habían tocado a aquel hombre sin sensibilidad alguna.
         ¿Dónde aprendió Isabel Allende la palabra ñapa? ¿En la sala de su casa cuando era niña, en el mercado de adolescente o en Caracas cuando era periodista de El Nacional?
         Puede haber sido en cualquier lugar de América, en realidad. El diccionario dice que se usa en Argentina, Uruguay, Ecuador, Colombia, México, las Antillas y Venezuela. No menciona a Chile, pero el cuento tampoco. Y no hacía falta, porque Belisa procede de un pueblo lánguido del que huye para no morir de hambre, de modo que el personaje podía haber nacido en cualquier lugar de la América de habla española. Lo que sí importa es la palabra misma, su significado, que está extendido (y quien no lo conozca puede deducirlo de lo que dice Belisa), y su presencia en el habla cotidiana y en la literatura.
         También dice el diccionario que ñapa deriva de la palabra quechua yapa, que es, por cierto, como dicen en Perú. Me cuesta aceptarlo, algo dentro de mí se resiste, pero no tengo derecho a contradecir a quienes sí lo han investigado. Y entonces encuentro en el Libro raro (1912) de Gonzalo Picón Febres una insinuación:

En Venezuela nadie entiende como ñapa sino lo que los pulperos y bodegoneros dan como gracia o propina a los sirvientes por las compras que les hacen. En Canarias, yapa es adehala, y le dicen también ñapa. Don Zorobabel Rodríguez y don Rufino José Cuervo suponen a yapa proveniente del quechua yapaña, que significa añadidura.

Aunque la Academia pareciera confiar en Rodríguez y Cuervo, no deja de latirme en el oído que también se usa en Canarias. Y yo siento en ñapa un lejano sabor africano. ¿Los canarios aprendieron esa palabra aquí entre los incas, o la trajeron de Tenerife?
         La ñapa que le tocó al Coronel de Isabel Allende lo desorientó tanto, que sus hombres lo creyeron víctima de un embrujo. Viendo que ya no era el mismo que antes, su edecán le pide que le diga las palabras que lo atormentaban, “a ver si perdían su poder”. Y él le contesta: “No te las diré, son sólo mías”.
         Uno puede creer, como el personaje de Isabel Allende, que las palabras son sólo de uno. Y sí lo son, pero también son de los demás, que, por esa razón, porque usan las mismas palabras, son los mismos que nosotros.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXVIII / 27 de enero del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver:



lunes, 13 de enero de 2020

Un Bello colombiano (II) [CCLXXXVII]

Edgardo Malaver


 
Platón reunido con sus discípulos en la academia
(mosaico del siglo I)


[He aquí el segundo capítulo, para celebrar el Día del Maestro]
         ¡Los adversarios políticos! En la serie, de joven no tanto, pero de adulto, durante la guerra, en los debates parlamentarios, en las proclamas, Bolívar termina convenciendo a muchos que se le oponen por la fuerza de sus palabras, tanto como por la autoridad que detenta pero que, a fin de cuentas, está fundada en palabras. ¿Y quién ha desplegado mayor habilidad epistolar para reunir a su favor las circunstancias y los pareceres? El mérito de este triunfo, o de este método para llegar a él, es de Bello. También de Rodríguez.
         ¡Y las mujeres! La destreza de Bolívar con las mujeres no puede ser únicamente producto de su inspiración, de su belleza física, ¡de su dinero! Las cosas que parece que les decía tienen que haber sido fruto de sus lecturas literarias, de la reflexión sobre la naturaleza humana y, otra vez, sobre la fuerza de las palabras para mover las emociones a favor o en contra de una u otra razón. ¿Y quién inició a Bolívar en tales lecturas, en tales reflexiones, en tales prácticas? No puede haber sido Bello el único, pero sí tiene que haber sido el más poeta de sus maestros.
         Ustedes recuerdan, ¿verdad?, lo que hizo Albert Camus al oír la noticia de que se le había concedido el Premio Nóbel de Literatura en 1957. Le escribió una carta a su maestro de literatura de la escuela primaria y le atribuye a él todo lo que ha conseguido en ese camino iniciado con él. Bolívar le escribió esa carta a Rodríguez, pero sin duda también Bello la merecía. En la serie, Rodríguez vuelve a encontrar a Bolívar en París y ya no parece corregirlo ni darle más consejos. Bello, al contrario, nunca vuelve a verlo después de 1810, y no se despidieron en santa paz, porque Bello no aprobaba el proceder sinuoso de su pupilo. Sólo cuando este entra en cintura deja de ser un señorito malcriado y se convierte en un estadista, cosa que también era Bello.
         En el fondo de todo esto, entonces, está Bello. Y está Simón Rodríguez, y está el marqués de Ustáriz y el marqués del Toro, está incluso el tirano Bonaparte, pero Bello está en el origen, los demás vinieron después.
         El aniversario de Bello —y ahora el Día del Maestro— es importante por la misión de los maestros en el presente. ¿Es misión de un maestro enseñar a leer y a sumar a un niño? ¿Tiene un maestro que ocuparse de enseñar las capitales de los países y los números en inglés? Sí, pero ¿no es eso demasiado simple para un personaje tan importante en la formación de un niño? La misión tiene que ser superior a eso. Si no me propongo moldear un Simón Bolívar de cada niño, soy un triste maestro. [No vayan a creer los postmodernos sabelotodos que estoy diciendo que hay que educar líderes, porque no se trata y no se ha tratado nunca de eso... como no se trata tampoco del acento que le ponen a un personaje real en una película de época.]
         La polis ideal de Platón debía ser gobernada por “hombres de oro”, los espíritus más luminosos de la ciudad, pero la educación —la paideia, para decirlo con la palabra más precisa— tenía que velar por el crecimiento honroso de estos individuos, porque aun siendo de oro el espíritu puede desviarse en ausencia de educación. Y los efectos de la paideia sobre cada individuo incrementa exponencialmente los efectos sobre la sociedad. Con esa visión parece haber edificado Bello el monumento de su obra.
         Al final, ni la guerra, que es el hábitat de Bolívar, ni la universidad, que es el de Bello, pueden hacerse sin palabras y sin conocimientos. Al final, hayan sido de donde hayan sido nuestros maestros, hayan hablado con el acento que hayan hablado, lo que nos quedan son sus ideas, sus metáforas, sus palabras. Al final, es eso lo que podemos recuperar de su paso por la historia, que es nuestra propia historia: palabras, pero no son sólo palabras, porque ellas han tenido vida, y la vida está por encima de los hechos y de la historia.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXVII / 13 de enero del 2020




Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 6 de enero de 2020

Ni tres ni reyes ni magos [CCLXXXVI]

Ariadna Voulgaris


Según san Agustín, para seguirle el ritmo a la estrella de Belén
los Reyes Magos necesitaban dromedarios



         Envalentonada por los comentarios de mis amigos de Venezuela sobre mi artículo acerca de la Navidad (más de la mitad firmados por mi amiga Alejandra), me voy a atrever a escribir ahora sobre la Epifanía, es decir, la llegada de los magos de Oriente. Aquí entre nos, había querido hacerlo desde que el director publicó “El primero que cayó por inocente” (Ritos LXXXVIII) hace poquitico más de cuatro años, pero él se refería al muérgano del rey Herodes, que es el malo de esta película, y yo quiero hablar de los buenos muchachos que llamamos Reyes Magos. Y ese es mi punto: que no eran magos, mucho menos reyes y ni siquiera deben haber sido tres.
         Esta vez le toca al compañero san Mateo echarnos el cuento. Así como, por causa de una sola palabra de san Lucas, durante la historia se ha entendido que la Santísima Virgen dio a luz a la intemperie, en el caso de los Reyes Magos siempre se ha concebido que son tres debido a que ese fue el número de regalos que le trajeron al “rey de los judíos”, cuya estrella “habían visto” (Mateo 2, 2). Pero no hay evidencia ninguna en el evangelio de que fueran tres, siete ni doce, quién sabe si eran cuarenta. Solo podemos estar ciertos, por el plural magos, de que eran más de uno.
         Tampoco dice en ninguna parte que sean reyes. Según el historiador italiano Franco Cardini, el primero que llamó reyes a estos personajes fue Tertuliano (155-220 después de Cristo) al descubrir un pasaje en los Salmos en que David afirmaba que el Mesías, de niño, sería visitado por soberanos gentiles. Y fue nada menos que san Agustín de Hipona (354-430 después de Cristo) quien calculó que para llegar de Oriente a Belén en el tiempo que debe haber estado aquella estrella guía en el firmamento, tenían que haber viajado en dromedarios africanos, más que en camellos, que son más lentos.
         Lo que sí dice san Mateo es que eran magos. Sin embargo, no se puede interpretar esta palabra hoy de la misma manera que se entendía en el siglo I. El número tres y la noción de rey no han cambiado gran cosa en este suspiro de ángel que ha transcurrido desde que nació Jesús, pero no es lo mismo con la palabra mago. En aquel tiempo, un mago era una suerte de científico que estudiaba los astros y la matemática de la historia. Bastante imprecisa que era aquella “ciencia”, que ya se llamaba astrología, pero era lo más avanzado que existía. Aquellos “astrólogos” tenían la disciplina de un científico profesional (razón por la cual eran capaces de predecir acontecimientos, no por ser adivinos ni charlatanes) y bien lejos que estaban de parecer siquiera autores de horóscopos semanales, prestidigitadores que sacan palomas blancas de sombreros negros o personajes misteriosos que desaparecen edificios detrás de grandes cortinas de seda. Ni siquiera eran lo que en la Edad Media perseguía la Inquisición por tener relaciones (incluso sexuales) con el demonio. Ni el doctor Bombay, el amigo de Samantha Stevens, que tenía el poder de aparecer y desaparecer en el tiempo y el espacio, calificaría como mago si lo paráramos al lado de Melchor, Gaspar y Baltazar.
         Como consecuente, a pesar de lo muy poco que sabemos de los Reyes Magos, son unos personajes imprescindibles en el cristianismo. Representan al mundo pagano que viene a honrar a Cristo, a la ciencia que saluda a su hermana la fe, a la historia que se reinicia ese día: son el pasado, el presente y el futuro e incluso se les representa como uno anciano, uno joven y uno de mediana edad. Y son las razas de la tierra (se pinta a uno europeo, uno africano y uno asiático) que se juntan alrededor de un niño venido del cielo. Eso, primero eso, es lo importante... cultural, religiosa e históricamente.

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Año VII / N° CCLXXXVI / 6 de enero del 2020




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