Edgardo Malaver Lárez

Monsieur le prof Bernard
Cerquiglini
No sé cómo ni cuándo
comenzó a aparecérseme en la pantalla, pero desde hace meses disfruto mucho
cada edición que me llega de un programa de unos tres minutos que desentraña atractivos
pormenores de la lengua francesa. La “crónica”, como la llaman los productores,
es conducida por el lingüista francés Bernard Cerquiglini. Se llama “Merci professeur” —où manque pourtant la virgule devant le vocatif— y es
difundida al mundo entero por el canal de televisión TV5 Monde. Naturalmente, aun
sin decir por qué, queda recomendado.
Ayer o anteayer me llegó el
aviso para ver uno que decía que hablaba de la cedilla, esa letra extraña que
algunos conocimos tardíamente, al comenzar a estudiar francés. Ahora, gracias a “Merci
professeur” (sans virgule), sé que la dichosa letra también se utiliza
en portugués y en catalán con similares, o idénticas, funciones que en francés.
¡Pero...! ¡Resulta que es española!
Se ve de lejos que, en
francés, el término cédille proviene de cedilla, palabra a la que también se le nota que
significa ‘pequeña ceta’. Ah, ceta es la forma en que deberíamos
escribir el nombre de la letra Z. En español siempre que una palabra contiene
una sílaba con el sonido de la zeta y sigue la vocal a, la o o la u, en la
escritura persiste la zeta, pero cuando sigue una e o una i, entonces la zeta
se convierte en ce y viceversa. Observemos cómo de calabaza proviene calabacín
(que no calabazín); de lazo, lacito (y no lazito); de
dulce (no de dulze), dulzura. Este ejemplo quizá sea el
paradigma definitivo: moza, mocedad, mocito, mozo, mozuela.
Por supuesto, en esta
regla hay excepciones, como Zenón, zigzag y, como ya hemos
mencionado, zeta (aunque no tiene nada de malo escribir ceta, ni
es pecado escribir ceda ni aun zeda, ¡tan parecido a su nombre en
francés: zède!).
En francés pasa lo mismo,
o casi lo mismo pero a la inversa, con la cedilla aunque no se pronuncie igual
que como se pronunciaría en español si no hubieran dejado de usarla nuestros
antepasados, aproximadamente, en el Renacimiento. En francés la utilizan para
mantener el sonido /s/, que es el que le asignó la historia de esa lengua, en
las palabras con ce seguida de las vocales a o y u —la explicación de Cerquiglini
es una obra de arte—. De esta manera, por ejemplo, el sustantivo façade (‘fachada’)
habría que leerlo como /facade/, leçon (‘lección’) se leería /lecón/, conçu
(‘concebido’) sería /concú/.
En español la cedilla
habrá aparecido —podemos presumir— en algún momento al final de la Edad Media en
que, quizá arbitrariamente, los hablantes alfabetizados comenzaron a sentir que
el sonido de la zeta no era el mismo delante de las vocales e e i que delante
de las otras vocales, y necesitaron un signo que representara esa diferencia.
También por esa misma razón habrá desaparecido, ¿no?, porque ya había servido para
encontrar la solución (como tantas otras bellas cosas que el francés y otras
lenguas habrán adoptado de la española). Sólo le quedaba mudarse a otras
lenguas, tomar el camino del patito feo, que sintió que no encontraba acomodo
en el lugar donde había nacido, y se fue a buscarse una familia con la cual
sentirse a gusto.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DCXL / 13 de abril del 2026
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