lunes, 30 de septiembre de 2019

Paradójica e imposible naturaleza de la traducción [CCLXXVI]

Edgardo Malaver



Dedicado a todos los traductores e intérpretes del mundo, 
que celebran hoy su día. ¡Felicidades!



San Jerónimo y san Agustín (1580),
de Alonzo Sánchez Coello



         Llegados un año más al día de san Jerónimo, patrón de los traductores e intérpretes en el mundo entero, cada uno de nosotros sentirá el deseo de decir algo acerca de esta actividad que a algunos llena de gozo y a otros, de frustración. Este año, si me preguntan, yo voy a decir —o más bien voy a repetir, porque no puedo ser el primero que lo haya dicho— que la traducción, en su concepción y desde el instante en que se la emprende, es una perenne paradoja. Y si no es así, no es nada.
         ¿Por qué es la traducción una actividad paradójica? Imagine usted que se dedica a un oficio en que nadie debe percibir su presencia y que mientras menos se le perciba, mejor ha quedado su trabajo; pero al mismo tiempo, el hecho de que usted no sea perceptible es precisamente lo que lo hace más notorio. Así es la traducción: el ideal más elevado del traductor es que el lector de la traducción sienta que el texto que lee ha sido escrito originalmente en su propia lengua, pero el traductor que logra ese ideal atrae sobre sí todas las miradas. O sea, en la traducción la utopía de la invisibilidad sólo se alcanza mediante la omnipresencia. Parece un don que viene de lo alto.
         Por otro lado, en el terreno teórico, la traducción es percibida como imposible. Imposible, nada menos. ¿No es al menos curioso que, a pesar de que el mundo no pueda moverse sin ella, la traducción sea imposible? ¿Qué significa eso? Poetas, lingüistas y filósofos coinciden en que no es posible decir lo mismo en una lengua y en otra. No se utilizan las mismas palabras, y estas tienen en cada idioma un mundo aparte de ramificaciones semánticas y culturales que no tienen en otro; cada una de ellas tiene un sonido y una historia diferente en una lengua que en la lengua vecina; cada una de ellas adquiere valores diferentes al aparecer junto a otra, y en la traducción siempre van a ordenarse con otro criterio. La traducción es imposible.
         En la ciencia de las lenguas, la traducción sólo es posible si es posible romper la unidad indisoluble que existe entre el significado y el significante, y es justamente eso lo primero que hay que hacer para llevar un concepto, una idea, una simple afirmación, de un sistema de signos a otro. El traductor debe separar el núcleo de la información que percibe de la membrana que la cubre para poder acudir a la otra lengua en busca de una nueva vestimenta para esa información, y haciendo eso destruye aquello que es más importante conservar: la unidad del signo lingüístico, que es la que forma el mensaje. Si hay que armar un signo lingüístico nuevo en la otra lengua, ya no se está diciendo lo mismo y, por tanto, no ha cristalizado la traducción.
         Ortega y Gasset afirma con contundencia que la traducción es imposible porque el texto original es ya una traducción que hace el autor de su pensamiento a la escritura, que son por sí mismos dos sistemas totalmente diferentes. Más de 1.200 años antes, el poeta árabe Al-Yahiz, al concebir la poesía como un género reservado a su lengua, había aseverado: “La poesía no se puede traducir, ni es posible la traducción. Cuando se traduce, la forma poética se rompe, y el metro se elimina; su belleza desaparece y se pierde (...) la emoción”. Roman Jakobson lo acompaña en esta opinión.
         Siendo tan paradójico e imposible, no es extraño que, desde los tiempos de Cicerón nadie haya dado con una definición suficiente y satisfactoria de traducción. ¿Por qué es tan difícil? ¿Será por la naturaleza activamente cambiante e inconteniblemente libre de la lengua? Es indudable. Sin embargo, se hace todos los días. Entonces, si es imposible, será porque toda su naturaleza, todo su proceso y todos sus resultados están enraizados en un terreno que es tan informe y caprichoso como el pensamiento y las emociones del hombre: la lengua.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXVI / 30 de septiembre del 2019



lunes, 23 de septiembre de 2019

¿Qué hay de nuevo, viejo? [CCLXXV]

Edgardo Malaver


 
Peralta


         En el 2004, cuando entré a trabajar como traductor en El Universal —cuando aquello era aún El Universal—, volví a encontrarme con José Peralta, a quien ya había conocido en la Escuela de Idiomas Modernos, aunque no muy de cerca sobre todo porque en mis primeros tiempos el humor lingüístico y las referencias culturales que él hacía eran sencillamente inaccesibles para mí. José creyó que yo no sabía que él escribía poesía (o que al menos lo había intentado alguna vez), así que un día me lo confesó como quien revela, en un cuento de Edgar Allan Poe, que ha conocido a la mujer más sublime del mundo pero que, aun enamorada, ella debe irse a vivir en otro mundo. José pensaba que yo no percibía la felicidad que le producía que en el periódico le hubieran pedido traducir aquel fragmento de La isla del día de antes con el que lo encontré afanado mi primer día en la redacción. Pero yo me daba cuenta.
         Todos estos años he recordado e incluso comentado con mis alumnos aquella observación que me hizo una tarde, mirando el pedacito de la avenida Urdaneta que nos correspondía, sobre la frase más célebre de Bugs Bunny, “¿Qué hay de nuevo, viejo?”. Verdaderamente es esta una traducción ingeniosa. En inglés, me dijo, a la expresión “What’s up, doc?”, además de la entonación que le daba Bugs, intercalada entre mordisco y mordisco a la zanahoria, y la familiaridad (diríase el malandrismo suave) implícitas en el vocativo doc, no le veo precisamente señales de mucha creatividad; me hizo ver entonces la oposición (y la feliz coincidencia) entre la expresión ¿qué hay de nuevo?, buen equivalente de what’s up?, y el vocativo viejo, cuyo nivel de coloquialidad es semejante al de doc. Al final, ni viejo tiene nada que ver con la edad del interlocutor, ni doc, con su nivel académico; pero la sencilla acrobacia que había hecho el traductor en español superaba de modo palpable la habilidad creadora del autor.
         Una vez pisado el territorio de la traducción audiovisual, vino el comentario sobre el deseo, el proyecto, la ambición de emprender una investigación sobre la traducción de las series de televisión de los años 50 y 60: los nombres de los personajes, las frases fijas, los neologismos, los títulos de las series, los topónimos, etc. Yo apenas me atreví a aportar que cada uno de esos puntos por sí solo alcanzaba para un trabajo de grado.
         Después de aquel comentario de José, casi no puedo ver una serie de aquella época sin pensar que toda una generación de traductores audiovisuales, llamativamente creativa, construyó el paisaje lingüístico de la siguiente generación de espectadores en todo el mundo de habla española. Por ejemplo, compare usted el nombre Pedro Picapiedra, sagaz traducción de Fred Flintstone, con Twilight Sparkle, equivalente a... Twilight Sparkle. (La sola serie de Los Picapiedras es una manantial de adaptaciones de los nombres de todo, excepto quizá los de Pebbles y Bam Bam, curiosamente los más jóvenes). El zapatófono del Superagente 86, la Gatúbela de Batman, la Robotina de los Jetsons (ay, perdón, los Supersónicos), la Rana René de los Muppets, el Sargento Matute de Don Gato, Pierre Nodoyuna, la Tortuga D’Artagnan, el Profesor Locovich, Tiro Loco McGraw, Leoncio y Tristón, el Lagarto Juancho, etc. Todos ellos tienen otros nombres en su lengua original, que han sido modificados en español para “encajar” de la mejor manera posible en la cultura de llegada, aunque apenas sea en el nivel fonológico de la lengua. Dicho así, los traductores audiovisuales del pasado parecían servidores públicos, ¿verdad?
         Creo que he debido doblar a la izquierda en Albuquerque. José me hizo prometerle que no le iba a robar la idea de aquella investigación. Solo me atrevo a mencionarla ahora que no queda más remedio y porque es justo que se sepa que José Peralta, además de ser traductor, es decir, además de acariciar la lengua para darle su forma más prístina al comunicarse con los demás, vivió siempre encendiendo la llama de la reflexión. Ahora que, desde la semana pasada, ya no está entre nosotros, la memoria de su conversación serena será, al menos para quienes lo tratamos, un brillo que ennoblezca nuestra visión de la traducción como oficio y como actitud ante los hechos.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXV / 23 de septiembre del 2019




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lunes, 16 de septiembre de 2019

¿Pergamino o cultura? [CCLXXIV]

Laura Jaramillo


Gallegos, una mente muy bien amoblada



         La cultura del venezolano es supremamente variada, probablemente como la cultura de cualquier país del mundo. Nuestra mentalidad tiene mucho que ver con esa multiculturalidad. Creo que son dos aspectos inseparables. Uno influye en el otro y el otro influye en el uno.
         Esto lo podemos ver, por ejemplo, en los muebles de nuestra casa. En Europa, quizás en algunos países latinoamericanos, probablemente se botan los muebles cuando se quiere cambiar el ambiente del hogar. En cambio, nosotros tapizamos una y mil veces los mismos muebles, hasta les cambiamos la forma, de cuadrado a redondo, de dos puestos a uno.
         Sin ir muy lejos, tenemos un perro caliente único, tomamos prestado un simple pan con una salchicha adentro y le pusimos aguacate, queso amarillo, huevo frito, salsa de tomate, mayonesa, mostaza y un largo etcétera.
         No obstante, hay muchas cosas en nuestra cultura que son quizás erradas y sería bueno erradicarlas, y una de ellas es la creencia de que mientras más títulos se tenga, más educación se tiene, educación de actitud, no de conocimiento. Se cree que por tener tres, cinco, seis pergaminos se es una persona muy bien portada.
         Pero esa educación viene del hogar, viene del buen uso cognitivo. El pergamino solo da fe del conocimiento, que puede adquirirse incluso bajo otras circunstancias. Si no, pregúntenle a Rómulo Gallegos.
         El hogar nos enseña a ser respetuosos, tolerantes, comprensivos, amables. El pergamino quizás refuerza esos valores, pero jamás te dará poder para insultar, irrespetar y hacer lo que salga del forro. El poder que se obtiene con el pergamino es el del saber, no el del pisotear.
         Entonces, que nos conozcan por nuestra gastronomía, nuestra hospitalidad, nuestro excelentísimo lenguaje y por nuestro alto nivel cognitivo, lo que le dará mucho más valor a nuestra maravillosa cultura.

laurajaramilloreal@gmail.com



Año VII / N° CCLXXIV / 16 de septiembre del 2019





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¡Qué molleja de metáfora!

lunes, 9 de septiembre de 2019

Otro verbo con otros sinónimos [CCLXXIII]

Edgardo Malaver


Borges, autor de “Funes el memorioso”



         Hace tres semanas, intentando irme por el camino ancho al examinar los verbos comenzar y empezar, decidí concentrarme en los sinónimos y lo que decía el diccionario de la Academia; lo primero que sucedió fue que me costó decir lo mínimo en el espacio máximo que pauta Ritos, y lo siguiente, que encontré datos sobre ciertos sinónimos que me dejaron como corredor en pisicorre.
         Me armé una breve lista de sinónimos un tanto arbitraria y después consulté sus significados, lo cual sólo pocas veces me condujo al previsible camino en círculo al que conducen estos juegos. La lista era: comenzar, empezar, iniciar, principiar, emprender, entablar, abordar, intentar, encabezar, abrir, introducir, arrancar, guiar, conducir. Ya he hablado de los dos primeros. El tercero, iniciar, me dio una sorpresa.
         La primera acepción de iniciar es tan sencilla que el diccionario incluso lo define con un sinónimo: comenzar; pero luego dice en la segunda: ‘introducir o instruir a alguien en la práctica de un culto o en las reglas de una sociedad, especialmente si se considera secreta o misteriosa’. No luce en nada extraño porque describe una actividad en que se da los primeros pasos, pero sí se siente que no es ya un sencillo sinónimo de comenzar.
         La tercera acepción dice: ‘proporcionar a alguien los primeros conocimientos o experiencias sobre algo’. Igualmente parece un comienzo, aunque es claro que va más allá. Estas dos ideas nos llevan a las célebres ceremonias iniciáticas de sectas y grupos fanáticos que exigen a los aspirantes a miembros pasar por ciertos ritos, en ocasiones sangrientos, que incluso pueden comenzar en desastre. ¿O tendré demasiado Hollywood en la cabeza?
         Los sinónimos que encontré para iniciar, teniendo en cuenta estos significados, son: enterar, preparar, formar, instruir, aleccionar, enseñar, educar e incluso catequizar. ¿Vieron hasta dónde llega el asunto?
         Uno descubre estas mínimas redes de significados, urga un poco en sus etimologías, hasta en sus formas, y llega a preguntarse si no estarán, por algún sinuoso recorrido de la sinonimia y los  matices, conectados, asociados de alguna manera, emparentados como parientes lejanos que crecen en la misma casa. Sí, ¿serán sinónimas todas las palabras?
         Es por lo menos fascinante tropezarse con estos curiosos sinónimos que a veces se “alejan” o se diseminan en numerosos campos. Quién sabe si no son, en realidad, esas fuerzas las que nos permiten mantener el equilibrio. De otra forma, o no sabríamos reconocer un significado de otro o seríamos todos como Funes el memorioso, a quien atormentaba el poder de recordar no sólo “cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXIII / 9 de septiembre del 2019




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lunes, 2 de septiembre de 2019

Paisano [CCLXXII]

Edgardo Malaver


Fruits du pays... de cualquier lugar



         Cuando era niño, veía los juegos de beisbol con mi abuela, que, de niña, iba con frecuencia al estadio porque todos sus hermanos varones eran beisbolistas. Aprendí de ella casi todo lo que sé de beisbol y al estadio fui tres o cuatro veces, cuando mi hermano menor se tomó vacaciones de la natación para jugar beisbol, del cual después se escapó para jugar fútbol.
         Un día, viendo un juego con mi abuela, oí al comentarista Carlos Alberto Hidalgo contar una anécdota en que dos peloteros conocidos entraban en el diamante vestidos “de civil” para revivir una jugada importante del pasado. Quería decir que no iban con el uniforme de su equipo, sino como cualquier ciudadano, y yo me quedé el resto del partido preguntándome cuál sería el equivalente de vestido de civil en el deporte o en cualquier otra disciplina que no fuera la militar.
         La pregunta ha estado rebotando en mi memoria durante más de 40 años, y hoy hizo un bounce fortísimo por centerfield mientras escogía yo unos cambures en un supermercado aquí en Lima. Una mujer le explicaba una receta a otra y le decía: “A eso le puedes agregar frutas cítricas o frutas del país”. ¡Frutas del país! ¡Dicen como en francés! ¡Fruits du pays! Frutas silvestres, frutas del campo, del lugar donde se cosechan... ¡o donde nacen!
         De camino a la casa, iba pensando que en francés pays deriva en paysan, que equivale a nuestro campesino, aunque se parezca más a paisano; pero... ¿paisano en español, además de referirse a aquel que es de la misma tierra que uno, significa también ‘campestre’, ‘rústico’? Tuve que apurar el paso: me urgía una dosis de diccionario.
         Pues sí, en tercera acepción; pero eso no fue lo mejor. Paisano ciertamente proviene de la palabra francesa pays, ‘territorio rural’, pero la gran sorpresa que me dio el diccionario fue que la segunda acepción abarca a cualquiera ‘que no sea militar’. Nunca me había percatado de este sentido. Sólo faltaba dilucidar un punto: ¡¿cómo se dice cuando un deportista, una enfermera, un escolar va por ahí sin uniforme? El diccionario incluye más adelante la locución adjetiva de paisano, que, referida a la ropa, quiere decir ‘que no es de uniforme o hábito’. O sea, un sacerdote sin sotana también va de paisano. Y nuestro amigo Hidalgo hubiera podido decir: “Dos beisbolistas vestidos de paisano”.
         ¡Ah!, en Perú me estaba esperando una respuesta más: aquí se dice en ropa de calle... o es la respuesta más frecuente de quienes soportan ahora mi preguntadera. Me recuerda en ropa de andar, que es un hermoso acortamiento, bastante familiar, que también he oído en Venezuela, pero que parece provenir de España, donde dicen más bien en ropa de andar por casa. No es lo mismo, porque equivale a en mangas de camisa y esto no tiene nada que ver con usar o no usar uniforme, sino con la formalidad o informalidad del vestido, pero me acordé.
         Mi hermano después del fútbol se metió en política y más tarde fue “oyente” en la primera academia de judo que hubo en Juan Griego. A esas alturas mi abuela y mi madre ya lo estaban presionando para que terminara la secundaria, y tuvo que enseriarse. Al final, no nos dimos cuenta de que los dos nos graduamos de detectives y, como se sabe, a los detectives, los de la ley y los de la lengua, nos conviene ir por ahí vestidos de paisano, no sea que criminales y palabras nos reconozcan y se nos escondan.

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Año VII / N° CCLXXII / 2 de septiembre del 2019




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lunes, 19 de agosto de 2019

Dos verbos sinónimos [CCLXXI]

Edgardo Malaver



Varios círculos (1926), de Vassily Kandinsky



         A mí me pasaba lo mismo: cuando escribía Comienzo a caminar por la calle de mi casa, la vocecita aquella que tenemos todos en la mente me gritaba: “¡Empiezo!”.  Y al revés. Me molestó tanto la vocecita de los riñones, que antes de terminar el bachillerato comencé —sí, comencé— a hacerme el sordo, y ella terminó cansándose de mí. Yo la recuerdo, pero como nunca me dio ni un solo argumento, ni siquiera se la menciono nunca a nadie.
         Eso fue hasta la semana pasada, que vino a visitar a mi esposa, que es su prima, el pintor peruano Juan Pablo Ríos —que también es karateca, con la celebridad que han cobrado en estos días los karatecas peruanos—. Y entre un comentario y otro, me mira a mí y me dice: “¿A ti no te pasa cuando escribes que dudas entre poner comenzar y poner empezar?”. Pues no, ya no me pasa, le digo, pero parecen simples sinónimos, no debe haber gran diferencia entre ellos. Pero la pregunta de Juan Pablo, además de halagarme, me persiguió todo el día, de modo que en la noche me puse a leer sobre el asunto. ¡¿Por qué no lo investigué antes?!
         La búsqueda más sencilla en el diccionario de la Academia me da que, como verbo transitivo, comenzar significa ‘empezar’. ¡Ja! Por fortuna dice de inmediato ‘dar principio’. Como intransitivo, en segunda acepción, también es empezar, pero esta vez, equivalente, entre paréntesis, a ‘tener principio’. Y en tercera, dice ‘dar comienzo’. Lo que se llama propiamente un círculo en geometría. Lo que me parece valioso de esta definición es la escuetísima nota etimológica: “Del latín vulgar cominitiare”. Es fascinante porque resulta que cominitiare se compone del prefijo con-, que significa ‘unión’, ‘totalidad’, y el verbo initiare, que significa, como se nota, ‘principiar’. Es decir, cuando comenzamos algo, nos estamos introduciendo en su conjunto total, iniciamos un recorrido que termina en abarcarlo todo. Por algo se dice que uno debe terminar lo que comienza.
         Empezar, por otro lado, significa, como transitivo, ‘dar principio a algo’ y, en segundo lugar, ‘iniciar el uso o consumo de algo”; como intransitivo, ‘tener principio en un lugar’ y ‘dar comienzo en el tiempo’. Me marea tanto círculo, pero me reconforta la etimología. Aunque parezca mentira, empezar no proviene del latín sino del propio español: se forma con el prefijo en- y el sustantivo pieza. ¡Madre mía! No es ya iniciar la hechura de algo sino convertirlo en un solo conjunto, hacerlo una sola pieza. Se me ocurre que, en el origen, deben haberse concebido así emparejar, empaquetar, quizá también enamorar y, más, enamorarse. Empezar parece llevarlo a uno a transformar algo en lo que uno desea.
         ¿Hay diferencia, entonces? Puede ser. Juan Pablo y yo coincidimos la semana pasada en que usábamos empezar en contextos más familiares e íntimos, y comenzar para asuntos más sociales y formales. Él agregó que los niños parecían preferir empezar y yo no lo había pensado, pero suena probable. Ahora mismo estoy pensando que mi niña pequeña dice frases como “Hay que llegar hasta el empiezo de la línea”. Debe ser por su juventud que este verbo no ha engendrado aún su sustantivo. Comenzar sí lo tiene y lo hemos conocido desde el principio.
         Comenzar también luce más colectivo que empezar. Quizá por eso empiezo, yo solo, a prever que pronto otras vocecitas, animadas por la resurrección de ésta, comiencen, en manada, a ilusionarse con el fin de mi prolongada desatención.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXI / 19 de agosto del 2019


lunes, 12 de agosto de 2019

Una niña de nueve años [CCLXX]

Edgardo Malaver


Oliwia Dabrowska, la niña del abrigo rojo de La lista
de Schindler (1993), de Steven Spielberg



         Mi profesora de Castellano y Literatura de cuarto año de bachillerato se sabía de memoria todo el libro de texto —sí, el de Raúl Peña Hurtado y Luis Rafael Yépez—. Lo descubrí una mañana que llegué tarde a clase, como cada martes y cada jueves, y me senté al lado de Shiraz Dahouk, la única muchacha árabe que había en mi grupo, para que me indicara por dónde andaban; Shiraz me mostró la primera página del capítulo, y yo lo busqué en el índice; después ella levantó tres dedos y yo interpreté que estábamos leyendo el tercer párrafo. A mitad de párrafo, se me cayó la quijada en el libro al percatarme de que la pobre mujer, caminando por entre los pupitres, recitaba, palabra por palabra, lo que decía Menéndez Pidal sobre el Cantar de mío Cid.
         Una forma sin duda poco estimulante para que los jóvenes estudiantes se interesen en un texto importante pero cuyo primer acercamiento será siempre difícil por causa de la distancia en el tiempo, aunque en teoría la lengua sea la misma. Algunos episodios de la historia de Rodrigo, sin embargo, no se dejaron opacar por aquel lastimoso ejemplo. Uno de ellos es el de la “niña de nueve años” que le advierte al Cid que debe irse de Burgos porque su presencia pone en riesgo a los habitantes, que han sido amenazados por el rey de perder los ojos si lo ayudan. Mil veces ha venido a mi memoria aquella primera impresión que me causó el demoledor abandono que significaba para el Cid el hecho de que fuera apenas una niña indefensa la que se atreviera a hablarle, mientras los demás, aun considerándolo un buen hombre, se escondían.
         Andrés Bello, sin embargo, nos sorprende con la idea de que esta niña que le habla al Cid no es precisamente un niña, sino más bien una naña, es decir, una anciana. Y nos da una buena explicación:

En la edición de [Tomás Antonio] Sánchez se lee una niña de nuef años; pero el razonamiento que sigue se atribuye a una vieja en la Crónica [del famoso cavallero Cid Rui Díez Campeador], capítulo 91; lo cual es infinitamente mas natural i propio, no habiendo nada en él que no desdiga de una niña, a menos que se la supusiese sobrenaturalmente inspirada, circunstancia de que no hai el menor indicio en la narración. Atendiendo a que la Crónica va aquí paso a paso con el Poema, tengo por seguro que está viciado el texto del códice de Vivar, o de la edición de Madrid, i que debemos leer “una naña de sesenta años”. Naña significaba ‘mujer casada’, ‘matrona’ [Berceo, Duelo, copla 174; Alejandro, copla 1017]; i suponiendo que los números se hubiesen escrito a la romana, como a menudo se hacía, era un lijerísimo rasgo lo que diferenciaba a nueve de sesenta. Facilísimo era que la pluma májica de un copiante trasformase a la naña de LX años en una niña de IX.
El Diccionario de la Academia Española trae nana en lugar de naña; pero que en el siglo XIII se pronunciaba naña lo prueban irrefragablemente los pasajes citados de Berceo i del Alejandro, en que consuena con sana, extraña, compaña, montaña, faciaña (fazaña, hazaña).

         El cine y la literatura han querido imitar... o han imitado sin querer esta imagen de la niña que se levanta inerme ante un gigante como Ruy Díaz de Vivar: la Cosette de Víctor Hugo, la vendedora de los fósforos de Andersen, la niña vestida de rojo de Spielberg. Y resulta que, en rigor, de veras que tiene mucho más sentido que sea una anciana.
         Aun así, la obra pervive. La serena palpitación de aquella lengua castellana inicial y de aquella historia real contada en términos de ficción nos ha conducido a otros caminos, también luminosos —celebro aquí la novela Mío Cid Campeador (1928), del poeta Vicente Huidobro—. No importa, entonces, el desdén de algunos o el descuido de otros, la sombra del olvido no caerá sobre el Mío Cid porque, como literatura, nos cuenta lo que no vemos dentro de nosotros mismos.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXX / 12 de agosto del 2019


lunes, 29 de julio de 2019

A propósito de Cruz Diez y otros compadres [CCLXIX]

Antonio Peña


Induction du Jaune de la serie Nov 06/4 (2006),
de Carlos Cruz Diez




         Tengo un amigo que es artista plástico y estudió en la Escuela de Artes Plásticas Armando Reverón (otro gran artista venezolano, el pintor de la luz). No voy a revelar el nombre de mi amigo, pero sé que conoció a Carlos Cruz Diez y compartió muchos momentos con él. Me cuenta mi amigo que la conversación con Cruz Diez era muy interesante y que él era muy laborioso como artista. Este amigo mío siempre decía como “anécdota”: “Yo conocí a Cruz Diez cuando apenas era Cruz Nueve”.
         Personalmente, como poeta, es decir, artista de las palabras, en mi juventud siempre fui muy allegado a los círculos intelectuales de la época y tuve el honor de conocer a Jesús Soto y trabar amistad con él, durante los pocos viajes que hizo a Venezuela en los años 1990. De hecho, fui muy allegado a la poca familia de Soto residenciada en Caracas. En la residencia de ellos, hay un montón de cuadros de la etapa temprana de Soto, que tuve el placer de admirar.
         Pienso que a veces a los venezolanos se nos olvidan estos tesoros artísticos de nuestro amancillado país, ahora destrozado por la peste política que nos ha azotado desde hace 20 años ya. Sé que en medio de la presente crisis chavista-madurista es difícil o imposible preocuparse o sencillamente ocuparse del arte. Priva siempre, como es lógico, la necesidad de comer, de pagar las cuentas y rendir el poco y devaluado dinero que percibe el venezolano de a pie; pero ya es hora de que comencemos a valorar el legado de esos talentos vernáculos y a aprender de ellos. El arte siempre será una tabla de salvación, especialmente en momentos tan aciagos como éste.
         Dios bendiga a estos dos grandes artistas y los tenga en alguna nube tocando cuatro y guitarra, cantando, charlando de arte y bebiendo “donde la noche es vino y alegría hasta el amanecer”, por citar a otro grande, al Chino Valera Mora. A lo mejor, todos esos locos montan tremendo bonche en el cielo. Y aunque no quiero ponerme muy farandulero, me encantaría que ese gran espectáculo celestial lo presentara nada menos que la flaca Carmen Victoria Pérez, con bombos y platillos.
         ¡Dios los bendiga a todos ellos!

antoniojpm@gmail.com



Año VII / N° CCLXIX / 29 de julio del 2019


martes, 16 de julio de 2019

¿Por qué Andrés Bello escribe tan mal? [CCLXVIII]

Edgardo Malaver


 
Rebelde portada de 1923 del autor
de
Platero y yo



...i los pensamientos se tiñen del color de los idiomas.

Bello


         El artículo de la semana pasada trataba de Rodrigo Díaz de Vivar (h. 1048-1099), el Cid Campeador, para homenajearlo porque se cumplían 920 años de su muerte, pero sobre todo para hablar del Cantar de mío Cid, la obra literaria que narra sus hazañas. Y como había descubierto que nuestro Andrés Bello estuvo investigando y escribiendo sobre el Cantar la mitad de su vida, me di el placer de leer y utilizar sus escritos para sustentar lo que deseaba decir. Bello, por cierto, hizo con la copia de Per Abat lo mismo que después haría Ramón Menéndez Pidal, pero nadie recuerda ni menciona el hermoso y agudísimo trabajo de Bello.
         La citas que utilicé provinieron de la edición de 1881 de las obras completas de Bello editadas por el Consejo de Instrucción Pública de Chile, de modo que el texto exhibía algunos de los rasgos más destacados de las ideas del autor acerca de cómo debía ser la ortografía de la lengua española. Tales rasgos hoy en día, en que muchas de las razonable propuestas de Bello se quedaron sin el apoyo que un día reunieron, lucen mucho como una trasgresión, cuando no una fuente de confusión: usa la i en lugar de la conjunción y, por ejemplo, y escribe general y energía con jota. ¿Por qué don Andrés escribía tan mal?, puede preguntarse cualquiera que no lo conozca.
         Pues resulta que estaba siendo equilibrado y ecuánime, porque en realidad Bello propuso en 1823 (la misma época en que comenzó a estudiar el Mío Cid) una reforma bastante sencilla pero también bastante audaz de la ortografía del castellano, que en algún momento llegó a tener algo de aceptación en Sudamérica, sobre todo en Chile. No sería justo decir que era original, puesto que en el siglo XV Antonio de Nebrija ya había formulado el corazón de la propuesta de Bello: “Tenemos de escrivir como pronunciamos, et pronunciar como escrivimos”, porque de otra manera, ¿para qué tenemos letras?
         Siguiendo esa lógica, Bello publicó, junto con el colombiano Juan García del Río, en su Biblioteca Americana de Londres un artículo titulado “Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar la ortografía en América”, en el cual exponen que el castellano, que consta de sonidos elementales bien diferenciados, “es quizá el único idioma de Europa que no tiene más sonidos elementales que letras”. Además desestiman radicalmente la utilidad de dos de los tres criterios de la Real Academia para configurar la ortografía: el uso constante y la etimología. La pronunciación es para ellos el único criterio razonable para tal fin.
         En consecuencia, “sugieren” —es la palabra que usan— una reforma ortográfica de dos etapas que pretende conformar un alfabeto de 26 letras, variando también los nombres de casi todas: A (a), B (be), CH (che), D (de), E (e), F (fe), G (gue), I (i), J (je), L (le), LL (lle), M (me), N (ne), Ñ (ñe), O (o), P (pe), Q (que), R (ere), RR (re), S (se), T (te), U (u), V (ve), X (exe), Y (ye), Z (ze).
         Con esto no sólo queda explicada la curiosa utilización de la i y la jota en Bello sino también en autores contemporáneos y posteriores a él, como Simón Rodríguez, Fermín Toro y Domingo Faustino Sarmiento. En 1844 la reforma había sido acogida oficialmente por Chile, donde don Andrés era inmensamente respetado; luego lo hicieron otros países, incluyendo Venezuela, pero la iniciativa naufragó finalmente en 1944, cuando su gran promotor, Chile, la abandonó. Juan Ramón Jiménez, sin embargo, siguió utilizándola por convicción hasta el fin de sus días en 1958.
         La ortografía, que como dice Bello, no tiene por objeto “corregir la pronunciación común, sino representarla fielmente”, puede ser tan sencilla como lo sean los sonidos de la lengua. Y considerándola con criterios claros y coherentes, puede contener ideas y emociones, conocimiento e imaginación. El quid es, entonces, si las letras de veras pintan los sonidos de nuestras palabras, porque las palabras han de dibujar siempre nuestro paisaje interior.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXVIII / 16 de julio del 2019




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lunes, 8 de julio de 2019

En paz descanses, mío Cid Campeador [CCLXVII]

Edgardo Malaver


Estampilla española de 1962




         En un mundo que parece pensar que todo aquello que tiene dos días más de edad que uno carece del más ínfimo valor y es, por tanto, vergonzoso mencionarlo, aquí vengo yo a hablar de una persona cuya muerte sucedió hace 920 años. Me gustaría más hablar de su nacimiento, pero esa fecha no se conoce. Ni siquiera se sabe si de veras nació en el lugar donde se dice que nació 50 o 55 años antes. Pero más que de la persona real, Rodrigo Díaz de Vivar, quiero hablar del personaje literario, el Cid Campeador, y más que del personaje, de la más conocida de las obras que hablan de él, el Cantar de mío Cid... y más que de la obra, de la lengua en que fue escrita, el castellano.
         Rodrigo Díaz creció cerca de la corte de Fernando I de Castilla y León, cuyo heredero, Alfonso VI, lo desterraría a causa de las intrigas que urdieron sus “enemigos malos”. Y de este hecho precisamente nace la narración que leemos en el Cantar. Rodrigo debe emprender una larga campaña militar, de al menos tres años, en que derrota a los enemigos del rey e incluso arranca de manos musulmanas la ciudad de Valencia, con el fin de obtener el perdón del rey.
         El Cantar fue escrito unos 40 años después de la muerte del Cid, pero sólo conocemos una copia confusamente fechada en 1207, y muchos dicen que el copista, Per Abat, es en realidad el autor. Andrés Bello, uno de los primeros que estudió el manuscrito, lo descarta del todo, y se concentra en la belleza del texto y su importancia para la literatura española.
         Un detalle ha hecho enigmático este texto durante toda su historia: le falta la primera página, que algunos calculan contendría unos 50 versos. Sin embargo, basándose en las crónicas sobre reyes de la época, algunos investigadores como el propio Bello y, después, Ramón Menéndez Pidal han reconstruido ese breve fragmento perdido. Bello va más allá y llega a la conclusión de que las crónicas y el Cantar son en realidad el mismo texto, puesto que, bastantes capítulos después del segmento faltante, los versos son idénticos, así que su refundición coincide en 10 de cada 12 versos con la muy difundida versión de Menéndez Pidal.
         Bello, elogiado por Menéndez Pidal por “la sagacidad crítica y el seguro tino con que enjuicia el valor literario de la obra”, escribió en 1823, cuando comenzaba a estudiar al Cid:

No es comparable el Mío Cid con los más celebrados romances o jestas de los troveres. Pero no le faltan otras prendas apreciables i verdaderamente poéticas. La propiedad del diálogo, la pintura animada de las costumbres i caracteres, el amable candor de las expresiones, la enerjía, la sublimidad homérica de algunos pasajes, i, lo que no deja de ser notable en aquella edad, aquel tono de gravedad i decoro que reina en casi todo él, le dan, a nuestro juicio, uno de los primeros lugares entre las producciones de las nacientes lenguas modernas.

         Y acerca de la lengua castellana, dice:

Echando una rápida ojeada sobre la lengua castellana del siglo XIII, veremos que no estaba tan en mantillas, tan descoyuntada, por decirlo así, tan bárbara como jeneralmente se cree. En lo que era diferente de la que hoi se habla, no se encuentra muchas veces razón alguna para la preferencia de las formas i construcciones que han prevalecido sino la costumbre.

         O sea, es la misma lengua, que hemos heredado convertida en poesía.
         Y pasado mañana, 10 de julio, que en paz descanses, Rodrigo, hijo de Diego, Cid Campeador.

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Año VII / N° CCLXVII / 8 de julio del 2019




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