lunes, 25 de junio de 2018

De la arrogancia a la cortesía [CCXIV]

Daniel Álvarez



“¿Hay algo más real que las palabras?”, 
se preguntaba Oscar Wilde


          Hoy en día, las personas conocen el precio de todo cuanto existe y los rodea, pero realmente saben el valor de nada. Con esto, quiero decir que hasta en el ámbito lexical se produce el mismo fenómeno: la gente desconoce el valor de las palabras.
         Por la única razón que, en efecto, incita a uno a hacer cualquier pregunta: simple curiosidad, me dispuse a estudiar el trasfondo de un verbo empleado, con gran frecuencia, en actos de justificación o arrepentimiento. Acogido por mi ignorancia, y, como dije, llamado por mi curiosidad, me preguntaba: ¿por qué al verbo disculpar se le añaden los pronombres reflexivos me y se, en ocasiones enclítico, y otras veces de forma independiente y antecediendo al verbo, cuando se trata de lamentarse o excusarse de una ofensa o falla cometida por uno mismo? Consideraba como todo un acto de pedantería el decir “me disculpo ante usted…”.
         Detallando este acto de habla minuciosamente y en un nivel primario, me hacía figurar una suerte de soberbia y vanidad, pues ¿quién es uno para atribuirse la potestad de perdonarse? Su estructura es básica, gira en torno al verbo disculpar, conjugado en primera persona, antecedido por un pronombre reflexivo, y precedido, generalmente, por una cláusula subordinada circunstancial causal, que justifica la razón de la contrición. Si vamos más allá de la gramática de la oración, y nos adentramos en un nivel más profundo, donde yace el sentido de la proposición, parece que el enunciado encerrara un significado fatuo y presuntuoso, pues, en sí, es el propio emisor (sujeto de la oración) quien se toma la inmodestia de perdonarse por una falta cometida por sí mismo, por un error perpetrado por su persona.
         ¿Cuántas veces ha de parecernos que, personajes del día a día pasan de ser individuos plenos de modestia y humildad a sonar soberbios y arrogantes? Es por ello que decidí iniciar este rito con aquella frase que señala que desconocemos el valor de las cosas, pues por valor me refiero, en este sentido, a significados y etimologías, y por cosas, a las palabras que componen la lengua; siendo la unión entre estos dos términos lo que añade sentido a los enunciados que emitimos. Así aclaro que el uso de estos sintagmas verbales no es tan arrogante como parece en primera instancia; al contrario, su sentido va más dirigido a aclarar que la falta cometida escapa de sus propósitos.
         ¿Pero qué significa disculpar? ¿De dónde proviene? Este verbo, perteneciente al primer grupo, procede del sustantivo femenino disculpa, palabra derivada de la unión entre el prefijo latino dis-, lo que significa ‘negación o contrariedad’, y del sustantivo culpa, el cual nos presenta un abanico de acepciones, de las cuales tomé las que se refieren a continuación: “f. imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta”; “f. psicol. acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado” (Diccionario de la Lengua Española, 2017). Por lo que podemos resumir que disculpa significa no tener culpa o responsabilidad de algo. Yendo un poco más allá de su etimología, podemos concretar que dicho verbo representa la acción de justificar un hecho, ofreciendo pruebas, razones o argumentos que excluyen a un individuo de tener culpa o responsabilidad sobre ello. Dicho de otro modo, es la razón que se da para argumentar o excusar alguna falta en la que se ha caído. Por ende, el disculparse no es un acto de petulancia ni soberbia, sino un hecho de autojustificación. En otras palabras, es un modo de prevenir o remendar un error o fallo cometido por uno mismo, a través de razones que aclaran que lo sucedido o dicho fue sin culpa alguna, es decir, sin ninguna intención.
         Lo mismo ocurre, con los verbos excusarse, perdonarse, absolverse e indultarse, verbos que suenan un poco engreídos al añadirle las partículas me o se, las cuales precisarían que la acción del verbo es concebida por el propio sujeto.
         Este extraño y peculiar fenómeno no solo sucede en nuestra lengua castellana, sino en otras lenguas romances como el francés, por ejemplo. Je m’excuse es el arrogante equivalente a nuestro me disculpo. Algunos de los enunciados que aminorarían este parecer altivo en nuestro idioma pueden ser discúlpeme o ¿podría disculparme?
         En resolución, traigo a escena una cita del escritor irlandés Oscar Wilde, que nos viene a la perfección en esta ocasión, y nos sirve de cierre para este “descortés” episodio; dice así: “¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué claras, y vívidas, y crueles! Uno no puede escapar de ellas. Y sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen servir para dar una forma plástica a cosas sin forma, y tener música por sí mismas […]. ¡Simples palabras! ¿Hay algo más real que las palabras?” (El retrato de Dorian Gray, 1890, traducción propia). Dicho esto, no cabe duda de que la riqueza y el valor de las palabras establecen pronunciadas diferencias en el sentido de las proposiciones, de allí que suene vanidoso decir me disculpo, y cortés decir discúlpeme. ¿Y las diferencias entre disculparse y perdonarse? Este par lo dejaremos para otro rito.

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXIV / 25 de junio del 2018




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lunes, 18 de junio de 2018

Aumentativos ocultos [CCXIII]

Ariadna Voulgaris y Edgardo Malaver



¿De qué otra palabra es aumentativo camión?



[Fragmentos de un diálogo por chat entre los autores]
         —Profesor Malaver, ¿cómo está?
         —Hola, Ariadna. [...] Bien, bien. ¿Y tú?
         —Bien. [...] Desde hace días, profe, quiero hacerle un comentario. O proponerle un artículo para Ritos.
         [...]
         —Qué bien. ¿De qué se trata?
         —Es que estuve revisando los primeros artículos, de 2013, y me gustó mucho uno que se llama “Diminutivos ocultos”, de José Antonio Millán.
         —Ah, sí, a mí también me gusta ese texto. [...] Cómo me gustaría que Millán un día se animara a publicar otro con nosotros.
         —Ojalá [...] porque es muy inteligente, por lo que he leído. Yo pensé en un artículo en que habláramos, no de los diminutivos sino de los aumentativos ocultos que tenemos en castellano (perdone, profe, es que estuve trabajando en Cataluña el año pasado y me acostumbré a decir castellano). Me llaman la atención unas cuantas palabras que parecen aumentativos pero que no sé si lo son.
         —[...] Me pasa lo mismo. Hace unas dos semanas se lo comentaba a mis alumnos.
         —Estaba pensando en camión, por ejemplo. ¿De dónde viene camión?
         —¡Aaaaahhh...! ¡Ariadna, me estás leyendo la mente!
         —Pero ¿sabe de dónde proviene camión, profe?
         —No [...] pero quiero saber. [...] ¿De dónde?
         —No, yo tampoco sé, creía que usted me podía decir.
         —[...] Hace días, como te dije, les mencioné ese mismo [ejemplo] a mis estudiantes en clase y les dije, para estimularlos a que lo hicieran ellos, que lo iba a averiguar [...].
         Anyway, lo que yo quería comentarle de camión es que es lo que José Antonio Millán llamaría un “aumentativo oculto”, porque no sabemos de ninguna otra palabra [de la cual] sea aumentativo. Es un aumentativo, ¿verdad?
         —Pues si no lo es, actúa bien.
         —Ajá...
         —[A mí me llama] la atención que se pueda combinar, que la gente lo combine con tanta facilidad con diminutivos...
         —¡Sí! ¡Sí! Camión, camioncito. Camión, camioneta.
         —¿Y caminonetica?
         —¡Diminutivo sobre diminutivo sobre aumentativo! En realidad está bastante oculto.
         —Ciertamente.
         —¿Y cuando uno dice, pongamos, pintón, que es como ‘pinto grande’ , pero luego quiere decir que la fruta está más pintona, es decir, un poco más madura, dice pintoncita.
         —Qué ejemplo tan ejemplar. Pasa algo parecido con avión y avioncito; pero es sólo parecido porque avión sí “es” un ‘ave grande’, no es un aumentativo oculto.
         —Ah, es verdad, pero gracias por el ejemplo.
         [...]
         —Bueno, hay que ponerse a reunir el corpus para estudiarlo. ¿O ya lo tienes reunido?
         —Sí, tengo unos cuantos: balcón (que tiene sus diminutivos también); halcón, patacón, acción, ambón, talón, razón, histrión, perdón...
         —Tenemos que “reunirnos” para comparar notas, como dicen los americanos.
         —Ok, lo espero aquí en [Atenas]. [ícono de sonrisa]
         —[...]
         —O sea, profe, ¿que no estoy tan lejos del camino?
         —Ah, no, yo no soy quien tiene que decirte eso. Tú sabes lo que sabes.
         [...]
         —Es como el caso de los nombres del idioma.
         —Ah, no te lo dije antes, cuando lo mencionaste, pero a mí no me molesta que se diga castellano y no defiendo que se diga español. [...] Los dos nombres son buenos, aunque ninguno de los dos sea santo.
         —Hablando de eso...

ariadnavoulgaris@gmail.com / emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXIII / 18 de junio del 2018

lunes, 11 de junio de 2018

Sí hay punto [CCXII]

Edgardo Malaver



A veces no se sabe qué significa el adverbio
(foto el autor)




         No es un fenómeno reciente en Venezuela, pero las actuales dificultades que vivimos lo han hecho más notorio. Como, al igual que todo lo demás, escasea el dinero en efectivo, uno va por la calle a la caza de lugares donde pueda pagar con tarjeta. Y ése parece ser ahora el letrero más importante que pueda poner cualquier comerciante en la entrada de su negocio. El solo letrero ya es publicidad suficiente para atraer clientes. Y el letrero dice siempre: “Sí hay punto de venta”, o simplemente “Sí hay punto”.
         Puede ser que se omita a veces “de venta”, que es curioso porque forma parte de un término del campo comercial que designa un objeto preciso, pero en muy escasas ocasiones encontrará usted que se omita el adverbio de afirmación . Es lo que más llama la atención, dado que este enfático suele aparecer en el discurso, hablado o escrito, cuando antes se ha expresado una duda sobre un hecho o se le ha negado. Es su naturaleza, es lo que tiene sentido, es la función que la lógica le ha reservado. Usted sólo dirá: “Yo vine a trabajar ayer”, cuando antes alguien lo haya puesto en duda o haya desconocido que usted cumpliera con su deber. De lo contrario, bastará con decir, si es que verdaderamente llega a necesitar decirlo: “Yo vine a trabajar ayer”.
         ¿Por qué los comerciantes —al menos los venezolanos— sienten la necesidad de comenzar este anuncio con el adverbio ? Habrá sido por la constante pregunta —y una pregunta es ya una duda también— de si había punto de venta en un negocio, cuando aún no eran tan frecuentes. El letrero habrá sido, me figuro yo, una respuesta anticipada a la expresión de la duda: no pregunte, que hay. Y ahora que lo hay en todas partes, ¿por qué persiste?
         Hace poco lo frecuente era la pregunta, ahora lo que inunda el mercado es la respuesta, afortunadamente afirmativa casi siempre. Antes era la duda, ahora es la reafirmación enfatizada y omnipresente lo que dirige nuestros pasos hacia esta tienda o hacia otra, lo que determina si compramos o no compramos en un lugar, a veces si almorzamos o no ese día. Siempre la lengua sobrevolando nuestras vidas, y las dudas, las preguntas... y las afirmaciones, las negaciones... y hasta las transacciones comerciales.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXII / 11 de junio del 2018



Otros artículos de Edgardo Malaver
  

lunes, 4 de junio de 2018

Verbos del cuarto grupo [CCXI]

Edgardo Malaver


¿Qué habría respondido Alexis Márquez Rodríguez
en su columna
Con la lengua? (foto: YVKE)



         Queriendo siempre investigar un poco antes de decir nada, he demorado hasta ahora mi deseo de escribir sobre esta “hipótesis”, que se me ocurrió cuando era estudiante. La semana pasada, en dos ocasiones mencioné la idea en clase, y, como mis búsquedas iniciales han sido infructuosas, siento que puede ser estimulante para los estudiantes que reflexione sobre ello en Ritos. ¿No existió nunca un cuarto grupo de verbos en español? La respuesta es que no, está bien, pero la imaginación y el juego también nos llevan al conocimiento. Insisto, entonces, en este “aleteo de la ficción”, como dice Gabriel Jiménez Emán, por el mero placer de la lengua.
         No hace falta estudiar mucho para darse cuenta de que en español los verbos se dividen en tres grupos: los que en infinitivo terminan con -ar, los que terminan con -er y los que terminan con -ir. Eso es todo, no hay otros grupos, pero no pierde uno nada al elucubrar lo que podría haber sido el pasado de ese otro grupo de palabras, aparentemente todos sustantivos, que terminan con -or. ¿No es posible —al menos poético es— que en un tiempo remoto, tan remoto que no hayamos encontrado registros de él, ese grupo hubiera sido, antes de su metamorfosis en el uso, nuestro cuarto grupo de verbos?
         El verbo doler, por ejemplo, que pertenece al segundo grupo, ¿no habrá sido antes el verbo dolor? Es decir, eso que siento, lo que me afecta más íntimamente, no puede ser la misma calidad de “acción” que caminar, por ejemplo, que es algo que hago con mi propio cuerpo pero que aun así dista de mí casi lo mismo que mugir, que es algo que hace otro ser. En mi descabellada hipótesis, los verbos en -or con esta suerte de significado íntimo emigraron al primer o segundo grupo debido a su conjugación, pero parecen haber conservado intacta su transitividad. Otros miembros de esta pandilla podrían ser amor (que en el presente sería amar), error (o errar ahora), loor (o loar), picor (o picar), ardor (o arder), hedor (o heder), motor (o mover), olor (u oler), sabor (o saber), valor (o valer). Todos parecen, ¿verdad?, percepciones, sensaciones, valoraciones de lo que nos sale al camino, lo que nos llega por los sentidos y nos penetra hasta la raíz de lo subjetivo.
         Hay otros ejemplares que no son tan fácilmente clasificables: calor, candor, color, dulzor, favor, humor, pavor, pudor, rencor, resplandor, rigor, rubor, rumor, verdor, vigor. Parecen los rebeldes de este corpus, porque no es sencillo ubicarlos en alguno de los tres grupos actuales de verbos, pero sí conservan el sabor a sensación y a intimidad emocional o psicológica que dan sus parientes antes mencionados.
         Por los momentos, no quiero contaminar más la muestra, no sea que de pronto me llame un Bello, un Rosenblat, un Márquez Rodríguez contemporáneos para reprocharme que sea tan soñador; pero sí me gustaría descubrir un día que al final amor, dolor, sabor, olor son como verbos que han vivido toda la vida escondidos, que ese grupo de verbos existieron y que nuestros antepasados llegaron a sentir con tanta intensidad lo que ahora llamamos amor, sabor, rubor, que nos legaron esos sustantivos nuevos, que ahora utilizamos como cuerda sensible entre estados del espíritu y las “cosas” del mundo tangible. ¿Estoy muy loco?

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXI / 4 de junio del 2018





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lunes, 28 de mayo de 2018

Curiosidades de la ortografía en la economía [CCX]

Daniel Álvarez


 
“La escritura es la pintura de la voz”, dice Voltaire. 
“Sibila de Delfos” (1509), de Miguel Ángel


         Por estos días, en los que las calles se atiborran de gritos y carteles que anuncian miles, millones y billones, suelen verse anuncios, publicaciones, avisos, facturas o cheques cuyas cifras siguen la práctica común de separar los millares, millones, u otras unidades, mediante un sutil punto, adscrito a la parte inferior del monto en cuestión. En algunos países americanos, por ejemplo, este empleo del punto tiende a ser sustituido por otro minúsculo signo de puntuación, la coma. Sin embargo, la última versión de la Ortografía de la Lengua Española (OLE) profiere que el empleo particular del punto y la coma en las expresiones numéricas escritas con cifras puede llegar a ser relegado.
         Dicho apartado, anexo al capítulo V específicamente, aquel que trata los usos no lingüísticos de algunos signos de puntuación (5.13), desarrolla con exactitud esta pequeña sugerencia, ignorada y desconocida, no solo por los hablantes de nuestra lengua, sino por hablantes de otros idiomas en general. Esta abandonada regla sigue los usos del Sistema Internacional de Unidades (SI), reconocidos oficialmente por una gran cantidad de países de los cinco continentes.
         Dicha norma internacional establece que “se puede prescindir del punto (.) o de la coma (,) con el propósito de facilitar y conservar la fluidez de la lectura de estas expresiones, especialmente, cuando los textos en cuestión contienen múltiples cifras seguidas una de otra o en cortos intervalos. Así pues, se recomienda separarlas mediante espacios por grupos de tres unidades”. Por ejemplo: 10 500 000. Sin embargo, cabe destacar que, según la OLE, esta separación no se utiliza nunca en la expresión de los años, en la numeración de páginas ni en los números de artículos, decretos o leyes. Opuesto a esta excepción, encontramos el caso de la separación entre la parte entera y la parte decimal, donde sí se emplean, de manera ineludible, dichos signos de puntuación. Por ejemplo: 3.5 o 3,5.
         No solo con esto, el punto también nos vale para representar gráficamente multiplicaciones, y en ocasiones tiende a emplearse al escribir expresiones numéricas del tiempo, para separar las horas de los minutos, en lugar de los acostumbrados dos puntos (:). Por ejemplo: 12.00 h.
         Así pues, en este mundo rodeado de números y palabras, debemos, como hablantes de español, e incluso, como hablantes de cualquier otro idioma, conservar nuestra mayor riqueza, la lengua, a través de una correcta ortografía, aun en ámbitos matemáticos y económicos. Como señaló el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, a través de su célebre personaje, el Principito: “Los adultos aman los números”, y, como años más tarde comentaba el dramaturgo irlandés Samuel Beckett: “Las palabras son todo lo que tenemos”. He aquí entonces la importancia de una perfecta ortografía, aun en asuntos numéricos, pues “la escritura es la pintura de la voz” (Voltaire); por lo que una correcta y ordenada redacción componen una gran obra de arte, comparable, incluso, con alguna de las grandes obras de Miguel Ángel.

danielalejandro.alba@gmail.com




Año VI / N° CCX / 28 de mayo del 2018



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lunes, 21 de mayo de 2018

Equívocos y tergiversaciones del habla [CCIX]

Daniel Álvarez


 
Juanito, el de las habichuelas mágicas...
¿caído del cielo o caído de la mata?


         Dentro del amplio sistema de la lengua, existe un conjunto de palabras que suelen funcionar como una sola unidad de sentido, las cuales son conocidas como expresiones, o, como se hacen llamar en lexicología, locuciones, las cuales, en ciertas ocasiones, tergiversan sus significados con el de otras unidades fraseológicas, debido a que en ellas la cohesión semántica carece de transparencia. En otros términos, el significado de sus palabras es traslaticio y, en gran parte de las situaciones, suele tratarse de figuras metafóricas.
         No ocurre lo mismo con las colocaciones, por ejemplo, otro tipo de unidad fraseológica cuyo significado puede identificarse a través de la relación de las palabras que la constituyen.
         Volviendo a las locuciones, básicamente, su significado se forja en el habla, es decir, se construye a partir del uso que cada hablante hace de la lengua. Así pues, como se mencionó anteriormente, en ciertos casos, los significados de estas expresiones engañan y generan fluctuaciones en el sistema de la lengua, debido a las similitudes entre sus estructuras. Este es el caso de las expresiones caído de la mata y caído del cielo, las cuales varían, únicamente, por la presencia de un pequeño sustantivo. No obstante, esto ocasiona un cambio absoluto de significado. Para muchos quizás podrían verse como frases equivalentes; sin embargo, estas locuciones representan acciones completamente desiguales, aunque ambas provienen de un proceso de metaforización. Dicho de otra manera, ambas expresiones sustituyeron su significado real u originario por un sentido figurativo; por lo que su significado pasó a ser connotativo, es decir, adquirió un significado sugerido, añadido en el momento en el que se emplea, por lo cual depende del contexto, de aquella situación que rodea la comunicación y a sus participantes.
         Retomando de nuevo aquel ejemplo de las expresiones recién mencionadas, caído de la mata define a una persona despistada, torpe o distraída. Es una expresión que se utiliza para indicar que alguien no es astuto, e incluso, en ocasiones, para señalar a un individuo aletargado. Mientras que, la frase caído del cielo, es definida por el diccionario reverso como una expresión que “indica que algo sucedió en el momento y lugar adecuado”. Vale decir que esta unidad fraseológica proviene de aquellas filosofías y religiones que promulgaban que en el cielo yacían aquellos personajes poderosos y divinos, de quienes se obtenían dichas y fortunas. Desde entonces, esta expresión comenzó a emplearse para señalar todo aquello que ocurría o se había obtenido por medio de una intervención celestial.
         Algo similar ocurre entre las expresiones cruzar el charco y cruzar los dedos, metáforas que también comparten una estructura similar, pero difieren en sus significados. La primera alude al viaje trasatlántico entre Europa y América, la cual comenzó a ser empleada, originalmente, por los colonizadores europeos, y, posteriormente, por los emigrantes, para referirse a la acción de cruzar el Océano Atlántico para ir a América. Por otro lado, la frase cruzar los dedos es una unidad fraseológica que hace referencia a una superstición, la cual representa un gesto que suele hacerse para atraer buena suerte. Aunque también es empleada para desear suerte a alguien. De ahí que surgieran frases como cruza los dedos para darme suerte.
         De este tipo de fenómenos se encarga la fraseología, aquella ciencia que se dedica al estudio de esas combinaciones de palabras de sintaxis total o parcialmente fija, es decir, al estudio de aquellas unidades fraseológicas como las colocaciones y locuciones, las cuales no solo llenan de singularidades pintorescas al gran universo de la lengua, sino que incluso, manifiestan aquellos rasgos distintivos de un dialecto de un país o región en particular. Así pues, esa larga lista de expresiones no deja de embellecer esa habla coloquial que reina por las calles de la ciudad, y que, a la vez, no deserta en causar dudas y ambigüedades en aquel que desconoce el significado de esas frases tan extravagantes y enigmáticas.

danielalejandro.alba@gmail.com




Año VI / N° CCIX / 21 de mayo del 2018




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lunes, 14 de mayo de 2018

Miriam, el idioma más bonito del mundo [CCVIII]

Edgardo Malaver


 
Según Paz, nuestra madre es nuestra
primera traductora



         En 1991, comencé a trabajar como profesor de inglés en un colegio católico donde estudiaban únicamente niñas desde preescolar hasta sexto grado. Eran, entre alumnas, maestras, monjas y trabajadoras, unas 150 mujeres. Varones éramos tres, yo el tercero. El segundo estaba en la cancha, el profesor de educación física, que me había recomendado con la directora. Y el primero estaba en el sagrario de la capilla. También había dos niñas que se llamaban Vanessa Moreno: una en segundo y la otra en sexto, una de pelo crespo y largo, la otra de pelo liso y corto. La más pequeña, emocionada como todas las demás por la juventud del nuevo profesor —esto lo he entendido hace muy poco—, el primer día de clase, acaso por el mero placer de preguntar algo, parada frente a mi escritorio, me lanza: “Profesor, ¿cuál es el idioma más bonito del mundo?”.
         Recuerdo ese episodio hoy, Día de las Madres, porque vuelvo a oír en mi mente la voz de la mía, que es maestra de preescolar y me decía, cuando yo estaba como en sexto grado: “¡Ni se te ocurra estudiar para ser maestro!”. Al final, madre y maestra son algo así como sinónimos, si uno piensa en la lengua. A nuestra madre oímos decir las primeras palabras y a ella le pedimos en primera instancia los primeros significados que no logramos esclarecer por nosotros mismos. Octavio Paz dice incluso que nuestra madre es nuestra primera traductora.
         Y aprendemos, después de los años, después de experiencias y golpes, que no hay palabras más sabias ni más claras que esas primeras que hemos aprendido de ella. Y los refranes terminan perviviendo por causa de esta heredad que va de una generación a la siguiente. Ella, nuestra madre, es, pues, madre también de nuestro vocabulario, de nuestro acento, hasta de la velocidad en que hablamos. De ella imitamos, al principio, la forma de dirigirnos a los amigos, de preguntar, de hacer bromas. Elocuencia o silencio, mordacidad o inocencia, habilidad o torpeza son en el fondo herencia de la madre que nos da la lengua. Y si la lengua nos permite amar y odiar, acariciar y golpear —que ciertamente así es—, entonces con razón se le llama a la primera lengua que aprendemos lengua materna.
         Esta relación lingüística entre madre e hijo no cesa cuando ella habla una lengua extranjera en el país donde el niño está aprendiendo a hablar. Aunque él en la calle, en la escuela, en su interacción con el resto del mundo, utilice esa otra lengua, su lengua materna será la que aprendió de su madre y será esa la que hable mejor, en la que tenga una intuición más fina, una sensibilidad más profunda. Suele suceder, además, que pronto son los niños quienes comienzan a enseñar y a corregir a la madre esa lengua nueva que los rodea. Bien llevada emocionalmente, esta relación es multiplicadora y fructífera para ambos.
         La lengua en realidad no hace más que dar frutos, como una madre.
         ¿Se imaginan que, en lugar de decir “portugués de Brasil”, “francés de París”, “español de El Saladillo”, llamáramos el idioma que hablamos por el nombre de nuestra madre? Al menos el segundo domingo de mayo deberíamos llamarlo así. Yo el año que viene, cuando me pregunten, y si no me preguntan también, voy a decir que hablo Miriam, que es una variante del español de Margarita.
         Qué bonito sería. ¡Ah, no he dicho lo que le respondí aquel día a la pequeña Vanessa! Les dije a ella y a todas: “El idioma más bonito del mundo es el idioma en que nos canta nuestra madre mientras nos amamanta”.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCVIII / 14 de mayo del 2018




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lunes, 7 de mayo de 2018

Predecir palabras antes de escucharlas [CCVII]

Luis Roberts


Sintonice su cerebro, que le quieren hablar.
Foto: GUK



         Gabriela Simón fue alumna mía, luego traductora en mi empresa y profesora de interpretación de alemán en la EIM.  Hoy cursa un máster de interpretación al alemán, nada menos que en la Universidad de Heidelberg, donde afortunadamente para ella y desgraciadamente para nosotros, se quedará, dada su reconocida valía, pero siempre será una querida amiga. Gabi, en nuestras charlas lingüísticas en Caracas, y, sobre todo, en los días que compartimos en Berlín, inmersos en el idioma, siempre me comentaba cómo ella notaba que el cerebro se activaba de una manera especial en la interpretación simultánea, sobre todo del alemán, por su especial sintaxis, y que la traducción, la terminación de la frase, te afloraba antes de que el orador la dijese. Esta intuición empírica de Gabi acaba de verse “canonizada” en un artículo de la prestigiosa revista científica Scientific Reports, que publica una investigación del Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL), de San Sebastián, Euzkadi, España.
         Llueve mucho, no te olvides el... Se despertó sudando y temblando, había tenido...”. Si tu respuesta es: paraguas y una pesadilla, significa que tu cerebro ha puesto en marcha un mecanismo de predicción por el que ha sido capaz de anticipar de manera activa algunas de las palabras de la frase sin necesidad de leerlas. Según esta teoría, las personas, mientras leen o escuchan, además de activar las áreas cerebrales implicadas en la compresión y decodificación de la información que reciben, ponen en marcha la red relacionada con la producción del lenguaje; un complejo sistema compuesto por diferentes partes del cerebro que se activa cuando un emisor desea elaborar un mensaje. Este proceso abarca desde la selección mental de las palabras, los sonidos y los fonemas que las conforman, hasta la pronunciación de los términos escogidos. El estudio ha sido concluyente. La disponibilidad del cerebro para reproducir mentalmente frases es indispensable para poder adelantarse a las palabras que vienen a continuación. Los resultados confirman así la teoría que sugiere que “predicción es producción” y su importancia para facilitar y mejorar la percepción y comprensión del lenguaje, así como la fluidez en las conversaciones.
         Este estudio abre una puerta a futuras investigaciones en el campo de la lingüística, en el de la identificación y tratamiento de enfermedades relacionadas con el habla, y es de gran importancia para nuestros estudios académicos, en la enseñanza y la praxis de la interpretación.

luisroberts@gmail.com





lunes, 30 de abril de 2018

Meticuloso [CCVI]

Edgardo Malaver



Sin fecha, sin número de página, sin nada




         De entre mis papeles viejos, sin fecha, sin nombre de publicación, sin número de página, sin nada, me salta de repente, hace tres días, un recorte. Es una caricatura con un texto en inglés que tiene como título “Word for Word”. En el dibujo, un personaje escribe a mano con una lupa bajo el ojo que mantiene abierto, y encima de su cabeza un globito dice: “¡Me temo que soy muy meticuloso!”. Alrededor de la escena, el autor ha escrito: “Una persona meticulosa se preocupa por los pequeños detalles... ¡El origen de la palabra lo explica todo! En el pasado, meticuloso significaba tímido. Proviene del latín meticulosus... Meticul deriva de metus, miedo, mientras osus indica ‘lleno de’. Es decir, meticuloso significa... ¡’lleno de pequeños miedos’!”.
         ¡Claro! Recuerdo bien la época en que guardé este recorte. Inicialmente debo haber archivado todo el periódico en que aparecía; después, la página; más tarde, en alguna mudanza, se salvó sólo la breve viñeta. Este trocito de papel periódico me ha acompañado, por lo menos, la mitad de mi vida y era un mensaje que estaba destinado al día de hoy.
         Es fácil entender que en inglés haga falta señalar la etimología del adjetivo meticulous, porque la forma de la palabra en inglés difiere enormemente de la forma que tiene en latín. Y cualquiera diría que en español no tendría que hacer falta la explicación, pero resulta que tan fácil no es darse cuenta de que metus se parece a miedo. Una vez visto, uno comienza a buscar esa semejanza en otras palabras, pero al principio y por mucho tiempo, nos engaña. En realidad, la gran diferencia es la del sonido de la te y la de; pero es cuestión de ver que la articulación de ambos sonidos coincide en el punto y difiere en el modo, sólo eso.
         Por otro lado del asunto, el que ustedes están esperando que comente, esta caricatura nos estalla en la frente una bomba de la que todos huimos pero que todos detonamos. A veces por falta de destreza, otras veces por falta de lecturas y aun otras por falta de descanso, los traductores, correctores, profesores de idiomas, intérpretes, investigadores, redactores, asesores lingüísticos y muchísimos otros profesionales (y diletantes) de la lengua sufren ese miedo de los pequeñísimos detalles, que son los que afean, destruyen y desgracian todo texto en el cual ha puesto uno su mejor esmero. El mayor problema con este duendecillo cínico del error —este Titivilus, como lo llamaron en la Edad Media— es quizá que no se trata sólo de un temor involuntario o aprendido. Ya existen montañas de evidencias de que el fenómeno es en realidad una conspiración intersideral y ultracósmica para que no saboreemos nunca la dulce experiencia de la satisfacción total.
         Hay, a pesar de esto, quienes, con más sabiduría, se pronunciarían a favor de este metus a la incontrolable equivocación mínima diciendo que es él el que nos empuja para que nos esforcemos más, para que nuestra destreza crezca y, por ello, nuestro desempeño (en la lengua y en la vida) deje cada día menos que desear. Sí, es cierto, pero para lograr eso, lo que hay que hacer es, precisamente, paradójicamente, dejar de tener miedo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCVI / 30 de abril del 2018




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