lunes, 23 de julio de 2018

Reflexiones sobre un matamoscas [CCXVIII]

Luis Roberts


Los argentinos Ana Clara Carranza y Mariano González
como Clitemnestra y Egisto en
Orestíada (foto: A. Gamboa)



         Hoy fui a comprar un matamoscas, porque el que había en mi casa desde hace años murió a fuerza de usarlo. Caracas está infestada de moscas, toda Venezuela lo está. La basura desperdigada por las calles, objeto del deseo de una creciente masa de gente hambrienta, que se lleva hasta las bolsas porque el plástico escasea y sacan unos dineros por ellas; las aguas negras brotan de las calzadas sin dolientes activos, las autoridades, pero sí pasivos, los que sufrimos las moscas. Y el matamoscas me llevó a recordar mi descubrimiento de Jean Paul Sartre en mi primera juventud, su teatro, concretamente Huis-clos y Les mouches, las moscas. Al filósofo lo descubrí poco después.
         Sartre utiliza un mito griego como metáfora para burlar la censura —objetivo colateral de muchas metáforas— y reflexionar sobre el existencialismo y la situación de la Francia ocupada por los nazis en 1943. El tema es el siguiente: Argos, una ciudad sombría bajo un sol ardiente, está infestada por las moscas, los remordimientos la abruman. Quince años antes, Clitemnestra, la esposa del rey Agamenón, lo asesinó a su regreso de Troya con la complicidad de Egisto. Este tomó el poder e instituyó cultos extraños que mantienen a sus ciudadanos en una abyecta humillación. Orestes, el hijo del rey asesinado, vuelve a su patria; no aspira a vengar a su padre, le horroriza la sangre, pero está harto de su vida en el exilio, quiere recuperar su sitio en su país. Electra misma, su hermana, lo rechaza: el usurpador la ha reducido a la categoría de esclava y disimula su vergüenza en sueños de venganza y de odio. No reconoce al joven Orestes, dubitativo y tímido, dulce como una doncella, como al liberador que ella esperaba. El final lo dejo a la curiosidad de los lectores, no vaya a ser que la censura comprenda la metáfora.
         Sólo diré que Orestes se va llevándose de la ciudad a todas las moscas, pues las moscas eran la Erinias, las Furias romanas, las diosas de la venganza, que seguirán zumbando alrededor de su cabeza. Pero Orestes no se arrepentirá. Las Erinias tenían la insaciable necesidad de vengar todo tipo de injusticias que los dioses y los mortales cometían entre ellos dentro del seno familiar.
         Uno de los análisis más interesantes de esta obra, de estas moscas vengadoras, es el que hace el psicólogo Carl Gustav Jung, considerándola como un arquetipo, en su propio léxico, de “la responsabilidad colectiva”. Y domesticando, o familiarizando, que queda más bonito, la metáfora de Sartre, ¿nos atrevemos a desentrañar sus claves en clave de aquí y ahora? ¿Qué es Argos? ¿Quién es Egisto? ¿Quién o qué colectivo es Electra? ¿Quién o qué grupo puede ser Orestes? Cada cual tendrá su propia respuesta, para mí está clara, al menos eso pienso mientras las moscas me siguen atormentando, pues al primer “matamoscazo” que le he endilgado a una, el arma mosquicida se ha cuarteado cual bombillo chino. Un décimo de un salario mínimo al garete, qué le vamos a hacer: hiperinflación, escasez, colas y ninguna calidad. Y en cuanto a la “responsabilidad colectiva” de Jung, que cada palo aguante su vela , y en lo que a mí respecta, las moscas vengadoras siguen en Argos.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXVIII / 23 de julio del 2018


domingo, 15 de julio de 2018

Fútbol encriptado [CCXVII]

Laura Jaramillo



El premio a los ganadores del Mundial, la Copa,
es también una metáfora (foto: FIFA)



         Por estos días, con tanto fútbol a mi alrededor, he tenido el tiempito de ver algunos juegos, y he podido notar cómo los comentaristas y narradores tienen un genio para crear metáforas y expresiones que solo un aficionado puede comprender. Bueno, depende también del medio por el cual se escuche ese partido. Si se tiene la oportunidad de ver el juego, es posible, y más fácil, entender las analogías, lo cual será más difícil si el partido se oye por radio. Y no vayan a decir que escuchar fútbol por radio es más aburrido que un burro en un balcón. Ese ejercicio es exactamente igual a leer un libro, porque la imaginación se activa con tanta emoción y pasión.
         Ese deporte, conocido como el deporte rey, por ser uno de los más planetarios que existe, incita a crear un lenguaje metafórico, que a veces pareciera un lenguaje encriptado, pues hay que imaginarse muchas cosas para llegar al significado. Tengo varios botones de muestra.
         La contabilidad ahora no es exclusiva de los números, o del debe y el haber (columnas espantosas, por experiencia lo digo), sino que sirve también para capitalizar el balón, el tiempo o las victorias.
         El Salto Ángel ahora no es el único mundial, porque en el fútbol también hay cataratas de goles.
         El infierno no es el único lugar del diablo. En el fútbol hay diablos rojos, que, además, tienen su respectivo cancerbero, que debe cuidar muy bien esa portería, porque de lo contrario ese fuego interior puede durar toda la vida.
         Los toreros no son los únicos que esquivan al pobre torito al ritmo de ¡ole!; nosotros, los barrabrava, también gozamos con ese ritmo, cuando nuestros diablos capitalizan muy bien ese balón.
         A pesar de que ya no vivimos en la época del Lejano Oeste, el fútbol tiene sus pistoleros, que pueden ser los supremos goleadores, quienes deben tener cuidado de que no los desarmen. Y si los desarman, pues deben sacar su bicicleta o su tijera. También están los pistoleros que con suma rapidez desenfundan sus tarjetas, sin remordimiento alguno.
         El plomero no es el único que sabe de desagües, pues esos diablillos saben muy bien cómo hacer un caño. Y si se lo tapan, pues hacen un túnel, incluso mejores que nuestros boquerones.
         Y para finalizar (por ahora), los bebés, bueno las mamás, no son los únicos que saben de pañalitis, pues, con mucha suerte, esos diablos pueden curarla con un impresionante gol de vaselina.
Quizás no es el deporte, sino la emoción, la pasión, las alegrías y las tristezas las responsables de incitar tan peculiar lenguaje. Entonces, si lo descifraron, pues felicidades, han ganado una hermosa Copa del Mundo.

llaurajaramilloreal@gmail.com

  

Año VI / N° CCXVII / 15 de julio del 2018



Otros artículos de Laura Jaramillo:

lunes, 9 de julio de 2018

El idioma del fútbol [CCXVI]

Daniel Álvarez


A veces el 10 de su selección, en su equipo profesional
es... el 29



         Tras la tímida entrada en el área grande del centrocampista Edgardo Malaver, el jugador decidió dar un pase filtrado, que recibí y me permitió continuar la jugada. Quizás si hubiese continuado con su jugada individual y hubiese chutado a puerta, el equipo de Ritos de Ilación se hubiese puesto arriba en el marcador, lo que nos pondría un paso más adelante en la clasificación. Sin embargo, hizo una pequeña gambeta y dejó atrás a dos jugadores, hasta que vio un hueco formado entre dos defensas, y, con fuerza, dio un pase que me habilitaba ante la arquería. El público, que en un principio parecía feroz, ahora animaba desde las gradas. Nuestra directora técnica, Laura Jaramillo, dejaba seguir aquella extraordinaria jugada repentina, y seguía con atención cada detalle técnico y táctico. Seguramente, más tarde se presente e indique nuevas órdenes que estructuren mejor el juego y que lo llenen de profesionalismo.
         Al igual que la Marea Roja panameña, nuestro equipo debuta este año en el Mundial Rusia 2018, con una innovación temática que no se aleja de la lengua, sino que, con ella, acompaña la celebración de esta fiesta mundialista.
         Del mismo modo en que cualquier territorio maneja un dialecto o idioma en particular, el fútbol también sostiene un lenguaje específico. Como mencionó nuestra directora técnica en su rito “El fútbol como metáfora de guerra” (LXI, LXII y LXIII), el lenguaje deportivo, específicamente el aplicado en el ámbito futbolístico, no solo se atiborra de metáforas relacionadas con la guerra, sino que también incluye un sinfín de términos provenientes de variados campos semánticos. De este modo, se puede decir que, de alguna manera, el argot futbolístico es una fusión de diferentes elementos semánticos, que dan como resultado una estructura exclusiva.
         No basta con este hurto de términos, sino que, además, la jerga futbolera se apodera también de los números, los cuales son tomados a la fuerza y les es añadida una connotación completamente diferente a su valor real. De allí que lo que para cualquier hablante de nuestra lengua parece ser un número común y corriente, para los conocedores del fútbol denota a un jugador en concreto. En este sentido, el número en cuestión cumple con el cargo de señalar una posición determinada, y a la vez, estandariza las funciones y características del jugador que ocupa ese espacio. En otras palabras, por tradición, los números de los jugadores de fútbol se asocian con una posición específica en el campo de juego. De allí que cuando se habla de un 9, no se refiere al número per se, sino al delantero principal del equipo.
         En vista de esta nueva simbología, es preciso referirla a continuación con más detalle, con el propósito de adecuarnos mejor al lenguaje del fútbol. En principio, el portero titular del equipo siempre tiende a vestir la camiseta con el número 1, por lo que, por tradición, se emplea dicho número para referir tal ocupación. A su vez, los defensores generalmente llevan consigo los números 2 y 3, asignados al zaguero derecho e izquierdo, respectivamente. Entre ellos yacen los jugadores con los números 5 y 6, quienes son, indistintamente, defensores, solo que se sitúan un poco más adelantados que sus análogos. El centro del campo es ocupado por los números 4 y 8. El número 4 tiende a ser el mediocampista defensivo de contención, es decir, suele ser aquel que permanece un poco más atrás durante los ataques. En cambio, el número 8 es el mediocampista de ataque, quien estila conectar el juego entre el mediocampo y los atacantes. Por otro lado, tenemos el número 11 y el número 7, quienes ocupan, respectivamente, el lado izquierdo y derecho del campo contrario. Finalmente, como se mencionó anteriormente, el número 9 es aquel reservado para el delantero principal, quien acostumbra ser el más habilidoso de los atacantes; mientras que el número 10, por tradición, es aquel que se antepone a este último y quien juega como media punta.
         Sin embargo, esta sistematización numérica es estándar, por lo que cabe destacar que los equipos son libres de asignar los números a sus jugadores como les parezca, rompiendo con el esquema tradicional. Así pues, podemos ver jugadores con el número 17 ocupando el puesto de 9, es decir, jugando como delantero. También, es preciso remarcar que suele haber ciertas variaciones en cuanto a las posiciones de estos números, dependiendo de la formación que se emplee.
         Dicho esto, dejo, sobre el campo de juego, el balón de las manifestaciones lingüísticas que destacan en el vocabulario del fútbol, esperando por aquel jugador que dé el pelotazo final, que ponga a la caprichosa entre las telarañas, al equipo de Ritos en la final y al público exasperado por más.

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXVI / 9 de julio del 2018




Otros artículos de Daniel Álvarez:

lunes, 2 de julio de 2018

Los colores del fútbol [CCXV]

Edgardo Malaver



 
El rey Pelé rodeado de sus padres (foto: J. Prado)




         En una torpe entrada en el área de peligro, voy a chutar contra una arquería que no conozco, defendida por un cancerbero que parece una muralla troyana, rodeado como estoy de jugadores que saben lo que hacen y delante de un público feroz que no me dejará escapar si fallo; pero nuestra estimada Laura Jaramillo, que sería algo así como nuestro director técnico si Ritos de Ilación fuera un equipo de fútbol, no me ha dado señales de hacia dónde dirigir el balón.
         Juego, además, para una selección que no está participando en el Rusia 2018. No es como la Blanquirroja peruana, que volvió esta vez después de nueve mundiales de ausencia; ni como la Marea Roja panameña, que debutó este año. Mucho menos como la Celeste uruguaya, que ha visto la película en primera fila 13 veces. No, la mía, la Vinotinto, tiene que seguir mejorando, pero sí tiene con ellas en común que su nombre proviene del color del uniforme.
         Pasa también con las selecciones de España, llamada la Roja; la de Argentina, la Albiceleste; las de Colombia y la de México, apodadas Tricolor. Y fuera de la lengua española, pero limitándonos a los equipos de este Mundial, la de Francia se hace llamar los Azules; la de Bélgica, los Diablos Rojos; la de Brasil, la Verdiamarilla (o Auriverde, que es más bonito); la de Japón, los Samuráis Azules. Los serbios se dicen las Águilas Blancas, y los nigerianos se sienten águilas también, pero verdes. Los grandes ausentes, Italia y Holanda, se apodan, como todo el mundo sabe, Escuadra Azurra y Naranja Mecánica, respectivamente.
         A no ser por los colores, por la curiosidad de estos nombres, por las evidentes ínfulas de fuerza física y nacionalismo intenso que me revelan (en algunos casos sólo sugieren), es muy poco lo que puedo decir de este o cualquier otro deporte (quizá del beisbol pueda decir más). Sin embargo, el Mundial de Fútbol, cada cuatro años, me renueva la sensación color de lluvia que da el mes de junio, que nunca logro sintonizar cuando no hay Mundial. Las nubes grises y una breve temporada de frío blanco me instalan, otra vez, frente al televisor con mi hermano para ver Argentina 78, el Mundial blanco y negro, y España 82, el Mundial amarillo, y México 86, el Mundial verde.
         ¿De qué color es el fútbol? ¿De qué color es el Mundial del 2018? Parece rojo, como Rusia, aunque, en general, el fútbol es azul. ¿Qué nos da esa sensación? ¿La televisión, los uniformes, las banderas? ¿Las palabras? Cuando Pelé, en 1982, contaba por RCTV sus recuerdos de mundiales anteriores, aprendí unas cuantas palabras en inglés, que luego descubrí que servían para nombrar cosas fuera del fútbol: corner, offside, shoot. El superlativo de adjetivo fuerte en español, fortísimo, lo aprendí de Pelé ese año.
         Otras y más significativas manifestaciones lingüísticas (y cromáticas) destacan en el vocabulario del fútbol y, en este momento, del Mundial, los nombres de los jugadores, por ejemplo; ojalá que, si no ha sido eliminado su favorito, Jaramillo, o algún otro de nuestros amigos, autores o lectores (¿Juan Sifontes, quizá?), se lance al verde césped para anotarse un tanto en la arquería polícroma de Ritos.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXV / 2 de julio del 2018




Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 25 de junio de 2018

De la arrogancia a la cortesía [CCXIV]

Daniel Álvarez



“¿Hay algo más real que las palabras?”, 
se preguntaba Oscar Wilde


          Hoy en día, las personas conocen el precio de todo cuanto existe y los rodea, pero realmente saben el valor de nada. Con esto, quiero decir que hasta en el ámbito lexical se produce el mismo fenómeno: la gente desconoce el valor de las palabras.
         Por la única razón que, en efecto, incita a uno a hacer cualquier pregunta: simple curiosidad, me dispuse a estudiar el trasfondo de un verbo empleado, con gran frecuencia, en actos de justificación o arrepentimiento. Acogido por mi ignorancia, y, como dije, llamado por mi curiosidad, me preguntaba: ¿por qué al verbo disculpar se le añaden los pronombres reflexivos me y se, en ocasiones enclítico, y otras veces de forma independiente y antecediendo al verbo, cuando se trata de lamentarse o excusarse de una ofensa o falla cometida por uno mismo? Consideraba como todo un acto de pedantería el decir “me disculpo ante usted…”.
         Detallando este acto de habla minuciosamente y en un nivel primario, me hacía figurar una suerte de soberbia y vanidad, pues ¿quién es uno para atribuirse la potestad de perdonarse? Su estructura es básica, gira en torno al verbo disculpar, conjugado en primera persona, antecedido por un pronombre reflexivo, y precedido, generalmente, por una cláusula subordinada circunstancial causal, que justifica la razón de la contrición. Si vamos más allá de la gramática de la oración, y nos adentramos en un nivel más profundo, donde yace el sentido de la proposición, parece que el enunciado encerrara un significado fatuo y presuntuoso, pues, en sí, es el propio emisor (sujeto de la oración) quien se toma la inmodestia de perdonarse por una falta cometida por sí mismo, por un error perpetrado por su persona.
         ¿Cuántas veces ha de parecernos que, personajes del día a día pasan de ser individuos plenos de modestia y humildad a sonar soberbios y arrogantes? Es por ello que decidí iniciar este rito con aquella frase que señala que desconocemos el valor de las cosas, pues por valor me refiero, en este sentido, a significados y etimologías, y por cosas, a las palabras que componen la lengua; siendo la unión entre estos dos términos lo que añade sentido a los enunciados que emitimos. Así aclaro que el uso de estos sintagmas verbales no es tan arrogante como parece en primera instancia; al contrario, su sentido va más dirigido a aclarar que la falta cometida escapa de sus propósitos.
         ¿Pero qué significa disculpar? ¿De dónde proviene? Este verbo, perteneciente al primer grupo, procede del sustantivo femenino disculpa, palabra derivada de la unión entre el prefijo latino dis-, lo que significa ‘negación o contrariedad’, y del sustantivo culpa, el cual nos presenta un abanico de acepciones, de las cuales tomé las que se refieren a continuación: “f. imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta”; “f. psicol. acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado” (Diccionario de la Lengua Española, 2017). Por lo que podemos resumir que disculpa significa no tener culpa o responsabilidad de algo. Yendo un poco más allá de su etimología, podemos concretar que dicho verbo representa la acción de justificar un hecho, ofreciendo pruebas, razones o argumentos que excluyen a un individuo de tener culpa o responsabilidad sobre ello. Dicho de otro modo, es la razón que se da para argumentar o excusar alguna falta en la que se ha caído. Por ende, el disculparse no es un acto de petulancia ni soberbia, sino un hecho de autojustificación. En otras palabras, es un modo de prevenir o remendar un error o fallo cometido por uno mismo, a través de razones que aclaran que lo sucedido o dicho fue sin culpa alguna, es decir, sin ninguna intención.
         Lo mismo ocurre, con los verbos excusarse, perdonarse, absolverse e indultarse, verbos que suenan un poco engreídos al añadirle las partículas me o se, las cuales precisarían que la acción del verbo es concebida por el propio sujeto.
         Este extraño y peculiar fenómeno no solo sucede en nuestra lengua castellana, sino en otras lenguas romances como el francés, por ejemplo. Je m’excuse es el arrogante equivalente a nuestro me disculpo. Algunos de los enunciados que aminorarían este parecer altivo en nuestro idioma pueden ser discúlpeme o ¿podría disculparme?
         En resolución, traigo a escena una cita del escritor irlandés Oscar Wilde, que nos viene a la perfección en esta ocasión, y nos sirve de cierre para este “descortés” episodio; dice así: “¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué claras, y vívidas, y crueles! Uno no puede escapar de ellas. Y sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen servir para dar una forma plástica a cosas sin forma, y tener música por sí mismas […]. ¡Simples palabras! ¿Hay algo más real que las palabras?” (El retrato de Dorian Gray, 1890, traducción propia). Dicho esto, no cabe duda de que la riqueza y el valor de las palabras establecen pronunciadas diferencias en el sentido de las proposiciones, de allí que suene vanidoso decir me disculpo, y cortés decir discúlpeme. ¿Y las diferencias entre disculparse y perdonarse? Este par lo dejaremos para otro rito.

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXIV / 25 de junio del 2018




Otros artículos de Daniel Álvarez:

lunes, 18 de junio de 2018

Aumentativos ocultos [CCXIII]

Ariadna Voulgaris y Edgardo Malaver



¿De qué otra palabra es aumentativo camión?



[Fragmentos de un diálogo por chat entre los autores]
         —Profesor Malaver, ¿cómo está?
         —Hola, Ariadna. [...] Bien, bien. ¿Y tú?
         —Bien. [...] Desde hace días, profe, quiero hacerle un comentario. O proponerle un artículo para Ritos.
         [...]
         —Qué bien. ¿De qué se trata?
         —Es que estuve revisando los primeros artículos, de 2013, y me gustó mucho uno que se llama “Diminutivos ocultos”, de José Antonio Millán.
         —Ah, sí, a mí también me gusta ese texto. [...] Cómo me gustaría que Millán un día se animara a publicar otro con nosotros.
         —Ojalá [...] porque es muy inteligente, por lo que he leído. Yo pensé en un artículo en que habláramos, no de los diminutivos sino de los aumentativos ocultos que tenemos en castellano (perdone, profe, es que estuve trabajando en Cataluña el año pasado y me acostumbré a decir castellano). Me llaman la atención unas cuantas palabras que parecen aumentativos pero que no sé si lo son.
         —[...] Me pasa lo mismo. Hace unas dos semanas se lo comentaba a mis alumnos.
         —Estaba pensando en camión, por ejemplo. ¿De dónde viene camión?
         —¡Aaaaahhh...! ¡Ariadna, me estás leyendo la mente!
         —Pero ¿sabe de dónde proviene camión, profe?
         —No [...] pero quiero saber. [...] ¿De dónde?
         —No, yo tampoco sé, creía que usted me podía decir.
         —[...] Hace días, como te dije, les mencioné ese mismo [ejemplo] a mis estudiantes en clase y les dije, para estimularlos a que lo hicieran ellos, que lo iba a averiguar [...].
         Anyway, lo que yo quería comentarle de camión es que es lo que José Antonio Millán llamaría un “aumentativo oculto”, porque no sabemos de ninguna otra palabra [de la cual] sea aumentativo. Es un aumentativo, ¿verdad?
         —Pues si no lo es, actúa bien.
         —Ajá...
         —[A mí me llama] la atención que se pueda combinar, que la gente lo combine con tanta facilidad con diminutivos...
         —¡Sí! ¡Sí! Camión, camioncito. Camión, camioneta.
         —¿Y caminonetica?
         —¡Diminutivo sobre diminutivo sobre aumentativo! En realidad está bastante oculto.
         —Ciertamente.
         —¿Y cuando uno dice, pongamos, pintón, que es como ‘pinto grande’ , pero luego quiere decir que la fruta está más pintona, es decir, un poco más madura, dice pintoncita.
         —Qué ejemplo tan ejemplar. Pasa algo parecido con avión y avioncito; pero es sólo parecido porque avión sí “es” un ‘ave grande’, no es un aumentativo oculto.
         —Ah, es verdad, pero gracias por el ejemplo.
         [...]
         —Bueno, hay que ponerse a reunir el corpus para estudiarlo. ¿O ya lo tienes reunido?
         —Sí, tengo unos cuantos: balcón (que tiene sus diminutivos también); halcón, patacón, acción, ambón, talón, razón, histrión, perdón...
         —Tenemos que “reunirnos” para comparar notas, como dicen los americanos.
         —Ok, lo espero aquí en [Atenas]. [ícono de sonrisa]
         —[...]
         —O sea, profe, ¿que no estoy tan lejos del camino?
         —Ah, no, yo no soy quien tiene que decirte eso. Tú sabes lo que sabes.
         [...]
         —Es como el caso de los nombres del idioma.
         —Ah, no te lo dije antes, cuando lo mencionaste, pero a mí no me molesta que se diga castellano y no defiendo que se diga español. [...] Los dos nombres son buenos, aunque ninguno de los dos sea santo.
         —Hablando de eso...

ariadnavoulgaris@gmail.com / emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXIII / 18 de junio del 2018

lunes, 11 de junio de 2018

Sí hay punto [CCXII]

Edgardo Malaver



A veces no se sabe qué significa el adverbio
(foto el autor)




         No es un fenómeno reciente en Venezuela, pero las actuales dificultades que vivimos lo han hecho más notorio. Como, al igual que todo lo demás, escasea el dinero en efectivo, uno va por la calle a la caza de lugares donde pueda pagar con tarjeta. Y ése parece ser ahora el letrero más importante que pueda poner cualquier comerciante en la entrada de su negocio. El solo letrero ya es publicidad suficiente para atraer clientes. Y el letrero dice siempre: “Sí hay punto de venta”, o simplemente “Sí hay punto”.
         Puede ser que se omita a veces “de venta”, que es curioso porque forma parte de un término del campo comercial que designa un objeto preciso, pero en muy escasas ocasiones encontrará usted que se omita el adverbio de afirmación . Es lo que más llama la atención, dado que este enfático suele aparecer en el discurso, hablado o escrito, cuando antes se ha expresado una duda sobre un hecho o se le ha negado. Es su naturaleza, es lo que tiene sentido, es la función que la lógica le ha reservado. Usted sólo dirá: “Yo vine a trabajar ayer”, cuando antes alguien lo haya puesto en duda o haya desconocido que usted cumpliera con su deber. De lo contrario, bastará con decir, si es que verdaderamente llega a necesitar decirlo: “Yo vine a trabajar ayer”.
         ¿Por qué los comerciantes —al menos los venezolanos— sienten la necesidad de comenzar este anuncio con el adverbio ? Habrá sido por la constante pregunta —y una pregunta es ya una duda también— de si había punto de venta en un negocio, cuando aún no eran tan frecuentes. El letrero habrá sido, me figuro yo, una respuesta anticipada a la expresión de la duda: no pregunte, que hay. Y ahora que lo hay en todas partes, ¿por qué persiste?
         Hace poco lo frecuente era la pregunta, ahora lo que inunda el mercado es la respuesta, afortunadamente afirmativa casi siempre. Antes era la duda, ahora es la reafirmación enfatizada y omnipresente lo que dirige nuestros pasos hacia esta tienda o hacia otra, lo que determina si compramos o no compramos en un lugar, a veces si almorzamos o no ese día. Siempre la lengua sobrevolando nuestras vidas, y las dudas, las preguntas... y las afirmaciones, las negaciones... y hasta las transacciones comerciales.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXII / 11 de junio del 2018



Otros artículos de Edgardo Malaver
  

lunes, 4 de junio de 2018

Verbos del cuarto grupo [CCXI]

Edgardo Malaver


¿Qué habría respondido Alexis Márquez Rodríguez
en su columna
Con la lengua? (foto: YVKE)



         Queriendo siempre investigar un poco antes de decir nada, he demorado hasta ahora mi deseo de escribir sobre esta “hipótesis”, que se me ocurrió cuando era estudiante. La semana pasada, en dos ocasiones mencioné la idea en clase, y, como mis búsquedas iniciales han sido infructuosas, siento que puede ser estimulante para los estudiantes que reflexione sobre ello en Ritos. ¿No existió nunca un cuarto grupo de verbos en español? La respuesta es que no, está bien, pero la imaginación y el juego también nos llevan al conocimiento. Insisto, entonces, en este “aleteo de la ficción”, como dice Gabriel Jiménez Emán, por el mero placer de la lengua.
         No hace falta estudiar mucho para darse cuenta de que en español los verbos se dividen en tres grupos: los que en infinitivo terminan con -ar, los que terminan con -er y los que terminan con -ir. Eso es todo, no hay otros grupos, pero no pierde uno nada al elucubrar lo que podría haber sido el pasado de ese otro grupo de palabras, aparentemente todos sustantivos, que terminan con -or. ¿No es posible —al menos poético es— que en un tiempo remoto, tan remoto que no hayamos encontrado registros de él, ese grupo hubiera sido, antes de su metamorfosis en el uso, nuestro cuarto grupo de verbos?
         El verbo doler, por ejemplo, que pertenece al segundo grupo, ¿no habrá sido antes el verbo dolor? Es decir, eso que siento, lo que me afecta más íntimamente, no puede ser la misma calidad de “acción” que caminar, por ejemplo, que es algo que hago con mi propio cuerpo pero que aun así dista de mí casi lo mismo que mugir, que es algo que hace otro ser. En mi descabellada hipótesis, los verbos en -or con esta suerte de significado íntimo emigraron al primer o segundo grupo debido a su conjugación, pero parecen haber conservado intacta su transitividad. Otros miembros de esta pandilla podrían ser amor (que en el presente sería amar), error (o errar ahora), loor (o loar), picor (o picar), ardor (o arder), hedor (o heder), motor (o mover), olor (u oler), sabor (o saber), valor (o valer). Todos parecen, ¿verdad?, percepciones, sensaciones, valoraciones de lo que nos sale al camino, lo que nos llega por los sentidos y nos penetra hasta la raíz de lo subjetivo.
         Hay otros ejemplares que no son tan fácilmente clasificables: calor, candor, color, dulzor, favor, humor, pavor, pudor, rencor, resplandor, rigor, rubor, rumor, verdor, vigor. Parecen los rebeldes de este corpus, porque no es sencillo ubicarlos en alguno de los tres grupos actuales de verbos, pero sí conservan el sabor a sensación y a intimidad emocional o psicológica que dan sus parientes antes mencionados.
         Por los momentos, no quiero contaminar más la muestra, no sea que de pronto me llame un Bello, un Rosenblat, un Márquez Rodríguez contemporáneos para reprocharme que sea tan soñador; pero sí me gustaría descubrir un día que al final amor, dolor, sabor, olor son como verbos que han vivido toda la vida escondidos, que ese grupo de verbos existieron y que nuestros antepasados llegaron a sentir con tanta intensidad lo que ahora llamamos amor, sabor, rubor, que nos legaron esos sustantivos nuevos, que ahora utilizamos como cuerda sensible entre estados del espíritu y las “cosas” del mundo tangible. ¿Estoy muy loco?

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXI / 4 de junio del 2018





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