Edgardo Malaver Lárez
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| Con tres de estos lanzamientos,
Frandelis García puede sacar de juego a cualquier bateadora |
En el beisbol, todo
partido tiene nueve entradas, que es múltiplo de 3, y en cada inning el
equipo que defiende el campo tiene que capturar a tres jugadores del otro
equipo fuera de base para poder pasar a la ofensiva. Cada vez que el lanzador acierta
tres veces en poner la pelota en el centro de un cuadro imaginario sobre el
pecho del receptor y el bateador no logra batearla, este pierde su turno. Hacer
ese contacto, golpear la pelota con el bate, es tan difícil y poco probable que
los mejores bateadores lo logran apenas tres de cada 10 veces que se paran
frente al lanzador. Y cuando lo logran, tienen que recorrer tres bases
para hacer una anotación. El tres tiene su misterio.
Otros deportes ofrecen panoramas
similares. En el voleibol se enfrentan dos equipos compuestos por seis
jugadores (múltiplo de 3) en tres sets, hasta que uno de ellos alcanza 15
puntos (múltiplo de 3). Mientras el balón está en el aire, cada equipo sólo
puede golpearlo tres veces. En el fútbol, que no parece inclinado a esta omnipresencia
del tres, los dos tiempos en que se divide el juego duran 45 minutos,
que es múltiplo de 3, y el equipo que gana un partido obtiene tres puntos
(regla reciente, sin embargo). A veces hay más, pero en muchos partidos hay
tres árbitros.
¿Y si nos dejáramos
seducir por esta notoria regencia del tres, aparentemente tan próspera en el
deporte, para lograr ventajas y beneficios en nuestro propio terreno de juego?
¿Y si la aplicáramos, por ejemplo, a la redacción, en la producción de textos?
Nada más ponerme a pensar
en esto, me doy cuenta de que tiene sentido: todo texto que redactemos, incluso
antes de estar conscientes de lo que vamos a decir, sabemos que tiene que estar
dividido en tres partes: las archiconocidas introducción, desarrollo
y conclusión. Asuma usted esta división automática del texto antes
incluso de la planificación de la escritura y ya estará siguiendo y aprovechando
aquella antigua máxima grecorromana de Divide et impera (Divide y
vencerás) —para algo nos dejaron esas cosas escritas—. Sólo reducir a un tercio
el tamaño del primer obstáculo que tenemos que sortear es ya una ventaja
impagable.
Dividir al enemigo para vencerlo,
dividir a la oposición para gobernar cómodamente, dividir en partes un problema
para resolverlo con el menor esfuerzo posible no son las únicas cosas que se
pueden hacer con esta “clave” que heredamos de los antiguos. Siempre es posible,
en cualquier área, ahorrar tiempo, energía, dinero, preocupaciones, neuronas si
nos ocupamos primero de una parte sencilla del asunto que tenemos entre manos
para luego emprender una siguiente a partir de lo aprendido con la primera.
Además de esto, siempre es posible dividir, subdividir y redividir lo que ya
antes hemos separado en partes.
En un curso de redacción,
por ejemplo, después de concebir que cualquier texto tiene que comenzar por una
introducción, seguir con un desarrollo y terminar en una conclusión (en el
sentido de cierre y en el de aprendizaje), siempre vamos a poder subdividir las
tres partes en partes más pequeñas. ¿Quién podría impedírnoslo? Me pregunto
esto después de años de observar cómo muchos estudiantes parecen temblar de
miedo al exponer ciertas ideas de la forma que se les indica su propia
inteligencia, con muchísima frecuencia “porque no saben así le gusta a profesor”.
Es como si tuvieran a sus espaldas un ángel vengador que se asomara a leer lo
que escriben y que apenas se desviaran un centímetro les fuera a lanzar un
latigazo.) Por mala que parezca esta forma de trabajar, tiene que ser mejor que
no tener ninguna. Además, todo método de trabajo puede irse mejorando con el
tiempo y en sucesivas actividades.
El propio proceso de la
escritura también está dividido en tres etapas: planificación (o preescritura),
redacción (o escritura) y corrección (o postescritura).
Aristóteles nos lo pone, para resumir, en términos de inventio, dispositio
y elocutio. Incluso la pronunciación de los fonemas, para no entrar en
demasiados detalles, puede fragmentarse en tres momentos: tensión, articulación
y relajación. Son tantas las señales de que no deberíamos complicarnos en
esto... ¿Y si nos tomamos estos hechos como una insinuación de la lengua misma
(y de la naturaleza) de que la escritura de un artículo, de un mensaje electrónico,
de una breve nota que dejamos en la puerta de casa, son productos cuya
elaboración podemos emprender parte por parte?
No es que el beisbol pueda
compararse con un misterio teológico, como la Santísima Trinidad: tres personas
en un solo Dios. No es que la vida sea sencilla por que después de la infancia
entremos en la juventud y más tarde venga la vejez —san Agustín y
los griegos tenían una clasificación más compleja—. No es que la naturaleza sea
sosa por el hecho de que todo en ella es sólido, líquido o gaseoso.
Pero sí es sabio tomar nota de esos avisos que nos lanzan el mundo, la
naturaleza y hasta el deporte. Es que nos conviene —y entre más pronto, mejor— ir
buscando caminos para decir con claridad lo que deseamos o debemos decir, para
que no falten en ello ideas dignas de aplauso y placer de leerlas y que,
además, ellas produzcan frutos nobles para los demás y para nosotros mismos.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DCXL / 6 de abril del 2026

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