lunes, 27 de julio de 2020

Las palabras prohibidas del COI [CCCX]

Ariadna Voulgaris


La publicidad evadiendo ingeniosamente 
la prohibición de decir nombres



         Me llama la atención este asunto desde el año 2004, en que un primo de mi amiga Alejandra estuvo en la selección nacional venezolana de natación y regresó de Grecia quejándose de que el Comité Olímpico Internacional (COI) ponía “demasiadas prohibiciones a la libertad de expresión de los deportistas” durante las Olimpíadas. Alejandra y yo lo animábamos diciéndole que era un gran logro en su carrera haber estado en Atenas a los 18 años y que en el espíritu olímpico era más importante competir honestamente, como él, que la ceguera de los organizadores. Pero él quería libertad de expresión, quería que se eliminara la “regla 40”.
         El miércoles que acaba de pasar tenían que haberse inaugurado en Tokio los XXXII Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Nadie necesita que se le explique por qué no se hizo. Se celebrarán el año que viene, del 23 de julio al 8 de agosto. Pero hay algo que mortifica a los participantes quizá más que la posibilidad de obtener una medalla. La aborrecida regla 40 del COI, por lo menos hasta los Juegos de Río de Janeiro, prohibían a los atletas, entrenadores o cualquier miembro de las delegaciones permitir que “su persona, imagen o actuaciones deportivas fueran explotadas con fines publicitarios durante los Juegos Olímpicos”. Por supuesto, la regla no era aplicable a los patrocinadores del COI.
         Justificada por la institución alegando que busca salvaguardar las fuentes de financiamiento y atajar la excesiva comercialización del evento para concentrarse en el desempeño de los deportistas, la rigidez de la norma llegó al extremo, en el 2016, de proscribir, incluso en mensajes personales de los participantes por las redes sociales, el uso de palabras como Juegos Olímpicos, Olimpíadas, medalla, oro, plata, bronce, victoria o verano. Ni siquiera estaba permitido para los no patrocinadores y si estaba relacionado con el evento, ¡escribir Río o Río de Janeiro! Por tanto, un patrocinante que no financiara al COI no tenía derecho siquiera a felicitar a sus patrocinados después de una buena actuación ni publicar sus resultados destacados. La sanción podía ser la expulsión de las competencias e incluso el retiro de las medallas ganadas.
         Afortunadamente, las autoridades alemanas lograron para sus atletas el año pasado una flexibilización de la funesta norma. En un gracioso gesto democrático, el COI se dignó conceder que los alemanes podían utilizar las citadas palabras y las redes sociales durante las competiciones, pero aseveró que no se extendería este beneficio a los competidores de otras nacionalidades. Sin embargo, en junio de 2019, la norma dio un vuelco y se volvió “positiva”, “flexible” y “abierta”. Íbamos a saber hasta qué punto era cierto en estos días, pero hubo que recogerse durante meses y en algunos países siguen encerrados.
         Por lo visto, Atenea intervino en favor de la razón. Es que está tan fuera de la sensatez prohibir palabras, que los publicistas ya habían comenzado a evadir la restricción con mejores resultados que la cerrazón del COI. Hasta el espíritu olímpico, que predica la salud de la mente en armonía con la salud del cuerpo, tenía que estar en contra de aquel desatino.

ariadnavoulgaris@gmail.com





Año VIII / N° CCCX / 27 de julio del 2020

lunes, 20 de julio de 2020

Ponerse hojas alrededor [CCCIX]

Edgardo Malaver



Notas sobre la lengua que deambulan por la casa




         Me tropiezo con una hoja suelta en un cuaderno viejo que desde hace meses deambula por la casa, como llamándome para que busque algo en él. La hoja contiene una nota que dice:

emperiollar
em-peri-follar
       alrededor-hojas
poner hojas alrededor

No quiero buscar la palabra en el diccionario para que no enturbie la belleza de este hallazgo que acaso había olvidado. Siento que es como una iluminación que no quiero ensombrecer con la verdad terrena.
         El verbo emperifollar es la imagen más nítida de la ornamentación esmerada a pesar de la escasez de recursos tangibles. Es el esfuerzo de embellecimiento más sencillo pero que por eso termina llamando la atención. En los lejanos orígenes de la lengua española, ¿qué podía haber más bello, mejor ornamentado que la naturaleza, impoluta aún y casi abrumadora de colores y fragancias? Me imagino a los primeros hablantes castellanos, en medio de su vida benditamente sencilla, en su entorno apenas urbanizado, oscilante entre aquella montaña de lengua que era el latín y el humilde latido de la lengua local que habían hablado sus abuelos, que hablaban aún ellos mismos y que hablaban cada día menos sus nietos, los imagino buscando entre las cuenta de su revuelto ábaco de palabras formas de describir cosas o personas de apariencia repentinamente ennoblecidas, circunstancialmente embellecidas, más agraciadas de lo acostumbrado. Las flores pueden haberles brindado la imagen ideal: hacer como las flores, que se rodean de hojas, que las reúnen en su periferia, para lucir más bellas de lo que por sí mismas son, sería algo así como emperifollarse, pensando ya en latín, como los jóvenes de ahora.
         Hicieron tal como los albañiles que comenzaron a decir empedrar cuando ponían piedras una sobre otra; como los soldados que al clavar el asta en el suelo enarbolaron su bandera, o como la madre que se encariña con el hijo de su hermana.
         Me vienen a la mente —y otra vez, rebeldemente, no quiero buscar, aunque sea mal ejemplo para los estudiantes— palabras que siento más recientes, como emplatar (‘poner en platos’), que oigo decir a los cocineros de restaurantes; ensobrar (‘meter en sobres’), de trabajadores de oficinas, o enrutar (‘escribir una ruta de acceso electrónico’), de los técnicos de computadoras. La mente de habla española, por lo que se colige, ha procedido más o menos de la misma manera a lo largo del tiempo, haya sido el latín, el francés, el inglés (o incluso el propio castellano en su contacto con las lenguas de Asia, África y América) el idioma de moda en el mundo.
         O sea, en todas partes cuecen habas y nadie mata al chef. Todas las lenguas se dan a sí mismas esos mecanismos para sintetizar lo que pasa por la mente de sus hablantes, y el español las tiene tan buenas y tan ingeniosas como los de los demás idiomas.

emalaver@gmail.com



20 de julio del 2020 / Año VIII / N° CCCIX




lunes, 6 de julio de 2020

La lengua es castigo del cuerpo [CCCVIII]

Edgardo Malaver



El teatro venezolano creció con la llegada
del gallego Alberto 
de Paz Mateos
a Venezuela




         Cuando yo era estudiante, había en la escuela una muchacha que, sintonizada con la moda lingüística del momento, no llamaba a nadie de otra forma que no fuera gallo. Era, para ser más preciso, una moda instaurada por la jerga juvenil y proveniente, he presumido desde entonces, de la hamponil, tan creativa y refinada.
         Gallo era, al principio, una especie de insulto más o menos moderado que se le lanzaba a quien era considerado el tonto del grupo, el torpe, el que no comprendía, por ejemplo, las bromas. Yo me preguntaba mucho qué tenía un gallo de torpe o de tonto, y nunca encontré el sema que me lo aclarara a primera vista.
         Sólo ayer, domingo 27 de junio, unos 30 años más tarde, vino a conectarse en mi mente este apelativo con otro, también utilizado de manera peyorativa pero con una tradición más larga: gallego. Era sencillo: gallo es como un apócope de gallego. Era —o se me ocurre ahora que era, que fue— el habla hamponil haciendo lo que quizá sea su rasgo más característico, su acto más frecuente: cambiar los significados de los signos más comunes para crear confusión mediante el significante —ojalá que Laura Pérez Arreaza me corrija—. Me da la impresión, además, de que en cada país hay un gentilicio extranjero al que se atribuye la falta de talento e inteligencia, y en Venezuela es el de Galicia. En España parece ser sueco; en Argentina, boliviano; en Estados Unidos, irlandés.
         Aquella estudiante terminó siendo apodada Galla, nadie la llamaba por otro nombre, y hasta debe haber habido alguno que nunca supiera cómo se llamaba de veras. Al final luchaba en vano para revertir un hábito que ella misma había inducido, lo cual es inmensamente difícil en cualquier comunidad, en cualquier lengua. Incluso se cambió de facultad, ojalá que no haya sido por esa razón. Yo recuerdo su nombre, pero siempre que oigo que preguntan por ella es con aquel infame e inmerecido apodo... señal clarísima de que hay que tener cuidado con lo que se dice porque la lengua es castigo del cuerpo.

emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCVIII / 6 de junio del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 22 de junio de 2020

Idioma inferior e idioma... inferior [CCCVII]

Edgardo Malaver


 
To... da… len… gua… tie… ne… su… en…
can… to… ¿No… cre… e… us… ted…?


         Una vez me quedé dormido dando una clase de inglés. No es que me parezca aburrido este idioma, ni que lo fuera mi alumna, ni siquiera que me aburriera dar clases —que en esa época me aburría de veras o me ponía de mal humor—, sino que trabajaba demasiadas horas al día y dormía muy poco en las noches. Mi alumna, que era, gracias a Dios, una pariente más o menos cercana que estudiaba turismo, me lanzó un cojín a la cara y me dijo: “Acuéstate en el sofá, y yo avanzo con matemática”.
         Lo que sí me aburría, y me aburre aún, son esos estudiantes de idiomas extranjeros que apenas descubren dos o tres peculiaridades muy curiosas y llamativas de esa otra lengua, comienzan a menospreciar la suya propia e incluso se convierten en embajadores de los países donde éstos se hablan por doquiera que van. Si siguen avanzando, pueden llegar a convencerse de que aquella lengua es superior a todas las demás, y no existe forma de hacer que se fijen en las peculiaridades, incluso más impresionantes, de otras lenguas, ni siquiera la que les es natural.
         También existen los hablantes que se consideran, ya de entrada, tan inferiores, tan mal dotados para el aprendizaje lingüístico, que ni con hipnosis se creen que sean capaces de aprender nada sobre otra lengua. Por nada del mundo se atreven a retirar de su camino la vara que, en su imaginación, sólo en su imaginación, les impide, no digo yo hacer un postgrado en morfofonología medieval comparada —si es que eso existe— sino apenas echar una mirada rápida a ese otro mundo sencillamente vecino que es una lengua cualquiera.
         No sé cuál de los dos grupo me desespera más.
         Gracias a Dios, el tedio y la molestia que me despertaba la docencia se extinguieron de mi espíritu —la docente que habita en mi madre me dijo un día que se lo conté: “Eso significa que has madurado”, y después de eso he dado clases con sueño, con fiebre (con chicunguña, para ser más preciso), con hambre, triste, de luto, y no me ha vuelto a lanzar cojines a la cara; pero no han dejado de aburrirme, como si leyera el Código Civil con la pereza burócrata de Zootopía, la gente que cree su propio idioma inferior a los demás.

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCCVII / 22 de junio del 2020

lunes, 8 de junio de 2020

Los varoncitos de las enfermedades [CCCVI]

Edgardo Malaver



En el mundo de las curvinas tampoco es fácil
reconocer el femenino del masculino




         El 4 de mayo de este año, Luis Roberts publicó aquí un artículo titulado “La RAE y el coronavirus”, cuya conclusión era que, como el sustantivo covid hace referencia a una enfermedad, su género debía ser femenino. Comentaba además que existe un grupo de académicos que argumenta que debía ser masculino “por tratarse de ‘un sustantivo’”, con lo cual el autor no está de acuerdo; pero en realidad lo único que es masculino en toda la discusión es el virus mismo y no la enfermedad. De modo que, diga lo que diga la Academia, ahora deberíamos decir la covid y no el covid, como tanta gente dice. Tengo que respaldar a Roberts en su rechazo a esa postura sobre el masculino de la recién nacida palabra porque es ridícula, pero me cuesta mucho apoyar la del femenino.
         Aunque parezca que no, aunque últimamente parecen ser los científicos, no los académicos (los de las universidades, no los de la academia, aunque también ellos, a veces) ni los movimientos sociales ni los promotores de ideologías ni los políticos bien vestidos los que deciden cómo van a llamar los hablantes a las cosas. Bien que pueden, lo malo es que tampoco sugieren, sino que pretenden imponer, como si tuvieran derecho a ello… o como si fuera posible. Hay, sin embargo, miles de casos en que la ciencia, el arte, la religión, la política han creado una cosa nueva, un concepto nuevo y se esmeran en ponerle como nombre una palabra nueva y, ¡pun!, viene la gente y la llama de otra forma. Hace como un año, una cajera de banco me corrigió malencarada: “Señor, esto no se llama dinero, se llama efectivo”.
         No me imagino si en el pasado, remoto o reciente, habrá habido esta discusión sobre el genero de las enfermedades, pero, tal como nos diría, una vez más, el viejo Saussure, no hay manera de preverlo: en esto manda la arbitrariedad. Para ahorrar tiempo y espacio, les pregunto: ¿todas las enfermedades tienen nombres femeninos? Vamos a ver: alzheimer, bocio, botulismo, cáncer, carbunco, catarro, dengue, lupus, resfriado común, sarampión, tétano, tinitus, vértigo, vitíligo son varoncitos. Hasta el acné y el alcoholismo son considerados enfermedades y no tienen nombres de niña. Incluso asma, cólera, ébola y sida, que terminan con a y todo, son palabras masculinas.
         Yo creo, por si fuera poco, que covid, además de que está destinado a perder ese número tan extraño —¿quién ha visto enfermedad numérica?—, más posiblemente termine llamándose coronavirus que covid: es demasiado difícil pronunciar esa de al final.
         No sé para qué lo repito. Siempre les digo a los estudiantes: uno no va a la pescadería y cuando por fin logra captar la atención del vendedor le pide un minuto para llamar al director de la Academia y preguntarle cómo se llama el pescado que quiere comprar. Uno llama el pescado como lo llaman las señoras que están alrededor y que saben prepararlo. Y eso es lo que hace, hacemos, con todas las demás cosas... y así aprendemos si son niñas o varoncitos.

emalaver@gmail.com





Año VIII / N° CCCVI / 8 de junio del 2020

lunes, 25 de mayo de 2020

De memes, la Virgen María, el misterio y otras piruetas del pensamiento [CCCV]

Douglas Méndez



Escultura de Atenea en la moderna Academia de Atenas



         Hace unos días, en un grupo de WhatsApp del cual formo parte, constituido por antiguos compañeros de mi universidad, surgió una polémica a raíz de la publicación en el grupo de un meme (creo que eso era un meme), que, según la interpetación de muchos, arrojaba dudas sobre la castidad de la Virgen María. ¿Cómo puede una mujer dar a luz y sin embargo permanecer inmarcesiblemente virgen? Ciertamente, parece —al menos desde el punto de vista biológico— imposible. Es comprensible que el ser humano, que siempre se deleita en retruécanos y es habilidoso para crear giros de doble sentido y guasas, a lo largo de los siglos haya ventilado en el terreno del humor tan seria paradoja teológica; es, ¡por supuesto!, comprensible también la indignación de los celosos creyentes. Con todo, no me interesan aquí ni la polémica en sí, ni quién tiene la razón, ni la cuestión del respeto a las creencias, el cual respaldo.
         El incidente del controversial meme me ha dejado pensando en otra cosa: en el misterio y en la índole del misterio, en su naturaleza. La virginidad de María es un misterio, ¿por qué tendría que ceñirse a leyes de la biología? ¿Acaso su condición de misterio no le confiere precisamente por eso su rasgo inextricable, al menos para el no iniciado, su carácter excepcional? En definitiva, ¿qué es un misterio? Ante estas encrucijadas, bien vale pasarse un momento por la etimología, de costumbre tan esclarecedora. La voz viene del sustantivo griego mystérion, a su vez del verbo que corresponde al español cerrar: mýein. El mystérion era una ceremonia religiosa cerrada a cualquiera que no fuese un iniciado y así mismo el secreto que en dicha ceremonia se revelaba y compartía. Así pues, para acceder a la vecindad del misterio, para abordar su verdad, debe habérsenos confiado un secreto, debe haber mediado una iniciación, solo entonces podemos saber.
         El asunto de María me recordó una fe mucho más ancestral, en la cual un misterio similar era resguardado: la maternidad de la diosa virgen y guerrera Atenea. En la antigua religión pagana griega, Atenea, diosa virgen completamente indiferente a las acometidas de lo erótico, divinidad de primer orden, hija exclusiva del dios padre y ejecutora de su justicia, era madre en los misterios. Según un oscuro relato, Hefesto, apasionado por la diosa, quien con anterioridad la había pedido como esposa, atrevida solicitud que Zeus negó de plano, en una ocasión, lleno de deseo, como solo son capaces los dioses de sentir, la persiguió para hacerla suya. Atenea huyó en el acto, pero se dice que un poco del esperma del dios herrero alcanzó a rozar el muslo de la poderosa virgen inmortal. De este episodio divino nació un niño, una delicada criatura oculta venerada en los misterios; Atenea, no obstante, permaneció casta.
         Según el insigne mitógrafo húngaro Karl Kerényi, en su perspicaz trabajo “Atenea, virgen y madre” (1952), diosas con mucho poder eran vírgenes o solían aparecer solas, sin consorte, y en esta característica se manifestaba una condición psicológica de la virginidad: la independencia emocional. Todos sabemos de los avatares y desbarajustes que lo erótico suele conllevar; ¿no es de desear que una diosa madre sea además de comprensiva, inmune a las veleidades de Eros; capaz de orientarnos y aconsejarnos con cabeza fría, firmeza, cariño y ecuanimidad hacia la consecusión de nuestros fines? No sé si esta reflexión anterior pueda ser aplicada a la virgen María; me viene ahora a la mente Santa Teresa de Jesús, otra virgen guerrera, madre y patrona de todos los reinos de España. En todo caso, vaya por qué derroteros nos ha encumbrado esta divagación en torno al misterio.
         ¿Cómo queremos acercarnos al misterio? ¿Cómo queremos empaparnos de su esencia? Digamos que depende del discurso. La ciencia quiere apropiarse del misterio para iluminarlo, quiere extraerlo de sus tenues cavernas y desentrañarlo, para democratizarlo y exponerlo convertido en ley en la plaza pública; si bien sus intenciones pueden ser altruistas, la llama de la razón calcina siempre al misterio. La filosofía quiere reflexionar sobre el misterio para hallar su lógica o para formularle una, cándido intento vano, pues el filósofo sabe que nunca pasará del vestíbulo que conduce al recinto sagrado donde esperan los iniciados; la pretensión del filósofo no deja de tener ese leve sabor nostálgico propio de todos los afanes del querer comprenderlo todo, de la fatigosa labor filósofica, taciturna hermana renegada de la poesía. Llegamos al discurso religioso, que presenta al misterio como verdad incontestable, un dogma: María es virgen por la gracia de Dios y eso no se discute, se asume como acto de fe; allí el misterio permanece resguardado, pero la intransigente rigidez dogmática terminará petrificándolo. Nos queda el discurso poético, y con él, naturalmente, el discurso del arte: el poeta, el artista, no quiere poner luces al misterio, lo seducen sus tinieblas; no quiere formular leyes, antes bien le fascina la capacidad que el misterio tiene de violarlas; no quiere erigirlo como verdad inamovible, se regocija en la posibilidad de hallar siempre un nuevo entresijo por el cual sumergirse en el misterio. En el arte, el misterio es imagen y es generador de imágenes, fuente insondable de energía psíquica. En el arte, en la poesía, realmente todo se tiñe de misterio, el artista quiere ser iniciado, quiere compartir y guardar el secreto: la obra son mensajes, guiños, convites para el escurecimiento, para el festival de los matices; allí lo bello y lo feo, el amor y el odio, la saciedad y el hambre, el nacimiento, la vida y la muerte, todo adquiere la connotación del misterio y en el acto gana en significaciones, se transforma en otra clase más profunda de sabiduría, sin duda más humana; entonces María se aparece como el milagro de la imagen de la madre virgen, misericordiosa y a la vez férrea y perseverante, en la que se revela conmovedoramente un aspecto inusitado de la maternidad: pureza y castidad, belleza inmaculada fruto de un amor sin mezquindades, que tiemplan el carácter, el cual es capaz de bondad infinita y sufrimiento sin desesperación, incluso ante el desgarrador espectáculo del sacrificio del propio hijo.

politropos@gmail.com



Año VIII / N° CCCV / 25 de mayo del 2020

lunes, 18 de mayo de 2020

Hablante, no hay idioma, se hace idioma al hablar [CCCIV]

Luis Roberts



Comulgar con una rueda de molino…
lo que puede imaginar un hablante




         Salta a la vista que este título es una paráfrasis de “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”, de mi admirado poeta Antonio Machado. Quienes me conocen, alumnos, colegas, amigos, saben que no soy fiel seguidor de ningún libro, en este caso el DRAE, donde ni están todas las que son, ni son todas las que están, pero tampoco acepto el descosido del lenguaje deshaciendo puntadas donde ya existen otras desde antaño y muy bellas. Eso no quiere decir que reconozca con pasión que el español se ha enriquecido desde siempre con la aportación de multitud de lenguas, y lo seguirá haciendo, sobre todo en estos tiempos en los que la tecnología, la informática, se impone a cualquier otra actividad humana. No voy a tratar aquí del aporte léxico, sino del aporte con el que las técnicas y la tecnología han engrosado desde siempre el inventario de las metáforas cotidianas.
         Ya en la Edad Media se usaba el dicho de “no comulgar con ruedas de molino”, para decir que uno “no se tragaba una mentira de ese tamaño”; y ya en nuestros días, todos “nos ponemos las pilas”, “no lo tengo en mi disco duro”, “fulano tiene un cortocircuito”, o “métete esto en tu chip”.
         Tengo un colega que se pasa el día frente a su computadora, trabaja con ella, y vive en Chacao. En la Venezuela anterior al caos, Chacao, como Los Palos Grandes, eran los barrios europeos de Caracas, donde cualquier español, italiano o francés, se reconocía en su pueblo o en su ciudad, con la panadería, la peluquería, el café, el supermercado, las tiendas de cualquier cosa, a un paso de su casa, el sentido de vecindario, e, incluso, en Los Palos Grandes, con la licorería y el burdel frente a la funeraria. Hoy Chacao padece más plagas que las bíblicas de Egipto: meses sin agua, teléfono incógnito, luz que va y viene, más va que viene, y ahora para colmo, las largas y escandalosas colas de autos y motos desde la madrugada con la esperanza de cargar gasolina en la única bomba de la zona, con gritos, discusiones con los policías para pagarles el importe en dólares para poder hacer esa cola, etc. Pues bien, el otro día mi colega me envió un wasap en el que me decía que con un poco de agua fría que le quedaba en un tobito “se había podido lavar el pendrive, los dongles y el USB”. No sé si estas metáforas perdurarán, pero a mí me parecieron graciosas y oportunas y por eso las comparto.

luisroberts@gmail.com





lunes, 11 de mayo de 2020

El extraño caso de la ‘y’ que es más latina que griega [CCCIII]

Daniel Avilán



La colección de trajes de una conjunción




         Hace algún tiempo ya, escribí para Ritos de Ilación este breve artículo sobre el pronombre de lugar y en francés y la evidencia de su uso en los primeros pasos del castellano, así como su presencia morfosintáctica en el ADN de nuestra lengua. Si ya lo leyeron, probablemente se preguntarán, como muchos de mis alumnos y colegas lo hicieron: ¿Y qué tiene que ver la conjunción y con dicho pronombre? Mi respuesta es: nada.
         Verán, la y ([ye]) o “i griega” viene de la grafía del YPSILON, una letra griega cuya realización fonética corresponde con la i del latín (la i latina) y ha ido adaptándose, desgastándose y reformándose con la evolución del idioma. Es muy flexible y ha asumido formas, o como diríamos, actualizaciones, muy variables en lo fonético (hay versus haya) y en lo morfológico (me caigo versus me cayera). De todo esto debe haber explicaciones incontables en todas las disciplinas de la lingüística. Yo, en mi mente un poco naïve, pienso que, por ser una letra foránea en la niñez del castellano, como ocurrió con la j, la x o la z, fue una especie de comodín que estaba dispuesto a asumir riesgos de todo tipo que las inflexibles letras latinas no podían (hasta pronombre de lugar pudo haber sido en algún tiempo).
         La y se ha podido convertir en muchas cosas, pero, ojo, nunca en conjunción. De hecho, me acaba de decir Edgardo que grandes escritores y académicos de principio del siglo XX usaban aún la i como conjunción coordinadora. Más bien me parece que la conjunción de coordinación se transformó en la forma gráfica y y ya voy a explicar cómo y por qué.
         En latín (de donde el castellano saca la mayor carga genética) la conjunción de coordinación se escribe et y ésta ha pasado a la mayoría de las lenguas herederas como e, et, i, è, pero se siguió usando et en ámbitos jurídicos, administrativos y académicos por muchos siglos. Recuerdo que, para una investigación que tuve que hacer en la Academia de la Historia en Caracas, me topé con manuscritos viejísimos, unos más que otros, en los que figuraba, en perfecto castellano, la conjunción et, a veces en su forma ligada &. Ésta última se usa actualmente en muchos idiomas porque resulta más económico; en inglés, por ejemplo, es mucho más corta que la conjunción and. Pero en castellano la y es más fácil de escribir y, por lo tanto, más económica. Lo que me lleva a observar que, en la caligrafía, la escritura a mano, ese garabato que significa et fue cambiando convenientemente a una grafía más fluida, similar a la y.
         Yo me atrevo a concluir, y quedo abierto al debate, que la conjunción y es una deformación gráfica de &, que es a su vez la ligadura de et y que todo su recorrido se debe puramente a la necesidad de rapidez en la escritura a mano. Entonces, la conjunción y en castellano parece griega, pero es tan latina como la i.

daniel.avilan@gmail.com



Año VIII / N° CCCIII / 11 de mayo del 2020



Otros artículos de Daniel Avilán:

miércoles, 6 de mayo de 2020

La RAE y el coronavirus [CCCII]

Luis Roberts



La Cúpula Genbaku (1915) de Hiroshima resistió
el bombardeo atómico de 1945



         Recuerdo que cuando la enfermedad terminal de Chávez, todos los taxistas, al menos los de Caracas, se convirtieron en expertos oncólogos, que, en cuanto abordabas el taxi, te ponían al día, te daban diagnóstico, origen, ubicación del psoas, etc. Hoy, por varias y lógicas razones, los taxistas han sido sustituidos por las redes sociales, esas corralas donde la gente se desgañita, se pavonea o se insulta, y en plena pandemia, sobre todo, opina. Hay miles de científicos especialistas, virólogos, epidemiólogos, etc., trabajando, tanteando, por ensayo y error, como se avanza en la ciencia, pero en las redes sociales, hay miles de “expertos”, “enteradillos”, que todos los días nos recomiendan la sangre de Cristo, el secador de pelo, la lejía con vainilla, o el whisky a todo dar. Las redes sociales del siglo XXI son como la energía nuclear del siglo XX: sirve para curar el cáncer o para destruir Hiroshima. Y, claro, en plena cuarentena, para matar el rato los tontos se dedican a decir las mismas tonterías que siempre han dicho los tontos, pero ahora con eco digital.
         Pues resulta que los dignos miembros numerarios de la Real Academia Española, por quienes por el hecho de serlo siento un profundo respeto, excepto por uno, que no lo merece, han decidido reunirse para, “con urgencia”, encontrar “una posible definición y sus consecuencias” del coronavirus, palabra que no aparece en el DRAE. Ya han tenido la primera reunión telemática y la segunda ya se habrá dado cuando se publiquen estas líneas. Con todos mis respetos, insisto, no creo que sea tan difícil definir un virus que tiene un círculo protector-agresor de proteínas en forma de corona, de ahí su nombre. Lo de las consecuencias, no creo que los doctos académicos estén en medida de definirlas sino muy someramente, pues ni siquiera los epidemiólogos las conocen aún en su totalidad. Tanta urgencia viene dada porque desde el inicio de la cuarentena ha habido 84 millones de consultas a la RAE de palabras que sí existen, como pandemia, cuarentena, confinar, resiliencia, epidemia, virus, triaje...
         Dicho esto, hay una segunda discusión entre los académicos, en la que, ahora sí, me atrevo a participar, y esta es sobre el género de ciertas palabras relacionadas con el virus. El idioma inglés no tiene este problema y lo sabemos los traductores que traducimos un relato de un asesino en serie, depredador sexual y ladrón, y a mitad del relato aparece un she, ella, y hay que cambiar todo pues se trata de una asesina, depredadora sexual y ladrona. El alemán se defiende con sus neutros, que hacen tan complicado que un alemán atine con el género cuando habla español, pero las lenguas romances tienen todas su género bien definido, donde el pronombre es obligatorio en francés y en español mucho menos, pues casi siempre la terminación define su género. Parece ser, por la información filtrada, que no hay discusión alguna sobre el hecho de que el virus, masculino, el SARS-COV 2 —el 1 ya fue descubierto en 2002— es un acrónimo de severe acute respiratory syndrome (coronavirus 2), o síndrome respiratorio agudo grave, producido por un conavirus, el segundo que se detecta. Virus y síndrome son ambos masculinos, por lo que en español el virus que nos flagela es el SARS-COV 2, si queremos respetar el acrónimo en inglés.
         La discusión viene por la COVID-19 —sí, la— porque este es un acrónimo del inglés CORONAVIRUS DISEASE (enfermedad) 2019. Es decir, el virus SARS-COV 2 produce una enfermedad que es la COVID-19. Pero hay un grupo de académicos que arguye que por tratarse de un “sustantivo” debe ser masculino. Lo lamento, pero no puedo estar más en desacuerdo, es un acrónimo de una enfermedad, como la malaria, la tosferina, la diabetes o la hepatitis. Si algunos acrónimos de enfermedades se han sustantivado en masculino, como el sida, es sencillamente porque cuando apareció no se sabía exactamente lo que era, era un síndrome, y ese masculino del síndrome prevaleció a la hora de sustantivarlo. Así, que, cuídense mucho, que nadie les contagie el virus, ni se lo contagien a nadie, y así se libren de la COVID-19.

luisroberts@gmail.com



Año VIII / N° CCCII / 4 de mayo del 2020





Otros artículos de Luis Roberts: