lunes, 1 de mayo de 2023

Libertad femenina: la pastora Marcela y María Eugenia Alonso [CDXIX]

Claudia Contreras

 

 

Teresa, una señorita cervantina
que escribía porque era libre

 

 

 

         Don Quijote de la Mancha (1605-1615) e Ifigenia (1924) tienen más cosas en común de lo que parece a primera vista. Aunque varios siglos de diferencia las separan, ya que pertenecen a los movimientos literarios del Barroco y del Realismo, respectivamente, Don Quijote de la Mancha e Ifigenia generaron un revuelo similar entre los lectores de sus épocas.

         Miguel de Cervantes (1547-1616) parodia las novelas de caballerías, leídas y escritas ad nauseam por aquella época, para dejarnos un mensaje claro: aunque no seamos héroes, podemos marcar una diferencia a nuestro alrededor si tenemos la convicción suficiente. Cervantes nos dio el Quijote para romper con el estereotipo de caballero solemne, para que pudiéramos identificarnos con él, y para humanizar personajes que antes eran unidimensionales. Don Quijote no es completamente una cosa o la otra: ni cuerdo ni loco, ni cobarde ni valiente, ni fuerte ni débil; lo que sí es, es humano. El Quijote representa a todos aquellos que nos atrevemos a recorrer un sendero persiguiendo nuestros sueños, sin importar cuán locos parezcamos.

         Por otra parte, Teresa de la Parra (1889-1936) nos muestra una mirada a la realidad de las mujeres que vivieron a principios del siglo XX a través de María Eugenia Alonso, una jovencita criada a la usanza europea, que tras la muerte de sus padres queda en la ruina, por lo que se ve obligada a vivir en Venezuela con sus familiares conservadores y a casarse con César Leal, a pesar de que ello contradice sus deseos e ideales. Teresa de la Parra hace algo similar a Cervantes, no heroíza a su protagonista: la humaniza, haciéndola actuar como lo haría una mujer de aquella época. María Eugenia hace pocos aspavientos, y aunque responde con hastío, acepta al final la realidad que le toca vivir; y convierte su diario, donde plasma lo que piensa, en su único escape. En Ifigenia vemos reflejada una sociedad que engulle la individualidad, y hace contrapeso como obra a Don Quijote porque muestra que no siempre podemos imponer nuestros ideales sobre las convenciones sociales.

         Exceptuando sus diferencias, ambas historias tienen en común que exploran distendidamente el mundo interno de sus personajes, y rompen así los estereotipos de la literatura de sus respectivas épocas. Don Quijote de la Mancha revirtió los clichés de la caballería y del heroísmo, mientras que Ifigenia fue pionera en enfocarse en la vida y deseos femeninos, en una época en la que a las mujeres aún les faltaba probar su valía y pertenencia a la vida social y política.

         Otro punto en común que tienen ambas novelas es el tratamiento de la libertad como tema. Llama especialmente la atención el personaje de la pastora Marcela en Don Quijote, por lo innovadoras que resultan sus ideas, sorpresivamente parecidas a las de María Eugenia de Ifigenia. Marcela, al igual que le sucedía a María Eugenia con César Leal, no deseaba corresponder el amor de Grisóstomo, puesto que proclamaba haber nacido libre y su hermosura no era sinónimo de sumisión ante los deseos ajenos.

         Sin embargo, hay una clara diferencia entre la libertad de ellas dos. Según san Agustín de Hipona (354-430), se puede “ser libre de” y “ser libre para” (Alonso García, 2009, p. 193). La primera implica desligarse de condicionamientos, y la segunda, disponer de sí mismo para la realización de los propios valores. La pastora Marcela es “libre para”, ella persigue sus propios ideales y elige estar sola, mientras que María Eugenia es “libre de”, ya que su crianza en Europa la desligó de los convencionalismos que imperaban en la vida de sus parientes de Caracas.

         Y según san Agustín, solo la “libertad para” es la libertad real que permite alcanzar un bien mayor; tal vez es por eso que nadie en el Quijote logra tener la superioridad moral para despojar a la pastora Marcela de la libertad de vivir tranquila; mientras que a María Eugenia solo le basta pasar un tiempo en Caracas para perder su “libertad de”, ya que su reticencia a adherirse a las normas morales y sociales de Caracas la ablandan su abuela y su desdeñado esposo, César Leal, con relativamente poco esfuerzo.

         Ambos personajes se relacionan, a pesar de pertenecer a épocas completamente distantes, porque las ideas de la pastora Marcela se adelantaron a su época; y porque María Eugenia se crio en París, donde había valores más modernos que los de la sociedad caraqueña de la década de 1920. Sin las ideas revolucionarias de Cervantes ni las propias experiencias de Teresa de la Parra en Europa, no habría sido posible que ambas obras se encontraran en ese aspecto.

         Ampliando un poco lo anterior, podemos decir que el discurso de Marcela en el capítulo XIV de la primera parte de la novela es innovador porque no se concebía en la época de Cervantes que una mujer eligiera su pareja, ni que reivindicara su hermosura como un medio de ejercer poder sobre los demás (aunque este no fuera el fin que ella persiguiera), ni mucho menos, que esas ideas surgieran en una mujer con relativamente poca instrucción formal.

         El discurso de María Eugenia Alonso resulta un poco menos impactante al contextualizarlo en su época y sus experiencias de vida, ya que no era de extrañar que una señorita culta, criada en los modernos valores europeos y en unos tiempos en los que la mujer se estaba comenzando a despojar de sus roles tradicionales, reflejara libertad en su conducta; sin embargo, el choque que producen los ideales de María Eugenia con los de sus parientes caraqueños, y la escandalizada reacción del lector venezolano a esos ideales, es suficiente muestra de que en aquella época de la Venezuela gomecista, Europa estaba mucho más adelantada socialmente, por lo que la novela de Teresa de la Parra aún resulta innovadora en el contexto latinoamericano.

         Para concluir, ambas novelas marcaron un hito en sus respectivas épocas por traer conceptos innovadores sobre la libertad y los derechos de las mujeres, y debido a ello, ambas merecen ser tomadas como pioneras de sus movimientos literarios.

 

clau.hernandez.1015@gmail.com

 

 

 

Referencias

Alonso García, A. (2009). “Libertad y gracia en san Agustín de Hipona”. En González Ginocchio, D. “Metafísica y libertad”. Cuadernos de Anuario Filosófico 214, 193-200.

Cervantes, M. de (1998). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Centro Virtual Cervantes. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap14/cap14_02.htm.

De la Parra, T. (1982). Obra (Narrativa, ensayos, cartas). Biblioteca Ayacucho.

López Navia, S.A. (2022, julio, 24). “La pastora Marcela: una precursora del feminismo en el Quijote”. The Conversation. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de: https://theconversation.com/amp/la-pastora-marcela-una-precursora-del-feminismo-en-el-quijote-187037.

Silva-Arenas, A. (2022, marzo, 22). “Teresa de la Parra, una literatura cargada de historia y feminismo”. Material Cultural. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de: https://www.materialcultural.com/teresa-de-la-parra-una-literatura-cargada-de-historia-y-feminismo/.

 

 

 

Año XI / N° CDXIX / 1° de mayo del 2023

 

domingo, 23 de abril de 2023

Teresa de la Parra también [CDXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

San Jorge y el dragón (circa 1470), de Paolo Ucello

 

 

         Hace unos años, cuando comenzó a sonar a mi alrededor el Día del Libro y del Idioma, y me di cuenta de que la fecha, 23 de abril, era la de la muerte de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare —coincidencia que conocía desde hacía bastante tiempo— me puse a averiguar si existían otros escritores relacionados con esa fecha, y, para mayor sinceridad, guardaba la esperanza de que los hubiera muchos nacidos, más que fallecidos, en esa fecha. La primera vez, me tropecé solamente con el inca Garcilaso de la Vega, y lo mencioné apenas tuve la ocasión en mis clases y en el auditorio de la Facultad de Humanidades. El año siguiente, me encontré el dato de que en esa fecha había muerto Teresa de la Parra también.

         Desde entonces, levanto siempre el dedo para incluirla cuando se menciona o se celebra la fecha. Ya saben por qué lo hago: porque es venezolana en un mundo centrado en Europa, porque escribe en español en un mundo obsesionado con el inglés, porque es mujer en un mundo dominado por los varones, pero si tuviera que resumir y quedarme con una sola razón, la mencionaría siempre porque escribe con delicadeza en un mundo hundido en la vulgaridad.

         Para decirlo brevemente, Teresa de la Parra escribió dos novelas —Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba (1924) y Las memorias de Mamá Blanca (1929)—, al menos dos diarios de viajes —Por el lejano Oriente... el diario de una caraqueña (1920) y Diario de Bellevue-Fuenfría-Madrid (1931-1936), publicado póstumamente—, tres cuentos fantásticos —“Historia de la señorita Grano de Polvo, bailarina del sol”, “El genio del pesacartas” y “El ermitaño del reloj”, también póstumos—. Escribió además, digamos que como ensayista, tres conferencias que reciben el título general de Influencia de las mujeres en la formación del alma americana, y buena cantidad de cartas que, probablemente, no se hayan recopilado aún en su totalidad.

         Qué difícil es escoger un fragmento de alguno de estos textos para ejemplificar, en un artículo tan breve, la suavidad de la prosa de nuestra escritora más aplaudida del siglo XX. Ifigenia, para comenzar, es lo que se llamaría hoy una “fusión” de salsas en que se cuecen diversos géneros. Aunque tiene en la portada el subtítulo de diario, la novela comienza con una larga carta que María Eugenia, la narradora protagonista, le escribe a su antigua compañera de estudios en París; uno podría decir que a menudo la narradora recurre a la poesía para expresar, para narrar, pero no es cierto: toda su narración es totalmente poética todo el tiempo. A lo largo de aquella carta, narra episodios de su llegada a Caracas y su reencuentro con personas que conocía desde su infancia. Cuando se encuentra de nuevo con los sirvientes de su casa, le cuenta a su amiga:

 

Porque has de saber, Cristina, que Gregoria, la vieja lavandera negra de esta casa, contra el parecer de Abuelita y de tía Clara, es actualmente mi amiga, mi confidente y mi mentor, pues aun cuando no sepa leer ni escribir, la considero sin disputa ninguna una de las personas más inteligentes y más sabias que he conocido en mi vida. Nodriza de mamá, se ha quedado desde entonces en la casa, donde desempeña el doble papel de lavandera y cronista, dada su admirable memoria y su arte exquisito para planchar encajes y blanquear manteles. Cuando yo era chiquita y me venía a pasar el día aquí en la casa de Abuelita, era Gregoria quien me daba de comer, quien me contaba cuentos y quien a escondidas de todos me dejaba andar descalza o jugar con agua, atendiendo de este modo al bienestar de mi cuerpo y de mi espíritu. Y es que su alma de poeta, que desdeña los prejuicios humanos con la elegante displicencia de los filósofos cínicos, tiene para todas las criaturas la dulce piedad fraternal de san Francisco de Asís. Este libre consorcio le ha hecho el alma generosa, indulgente e inmoral. Su desdén por las convenciones la preservó por siempre de toda ciencia que no enseñara la naturaleza. Por esta razón, además de no saber leer ni escribir, Gregoria tampoco sabe su edad, que es un enigma para mí, para ella y para todo el que la ve. Blanqueando manteles y planchado camisas, mira correr el tiempo con la serena indiferencia con que se mira correr una fuente, porque ante sus ojos franciscanos, las horas, como las gotas de la hermana agua, forman juntas un gran caudal fresco y limpio por donde viene nadando la hermana muerte. Como te he dicho ya, cuando yo era chiquita, me cuidó siempre con la ternura poética con que se cuidan las flores y los animales. Por eso, aquella tarde, al reconocerla asomada a la puerta de la romanilla, corrí hacia ella movida por el mismo impulso que hace temblar de alegría y de felicidad la cola agradecida de los perros.

 

         María Eugenia se reencuentra también con su tío Pancho, hermano de su difunto padre, y comienza un intercambio intelectual de lo más jugoso. El tío Pancho parece concordar con la sobrina en muchos puntos referentes al feminismo que trae María Eugenia en la mente. Ella despliega sus reflexiones sobre el tema haciendo referencia a autores como Cervantes y personajes como la pastora Marcela, con los cuales crea una fascinante madeja de pensamientos y detalles en el nivel estructural de la narración. Es notorio en este punto que Teresa de la Parra, que es mujer, pone su discurso feminista en labios del tío Pancho, que es hombre; Cervantes, que es hombre, lo pone en labios de Marcela, que es mujer. En Don Quijote el protagonista defiende a un personaje que después de esa escena desaparecerá; en Ifigenia el personaje secundario defiende a la protagonista. Y este tejido, junto con otros momentos que quizá uno tarda en percibir, se va construyendo una obra no solamente bella sino, sobre todo, profunda.

         La defensa de la mujer es un tema tan profundo para De la Parra que no ha de haber sido gratuita su aparición frente a diversos escenarios para exponer sus ideas al respecto. El título de su ensayo, que por lo que cuenta, le costó algún trabajo porque deseaba hacerlo, de entrada, revelador de su contenido y de su empeño, nos deja claro que la autora ha buscado y encontrado los objetos y sujetos de su alegato en su propia tierra. Las mujeres han construido, junto con los hombres y no detrás de ellos, el “alma americana” (que Bolívar llamaría “colombiana”).

         En cierto párrafo de este texto, De la Parra explica que, estando en Nueva York y en La Habana, pensó en recoger más datos en estas ciudades para hablar de las mujeres de aquel momento,

 

Y los adquirí en efecto, pero al mismo tiempo me abandonó la vocación al momento propicio de escribir. [...] Me he quedado, pues, por todo haber con mis mujeres abnegadas. Hablando con toda franqueza, les diré que allá en el fondo de mi alma las prefiero: tienen la gracia del pasado y la poesía infinita del sacrificio voluntario y sincero.

 

         Estos dos extractos nos revelan que su defensa corre junto con el aprecio de aquellos (o aquellas) que no han sido tan afortunados como ella, que no han podido estudiar, viajar, cultivarse. No es la suya, entonces, una actitud superficial y egoísta que busque el vano placer de figurar, sino un anhelo de justicia para todos.  Cervantino y quijotesco anhelo, indudablemente.

         Teresa de la Parra es entonces digna de ser recordada hoy y muchos días del año, por la belleza de su obra y por el empeño humano, el sueño que alberga. Ojalá tuviéramos más tiempo y espacio para dedicárselo, a ella y a su obra. Hoy tenemos que celebrar el libro y el idioma, el libro y la rosa, a san Jorge y a la damisela en aprietos, a Cervantes y a la lengua que nos da ojos para ver el mundo, pero, por las mismas razones que a todo esto, a Teresa de la Parra también.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVIII / 23 de abril del 2023

DÍA DEL IDIOMA

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 17 de abril de 2023

Apellidos que se disfrazan de nombres [CDXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Isla griega de Gavdos, el punto más al sur de Europa

 

 

         Cuando estaba aún en primaria, ya me atormentaba que los niños escribieran sus nombres al revés, es decir, apellido-nombre. Más tarde observé que también muchos adultos lo hacían, y esto era mucho más difícil de comprender. Y aún no lo logro, porque resulta que esta práctica no es compatible con nosotros; es en el hemisferio oriental del mundo donde lo normal es que la gente exprese su identidad anteponiendo el apellido al nombre.

         Cualquiera que recuerde a Saddam Hussein (1937-2006) recordará también que en las noticias lo llamaban Saddam y no Hussein. A Mao Tse-Tung (1893-1976) (como se escribía en español cuando yo supe de su existencia) se le llama Mao en el mundo entero y a Mobutu Sese Seko (1930-97) nadie lo llama de otra forma que Mobutu. Y hay otros casos, miles, sólo que quería impresionarlos con estos tres [malos] ejemplos.

         Hay en Occidente, sí, en muchas áreas, personajes históricos que tienen apellido y, a pesar de eso, se les conoce mejor por su primer nombre. Uno muy prominente es Napoleón Bonaparte, cuyo apellido se utiliza con tan poca frecuencia —hay que ser un historiador hiperriguroso para hacerlo— que uno puede pensar que se llama simplemente Napoleón, como en la antigüedad. Otro caso, infinitamente más grato, es fray Luis de León, a quien nunca nadie ha llamado De León. A sor Juana suele llamársele por ese primer nombre, por el nombre sor Juana Inés o sor Juana Inés de la Cruz, su nombre religioso completo, pero nunca De la Cruz. Pasa exactamente lo mismo con Garcilaso de la Vega —con los dos, en realidad— y también con Lope de Vega, y en este caso, Lope, por el que se le menciona con más frecuencia, ¡es su segundo nombre! A Leonardo, sin embargo, puede llamársele por el nombre o por su apellido, si es que Da Vinci es su apellido. Y en el caso de Miguel Ángel, muy pocos recordarán en el momento más necesario cómo se apellidaba.

         Aunque no hace mucha falta repetirlo, en el mundo occidental, es decir, aquí, los hablantes decimos nuestros nombres en este orden: nombre-apellido. El nombre puede incluir una composición de dos o más y el apellido puede ser uno solo o dos, pero cuando son más de dos —que es un caso tan raro que ya no debe haber muchos ni en la nobleza, donde la haya—, igualmente se acomodan lo mejor que pueden en dos grupos: el paterno y el materno.

         Lo que no pasa en la cultura occidental (o es tan poco común que apenas sucede a uno le llama la atención) es que, como los tres personajes aquellos del segundo párrafo, uno diga su nombre al revés. Cuando se le pone el nombre de una persona a una calle, a una escuela, a un parque, no le ponen, por ejemplo, “Universidad Sáenz Manuela” ni “Calle Blanco Andrés Eloy” ni “Plaza Páez José Antonio”. Eso es impensable. En la portada de un libro no se pone nunca “Gallegos Rómulo”, y si lo pusieran, hay que dudar tanto de esa edición que sería mejor ni examinarla siquiera. Y sin duda, cuando usted está en una fiesta y le preguntan su nombre, no dice: “Rodríguez Juan. Mucho gusto”. Nunca.

         Sí hay, es cierto, contextos y situaciones en los que tiene sentido poner los nombres al revés: en la escuela, en instituciones del Estado y en poquísimos otros lugares. Se hace, esencialmente para organizar la información que se tiene sobre los individuos, por ejemplo, por medio de una lista. Sin embargo, es el que desea hacer la lista, el que tiene el deber de presentar la información ordenada y fácilmente inteligible, quien pone los nombres al revés (apellido-nombre), no las personas cuyos nombres están en la lista.

         Muchos estudiantes se quedan con la impresión, después de los años de primaria y secundaria, de que en situaciones formales, como en los exámenes, deben escribir su nombre comenzando por el apellido. Incomprensible. Pueden suceder desastres debido a esta actitud, que normalmente no ha sido objeto de reflexión. Pensando en mis propios alumnos, voy a poner un ejemplo extremo pero de ninguna manera imposible. Imagínense, chicos, que alguno de ustedes se acostumbra a poner su nombre al revés y firma de esta manera:

 

Cruz Alfonzo Clemente Román

Fermín Belisario Beltrán Lorenzo

Marta Elvira Reina Concepción

Socorro Magdalena Ventura Rosario

 

Todos estos nombres, los masculinos y los femeninos, son también apellidos. Es decir, si yo no sé que ustedes, en contra de lo regular en nuestra cultura, escriben sus nombres con los apellidos primero —¿por qué tendría que pensar eso si no estamos en Asia?—, voy a creer que se llaman Cruz, Fermín, Marta y Socorro, y que se apellidan Clemente, Beltrán, Reina y Ventura. Perfectamente posible. Culturalmente claro. Pero podría cualquiera de ustedes venir a señalarme que estoy confundiendo sus nombres con sus apellidos. Comprando refrescos en la playa, quizá no pasaría nada, pero ¿se imaginan el resultado de esta confusión si un cirujano tiene que extirparle un órgano a Marta y le traen a Reina al quirófano? ¿y la del profesor que les va a poner una mala nota, y la del juez que les va a leer un veredicto condenatorio?

         Miren ahora estos nombres:

 

Martín Gimeno Santiago

Sabina Gadea Francia

 

Si no estamos de acuerdo en que los nombres van primero y los apellidos después (que es incomprensible que no lo estemos) o si usted lo hace al revés sin saber o por alguna razón, ¿cómo decido yo si estas personas están usando un solo nombre y dos apellidos o dos nombres y un solo apellido? Y en cualquiera de los dos casos, ¿cuál es cuál? En realidad, no hay razón para que me haga esas preguntas, porque la cultura me indica que los nombres van primero y los apellidos después. Y, aunque parezca una tontería, si uno se acostumbra a hacerlo al revés, se está creando a sí mismo un problema que puede convertirse en grave y, quizá, no tener solución (después de que nos extirpan un riñón sano, un diente o un ojo, no hay vuelta atrás, por más que después el médico se entere de que nuestro nombre estaba al revés).

         La solución puede ser sencillísima: leer las normas de uso de la coma. Cuando es necesario invertir el orden nombre-apellido, hay que poner una coma entre uno y otro (tal como se hace, por lo demás, cuando se invierte, por ejemplo, el orden sujeto-predicado o se traslada alguna parte de la oración a un lugar que no le corresponde en el orden canónico). Otra solución (sobre todo en casos especialmente confusos como el de Martín Gimeno Santiago o Sabina Gadea Francia) puede ser la que han adoptado los franceses. Para que el nombre quede recalcitrantemente claro, incluso en casos muy claros, los franceses ponen casi siempre los apellidos en mayúsculas sostenidas.

         Entonces, muchachos, no se crean chinos, iraquíes o congoleses, que no lo son. En los países árabes, en los asiáticos, en muchos africanos y en los europeos del este, es normal y correcta la inversión del nombre, pero desde la isla de Gavdos, Grecia, hasta la de Diomedes Menor, Estados Unidos, y desde Puerto Williams, Chile, hasta Hammerfest, Noruega, no es así. No actúen sin saber lo que hacen. Investiguen las normas y adopten los recursos que ellas ofrecen para escribir con la mayor claridad. Y si se trata de sus propios nombres, que es como decir que se trata de ustedes mismos, y si puede tener consecuencias negativas escribirlo mal (sí, mal), es urgente aprender a escribirlo y escribirlo bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVII / 17 de abril del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 10 de abril de 2023

Comillas para subrayar [CDXVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El Coloso de Rodas (1880),
grabado de Sidney Barclay

 

 

         Al final va a resultar que es positivo que los estudiantes pregunten tanto con respecto a los signos de puntuación, a pesar de mi insistencia en que investiguen primero. No es cinismo, es que de época en época las preguntas de los alumnos se convierten en la principal fuente de temas para los artículos de Ritos de Ilación.

         Hace tres semanas leí un examen sobre la deíxis en textos argumentativos, y pronto comencé a observar que este estudiante usaba las comillas con una profusión bastante mayor que los demás. Al principio era una leve sensación, pero ya en el tercer párrafo me parecía que había más comillas que palabras en todo el texto. Me levante de la silla y lo miré a cierta distancia y las comillas saltaban, hacían señales con los brazos, ondeaban banderas en el aire para que me fijara en ellas.

         ¿Qué estaba haciendo este muchacho con las comillas que estas se habían multiplicado tanto? Ponía, por ejemplo:

 

Los “adverbios” de tiempo contienen información importante para señalar un momento del “pasado” que nos interesa comunicar.

 

Son mucho [sic] los datos que pueden transmitírsenos mediante un simple “pronombre” o cualquier “palabra” en cualquier “texto”.

 

Y la guinda de la torta:

 

Según Rincón Castellanos, en la “repetición” “significativa”, uno de tantos elementos “correferenciales” puede ser el “deíctico”, porque su “significado” depende inevitablemente de “otros” elementos que “también” se encuentran dentro del “mismo” el texto.

 

         Ya me disponía a escribirle un mensaje para preguntarle esto, cuando se me ocurrió una hipótesis: utiliza las comillas para destacar algunas palabras; tanto que a veces dos palabras contiguas tienen, cada una, su propio par de comillas. Es como si quisiera en realidad poner esas palabras en negritas o subrayarlas. Cuando le escribí para devolverle el examen (que es una práctica que nos heredó la pandemia de cóvid), le pregunté si mi hipótesis era correcta, y me respondió: “Perdone, profesor, ¿las comillas no son para eso?”.

         Y desde ese momento, nada más salgo a la calle comienzo a ver letreros que parecen sustentar este uso resaltador de las comillas: Se hacen “viajes” y “mudanzas”, leo en la puerta de la panadería; Espere su “turno” para ser atendido, me dice la caja de la clínica; Prohibido “escupir” en el piso “o” en el “espejo”, aclaran en el ascensor.

         Los que estudiamos la lengua no tenemos derecho a quedarnos con esa idea, que al mismo tiempo todos y nadie nos han inculcado, no sé si inocente o perversamente; pero los ciudadanos comunes parecen respetar esta “norma” como si fuera sagrada. Junto a ella perviven otras, como la de poner coma entre el sujeto y el predicado (aunque no se sepa lo que es el sujeto ni el predicado), la de no acentuar las mayúsculas, la de omitir el signo de interrogación inicial en las preguntas.

         Cada día está más clara la paradoja: los hablantes comunes, que son los que crean la lengua con cada palabra que pronuncian, cuando se trata de escritura, dan por sentadas mil cosas que ni siquiera existen, mientras, por otro lado, casi siempre dudan hasta la muerte de aquellas que se muestran con la mayor claridad ante todos. Llegado el momento de escribir, una multitud innumerable de hablantes piensa que la lengua —pero por encima de la lengua, las normas de la lengua— nos vigila con ceño furioso desde las alturas, y está siempre a punto de lanzar sobre nosotros sus rayos exterminadores, cual coloso que no se permite perdonar ni una sola falla de los imperfectos mortales. Me estremezco un poco en este momento al pensar por primera vez que quizá sea por esa razón que le temen tanto a dejar sus palabras escritas sobre papel, como si un juez todopoderoso de las lenguas estuviera siempre recopilando evidencias de nuestros pecados lingüísticos para condenarnos en el último día.

         Es una triste paradoja que esa sensación y esa forma de ver la lengua penetre tan inmenso territorio de la educación porque para disipar esas sombras fueron creados el libro, la escuela y la ciencia. Es doloroso aceptar que las sombras se disfracen con tanta facilidad de verdad y nos confundan tanto y con tan poca oposición. Y es curioso porque en la lengua, precisamente en la lengua, no hay nada que esté escrito en piedra.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVI / 10 de abril del 2023

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Antiguo manuscrito revela origen extraterrestre de la palabra arepa

Silvestre y Benedicto

Qatar

El que se va de villa

Qué fatalidad