lunes, 10 de abril de 2023

Comillas para subrayar [CDXVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El Coloso de Rodas (1880),
grabado de Sidney Barclay

 

 

         Al final va a resultar que es positivo que los estudiantes pregunten tanto con respecto a los signos de puntuación, a pesar de mi insistencia en que investiguen primero. No es cinismo, es que de época en época las preguntas de los alumnos se convierten en la principal fuente de temas para los artículos de Ritos de Ilación.

         Hace tres semanas leí un examen sobre la deíxis en textos argumentativos, y pronto comencé a observar que este estudiante usaba las comillas con una profusión bastante mayor que los demás. Al principio era una leve sensación, pero ya en el tercer párrafo me parecía que había más comillas que palabras en todo el texto. Me levante de la silla y lo miré a cierta distancia y las comillas saltaban, hacían señales con los brazos, ondeaban banderas en el aire para que me fijara en ellas.

         ¿Qué estaba haciendo este muchacho con las comillas que estas se habían multiplicado tanto? Ponía, por ejemplo:

 

Los “adverbios” de tiempo contienen información importante para señalar un momento del “pasado” que nos interesa comunicar.

 

Son mucho [sic] los datos que pueden transmitírsenos mediante un simple “pronombre” o cualquier “palabra” en cualquier “texto”.

 

Y la guinda de la torta:

 

Según Rincón Castellanos, en la “repetición” “significativa”, uno de tantos elementos “correferenciales” puede ser el “deíctico”, porque su “significado” depende inevitablemente de “otros” elementos que “también” se encuentran dentro del “mismo” el texto.

 

         Ya me disponía a escribirle un mensaje para preguntarle esto, cuando se me ocurrió una hipótesis: utiliza las comillas para destacar algunas palabras; tanto que a veces dos palabras contiguas tienen, cada una, su propio par de comillas. Es como si quisiera en realidad poner esas palabras en negritas o subrayarlas. Cuando le escribí para devolverle el examen (que es una práctica que nos heredó la pandemia de cóvid), le pregunté si mi hipótesis era correcta, y me respondió: “Perdone, profesor, ¿las comillas no son para eso?”.

         Y desde ese momento, nada más salgo a la calle comienzo a ver letreros que parecen sustentar este uso resaltador de las comillas: Se hacen “viajes” y “mudanzas”, leo en la puerta de la panadería; Espere su “turno” para ser atendido, me dice la caja de la clínica; Prohibido “escupir” en el piso “o” en el “espejo”, aclaran en el ascensor.

         Los que estudiamos la lengua no tenemos derecho a quedarnos con esa idea, que al mismo tiempo todos y nadie nos han inculcado, no sé si inocente o perversamente; pero los ciudadanos comunes parecen respetar esta “norma” como si fuera sagrada. Junto a ella perviven otras, como la de poner coma entre el sujeto y el predicado (aunque no se sepa lo que es el sujeto ni el predicado), la de no acentuar las mayúsculas, la de omitir el signo de interrogación inicial en las preguntas.

         Cada día está más clara la paradoja: los hablantes comunes, que son los que crean la lengua con cada palabra que pronuncian, cuando se trata de escritura, dan por sentadas mil cosas que ni siquiera existen, mientras, por otro lado, casi siempre dudan hasta la muerte de aquellas que se muestran con la mayor claridad ante todos. Llegado el momento de escribir, una multitud innumerable de hablantes piensa que la lengua —pero por encima de la lengua, las normas de la lengua— nos vigila con ceño furioso desde las alturas, y está siempre a punto de lanzar sobre nosotros sus rayos exterminadores, cual coloso que no se permite perdonar ni una sola falla de los imperfectos mortales. Me estremezco un poco en este momento al pensar por primera vez que quizá sea por esa razón que le temen tanto a dejar sus palabras escritas sobre papel, como si un juez todopoderoso de las lenguas estuviera siempre recopilando evidencias de nuestros pecados lingüísticos para condenarnos en el último día.

         Es una triste paradoja que esa sensación y esa forma de ver la lengua penetre tan inmenso territorio de la educación porque para disipar con esas sombras fueron creados el libro, la escuela y la ciencia. Es doloroso aceptar que las sombras se disfracen con tanta facilidad de verdad y nos confundan tanto y con tan poca oposición. Y es curioso porque en la lengua, precisamente en la lengua, no hay nada que esté escrito en piedra.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVI / 10 de abril del 2023




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