lunes, 18 de diciembre de 2023

Los grafitis en la historia [CDXXXVIII]

Luis Roberts

 

 

Albucio edil, digno del cargo, vota por él. Grafiti electoral
en Pompeya. Foto: Antigua Roma al Día

 

 

 

         Hace unos días leí el resultado de un estudio que ha hecho un grupo de reputados “espeleólogos lingüísticos”, sobre cuáles son las palabras más antiguas que pronunció el ser humano, tomando ocho lenguas ya desaparecidas y algunas de hace 15.000 años. Unas son absolutamente lógicas, pero otras son sorprendentes. Mamá, papá, tú, yo, hombre, fuego, mano, no, eso, más, que, sí, nosotros, dar, quien, esto, viejo, oír, jalar, negro, ceniza, escupir, corteza, gusano. Pasamos del gruñido a estas palabras, mientras otros congéneres usaban silbidos, humo, etc., como otras especies usan chillidos o movimientos para comunicarse, pues, en definitiva, de eso va el lenguaje: de comunicarse.

         Mucho más tarde apareció la escritura. Primero en piedra y en tablas en las que los romanos escribían con el punzón, el stilus, al que siempre nos referimos en estilística. Más tarde el junco nos traería el papiro, que llenó con cientos de miles de ejemplares sobre filosofía, historia, poesía, teatro la mayor biblioteca conocida, la de Alejandría, quemada en parte accidentalmente y luego rematada exprofeso por los cristianos. Algunos filósofos griegos se oponían rotundamente a la enseñanza de la filosofía a través de la escritura, pues, según ellos, sólo la oratoria tenía la belleza suficiente para poder transmitir el pensamiento filosófico. Unos visionarios.

         Pero me quiero referir a lo que, desde Roma al menos, usaban para expresarse, para comunicarse, los que no podían tener acceso a los papiros, ni a las lápidas ni columnas de bronces, como los emperadores, senadores y ricos en general. Me refiero a los esclavos y a sus grafitis: “firma, texto o composición pictórica realizados generalmente sin autorización en lugares públicos, sobre una pared u otra superficie resistente”, según la definición de la RAE.

         El emperador Augusto, en un acto de total egocentrismo hizo erigir a la entrada de su tumba dos gigantescas columnas de bronce con el título de RES GESTAE (“Lo que hice”, en español), en el que se narraban todas sus batallas, construcciones, leyes, etc. Siglos después fueron fundidas, aunque su texto, copiado infinidad de veces, fue vuelto a poner en dos columnas parecidas por Mussolini, tan egocéntrico como Augusto, al que se quería parecer, pero en payaso y hoy todavía se pueden ver en el Foro de Augusto.

         Lápidas parecidas, pero más modestas, tuvieron otros emperadores, pero también esclavos y libertos de categoría superior, pues también entre los esclavos había categorías, como la dedicada a Titus Elius Primitivus, archimagiros, del Emperador, chef en griego, pues en latín no existía la palabra, de chef de cuisine, o jefe de los cocus, de los cocineros.

         Algunos emperadores, como Geta, asesinado por su hermano Caracalla, vio su lápida con su nombre borrado con maza y cincel, costumbre romana que luego practicarían los cristianos cuando se apoderaron de Roma, donde destruyeron templos y amputaron narices, brazos y cabeza de las maravillosas estatuas de las diosas y dioses, como relata la historiadora Catherine Nixey en su magnífico libro La edad de la penumbra.

         Volviendo a los grafitis, estos no nos dan cuenta de la política imperial, pero sí de la vida de los ciudadanos de a pie y de las legiones de esclavos que formaban el servicio de la infinidad de palatium, de los “palacios” de los emperadores, que empezaron por apoderarse de toda la colina Palatina, de ahí el nombre, y que nos muestran la cotidianidad de los ciudadanos y esclavos romanos. En el área de servicio del Palatino aún se conserva el yeso con más de 350 inscripciones o grafitis; la más famosa es de finales del siglo II e.c., y se trata de la primera representación conocida de la crucifixión: un dibujo con “chiste” dedicado por sus compañeros a un esclavo cristiano de nombre Alexamenos, con la inscripción en un griego tosco “Venera a tu dios” y en la que se ve a un crucificado con cabeza de asno, pues así calificaban y representaban los no cristianos a Jesús de Nazaret, “cabeza de asno”, sobre todo por confundir el relato con el dato, pues el relato de la crucifixión de los cristianos no coincidían con el dato de las crucifixiones romanas. Este grafiti y su explicación aparecen en el libro Emperador de Roma, de la historiadora inglesa Mary Beard.

         Los grafitis que van apareciendo año tras año en las excavaciones de Pompeya, de la que aún se ha recuperado una mínima parte, nos dan una imagen vívida de lo que era la gran ciudad de recreo millonario de los romanos. Grafitis en los prostíbulos: “Aquí tiró Flavio Cayo con una prostituta siria hermosísima”; “Aquí se hace el mejor amor griego de la ciudad”, etc. Aunque tal vez el más gracioso, que también reproduce Mary Beard, sea el que reza: “Apollinaris medicus Titi imperatoris hic cacavit bene”. Es decir: “Apollinaris médico (esclavo por supuesto), del emperador Tito, hizo aquí una buena cagada”.

Quiero terminar con los grafitis expresivos y divertidos, alejándome de Roma y yendo a Caracas, donde en el muro de una casa de cierto lujo en San Marino a una cuadra de Mata de Coco, durante años (lástima que perdí la foto y no sé si sigue ahí o tras muchos años lo borraron) había un grafiti muy propio de esta época que decía: “Las hallacas de mi madre son una mierda, mi padre es un jalabolas”.

 

luisrobert@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXVIII / 18 de diciembre del 2023

 

lunes, 11 de diciembre de 2023

Tener sexo todos los días [CDXXXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

San Miguel Arcángel, en México. Foto: AARP

 

 

 

         Pongo a mis alumnos de segundo año a leer un cuento erótico de Lidia Rebrij, “El arcángel de espada flameante y cabellos tan largos” (1983); luego de la lectura les pido que escriban sobre él. Y cuando me toca leer los comentarios, encuentro el de una estudiante que, resumiendo el relato para analizarlo, pone que los protagonistas, los amantes, “...hasta con la menstruación tenían sexo...”. Entonces me detengo, y me pregunto: ¿por qué me molesta, por qué me ha molestado siempre esta expresión? ¿Qué puede significar tener sexo? ¿Es tener sexo lo que sucede cuando hombre y mujer, para decirlo con un circunloquio, se unen carnalmente? ¡Ah...! ¡Es un circunloquio! Una perífrasis, un rodeo lingüístico, un eufemismo.

         Sigo escarbando en la expresión y preguntándome por qué no representa en mi mente lo que se supone que significa. ¿Qué pasa con esta perífrasis verbal —¡uf, qué bueno tener un nombre que ponerle!—, que parece esconderme esa unidad indivisible que, según Saussure, existe entre el significado y el significante? Y creo que doy con la respuesta: que pretende nombrar algo que nos cuesta llamar por su nombre, al menos en público o en contextos formales (como un ejercicio de redacción en la universidad); pero no es sólo eso: el dardo de la palabra no llega al blanco preciso. En realidad, intentando eliminar la mención frontal de un asunto delicado, nos inclinamos por una fórmula que, en rigor, da otro resultado, o sea, dice otra cosa.

         Llegado a este punto, comienzo a escribirle a la estudiante: “Todos tenemos sexo todo el tiempo, ¿por qué estos personajes no? Es decir, el sexo es algo con lo que nacemos y no podemos librarnos de él. Uno nace hombre (con el sexo masculino) y sigue siéndolo hasta que se muere, todos los días. Y pasa con las mujeres y el sexo femenino también, por supuesto”. Ahora estoy pensando que hay quienes se lo cambian, pero, incluso con el otro, tienen sexo todos los días.

         Después de leer unos párrafos más, como el erotismo del texto de Rebrij es incesante y el análisis no puede eludirlo, la estudiante vuelve a usar la dichosa perífrasis, pero recurre de vez en cuando a otras fórmulas: hacer el amor, encuentros íntimos, tener relaciones sexu... ¡Tener relaciones sexuales! ¡Eso es! Tener sexo me hace ruido porque en rigor no es eso lo que se hacen, ni los personajes del cuento ni, en la realidad, cualesquiera dos personas que se involucran íntimamente. Lo que se hace es tener relaciones sexuales. Y estas, por lo que entiendo, no son sanas si se practican todos los días. (En la naturaleza, quizá con la única excepción de los bonobos, no hay ser que tenga necesidad de esta actividad con semejante frecuencia. Y excluyo al hombre por la “deformación” que le imprime la civilización que él mismo ha creado.)

         Además de esto, me doy cuenta de que tener sexo, e incluso tener relaciones sexuales, son también eufemismos medio científicos, medio técnicos, medio “políticamente correctos”, y se les nota que lo son en el hecho de que hay que expresarlos con más de una palabra, que no es lo regular en la lengua cotidiana. En el habla cotidiana, desinhibida, natural de los hablantes regulares, serían verbos individuales, no perífrasis; pero estos verbos revelarían con claridad que existe algún detalle delicado, vergonzoso, escabroso en el acto al que se refieren. Llevan a cuestas una historia de vulgaridad tan larga que con razón se nos dificulta exhibirlas en la formalidad. Tirar, coger (que últimamente anda por ahí con unas ínfulas intransitivas incomprensibles para su edad), follar, joder, singar suenan mal, ¿verdad? Lo que nos suena mal es la vulgaridad que, siempre a la primera en la lengua cotidiana, se asocia al acto sexual.

         También hay, sin embargo, verbos individuales que de igual manera dicen lo que deseamos y no nos avergüenza en el discurso formal: copular, aparearse (tan animalesco, ¿verdad?), yacer, amancebarse, fornicar, pero... ¡los utilizamos tan poco! (¿Ustedes no sienten un remoto olor a Roma?)

         ¿Y entonces? ¿A qué se debe que se utilice tanto tener sexo, que tan lejanamente expresa lo que pretende expresar? “Tener sexo es un anglicismo”, sigo escribiendo en el examen. “En inglés tiene sentido y significa lo que quieren los hablantes del inglés que signifique”. En español, quizá ya no para la mayoría, pero es forzado atribuirle ese significado. Otra evidencia es que decirlo así, con el verbo tener, indica que no es una construcción muy antigua.

         Otro detalle es que to have sex también parece un eufemismo en inglés, y, si nos pusiéramos tiquismiquis, podríamos traducirlo incluso como “comer sexo”. (Imagínese usted esa dieta todos los días.)

         En definitiva, en español, siendo rigurosos, tener sexo no es lo mismo que tener relaciones sexuales. Lo uno es un rasgo intrínseco a cada quien pero públicamente visible, lo otro es un acto privado y, aun antes que privado, íntimo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXVII / 11 de diciembre del 2023

 



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lunes, 4 de diciembre de 2023

Tres diminutivos más bien singulares [CDXXXVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Los Jardines Colgantes de Babilonia son la única maravilla del mundo
antiguo sobre la cual no queda evidencia tangible. Ilust.: O. Mann



 

 

         En español hay más diminutivos que palabras. Hay tantos que en unos países se usan unos que a veces en otros países no se conocen. Pienso ahora mismo en el diminutivo borrico de los españoles, que para nosotros en Venezuela, por más que le pongamos cabeza, está lejos de sugerir su significado de ‘burro pequeño’. Pondré un solo ejemplo, porque hay más en el número II de Ritos, de marzo del 2013, en el que José Antonio Millán nos hablaba de lo que llamó diminutivos ocultos, es decir, términos que, en apariencia, o por reputación, son palabras primitivas, pero que por morfología son diminutivos: ardilla, abanico, cangrejo.

         En Perú los diminutivos son caracteres tan dominantes que, a menudo, incluso las apócopes los tienen: acortan, por ejemplo, señora y dicen seño, pero luego, influidos por el poder seductor del diminutivo, a las mujeres que han llegado a la madurez las llaman señito. El diminutivo incluso ha penetrado el territorio de los habitualmente imperturbables adverbios: aquicito, tardecito, casito. Aunque algunos de ellos viven también en otros países, aquí se sienten más en casa.

         ¡Pero...! Lo que más me asombra y me vuelve a asombrar, por más que lo oiga cada día con más frecuencia, es el diminutivo de algunos nombres propios que hasta parecieran haber sido diseñados intencionalmente para no admitir diminutivo. Y hay tres nombres particulares, masculinos los tres, de esos impermeables que, en Perú, han tenido que bajar la cabeza ante las fuerzas hipocorísticas del habla: Edgar, César y Héctor. Los tres son nombres cuyo rasgo común más destacado es el de llevar el acento en la penúltima sílaba; además de eso, es interesante que terminan con un sonido consonántico que no les da, en realidad, señales masculinas ni femenina. ¿Y cómo se construye en Perú el diminutivo de estos bienaventurados nombres? Edguítar, Cesítar y Hectítor. Seguramente hay otros, pero para ser rigurosamente honesto, no han llegado aún a mis oídos.

         Entonces, dejándome llevar por las insinuaciones del método científico, intenté hacer un corpus de estos nombres para ver qué me descubría. Quizá por mi impericia como filólogo, sólo encontré Amílcar. A pesar de que cumple con la descripción del “corpus”, apenas puedo hacerme hipótesis porque nunca he oído que a nadie lo llamen Amilquítar.

         Ampliando un poco el criterio de selección, se me aparecen estos: Apolinar, Baltazar, Omar y Oscar. La diferencia con los anteriores es que son todos palabras agudas, pero lo importante es que nadie va a dudar de construir sus diminutivos con el sufijo -cito. Es decir, habrá que ponerlos en otra gaveta.

         Una curiosidad que tiene el “corpus” inicial es Héctor, que termina con -or y no con -ar, y su “descendiente”, Hectítor. Por esa razón, decidí ampliarlo y entonces entraron nombres como Agenor, Amador, Igor, Nabor, Nicanor y Salvador. Sin embargo, ninguno de estos parece susceptible de aceptar el peculiar infijo de diminutivo que los convertiría en Agenítor, Amadítor, Iguítor, Nabítor, Nicanítor y Salvadítor. A no ser, limitadamente, remotamente, por el primer caso, no suenan plausibles. A este grupo pertenecerían —¿como excepción fonética, quizá, por ser grave entre los agudos?— Néstor y Nestítor, pero todos conocemos a algún Néstor al que llaman Nestico.

         Hasta donde he llegado en esta brevísima investigación, todo indica que es un diminutivo peruano. Apenas tenga más noticias al respecto, me apresuraré a comentárselas a ustedes aquí mismo. Si de veras lo es, quizá se explique por la influencia que han tenido las lenguas indígenas sobre los hablantes del español en Perú. Y si ocurre en otros países, bien podría ser una “reacción” del propio español a nombres que, en el fondo y en su origen, son extranjeros: inglés el primero, latino el segundo y griego el tercero. Sin embargo, muchos de los otros que hemos considerado y que adoptan diminutivos de manera muy propiamente española también lo son. Toca seguir investigándolos.

         Cuando yo era pequeño, al lado de mi casa vivía una familia cuyo hijo más joven se llamaba Esteban, y todos lo llamábamos Estebita. A la primera, cualquier podría haber pensado que estábamos menoscabando la masculinidad de aquel niño, pero lo cierto es que a nadie llamaba esto la atención porque es una de las formas regulares en que se comporta el diminutivo en español. Pasa lo mismo, al menos en Venezuela, con el sustantivo mano: su diminutivo más común es manito, aunque sea, y siga siendo, femenino.

         Qué lástima que antes de Cristo no existiera la lengua española. Habría sido un gusto saber con qué diminutivo llamaba su madre a aquel rey de Babilonia que ahora recordamos por la construcción de míticos jardines colgantes y la destrucción del templo de Jerusalén.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXVI / 4 de diciembre del 2023

 

 

 

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jueves, 30 de noviembre de 2023

Jugar un quintico [CDXXXV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El quinto círculo es de los iracundos. Mapa del infierno (1498),
de Sandro Botticelli

 

 

         Mi abuela me lo explicó un día: “Se dice jugar un quintico porque los billetes de lotería estaban divididos en cinco quintos, y uno podía jugar el billete entero, o, si uno no tenía suficiente centavo, cuatro quintos, tres, dos y hasta un quintico”.

         No me hizo falta más. Jugarle a alguien un quintico, que era lo que yo le había preguntado, significaba, haciendo las equivalencias, apostar, al menos, lo mínimo por esa persona. Y ese apostar tenía que estar asociado a su apariencia, juventud, belleza o algún valor que seguramente se suponía que se iba reduciendo, pero que en esta persona parecía mantenerse de alguna forma por más tiempo del esperado.

         Puede parecer un halago —que es la idea con la que me quedé durante muchísimo tiempo—, pero no deja de ser un poquitín despectivo, ¿no les suena?, porque se concentra en el atractivo que aún queda en la persona a quien se refiere, que ya es tan escasa en realidad que, literalmente, apenas representa un quinto de lo que sería más deseable. Si fuera un asunto matemático, se necesitarían más de dos “quinticos” para que uno valiera la pena. Traduciéndolo al sistema de calificación académica de 20 puntos, un quintico equivale a 04. Figúrese usted si la dichosa expresión jugarle a alguien un quintico es un elogio.

         Hoy, que he querido escribir sobre esta curiosidad del español venezolano, encuentro en alguna página web (que no me inspiró mucha confianza) que la expresión podría provenir del mundo de los toros. Aunque no tengo idea de cómo se apostaba a los toros —ni siquiera sé si se apostaba—, decía la vaga información que encontré que algo podía ganarse incluso con el quinto toro de la corrida. Se me ocurre, dudándolo mucho —y no lo decía el autor—, que podría ser esta una razón por la que no hay quinto malo.

         A nadie le hace falta que diga que prefiero la explicación de mi abuela. No es extraño. En asuntos de la lengua, muy pocas veces se equivocó. Era tanto lo que confiaba yo en sus didácticas palabras cuando me descifraba el mundo, incluso el mundo de las palabras, que cuando oía a nuestra vecina decir, por ejemplo, “¡Abájate de esta mata, hijerdiablo!”, o “Ponte el pantalón amarrón”, o “Llamaron a la polecía”, no había fuerza en el mundo que me hiciera pensar otra cosa que “Eso no es correcto, mi abuela no lo dice así”. Era tanta la confianza que le tenía, que incluso dando clases de gramática en la universidad la he citado.

         Caramba, ahora que abro este último párrafo, estoy pensando que he debido investigar también si la expresión se usa en otros países. ¿Qué voy a decir en la conclusión? Verdaderamente estoy como en el quinto sueño. Pero no, son las horas de sueño las que a veces se me van al quinto... infierno. ¡Uf...! Que vayan otros a parar a la quinta paila. Carlos Quinto, si quiere.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXV / 30 de noviembre del 2023

 


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lunes, 2 de octubre de 2023

Contrabando de palabras (I) [CDXXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Amelia Bloomer posa en 1853 con su revolucionaria
vestimenta, sin saber el éxito que tendría en el futuro

 

 

         Existe en español una palabra cotidianísima que mucha gente trata de evitar en la lengua hablada. Le tienen grima, sienten como que se les ensucian las manos al pronunciarla, que con ella se acercan a decir una obscenidad. Habrá también quienes la odien porque para ellos representa misterios humanos a veces molestos, otras dolorosos... o vergonzosos.

         La palabra pantaleta es tan incómoda para tantos hablantes en algunos ámbitos del español hablado en Venezuela que muchos prefieren contrabandear alguna otra palabra de otra lengua para no temblar de pudor al decirla. En Margarita, por ejemplo, muchas personas, al menos en situaciones formales, evitan llamar pantaleta a la prenda íntima femenina. Hace muchos años me puse a preguntarle a algunas personas qué sensación les daba esta palabra y algunas respondieron haber tenido siempre la de desagrado ante un objeto sucio o contaminado. Otras personas sentían que, en lugar de mencionar el objeto, la prenda, al decir pantaleta, estaban mencionando el órgano que oculta, que es en realidad lo íntimo, lo que ha estado siempre cubierto de misterio y, además, es pecaminoso, irrespetuoso, indecoroso mirar, tocar e involucrar en ciertos actos. En consecuencia, es más bien indecente (o hasta hace poco lo era en todas partes) dejar ver las pantaletas, no digo puestas en el lugar del cuerpo que les corresponde, sino tan sólo colgadas al sol o guardadas en su gaveta.

         ¿Qué han hecho los margariteños para solucionar tamaña dificultad? Contrabandear una palabra “más decente” de otras costas. No es en realidad que hayamos contrabandeado la palabra, sino que ella vino empaquetada en los cargamentos de ropa y otros artículos que en el pasado los margariteños importaban ilegalmente desde la isla de Trinidad. Eran en muchísimos casos los pescadores, que conocían también las aguas trinitarias, los que traían en sus embarcaciones el contrabando. Pronto comenzaron los margariteños a llamar a la controvertida prenda por el nombre que probablemente venía en el paquete, o simplemente como recordaban que la llamaban en Trinidad: bluma.

         Y esta palabra, que en Margarita muchos usan como eufemismo, tiene un origen digno de conocer, aunque no haya nacido en Trinidad. En los años 1850, la activista de los derechos de la mujer Amelia Jenks, nacida en Nueva York en 1818 y casada en 1840 con Dexter Bloomer, comenzó a vestir faldas que eran más cortas de lo regular, pero llevando siempre debajo de ella unos “pantalloons”, “pantalones turcos”, como parte de su campaña social para reformar las condiciones de vida y derechos de las mujeres, que incluía cambios en la vestimenta. Amelia Bloomer, que además era editora de un periódico de mujeres, aparecía en público, daba discursos y participaba en conferencias vestida de este modo, y sus seguidores y oponentes comenzaron a llamar bloomers la nueva prenda, que pronto comenzó a utilizar la mayoría de las mujeres, no solamente de Nueva York sino de otras ciudades de Estados Unidos.

         La prenda y la palabra se difundieron por todo el mundo. La primera ha evolucionado a su mínima expresión, pero la palabra parece seguir incólume. Los hablantes del inglés en Trinidad, país al que en la época de Bloomer aún le quedaban más de 100 de dependencia de Inglaterra, pronunciaban —y pronuncian— la palabra a la británica: /ˈbluːmə/, que los hablantes del español decimos y escribimos: bluma. No hace falta contar más.

         Llegados a la actualidad, después de tanto desprecio hacia pantaleta, es bluma la que a muchos nos suena más bien vulgar y falta de educación. He leído recientemente que en otros países no usan ni una ni otra, y en Cuba, quizá por la influencia de Estados Unidos, dicen más bien blúmer. Hay bombacha en Argentina, Paraguay y Uruguay; calzón en México, Colombia, Chile y Bolivia; panty en Perú y Panamá; braga en España, etc. ¿Por qué los venezolanos utilizan lo que parece un atrayente diminutivo de pantalón? Yo sé que no hay porqué.

         Así como cada ser humano es el fruto de un azar milagroso que se repite, duplicado, en cada generación, una fundición de células que pueden venir en vuelo directo desde el otro lado del mundo, las palabras también llegan a nosotros por rutas tan caprichosas como las marítimas, comerciales e incluso ilegales. No se detienen en su búsqueda de caminos para alcanzarnos, para hacerse nuestras, para darnos luz.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXIV / 2 de octubre del 2023

 



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sábado, 30 de septiembre de 2023

Un encargo de traducción [CDXXXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Jerónimo y Agustín diferían sobre la traducción
de la Biblia. 
San Jerónimo penitente (1525),
de Pietro Torrigiano. Foto: D. Gray

 

 

 

Mi estimadísimo Agustín:

         Bendito sea Dios en el cielo y benditas las manos que hoy depositen esta carta en las tuyas, y bendita también la luz que te permita leerla.

         Confíote que su Santidad me ha llamado hoy para hacerme un encargo. Ser su secretario ya era para mí el más alto honor que he recibido estando al servicio de la Santa Iglesia de Nuestro Señor, pero ahora el Papa me pide que traduzca el Antiguo y el Nuevo Testamentos a la lengua de Roma y de todo el mundo civilizado. Me temblaban las manos al oírlo decir que yo era la oveja mejor dotada de todo su rebaño para semejante empresa, que nadie tenía la agudeza sino yo, este insensato esclavo de Cristo Jesús, Salvador de los Hombres, para ser mensajero y repetidor de la profecía de la antigüedad hebrea y de la plenitud cristiana de su verbo en el Tiempo Nuevo de Dios hecho carne.

         Nuestro Señor, sólo nuestro Señor, sabe bien cuán inmensamente se equivoca la infalible cabeza visible de toda la Cristiandad. Nuestro Señor solo conoce en su infinita sabiduría ante qué obstáculo tan descomunalmente gigantesco me pone el ínclito Dámaso. Sólo Nuestro Señor es capaz de imaginar cuánta faena y estrago habrá de costarme expresar con precisión y con justicia, con verdad y con amor, las palabras que durante los siglos el Señor ha dictado a los hombres santos —y también a multitud incontable de mujeres sabias e intachables— para trazarnos caminos a los que creemos y hemos aceptado sus preceptos.

         Te ruego, pues, hermano de las aventuras de la juventud, hermano en la fe y hermano de apostolado y servicio a la causa de Jesús de Nazaret, que dobles tus rodillas ante el Santo Sacramento, juntes tus manos sobre el pecho y acopies las aguas de tu santidad, para rogar a nuestro Señor por la cordura de este siervo indigno del Evangelio, pues habré de pasar el resto de mis días atado a la pluma y al papel, a la meditación y al palpitar de las palabras, traduciendo los dichos de Dios y los hechos de los hombres. A partir de esta memorable fecha, no habré de dormir noche entera, ni habré de poder holgar en una caminata por la ciudad ni por el campo, pues la palabra de Dios me perseguirá como un ave que ha escapado del Edén para rescatar a Adán e invitar a Eva a volver al redil de la prístina creación de Eterno Autor de lo visible y lo invisible, de lo vivo y de lo perenne.

         Ora, hermano mío, vuelvo a suplicarte, por este pecador incorregible, que aun al escribir esta carta comete el desatino de creerse, vanamente, un elegido cuando no es más que imperfecta herramienta en las manos de aquel que nos amó antes del primer asomo de nuestra existencia.

         Te saludo, caro Agustín, y te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Tu hermano Jerónimo

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXIII / 30 de septiembre del 2023

DÍA DEL TRADUCTOR

 

 

 

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