lunes, 2 de octubre de 2017

Jerónimo, o por qué celebramos el Día del Traductor el Día de la Secretaria [CLXXII]

Edgardo Malaver



San Jerónimo (1735), de Giuseppe Antonio Petrini 

 
         ¿Por qué celebramos el Día del Traductor el Día de la Secretaria? Es sencillo: traductores y secretarias —pero también arqueólogos, archivistas, biblistas y estudiantes— han elegido como patrono, como guía, como ejemplo al mismo personaje de la antigüedad que reunía los rasgos particulares de estas profesiones: Eusebio Sofronio Jerónimo, dálmata de nacimiento.
         También llamado Jerónimo de Estridón o, sin más detalles, san Jerónimo, el patrono de ambos grupos nació presumiblemente en el año 347, es decir, en tiempos en que el Imperio Romano ya se había dividido. En su juventud se vino abajo el imperio asentado en Constantinopla y resurgió el occidental. Después de haber probado otras formas de ver la vida, incluyendo algunas heréticas, cuando sus padres, que eran ricos, lo enviaron a estudiar en Roma, Jerónimo tomó el camino de la fe. Y perseveró tanto en él, que terminó siendo, junto con otros tres santos, Padre de la Iglesia, o sea, autor de un conjunto de escritos que dieron forma y profundidad a la teología cristiana desde sus primeros siglos.
         El aporte de Jerónimo —y de los otros tres Padres latinos, san Ambrosio (hacia 337-397), san Agustín (354-430) y san Gregorio Magno (540-604), proclamados en 1298— fue fortalecer las bases teológicas y cristológicas de una Iglesia aún joven, afligida por mil corrientes e influencias filosóficas y paganas que pretendían aminorarla. Una seguidilla de pensadores, poetas, predicadores, magos, soñadores, estrafalarios y charlatanes difundían en su tiempo interpretaciones evangélicas y doctrinales que no concordaban con las enseñanzas de Jesús ni los misterios de la noción cristiana de Dios.
         Cuando tenía unos 30 años, Jerónimo llegó a Antioquía. Esto dice José de Sigüenza en su exquisito incunable Vida de san Jerónimo:

Es posible que en Antioquía no estuviera Jerónimo mucho tiempo. En todo caso, lo aprovechó bien, no sólo aprendiendo, sino produciendo ya algunos trabajos teológicos. Su “extraordinario deseo de aprender” le llevaría pronto a Constantinopla, donde se encontraría con san Gregorio Nacianceno [...]. De la mano de Gregorio entrará Jerónimo en los secretos de la exégesis alegórica, a la vez que descubrirá los valores del mundo teológico griego, apenas conocido en Occidente. Uno de los buenos propósitos de Jerónimo será hacer de puente entre la teología griega y la latina: ofrecer a los latinos la rica ciencia de los griegos. Dos autores llamaron al principio la atención de Jerónimo: Eusebio de Cesárea, con sus trabajos históricos, y Orígenes.

         En las traducciones de aquellos tiempos, dice De Sigüenza, ya intercalaba Jerónimo “notas propias, en las que se aprecia la huella de sus simpatías o antipatías por determinadas personalidades de su tiempo”, fruto sin duda de la influencia de Orígenes (hacia 185-254), “el gran descubrimiento de Jerónimo en esta época”. El método doble de Orígenes, la “comparación de las diversas versiones con el texto original hebreo o griego y la profundización en su sentido místico, marcará a Jerónimo para toda su vida”.
         Su trabajo con Gregorio llamó la atención del papa Dámaso I (304-384), quien lo puso al frente de los archivos eclesiásticos y lo encargó de la correspondencia sinodal entre Oriente y Occidente. Dámaso fue el creador de la doxología Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos e introdujo el uso de la palabra hebrea aleluya en la liturgia. De Sigüenza explica, sin embargo, que al servicio del papa Jerónimo corría el riesgo de “enterrar infructuosamente sus talentos en el trabajo formalista del escribano y en la conversación árida de la administración”. Su relación con Dámaso fue determinante en su obra intelectual, pues el papa estimuló constantemente la vocación de escritor de su secretario: “estás durmiendo, y [...] enfrascado en la lectura te olvidas de escribir, por eso vengo a despertarte con algunas preguntas. No es que no hayas de leer, pues ése es el alimento diario que nutre el espíritu; pero el fruto de la lectura se prueba escribiendo”.
         Y entonces llegó el año 382, y Dámaso puso en manos de Jerónimo la Biblia para que, por primera vez en la historia, fuera traducida al latín con un estilo unitario y orientada a la divulgación y la predicación. Para cumplir el encargo, el santo se encerró en una cueva cercana al lugar donde nació Jesucristo. Terminó aproximadamente en el año 405, y se quedó en Belén hasta su muerte el 30 de septiembre del 420. El texto “compuesto” por Jerónimo, llamado Vulgata, se convirtió entonces en la Biblia de uso común de la Iglesia Católica y, en 1546, el Concilio de Trento la hizo oficial. Hasta 1979, cuando Juan Pablo II (1920-2005) adoptó la Nova vulgata, se utilizó, con variaciones parciales introducidas a lo largo del tiempo, la versión de san Jerónimo.
         La Vulgata le trajo a Jerónimo más de una controversia. Celosos biblistas de su tiempo lo imprecaban a causa de su libertad al traducir, mientras que otros lo ofendían por lo contrario. Él escribió varias cartas para refutar a sus adversarios y gracias a ellas conocemos lo que hoy se llamarían sus “enfoques teóricos” sobre la actividad del traductor. El santo dálmata consideraba la traducción (especialmente la de la Biblia) un asunto tan delicado, que, como escribe en su Epístola 57, “incluso el orden de las palabras es un misterio”. Para él, ergo, el acto de traducir y lo dicho en el texto son una revelación. Sobre la importancia de contar con el original al momento de comparar una traducción con otra, afirma en la Epístola 106 que “todo lo que surge del manantial lo podemos encontrar en los riachuelos”.
         La obra escrita de san Jerónimo, aparte de la traducción, se compone de comentarios bíblicos (en que destacan aquellos sobre las cartas de san Pablo), tratados polémicos (como Contra Rufino, quien también escribió contra Jerónimo), biografías (incluyendo Varones ilustres, nutrida reseña de 135 escritores desde san Pablo hasta él mismo) y epístolas (que llegaron a ser 154, aunque se conservan 120), además de decenas de elegías y cientos de escritos de dirección espiritual. En la actualidad, Jerónimo pasaría sin duda por ensayista.
         ¿Quién es entonces, todavía hoy, san Jerónimo? Un sabio que encontró en el intercambio lingüístico y literario su camino para servir a todos. Un santo, un filósofo, un teólogo, cuyo aporte a la humanidad ha sido “ser puente” entre la ciencia griega y la latina, es decir, entre Oriente y Occidente; un escritor, un ensayista, un traductor que nos ha dejado claras, aunque no nos demos cuenta, las vinculaciones entre el cielo y la tierra, entre la ciencia de la exégesis y la fe, entre la sabiduría espiritual y el don de la palabra en el mundo.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLXXII / 2 de octubre del 2017



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